lunes, 15 de mayo de 2017

Recuerdos de la política

De elecciones y campañas 


                                    Muy lejos en el recuerdo asoman en éstas épocas de campaña electoral, esporádicos detalles que quedaron en mi memoria de las que se celebraban en los años 60, y hasta la del 71, la última antes de la dictadura militar que sufrió nuestro país, y que no se volvieron a ver hasta 13 años más tarde, cuando a raíz del Pacto del Club Naval se acuerda celebrar elecciones aunque con candidatos excluidos, en agosto de 1984.
                                      
Tapa de revista olimareña de humor de 1984. Artemio Silva y Miguel Denis (Impresa en King Graf)
 Pocos recuerdos y sobre todo asociados directamente a mi entorno mantengo de aquellas primeras épocas, como por ejemplo los interminables desfiles de caballería de los “Cabildos Abiertos” organizados por el Partido Nacional a mediados de los sesenta, claro resabio de costumbres “heredadas” del sector ruralista de Nardone que marcó toda una época en la política nacional. Gauchos ataviados con sus mejores galas montando en pingos esmeradamente alhajados, de banderas y golilla blanca y haciendo escarcear los caballos al grito fervoroso de “¡Vivan los blancos!”, se entremezclan con el ruido ensordecedor de gritos y bocinas que colmaron Juan Antonio Lavalleja al conocerse el resultado de la elección de 1966 en la que triunfó el Partido Colorado imponiendo como presidente al Gral. Oscar Gestido.
                                  De niño, las campañas políticas se me asemejaban a un carnaval, reuniones, efervescencia, enojos. Aún sin mucha conciencia, ya en el años 1971 y en una época signada por disturbios y enfrentamientos que enrareció el clima electoral, se me presenta indeleble en la memoria el acto realizado por la fórmula nacionalista Wilson Ferreira Aldunate – Carlos Julio Pereira, que a pesar de todos los pronósticos que preveían un cómodo triunfo, pierde las elecciones a causa de la “Ley de Lemas” a pesar de haber sido la propuesta más votada individualmente, y entre acusaciones de fraude electoral. La presencia de ambos candidatos y sus encendidos discursos, que se llevó a cabo en el Teatro Municipal con un lleno completo, es, sin dudas, mi primer recuerdo concreto y vívido. El fervor que provocaban, el tenor de los discursos, la magia de los oradores, es algo que siempre llevaré en la memoria.
                                    Pero luego sobrevino la dictadura, la proscripción de los partidos y la actividad política, en años que coincidieron con mi adolescencia y primera juventud, y por ende un largo período en que al igual que toda una generación, la política era cuentos de viejos, sueños de utópicos y recuerdos aislados.
                              Hasta el año 80, la política era -en público- palabra prohibida y actividad indeseada. Pero entonces, una dictadura militar ensoberbecida, pagada de sí misma y retroalimentada con mutuas aprobaciones, pero a su vez muy desgastada, comienza a dar pautas de su deseo de entregar el poder, y decide realizar un plebiscito para aprobar una nueva Constitución en la que se imponían condiciones de contralor de la actividad política entre otras modificaciones. En esos momentos, se enciende nuevamente, aunque muy débilmente, la llama de la actividad política, y aún subrepticiamente, se extiende la actividad política (aún subversiva, perseguida y proscripta) que habían mantenido algunos dirigentes que habían permanecido en el país sin exiliarse en el exterior, y comienza a contagiarse boca a boca, palabra a palabra, al punto que al llegar el día de la votación la mayoría le dijo NO a la reforma por una abrumadora mayoría. Aunque sin embargo nuestro departamento cuenta con el triste mérito de haber sido el departamento donde ganó el SI con la mayor cantidad porcentual de votos.


Ferreira Aldunate en el Teatro Municipal


                                       El paso siguiente, luego del porrazo que significó para el gobierno de facto su fracaso en este intento, se comenzaron a vislumbrar algunas luces más en el camino a la democracia. Aún con muchos de los políticos relevantes proscriptos, se habilitan los partidos tradicionales  (Blancos y Colorados) y la Unión Cívica, convocándose a elecciones internas para elegir las autoridades de los partidos, en el año 1982, y aún con la Frente Amplio y otros partidos sin poder actuar. Esa fue, a pesar de sus limitaciones, la primer campaña política propiamente dicha que conocimos toda una generación. A diferencia del anterior plebiscito, se instalaron comités, se efectuaban reuniones y discursos públicos, propaganda, mítines, etcétera, aunque aún persistían resabios de persecución, que llevaron a que no pocos fueran “demorados” por horas en alguna comisaría simplemente por el hecho de manifestar una opinión que no le hubiera gustado al “milico espía” que siempre estaba en todas las ocasiones, y que –además-, todos sabíamos quienes eran.
                                      Pero la primer campaña electoral, la de 1984, la que marcó el retorno de nuestro país a la democracia que finalmente impuso a Julio María Sanguinetti en la Presidencia de la República, de la que hace por estos días ya más de 30 años, esa fue la más relevante: a nivel departamental, por ejemplo, volvieron las caballerías gauchas y las caravanas, de mano fundamentalmente de Wilson Elso quien a la postre resultara electo intendente en su primer período, y los actos en la plaza de las fórmulas presidenciales.



