lunes, 14 de junio de 2021

Pelicula sobre Dionisio Dïaz, de Carlos Alonso

Un hito en la cinematografía nacional


                                        La película “El pequeño héroe del arroyo del Oro”, calificada en perspectiva histórica como “el único gran éxito taquillero de la cinematografía uruguaya”, y por muchos críticos especializados además considerada “el primer éxito cinematográfico de la historia en el sur del continente”, constituye además el primer ejemplo fílmico nacional verdaderamente popular, ayudado indudablemente por la notoriedad del hecho que lo motiva, y según los críticos de épocas modernas, por ser también la primer película que a través de su sencillez y carencias técnicas, “encierra un hasta entonces no gustado sabor de tierra nativa”, comparándolo con los ejemplos fílmicos de la época, que se constituyen básicamente por documentales e informativas.

                                        Como vimos en forma muy genérica en un artículo anterior de este mismo blog, el film fue realizado por el incansable Carlos Alonso, emprendedor personaje radicado en nuestro medio desde hacía un par de décadas, quien fuertemente impresionado con el suceso, encaró el propósito de elaborar una obra con la cual pudiera dar a conocer a la mayor cantidad de gente posible, el acto de heroísmo del niño gaucho que falleciera trágicamente, en el camino a Treinta y tres casi frente mismo a su domicilio.

                                        Alonso, sin ninguna experiencia previa en cinematografía ni en artes escénicas, apenas acallados los primeros ecos de la tragedia, se abocó a la tarea de plasmar su idea de recoger en una película los detalles del acontecimiento, poniéndose en contacto con la casa “Max Glucksman”, empresa que se dedicaba a la parte técnica/industrial del proyecto.

                                        En una nota de prensa del diario capitalino “El País” donde se anuncia “el próximo comienzo del proyecto de filme nacional”, el autor indica que “la aureola de gloria en que quedó envuelto Dionisio, aquel niño de destino trágico del Arroyo del Oro ha de tener dentro de poco una nueva exteriorización”, resaltando que “servirá de fundamento artístico para la obra la narración de la tragedia que hiciera nuestro compañero Pedro de Santillana”. Pedro de Santillana, aclaramos, era el seudónimo periodístico que usaba el periodista capitalino José Flores Sánchez, quien en una carta cuya copia adjuntamos, firmó en diciembre de 1931 la autorización correspondiente para que Alonso pudiera usar y adaptar “el relato del que soy autor” para la película que se filmará, renunciando además a “percibir remuneración alguna por derechos de autor”.


                                        Así, de esa manera, según los testimonios que se conservan en un completo libro de recortes de prensa de la época conservado por su nieto Juan Carlos Silvera Alonso, hoy residente en Canadá y quien amablemente nos lo compartió en forma virtual, comienza el intenso trabajo que significó la concreción del proyecto.

                                        Alonso se encargó personalmente, de la mayoría de los cientos de detalles que debían atenderse en un proyecto de esta magnitud. Consta también en el mencionado libro de recortes y recuerdos, por ejemplo, las boletas de préstamo y devolución correspondientes de elementos y uniformes policiales usados en la filmación, que fueron conseguidos en la Policía de Montevideo, procurando con cada detalle mantener la mayor rigurosidad estética posible. Como dato anecdótico, ese documento nos permite saber que para la filmación se usaron: dos gorras de gabardina verde, cuatro pares de botas caoba, cuatro uniformes de gabardina verde, y cuatro juegos de corretajes caoba.

                                        También los actores que protagonizaron el film interpretando los distintos personajes, fueron convocados personalmente por Alonso. Ariel Adonis Severino, de apenas 11 años de edad, fue el encargado de dar vida al personaje central de la historia, Dionisio, y la niña Hilda Quinteros es quien personifica a su hermana Marina. En otro de los papeles principales, estuvo el luego reconocido actor, director, escritor y gran locutor Alberto Candeau, entonces jovencísimo que representó a Eduardo Fasciolo, la bella Celina Sánchez en el papel de Luisa, la madre del protagonista y Vicente Rivero, encarnando al loco y malvado abuelo.

                                            La trama, en líneas generales, sigue fielmente el relato construido por Flores Sánchez, el primer cronista, autor del primer libro escrito sobre el tema, que sin duda se trata del hecho novelado por un periodista del crimen, que se convirtió en leyenda y no de la narración histórica y probada, de la cual después, en el correr del tiempo han aparecido nuevas luces y sombras.

                                            El film fue filmado -según las crónicas de la época-, en su mayor parte en nuestro departamento, ocasión que aprovechó Alonso, ya que contaba con los medios técnicos y con el personal indicado, para realizar tomas de muchos de los paisajes rurales y urbanos de Treinta y Tres, con cuyas imágenes, además, confeccionó una película documental que tituló “El Departamento de Treinta y Tres”, y que en las posteriores exhibiciones se presentaban como un programa completo, en primera función el documental y como broche la película.





                                            La película a nivel nacional fue estrenada en proyección privada por invitación en el cine Rex Theater el domingo 13 de marzo de 1932, mientras que en nuestro medio se realizó la presentación pública en la sala del Teatro Municipal, en la noche del viernes 15 de abril del mismo año, como lo anuncia el programa adjunto, sesión a la que concurrieron 273 espectadores a un costo individual de un peso la entrada, según se puede discernir del recibo de pago de los impuestos correspondientes, que también publicamos en esta misma página.

                                            En épocas de su estreno, “El niño héroe del Arroyo del Oro” fue una película muda, que a la usanza de entonces, en los momentos culmines de la trama, se publicaba una placa con los diálogos. Esta característica sin dudas destacaba la labor actoral del elenco, quienes debían hacer comprender a los espectadores todos los sentimientos por los que atravesaban los protagonistas, tanto en los momentos felices, como en los dramáticos, tristes o simplemente rayanos con la locura, en el caso del “viejo”. Muchos años después de su estreno, no se conoce la fecha a ciencia cierta, se le agregó sonido a la filmación original, anexando diálogos, música y sonidos ambiente que mejoraban notoriamente la producción, pero sufriendo como consecuencia la supresión de los letreros intercalados. La película se exhibió regularmente en todo el país, hasta los años cincuenta, cuando ante el fallecimiento de su gestor e impulsor, abandona el circuito de salas comerciales de todo el país, principalmente del interior, donde era programa habitual.


El periplo y su recuperación


                                            Tras el fallecimiento de Carlos Alonso, en 1953, según una crónica realizada por José Carlos Alvarez de Cinemateca Uruguaya, la familia del autor entrega el film para su comercialización a la empresa Remates Sarandí, junto a otras sesenta latas de películas que contenían el resto de su obra cinematográfica, entre la cual se destacan documentales de casi todos los departamentos del interior del país, filmados todos en la década de 1930, y la fusión de partes de ellos que conformaban una película de largometraje que Alonso había titulado “Mi madre patria”, y que también tuvo mucha aceptación del público, y recorrió en muchas oportunidades las salas cinematográficas nacionales.

                                                Siempre según la versión de Cinemateca, toda la obra desaparece de esa casa comercial en el año 1954 “sin dejar rastros”, habiéndose conocido versiones en el sentido que la película había sido traída a Treinta y Tres por su viuda, pero hoy sabemos que esto no es correcto, en primer lugar porque Alonso era viudo desde el nacimiento de su segunda hija, muchos años antes, y segundo porque un acervo de esa magnitud habría ameritado al menos una mención en alguno de os periódicos ocales de la época, y no hay registros de ello. 

                                                    Alvarez, además, sostiene que “trece años después, en la feria de Tristán Narvaja, se ubican algunas ajadas fotos de la película y por esa vía se llega hasta el Cerrito de la Victoria, donde en un rancho se descubren un par de rollos del negativo” de la versión muda, sin conseguirse más noticias de resto de la película ni de los demás rollos, ni siquiera otras pistas, y “por entonces e da por definitivamente perdido el resto del film”.

                                                    Más adelante en su relato, el jerarca de Cinemateca cuenta que a fines de 1974 tuvieron conocimiento que una de las hijas de Alonso, que vivía en Montevideo, probablemente tuviera una copia de la película, que se recupera a mediados de 1975, “prácticamente como una masa herrumbrosa de celuloide en proceso de descomposición, con latas perforadas y deterioradas y nitrato a punto de producir combustión espontánea”.

                                                    En este proceso de búsqueda y recuperación del film en la que colaboran Cinemateca Uruguaya y Cine Arte del Sodre, se logra finalmente recuperar la totalidad de la imagen, utilizando parte de negativos y parte de copia positiva. Se perdieron, sin embargo, la banda sonora (nunca se recuperó el negativo de sonido) y también los letreros de la primera versión muda original. “Milagrosamente, culmina el informe técnico, las imágenes así restauradas de la película, mantienen casi siempre la calidad fotográfica original salvo en los últimos diez minutos, cuya restauración en un primer momento pareció imposible de lograr”. 

                                                    En la Dirección de Cultura, seguramente cedida por Cinemateca Uruguaya, existe una copia de la película restaurada, que en su parte inicial tiene, además, imágenes de aquel primer documental que siempre le acompañaba en sus giras de exhibición en el interior del país.


sábado, 12 de junio de 2021

Ejemplo de Berro y Saravia

Enemigos en la guerra, juntos en la paz

  




Hasta finales del siglo XIX, la Villa de los Treinta y Tres creada por decreto en 1853,había pasado en escasos 40 años a ser capital de un nuevo departamento y nuclear una población urbana que superaba los 5 mil habitantes, siendo casi una quinta parte de ellos extranjeros, fundamentalmente brasileros, españoles, italianos y franceses.

