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lunes, 17 de febrero de 2025

Fructuoso Del Puerto

 

Un nombre, dos hombres de prestigio e influencia regional

 

                                Nuestras tierras treintaitresinas han sido, sin dudas, aun desde antes de ser un departamento constituido, hogar de una estirpe de hombres destacados que el tiempo se ha ocupado de relegar al pasado, y a lo sumo la memoria de la historia les recuerda con el nombre de alguna calle, nombre que la mayor parte de las veces ni siquiera quienes transitan por esa vía de tránsito asiduamente, tenemos cabal conocimiento de quién fue esa persona y que méritos generó en vida.

                                El hecho de realizar una nominación de este tipo sin dudas contiene además del

Fructuoso del Puerto Silveira

homenaje en si, el propósito de inmortalizar una persona, y no merece ese olvido ni ese desconocimiento. Esta es una de las razones que me impulsó a realizar algunas investigaciones respecto a personas del nomenclátor capitalino, hijos de estos suelos o de destacada participación en hechos del viejo Treinta y Tres.

                                Uno de esos casos, posiblemente el más emblemático, es el de quien le da nombre al bulevar de ingreso a nuestra ciudad cuando atravesamos el Olimar por el “puente nuevo”, Fructuoso del Puerto, que sin dudas se refiere al caudillo nacionalista fallecido en 1914, pero que también recuerda a su padre, del mismo nombre, de trágico final en circunstancias aún no esclarecidas.

                                Fructuoso del Puerto Silveira, el padre, fue asesinado mientras ocupaba el cargo de Alcalde Ordinario de nuestra ciudad, en el año 1873, en un episodio confuso, cuando en medio de un clima político departamental muy tirante entre dos bandos, uno de los cuales tenía precisamente a Del Puerto como uno de sus cabecillas, y el otro a Lucas Urrutia y al cura Ramón Rodríguez, se produce un tiroteo en pleno centro treintaitresino, con el saldo de varias personas heridas y el mencionado Del Puerto, muerto.

                                El incidente según escribe Luciano Obaldía Goyeneche en su libro “El Solar Olimareño” (Montevideo, 1970, Imp. Don Bosco), basado en un testimonio escrito del testigo presencial del hecho don Faustino Hoz Rigada, da comienzo cuando Elías Uriarte, amigo del Del Puerto y contrario de Urrutia, pide permiso al Comisario Domingo Ferreira para realizar una manifestación por las calles de la Villa, permiso que se niega por el mencionado jerarca policial, que sospechaba que ese acto podría acarrear consecuencias no deseadas. La situación entre los dos bandos políticos era muy tensa. Recientemente había asumido una nueva Comisión Auxiliar encabezada por Del Puerto que sustituyó a la anterior, que presidió Ramón Rodriguez y de la que fue secretario Lucas Urritia, y Del Puerto y sus compañeros de gobierno, Dionisio Vaco, Anselmo Basaldúa y el mencionado Uriarte, inciaron su período pidiendo las cuentas y los archivos a la comisión anterior, con lo cual se había alejado aún más las posiciones entre los grupos.

                                En definitiva, a pesar de la negativa policial, la manifestación se realizó, reuniéndose según la crónica unas 300 personas encabezadas por Del Puerto y Uriarte, que recorrieron algunas calles céntricas, hasta llegar frente a la plaza frente a la comisaría, el Comisario que esperaba con sus policías “en el cordón de la vereda, armados con fusil y de bayoneta calada”, increpó a los manifestantes acusándoles de desacato, y mientras se realizaba la discusión a gritos, uno de los guardiaciviles con la punta de su bayoneta levantaba los ponchos de los paisanos, ante lo cual Brígido Lago, indignado, le tiró un tiro de revólver sin dar en el blanco. Fue, según cuenta Hoz, el detonante para un intenso tiroteo que terminó con las consecuencias antes mencionadas.

