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sábado, 8 de agosto de 2026

Columnas trillizas de la frontera




 Durante más de treinta años, entre 1887 y 1918, una gran columna coronada por la figura del general Juan Antonio Lavalleja dominó el paisaje urbano de la ciudad de Treinta y Tres. Por mucho tiempo se creyó que el monumento era una pieza aislada dentro del patrimonio uruguayo. Sin embargo, investigaciones recientes demuestran que formaba parte de un conjunto más amplio de obras levantadas por Giuseppe Ravagnelli en la frontera uruguayo-brasileña. Ravagnelli construyó entre 1888 y 1889, al menos otros dos monumentos extraordinariamente similares al olimareño: la Estátua da Liberdade, en la plaza principal de Yaguarón, y la Coluna Comemorativa à Libertação dos Escravos, en la ciudad portuaria de Río Grande, con muchas más coincidencias que diferencias entre las tres, que las convierte, al decir de un investigador riograndense en “las trillizas da fronteira”.

A continuación, un poco de historia, algunas conclusiones y un tardío reconocimiento



Ravagnelli y sus columnas de la frontera


Tres obras muy coincidentes

Las tres obras de qué trata esta nota son evidentemente coincidentes en muchos aspectos como se puede observar a simple vista tan solo con mirar las fotografías existentes, y fueron construidas todas bajo la dirección del italiano Giuseppe (José) Ravagnelli.

La primera fue la de Treinta y Tres, construida en un par de meses entre noviembre y diciembre de 1887; pasado un año construyó la columna de Yaguarón, también en un corto período de tres meses (entre febrero y mayo de 1889) aunque no se coronó con la correspondiente estatua, y finalmente la de Rio Grande, entre setiembre y diciembre del mismo año.

Su instalación es también coincidente: se encuentran en un lugar destacado de la plaza principal de cada localidad, y están constituídas por un pedestal de unos 4 metros de altura donde se fijaró la cartelería de mármol alusiva a cada ocasión; una columna de estilo dórico acabada en un capitel ornado de algo más de medio metro, y coronadas de sendas esculturas.

En el caso de Yaguarón (la última en inaugurarse), se sabe que durante al menos un par de años estuvo sin finalizar hasta que las autoridades decidieron mandar a hacer una estatua alegórica a la libertad e instalarla allí.

Respecto a la de Rio Grande, el propio texto ya narrado nos deja saber que el mismo Ravagnelli la construyó y modificó y la de Treinta y Tres estaba coronada por la representación del héroe nacional Juan Antonio Lavalleja, que como también se mencionó es la única parte que se conserva de la obra, aunque no en una pieza.

Pero también la conservación rota del “Lavalleja”, nos permite adentrarnos en el tipo constructivo utilizado por el artista, que sin dudas y de acuerdo a las similitudes entre las tres obras, alejan las versiones de encargos al exterior.

Durante mucho tiempo se creyó que el monumento olimareño era una pieza aislada dentro del patrimonio uruguayo. Sin embargo, estas investigaciones demuestran que formaba parte de un conjunto más amplio de obras levantadas por Giuseppe Ravagnelli en la frontera uruguayo-brasileña, con la Estátua da Liberdade, en la plaza principal de Yaguarón, y la Coluna Comemorativa à Libertação dos Escravos, en la ciudad portuaria de Río Grande. 

Las tres comparten una estructura arquitectónica prácticamente idéntica:

• pedestal prismático con inscripciones; 
• columna estriada monumental; 
• capitel de inspiración corintia; 
• estatua superior; 
• altura que ronda los 15 metros. 

Las diferencias radican únicamente en la iconografía: mientras la columna uruguaya estaba dedicada al general Lavalleja, las brasileñas celebraban la libertad y la abolición de la esclavitud.

Las tres, asimismo, en mayor o menor medida fueron financiadas con aportes y donaciones de los ciudadanos de cada localidad, a pesar de ser ideadas desde los puestos de mando políticos

Las tres, ¡oh casualidad!, y aunque por diferentes razones, vieron su cartelería modificada y reemplazada de acuerdo con la variación de los diferentes intereses comunitarios y de las autoridades de turno.

Las tres fueron construidas por un hombre cuyo nombre ha sido olvidado prácticamente en las tres localidades, alguien que pasó por estas tierras dejando huellas relevantes, y que sin dudas es merecedor de ser rescatado del olvido.

Las tres, además, fueron las primeras en su tipo. La de Treinta y Tres, la primera del interior del país en homenajear a un héroe nacional; la de Yaguarón, el primer monumento conmemorativo de la abolición de la esclavitud, y la de Rio Grande, la primera en conmemorar el advenimiento de la República brasilera.


La columna de Río Grande

La Columna por la Libertad de los Esclavos fue el primer monumento erigido en la ciudad de Rio Grande, inaugurado el 15 de diciembre de 1889, y tiene aproximadamente quince metros de altura. Primero se fijó la base de soporte y, posteriormente, la columna con la alegoría de la libertad. Está ubicada en la plaza Xavier Ferreira (en aquel entonces llamada Praza Doña Izabel), en el centro de Rio Grande, frente al mar, para que pudiera ser vista por los recién llegados, ya que la ciudad, desde sus orígenes, tuvo una gran relación con el puerto.

Este monumento consta de una base cuadrangular, seguida de una columna estriada de orden corintio. El capitel presenta hojas de acanto, en alusión al estilo corintio, que, entrelazadas, enmarcan cuatro rostros indígenas que representan al pueblo brasileño. Sobre el capitel, se encuentra una alegoría de la libertad, representada por una mujer que sostiene una cadena rota en su mano izquierda y un estandarte que simboliza la nacionalidad en la derecha.