La evolución del pueblo fue auspiciosa desde sus inicios, principalmente a impulso de los inmigrantes europeos  que encontraron en la localidad campo fértil para el desarrollo de las actividades comerciales, y que constituyeron el motor determinante de las primeras conquistas  traducidas en mejoras y adelantos para la Villa.

Aun a riesgo de olvidar varios, sólo al pasar habría que recordar españoles como Palacios, Urrutia, Salvarrey, Basaldúa, a los italianos Perinetti, Pomatta, Tanco, Bulgarelli o los franceses Hontou, Bodean, Arnaud y tantos más.

En esos mismos cuarenta y tantos años de vida desde su creación, Treinta y Tres no había sido ajena a las desestabilizaciones de los tiempos de guerra, ya que en ese período se habían sucedido no menos de una cincuentena de revoluciones, motines o levantamientos en contra a los gobiernos establecidos, ni tampoco al desarrollo de las revoluciones o guerras civiles del tan cercano Rio Grande del Sur, en Brasil. Pero sin lugar a dudas, la historia lo prueba, pocas veces se vio conmocionada la plaza local con hechos relacionados a estos sucesos.

En esos últimos años, fundamentalmente desde  la creación del departamento en 1884, se habían intercalado en el máximo cargo político departamental representantes del partido Colorado dominante en el país, representado por los militares Manuel Rodríguez, Lino Arroyo y Antonio Pigurinas, exceptuando el período comprendido entre el 87 al 90 en que Máximo Tajes nombra a Agustín de Urtubey como Jefe Político y de Policía de Treinta y Tres.

La llegada al gobierno de Julio Herrera y Obes, trae como consecuencia el nombramiento de otro colorado en ese puesto, Joaquín Suárez Ximénez, y es el período de mayor enfrentamiento entre blancos y colorados en la cotidianeidad de la villa. Suarez acusa a Urtubey de malversación de fondos, Urtubey lo lleva a juicio por injurias; en octubre del 91 las actuaciones de la policía de Suarez ante Urtubey y sus simpatizantes es cuando menos “incorrecta y tendenciosa”, y aun al ser sustituido Suarez por Robidio primero y Pan después, la brecha continuaba abierta.

En ese estado de cosas encuentra a Treinta y Tres -en el año de 1896- el primer alzamiento de Aparicio Saravia, y aunque los caudillos olimareños no llegan a unirse a la asonada, los ánimos se caldean y se producen apoyos a la revolución de varios tipos. Al año siguiente, apenas vuelve a levantarse Saravia en marzo, el Comandante Bernardo Berro, por entonces Comisario de la policía olimareña, reúne sus propios hijos y algunos seguidores, y sumándose al grupo convocado por Urtubey en su estancia ubicada a escasas 4 leguas del pueblo, conforman la 3° División revolucionaria, comúnmente llamada la “División Treinta y Tres”, que el 13 de marzo se incorpora con 100 hombres a la columna comandada por Aparicio Saravia. El Jefe de la División 33 blanca fue en los primeros tiempos el veterano Coronel Urtubey, quien luego fue capturado, pasando ésta a ser comandada por su Segundo Jefe, el Coronel Bernardo Berro hasta el final de las hostilidades.

Coronel Agustín Cecilio de Urtubey Estrada, nació el 21 de noviembre de 1822, hijo del constituyente Agustín de Urtubey Farías y de Concepción Estrada y Viana, Hombre en la paz dedicado a su establecimiento rural de la sexta sección del departamento, apenas con residencia ocasional en la ciudad capital, fue sin embargo uno de los referentes del partido nacional, fundando incluso un periódico y convocando para dirigirlo a su pariente Javier de Viana en 1890, para intentar contrarrestar la prédica política que realizaba el escribano Urrutia desde las páginas de su publicación “La Paz”.


Fue Diputado por el departamento de Minas en la 9ª legislatura, de 1861 a 1864, Jefe Político y de Policía de Cerro Largo entre 1875 y 1880  y más tarde es nombrado Jefe Político y de Policía de Treinta y Tres en julio de 1887, (el tercero luego de la creación del departamento en 1884, sucediendo a Lino Arroyo), extendiéndose su mandato hasta marzo de 1890.

Abrazó la carrera de las armas a los 2º años, en 1842, en el departamento de Cerro Largo y a órdenes del comandante Joaquín Diego Pereyra, batallando al siguiente año en los numerosos encuentros que el general Burgueño tuvo con el general Rivera en las inmediaciones de Santa Lucía Chico.

Pocos meses después, Urtubey figuraba en las tropas que vencieron al coronel Camacho, entre las que se encontraban la División Florida y los jefes Burgueño y Dionisio Coronel. En los años sucesivos, siguió prestando sus servicios a las órdenes del comandante Pereyra, haciendo una azarosa, cruenta y larga campaña. Se encontró en el Sitio de Minas, en el que fue rechazado el general Rivera tras tenaz resistencia. Participó en la batalla de India Muerta, una de las más sangrientas de nuestras luchas civiles.

En la campaña de 1851 tomó activa parte, desempeñando importantes comisiones –como la conducción de comunicaciones- para el general Oribe, con inminente riesgo de su vida.

En la revolución armada contra el gobierno de Giró, Urtubey, ya capitán, reunió tropas en Minas y se dispuso para la ofensiva. A poco, resolvió órdenes de disolver sus fuerzas, debido al triunfo de los revolucionarios. Promovida la reacción a favor del gobierno de Giró, el capitán Urtubey, comisionado por el coronel Lamas, entrevistó a algunos jefes de prestigio y preparó la reunión de tropas, trabajos que fracasaron por el sometimiento de las fuerzas revolucionarias del Norte.

En la revolución contra el presidente Bustamante, Urtubey militó entre los defensores del poder constituido, en calidad de ayudante del general Oribe.

En la contienda iniciada en 1857, a órdenes del coronel Moreno, tomó parte en la acción de Cagancha; prestó sus servicios durante toda la administración de Berro, en la que fue investido del grado de teniente coronel, y por consiguiente en la guerra de Flores, que terminó con el sitio a Paysandú y la muerte de Leandro Gómez.

Como jefe superior de la división de Minas, militó en la campaña de 1870 con el general Timoteo Aparicio, batiéndose en Severino, Corralito, Sauce y Manantiales; reunió nuevamente tropas al producirse el movimiento del Quebracho en el 86, herido en Rocha, se internó en Brasil.

La 3° División Revolucionaria, entonces, tiene su bautismo de fuego casi de inmediato, participando en Arbolito., en el flanco izquierdo apoyando al comandante Mena, y en el fragor de la batalla, a Berro le matan el caballo en el momento de ordenarse la retirada por falta de municiones, regresando a la posición del Jefe de la misma, Urtubey, para quien esa batalla será la última acción en el campo de guerra.  En ese lugar, se entera de la muerte de “Chiquito”, y comprueba que sus hijos Carlos, Pedro y Teodoro, que le acompañan, resultaron ilesos.

Bernardo Gervasio Berro Bustamante, era casi 20 años más joven, nacido en 1840. Vástago también de una familia patricia, hijo del Presidente Bernardo Prudencio Berro y sobrino nieto del presbítero Dámaso Antonio Larrañaga. También desde muy joven toma las armas; a los 18 años tiene su bautismo de fuego en el levantamiento del General César Díaz que culmina con la conocida como “hecatombe de Quinteros”, y continúa algunos años más en la actividad militar, la que cesa luego de la victoria de Venancio Flores en el 65 y antes de la campaña de la Triple Alianza.

Tras el asesinato de su padre en 1868, se radica en Buenos Aires donde se dedica al comercio, ya casado con Jacinta Antuña y donde nacen algunos de sus hijos. Retorna a Uruguay y viene a Treinta y Tres en el año de 1877, como administrador de la Sociedad Pastoril Cebollatí, un emprendimiento de 18 suertes de estancia en las costas del Cebollatí y la Laguna Merín, aunque ubica su hogar familiar en la joven ciudad de Treinta y Tres donde nace el resto de su prole.

Bajo la Jefatura Política de Urtubey, Berro acepta formar parte de los cuadros policiales, volviendo a usufructuar un cargo similar luego de la gestión de Suárez, y llega a ser comisario de la 3ª. Sección de Treinta y Tres, y más tarde integrante de la escolta del propio Jefe Político, a pesar de ser de partidos diferentes. Estando en ese cargo lo encuentra la revolución del 97, que abandona para unirse a Saravia.

 

En las filas de enfrente,  como es sabido, uno de los hermanos colorados de Aparicio Saravia, radicado en el departamento de Treinta y Tres y con un prestigio de caudillo en ascenso cada vez más afianzado, de la misma manera había reunido sus simpatizantes para ponerse a la orden del ejército regular, y también mostrando su importante compromiso con la causa que defiende, permite a sus hijos mayores acompañarle a la guerra.

 

Basilicio Saravia Da Rosa, el menor en edad de los personajes de que nos ocupamos hoy, había nacido en 1853, según la tradición familiar en nuestro país, según la documentación bautismal en “Arroio Grande”, en el estado de Río Grande del Sur.  Era el segundo hijo del matrimonio conformado por Francisco Saravia (Chico) y Propicia Da Rosa, y como es sabido, hermano de Aparicio, “Chiquito” y Francisco  entre otros, por nombrar solo los combatientes en las fuerzas revolucionarias, al frente de los cuales combatió cada vez que el gobierno lo llamó a la batalla.

