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domingo, 14 de mayo de 2017

Notas policiales del T. y Tres aldeano

Robo, abigeato y violencia a principios del siglo XX
 


                              Los hechos delictivos, los comportamientos humanos alejados de la moral y las buenas costumbres de acuerdo a los cánones establecidos por la sociedad en que vivimos, han sido desde siempre, a lo largo de la historia, objeto de curiosidad, motivo de preocupación y tierra fértil para escándalos públicos, comentarios y exageraciones.

                                 El territorio que hoy ocupa Treinta y Tres, como ya hemos visto en algunas notas anteriores, aun desde antes de su delimitación como departamento, fue testigo de acontecimientos (bandidaje, robo de esclavos, ataques a comercios y viajeros) que fueron motivo fundamental para la decisión de las autoridades de conformar nuestra ciudad.
                                 Pocos registros se encuentran en nuestro medio de aquellas primeras épocas de la recién fundada villa de los Treinta y Tres, por dos principales motivos: por un lado, cabe recordar que según la zona en que se cometieran los delitos, las actuaciones correspondían a las autoridades de Minas o de Cerro Largo; por otro lado, aún no había medios de prensa que constituyeran testimonio y relato de esos casos.
                                 Se sabe, si, por referencias en la bibliografía histórica de casos muy sonados, como la muerte de Ramos a manos de la gavilla del Paraguay, los crueles asaltos a los comercios de Lapido, Basaldúa y otros en la campaña cercana, o desmanes de “caudillitos” o desmovilizados por las revoluciones.
                              A partir del año 1884, luego de haberse creado el departamento, los archivos judiciales de le época muestran esporádicamente actuaciones penales relevantes, relacionadas casi en su totalidad con homicidios, peleas con armas (duelos incluidos), hurtos y abigeatos. En los primeros medios de prensa, a pesar que admito no he realizado una búsqueda exhaustiva de la temática, son pocas las referencias a este tipo de noticias.

                                   Si comienzan a aparecer cada vez con mayor asiduidad, en los primeros años del siglo XX, y en su mayoría son comentarios o sueltos periodísticos, con referencias a accidentes o desgracias (incendios –seguramente el más grande de esa época en nuestra ciudad haya sido el incendio de la Panadería y Molino de Dellepiane-, accidentes con carros o caballos disparados), o a delitos contra la propiedad, o publicaciones destinadas a denunciar situaciones problemáticas.
                                  Además de los muy publicitados casos de muertes de principios de siglo en nuestro medio, como lo fueron los conocidos como “la tragedia de Dionisio Díaz” y “el asesinato de La Ternera”, hubieron muchos casos “menores” que concitaban la atención de la población local. A continuación, transcribimos algunas de estas publicaciones de principios de siglo pasado, cuidadosamente elegidas para intentar cubrir el espectro total del tipo de publicaciones, pero que en si resultan sumamente interesantes de leer. Cada una de ellas, transcriptas textualmente hasta en su título, está acompañada por una aclaración entre paréntesis del medio de prensa y el año en que fueron publicadas, y en el caso de estar firmadas, el nombre de su autor.


Un robo audaz
(El Comercio, 1911)

         De una timidez apenas concebible han resultado unos buenos muchachos peones del estimado don Clodomiro Rodríguez.
Bien podía creerse que los dos podrían constituir el emblema de la mansedumbre cristiana.
Resolvieron apoderarse de los bultos más chicos que en el Hotel Oriental existían y al efecto una buena mañana llevaron una cama de fierro, dos colchones y seis sillas.
Pero nosotros los perdonamos porque el que se casa, “casa quiere” y ellos la instalaron uniéndose en matrimonio breve y disoluble con unas “respetables” niñas que “misia” María la Colorada tenía consigo.
Y don Clodomiro pagó el pato.