                                    Nunca se supo, ni se sabrá, quién disparó el arma que mató a Del Puerto. El relato se ha contado por años, con distintos posibles culpables del tiro en la nuca que le quitó la vida. Algunos afirmaban que la policía tenía orden de matar a Del Puerto, otros hablaron de algún enemigo político infiltrado en la manifestación, y hubo también quienes afirmaban que había sido un tiro infeliz disparado por algún amigo, una trágica confusión en el fragor de la lucha desatada, e incluso hubo quien acusó al propio cura Rodríguez de haberse asomado a la parroquia y realizar el disparo mortal con su rifle. Años más tarde, cuando se realizó la reducción de los restos de Del Puerto para ser trasladados desde el cementerio de La Soledad próximo a desmantelarse, se comprobó que el proyectil que le causó la muerte, a juzgar por el calibre, podría haber pertenecido a ese conocido rifle, aunque no es muy creíble que haya sido Rodríguez.

En tiempos modernos nunca se pudo localizar el lugar de descanso en el cementerio nuevo, a donde suponíamos había sido trasladado. Pistas recientes, entre ellas un documento donde consta la compra y tenencia de un sitio y sepulcro por parte de su viuda, doña Faustina Pimienta en el llamado "Cementerio de los Téliz", próximo a sus posesiones rurales y situado actualmente en la décima sección de Lavalleja, permiten pensar que el traslado de la urna con sus restos haya sido realizado hasta ese panteón que su esposa había adquirido, hecho que no se ha podido comprobar por falta de documentos que lo certifiquen, y por es estado totalmente deteriorado en que se encuentra el sitio de referencia.

 

Fructuoso del Puerto Pimienta

Fructuoso del Puerto Pimienta

                                 Apenas poco más de un año contaba el hijo homónimo del occiso Del Puerto Silveira y de doña Faustina Pimienta Molina cuando quedó huérfano, siendo el tercer hijo del matrimonio.

                                Según narraciones de la época, Fructuoso se crió en el establecimiento rural familiar, bajo el ojo atento y severo de doña Faustina, donde aprendió desde niño las tareas agropecuarias con los trabajadores del establecimiento. Cuando contó con edad suficiente, concurrió en nuestra ciudad a la escuela de Jaime Pedrerol Vall, completando los seis años escolares y volviendo a su hogar en campaña. Según una de sus biógrafos, su familiar Viterba Del Puerto, al oponerse su madre a permitirle continuar sus estudios en Montevideo, se dedica a las faenas rurales y muy jovencito se hace cargo del enorme establecimiento rural ubicado en la costa del arroyo Corrales, entonces departamento de Minas.

                                Es en esa etapa, sin dudas, que se forja su férreo carácter, se tiempla su voluntad, y comienzan a vislumbrarse sus dotes de caudillo, acostumbrándose a dirigir hombres en el trabajo, y nutriendo su intelecto y su opinión con influencias como la de su abuelo Basilio Pimienta o la de su pariente Constancio C. Vigil, y la memoria de honestidad y rectitud moral de su padre.

                                Apenas con 19 años de edad, se enrola en las filas nacionalistas comandadas por el Coronel Agustin Urtubey, ante el rumor de revolución que corría en la primavera de 1891, que secretamente venía liderando, entre otros Duvimioso Terra. En los días previos a la fecha fijada, su proximidad al entorno de Urtubey le permite demostrar su valentía y viveza criolla. La revolución del 11 de octubre de 1891 muere prácticamente antes de nacer, cuando las fuerzas del gobierno en una maniobra coordinada desactivan el peligro apresando a sus cabecillas y organizadores. A raíz de este hecho, se ordena la detención del Coronel Urtubey y la del delegado de la Junta de Guerra que estaba de visita en la estancia del jefe blanco, Antonio Gotuzzo, quien era la verdadera presa deseada por el ejército gubernista. En un despliegue de coraje y baquía, Del Puerto logra “sacar” al perseguido del pueblo a pesar de la vigiancia a que estaba sometido, y llevarlo por caminos poco transitados hasta Nico Pérez, donde Gotuzzo pudo tomar el tren de incógnito a Montevideo, para luego exiliarse a salvo en Buenos Aires. Este hecho, sin dudas, marca el inicio del prestigio de Del Puerto, y el comienzo de su carrera política y de armas al servicio del Partido Nacional.

                                Un año más tarde, a sus 20 años, se cuenta entre los fundadores del periódico “La Verdad”, junto a Javier de Viana y con el patrocinio de Urtubey, defendiendo las ideas nacionalistas y enfrentando a Joaquín Suarez, entonces Jefe Político de Treinta y Tres.