El error de la tradición oficial

Durante años, diversas publicaciones brasileñas afirmaron que la columna de Río Grande había sido construida en mármol importado desde Italia, entre ellas la información (muy escueta) que figura en la propia página web de la Prefectura de Rio Grande, a la que se han sumado algunas publicaciones posteadas en Facebook, Blogger y otras redes de comunicaciones, que en algunos casos llegan a afirmar que la obra fue encargada a Italia y está realizada en mármol de Carrara y que se desconoce el nombre del escultor a quien se encargó

En realidad, como se puede comprobar a través de distintas publicaciones de prensa de la época, tanto el conocimiento del proyecto, como la evolución de la construcción en si misma, fueron seguidas con detalle y atención por distintos medios de la localidad. Este aspecto, se puede apreciar tanto en un completo informe que integra la tesis de 2018 de Letícia Conceição de Souza titulada “Iconografía da liberdade: Representações da Lei Áurea em Rio Grande/ RS”, para su Licenciatura en el Instituto de Letras y Artes de la Universidad Federal de Rïo Grande, que abunda en información al respecto, como en un magnífico libro editado en 2016 por Luiz Henrique Torres, llamado “Espaços de memôria: a praça Xavier Ferreira” (Rio Grande, Editora Pluscom), sumamente documentado también en el aspecto gráfico. Recomiendo especialmente a quienes gustan de las historias locales y regionales, una profunda lectura al blog del mencionado autor (https://historiaehistoriografiadors.blogspot.com)

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La versión de prensa resumida

Según las mencionadas obras, el periódico “Diario do Rio Grande” documentó minuciosamente todo el proceso de construcción, de la “Columna de la Libertad” desde el 23 de agosto de 1889, cuando se informó que el Ministerio de Agricultura del Imperio no contaba con fondos para la construcción del monumento conmemorativo, hasta su inauguración el 15 de diciembre del mismo año. 

El 17 de septiembre del mismo año, el periódico reportó que “Ya han comenzado las obras del monumento conmemorativo de la ley del 13 de mayo, que, mediante suscripción popular, se erigirá en la Plaza D. Izabel de esta ciudad. La colocación de la piedra fundamental tendrá lugar el 28 de este mes”, asegurando que la inauguración del monumento se prevé para “diciembre de este año”.

A fin de octubre, el 25, el mismo medio escribió que la construcción continuaba activamente. Señala que “el capitel está casi terminado y pronto; el constructor comenzará a trabajar en la estatua que coronará la columna”.

Según opina la autora de la tesis, al leer la prensa de la época, se percibe el gran entusiasmo y la expectación que rodeaban la finalización e inauguración de la Columna; se estimaba «que para finales del próximo mes de enero estaría concluida». Se enviaron invitaciones y se preveía un acto con gran participación de figuras políticas, acompañado de «salvas de artillería y repique de campanas» 

La República en Brasil fue proclamada el 15 de noviembre de 1889, y la Columna había sido encargada durante la monarquía. Ese cambio político generó incomodidad entre las autoridades, pues la obra representaba un homenaje a la monarquía. 

Por ello, el 12 de diciembre de 1889, el periódico *O Diário do Rio Grande* informó —no sin gran decepción— que se había decidido “no dar carácter festivo a la inauguración de la Columna de la Libertad, y dejar que el hábil artista Ravagnelli la inaugure cuando y como le parezca». 

Finalmente la inauguración del monumento tuvo lugar el 15 de diciembre de 1889 (según una noticia de ese mismo día), a las 17:00 horas, junto con la «proclamación de la República de los Estados Unidos del Brasil», siendo «la ciudad de Rio Grande la primera en Brasil que erige un monumento a este último y grandioso acontecimiento; y contó con la participación de bandas musicales y una inmensa multitud. Se lanzaron dos grandes globos al aire en el momento de descubrir la estatua y al finalizar el acto. El lugar del monumento estaba totalmente engalanado con banderas». 

El cambio de rumbo

Según informa Emerson Gonçalves en su página de Facebook sin citar fuentes, la imagen había sido encargada inicialmente para representar a la princesa Isabel (conmemorando la Ley Áurea de la abolición de la esclavitud). Con la Proclamación de la República antes de su finalización, modificaron los rasgos y símbolos de la estatua. El rostro se transformó en una alegoría republicana, incorporando la bandera republicana y el gorro frigio en la cabeza.

La verdadera razón detrás de la estatua fue una estrategia de supervivencia política y adaptación ideológica derivada de la Proclamación de la República en Brasil el 15 de noviembre de 1889.

El cambio se produjo debido que el objetivo inicial de homenajear a la princesa Isabel por la firma de la Ley Áurea, perdió sentido cuando el Imperio cayó y se instauró la República.

En el nuevo régimen, el culto y los homenajes a la familia real fueron expresamente desaconsejados y vistos con fuerte desaprobación por parte de las nuevas autoridades y mantener una estatua de la princesa en el principal espacio público de la ciudad habría sido una afrenta al gobierno vigente.

Dado que la estatua ya había sido encargada la comisión responsable ordenó al escultor modificar el proyecto final. El rostro de la princesa Isabel fue sustituido por una efigie de Marianne (la alegoría de la República), y se agregaron nuevos símbolos: para consolidar el mensaje republicano, se añadieron dos elementos clásicos de la Revolución Francesa: la bandera republicana en la mano izquierda y el gorro frigio (símbolo de la libertad) en la cabeza de la estatua.