Captura de desertores
(Acción, 1915)

La policía de la primera sección tuvo conocimiento que en los montes del Olimar y en el lugar conocido por la laguna de Arnaud, se encontraban dos individuos desconocidos.
Puesto el hecho en conocimiento de la Jefatura, esta ordenó se trasladara a aquel lugar el escribiente de la 1º sección Sr. Hoz Carreras con el fin de averiguar la veracidad de la denuncia.

Trasladóse a Olimar el empleado referido, registrando el monte en todas direcciones sin encontrar a los individuos en cuestión, obteniéndose noticias que aquellos seguían rumbo a Artigas.
En efecto, el señor Hoz Carreras siguióles la pista aprehendiéndolos en los Ceibos.
Del interrogatorio a que fueron sometidos, resulta que eran desertores del 4º de infantería. Hoy fueron remitidos a Montevideo requeridos por el Ministro de Gobierno.


Robos
(La Campaña, 1926)

El comisario de la 1º sección urbana y personal a sus órdenes, han dado con los autores de los siguientes robos, efectuados en perjuicio de las personas que a continuación se expresan:
A Felipe García le sustrajeron masas y una cuchilla; a Alfredo Irigoyen, un reloj Longine con cadena; a Ramona Lima, una bombilla y un libro; a Damián Saiz una navaja de afeitar, una canana para revolver y un trozo de carne, a Martín Gabriel $108, una tenaza, un hacha, una caldera y un tarrito de brillantina; a Nicolás Ferré un revolver S.W., una caja de balas, un cuchillo cabo de plata, una lapicera fuente, un alcancía bancaria sin dinero y un frasco de perfume; a Pedro Dellepiane $20, dos salames y una caja con balas, y a Oficina de Saneamiento un farol “indicador” de calles levantadas.
Estos robos fueron hechos entre los días 13 al 23, todos con violación de domicilio y con llaves que los autores llevaban a tal efecto. Los artículos recuperados en su mayoría fueron devueltos a sus propietarios, con excepción del dinero, las masas, la carne y los salames.


Hombre enfurecido comete crimen sorprendente
(Acción, 1938)

El jueves se homenajeaba con una fiesta campestre en campos de Carlos Milani, 5ª sección, a don Atilio G. Ventimiglia, despidiéndolo de la vida de soltero, cuando los pacíficos vecinos y público concurrente se vió sorprendido por ímpetus furiosos de Carlos Milani.
Los hechos, según datos policiales, se desarrollaron asi: Después del almuerzo se inició un animado baile; fue en estos momentos que el citado Milani, al parecer algo “alegrón”, invitaba a todas fuerzas a una señora que estaba en compañía de la suya, a que bebiera, negándose a hacerlo y dándole la explicación también su esposa de que no lo hacía por encontrarse en asistencia médica y estar por tal causa impedida de hacerlo por serle perjudicial. Decirle esto su esposa y enfurecerse Milani, todo fue uno. Procedió a insultarla soezmente intimándole se retirar inmediatamente para las casas. La señora permaneció breves momentos allí dándose a la tarea de arreglar a sus niños para retirarse según el mandato de su marido. Milani, que observó esto, no sabemos por qué causa, redobló sus ímpetus feroces, lanzándose sobre la señora con un cuchillo de grandes dimensiones en la mano, lo que hizo que ésta disparara alrededor del público que bailaba, el que lleno de espanto logró contener al agresor, desarmándolo.
Al ver esto los familiares asistentes se retiraron llevando a la señora Milani a casa del vecino María Barcelo donde se refugió. Varios de los vecinos asistentes quedaron allí con Milani, conduciéndolo más tarde a su domicilio, que dista de allí unas 20 cuadras. Al llegar a su casa Milani como notó que la puerta estaba al parecer cerrada la violentó destrozándola. Al notar sus acompañantes su actitud y por haber cumplido ya su cometido, regresaban a sus domicilios cuando fueron sorprendidos nuevamente por la presencia de Milani que en ademán violento empuñaba un winchester desafiándolos a todos a pelear y amenazando a su señora que se refugiaba en una casa vecina.
Los vecinos le hablaban en amable forma para apaciguarlo pero no lo consiguieron. Milani se dirigió rápidamente al lugar donde se encontraba su señora en medio de amenazas, dando lugar a que en estos momentos pretendiera cortarle el paso el vecino don Isabel Barcelo, recibiéndolo a tiros Milani y dando uno de ellos en el blanco cuyo proyectil le interesó los pulmones ocasionándole la muerte casi instantáneamente. Con ánimos de calmar los ímpetus furiosos del agresor y desarmarlo, el vecino León Rodríguez se le acercó, pero aquel lejos de calmarse perfiló el cuerpo y le hizo fuego con el arma empuñada hiriéndolo en una pierna. En esos momentos llega el menor Hugo Barcelo, de 15 años de edad, sobrino de la víctima, quien venía provisto de una escopeta con la que hizo fuego sobre Milani hiriéndolo y obligándolo con ello a que fugase de allí y evitando como se supone a que ocurriesen mayores desgracias, pues el agresor decía que iba a terminar con su señora, hijos y con todos los que se interpusiesen a su defensa.
El hecho ha sido muy lamentado y se califica de un asesinato; tomaron la debida intervención en él autoridades judiciales y policiales, habiendo aprehendido al criminal quien se encuentra hospitalizado y a cargo de la justicia. Se encuentran detenidos también el vecino Rodríguez y el menor Barcelo, éste último el que vino a evitar, con su oportuna intervención, quizá mayores desgracias.