                                Algunos años más tarde, en la revolución del 96, nuevamente se suma a las fuerzas
del veterano Urtubey que se habían reunido en Yaguarón para invadir en la fecha anunciada, aunque ni siquiera llegan a marchar cuando la asonada se acalla. La del 97, contando tan solo con 25 años, lo encuentra integrando las fuerzas treintaitresinas del Coronel Francisco Saravia, hermano de Aparicio, quien a su vez estaba a las órdenes del jefe arachán Alejandro Borche, comandante de la División Cerro Largo. Luego del inicio de las hostilidades, y habiéndose incorporado al ejército revolucionario la División Treinta y Tres al mando primero de Urtubey y luego del coronel Bernardo Berro, Del Puerto pide pase a la misma, y ya figurando como teniente es herido en la pierna derecha en la batalla de Cerros Blancos.

                                Finalizada la revolución del 97 con el Pacto de la Cruz en setiembre, vuelve a la paz de su estancia con el grado de comandante, donde lo aclaman y se destaca como persona leal, ecuánime, y justiciero.  Cuenta la tradición que en su casa nunca miró credos políticos, recibiendo y tratando por igual a unos y otros, afirmando aún más su fama de bondad y rectitud.

                                Al tiempo que en épocas de paz continúa ascendiendo su personalidad en la consideración popular, el prestigio como conductor de hombres y dirigente político de valía también persiste en ascenso. Fue presidente de la Junta Económico Administrativa (JEA) en la que actuó junto a los doctores Furriol, Oliveres, Braulio Tanco, Luciano Macedo y Fermín Hontou, entre otros, donde conforma una comisión popular con el proyecto de construir un puente sobre el Olimar, que culminaría años más tarde con la inauguración del puente sumergible.

                                Y llega la revolución de 1904, donde es convocado por su antiguo Jefe Francisco “Pancho” Saravia para ungir como segundo jefe de la División Cerro Largo, puesto que ocupó siendo depositario de la total confianza de su jefe, reemplazándole a satisfacción en varias etapas importantes, reafirmando de esa manera su prestigio de caudillo. Saravia es herido en Illescas, y la división queda a cargo de Del Puerto, quien enfrenta con éxito a la vanguardia de Muniz en el Paso del Conventos, en Melo y lleva a buen término otras acciones menos relevantes.

                                 El mismo día que fue herido mortalmente el General Aparicio Saravia, en el mismo campo de batalle es herido nuevamente Fructuoso del Puerto, ve morir varios de sus jefes y compañeros más apreciados, como Yarza, Antonio Mena o Guillermo García, también de la División 33, y es trasladado a curarse a tierras brasileñas.

                                Vuelto a la paz, en 1905, triunfa nuevamente en las luchas cívicas resultando electo otra vez para la JEA, propugnando siempre por el progreso y futuro de la localidad, hasta que nuevamente en 1910 el partido lo llama a revolución, esta vez como Jefe de la División N° 10, tras la muerte de “Pancho” Saravia. A su convocatoria, junta unos 600 hombres, con quienes concurre a reunirse con el grueso del ejercito comandado por Basilio Muñoz y Nepomuceno Saravia. Tras algunas escaramuzas, y ya con las tratativas de paz en marcha, le toca defenderse del ataque gubernista en el Cerro Copetón, en Rivera, que consistirá en la última batalla de esa fracasada revolución.

Testimoniando su importancia política, en 1925 la lista 3 del Partido Nacional se presentaba con las fotos de 5 importantes caudillos blancos desaparecidos: Agustón Urtubey, Bernardo G. Berro, Aparicio y Francisco (Pancho) Saravia y Fructuoso del Puerto. 

                                Otra vez en tiempos de paz, vuelto a su estancia y a su actividad política. estando en la cúspide de su prestigio ya a nivel nacional, enferma y muere en Montevideo a la edad de 42 años, en 1914, ante la consternación de todo el nacionalismo que reconoce esa pérdida como “uno de los mejores servidores”, calificándole como “apóstol de la verdad, de las nobles acciones e integridad”.

                                    Treinta y tres fue su cuna, a la que amó, mezclando los afectos del terruño y de la patria con el amor de la familia  y del hogar. Al decir de su amigo Javier De Viana, en su discurso de despedida en el cementerio: “ciudadano de puras virtudes, enseña inmaculada del nacionalismo.”