Gran comerciante, poderoso productor pecuario que llegó a poseer unas 30 mil cuadras pobladas. A partir de 1894, Basilicio comenzó a desarrollar una intensa actividad política. Organizó la opinión colorada de la zona de Cerro Largo y Treinta y Tres, convocando asambleas y hablando en actos públicos, sentando imagen de caudillo y acrecentando su  influencia. En el 1897 Basilicio fue convocado al Ejército y se le otorgó el grado de teniente coronel de Guardias Nacionales. El Jefe político y comandante militar de 33, Angel Casalla, lo puso al frente de media división del departamento, mientras la otra quedaba al mando de Gabriel Trelles; hizo toda la campaña acompañado por sus cinco hijos varones de más edad. En el mes de junio, ya firmada la paz, fue designado Jefe Político y de Policía de Treinta y Tres y es quien entrega “el departamento” a los blancos cumpliendo la condición del acuerdo, nombrándose en el cargo a Bernardo G. Berro tras un par de meses en que lo ocupó Areco.

Tras la guerra del 4, vuelve Basilicio a ocupar nuevamente el cargo de Jefe Político, en el que se mantendrá por una década entera, hasta 1914  cuando renuncia a causa de sus frecuentes problemas cardíacos, que finalmente lo llevan a la tumba en el año 17.

Las semanas y los encuentros se suceden, y varias veces los vecinos del Olimar, blancos y colorados  se enfrentan en combate, a veces directo, otras con choques o refriegas menores. En Arbolito ya mencionado, en Cerro Colorado, Cerros Blancos, Guaviyú, Cuñapirú, Hervidero, y finalmente la Batalla de Aceguá, el 8 de julio, que en realidad no pasa de ser “un barullo” al decir de muchos cronistas contemporáneos, pero en el marco del cuál cae muerto Teodoro Berro, el hijo menor de Coronel.

Narrando el hecho algunos años más tarde para “La Revista Uruguaya”, Berro escribió:

Se habían agotado las municiones y había corrido sangre de mi sangre: mi valiente y querido hijo Teodoro había caído gravemente herido... Corrí adonde estaba; lo examiné... Había recibido un balazo en la parte izquierda de la frente.; tenía como un bulto en esa misma sien, y me pareció que allí estaba la bala, haciéndomelo creer así algunos compañeros, diciéndome que estaba atontado del golpe. ¡Pobre mi hijo tan valiente, tan noble y grande en su desinteresada y patriótica sencillez: ya tus labios no vivarían más á la santa causa que defendimos!; ¡ya no apostrofarían á los miserables acobardados, ni sonreirían ante los mayores peligros! Tuve esperanzas de que mi hijo viviría; busqué municiones y me preparé para continuar la pelea, cuando vino el general y apretándome la mano, me dijo, con los ojos llenos de lágrimas: “Lo acompaño en su dolor”.

Entonces recién me di cuenta de mi horrible, eterna desgracia, y pedí licencia para ir á ver á mi hijo. Es una página que no puedo continuar escribiendo ¡es tan triste!

Después de haber velado á mi hijo fuimos a dar cristiana y patriótica sepultura á sus restos queridos, y al enterrarlo, pronuncié las siguientes palabras:

 ¡Sangre de mi sangre, que todos los que llevan tu nombre sepan honrarlo tan bien como tú lo has honrado y sirva á tu patria tan bien como tú la has servido!


Obras en Paz


El tiempo pasa, la revolución termina con el Pacto de Aceguá, y de acuerdo al mismo es nombrado Jefe Político de Treinta y Tres el Coronel Bernardo Berro, cargo que ejerció desde octubre de 1897 hasta marzo de 1903, en una localidad con enorme influencia y poderío del máximo caudillo colorado del este del país, Basilicio Saravia, quien cambiando transitoriamente la espada por las letras, monta un periódico desde el cual prosigue la defensa de sus intereses partidarios.

Al centro de la foto, Bernardo Berro con su característica barba blanca. A su izquierda, el doctor Julio María Sanz, y a continuación el General Basilicio Saravia, entre otros integrantes de la comisión organizadora de la Exposición Ganadera

Las heridas estaban frescas: vecinos, parientes y amigos se habían enfrentado y causado mutuamente serios daños difíciles de reparar. Y es en ese marco de cosas, cuando la verdadera grandeza de los hombres emerge en la villa de los Treinta y Tres, grandeza personificada en las actitudes y comportamiento de esos dos grandes caudillos, el blanco Bernardo Berro y el colorado Basilicio Saravia.

Apenas meses habían pasado –en el otoño de 1898- y a instancias de algunos vecinos, interesados en restañar heridas y con gran visión de futuro, se constituye una comisión con integrantes de ambos partidos políticos, con el propósito principal de “servir a los intereses ganaderos de la zona, y promover la fundación de un centro social con fines educativos y de instrucción”. Esa comisión, en la que participaron  el propio Jefe Político Bernardo Berro y el veterano Agustín de Urtubey, otros blancos relevantes como Luciano Macedo, Ricardo Areco y otros, y colorados de la talla de los Hontou, los Tanco, y Luis Hierro Rivero quien fue secretario personal de Basilicio Saravia durante toda la campaña del 97 y que no hay dudas que su participación se debió al consejo y aprobación de su caudillo, quien por esos tiempos estaba completamente abocado a reconstruir sus negocios e intereses particulares, que habían sido descuidados por tanto tiempo.

De esa misma Comisión, convocando para cada nuevo emprendimiento a más gente idónea para cada uno de los temas, emanan como en un crisol de ideas, muchos de los emprendimientos de progreso que marcan al Treinta y Tres pujante y progresista del 900, algunos que se concretaron y otros que por diferentes razones quedaron sin ejecutarse.

El diputado Francisco Ros, propone la canalización y navegación de los ríos Tacuarí, Cebollatí y Olimar hasta la Laguna Merín para favorecer y profundizar el comercio con Rio Grande y el Brasil todo;

Se presentan y ejecutan los primeros proyectos zonales para la fundación de Colonias Agrícolas; otro grupo se aboca a urgir la continuación del ferrocarril desde Nico Pérez hasta la capital departamental.

En el área cultural, se funda la primer biblioteca pública, se crea el Club Progreso, baluarte de sociabilización y cultura que aún hoy a más de un siglo, aunque tímidamente, continua vigente, se promueve la creación de una banda de música, se instaura un grupo de animadores de fiestas y serenatas, se crea una sociedad recreativa que tenía por objeto realizar fiestas camperas, bailes y representaciones teatrales, etc.

Pero el punto más trascendente, sin dudas de todo este período y del Progreso en la paz, como me gusta llamarlo, ocurre el día 26 de agosto de 1901, cuando coinciden personalmente ambos máximos caudillos Berro y Saravia, para conformar juntos una misma comisión tendiente a la realización de una Exposición Feria Ganadera local, tras sellar su compromiso de trabajar mancomunadamente por el futuro, con un abrazo pleno de significado. La exposición se concreta tras más de un año de trabajos, el 1° de enero de 1903.

Pocas semanas después, otra vez revolución: primero el alzamiento del 3, y algunos meses después la guerra del 4, que vuelve a enfrentar a vecinos y caudillos, postergando los trabajos que se venían realizando mancomunadamente, entre ellos el más importante, como lo era la construcción del puente sumergible sobre el Río Olimar, sin dudas el proyecto más relevante y significativo para la sociedad toda que se había propulsado desde esas comisiones.

Tras finalizar la guerra con las consecuencias conocidas, otra vez se abrazan con miras al futuro blancos y colorados, y en esta oportunidad tiene preponderante relevancia la participación de Basilicio, tanto en su calidad de nuevo Jefe Político, como de gestor de influencia ante el gobierno nacional para facilitar por ejemplo esa obra del puente que estaba pendiente.

Dice una crónica de la época: “Otra vez juntos, en el Centro Progreso, para seguir trabajando por el deseado puente, allí están, alrededor de una mesa como si nada hubiera sucedido, Bernardo Berro y Basilicio Saravia, Luis Hierro y Luciano Macedo, Ramón de la Cerda y el Dr. Manuel Cacheiro. Feroces enemigos en la guerra, amigos respetuosos en la paz”.

Cuando con la perspectiva actual miramos el presente, sus pasiones y desencuentros no podemos menos que preguntarnos:

¿Seremos capaces los hombres de hoy de seguir los ejemplos históricos que nos legaron aquellos que a principios del siglo pasado, sabían unir los colores que llevaban en su pasión cuando el progreso lo requería, pese que aún tenían olor a sangre, pólvora y lágrimas en sus manos?

jueves, 6 de mayo de 2021

desde Navarra al Olimar

Los Zabalegui: desde el martillo a la fábrica 

 

De izq a derecha: Juan José Zabalegui y sus sobrinos José Luis y Nicolás, al fondo, los funcionarios


                                     Los beneficios económicos y de progreso acarreados por influencia de la inmigración -fundamentalmente de europeos- en los primeros años de la Villa de los Treinta y Tres, es sin dudas un hecho innegable y a pesar de haber sido poco estudiado de forma genérica, ninguno de los que alguna vez buceamos en lo profundo de la historia de los primeros pasos de la aldea creada a orillas del Yerbal y el Olimar, somos ajenos a esta manera de ver las cosas.

                                            Desde los primeros tiempos, el comerciante español Miguel Palacios instalado en la cima del cerro más alto antes de llegar al Paso Real del Olimar y a la vera del camino existente desde antes de ser delineada la villa por el Joaquín Travieso, marcó su influencia para ser su casa el punto de partida de las mensuras fundacionales. Pero además de ello, el propio Palacios, seguramente viendo la oportunidad inmejorable de progresar de varios de sus compatriotas que significaba la erección del nuevo poblado, recibió gran cantidad de coterráneos a quienes dio trabajo, cobijo y apoyo. Basten para ejemplo de ello el recordado y polémico Lucas Urrutia, o Prudencio Salvarrey y tantos otros. Más tarde, al amparo también de éstos, llegarían otras familias, en su mayoría provenientes del norte español y embarcados desde el puerto de Castro Urdiales, en distintas épocas pero todos en el siglo XVIII: los Llano, los Izmendi, Elosegui, Buenafama, Ansín, Fernández, Fabeyro, Ubilla, Bilbao y tantos otros.