De este modo, el monumento que nació para celebrar la monarquía terminó siendo inaugurado como un símbolo de exaltación de la República. La transición política que transformó el monumento generó un gran revuelo en la ciudad. La prensa de Rio Grande do Sul y las autoridades de la época aprovecharon la inauguración para realizar una intensa campaña de marketing político destinada a consolidar el nuevo régimen. Los periódicos locales de la época difundieron con gran orgullo la noticia de que la Columna de la Libertad era el primer monumento en rendir homenaje a la república de todo Brasil.

Para evitar que el público asociara el monumento con la monarquía, la comisión también modificó físicamente los homenajes grabados en el mármol:

- Se eliminaron las inscripciones que decían "Salve, Isabel, Redentora de los Esclavos", la fecha del 13 de mayo de 1888 (Ley Áurea) y los nombre de los concejales de la época imperial, y en cambio se grabó el lema republicano positivista de inspiración francesa "Libertad, Igualdad y Fraternidad", acompañado de la fecha histórica del "15 de noviembre de 1889" (Proclamación de la República).


La columna de Yaguarón

También en la plaza principal de la localidad de Yaguarón, se yergue una columna contemporánea a la anterior, cuyo origen y propósito también fue la creación de un monumento para celebrar la abolición de la esclavitud en Brasil mediante la llamada Ley Aurea, signada por la princesa Isabel el 13 de mayo de 1888, y con medidas similares a las demás que integran esta nota.

El 3 de febrero de 1889, se llevó a cabo la colocación de la piedra fundamental de la obra que se llamaría Estatua de la Libertad, cumpliendo con lo establecido en la reunión de autoridades donde se decidió la erección del monumento, según se confirma días después en las páginas del diario “O Espirito-Santense”. (Jornal político, Scientifico, Literario e noticioso) editado en Victoria, donde el 23 de febrero de 1889, se informa en un suelto titulado: “Monumento Conmemorativo”, que “La Cámara Municipal de Jaguarão, de la provincia de Rio Grande del Sur, decidió tomar la iniciativa de la instalación de un monumento conmemorativo de la Ley del 13 de Mayo, que será levantado en la Plaza de la Independencia, formado por una coluna de 18 metros desde a base até a extremidad superior. Fue encargado de la construcción al escultor José Ravagnelli.”, en una información que nos revela además el nombre de la persona designada para la obra.



No he podido encontrar mucho más detalle en la prensa de la vecina localidad fronteriza debido a mi imposibilidad momentánea de tomarme un par de días y zambullirme en los muy buenos repositorios documentales que allí existen.

Pero según consigna el *Almanak Literário e Estatístico do Rio Grande do Sul* para 1890, con fecha del 13 de mayo de 1889, se colocaron dos placas de mármol en el pedestal de la Estatua de la Libertad. Una de las placas, que aún permanece en el pedestal, lleva la inscripción: "Ley Áurea 13 de mayo de 1888 - Aspiración nacional". En el mármol aparece reproducido un símbolo del Imperio del Brasil.

Existía otra placa, en ese momento, que luego fue quitada, y cuya inscripción decía: “Honra ao povo de Jaguarao – Iniciativa do cidadao Antonio Da Costa Silveira, presidente da camara municipal, Fevereiro 1889.” 

Costa Franco: palabra autorizada

Sin embargo, hasta ese momento solo existían la base, la columna con el capitel de donde sobresalía una varilla de hierro donde se fijaría la pieza fundamental: la estatua. Una respuesta del conocido historiador Da Costa Franco a una consulta realizada específicamente respecto a la obra, publicada en el año 2013 en el blog https://confrariadospoetasdejaguarao.blogspot.com , que transcribimos a continuación, da algunas pistas.

Dice la carta, traducida: “Estimado compatriota: En la colección del periódico jaguarense «A Ordem», de la cual hay una colección en el Museo Hipólito da Costa, hay varias referencias a la Estatua de la Libertad. Como el proyecto se originó durante la Monarquía, para celebrar la abolición de la esclavitud y a la Princesa Isabel, el periódico, que pertenecía al Partido Republicano, se opuso a la idea, a partir del 24 de enero de 1889. La primera piedra se colocó el 3 de febrero de ese año, y la propuesta para la erección del monumento provino del concejal Antônio da Costa Silveira. Después del advenimiento de la República, en enero de 1890, la Junta Municipal decidió modificar las placas en la base de la columna, ciertamente para eliminar los elogios a la Monarquía e instalar un tributo a la proclamación de la República. La construcción se retrasó, y durante algún tiempo, solo existió la columna con una barra de hierro, donde se iba a fijar la estatua de mármol. El columnista de «A Ordem» consideró esto ridículo, Durante el Carnaval de 1890, surgieron bromas al respecto, e incluso el periódico republicano sugirió su demolición. Sin embargo, en julio de 1891, el Ayuntamiento ordenó la finalización del monumento, encargando la estatua e instruyendo sobre las medidas para su acabado. A partir de entonces, el periódico no volvió a mencionar el tema, lo que lleva a la conclusión de que todo quedó terminado. Quedaría por examinar otras fuentes, también en Jaguarão. Atentamente, Sergio Costa Franco.

En julio de 1891, la Alcaldía Municipal de Jaguarão encargó la estatua. Desconozco la fecha exacta de su colocación e inauguración, pero es sumamente factible que haya sido el mismo año. Si bien el proyecto del monumento comenzó antes en Jaguarão, la inauguración tuvo lugar primero en Rio Grande.