 

 

domingo, 16 de febrero de 2025

Entre mitos y mojones: teorías y realidades

                    En los confines del Barrio Libertad, entre el Camino de las Tropas que va a la Laguna de Arnaud y la vía férrea, hace muchos años ya se estableció una plazoleta para jerarquizar y conservar el antiguo mojón existente en el lugar. La misma, que además de contener una serie de juegos infantiles, conforma un muy lindo entorno de descanso y pasaje peatonal, cuenta además con un monumento en hormigón con la representación grabada del primer plano de la ciudad de Treinta y Tres mesurado por el Agrimensor Travieso en el que se destaca la leyenda que dice “Plano Fundacional de Treinta y Tres” 
                 
   
El mojón propiamente dicho, una construcción de ladrillo que escasamente se levanta más de un metro sobre el piso, tiene desde entonces en una de sus caras una placa de bronce que dice escuetamente “Homenaje a los fundadores – 1853 – 10 – 3 -1978”, aludiendo inequívocamente a la fecha de fundación de nuestra ciudad y la fecha de 1978 (cumpliendo los 125 años exactos de la fundación), me animan a suponer con seguridad aunque no lo he confirmado documentalmente, que haya sido en esa fecha que se realizó el diseño y parquización de la mencionada plazoleta. 


                      Estos dos elementos de conmemoración histórica antes mencionados, la placa en el mojón y el cartel de hormigón, y –porqué no- una cuota de desinformación de las autoridades que realizaron esa obra, han llevado que mucha gente tenga el convencimiento que ese antiguo mojón es uno de los “mojones fundacionales” que se habrían erigido durante las mensuras y delimitación del pueblo de Treinta y Tres, lo que no es correcto. Como se demuestra en la foto satelital que ha sido sobre escrita y que acompaña estas líneas, ninguno de los dos planos “fundacionales” cuyas copias también se adjuntan, ni el levantado por Joaquín Travieso en 1855 (la legua cuadrada y 63 manzanas) ni el de Amorín y Brun de 1862 (que demarca las chacras y aumenta el amanzanamiento a casi el doble, 121 manzanas), coinciden en ninguno de sus puntos de referencia con la ubicación del mojón que nos ocupa. 
                    A pesar de que existe alguna versión de la tradición oral que indica que el mismo estaría marcando el límite de las propiedades de los Teliz y los Medina, a cuyas sucesiones como es sabido la Sociedad Fundadora les adquirió la legua cuadrada donde se erigió el pueblo, sin dudas la explicación más razonable de la existencia del elemento de demarcación, es la sentencia judicial definitiva del largo juicio favorable a “el pueblo de Treinta y Tres” contra Lucas Urrutia y otros por la posesión de las tierras del Ejido, que en su enunciación devuelve los derechos de propiedad a la sociedad olimareña, obligando a quienes se habían adueñado de las casi 150 hectáreas y que lo habían alambrado para uso propio (Lucas Urrutia, Domingo Ferreira, Claudio Arnaud y Domingo Goyenola), dejarlo libre para el uso popular. Según informa Francisco N. Oliveres en su libro titulado “Los pleitos sobre el ejido”, de 1929, a pedido del Fiscal de la época, se mandaron construir mojones que delimitaran en toda su extensión el terreno del Ejido al oeste de la población “en el paraje denominado Los Ceibos”. El mismo límite que en su mensura de 25 años atrás, Amorín y Brun había hecho coincidir con el punto máximo de la creciente del Olimar.

                    Por otra parte, Luciano Obaldía Goyeneche en su obra “El solar olimareño” de 1970, también menciona el mojón que nos ocupa, señalando que “fue colocado por orden judicial en el pleito que seguían varios vecinos de ese entonces contra Lucas Urrutia. 
                    En mi opinión, con estas dos pruebas testimoniales y la demostración gráfica de la ubicación de los planos, queda demostrado sin dudas razonables, que el mojón de la plazoleta no es de ninguna manera un “mojón fundacional”, sino una demarcación construida 35 años después de la fundación de nuestra ciudad. En definitiva, un mito urbano que es falso. 

  El Mojón “del centro” 


                     En un predio particular, enfrente a la Plaza 19 de abril, concretamente en el patio de la casa lindera al edificio de la Jefatura de Policía, existe otra construcción de tipo mojón, que no guarda similitudes de ningún tipo con el que veníamos describiendo anteriormente: es más fino, más alto, y en una de sus caras está recubierto con losas de piedra laja, y en esa misma cara se aprecia claramente en su diseño, una inscripción con el Nº 33, y los dibujos de una cruz y una espada cruzadas entre sí, y que ha dado pie para crear opinión en el sentido que ese sí sería un mojón fundacional. 