                                                Pero por si esto fuera poco, a instancias del primer cura párroco que mucho tuvo que ver también con la fundación de Treinta y Tres, también hubo otra oleada de inmigrantes españoles, que nos dejó en legado nada menos al propio Francisco N Oliveres, o a la familia Vaco, y probablemente los Basaldúa, Hoz y Lacursia e Iza, hayan sido también de los inmigrantes “a demanda”.

                                            Eran épocas duras en Europa y la tierra nueva ofrecía oportunidades. Ninguno de ellos le temía al trabajo duro: eran en su mayoría campesinos, con media instrucción, jóvenes y acostumbrados a los trabajos duros del campo. Acá, se ofrecían tierras para trabajar, no difícil acceso a ganados y tropillas, y muchos de ellos, ya al verse en estas tierras, explotaron sus habilidades aprendidas, convirtiéndose ya en trabajadores y artesanos especializados en tareas manuales (herrería, carpintería, talabartería, zapatería, sastrería, etc), o en hábiles comerciantes que prosperaron en su mayoría. Algunos, como Urrutia, con un poco más de inteligencia, quizás, vio la oportunidad de estudiar para asegurarse su porvenir, y otros como Vaco con su negocio de balsa, o el propio Oliveres padre, pionero de la fotografía, prefiriendo innovar para concretar sus metas.

                                            No solo los españoles constituyeron esa inmigración pujante y revolucionaria: no podemos olvidar las colonias francesas (en su mayoría también vascos) e italianas, que con ejemplos tan significativos como los Hontou, Arbenoiz y Arnaud los primeros  y los Perinetti, Pomatta, Gambardella, D’alessandro, Faliveni, Piccioli y tantos otros ocuparon con brillantez sus propios espacios y generaron riqueza y cultura, legando tradiciones que aún hoy permanecen en nuestro medio.

                                                    Desde estas mismas páginas, hemos hablado de algunas de esas familias y parte de sus historias o logros particulares que les aseguran un lugar propio en la historia comarcana. Nombres que forman parte de la toponimia treintaitresina como Passano o Perinetti, comerciantes destacados como los Lapido, Basaldúa, Ungo, Salvarrey, Oliveres y Vaco, constructores de la talla de Pomatta, y artesanos como Obaldía, Duclós, Saráchaga, Martirena, Decarli o Goyoaga, que figuran ya en la nómina de los constructores de la iglesia en los años 70.

 

Los Zabalegui, ejemplo del esfuerzo familiar

 

                                                Desde tierras Navarras, también persiguiendo “hacer la América” y cuando apenas empezaba a desarrollarse nuestra aldea, llegó -entre muchos más, como mencionamos anteriormente, el joven Vicente Zabalegui. Aunque pocos testimonios han quedado de esa época, ya en la obra de construcción de la iglesia, a fines de la década de 1860 y principios de la del 70, Zabalegui figura como maestro carpintero, y también como proveedor de maderas, por lo cual es posible presumir que el mismo ya en esa época estuviera establecido con carpintería, habiendo llegado algunos años antes, casi con seguridad casado y con sus hijos pequeños. Probablemente a raíz de su posición consolidada en la sociedad de entonces, donde se construía muchísimo y día a día  se necesitaba mano de obra, ese haya sido el motivo más válido para mandar a buscar su hermano José Joaquín, maestro herrero quien según una publicación del Centro Empleados de Comercio de los años 40 “se cumplen sesenta años de su llegada a Treinta y Tres”, y además informa que “no traía en sus maletas nada más que un montón de esperanzas y una voluntad inquebrantable para el trabajo, y más adelante afirma que “Treinta y Tres no le pudo brindar, porque el no quiso, la tibieza de un nido”, haciendo referencia a su permanente soltería.

                                        

        En las últimas décadas del siglo XIX, los hermanos Vicente y José Joaquín Zabalegui, mancomunaron esfuerzos cada uno en su especialidad, y mientras en 1892 se anunciaban en los periódicos locales como “Carpintería y Herrería de Vicente Zabalegui, Hno. y compañía, anunciando que “se fabrican máquinas para alambrar, cocinas económicas, carruajes con elásticos, se componen armas”, poco tiempo después la firma pasa a llamarse “José Joaquín Zabalegui y sobrinos”, casi con seguridad a consecuencia del fallecimiento de Vicente, y a la incorporación efectiva como titulares de la empresa de sus hijos Nicolás y Luis acompañando a su tío.





                                                        Ya al poco tiempo, los anuncios eran más ambiciosos. En El Comercio, en 1912 se presentaban como “Carpintería y Herrería y Fabrica de Carruajes y Carros” y en el aviso además de establecer que hay para vender “volantas y tílburys nuevos y usados”, informan que “se herran caballos de las 4 patas a 90 centésimos y a 1 peso”. En el aviso, consta que el taller estaba en la calle Manuel Freire “frente a la casa de don Nicolás J. Acosta y al lado de la escribanía pública de don Máximo R. Anastasía”. Un par de años más tarde, en el mismo periódico un anuncio le presenta como “Carpintería y Herrería y Fabrica de Vehículos San Sebastián”, e indica que la empresa está en la calle Juan Antonio Lavalleja.  Como caso curioso, en ese mismo periódico, pero en el mes de abril de 1913, un suelto periodístico narra que “en el patio de la carpintería y herrería de Zabalegui varios obreros de la casa pretendieron solemnizar el día patrio y al efecto atacaron de pólvora el agujero de un fierro poniéndole arriba una lata vacía de kerosene, prendiéndole fuego. A su debido tiempo hizo explosión la pólvora y saltó hecha pedazos la lata, yendo a causarle algunos trozos varias contusiones en la cara, además de quebrarle un diente, al obrero Macario Alvarez. Felizmente las heridas no revisten gravedad”.



                                                            Este breve pasaje de la mano de algunas publicaciones por distintas fases en la consolidación y crecimiento de esta empresa familiar de vascos que hoy nos ocupa, constituye tan solo la primer etapa. A partir de la llegada del tren a nuestra ciudad, en 1911, el auge de la producción y el movimiento de bienes y servicios, y la mayor facilidad de acceso a los materiales para la fabricación y por consecuencia también la posibilidad de mayor ventas, consolidan la empresa, que se profesionaliza, confeccionando un catálogo de 16 distintos tipos de carruajes, desde el sencillo carro a la lujosa volanta, pasando por sulkys, charrets, breaks y carros especializados, con precios que oscilaban entre los 100 y los 500 pesos de la época. El mencionado catálogo que pomposamente anuncia “desde 1865”, así como algunas fotos que publicaremos a continuación, fue rescatado de un contenedor de la basura hace pocos años por una persona que amablemente lo compartió para que hoy pudiéramos disfrutar de este pedacito de la historia local arrebatado al olvido.





                                                            Y las fotos son pocas, pero hablan por sí solas. Pocos años más tarde, los tiempos automotrices llegan a Treinta y Tres y usado una palabra que está aún hoy de moda, los Zabalegui vuelven a amoldarse a los nuevos desafíos y reconvierten la empresa, que suma la venta y carrozado de automóviles de la línea de General Motors (Chevrolet, Pontiac, Oldsmovile, Oakland, Buick), estableciendo no solo el taller mecánico más grande de la época, sino también un moderno salón de exhibición y ventas, como se puede apreciar en una de las imágenes que acompaña estas líneas. Se podía entrar por el frente, en Juan Antonio Lavalleja, justo donde hoy se encuentra la “Galería del Centro”, y salir por el taller, ubicado en el inmenso galpón que también se ilustra y que aún hoy continúa en pie, prácticamente incambiado, y hasta conserva el logotipo Chevrolet en su fachada.





martes, 4 de mayo de 2021

Y los dueños la pagaron dos veces..

 Pleito Bauzá – De Souza Avila, un largo litigio  

                                                                    La paulatina población del este del territorio nacional, cuya zona central ocupa nuestro departamento, no estuvo exenta de grandes litigios judiciales por extensas propiedades, aún desde mucho antes de ser Uruguay un país constituido, desde los tiempos coloniales.




                                                                    Como es tema bastante conocido, quien se considera el propietario original de las tierras del departamento e incluso partes de los hoy departamentos de Lavalleja y Cerro Largo, es Bruno Muñoz, quien obtuvo la “salida fiscal” oficial, o sea cuando el área pasa de ser propiedad fiscal a dominio particular, a fines del siglo XVIII, cuando en Buenos Aires y cumplidos los trámites de rigor, se le otorga la propiedad de los campos situados “entre el Godoy, Tapes, Cebollatí, la Laguna Merín y la Cuchilla Grande”, que había denunciado como realengos, yermos y despoblados, y solicitado ante la Real Hacienda del virreinato del Río de la Plata.
                                                                       Tras ese documento obtenido a fines de 1778 y la entrega respectiva de la propiedad y tenencia de tan extensa área, efectivizada a principios de 1780, apenas unos meses después, la “Mariscala”, doña Francisca de Alzáibar, viuda de Francisco Javier de Viana y los herederos de su cuñado Melchor de Viana, aduciendo derechos previos sobre gran parte de esas tierras, por ocupación y uso, y otros motivos, entablan un juicio contra Muñoz, reclamando la rectificación de la venta realizada y la propiedad de una extensa área.