La columna de Treinta y Tres


En 1886, un grupo de ciudadanos a instancias del primer Jefe Político de Treinta y Tres, coronel Manuel María Rodríguez, se reúnen con el propósito de homenajear al General Juan Antonio Lavalleja, jefe de los “Treinta y Tres Orientales”, con la construcción de un monumento que perpetúe su memoria.

José Antonio Oliveres y Eufemio Buenafama, Presidente y secretario acompañados por Felipe Díaz, Urbano Mederos, Juan Hontou y Nicolás Minelli, entre otros, convienen con el constructor italiano Giusseppe Ravagnelli, emparentado con Bautista Perinetti, la construcción de una estatua, por un precio de 500 pesos oro, incluyendo la base, columna y molduras necesarias.

A mediados de noviembre de 1886,  se realiza en la plaza céntrica, la colocación de la “piedra fundamental” de la obra y se pone mano a la obra

El 1º de enero de 1887,  se lleva a cabo la inauguración con un extenso programa de actos que contó con una nutrida parte oratoria y una multitudinaria presencia de público

El monumento

Ubicado en el centro de la actual Plaza 19 de Abril, el monumento tenía una altura total de 13 metros y 15 centímetros, componiéndose de cuatro cuerpos diferenciados. Un ancho pedestal de base cuadrada  se alzaba hasta una altura de 3 metros, seguido por una columna estriada y orden compuesto de 7 metros de altura, que  finalizaba en un capitel de orden toscano, de 80 centímetros que constaba de cuatro temas pompeyanos, donde se apoyaba la estatua propiamente dicha, de 2,35 metros de altura.

La estatua, que hoy sabemos construida de ladrillos con armazón de hierro y recubierta en tierra romana, orientada con el frente hacia el sur, representa al General Lavalleja de cabeza descubierta, alta la frente, en ademán de desenvainar la espada, vestido de chaqueta militar, pantalón con franja y botas granaderas.



Algunos días después de la inauguración oficial, el 9 de enero, se colocaron en cada una de las caras de la base, las cuatro lápidas de mármol realizadas por la firma Ramón Rivera y cia., Dos de ellas, llevaban el nombre de los restantes 32 libertadores, en tanto que la situada hacia el sur llevaba la inscripción: “El Pueblo de Treinta y Tres, por iniciativa del Señor Jefe Político Coronel Don Manuel M. Rodríguez, a la memoria del General Dn. Juan Antonio Lavalleja y demás héroes de la independencia nacional. – 1º de enero de 1887”. La otra restante, ubicada hacia el norte, tenía grabados los nombres de los integrantes de la Comisión encargada de realizar el monumento y del autor de la obra.

Poco duraron las placas con los nombres de la Comisión y del Jefe Político. Menos de 5 meses después de inaugurado el monumento, el 2 de mayo, por resolución municipal, fueron sustituidas dos de las placas y destruidas las que se sacaron. Las nuevas instaladas, dicen una: “El Pueblo de Treinta y Tres a la memoria del General Juan Antonio Lavalleja y sus 32 compañeros del 19 de abril de 1925”, y la otra: “Inaugurado el 1º de Enero de 1887 bajo los auspicios de la Paz y la Libertad”

Demolición y conservación

Con fecha 3 de agosto de 1918, apenas 20 años después de erigido el monumento, se desmanteló el monumento, quedando las placas de mármol y la estatua de Lavalleja intactas, depositadas en un patio al fondo de las oficinas municipales, durante muchos años. En ocasión de una reforma del edificio comunal, las lápidas de mármol fueron empotradas en las paredes del hall principal de la intendencia, donde se conservan hasta la fecha y la estatua, por su parte, en el año 1955, ocupando la dirección del Liceo el profesor Homero Macedo, solicitó a las autoridades municipales encabezadas por don Félix Olascuaga, la custodia de la estatua, la que fue concedida y trasladada al instituto ese mismo año, siendo depositada en el patio principal del Liceo donde permaneció casi 60 años siendo mudo testigo del paso de docenas de generaciones de estudiantes.

En 2015, fue solicitada la devolución a la égida municipal de la estatua que aún dañada por la acción de los elementos se conservaba en una pieza. Al levantarla de su emplazamiento y moverla fue severamente dañada, estando actualmente en estudio su restauración, casi a los 150 años de su construcción primera.




Ravagnelli: ¿albañil o artista?; ¿”muratore” o escultor?

Giuseppe Ravagnelli Salvetti nació en Vische, una pequeña aldea del Piemonte italiano cercana a Turín, hijo de Pablo, albañil, y de María Isabella Salveti, un 13 de marzo de 1844.

Su madre, Isabella, había sido casada previamente y ya tenía algunos hijos, hermanos mayores de Giuseppe, que llevaban otro apellido paterno, como es el caso de Bautista Perinetti Salvetti, quien en 1872 ya estaba radicado en Uruguay en su papel de carpintero especializado en pisos y baldosas de madera. Perinetti trabajó en la construcción del Palacio Santos y es muy probable que su hermano Ravagnelli fuera llamado para la misma oportunidad, ya que se trataba de un artesano especializado en elaboración de cornisas, marcos de ventanas, pilastras y detalles ornamentales.

El hecho es que a mediados de los 80 Perinetti se radica en Treinta y Tres, y seguramente es por su intermedio que llega Ravagnelli a nuestra ciudad. Pudiera ser, aunque no se ha encontrado constancia escrita, que haya venido a participar en la construcción de la Casa Departamental, cuya ornamentación contiene molduras y marcos y detalles que eran la especialidad del italiano.