                    Circulan versiones que inclusive aseguran que desde ese punto comenzaron las mensuras de la cuadrícula de manzanas para conformar el pueblo los agrimensores que, como ya mencionamos anteriormente, realizaron los planos originales. 
                    Hay un par de razones que en principio hacen dudar del origen fundacional de este elemento, y considerar esa versión como otro mito urbano. La primera de ellas, es que no está en el centro de las demarcaciones realizadas por los agrimensores delineantes: está a unos 80 metros al este y 12 metros al sur del punto donde se cruzan las diagonales de las manzanas que figuran en los planos de Travieso y Amorín y Brun, hecho que fue comprobado a mi solicitud por un par de agrimensores radicados en nuestra ciudad. La segunda, es que –como se puede apreciar en una de las fotos que acompaña estas líneas-, un par de metros más atrás del mismo hay otro, prácticamente del mismo tamaño pero sin recubrir, lo que hace pensar que originariamente fueron construidos ambos a la vez con un propósito que no es el de servir de punto de mensura. 
                    Sin embargo, la dueña de la casa que se crió allí y algunas vecinas que acompañaban juegos infantiles en el mencionado patio, nos han asegurado fehacientemente que –al menos el recubrimiento ornado, fue obra del recordado escultor olimareño Ramón Rubiños, reconocido por la utilización de la piedra laja en sus obras, quién realizó el trabajo por cuenta del dueño de casa en el entorno de los años 60. Una de las personas informantes, además, recuerda tener foto de un día de juegos en torno a la construcción, cuando aún no había sido recubierta. Los testimonios tampoco aseguran el significado del trabajo, aún cuando cabe suponer que el número Treinta y Tres alude a la ciudad, y la espada y la cruz entrecruzadas estarían simbolizando la unión del militar Dionisio Coronel con el párroco José Reventós, para la fundación de nuestra ciudad. Hay, incluso, quienes le dan una simbología relacionada con la masonería, de la cual no tengo ningún testimonio valido en ese sentido.
                    Confirmando estos datos, en la grabación en video de una entrevista realizada por la periodista Daniela Lemes al propio artista Rubiños, ésta le interroga acerca del referido mojón, y Rubiños sostiene que él lo hizo a requerimiento del escribano Isabelino Suárez, que ignora el significado exacto del diseño pedido, y que se encontraba sin finalizar porque Suárez así lo dispuso. 

El mojón de la cuchilla 


                        Existe un tercer mojón, éste ya lejos de la ciudad, a escasas cinco leguas en las estribaciones suroeste de la Cuchilla de Dionisio, perdido solitariamente en medio del campo y junto al camino que lleva a la escuela Nº 23, al que también se le atribuyen varios orígenes. 
                        La versión más confiable, sin dudas, es la que teoriza que ésta construcción data de finales de la década de 1870, en ocasión de la visita de monseñor Jacinto Vera, primer obispo de Montevideo, que en el marco de su recorrido por la zona este del país, realizó en ese lugar una misa, efectuando casamientos y bautizos entre los pobladores de la zona. 
                            Algunos veteranos pobladores de la zona consultados, han sido coincidentes en afirmar que el mojón que hoy existe durante muchos años tuvo en su vértice superior, una cruz de madera, de la que dieron cuenta el tiempo y la intemperie, y que al menos en una ocasión durante el siglo XX, fue restaurado con revoque nuevo para procurar su buena conservación. 
                            Las otras versiones, una que lo señala como determinando el límite entre las posesiones de Juan Francisco Medina y Antonio De La Quintana a principios del siglo XIX, y otra que establece un origen más moderno, como mojón de mensura de un trabajo de fotografía aérea realizado por el ejército nacional a mediados de los años 60 del siglo pasado, no parecen tener mayor veracidad.                                     Quizá haya en algún otro lugar del departamento otros mojones cuyo origen esté tan mitificado como en el caso de estos tres que mencionamos, pero en el caso de este último, por ejemplo y aunque no les conozco personalmente, tengo datos de la existencia de al menos otro muy similar en la 13ª sección de Cerro Largo, en las proximidades de Cañada Grande.