Pavoroso
(J. Paseyro y Monegal, 1940)

“Marcus” colaborador de un diario local en una serie de atinadas preguntas que pone en boca del Turista visitante a Treinta y Tres, formula la siguiente: “¿Por qué el 90% de los establecimientos comerciales de esta Capital son boliches de caña y grappa?”
Nosotros que hemos condenado toda la vida el denigrante vicio del alcoholismo contestaremos a “Marcus”: la derogación de una sabia y previsora ley de represión al alcoholismo reglamentando severamente el funcionamiento de esos “boliches” donde se incuba el delito y ronda la desvergüenza y el deshonor es la causa de ese incremento pavoroso que toma día a día el establecimiento de esas “borracherías”.
Por otra parte la “Ancap”, institución oficial que vende alcohol o sea el terrible veneno de efectos rápidos y funestos, es el vehículo por donde se va a la degeneración de la raza, a la locura, a la epilepsia y otras dolencias gravísimas.
El alcoholismo y el juego oficializado son dos cánceres que gravitan en forma incurable sobre nuestro pueblo

Es lo inaudito! De qué podemos asombrarnos en un país donde el Estado fortalece los medios de fomentar el vicio en todas sus formas? Los boliches están atestados noche y día de parroquianos que beben hasta perder el sentido. En esos antros se gestan crímenes, se reúnen los vagos y los hampones, los guapos y los matones. Hasta los niños van a los bares a tomar el aperitivo! Nadie se percata del peligro que corre la salud, ni el porvenir de la raza.
Una indiferencia criminal rodea esas cuevas donde se bebe alcohol para olvidar los malos recuerdos o curar heridas del corazón. Y no es solo la clase baja la que bebe. Se bebe en los salones donde concurren de frac los aristócratas. Allí no se “emborrachan”. Los parroquianos se “indisponen” solamente…
Así va la raza camino de su completa degeneración!!


viernes, 6 de enero de 2017

Robo de esclavos

La campaña olimareña en épocas de la fundación
Secuestro de esclavos a mediados del siglo XIX

El desolado paisaje del este uruguayo, concretamente en los vastos territorios que hoy componen el departamento de Treinta y Tres, fue escenario durante el siglo XIX de múltiples episodios de sangre, ya sea en el marco primero de la gesta artiguista, en las luchas por la independencia luego, en los confrontamientos internos o en las sucesivas invasiones luso brasileñas más adelante, hablando concretamente del plano militar, pero también en el plano civil ocurrieron hechos que narrados hoy, cualquier lector desprevenido podría tomarlos como sucedidos en alguna novela de la conquista del Lejano Oeste norteamericano, cambiando gauchos por “cow-boys”.