                                                                        A pesar que el Capitán Bruno Muñoz muere en Montevideo unos pocos años después, en 1784, el pleito continúa y el largo litigio recién se dilucidaría en el mes de mayo de 1795, cuando las tres partes involucradas arriban a un acuerdo de partes que distribuyó las tierras en conflicto entre los herederos de todas las partes, procediendo a su mensura y escrituración, quedando para los herederos de Muñoz “exclusivamente los campos limitados por el Avestruz, el Parao, el Campamento y el Tacuarí y otra estancia en Olimar Grande y Puntas del Yerbal”, según consignan Sala de Tourón, Rodríguez y De la Torre en su libro “Evolución económica de la Banda Oriental” (Montevideo, 1967).
                                                                         Las herencias son repartidas de inmediato, y prácticamente enseguida comienzan también las enajenaciones, fundamentalmente por parte de los herederos de Melchor de Viana. Ya en el propio año de 1795, se registra la primera compra de tierras realizada por Juan Francisco Medina “en el paraje llamado Yerbal Grande, de media legua de frente y dos leguas y medias de fondo”; poco después, María Achucarro, la viuda de De Viana, le vende a Salvador de la Quintana una estancia “entre el Yerbal Chico y el Yerbal Grande con fondos a la Cuchilla de Dionisio, y mas tarde hace lo propio con otro campo entre el Yerbal y el Yerbalito. Antonio Chiclana, quién recibió parte de la herencia por “donación” de Melchor de Viana, negocia con Ramón de Lago la estancia entre el Avestruz y los cerros del Yerbal Grande, y con Romualdo De la Vega, el área situada “entre el Olimar Grande y el Avestruz, con frente y fondo de 4 a 5 leguas”. Margarita Viana, por su parte, le vende una parte de su heredad a Etchenique, entre Olimar y Las Pavas, y la otra, entre Olimar Grande y Gutiérrez, a Benito López, entre los negocios más destacados.
                                                                            En el caso de los Muñoz, las tierras heredadas fueron en su mayoría rápidamente enajenadas,: en 1796, Josefa Ignacia Muñoz le vende a Piriz y Morales terrenos entre Corrales y Leoncho y Juan José Muñoz transfiere la estancia entre Leoncho y Otazo a Juan Antonio Carrasco. En el 98, Agustina Muñoz escritura a Benito López tierras entre Olimar y Corrales; en 1802, Francisco Bruno Muñoz vende a José Ferraro entre la Cañada de las Piedras y de los Ceibos, con fondo al Olimar Grande, en la suma de 950 pesos.


                                                                            Esas grandes propiedades en el entonces departamento de Cerro Largo, eran muy poco pobladas, y es a partir de esta series de repartos y ventas que comienzan a asentarse las primeras familias y conformarse las primeras estancias, amansando ganados chúcaros y estableciendo las primeras casas. Y esas mismas estancias dieron nombre a muchos de los lugares o parajes que aún hoy identificamos con los nombres de sus propietarios de esa época: Rincon de Urtubey, Cerros de Lago, Rincón de Quintana, Azotea y Rincón de Ramírez, etcétera.
 

Un lío sonado: el “Rincón de Avila”

 
                                                                            Uno de los litigios más sonados con respecto a pleitos por la tenencia de la tierra en lo que actualmente conforma nuestro departamento es, sin dudas, el largo juicio desarrollado a finales del siglo XIX, que involucró una amplísima extensión de campo, parte de la cual aún se continúa llamando “Rincón de Avila”.
                                                                            Como señalábamos anteriormente, en los primeros años del siglo XIX, el inversor y comerciante montevideano José Ferraro adquiere a Muñoz su heredad, que se extendía “entre los cursos de agua conocidos como Cañada de las Piedras y Corrales, con frente a la cuchilla de Dionisio y fondo a los ríos Cebollatí, Parado y Olimar Grande” (Unas 130 mil hectáreas, aproximadamente). Un par de años después, concretamente el 27 de mayo de 1805, el mismo Ferraro vende a Pedro Celestino Bauzá, también montevideano y de familia de estancieros, la misma estancia en “Olimar Grande”, y según figura en el Protocolo correspondiente registrado en el Archivo General de la Nación (AGN), “con todas sus posesiones: ranchos, animales vacunos, caballares y marca”, en la suma de 15 mil pesos de la época, estableciéndose en el contrato de compraventa los plazos para el pago del saldo, con la persona del doctor Mateo Magariños como garantía de esos pagos.
                                                                            Don Pedro Celestino Bauzá, soldado de la independencia a las órdenes de Artigas, no pudo cumplir en el plazo establecido con ese pago, y como consecuencia el fiador Magariños hace honor a su palabra y paga la deuda contraída por Bauzá, a la viuda del vendedor Ferrara, finalizando el año de 1814, y solicitándole con tal motivo un documento a la acreedora, anulando la venta de su esposo de 9 años atrás y cediendo los derechos del campo al fiador.
                                                                              Tras el fallecimiento de Pedro Celestino Bauzá ocurrido en 1818, y con ese documento en mano como argumento, según relata el expediente judicial al respecto, Magariños vende al brasileño José de Souza Avila en diciembre de 1820 los campos de referencia, quienes toman posesión del bien afincándose en la zona aproximadamente en 1824, demora que se debe casi con seguridad al tiempo de espera para la construcción de las viviendas, que prácticamente sin dudas a juicio de quien suscribe, se trata de la casa que aún sigue en pie en la margen norte del Olimar, a la vera del entonces camino real que cruzaba el Olimar en el Paso de la Laguna, la misma casa que posteriormente perteneciera al escribano Lucas Urrutia y que fuera la primera del departamento en tener teléfono, y que aún hoy se conserva en inmejorable estado.


                                                                                En 1838, las sucesoras de Bauzá, las hermanas Josefa y Toribia, interponen un juicio reclamando sus derechos a la propiedad adquirida por su padre por escritura pública y nunca por él enajenada, solicitando la devolución de las tierras y el desalojo del ocupante De Souza Avila, hecho al que por supuesto el brasileño se niega aduciendo haberla comprado y pagado al doctor Magariños. El juicio en primera instancia, decidido recién más de 20 años después, en 1859, resulta favorable a las Bauzá, considerando que el documento obtenido por Magariños y que usó para vender a De Souza no era válido ya que existía previa “una escritura en regla que no puede ser desconocida por un documento de ese tipo”, ordenando la inmediata devolución de las tierras a sus propietarias.
                                                                                La sentencia fue apelada por De Souza agregando el argumento de la prescripción por el tiempo transcurrido, más de 35 años, asunto que también fue descartado por el tiempo transcurrido entre la toma de posesión y la de notificación del litigio no pasaba de 15 años, dejando firme la sentencia anterior.

                                                                                  Ante estos hechos consumados ya en el año de 1863, los sucesores de De Souza Avila que ya había fallecido, representados por uno de sus yernos, Theodolino Farinha, realizan un acuerdo de transacción con las herederas de Bauzá, mediante el cual, casi cuarenta años más tarde de la compra original, se vuelven a pagar los campos que ocupaban.

lunes, 4 de enero de 2021

General Manuel Correa

 

Más que un soldado de la independencia

Nacido en la Villa de San Carlos, departamento de Maldonado, el 12 de julio de 1790, era hijo del comandante de milicias provinciales Juan Correa de la Luz (hijo de azoreños, nativo de Río Grande) y de Juana Angós (montevideana), integrante de una extensa familia.

General Manuel Correa. Retrato Museo Histórico


A muy joven edad comenzó su carrera militar, durante la época de los españoles, ingresando como cadete del Cuerpo de Blandengues, recibiendo su bautismo de sangre durante las invasiones inglesas en 1806, cuando fue herido de dos bayonetazos en la defensa de Maldonado, con tan solo 16 años. En 1809 estaba en Buenos Aires como oficial de granaderos de Liniers y al estallar la revolución de Mayo ofreció su espada a la Patria, formando parte de la expedición de Belgrano al Paraguay. Fue tomado prisionero por los realistas y conducido a Montevideo, encerrado en un pontón con una barra de grillos, situación que vivió varios meses. Estuvo en el sitio de Montevideo en 1814, y en los años subsiguientes participa en las luchas internas de las provincias argentinas, destacándose en la campaña contra los indios en la provincia de Buenos Aires. En enero de 1819 llegó a ser teniente coronel y en 1822 pasó a comandar el 20 batallón de Cazadores. Declarada la guerra contra el Brasil y ascendido a coronel; se incorporó con su unidad, llamada ahora 1º de Cazadores, al 3er cuerpo del Ejército Republicano, tocándole ser uno de los vencedores de Ituzaingó el 20 de febrero de 1827. Al término de la campaña y una vez que su provincia natal constituyóse en República soberana, retornó a la joven patria después de abandonar el servicio militar y se dedica durante una decena de años una agencia de negocios en campaña y procuración. Había reunido un solvente capital que incluía una extensa propiedad de una docena de suertes de estancia situadas en el norte del entonces departamento de Minas, cuando fue llamado por la patria al comienzo de la Guarra Grande. Abandonó todo para tomar a su cargo, con el mismo grado militar argentino que se le reconocía, la jefatura de la Guardia Nacional de Caballería que le fue dada el 5 de enero de 1842. Dejó el puesto casi en seguida y ese mismo año fue nombrado 2º jefe del ejército de Reserva y jefe interino de la Comandancia General de Armas. Fue luego designado Jefe de Estado Mayor de la misma, y en el desempeño de este cargo hizo crear la Academia de Instrucción de Infantería para jefes, organizó los servicios de maestranza, en tarea que el general César Díaz califica de importantísima.