domingo, 24 de julio de 2022

El espacio de los muertos

 En 33, más olvido que patrimonio






                        Una especie de angustia respetuosa, con ingredientes de tristeza por la desolación y negligencia y algo de indignación por todo lo que implica su estado actual, son la mezcla de sensaciones que invade a los visitantes ocasionales de los abandonados y casi desconocidos cementerios rurales, que en un número no definido concretamente aún, pero que sin dudas supera  con creces la decena, aún resisten porfiados el paso del tiempo y la invasión de las fuerzas de la naturaleza, a todo lo largo y ancho del departamento.
                        De algunos, solo quedan mentas, como el que cuentan que existió en las cercanías de Passano sobre las costas del Cebollatí, a corta distancia de la hoy estancia Los Naranjos, del cual informantes de la zona aseguraron que contaba con varios panteones, algunos nichos, y muchas cruces señalando sepulturas en tierra, y que el cambio de curso del río en su devenir fue socavando hasta dejarlo bajo las aguas, totalmente perdido.
                        Otros, como el más conocido de todos, comúnmente denominado “Cementerio o Panteón de Menéndez”, (Foto principal) en las cercanías del paraje Piedra Sola, son un ejemplo de cuidado y conservación, a pesar de algunos intentos de vandalismo que ha sufrido en los últimos años. Es, sin dudas es el que se conserva más en condiciones y mejor estéticamente, a pesar que hace muchos años ya que no se llevan a cabo sepelios en el lugar.
                        Pero hay al menos una media docena, que están completamente abandonados del cuidado humano, invadidos por la vegetación que ha tomado cuenta en la mayoría de los casos de las construcciones. Son hogar de animales silvestres: víboras, zorrillos, comadrejas, tatúes y hasta zorros conviven con abejas, avispas y colonias de hormigas que se apoderan de panteones y sepulcros amparados en la paz de los camposantos, que solo es interrumpida ocasionalmente por vacunos en busca de sombra y abrigo, o humanos en procura de historias.
                                Un sitio tan relevante históricamente como el “cementerio de Urtubey”, en la costa del Olimar Chico a poca distancia del Paso Carpintería, está prácticamente destruido, sus tumbas y restos diseminados en un monte natural nacido con seguridad al influjo de la existencia de ese espacio donde se sabe que descansan los restos del propio coronel Agustín de Urtubey, ex Jefe Político y de Policía de los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres, Jefe de la División Treinta y Tres de los ejércitos nacionalistas en varias revoluciones, su esposa, Josefa Oribe y su hijo, el comandante Lasala, entre otros destacados forjadores de la historia regional.

                        Muchos otros de los cementerios patrimoniales a ojos vistas año a año van siendo invadidos por el monte natural. Son lugares que prácticamente no son visitados. Los deudos olvidaron a sus muertos queridos, o como sucede en algunos casos, trasladaron sus restos luego de reducidos a algún cementerio urbano, y el viejo lugar de reposo ya no recibe flores ni una mano que le arranque las malezas. Y eso pasa con el “Cementerio del Yerbalito o de los Antoria”, en costas del Yerbalito; con el “Cementerio de los Fleitas”, en Cerro Colorado; con el cementerio de las Averías, en la sexta sección, con el de los Moreira cerca del Avestruz, o el de los Pérez, más al norte en el camino a Tupambaé; con un par de cementerios en la “séptima baja”, el Cementerio de los Artigas, limítrofe a nuestro departamento a pesar que técnicamente está en Lavalleja, y ni restos quedan tampoco del “Cementerio de los Teliz”, en el camino a Leoncho, y quien sabe de cuantos más desperdigados por la campaña olimareña y que aún no conocemos.
                            Situación similar por lo disímil de los casos particulares, asimismo, la constituyen los “panteones”, monumentos funerarios que sin llegar a ser cementerios, suelen ser lugares de descanso eterno de familias muy arraigadas a las zonas donde están enclavados. Hay algunos que ya nadie se acuerda ni siquiera por tradición oral a que familia pertenecieron, y otros que a pesar que las familias directas ya hace años que no existen, los propietarios de los campos a lo largo de los años se han preocupado en mantenerlos razonablemente conservados. Sin dudas a consecuencia de las dificultades para el traslado hacia las ciudades que quedaban a grandes distancias, este tipo de construcciones se observan en toda la campaña del departamento. Hay algunos de los que solamente se conservan al arco de mediopunto que abrigaba la puerta de ingreso, y otros que mantienen intacto su señorío, sus inscripciones y su ornato muchas veces con gran influencia de la masonería.