Partidas de malhechores más o menos numerosas, “matreros” solitarios o en conjunto, milicias de cualquiera de ambos bandos en conflicto coyuntural, eran dueños y señores de las amplias praderas y serranías, a pesar de -o quizá a consecuencia- de la reducida cantidad de poblaciones establecidas en la zona, sumado a los muy pocos establecimientos o estancias existentes, ya que eran pocos latifundistas los propietarios de tan vasto territorio.
Tal como se menciona en los argumentos para la fundación de nuestra ciudad, en el extenso trecho desde Minas hasta la incipiente   Melo, o hasta la fronteriza ciudad hoy denominada Río Branco, de casi 60 leguas, a mediados de siglo no existía ninguna población digna de ese nombre, tan solo algunos caseríos más o menos desperdigados: algunas postas de diligencia que servían asimismo de parada a las caravanas de carretas tiradas por bueyes que traían los productos de primera necesidad a la zona, y algunas estancias y “puestos” que apenas salpicaban intermitentemente el paisaje.
Por ejemplo, uno de los grandes problemas que acuciaban a la campaña uruguaya una vez terminada la “Guerra Grande”, en octubre de 1851, lo constituían las bandas y partidas formadas como consecuencia de la desmovilización de la soldadesca, y el estado calamitoso en que había quedado luego de más de una década de guerra la campaña oriental, diezmada de ganados y pobladores.  Centenares de brasileros fundamentalmente venidos de Rio Grande, se venían instalando en los departamentos fronterizos, sobre todo en los del norte y este del país ya desde los tiempos de la Guerra de los Farrapos (1835-1845), al punto que en 1851, cuando las únicas poblaciones fronterizas del Norte uruguayo eran Tacuarembó y Melo, y en el Este, la hoy Río Branco y la villa de Rocha los territorios de la frontera norte eran estancias en su mayoría propiedad de brasileños.

Un censo de los propietarios brasileños en la frontera ordenado en 1850 por el gobierno imperial reveló la situación: frontera del Chuy, 35 hacendados con 342 leguas cuadradas, 154 propietarios en Cerro Largo y Treinta y Tres, en el distrito de Cerros Blancos 87 estancieros con 331 leguas, en Arapey grande y chico, cuchilla de Haedo y Cuareim 281 propietarios. La lista general de propietarios brasileños en la frontera revelaba la existencia de 1.181 propietarios que sumaban 3.403 leguas de campo, es decir casi 8 millones y medio de hectáreas. (DA COSTA FRANCO, Sergio. 2001. Gentes e coisas da fronteira sul. Porto Alegre)  ¡¡¡Más de la mitad de las 16 millones de hectáreas que componen el territorio nacional!!!
En nuestro país, ya desde la propia constitución de 1830 se proclamaron los primeros intentos abolicionistas, luego en  1841 el gobierno de Rivera había aprobado la primera liberación de esclavos, hecho que se complementó desde el gobierno del Cerrito con la emancipación decretada por Oribe. A pesar que esta última declaraba que “desde 1814 nadie pudo nacer esclavo en el territorio nacional” y que “desde la Jura de la Constitución no estaba permitida la introducción de esclavos”, no todos los afrodescendientes en nuestro país fueron liberados.
La mayoría de estancieros brasileños habían traído gran cantidad de esclavos y los avatares de la guerra y las concesiones que hubieron de hacerse a los “vencedores” brasileños, hacían que en la práctica, la esclavitud negra no había prácticamente cambiado su situación en la zona.
Sin embargo, existían en el territorio nacional al final de la Guerra Grande, gran cantidad de afrodescendientes libres, ocupando puestos de trabajo asalariado o viviendo en pequeñas poblaciones “de negros” o minifundios desparramados por casi toda la campaña. A ellos se sumaban, casi constantemente, decenas de esclavos que aprovechaban las coyunturas bélicas para fugar a territorio oriental , principalmente de Río Grande del Sur donde aún persistía la esclavitud colonial en todo su apogeo (en Brasil recién fue abolida en mayo de 1888).