Lo cierto es que -de eso si hay constancias- en 1887 fue el autor de la columna y el monumento a Lavalleja, trasladándose luego a tierras brasileñas donde trabajó en su profesión y al año siguiente fue contratado para las otras dos columnas mencionadas. Es de notar, que a fines del 89 en Rio Grande, los periódicos ya lo describían como “escultor”, señalándose además como autor de elementos escultóricos (no columnas) en localidades como Curitiba y Porto Alegre. Athos Damasceno, autor del libro “Artes Plásticas no Rio Grande do Sul” (Editôra Globo, 1971), lo cita textualmente autor del “monumento ao legendário Marquês do Herval – 1887 – de cuja obra pretendeu incumbir-se o hábil escultor Ravagnello Giuseppe, autor da imponente estátua de La valleja, em Mercedes, na vizinha República Ocidental do Uruguai. E, por fim, em 1889, o monumento a Floriano Peixoto”. Claramente, pese a error de confundir Mercedes con Treinta y Tres, y a la República Oriental con occidental, el autor especialista en el tema escribe con seguridad sobre la autoría en tierras norteñas de al menos esos otros dos monumentos.

En 1900, el periódico “A Republica” de Curitiba, en su edición del viernes 19 de abril, anuncia que “Está entre nós este conhecido architeto e construtor, muito reputado por trabalhos de mérito feitos em vários pontos do Brazil. O nosso amigo João Moreira do Couto incumbe-se, no Grand Hotel, de informar a quem, por ventura, necessite dos serviços de tão distincto artista”.

Noticias posteriores, lo sindican además como el impulsor principal de la carrera artística de su sobrino nieto José Cúneo Perinetti, al acompañarlo a Europa a sus 19 años tras reconocer su talento artístico. Sin dudas Ravagnelli era un personaje conocido en el medio artístico de Turín. Mantenía una estrecha relación de amistad personal con el consagrado escultor piamontés Leonardo Bistolfi. Sabiendo que Cuneo inicialmente pretendía orientarse hacia la escultura, Ravagnelli intercedió directamente ante el maestro simbolista italiano.

Escribió a Bistolfi presentándole al joven uruguayo, lo que provocó una respuesta formal inmediata desde Turín. El 28 de enero de 1907, el propio Bistolfi le escribió una carta a su futuro discípulo que comenzaba con las palabras:

«Caro Giuseppe: suo zio, Giuseppe Ravagnelli è venuto a dirmi il suo desiderio di essere vicino a me, nel mio studio, per continuare a cercarsi la via dell'arte ch'Ella ama ed a cui aspira.»

(Traducción: "Querido José: su tío, Giuseppe Ravagnelli, ha venido a manifestarme su deseo de estar cerca de mí, en mi estudio, para continuar buscando el camino del arte que usted ama y al cual aspira.")

Ravagnelli regresa a América aproximadamente ese mismo año y se radica en un pueblo de fuertes raíces piamontesas, San Francisco de Córdoba, seguramente ya formando una familia. Fallece en esa localidad, el 25 de febrero de 1913, a los 58 años. En su certificado de defunción consta su profesión de la que tantas pruebas dejó: escultor.



miércoles, 25 de marzo de 2020

Coronel Marcelo Barreto (II)

Originales inéditos confirman datos relevantes

Documento de compraventa de 1807 y nombramientos militares firmados por Rivadavia y Oribe

A raíz de una publicación realizada tiempo atrás en este mismo blog, titulada “Coronel Marcelo Barreto, soldado de lapatria” , la que tuviera de forma directa una serie de repercusiones que “picaron” aún más mi curiosidad acerca del singular personaje de referencia, expandí mi búsqueda de datos y con la ayuda y colaboración de algunos colegas y amigos, hoy estoy en condiciones de compartir información poco conocida, respaldada en viejísimos documentos originales que tuve a la vista y de los cuales conservo celosamente copias testimoniales.
Los documentos que mencionaba y que trataré de sintetizar en el limitado espacio disponible, se pueden repartir en tres áreas principales, que para su mejor conocimiento y estudio, presentaré a continuación, en forma cronológica, los dos primeros, dejando el siguiente para una próxima nota.

Ilustracion de Besnes e Irigoyen - Bibliotea Nacional del Uruguay

En Olimar desde principios del siglo XVIII

             A pesar que en su partida de bautismo, anotada en Minas en 1795, no consta mención al domicilio de su familia, existen en el juzgado de nuestra ciudad, en un viejo libro de protocolizaciones de casi un siglo después, un documento original por el cual un singular personaje de la época, Benito López, le vende al padre de Marcelino, José Eleuterio Barreto, el 2 de abril de 1807 “un terreno situado entre Olimar Grande y Corrales”.