                    Cementerios urbanos como los de María Albina e Isla Patrulla prácticamente puedan considerarse intermedios o casi rurales, ya que aunque son asimilados a una urbanización que los sostiene, atiende y mantiene en condiciones, el uso de sus instalaciones para nuevas inhumaciones es cada vez más escaso, en la mayor parte de los casos porque ha caído significativamente también la población que ocupan esas localidades.
                            Otro de porte más intermedios, como el de Charqueada, o más grandes aún como los de Santa Clara y Vergara, guardan en sus perímetros verdaderos monumentos funerarios, como el de Aparicio Saravia en Santa Clara o el muy documentado por el amigo e historiador local Jorge Muniz de Venancio Alves en Vergara, que está en camino a ser nominado justamente como “Patrimonio Histórico Nacional”.

 
Los tres cementerios de Treinta y Tres

 
                            Al igual que lo que sucede en el cementerio de la capital olimareña, que también tiene algunos ejemplos de magnificencia en sus esculturas y mármoles, como el Angel del marmolista Juan Azzarini cuya foto se adjunta, la riqueza constructiva e histórica que develan desde la más humilde tumba hasta el mausoleo más trabajado, tiene relevancia significativa en los nombres de quienes descansan en ellos, y la importancia que tuvieron para su región, su comunidad o tan solo su familia, que es también una pieza relevante en la cadena continua de los sucesos históricos. Es sin dudas lastimoso, que de los primeros dos camposantos treintaitresinos no se conserve ni una sola fotografía, ni un solo documento descriptivo, y tan solo referencias a su demolición o construcción complementen la tradición oral.
                          

 
La primer necrópolis que tuvo la entonces Villa de los Treinta y Tres, se ubicaba en la zona actualmente conocida como el “potrero de los burros” adyacente a la hoy avenida Ariel Pinho, más o menos a la altura donde se utilizaba hasta hace poco tiempo atrás para los juegos de “fútbol callejero”, patrocinados por el inolvidable gestor ya desaparecido “Tato” Silva. A él hacen referencia en sus trabajos históricos tanto Oliveres como Macedo, pero sin dudas el mejor documento existente relativo a su ubicación es la hijuela hereditaria de la chacra de Miguel Palacio, que se conserva en el Museo Histórico local, donde dice que el límite Sud oeste de la parcela adquirida era el predio del “cementerio viejo”, como se puede apreciar en la ilustración adjunta.
                            A pesar que algunos especuladores contemporáneos suponen que el origen de este primer camposanto sean más antiguo que la fundación de la ciudad de Treinta y Tres y se remonte a la época de la batalla del período artiguista cuando Gorgonio Aguiar intentó detener el avance del ejercito portugués sufriendo una derrota categórica con impo
rtante número de patriotas muertos, que cual costumbre de la época deben haber recibido sepultura, y deberían haber buscado para hacerlo una distancia lejana a donde se imaginaban llegaría la creciente. No debemos olvidar que eran gente de paso, ninguno conocedor de la magnitud de las crecientes del Olimar, pero además era el mes de enero y el río seguramente con poco cauce tampoco daba para sospecharlo.
                                De acuerdo a esta teoría, una vez asentado el pueblo en la demarcación acordada, a partir de 1855, sería lógico para el pensamiento de la época continuar usando lo que hasta entonces todos conocían por el lugar de enterramiento de la zona.
                                Este primer cementerio pronto mostró su pésima ubicación ante los furiosos embates de las crecidas del Olimar, que cada vez que llegaba hasta su emplazamiento dejaba al descubierto restos y osamentas, rompiendo estructuras y provocando la necesidad de arreglos y reparaciones. Y en poco tiempo, las autoridades municipales se pusieron en campaña de construir una nueva necrópolis, y debido a falta de fondos propios para encarar esa obra, se realizó un convenio con cura ese entonces, el padre Ramón Rodríguez, para que fuera construido con fondos eclesiásticos y administrado por Rodríguez hasta haber recibido el pago total de la inversión realizada.
                                    Es así que, en pocas palabras, por ese convenio se construye lo que sería el segundo cementerio de Treinta y Tres, que se llamó “De la Soledad” y estaba ubicado aproximadamente donde se erige hoy la Iglesia de la Cruz Alta y un par de manzanas adjuntas hacia el norte. Este camposanto comenzó a funcionar en el entorno de los años 70, y en la misma época se produce el vaciamiento del primero y traslado de los restos al segundo. El decreto municipal sugerido por la Comisión Auxiliar de Treinta y Tres dispuesto por la Junta Económico Administrativa de Cerro Largo con la firma de su Presidente Torcuato Marquez, indica en la parte medular de su artículo 28 que “ todos los restos humanos que están en el lugar denominado Cementerio Viejo se conducirán el día 2 de noviembre de 1873 al osario común del Cementerio nuevo con la formalidad y el respeto que esto requiere”, ordenando en el artículo siguiente que luego de ese día “se procederá a extinguir todo vestigio que revele para lo que aquel lugar ha servido.”

