Antecedentes y futuro de La Charqueada
Por vía terrestre, dista 60 kilómetros de la capital olimareña por la Ruta 17, 35 de Vergara por la ruta 91, y unos 175 kms. a Rocha, pasando por Cebollatí y con cercanías a Lascano. Esta situación geográfica, como veremos, cobra relevancia e tiempos presentes, pero también ha sido muy relevante para su concepción y desarrollo.
De hace 4500 años atrás, o más quizá han sido datados algunos de los más antiguos y grandes cerritos de indios de la costa baja del Cebollatí; tanto la que forma rinconada con el Parao en su barra, y la del sur, donde se extienden los humedales camino al mar y a la laguna.
Los montículos, que han sido y son estudiados permanentemente, han permitido en sus excavaciones arqueológicas recuperar esqueletos de animales domésticos, instrumentos de piedra y hueso, vasijas de cerámica, restos orgánicos y de alimentos y ocasionalmente algún resto humano.
La existencia de estas construcciones y sus hallazgos, nos permiten afirmar que hace mucho tiempo que pobladores originarios, de manera permanente o transitoria, poblaban y vivían en este territorio.
Pero lo que tiene que ver con registros escritos por nuestra civilización occidental, tienen su comienzo, muchísimo tiempo después, hace alrededor de 300 años atrás, con algunas referencias a la zona, sin mucha descripción específica del lugar, en algunos diarios de los religiosos jesuitas que regularmente recorrían la zona de la “Vaquería del Mar”, centro criador de los vacunos que eran necesidad y riqueza de los pueblos guaraníes “cristianizados”.
Posteriormente, ya en épocas de la expansión de los reinos conquistadores de España y Portugal, en los registros de ambos contingentes existen referencias de la zona relacionadas -sobre todo- con partidas de corambreros acumulando cueros para comerciar del lado de la frontera que más les conviniese, partidas de piratas de río o grupos de forajidos, rancheríos indígenas o simplemente troperos y comerciantes contrabandistas
En 1784, concretamente, en el marco de la Segunda Demarcación de Límites entre los reinos de España y Portugal, titánica tarea que llevaron a cabo dos partidas de peritos, soldados marineros y personal de logística, una delegación representando al Rey de España encabezada por el Teniente de Navío Diego de Alvear y otra de la corona portuguesa regida por el gobernador de Río Grande Xavier da Veiga Cabral, con un total de unos 300 hombres entre ambas. Estas partidas, de acuerdo con los tratados de la época, realizaron durante meses una minuciosa recorrida por la Laguna Merín, por cada curso de agua que desembocara en ella, y dentro de éstos, recorriendo cada uno de sus afluentes hasta sus nacientes. Muchas de las peripecias de este trabajo, quedaron registradas para la posteridad en sendos Diarios de Viaje que la delegación española fue llevando, uno del propio Alvear y el otro del Piloto Oyarbide, y en anotaciones de la delegación portuguesa.
Ahí se relata la situación al adentrarse en el Río Cebollatí desde la Laguna, el que comienzan a recorrer optando por realizar su campamento principal “al abrigo de altas barrancas del Cebollatí algunas millas aguas arriba de la desembocadura del Parao”, proporcionando coordenadas de ubicación que coinciden con apenas segundos de diferencia con las que hoy conocemos de La Charqueada, manteniendo su centro de operaciones activo por varios meses mientras duraban sus investigaciones.
Dice Alvear: “la tarde del 26 entramos en el río Cebollaty, una de las más considerables vertientes de la Laguna Merín, no solo por el gran caudal de sus aguas, que trae de larga distancia, sino también por el confuso y complicado laberinto de multitud de brazos que se le agregan no menos cortos que el tronco principal, formando la configuración de un gran árbol con muchas ramas, y regando de este modo vastas porciones de terrenos capaces de formar una muy dilatada y fértil provincia. (…)” al tiempo que testimonian del frecuente encuentro de viviendas, chozas o tolderías que denotaban al menos la habitación pasajera de humanos en esas tierras.