                                        Desde entonces hasta ahora, varias instancias electorales se han cumplido: algunos recordados plebiscitos, cinco elecciones nacionales y tres departamentales (recuérdese que se cumplen instancias separadas desde 1999) y son decenas las anécdotas y vivencias que cada una de ellas ha dejado. La mayoría, las de militantes que se siguen contando y reiterando en cada elección, y de las otras, de los dirigentes o candidatos, de situaciones graciosas o diferentes.
                                    Sin dudas, una de las que más gracia me causó sucedió en los momentos previos a recibir la fórmula Jorge Batlle – Luis Hierro en el año 1999. Heriberto Caraballo, connotado dirigente y candidato a la intendencia Muncipal era también el primer suplente de Numa Faliveni en la lista 15, y habían marcado claramente distinto perfil con su rival más directa, la lista 958 encabezada por la escribana Diana Saravia, y que llevaba como primer titular a la Corte Electoral a su correligionario Ramón Caraballo. Durante todo el día se habían estado embanderando los vehículos cada cual con su numero identificatorio en los distintos comités, y previamente habían llegado a un acuerdo de participar de la caravana con los vehículos de cada lista separados. A nivel de militantes, como casi siempre pasa, habían algunos más fanáticos de cada una de las listas. Estaban la mayoría de los autos prontos para salir, haciendo fila, y de repente aparece en segunda fila un Volkswagen escarabajo con un gran armazón en su techo, lleno de banderas coloradas y emblemas de la lista 958, y un enorme cartel que decía textualmente: “La gente de Caraballo vota a Diana”. Cuando venía superando la mitad de los autos de la lista 15 hacia el lugar que le correspondía, el pequeño auto se vio rodeado por simpatizantes de Heriberto Caraballo increpando al conductor a que retirara el cartel, en medio de gritos y amenazas. El chofer se bajó tranquilamente y con su mejor sonrisa les mostró su documento, diciéndoles: “Miren esto: soy Ramón Caraballo y el cartel no miente: toda mi gente vota a Diana”!!!  Dicho esto, volvió a arrancar el coche y prosiguió su marcha hasta el lugar que le correspondía.


Caballería gaucha previa a un desfile ruralista en los años 60


                             Otra de las anécdotas “electorales” que recuerdo haber oído contar al propio protagonista, es mucho anterior en el tiempo. Eran las “primeras armas” de un más tarde popular dirigente del departamento, hombre ocurrente como pocos, que en su especial manera de contarla me hacía estallar en risas. Según recuerdo su relato, decía que recientemente conformado el Movimiento Por la Patria a nivel nacional (yo por esos datos supongo que sería por el año 1962), él junto a un muy reducido grupo de amigos se adhirieron al mismo, y devenidas las elecciones todos integraban la lista, tocándole a él ocupar el primer lugar en la departamental. Eran épocas aún de los votos observados y como buen militante se hizo cargo de atender varios circuitos de la zona de Las Chacras el día de la votación. Durante todo el día, el novel dirigente cumplió sus funciones de delegado, y minutos antes de cerrarse las mesas, ejerció el sufragio en una de ellas. Contaba que de tanto hablar con la gente de utilizar el voto a conciencia, en el momento de poner las listas dentro del sobre le entró un “ataque” de responsabilidad, y considerando que su voto en lo departamental sería más beneficioso para el candidato mayoritario, cambió la lista, sin votar la que él mismo encabezaba. “Yo había visto, me comentaba, varios que me habían prometido votar por mi hacerlo en esa mesa, así que pensé: ¡quién se va a dar cuenta!”.
                                 Una vez realizado el escrutinio, la lista departamental que él encabezó no obtuvo un solo voto, y ya que le había contado a todos sus amigos en qué mesa lo había hecho, no tuvo más remedio que ser el centro de bromas y chanzas durante mucho tiempo. 

1 comentario:

  1. Muy bueno Gerardo. Hay que seguir recolectando historias del pago. Felicitaciones.

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