Aunque que la ubicación y área son bastante difíciles de identificar con exactitud como consecuencia de lo imprecisos de los límites descriptos en el documento, la sola mención de algunos de ellos da una idea de un área de gran magnitud. Concretamente, al respecto, el documento en forma textual expresa:
                “por la parte del Oeste linda con Dn. Juaquin Pereira de la Lus siendo la devisa una linia que se deberá hechar de una punta que hace el Olimar a una Laguna que se alla en riba de una cuchilla donde tenia ante mi rodeo de ganado; desde dicha laguna linia recta a Los Corrales donde mismo hace barra una cañada que le dicen el Sarandí, y por la parte del sud linda el mismo arroyo de los Corrales abajo hasta encontrar una islita redonda que se alla antes de llegar aotras islas grandes, donde tengo poblado un puesto, por la parte de Leste linda con los terrenos de mi propiedad, debiéndose entender por devisa una linia que se hechará de un lugar que se alla en Olimar llamado las barrancas, de la punta de ellas rumbo recto a la dicha islita que se alla demarcado en los referidos Corrales, y por la parte del Norte Olimar Grande siguiéndose este hasta encontrar la punta de la primera demarcación”.
El documento prosigue con la estipulación del precio de “cuatrocientos pesos corrientes a cuya quenta tengo recibidos doscientos ochenta y un peso corriente y para que conste el trato celebrado como lo recibido a dicha quenta doy el presente documento en la Costa de Olimar el 2 de abril de 1807” y la firma muy clara de Benito López.  Un poco más abajo, y en letra menuda, el propio López escribe y vuelve a firmar: “quedo satisfecho de toda la cantidad de cuatrocientos p q costa esta venta. Olimar abril 3 de 1810”.
Mayor seguridad aún –si se quiere- de la veracidad y originalidad de este documento de compraventa celebrado entre partes y sin la intervención de autoridades ni registros oficiales, la proporciona una anotación en su dorso, donde los titulares de una llamada “Comisión revisadora de los títulos y documentos de terrenos de la 6° sección del departamento de Minas”, aseguran haber “extractado” los datos del documento presentado por la señora Teodora Medina de Barreto, anotación fechada en “Gutiérrez, 29 de marzo de 1857” y firmada pos sus integrantes, el constituyente y vecino de la zona Cipriano Payán, el comisario Francisco Martínez.

En el mismo expediente donde se encuentra el documento antes descripto, hay otro relacionado, fechado en el año 1834, que también es un papel manuscrito de un trato privado sin intervención oficial, también refrendado por la comisión antes mencionada encabezada por Payán, mediante el cual consta que Marcelo Barreto le compra a sus madre Ana Ferreira y hermanos Isidro y Francisco Barreto los “terrenos” de la sucesión dándole además la libertad a una esclava llamada “Juana Mozambique”, que se aclara “debiendo ser declarada en cuyo inventario”, refiriéndose al inventario de conciliación de los herederos. Este escrito está firmado como testigo por su redactante, Manuel Acosta, quien además figura como apoderado de las partes.


Añadiduras a la carrera militar de Barreto


Otros de los documentos que referentes a Barreto me han sido confiados, tienen que ver con su actividad militar, que aunque innegable antes y probada con los oficios, cartas y comunicaciones que existen en la Sala de Materiales especiales de la Biblioteca Nacional y de los que en el artículo anterior dimos cuenta detallada, quedaban algunas dudas planteadas.
En efecto, en nuestro escrito anterior dejábamos entrever la duda de algunos prestigiosos historiadores respecto a la participación de Marcelino Barreto en el cruce de los Andes con el ejército libertador argentino que otros le atribuyen, y esta nueva información relevante de su accionar militar tampoco es suficiente para confirmarlo.
Uno documento más destacado, es el nombramiento firmado por el Primer Presidente de la República de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Bernardino Rivadavia, quien refrenda a D. Marcelo Barreto en el grado de Teniente Primero que actúa “en la segunda compañía del segundo escuadrón del Regimiento de milicias de Dragones Libertadores” con antigüedad retroactiva al 25 de mayo de 1825. El despacho de referencia, fechado en Buenos Aires el 30 de diciembre de 1826 y como mencionamos firmado por Rivadavia, tiene además la firma del entonces Secretario de Guerra General Francisco de la Cruz.

La importancia de este nombramiento en la construcción de una teoría que sostiene la hipótesis de la participación de Marcelino Barreto en hechos bélicos allende la cordillera, es innegable. Habiendo nacido en 1795, como es sabido, a la fecha del nombramiento contaría con 31 años de edad, y de acuerdo al alto grado obtenido seguramente con vasta experiencia militar, vida a la que casi con seguridad debe haberse sumado al influjo de las luchas independentistas.
A pesar de ello, el Cuerpo de Dragones Libertadores que integra en la fecha no registra participación como tal ni en el llamado Ejercito de los Andes al mando de San Martín en la campaña a Chile ni en el posterior bloque confirmado para la Expedición al Perú a partir de 1820, aunque las hipótesis de historiadores previos, no descartan la participación de Marcelino Barreto en esas incursiones. Hay informes de las acciones de los Dragones, por ejemplo, donde referentes del tema aseguran que “a principios de 1822 San Martín decidió disminuir ese cuerpo y crear el Regimiento Río de la Plata”, integrado fundamentalmente por patriotas criollos con algunos de los Dragones, pero todo sigue en el plano de la especulación. La teoría contraria, sostenida fundamentalmente por el estimado estudioso Amilcar Brun Almiratti, es tan lógica que rompe estas consideraciones, basando la misma en una sola pregunta: ¿Si Barreto andaba de guerra por lugares tan lejanos en campañas que duraban años, porque hay varios hijos de la pareja Barreto Medina nacidos en esas fechas coincidentes e inscriptos en la vecina ciudad de Yaguarón, donde se refugiaban las familias de esta zona en esos tiempos de guerra y barbarie?.

Otro documento que si bien no tiene que ver con la participación del coronel en tierras extranjeras, pero si con su carrera castrense, y poco conocido, es el nombramiento realizado diez años después, en 1836, por el Presidente Manuel Oribe, quien le asciende de “teniente coronel comandante de la Guardia Nacional del departamento de Cerro Largo” al grado de Coronel, manteniéndole al frente de la misma fuerza.