Y continúa “tiene el Cebollaty a su entrada tres islas muy pequeñas y después otras dos mayores a las 4 y 6 millas; y en este corto trecho que gira al OSO, forma por una y otra orilla muchos sacos o bocas falsas que internan bastante y engañan a los poco prácticos del verdadero canal. (…) todos nos vinimos a juntar en el paso de la Cruz, como a 10 millas de la barra, y en la latitud de 33º 13' 26". El arroyo Parado que viene del NNO, entra a las 8 millas sobre la punta austral de la isla mayor, que tiene de largo cerca de 1 legua.Por consejo de los baqueanos, se pasó toda la hacienda a la banda septentrional, siendo la opuesta muy pantanosa, sucia y de mal camino, para lo que convidaba una hermosa y ancha picada, abierta de mucho tiempo antes, y bien usada en el monte espeso de las dos orillas, (…) por indígenas, bandoleros y contrabandistas.”
La latitud exacta tomada con medios modernos y satelitales de la zona del muelle es de 33º 12’ y 32’’; la de la explanada de la hoy casa de la familia Valiño, es 33º 12’ 48’’, y la del camino de la balsa La Quemada (estancia La Gloria), 33º 13’ 54”. En vista que él habla de un “paso” que denomina “de la Cruz” (seguramente porque hace una cruz con el río), me inclino a pensar que se trate más de un error mínimo en la medida en atención a las herramientas de mensura que utilizaban en esa época.
Sería, entonces, la primera mención específica a este lugar que permaneció escrita.
A principio del siglo XIX, el brasilero Joao de Souza Avila instala, en el mismo sitio, una factoría de charque, o “Charqueada”, donde produce el cotizado alimento y sus subproductos, los que son en su mayor parte embarcados y despachados para las localidades portuarias brasileñas: Río Grande, Pelotas y el hasta mismo Porto Alegre.
La “Escuadrilla de la Laguna” y la primer victoria naval republicana
En un completo artículo escrito Juan Enrique Kenny y publicado en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay titulado “La escuadrilla republicana en la Laguna Merín”, el autor sostiene que ya en 1816 los portugueses habían paseado por aguas del Cebollatí y la Laguna el estandarte de la familia real portuguesa, sin encontrar fuerzas enemigas, asegurando un puesto de vigilancia en la zona, sin especificar el lugar.
En 1826, la dirigencia militar de los orientales valora la importancia de dominar la Laguna Merín, en el marco de la guerra con el Brasil. En esa fecha, se arma una flota de botes para interrumpir el paso de buques comerciales portugueses, con moderado éxito.
Kenny indica que “al puerto de la Charqueada de Avila” llegaron en los últimos días de diciembre de 1827, por tierra, dos lanchones enviados personalmente por Lavalleja desde el Santa Lucía para hacerse cargo de la vigilancia de las desembocaduras del Tacuarí y Cebollatí y las costas de la Laguna en la Charqueada de Ramírez. Hay un relato muy interesante sobre el traslado de las misma en carreta, por tierra.
El 4 de enero se produce el primer combate naval, entre los lanchones patriotas y la cañonera portuguesa “19 de octubre”, victoria revolucionaria, y el parte del episodio que se publicó en un diario de Durazno, estaba fechado en “La Charqueada de Avila”.
Mas de 20 años después, durante la Guerra Grande, el propio Giusseppe Garibaldi hizo propia la zona como comando de la “Escuadra de la Laguna” de Rivera hasta su derrota en la Laguna de los Patos en agosto de 1839 a manos del portugués Greenfell. Su edecán, el navegante italiano Bernardo Ganduglia, optó por quedarse en la zona para siempre asegurando la tradición oral que siempre recorría las orillas del Cebollatí “como buscando algo escondido”.