Mientras tanto, los estancieros brasileños habían logrado evadir las leyes de abolición uruguayas, ingresando sus “negros” con formas de esclavización encubiertas bajo el genérico y amplio nombre de "contratos de trabajo" de 15, 20 y más años de plazo (Barrán y Nahum, 1971), que jurídicamente tenían validez pero que en la práctica era la continuidad del suplicio de  quienes volvían a su calidad de esclavos al retornar a tierras brasileras.
Así estaban las cosas en las épocas de la fundación de Treinta y Tres a este respecto. En 1853, el todavía presidente Giró, atento a esta situación, aprobó una ley limitando estos contratos, liberando a los niños nacidos de las personas ingresadas mediante ese sistema, y declarando piratería el tráfico de esclavos.
Como consecuencia de todo esto que hemos detallado, uno de los “negocios” de los bandidos fronterizos, era venir a tierras uruguayas a “cazar esclavos” y llevarlos a Río Grande para venderlos o retornarlos a sus “dueños” originales a cambio de una recompensa. Casi impunemente, bandas de estos “cazadores” recorrían leguas y leguas en busca de sus botines.
Registros de reclamos diplomáticos entre ambos países, dan cuenta con creces de lo común que era en una época esta práctica, inclusive destacando que había distintos grupos con diferentes “especializaciones”: estaban quienes capturaban a todas las personas de color que pudieran, los que solamente se dedicaban a “robar” niños y bebés nacidos libres por ley en nuestro país para anotarlos como hijos de esclavos en Brasil y así convertirlos en esclavos “legales” brasileros, o también los que secuestraban solamente hombres y mujeres en su plenitud laboral, despreciando a niños y ancianos y muchas veces abandonándoles a su suerte.
En su libro “Antes y después de la Triple Alianza”, Luis Alberto de Herrera da cuenta de varias de estas situaciones acaecidas en nuestro actual departamento.

En efecto, entre los múltiples reclamos que hace el gobierno de la época al de Brasil, se encuentra por ejemplo el caso de “Domingo Carvallo”, “negro libre de entre 50 y 60 años” arrebatado de un puesto de la estancia del coronel Marcelo Barreto el 24 de marzo de 1854, por una banda compuesta por los brasileros Feliciano do Povo Novo, Marcelino, Firminio y Albino. Según pudieron averiguar las autoridades uruguayas y que consta en la reclamación, Carvallo fue llevado a la ciudad de Río Grande, donde puso evadirse de sus captores para refugiarse en el Consulado uruguayo de esa ciudad, quienes elevaron el caso a la justicia brasileña. Ante ella, Carvallo narró sus peripecias, haciendo hincapié que sus raptores habían asesinado además a otro negro que se resistió a ser capturado. El reclamo de la cancillería uruguaya, finaliza pidiendo explicaciones, destacando que “los criminales plenamente identificados no habían sido ni eran perseguidos” y que “la Legación tiene conocimiento que Carvallo continuaba en su depósito de esclavitud, sin haberlo devuelto al territorio uruguayo”.
Otra de las reclamaciones mencionadas por Herrera referidas a sucesos acontecidos en esta zona, dice textualmente que: “El 4 de enero de 1850 fue salteada en la Costa del Olimar la casa de la mujer Anacleta Olivera, por José Saraiva (vecino de Moscardas) acompañado por Martín Chavarría y tres individuos de la familia Silveira vecinos de Carpiva. Se apoderaron de Anacleta Olivera, la amarraron y la colgaron de las manos de las maderas del techo de la casa, dejándole allí y robándose a sus tres hijos: Inés Josefa, de 13 años, Cleto Marcelino, de once e Higinio, de tan solo siete años”. “Apoderados de estas criaturas – continúa la reclamación-, se embarcaron en canoas y descendieron el Olimar y después el Cebollatí y entraron en la Laguna Merin viniendo a desembarcar con sus presas en la Capilla del Taulin. En ese lugar pusieron en venta a los tres infantes”.
Según prosigue relatando el documento, la propia madre tras librarse de sus ataduras siguió la pista de sus atacantes en pos de rescatar a sus hijos, pudiendo encontrar a uno de ellos, que rescató y trajo de retorno a su casa, conociendo por su relato no sólo todos los detalles de lo vivido por ellos, sino la filiación de los autores del crimen, a quienes denunció ante las autoridades brasileñas con el respaldo del Cónsul uruguayo. El escrito continúa reclamando “conocer el destino de los otros dos hijos de Anacleta y restituirlos a su madre” y además exige de las autoridades brasileras “el cabal cumplimiento de su deber, evitando que queden impunes los autores, bien conocidos, de esta barbarie”.