Eran tiempos relativamente pacíficos, y Barreto había demostrado profesionalismo y eficiencia formando parte del ejército nacional de línea, sirviendo tanto al mando del primer presidente Rivera, como del segundo, Oribe.
Luego vendrá la Guerra Grande, en la cual Barreto toma partido por el bando de Oribe, ocupando puestos de distinta relevancia, destacándose su actividad en la importante batalla de India Muerta, donde diversas fuentes hablan del hostigamiento previo por parte de las fuerzas de Barreto a la retaguardia riverista. En ocasión de la batalla propiamente dicha, como ya informamos en el artículo anterior, solo ocupó puestos de reserva sin llegar a entrar en combate, pero no es descabellado suponer que integró las fuerzas que al mando de Dionisio Coronel persiguieron la huida de Rivera hacia el Cebollatí primero y hasta el propio río Yaguarón después, el que como es sabido logra cruzar desnudo y vencido esperando recomponer fuerzas y volver a nuestro país para continuar la lucha.

viernes, 6 de enero de 2017

Robo de esclavos

La campaña olimareña en épocas de la fundación
Secuestro de esclavos a mediados del siglo XIX

El desolado paisaje del este uruguayo, concretamente en los vastos territorios que hoy componen el departamento de Treinta y Tres, fue escenario durante el siglo XIX de múltiples episodios de sangre, ya sea en el marco primero de la gesta artiguista, en las luchas por la independencia luego, en los confrontamientos internos o en las sucesivas invasiones luso brasileñas más adelante, hablando concretamente del plano militar, pero también en el plano civil ocurrieron hechos que narrados hoy, cualquier lector desprevenido podría tomarlos como sucedidos en alguna novela de la conquista del Lejano Oeste norteamericano, cambiando gauchos por “cow-boys”.

Partidas de malhechores más o menos numerosas, “matreros” solitarios o en conjunto, milicias de cualquiera de ambos bandos en conflicto coyuntural, eran dueños y señores de las amplias praderas y serranías, a pesar de -o quizá a consecuencia- de la reducida cantidad de poblaciones establecidas en la zona, sumado a los muy pocos establecimientos o estancias existentes, ya que eran pocos latifundistas los propietarios de tan vasto territorio.
Tal como se menciona en los argumentos para la fundación de nuestra ciudad, en el extenso trecho desde Minas hasta la incipiente   Melo, o hasta la fronteriza ciudad hoy denominada Río Branco, de casi 60 leguas, a mediados de siglo no existía ninguna población digna de ese nombre, tan solo algunos caseríos más o menos desperdigados: algunas postas de diligencia que servían asimismo de parada a las caravanas de carretas tiradas por bueyes que traían los productos de primera necesidad a la zona, y algunas estancias y “puestos” que apenas salpicaban intermitentemente el paisaje.
Por ejemplo, uno de los grandes problemas que acuciaban a la campaña uruguaya una vez terminada la “Guerra Grande”, en octubre de 1851, lo constituían las bandas y partidas formadas como consecuencia de la desmovilización de la soldadesca, y el estado calamitoso en que había quedado luego de más de una década de guerra la campaña oriental, diezmada de ganados y pobladores.  Centenares de brasileros fundamentalmente venidos de Rio Grande, se venían instalando en los departamentos fronterizos, sobre todo en los del norte y este del país ya desde los tiempos de la Guerra de los Farrapos (1835-1845), al punto que en 1851, cuando las únicas poblaciones fronterizas del Norte uruguayo eran Tacuarembó y Melo, y en el Este, la hoy Río Branco y la villa de Rocha los territorios de la frontera norte eran estancias en su mayoría propiedad de brasileños.

Un censo de los propietarios brasileños en la frontera ordenado en 1850 por el gobierno imperial reveló la situación: frontera del Chuy, 35 hacendados con 342 leguas cuadradas, 154 propietarios en Cerro Largo y Treinta y Tres, en el distrito de Cerros Blancos 87 estancieros con 331 leguas, en Arapey grande y chico, cuchilla de Haedo y Cuareim 281 propietarios. La lista general de propietarios brasileños en la frontera revelaba la existencia de 1.181 propietarios que sumaban 3.403 leguas de campo, es decir casi 8 millones y medio de hectáreas. (DA COSTA FRANCO, Sergio. 2001. Gentes e coisas da fronteira sul. Porto Alegre)  ¡¡¡Más de la mitad de las 16 millones de hectáreas que componen el territorio nacional!!!
En nuestro país, ya desde la propia constitución de 1830 se proclamaron los primeros intentos abolicionistas, luego en  1841 el gobierno de Rivera había aprobado la primera liberación de esclavos, hecho que se complementó desde el gobierno del Cerrito con la emancipación decretada por Oribe. A pesar que esta última declaraba que “desde 1814 nadie pudo nacer esclavo en el territorio nacional” y que “desde la Jura de la Constitución no estaba permitida la introducción de esclavos”, no todos los afrodescendientes en nuestro país fueron liberados.
La mayoría de estancieros brasileños habían traído gran cantidad de esclavos y los avatares de la guerra y las concesiones que hubieron de hacerse a los “vencedores” brasileños, hacían que en la práctica, la esclavitud negra no había prácticamente cambiado su situación en la zona.
Sin embargo, existían en el territorio nacional al final de la Guerra Grande, gran cantidad de afrodescendientes libres, ocupando puestos de trabajo asalariado o viviendo en pequeñas poblaciones “de negros” o minifundios desparramados por casi toda la campaña. A ellos se sumaban, casi constantemente, decenas de esclavos que aprovechaban las coyunturas bélicas para fugar a territorio oriental , principalmente de Río Grande del Sur donde aún persistía la esclavitud colonial en todo su apogeo (en Brasil recién fue abolida en mayo de 1888).