Una vez culminada la Guerra Grande y como consecuencia de una resignación de límites con Brasil, Uruguay se ve privado de navegar en toda su extensión las aguas tanto del Río Yaguarón como de la Laguna Merín, por lo cual el gobierno de Giró establece dos destacamentos para vigilancia del contrabando, uno en aguas del Cebollatí y otro en el Río Tacuarí, y aunque no se especifica su ubicación, no es de dudar que en el caso que nos refiere utilizaran el mismo emplazamiento ya acostumbrado.
Las empresas de graserías, saladeros y “charqueadas” en la proximidad de esos mismos puestos de vigilancia (Puerto Gómez, Passano, Cebollatí, las dos Charqueadas de Ramírez), fueron congregando trabajadores y troperos que debieron ser los primeros pobladores efectivos de la zona, y que finalmente resolvieron a don Joaquín Machado, propietario de las tierras en que hoy se yergue el Pueblo General Enrique Martínez, y a Lucas Techera fundador de Pueblo Cebollatí, ambos a principios del siglo XX, a lotear y fraccionar sus tierras para la implantación de poblados que seguramente ya eran incipientes.
La historia de la propiedad de la tierra del poblado, tiene su origen como “salida fiscal” la compra que hace Bruno Muñoz al Virreinato, que uno de sus herederos vende a Francisco Bauzá, luego adquiere el brasilero De Souza Avila que pone la charqueada y prosiguen diferentes dueños, perteneciendo en el último tercio del siglo XIX a la familia compuesta por el brasilero Joao Pereira de Medeyros y su esposa Paulina Lagos Vaz y a su fallecimiento, en el plano de división sucesoria, aparece la adjudicación de una fracción Joaquín Machado, que es donde finalmente él proyecta y lleva adelante este pueblo.
Allí encontraron su lugar los jornaleros y sus familias, la gente trabajadora y emprendedora, pescadores, oleros y monteadores, peones de arroceras y de campo, una variada gama de personas entre las que se destacaba un nutrido grupo de lavanderas que llenaban las barrancas de colores y de flameantes banderas de crea con su sufrido trabajo de hacer un pozo en la orilla y lavar los atados de ropa que les encargaban.
A partir del loteo y la venta de los solares, comienza paulatinamente el propio poblado a escribir su historia, de cara al río, de pesqueros y “furaos”, de yates y contrabandistas, de aventureros y puerto cosmopolita. A los trabajos zafrales, en todas épocas se les complementaba con pesca artesanal, explotación de leña en montes ribereños, o facturas de carbón y ladrillos, en cantidades tales que hasta se embarcaban normalmente a Brasil… sin exportar, claramente.
La comunicación depende mucho de el río y la Laguna. Los caminos son anegadizos y precarios, y son épocas en que -como aún sigue pasando en un par de lugares-, los boteros que realizan el servicio de cruce de bienes y personas, tanto en el Cebollatí como en los cercanos Parao (hacia el Este) y Olimar (hacia Passano) se constituyen en un elemento aglutinador de comercio y familias. En el caso del Cebollatí, el cruce del curso de agua evolucionó con los años primero con una balsa en La Quemada y luego con otra en la propia localidad de Charqueda, y en el cruce del Parao se instaló el servicio de balsa que aún continúa, aunque modernizado. El cruce del Olimar frente a Passano, aún sigue dependiendo del servicio de botes.
Entre 1926 y 27, la empresa Compañía Industrial de Productos Alimenticios (CIPA), comienza a desarrollar un gran proyecto agroindustrial en la cercanía de la localidad, l que le da un nuevo impuso a la misma con la inyección de muchas familias que se radican junto a la nueva fuente de trabajo. A su vez, ese emprendimiento mueve el tráfico de mercaderías y personas fundamentalmente por el Cebollatí, llegando a fundarse un pequeño poblado satélite del que aún se conservan vestigios.