Por otra parte, existen también casos en los que nunca más se supo nada de las víctimas, como por ejemplo el del secuestro el 20 de abril de 18 58, de la afrodescendiente oriental, Emilia, de 30 años, y sus dos hijos menores que solo se supo que fueron trasladados a Jaguarón, al igual que el del “moreno” Juan Vicente, nacido en Cerro Largo de vientre libre, soldado en el ejercito oriental al mando del capitán Gutiérrez, y que sirviendo como policía fue capturado por una partida del ejército brasileño que se retiraba en 1852 (al finalizar la Guerra Grande) y conducido por el capitán Oroño a una casa también situada en Jaguarón.

Estos son solamente algunos ejemplos bien documentados de este tipo de hechos, aunque la prensa nacional denuncia decenas de casos similares en toda la frontera uruguayo-brasileña hasta por lo menos la década de 1860.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Desde Desplats a Fabeiro...

Un viaje al pasado rescató un tesoro de documentos

De todo como en botica: antiguo comercio de Yerbalito según sus propios registros


La antigua pulpería, mezcla de bar, club social, taberna, casa de juego y almacén, con sus característicos salones enrejados, fue paulatinamente evolucionando a finales del siglo XIX, en completos comercios de campaña, verdaderos “shoppings” de la época de ramos generales, que generalmente oficiaban además también de intermediarios en ventas de ganados, acopiadores de frutos del país, tahonas y banco.
Antiguo comercio del Yerbalito,  Desplats, luego Fabeiro

A medida que se fueron afincando familias en la campaña, se fueron subdividiendo las grandes propiedades y poblando las pequeñas, facilitado esto por períodos de paz cada vez más prolongados y el hecho no menor que aún en medio de las confrontaciones, casi siempre por parte de ambos bandos, se respetaban las viviendas familiares, ayudado por la instalación de escuelas rurales y la aplicación del Código Rural con sus normas de convivencia campesina, el respeto a la propiedad y alambrado de los campos y delimitación de los caminos.
Esta “repentina” población de la campaña contó con una variedad de orígenes que incluían desde el gaucho emancipado, los portugueses asentados en tierras orientales huyendo de tiempos difíciles en su patria y una primera gran inmigración europea compuesta mayoritariamente de españoles, italianos y franceses, conformó una sociedad rural cada vez más demandante de productos de comercio y ello dio lugar sin dudas a la reconversión de las pulperías.

