Cabito: el personaje aún presente en la memoria olimareña

Tomás Acosta Silvera, “Cabito” para todos los que le conocimos, fue desde siempre un personaje conocido, respetado -y ¿por qué no? - apreciado por la mayoría de los vecinos.
Recordarlo y evocar las estrofas aquellas de Alberto Cortés, aquellas que dicen: “era callejero por derecho propio/ fiel a su destino y a su parecer/ sin tener horario para hacer la siesta/ ni rendirle cuentas al amanecer “, es una cosa sola. Aunque fueron escritas para un perro callejero, se amoldan indudablemente a mis recuerdos de “Cabito”: un hombre bueno, incapaz de provocar ningún daño, absorto en su mundo y concentrado en su supervivencia, a pesar de su abandono personal, de su indigencia.

Según su documento de identidad, reliquia que se conserva en el Museo Histórico Departamental y que publicamos en esta misma página, Tomás Acosta Silvera había nacido el 18 de setiembre de 1915 en nuestra ciudad, y su deceso ocurrió una noche de octubre de 1998, a los 83 años de edad. La muerte lo encontró como tantas madrugadas lo habían visto antes, durmiendo en un portal, abrazado a sus pertenencias, y se lo llevó mansamente, casi sin molestarlo... tan calladamente como había vivido.
Lo cierto es que “Cabito” nunca olvidó algunas de las enseñanzas recibidas, a pesar de -seguramente- haberlas aplicado muy poco. Aún en sus años finales, cualquiera que se le acercara y le preguntara las tablas de multiplicar, recibía la respuesta correcta... excepto con la inquisición clásica de 3 x 2, que él contestaba con su tono neutro: -”dos por tres, llueve...”, y se alejaba silbando entre dientes su melodía favorita. De su caligrafía dice mucho su cédula, donde se aprecia su nombre claramente escrito, cuando ya contaba con más de 80 años y seguramente sin haber practicado la escritura muchas veces en sus últimos 60 años.

En el correr de los años, muchas historias se contaron en voz baja sobre los orígenes de su abandono. La versión más popular, la más aceptada, cuenta que -proveniente de familia de pocos recursos, hijo de un cabo militar o policial y de dónde heredó su sobrenombre-, muy joven comenzó a trabajar en una panadería, donde cumplía tareas y además le habían proporcionado un lugar para vivir, apenas un cuartucho donde pernoctar. Cuenta la leyenda, además, que Tomás joven, trabajador, serio y responsable, se enamoró y comenzó relaciones con una señorita con quien además fabricó planes y construyó ilusiones, y a la que un día al ir a visitarla descubrió con otro hombre, hecho que le rompió el corazón y a raíz del cual abandonó trabajo, amigos y sueños.
Algunos viejos memoriosos, quizá influidos por esta leyenda romántica, van más lejos en la narración, adjudicándole a este hecho uno de los dichos particulares y más comunes por él esgrimidos. Cuando quería evadirse de alguna situación difícil o alejarse de algún lugar que le molestaba, “Cabito” se susurraba a sí mismo: “...shhh, disimulá, cabito”, y se alejaba con su característico caminar de pasos cortitos y rápidos.
Pero lo cierto es que nadie tiene certeza de los motivos que le llevaron a elegir el cielo por techo y algún portal o garaje por dormitorio.
Desde entonces, “Cabito” tranqueó despacio, silbando bajito, luciendo su indiferencia por el mundo, las cosas y la gente.
Blanco de pullas y mofas, casi siempre portador de una sonrisa afable que iluminaban sus ojos picarones, “Cabito” supo ser también motivo de preocupación y temor para varias generaciones de pequeños olimareños cuyos padres les asustaban con el pretexto de hacerlos llevar por el “viejo de la bolsa” en caso de no cumplir con sus deberes, o por portarse mal o simplemente por no tomar la sopa. Cuando esos gurises crecíamos, ya de túnica y moña, éramos los mismos que le rodeábamos donde le encontráramos para bullangueramente preguntarle las tablas.
Pese a sus características de mendigo vagabundo, a su soledosa figura barbuda y desaliñada, “Cabito” contó durante casi toda su vida, con vecinos que le ofrecían su desayuno o un almuerzo digno. Tenía su “ronda” alimentaria acudiendo a casas donde se le esperaba con un café con leche caliente y un buen trozo de pan en las mañanas, que nunca aceptaba si no era servido en la jarra o lata que portaba. Incluso en sus últimos años, cuando algún anónimo compadecido le había tramitado una pensión del estado que cobraba religiosamente y tenía al menos los primeros días para pagarse su propio desayuno, iba a buscarlo al “London” y se lo hacía servir en su taza esmaltada.


- “No puedo trabajar, estoy de licencia” ó “ahora no puedo, ando apurado”.
Sin embargo, ocasionalmente “Cabito” -vaya uno a saber a razón de qué- aceptaba barrer algunas veredas. Pero no cualquier vereda. No eran muchas las dignas de su sudor. Yo personalmente recuerdo (como bien lo plasma una foto que acompaña esta nota) que barría la de la casa del Dr. Cossio, la de la bicicletería del “negro” Gándaro y la de la fotografía de Hilario Favero. Quizá hubiera más, yo no recuerdo otras.
Dueño de su larga barba blanca, inviernos y veranos vestía cual constante uniforme su gorra gris de visera, su saco grande y roto, sus pantalones siempre cortos y sus alpargatas en chancleta con el talón al aire. “Cabito” fue, sin dudas, para varias generaciones de olimareños, un personaje que no pasó indiferente por la vida a pesar de su condición de indigente. Nunca fue atrevido ni irrespetuoso con grandes y chicos. Con la honestidad de los que poco necesitan, usó su indiferencia para no ser ni feliz ni infeliz con lo que tenía, nunca robó ni necesitó robar, y nunca se le vio borracho.
Esa misma esquina, tiempo después, vería levantar su cuerpo ya sin vida, en una muda despedida de un tiempo que se fue, pero que aún se recuerda vívidamente.