martes, 19 de mayo de 2026

1904 ... revolución

122 años del combate de Paso de los Carros de Olimar Grande

  

El próximo 20 de mayo, se cumplirán 122 años de la fecha de la denominada Batalla de los Olimares – ocurrida en el marco de la Revolución Saravista de 1904-, y que culminara con el Combate del Paso de los Carros, donde el ejército oficialista alcanza a las tropas de Aparicio Saravia, quien venía realizando una de sus clásicas maniobras evasivas. Ese día, el 20 de mayo, desde que la espesa niebla otoñal lo permite, se inicia una intensa jornada de tiroteos, enfrentamientos cuerpo a cuerpo y persecuciones.

No soy especialista en el tema, ni siquiera me corresponde tampoco analizar estrategias, ni decisiones y mucho menos juzgar con ojos del presente las acciones de los bravos combatientes de ambas facciones. Como todos los episodios, existen “dos campanas a escuchar” según de qué lado de los contrincantes provenga el relato, y es por esa razón que hoy traemos a estas páginas las dos versiones resumidas de actores y testigos presenciales de ambos bandos.

En mi opinión, se trata uno de los pocos casos de la historia donde ambos bandos de una batalla pueden desde su propio punto de vista considerarse vencedores. En el caso del bando oficialista, la ventaja de poder bélico y logístico dio su fruto con un enfrentamiento que logró conquistar posiciones y abatir un mayor número de enemigos, viéndose al final de la jornada dueños del campo de batalla.

Desde filas revolucionarias, sin embargo y a pesar de la alta cantidad de bajas, se logró el propósito de defender en retaguardia al grueso del ejército y ganar tiempo para su marcha hacia los pagos de Cerro Largo. Una vez rota la defensa del Paso, los comandados por Basilio Muñoz siguen evitando la persecución de las demás divisiones de Saravia, retirándose por otro camino distinto (al oeste) al que había tomado el ejército blanco que siguió al norte, con quienes después se reunirían.

 


Una Comisión  conformada por particulares y por integrantes del Centro de Estudios Histórico Culturales de Treinta y Tres (CEHC-33), de la Sociedad de Amigos de la Tradición Uruguaya (SATU) y de alguna otra agrupación como Amigos del Patrimonio Histórico, abocados a conmemorar este episodio y darle la visualización que merece, lograron el pasado año erigir un monolito que permite la identificación del epicentro de la batalla y la señalización correspondiente para de esa manera colocar el sitio en el lugar histórico que se merece.

La idea, tuvo por objeto también no solo contribuir a la trascendencia histórica de este episodio poco divulgado de la guerra civil que para nuestra localidad en especial fue muy significativo, no solamente porque las dos divisiones de ambos ejércitos conformadas con ciudadanos treintaitresinos participaron en la misma y ambas tuvieron bajas dolorosas, sino además porque el fragor de la batalla hacía que en la ciudad se escucharan con relativa claridad los estampidos de los cañonazos, con los nervios consiguientes de los pobladores.

 

La versión contada por un integrante del ejército nacional

 

Una de las versiones oficialistas más completas, sin dudas, es la desarrolla Enrique Rodríguez Herrero en su “Versión histórica documentada de la Campaña Militar de 1904” (Montevideo,1934) que transcribe la narración del general Enrique Patiño, aduciendo que considera que es “la fiel expresión de como ocurrieron los hechos con respecto a las tropas legales”, en un largo relato que intentaremos resumir a continuación.

 Patiño, comienza informando que el día 19 tras una marcha de 35 kilómetros, las fuerzas comandadas por el general Justino Muniz acamparon entre Olimar Chico y el arroyo Tigre. Ese día al oscurecer las avanzadas descubrieron al ejército revolucionario marchando hacia al Paso de los Carros del Río Olimar; ambos ejércitos pernoctaron separados por unos 15 kilómetros, después de haber ocupado los revolucionarios con un fuerte destacamento el Paso de Palo a Pique.

Continúa detallando las acciones tomadas por el ejército del Sur: se ordena ensillar a las 3 de la mañana, “pero una densa neblina malogró la intención de atacar al amanecer el Paso de Palo a Pique”, lo que no se pudo realizar sino hasta la media mañana: “Recién a las 10 se disipó la neblina y el ejército empezó a marchar ya preparado para el combate.