Mientras tanto, los estancieros brasileños habían logrado evadir las leyes de abolición uruguayas, ingresando sus “negros” con formas de esclavización encubiertas bajo el genérico y amplio nombre de "contratos de trabajo" de 15, 20 y más años de plazo (Barrán y Nahum, 1971), que jurídicamente tenían validez pero que en la práctica era la continuidad del suplicio de  quienes volvían a su calidad de esclavos al retornar a tierras brasileras.
Así estaban las cosas en las épocas de la fundación de Treinta y Tres a este respecto. En 1853, el todavía presidente Giró, atento a esta situación, aprobó una ley limitando estos contratos, liberando a los niños nacidos de las personas ingresadas mediante ese sistema, y declarando piratería el tráfico de esclavos.
Como consecuencia de todo esto que hemos detallado, uno de los “negocios” de los bandidos fronterizos, era venir a tierras uruguayas a “cazar esclavos” y llevarlos a Río Grande para venderlos o retornarlos a sus “dueños” originales a cambio de una recompensa. Casi impunemente, bandas de estos “cazadores” recorrían leguas y leguas en busca de sus botines.
Registros de reclamos diplomáticos entre ambos países, dan cuenta con creces de lo común que era en una época esta práctica, inclusive destacando que había distintos grupos con diferentes “especializaciones”: estaban quienes capturaban a todas las personas de color que pudieran, los que solamente se dedicaban a “robar” niños y bebés nacidos libres por ley en nuestro país para anotarlos como hijos de esclavos en Brasil y así convertirlos en esclavos “legales” brasileros, o también los que secuestraban solamente hombres y mujeres en su plenitud laboral, despreciando a niños y ancianos y muchas veces abandonándoles a su suerte.
En su libro “Antes y después de la Triple Alianza”, Luis Alberto de Herrera da cuenta de varias de estas situaciones acaecidas en nuestro actual departamento.

En efecto, entre los múltiples reclamos que hace el gobierno de la época al de Brasil, se encuentra por ejemplo el caso de “Domingo Carvallo”, “negro libre de entre 50 y 60 años” arrebatado de un puesto de la estancia del coronel Marcelo Barreto el 24 de marzo de 1854, por una banda compuesta por los brasileros Feliciano do Povo Novo, Marcelino, Firminio y Albino. Según pudieron averiguar las autoridades uruguayas y que consta en la reclamación, Carvallo fue llevado a la ciudad de Río Grande, donde puso evadirse de sus captores para refugiarse en el Consulado uruguayo de esa ciudad, quienes elevaron el caso a la justicia brasileña. Ante ella, Carvallo narró sus peripecias, haciendo hincapié que sus raptores habían asesinado además a otro negro que se resistió a ser capturado. El reclamo de la cancillería uruguaya, finaliza pidiendo explicaciones, destacando que “los criminales plenamente identificados no habían sido ni eran perseguidos” y que “la Legación tiene conocimiento que Carvallo continuaba en su depósito de esclavitud, sin haberlo devuelto al territorio uruguayo”.
Otra de las reclamaciones mencionadas por Herrera referidas a sucesos acontecidos en esta zona, dice textualmente que: “El 4 de enero de 1850 fue salteada en la Costa del Olimar la casa de la mujer Anacleta Olivera, por José Saraiva (vecino de Moscardas) acompañado por Martín Chavarría y tres individuos de la familia Silveira vecinos de Carpiva. Se apoderaron de Anacleta Olivera, la amarraron y la colgaron de las manos de las maderas del techo de la casa, dejándole allí y robándose a sus tres hijos: Inés Josefa, de 13 años, Cleto Marcelino, de once e Higinio, de tan solo siete años”. “Apoderados de estas criaturas – continúa la reclamación-, se embarcaron en canoas y descendieron el Olimar y después el Cebollatí y entraron en la Laguna Merin viniendo a desembarcar con sus presas en la Capilla del Taulin. En ese lugar pusieron en venta a los tres infantes”.
Según prosigue relatando el documento, la propia madre tras librarse de sus ataduras siguió la pista de sus atacantes en pos de rescatar a sus hijos, pudiendo encontrar a uno de ellos, que rescató y trajo de retorno a su casa, conociendo por su relato no sólo todos los detalles de lo vivido por ellos, sino la filiación de los autores del crimen, a quienes denunció ante las autoridades brasileñas con el respaldo del Cónsul uruguayo. El escrito continúa reclamando “conocer el destino de los otros dos hijos de Anacleta y restituirlos a su madre” y además exige de las autoridades brasileras “el cabal cumplimiento de su deber, evitando que queden impunes los autores, bien conocidos, de esta barbarie”.

Por otra parte, existen también casos en los que nunca más se supo nada de las víctimas, como por ejemplo el del secuestro el 20 de abril de 18 58, de la afrodescendiente oriental, Emilia, de 30 años, y sus dos hijos menores que solo se supo que fueron trasladados a Jaguarón, al igual que el del “moreno” Juan Vicente, nacido en Cerro Largo de vientre libre, soldado en el ejercito oriental al mando del capitán Gutiérrez, y que sirviendo como policía fue capturado por una partida del ejército brasileño que se retiraba en 1852 (al finalizar la Guerra Grande) y conducido por el capitán Oroño a una casa también situada en Jaguarón.

Estos son solamente algunos ejemplos bien documentados de este tipo de hechos, aunque la prensa nacional denuncia decenas de casos similares en toda la frontera uruguayo-brasileña hasta por lo menos la década de 1860.