La provisión de material de artillería que era un problema pavoroso, mereció de Correa los máximos cuidados y ahincada labor, perteneciéndole la idea salvadora de volver a servicio los viejos cañones de hierro clavados como postes en las calles de la ciudad. Examinados escrupulosamente uno a uno, pudo rehabilitar más de cien piezas "que yacían, recuerdo casi olvidado del vencimiento de dos tronos". El 3 de abril de 1846 pasó a comandar las fuerzas de la capital en reemplazo del general Melchor Pa- checo y Obes; en 1847, Joaquín Suárez lo nombra Ministro de Guerra y Marina cargo al que dimite en pocas semanas, quedando en la dirección e inspección de la 1ínea interior de fortificaciones de la plaza En 1850 se hace cargo de la Capitanía del Puerto de Montevideo y en esas funciones la muerte lo vino a sorprender el 2 de octubre de 1851. No tuvo tiempo -por seis días- de ver ajustada la paz que terminaba una lucha de diez años. Integraba al morir la Asamblea de Notables que venía ejerciendo las veces de cuerpo legislativo. Jefe de notoria ilustración, se debe al general Correa la confección del hermoso Plano Topográfico de Montevideo y sus alrededores, trabajado con gran esmero en 1847 por el capitán Juan P. Cardeillac y litografiado en 1849 en el establecimiento de Mege y Lebas.

 

 

 Una biografía más detallada 

 

A continuación, se transcriben algunos párrafos de su biografía, publicada a raíz de su fallecimiento, y recopilada por el historiador Carlos Seijo en su obra “Carolinos”, de 1936.

"Escribo bajo la impresión dolorosa de una pérdida irreparable para mí, los detalles de su vida militar, que tantas veces, en el seno de la confianza que le merecí, oí de su propia boca, y que a fe de hombre de conciencia, declaro que son verídicos. Al escribirlos, cumplo el deseo expresado por él, pues me decía: "quiero que alguno, después de mi muerte, asegure sin temor de ser desmentido por los hechos y documentos que existan, que como hombre, mi amor a la patria fue purísimo; que como militar no tuve otra ambición sino el honor y lustre de la carrera, y juro que no debo un ascenso al favor ni a mezquinos manejos e intrigas”.

Nació el general don Manuel Correa, en la villa de San Carlos, departamento de Maldonado, uno de los que componen este Estado, el 12 de julio de 1790, hijo legítimo deI comandante de milicias provinciales, don Juan Correa y doña Juana Angós, naturales también de esta república (1); y a los doce años de edad, obtuvo la clase de cadete, con la que entró a servir en el cuerpo de Blandengues de Montevideo, e hizo la primera campaña contra le? indios, cuya expedición mandaba el señor don Francisco Javier de Viana. Invadido el Río de la Plata por los ingleses en 1806, desembarcaron en Maldonado, y al tomar aquel punto, fue herido de un bayonetazo defendiendo su puesto. En 1807, ocupado Montevideo por el enemigo, fue llamado por el jefe de la comandancia de Maldonado y le dio la importante comisión de marchar por tierra con despachos para el virrey de Buenos Aires; cruzó entonces nuestra poco poblada campaña, se embarcó en la Colonia bajo un fuerte temporal y salvando de varios peligros, desembarcó en Buenos Aires, en ese pueblo que tantas simpatías mereció de su corazón, solamente acompañado por el baqueano, y se presentó al virrey, entregándole los despachos. Regresó por mar, pero ya con la oferta voluntaria del virrey de darle empleo en el real cuerpo de granaderos del rey, el más honorífico cuerpo del virreinato, y cuyo coronel era el rey en persona; y muy luego recibió el despacho de teniente de milicias de Maldonado. — Se separó de su familia y de su patria a principios de 1809, y fue agregado en su clase, al regimiento de granaderos ya expresado, en cuyo servicio le halló la revolución de 1810; llena su alma de ese amor santo de independencia, libertad y civilización para la América,, orden e instituciones para sus pueblos, principios que fueron la pauta invariable de todos los actos de su vida. Pronunciada la revolución y acordada la expedición al Paraguay, se ofreció voluntariamente a hacer parte de ella, y como no marchaba su regimiento, pasó en comisión de ayudante edecán del general en jefe don Manuel Belgrano. Entre sus papeles se halla escrita la campaña (2), que si no fue feliz, decía, era debido a la pequeñez de las fuerzas con que invadieron, y a los poderosos recursos y tropas que opusieron los españoles, pero el hecho cierto es, que ella y especialmente la capacidad de su jefe, contribuyó a que el Paraguay observase la neutralidad que conservó durante la guerra de la independencia. El certificado que este general se sirvió darle de esa campaña, le es sobremanera honorífico. Hecho prisionero en Yuquerí, en una acción de guerra con el mayor general del ejército, señor Machain y otros oficiales, fue remitido con ellos, cargados de prisiones a esta ciudad, y el pontón, las bóvedas y la ciudadela (hoy mercado), fueron testigos de sus sufrimientos y de su constancia, a pesar de muy halagüeñas promesas, por la causa que había abrazado. Canjeado por otros prisioneros tomados a los españoles en la acción de Las Piedras, regresó a Buenos Aires y se incorporó a su regimiento que después vino con el ejército que sitió esta ciudad y la tomó de los españoles en 1814. Al entrar a esta plaza, su empleo era el de capitán.

Sobrevino la disidencia entre las tropas orientales y argentinas, pero en la rectitud y nobleza de su carácter, no obstante sus afecciones, no podía abandonar las banderas argentinas, siguió la suerte del ejército, habiendo sido destinado al mando de una de esas divisiones pequeñas de infantería que marcharon a nuestra campaña, pero que arrastradas por la sublevación general, tuvieron que retirarse a Entre Ríos después de varios encuentros, teniendo la fortuna de que las fuerzas a sus órdenes no fuesen deshechas y proteger sobre las márgenes del Uruguay, a la división que mandaba el mayor general Dorrego.

En mayo de 1815 es ascendido a sargento de su regimiento; en 1816 hace una campaña sobre el territorio de Santa Fe; en 1819, otra campana a las órdenes del director del Estado, desempeñando el cargo de mayor de brigada, en 1820, otra campaña a las órdenes del general Soler, que le confía el mando de la vanguardia; en el mismo año, el gobierno le nombró jefe de la sección del centro al Norte de la campaña de Buenos Aires, en circunstancias que a invadían los indios Ranqueles y Pampas, dirigidos por Carreras, y formo una división de 700 hombres que fue la 3° del ejército al mando del señor Hortiguera, con la que maniobró independientemente de las otras dos mandadas por los señores Lamadrid y Rosas durante toda la campaña. En 1821, ya graduado teniente coronel, desempeñó la mayoría del cuerpo denominado del orden. En 1822 pasa a comandante del 3° batallón de la Legión Patricia, y después, en el mismo empleo, al 2° de la misma Legión. A fines del mismo año es nombrado comandante del 1° batallón de cazadores de línea, con cuyo cuerpo hizo, en 1823, una campaña al Tandil; en 1824, otra hasta las inmediaciones de Bahía Blanca, cuyas dos expediciones mando en jefe el general don Martín Rodríguez. Todas estas campañas constan en su honorable toja de servicios, firmada por el ilustre general Rondeau, la que va publicada al pie.

Declarada la guerra al Brasil y cambiado el nombre de su batallón por 1° de Cazadores, marcha con el ejército a campaña en la que recibió sus despachos de coronel y se halló en la batalla de Ituzaingó, mandando un batallón de Cazadores, y que dio por resultado la independencia de su tierra natal. (3).

Regresa con su batallón a Buenos Aires, y muy luego tuvo lugar la revolución llamada deI 1° de diciembre de 1828. — "Yo no defiendo, decía, varios hechos de esa revolución, porque no tuve en ellos parte, pero me queda la conciencia tranquila de haber entrado a ella, porque conocía que si derramé mi sangre para trozar las cadenas de la servidumbre colonial, aún quedaba el segundo punto de la gran cuestión de emancipación, que era hacer imperar las instituciones y la ley al capricho y arbitrariedad de los mandones”. El tiempo, en veintidós años que no ha vuelto a pisar las playas argentinas, ha justificado bien tristemente que no se engañó.

Vuelto emigrado a su patria, empezó a trabajar bajo el título de Agente de Negocios de Campaña para adquirir bienes de fortuna, cuando después de doce años de laboriosidad y trabajo, había logrado, en parte, sus deseos, invadió esta República don Manuel Oribe en 1843. Recibía en 1851 los diplomas de representante por el departamento de su nacimiento a la Asamblea General

Llamado por un decreto del Gobierno al servicio de la República, fue dado de alta en el ejército el 15 de diciembre de 1842, con la antigüedad de su clase en la República Argentina, y se hizo cargo de la comandancia general de armas; a los pocos días, nombrado general en jefe de las fuerzas de la capital el general don José M. Paz, Correa fue uno de los amigos del general que más eficazmente lo indujo a recibirse del mando, diciéndole "nada hay hecho, pero con los grandes elementos que tiene la capital, todo puede hacerse” Durante cerca de cincuenta días, mereciendo la ilimitada confianza del Gobierno, Correa no descansó un instante, preparando los elementos para la resistencia incontrastable opuesta al enemigo.

Medidas propuestas por él y realizadas, son fortificar el Cerro y la isla de la Libertad, sin desatender a la organización del ejército, la línea de fortificación, maestranza, parque, en fin, a todos los medios de defensa, como segundo jefe del general Paz. El enemigo se presentó ante esta ciudad, cuando aún no existía artillería, puede decirse, para la defensa que se preparaba, pues no la había; se le ocurre, entonces, arrancar los cañones que servían de poste; en las calles, y logra, al fin de tres meses, ver artillada perfectamente la línea, montando primero, la mayor parte de las piezas, en potros y cureñas de mar, y después hacerle un excelente montaje con el producto de una suscripción voluntaria que promovió entre varios patriotas nacionales y extranjeros, y otras sumas entregadas por el gobierno a pesar de los inmensos apuros en que se hallaba el tesoro.