A las 12 y 45 se intentó forzar el pasaje, siendo sus esfuerzos vigorosamente contestados por los revolucionarios apostados sobre la margen derecha; después de un breve combate la infantería atacó vadeando el paso a pie y con el agua por la cintura, “El enemigo se puso en retirada sin defender una posición naturalmente fuerte y cuyo forzamiento, en caso de obstinada defensa lo hubiera conseguido indudablemente la infantería pero a costa de valiosas pérdidas”.

El abandono de posiciones y el repliegue de la retaguardia mostraron la intención del adversario de concentrar sus fuerzas en el paso de los Carros del Olimar Grande, detener allí la marcha del ejército legal y burlar la acción.

 


COMBATE PASO DE LOS CARROS

 

Los adversarios son perseguidos por la división 33 del coronel Basilicio Saravia hasta el propio paso frente al cual apostó sus fuerzas,

Los enemigos posesionados de la margen izquierda del Olimar comenzaron a batir el paso con fuegos de frente y oblicuos, llevando sobre las tropas legales la ventaja de la posición: alta y cubierta y en excepcionales condiciones de defensa, habiendo desplegado desde el primer momento a lo largo del monte.

“A las 14 y 30 de la tarde la acción se generalizó siendo el fuego tan nutrido y vigoroso que era imposible oír el sonido de un clarín a cinco pasos de distancia,

El enemigo reforzaba constantemente sus líneas de tiradores posesionados de las barrancas y el monte y de varias casas situadas en alturas dominantes, trayendo sin cesar nuevos refuerzos para mantener la solidez del frente amenazado por el certero fuego de las fuerzas legales.

A las 3 y 30 la artillería emplazada sobre la cuchilla más próxima al paso comenzó a desarrollar su acción enérgica, tirado por encima del monte sobre las reservas enemigas que se presentaban en orden cerrado y a las que pronto dispersó, sacándolas de la zona de donde podían proteger eficazmente sus líneas respectivas. La intensidad siempre creciente del fuego hecho a través del monte, prolongaba peligrosamente el período de desarrollo”.

Entonces se decide forzar el pasaje llevando tropas al asalto al Paso, cubriendo siempre de proyectiles el frente, y así comenzó la acción decisiva en el Paso a las 16 horas.

Los infantes vadearon a nado bajo el fuego del adversario, y tras ellos la tropa del 2º de caballería y otros. La línea de batalla se forma sobre la margen izquierda del Olimar; los insurrectos intentaron llevar una carga parcial a lanza, pero el peligro fue rechazado con pérdidas para el enemigo.

“Fracasado el intento, los insurrectos tendieron una extensa línea de batalla que, apoyando la derecha en la margen del río Olimar llegaban hasta los contrafuertes de la sierra de igual nombre en un frente de 2 y 1/2 a 3 kilómetros, pero combatieron en retirada, ya a caballo ante el avance impetuoso de nuestras tropas victoriosas”, escribe Patiño.

“La acción estaba terminada, sólo faltaba la persecución”. La línea se reorganizó y “la persecución hecha en terreno descubierto y propicio para la terrible puntería de nuestros infantes fue encarnizada y sangrienta. Un bañado de difícil paso obstaculizó la rápida marcha de los tiradores insurrectos que allí pagaron un: fuerte tributo de sangre. La infantería tirando a una distancia que varió de 200 a 400 metros, les hizo multitud de bajas, dispersándoles y. a no haber oscurecido, la retirada angustiosa de los revolucionarios se hubiera tornado en el desastre final.

A las 18.15 ya cerrada la noche el Cnel. Pablo Galarza dio por concluida la jornada y replegó su vanguardia acampando sobre el Olimar Grande.

  

La versión de un revolucionario blanco: Carlos Roxlo

 

En su relato que forma parte del libro “El Uruguay en 1904. La guerra civil” (Buenos Aires 1904) Carlos Roxlo al respecto comienzo apuntando sobre el día 19: “Al anochecer se vieron, en la costa del Olimar Chico, los fogones de Basilio Muñoz. Eran las siete y media cuando nos tendimos, sin carpas ni fuego, para dormir un poco. Se ejerció una vigilancia especial sobre los caballos. Las guardias se colocaron lejos, pero escalonadas y apoyándose las unas en las otras. Marín no descansó. A la hora 7 marchamos lentamente en busca del Olimar, al medio día, atravesábamos el paso de los Carros, quedando en el Olimar Chico, la división del Durazno y la división de la Florida. Allí y poco después, empezó el combate.

 El enemigo, después de una ligera escaramuza, suspendió sus fuegos. Entonces, el general ordenó que se retiraran todos nuestros tiradores, menos los acantonados en la azotea, con los que bastaba para contener cualquier tentativa de avance. El ayudante no dio bien la orden o la interpretaron mal los que la recibieron, porque todas nuestras guerrillas se retiraron y el enemigo avanzó sin estorbos, cayendo casi conjuntamente con los nuestros en el paso de los Carros.