Eran épocas pioneras, de reparto de correo por intermedio de chasques, de carretas repletas a la ida de mercaderías que como mayoristas iban vendiendo en los distintos comercios a su paso, y levantando a la vuelta lanas, cueros, cerdas y hasta plumas, en un interminable viaje de ida y vuelta. Tiempos de las  primeras líneas de diligencias, aún si autos ni ferrocarril, de las grandes tropas hacia los mataderos capitalinos o a las sobrevivientes “charqueadas”.

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El pasado mes de enero, ante la invitación de unos amigos, concurrimos a un establecimiento de campo que había sido recientemente enajenado, enterados que en él, al abrir unas habitaciones que permanecían en desuso y cerradas hace muchos años, se habían encontrado una gran cantidad de libros comerciales antiguos, así como casi intactas muchas instalaciones y mobiliario de un almacén de campaña que habría funcionado allí.
Una vez que arribamos allí, observamos una buena casa de construcción quizá centenaria, relativamente en buen estado de conservación que en si misma constituye un buen ejemplo a conservar como representante de la arquitectura de principios de siglo XX, como se puede apreciar en las fotos que acompañan estas líneas, tomadas por Andrés “Tuerca” Costa en la oportunidad.

El ala de la casa destinada a comercio, como mencionamos había permanecido cerrada por varios años, y además de conservar las estanterías y algunos muebles del almacén que ahí funcionó, había casi un centenar de libros de comercio algunos de hasta 125 años de antigüedad, los que gentilmente los nuevos dueños de la propiedad pusieron a nuestra disposición en calidad de préstamo.
Tras realizar una primera rápida clasificación y selección, encontramos documentos de al menos cuatro diferentes etapas determinadas en principio por los titulares de libros, que corresponde a la titularidad del comercio, con toda seguridad.
Los más antiguos, unos libros “Diario” de 1871 y 73, corresponden a un comercio en el paraje “Yerbalito”, propiedad de la firma “Martínez y Marín”, y entre las anotaciones del movimiento de dineros y mercaderías, en varias oportunidades hacen mención a recibir mercaderías y enviar efectivo “a nuestra casa de Avestruz”, lo que nos lleva a pensar que estas instalaciones fueran tan solo una sucursal de algún fuerte comercio con sede en el paraje mencionado.

Algunos otros libros, ya corresponden a la década del 900, y entre ellos se destaca, por ejemplo, el Diario  Nº 1 del comercio de Juan Desplats, “empezado hoy abril 10 de 1903”. De esta época, además del mencionado y de otros similares, son además unos detallados libros de compras de Frutos del país, donde se especifica no solamente qué se le compraba a quién y el precio correspondiente, sino también se anotaba en el mismo renglón, la marca y la señal del vendedor.
Hay dentro del montón de libros encontrados, además, otros de un comercio a nombre de Héctor Sala, de los alrededores de 1915, los que en un principio supusimos fueran del mismo comercio que hubiera cambiado de titular (Desplats era suegro de Sala), pero que una observación más detallada de un libro de archivo de facturas de la época, nos informa que el comercio de Sala estaba en “Arroyo del Oro”. Suponemos, sin confirmación a esta sospecha, que al cierre del mismo los libros fueron dejados en depósito por alguna razón en casa del suegro, y fueron mezclados con el tiempo con los correspondientes al comercio de Yerbalito.

Otro grupo de libros, un poco más “modernos”, corresponden al mismo comercio ya en manos del yerno mayor de Desplats, Francisco N. Fabeiro, quien junto a su esposa fueron los últimos titulares del mismo.
Ya será tiempo, en próximas entregas, de contar un poco más detalladamente la intrincada saga de estas dos familias dueñas de este comercio, Desplats y Fabeiro, verdaderos pioneros del progreso de la época y cuyos descendientes aún hoy conviven en Treinta y Tres y la zona.