En 1845, como Jefe de E. M. G. hizo construir la batería denominada "2° Legión de’ Guardias Nacionales”, en el centro de nuestra línea de avanzadas. En abril de 1846 tiene lugar una revolución entre la guarnición de la capital, que como era consiguiente, trajo el desquicio y la desmoralización en ella; en ese conflicto el gobierno nombra a Correa Comandante General, quien con su calma inalterable, con la prudente conducta que observaba, logro subordinar el desorden introducido en todos los cuerpos; restablecida la organización (4), formó la línea exterior de defensa, de manera que todos os cuerpos del país se acantonaron entre ambas líneas. (5)

Amigo de la educación del pueblo, porque con ella adquiere virtudes y conocimiento de sus derechos, establece entre líneas una escuela de primeras letras, cuya apertura honra con su presencia el gobierno y el ejército, se admiten en ella, indistintamente, los hijos de militares y familias pobres. Dejó el mando a fines de julio de 1847 y vino a ocupar el Ministerio de Guerra y Marina. Dos meses antes, el 24 de junio fue ascendido al grado de general.

Los años de 1848 y 49 permaneció retirado en su casa, aunque como miembro de la A. de Notables, desde su creación, y como patriota jamás se negó a contribuir a la conservación de la defensa de la causa por que se había sacrificado. — En abril de 18 50, es nombrado Capitán del Puerto, y con esa asiduidad y celo con que llenaba los deberes del cargo que se le confiaba, con esa integridad de que no habrá un ejemplo contrario en toda su vida, principió por organizar todos los ramos y dependencias de su administración, rodeándose de una comisión de jefes de marina permanente, para examinar los prácticos del río; estableció la estricta observancia de los reglamentos del Puerto; propuso el proyecto de construir un edificio para capitanía, venciendo una porción de dificultades por la escasez de recursos; balizó todos los escollos del Puerto y la Panela, auxiliado por el donativo voluntario de varios artículos necesarios para aquel fin. Deja en planta el pensamiento de reconstruir la farola del Cerro para lo que había obtenido autorización del Gobierno.

En ese puesto, una enfermedad que hace tiempo le aquejaba, lo ha arrebatado a la vista de su familia y amigos.

He hecho relación de la vida militar del general don Manuel Correa en presencia de innumerables documentos que justifican la reputación intachable que anheló obtener durante su vida y después de su muerte; ellos prueban patentemente que no la manchó con la más pequeña acción que le desdorase. — La estimación pública de hombres de todos los partidos, y la sincera adhesión de todos los que fueron sus amigos, han sido el mejor testimonio de la probidad y el celo por la mejora de las instituciones y porvenir de su patria, que adornaron su vida.

Montevideo, Octubre 6 de 1851.

 

Hoja de servicios

"El coronel D. Manuel Correa, su edad treinta y nueve años, su país, San Carlos, su calidad distinguida, su salud robusta, sus servicios v circunstancias los que se expresan: —

Tiempo en que empezó a servir los empleos

Cadete de Blandengues                                  – desde 21 de Enero de 1804

Teniente Urbano                                             - desde 4 de Noviembre de 1808

Subt. grad. de teniente                                    – desde 11  de Marzo de 1809

Teniente de gra. de inf.                                   – desde 3 de Agosto de 1810

Capitan de ídem.                                             – desde 5 de Febrero de 1811

Sargento mayor de idem.                                – desde 26 de Mayo de 1815

Graduado de ten. Coronel                              – desde 15 de Enero de 1819

Sargento mayor del ord.                                 – desde el 24 de Febrero de 1821

Com. del 3er Bat. Lejion                                -  desde el 11 de Marzo de 1822

Id. deI 2º. Bat. de id.                                      -  desde el 9 de Mayo de 1822

Id. Del 1°. de Cazadores                                - desde el 14 de Noviembre de 1822

Coronel del mismo –                                       -  desde el 23 de Diciembre de 1826

 

Tiempo que ha servido y cuánto en cada empleo

De Cadete:                                                      4 años, 9 meses y 13 días

De Teniente Urbano:                                       4 meses y 7 días

De Subt. grad. Teniente:                                 1 año, 4 meses y 22 días

De Teniente:                                                    1año, 6 meses y 2 días

De Capitán:                                                     3 años, 3 meses y 21 días

De Mayor:                                                       5 años, 8 meses y 28 días

De id. del orden:                                             1 año y 17 días

Comandante del 3°. Bat.                                1 mes y 28 días

Id. del 2°.:                                                       6 meses y 16 días

Id. de Cazadores:                                            3 años, 1 mes y 16 días

Id. de Coronel:                                                1 año, 1 mes y 23 días

Total en fines de Febrero de 1828:                 23 años, 1 mes y 3 días.

 

Regimientos donde ha servido

En el cuerpo de Blandengues en una compañía creada para la campaña, de Maldonado. En el regimiento de cazadores de Infantería. En el del Orden. En la Legión Patricia, y actualmente en el N° l de Cazadores.

 

Campañas y acciones de guerra donde se ha hallado

En el ataque que dieron los ingleses a Maldonado el 9 de Octubre de 1806, en que fue herido con dos golpes de bayoneta. En la expedición al mando del Sr D. Francisco Javier de Viana en la campaña oriental, que tuvo cerca de año y medio, en la cual se halló en una acción de guerra contra los indios infieles. En la expedición del Paraguay, al mando del representante y general en jefe D. Manuel Belgrano, siendo su edecán, donde fue prisionero y conducido a Montevideo después de dos batallas generales y un ataque parcial que mandaba, en el que quitó un trozo de caballada, otro de ganado y nueve canoas que facilitaron el paso deI Teviguarí al ejército, cuyas canoas eran defendidas por los enemigos con una fuerza de artillería. En la división que salió a reforzar el sitio de Montevideo, mandada por el Sr coronel Terrad, haciendo de ayudante, la que solo llegó hasta Santa Fe. En la campaña contra los portugueses y segundo sitio de Montevideo, desde Febrero de 1812 hasta Setiembre de 1813, con los Sres generales Sarratea y Rondeau. Al sitio y rendición de Montevideo desde Abril de 1814 hasta junio del mismo año, después de haber perseguido la división de Otorgués, que amagaba la Colonia, todo a las órdenes del general Alvear; obteniendo por la rendición de Montevideo, que guarneció después, una medalla de distinción (6). Campaña de medio año en el territorio oriental y Entre Ríos, teniendo una acción, de guerra en el Pospos, habiendo en la expresada campaña protegido sobre las márgenes del Uruguay la división del mayor general Dorrego, habiéndosele confiado una pieza de artillería y considerable número de cabalgadura, con lo que tenía que hacer las travesías de 65 leguas hasta los Potreros del Queguay, siendo esta travesía un campo que estaba en posesión deI enemigo. En la misma campaña se le confió por el señor Hortiguera una división que marchaba sobre el Fraile Muerto, con orden de batir la división de Otorgués, que se creía trajese esa dirección, habiendo retrogradado después por orden del expresado Sr a cubrir los pasos principales del Yi, para oponerse a las fuerzas de Fructuoso que amagaba por aquella parte. En 1816 marchó con. una división sobre el territorio de Santa Fe, habiendo llegado solo hasta el Rosario. A fines de 1819 una campaña bajo las órdenes del Director del Estado, desempeñando las funciones de mayor de brigada. En 1828 salió a campaña bajo las órdenes del Sr general Soler, quien le confió el mando de la vanguardia del ejército campado sobre el Puente de Marquez, siendo compuesta aquella de caballería y dos piezas de artillería volante, y fue situada diez leguas del ejército ya en la villa de Lujan o en sus inmediaciones según convenía. En el mismo año salió bajo las órdenes del Sr general Rondeau, quien le nombró comandante de las fuerzas de línea que existían bajo las órdenes del expresado Sr siendo aquel nombrado jefe de las fuerzas del Norte de Buenos Aires. Fue nombrado por el gobierno jefe de la sección del centro en campaña, en circunstancias que era invadida por los indios Ranqueles y Pampas dirigidos por Carreras y desde la frontera de aquella sección abrió campaña con una división de setecientos hombres que formo y compuso la 3° en el ejército que mandaba el señor Hortiguera, que se dirigió sobre aquellos y en la retirada de la Sierra lo hizo esta división con independencia de la 1° y 2° que mandaba el Sr Lamadrid y Rosas, buscando la frontera de donde había salido, conservándose en el mando de la ya citada sección, hasta que el gobierno tuvo a bien dar otra forma a la campaña de esta provincia. En 1823 con el Sr gobernador Don Martin Rodríguez hasta el Tandil, y en 1824, con el mismo hasta las inmediaciones de la Bahía Blanca. En 1827 en la campaña del Brasil, habiéndose hallado con su batallón en la batalla de Ituzaingó.

Don José Rondeau, inspector y comandante general de armas.

Certifico que la presente foja de servicios es copia del original de la que existe en la inspección general de mi mando. Buenos Aires, febrero 15 de 1828 Rondeau”. (7)

Como acaba de verse, desde un principio, Manuel Correa había escrito sobre su actuación en la campaña deI Paraguay (8), bajo el mando de general Belgrano; así que vamos a reproducir tan sólo la parte concerniente a su estada aquí, cuando fue remitido como prisionero.

"A nuestra llegada (a Montevideo) los Oficiales fuimos a los calabozos de la Ciudadela menos 3 y el Mayor Gral. Machain los que se destinaron a la fragata Ifigenia, estos recibieron buen trato de los marinos Españoles pero el resto padecimos bastante, Al poco tiempo supimos el movimiento en a provincia del Paraguay derrocando las autoridades españolas y fuimos reembarcados y conducidos a la fragata mercante Carmelita cuyo cargamento había sido sal; nuestros acompañantes fueron 13 presidiarios que por sus famosos y repetidos crímenes no se les dio entrada en los presidios que saco el Cap. Mena también presidiario y que organizó en caballería. Con esos 13 hemos sido conducidos por las calles de Montevideo bajo una escolta y este insulto nunca lo perdonaré a los españoles que lo hicieron.