El grueso del ejército revolucionario se hallaba a cinco leguas y la división de Guillermo García en la capital de Treinta y Tres. Todas las fuerzas de que el general disponía en aquellos momentos eran 600 tiradores de Basilio; 400 de Antonio María Fernández, 60 de Marín y como unos 25 de Martirena. (…)

El paso de los Carros empieza por una picada angosta, bordeada por un monte espesísimo. Sigue a la picada, un trozo de río, ancho, profundo y dividido en dos por una línea de árboles, A la izquierda de esa línea, los caballos nadan, y a la derecha, el agua casi moja los cojinillos. Se sale a una esplanada de arena fina y crujiente, de algunos metros, con fondo de árboles y que concluye en una barranca fangosa y medio vertical. Sobre esta barranca, ya en campo llano, se colocó la división floridense, que sufría por su gran escasez de municiones, estacionándose en la esplanada arenosa, los valientes fusileros de Basilio Muñoz. El fuego pronto se hizo terrible. El cañón arrasaba la arboleda del fondo del cuadro y una ametralladora llovía balas sobre el arenal. Las guerrillas del gobierno estaban defendidas por lo espeso del monte de la picada. Su fuego era seguro y mortífero. Dos cañones, dirigidos sobre la esplanada, resonaban incesantemente. El enemigo embestía cada vez con más furia. Entonces se le dejó pasar, atrayéndole a campo abierto. Se precipitó lo mismo que un goloso a una caja de dulces; pero los dulces eran de plomo y le supieron mal. Apenas coronó la altura de la barranca, los nuestros tomaron un ruidoso desquite, precipitándolo de nuevo en el agua del paso. Para algunos, aquella fue una zambullida mortal. Sintiéndose cada vez más numerosos, volvieron a la altura, que regaron con sangre, extendiéndose hacia el lado del este, en una infructuosa tentativa de flanqueo. Cada vez que nuestras guerrillas montaban a caballo, las suyas avanzaban entre alaridos y con frenesí, para retroceder tumultuosamente, cada vez que nuestras guerrillas se detenían y echaban pie a tierra. La munición escaseaba mucho. El parque, como ya hemos dicho, estaba a cinco leguas. A las dos y media se había abandonado el paso. A las cuatro, aún se batían tranquilamente, a pesar de ser cada vez mayor el número de las fuerzas gubernistas, las divisiones del Durazno y de la Florida, secundadas por los tiradores de Martirena, ¡Y muchos de los nuestros tenían quince tiros al empezar la acción! A las cuatro y media salieron, a las. órdenes de Garat y de Cardoso, los tiradores de San José, tendiéndose en guerrilla, con los caballos á retaguardia, como á cuatrocientos metros del enemigo y entre un chircal. Se rompió el fuego con entusiasmo. A las cinco, se desplegó un pequeño pelotón de lanceros en una altura. Es lo bastante. A las 5 y 20 ya no se pelea. Las fuerzas gubernistas han retrocedido nuevamente hasta la misma garganta del paso, y nosotros marchamos hacia el grueso de nuestro ejército, acampando, aun distantes de él y cerca del arroyo del Yerbal, a las ocho de la noche de aquel fatigosísimo 20 de mayo.

(…)

Finaliza este comentario Roxlo afirmando que “El gobierno presentó el combate de los Carros como una gran victoria. Mil doscientos tiradores apenas, mil doscientos voluntarios, escasísimos de munición, habían jugado, durante toda una tarde, con sus cañones y sus cuerpos de línea. Parece mentira que se burlase, con tanto desprecio, de la pública credulidad, y que apelase a esos expedientes para entretener las públicas impaciencias. Se le abandonó el paso de los Carros por evitar sangre y porque para nada lo queríamos ya, puesto que había pasado, desde el día antes, todo nuestro ejército, —y se paralizó, por el espacio de un larguísimo mes, la actividad de los gubernistas, con un combate sostenido por mucho menos de la duodécima parte de nuestras fuerzas. -Y ni siquiera quedaron dueños del campo de batalla. Durmieron en montón, sobre el paso y junto al Olimar. ¡Nosotros, en cambio, ocupábamos todas las sierras cercanas a Treinta y Tres!”

 Los planos fueron tomados de la publicación de Enrique Rodríguez Herrero "Versión histórica documentada de la Campaña de 1904".-

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