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El dedicado y detallado estudio de estos libros descubiertos dará sin dudas para que investigadores genealógicos, históricos y sociológicos inclusive cuenten con un relevante material de un período de nuestra historia del cual se ha conservado relativamente muy poca información.
Sin ánimo de atribuirme de  éstas cualidades, como simple aficionado a la historia local, una primera lectura de algunos de ellos me ha permitido sacar algunas conclusiones que me gustaría compartir.
En primer lugar, sin dudas, está el tema de las mercaderías que se vendían. Los productos de almacén, se vendían en esa época no por kilo, sino  por arroba, unidad de peso de origen español que corresponde a unos 12 kilos. Productos de primera necesidad, como arroz, fideos, azúcar, yerba, sal, harina, fariña, se entremezclaban en los pedidos con tabaco, papel y fósforos, galletitas, gofio y cascarilla, y completaban el surtido con algo de aceite, café, pasas, especias y enlatados, generalmente provenientes de europa.
Pero casi en cada cuenta anotada de los clientes, figura también algo extra: productos tan diversos como los de bazar: juegos  de loza y de te, cubiertos, ollas, adornos; de barraca y ferretería: máquina de matar hormigas, alambre, clavos, herramientas diversas, remedios médicos y veterinarios, materiales de construcción: maderas, cerraduras, picaportes, loza de baño y cerámicas; productos de tienda: sombreros, zapatos, alpargatas, ponchos, suecos, botas, pañuelos, bombachas, vestidos, y de mercería: piezas enteras de telas “sarasa, percal, madraz o lienzo” acompañaban a carreteles de hilo, botones, broches y festones en cada cambio de estación. Y no olvidar los misceláneos y de cuidado personal: peines, peinetas, perfumes, escencias, talco y “jabón de olor” eran tan solicitados como velas, cuchillos, facones, añil, pólvora, balines, chumbos y fulminantes.
Estos libros son la demostración fehaciente de la vieja afirmación que en los boliches de campaña hay de todo, mucho más cuando se profundiza en la lectura y se encuentran ventas aisladas de casi cualquier producto: “5 timbres y un certificado”, sombrero y zapatitos de niño, libretas de papel y sobres, argollas y productos de talabartería, cognac francés, vino español y caña brasilera o bombones alemanes.
Otra de las particularidades que nos permiten conocer estos libros es, sin dudas, el precio de comercialización de las haciendas y productos de la zona en esos momentos específicos. Por ejemplo, en el año 1893, Martínez y Marín le compran a varios vecinos vacas a 5, 50;  bueyes a 8,50; novillos a 7; toros en 5 y 9. Los cueros, por su parte, valían centavos: 0.08 los lanares pelados, 0.14 el kilo de vacuno fresco; los borregos a 0.11 y un cuero de yeguarizo a 0.50. Solo para tener un elemento de comparación, un par de alpargatas costaba 0.40, una reja de arado 0.60, una botella de caña 0.24, una lata de sardinas 0.20 y ¼ arroba de azúcar se vendía por 0.80 (3 kilos aproximadamente)

Tantos detalles e información se pueden extraer de estos ejemplares rescatados, que sin dudas el espacio se hace chico para revelarlos minuciosamente. Sin embargo, otras de las anotaciones relevantes para construir la “historia chica del pago”, son las relativas al envío de las mercaderías acopiadas a los compradores capitalinos, ya que en casi todos los casos, se consignan los nombres de los carreros que conducen las cargas y sus cargas en sí.

Habría más para destacar en referencias que se pueden extraer: nombres de los vecinos de la época en la zona y evolución y desarrollo de las familias, puntos fuertes de producción se pueden deducir basados en la cantidad de fardos de lana que compraban en cada zafra en el caso de la lana, por ejemplo, o la cantidad de sacos para trigo que muchos  productores retiraban para embolsar sus cosechas y con seguridad llevar al molino de Perinetti en carretas para volver con la harina producida, en fin… datos y deducciones que seguramente serán producto de nuevas entregas.