Colocados en la bodega los Oficiales con una barra de grillos los sargentos con grilletes y cadena, los soldados con grillete y los presidiarios con dos barras; esta porción de hombres apiñados tenían por aire el que entraba de día por un escotillón enfrente del cual estaban 4 barriles, dos para agua otros denominados sambullos que se sacaban cuando estaban llenos por consiguiente la fetidez era excesiva, los piojos abundantísimos, el fuego para fumar prohibido, el alimento era un caldero de mal cocido arroz con peor tasajo que descendía por una roldana y se dejaba a discreción de hombres hambrientos En esta situación se permaneció algunos días hasta que dispusieron que los oficiales pasasen a entrepuentes y de allí volvimos a la Ciudadela no sé si a consecuencia del sistema que tenían de no dejarnos mucho tiempo en un lugar (cosa que es muy buena para asegurar presos) o si fue porque nos preparásemos para marchar a España porque así lo habían determinado, debiendo ir cuatro en cada buque mercante.

La Batalla de las Piedras ganada por el General Dn José Artigas hizo cambiar nuestro destino. Se nos volvió al pontón Juan y el trato ya  fue más soportable. El Sr Elío tenía interés en canjear los oficiales de marina que había perdido en la batalla citada y especialmente a su cuñado y con esta propuesta fue el Sr Obregon Jefe distinguido de la marina Real a la Junta Gubernativa, la que no accedió sin comprender nosotros hasta ahora la razón que tubo para ello. Presentado un día creo el mayor de órdenes de marina en nuestro pontón nos leyó la propuesta que nos hacía el Virrey la que si mal no me acuerdo era reducida a ofrecernos sacar los Grillos y bajarnos a tierra alojándonos en las casas de nuestras relaciones en donde se nos sostendría por el Gobierno siempre que ofreciésemos debajo de nuestra palabra de honor el conservarnos en la clase de prisioneros hasta ser canjeados. Bien, impuestos de la propuesta me separé del círculo con el Cap. Dn  Diego Balcarce y conferenciamos y uniformes nos dirigimos al enviado a quien manifestamos nuestra resistencia a firmar aquel documento que nos ligaba más que la barra de grillos que nos aseguraba; pero que firmaríamos un compromiso de no tomar las armas contra el partido que sostenía la Regencia que no reconocíamos, siempre que se nos pusiese en libertad en Bs. Ays. reservándonos el poder tomarlas contra cualesquiera poder extranjero que invadiese el territorio”.

De ahí que lograron verse libres de los grillos y pudieron tener cierta libertad; pero más tarde, al verse desligados del compromiso que habían firmado, y considerándose en su derecho para intentar la fuga, empezaron las maniobras con ese fin. Fue a raíz de una de éstas, que el Virrey, habiendo llegado a traslucir algo, los hizo encerrar de nuevo en los calabozos. "El tratamiento desde entonces fue cruel y nuestro rostro lo manifestaba. La casualidad hizo que nos viese un Oficial de Marina de la Fragata Efigenia y dijo a Machain nuestro Mayor General que sino hacían algo para sacarnos de ese estado moriríamos; y fue entonces que Machain y Warnes pidieron hablar al Virrey; lo consiguieron y ofrecieron pasar a Buenos Ayres a solicitar el canje ofreciendo bajo palabra de honor volver al estado en que estaban sino lo conseguían. Obtuvieron el permiso, fueron a Buenos Ayres, y se efectuó el canje, entregando la tropa al General sitiador y los oficiales fuimos conducidos a Buenos Ayres.

Manuel Correa”. (9)

 

Las exequias fúnebres:

"Hoy tuvieron lugar en la iglesia Matriz, los funerales del finado general D. Manuel Correa con toda la solemnidad que correspondía a su alta categoría militar, sus grandes servicios y su mérito personal.

A las 9 ½ bajó el cadáver de los altos de su morada, conducido por varios amigos del finado, que desde temprano ocupaban su casa, y otros que le habían acompañado desde la noche anterior. Entre aquellos se notaban algunos oficiales de las tropas expedicionarias francesas y muchas señoras distinguidas.

Al pie de la escalera le esperaba el Sr Presidente de la República, los Sres Ministros de Gobierno y Relaciones Exteriores y el de Guerra, muchos otros jefes, oficiales y ciudadanos distinguidos para acompañarle hasta el sepulcro.

Una comisión de la Honorable Asamblea de Notables compuesta de los Sres. brigadieres generales D. Enrique Martínez y D. Rufino Bauzá, el Sr juez de comercio D. Salvador Tort y el Sr Alcalde ordinario del departamento D. Francisco Ordeñana cerraban el duelo.

El cadáver fue conducido a brazo alternativamente, por varios Sres. de los que hemos mencionado, hasta el sepulcro. En la plaza se hallaban formados los batallones Extramuros y Voltíjeros, mandados por el Sr coronel Tajes con su correspondiente, los que, al entrar el cortejo fúnebre a la plaza, batieron marcha, haciendo los honores debidos al gobierno y al cadáver del general.

A las diez entraba en la iglesia, y muy luego las espaciosas naves del templo se cubrieron de una inmensa y lucidísima concurrencia de todas las clases de la sociedad.

Comenzados los oficios entró el Sr comandante general de armas acompañado de varios jefes y oficiales de todos los cuerpos de la guarnición.

Terminada en el templo la función religiosa, el cortejo fúnebre se dirigió al cementerio por la calle del 18 de Julio. El cadáver con sus insignias de general sobre su féretro, fue conducido a mano y seguido de la misma numerosa comitiva a pié. Los batallones seguían haciéndole los honores debidos: una guardia seguía inmediato a él.

El Sr Presidente de la República y el Sr Ministro de Relaciones Exteriores, se retiraron del tránsito por sus atenciones oficiales. El Sr Ministro de Guerra y el Sr Comandante General de Armas continuaron hasta el cementerio.

En todos los semblantes se pintaba el pesar que la pérdida del general Correa ha producido en todas las clases de la sociedad. Llegados al cementerio, los batallones hicieron alto a distancia competente, y al colocar el cadáver en el sitio de su última morada, tributaron los honores de general con las competentes descargas.

Las lágrimas de sus deudos y amigos corrían todavía, cuando el Sr Figueroa (D. Francisco), que no iba preparado para hablar, instado por el Sr coronel Lavandera, pronunció los sentidos versos que transcribimos a continuación:

Improvisación ante el sepulcro del general Correa:

Llora la patria, y el cañón retumba,

Y gimen angustiados los guerreros,

Que uno de sus ilustres compañeros,

Para no verle más, bajó a la tumba.

Ilustre general, fiel ciudadano,

Por cívicas virtudes distinguido,

Fue Correa modelo esclarecido,

Como hijo, como padre y como hermano.

Adiós, caro Correa, en triste duelo

Te dedico este voto acongojado,

Que goce paz, honor tu polvo amado,

Y que tu alma virtuosa goce el cielo”. (10)

 

Manuel Correa falleció en Montevideo, el 2 de octubre de 18 51, a los 61 años de edad.

De ese mismo poeta, más tarde, se leía en la lápida de aquél:

"La Patria llora al hijo esclarecido

Y su familia al protector querido”.

 

(1) El primero no era uruguayo. Había nacido en Río Grande, y la segunda en Montevideo.

(2) Breve noticia sobre la campaña al Paraguay, dirigida por el representante del Gobierno y Gral en jefe deI Exito Dn Manuel Belgrano que da el que firma que sirvió de Edecán del Expresado General.

(3) En ese ínterin, habiéndosele terminado una comisión en el departamento de Maldonado, que le fuera confiada por el general Lavalleja, le escribía desde San Carlos, con fecha 8 de agosto de 1827, para que le "concediera licencia para existir en este destino hasta el quince o veinte del próximo mes de Setiembre que marchará al Cuartel General en razón de tener que atender a asuntos de su familia sobre la testamentaria de su finado padre y proceder a la venta de una casa. Esta solicitud la hace porque considera de ninguna necesidad su persona por ahora en el Ejercita puesto que el Batallón l . v que tiene el honor de mandar se encuentra con organización y disciplina” . . . (Archivo del Estado Mayor del Ejército).

(4) En ese período, necesitando tal vez el apoyo de un Ministro de Gobierno de su confianza, al ser nombrado Gabriel A. Pereira y ver que no aceptaba tal puesto, le dirigía las siguientes líneas:

"Sr Don Gabriel A. Pereira. Señor de mi aprecio y respeto:

En el Ejército que tengo el honor de mandar, he comprendido un sentimiento de júbilo al ver la acertada elección que el Gobierno ha hecho en su persona para desempeñar los Ministerios de Gobierno y Hacienda.

He visto la renuncia de Vd a aquellos destinos v por este motivo le dirijo la presente rogándole, se digne aceptarlos, por considerar que llevarán las esperanzas que he traslucido en el Ejer , v las que tiene.

Su affmo y atento Servidor Q. B. S. M. Manuel Correa”

 Cuartel General Sepbre 28 de 1846. (Correspcia de Gabriel A. Pereira. Vol. VI, pág. 434). Arch. Gral. de la Nación.

(5) En ese tiempo hizo levantar un plano de la ciudad de Montevideo, donde pueden verse los detalles completos de ambos reductos.

(6) Es la que puede verse en su retrato, junto a los cordones de Ituzaingó.

(7) "Comercio deI Plata”. Octubre 8 de 1851,

(8) Estos apuntes se habían conservado inéditos hasta 1913.

(9) "Revista Histórica”, T. VI, 1913.

(10) "La Defensa”, octubre 3 de 1851.