Cuando comienza la automatización del proceso de siembra, cosecha e industrialización del arroz, se mueven nuevos rubros zafrales que ocupan mano de obra: los años de la importación de Café Brasilero fundamentalmente para Bracafé tras la puesta en marcha de su novedoso sistema de tratamiento del café para ofrecer un producto soluble e instantáneo. Llegan casi semanalmente lanchas repletas de bolsas de café importado que debían ser bajadas y cargadas en camiones para ser envidas a la capital del país. Al tiempo, habitual en la frontera, venía una lancha con papeles y dos sin ellos, ya que así la ganancia era más grande. Los estibadores no pedían papeles: para ellos una bolsa bajada eran 50 pesos más para ayudar a parar la olla. Hasta que un día que llegaron tres embarcaciones, La Gauchita, la Fronterista y la Palmeirante, apareció la autoridad de Aduanas y se decomisó el alijo: fue el último viaje de café que ingresó.Concomitantemente por esa época había llegado al pueblo un religioso de visión amplia, voluntad férrea y pujanza ejecutora, el Padre Monteleone. En poco tiempo, ausculta las difíciles condiciones de la población y promueve la organización de una cooperativa de pescadores que con su padrinazgo, crece y se afianza comercialmente desde principios de los años 60, constituyéndose no solo en una fuente de trabajo sino también en un modo de vida.
La mejora en las comunicaciones y las mejores posibilidades estudiantiles y de futuro, ya en el último tercio del siglo XX, junto con la escasez de trabajos y el paulatino abandono de la actividad fluvial con los puertos, causa una merma importante en la población.
A finales del verano de 62, una delegación de más de 25 veleros y yates brasileños llegan al puerto instaurando así una tradición deportiva y turística que se extendería por varios años. Todo el pueblo los esperaba cada año, como una oportunidad de vender servicios, pero también como quien espera a un querido amigo. Por esas épocas, también, dan comienzo las primeras Regatas Internacionales, que con el tiempo se convertirían en la más relevante prueba deportiva fluvial del país, y una de las más prestigiosas de Sudamérica.
Desde entonces, la actividad turística y sus servicios conexos se convierten en una nueva e importante zafra para los charqueadenses.
Ya entrado el siglo XXI, la realidad de la construcción del puente que atraviesa el Cebollatí acercando las poblaciones hermanas de Cebollatí y General Enrique Martínez, abre otras expectativas de comercio y turismo que recién al cabo de pocos años se están empezando a evaluar con un poco más de objetividad.
Ahora, a mediados de 2026, la noticia que finalmente se ha comenzado por parte de las autoridades brasileñas al dragado necesario para habilitar la hidrovía comunicante de esta zona con grandes ciudades y puertos, impregna al poblado de la nueva esperanza, que sea finalmente un empuje portuario e industrial que restablezca las viejas líneas de pasajeros, pero que también se construya en la zona una moderna terminal de cargas con los beneficios que ello acarrearía en generación de puestos de trabajos directos e indirectos.
Probablemente, pronto se comience a reactivar también la caminería que permita llegar mayor capacidad de carga transportada por tierra, con la refacción de la ruta 17 y la bituminización de la ruta 91. Y ojalá, en el marco de la anunciada recuperación del tren hacia estos pagos, finalmente se pueda construir la extensión ya planificada en el año 1937 por el ingeniero Quintana que proyectó junto a la extensión del tren desde Treinta y Tres a Río Branco, un desvío desde la estación de Bañado de Oro hasta el viejo puerto de La Charqueada, tal como había soñado a fines del siglo XIX y principios del XX, el agrimensor y político Francisco J. Ross desde su trabajo “La Vialidad del Este”.
Las acciones parecerían que dan razón a pensar que falta poco tiempo para ver las aguas del Cebollatí surcadas por convoyes de barcazas transportando granos, minerales, maderas y quien sabe cuantos productos más, pero sobre todo portando la esperanza certera de un crecimiento efectivo para la zona.