                                        El cementerio de la Soledad, entonces ubicado fuera de lo que eran los límites de la planta urbana, pronto se vio cercado por el crecimiento de la localidad, y se hizo nuevamente necesario su traslado en los alrededores de finales del siglo XIX, para lo cual se construyó esta vez con fondos municipales el tercer cementerio de Treinta y Tres, en la ubicación donde actualmente se encuentra, aunque obviamente de muy menores proporciones. Del segundo cementerio, en poco tiempo más, tampoco quedaron vestigios, solo recuerdos, anotaciones en los libros parroquiales y en algunos pocos documentos de traslado de restos que se conserva en archivos de la comuna.


viernes, 1 de enero de 2021

Las bases de nuestra historia

 Lucas Urrutia y su informe de 1872

 

                                        Sin ningún lugar a dudas, la casi desconocida aunque muy nombrada monografía redactada por Lucas Urrutia cuando culminaba el año 1872, poco menos de 20 años después de la firma del decreto fundacional de nuestra ciudad, constituye no sólo un documento valioso para conocer detalles de esa época referentes a Treinta y Tres, sino que es –además- el punto de partida ineludible para todos quienes desde entonces, nos interesamos por la historia local.


                                        Rescatado casi con toda seguridad por el Doctor Francisco N. Oliveres a principios del siglo XX de algún archivo olvidado en Cerro Largo, fue publicado por la Comisión Organizadora de las fiestas conmemorativas del cincuentenario de la creación del departamento de Treinta y Tres en Agosto de 1935, con el pomposo y altisonante nombre de “Informe de la Comisión Auxiliar de Treinta y Tres a la Junta Económico Administrativa de Cerro Largo en diciembre de 1872 redactado por su secretario Don Lucas Urrutia”, y prologado y comentado por el propio Oliveres.

                                        El extenso informe, como es lógico, se refiere únicamente a la problemática y actualidad de nuestra ciudad y sus adyacencias a escasos 20 años de su fundación, siendo que administrativamente Treinta y tres formaba parte aún de la 5º sección de Cerro Largo, y es una detallada muestra combinada de rendición de cuentas con aspiraciones de mejoras en muchos rubros, y ya se atisba en su redacción las primeras menciones para convertir a Treinta y Tres en la capital de un nuevo departamento.

                                        A los efectos de realizar esta breve síntesis, podríamos dividir este trabajo de Urrutia en dos partes complementaria. En la primera, luego de una introducción donde explica las razones de redactar tan extenso documento, que básicamente son dar cuenta de las acciones llevadas a cabo por la Comisión Auxiliar que integra como secretario y rendir cuentas de los ingresos y gastos de la misma.

                                        Entre las más de 20 “materias” como las llama el autor que trata la primera parte de su comunicación a sus superiores de Melo, Urrutia comienza realizando un racconto de las actuaciones de la Sociedad Fundadora, hace una encendida defensa de la creación de una “Policía municipal”, y detalla estado, historia y proyectos refenente a temas tan diversos como el Cementerio Público, la Iglesia, las Escuelas Públicas y la educación, la Cárcel, las propiedades municipales, Pasos y balsas y caminos públicos. Dentro de los temas estrictamente municipales, además, se extiende también en lo que hace al “régimen interno” de la corporación, a temas de estadística, de jurisdicciones, tasas e impuestos (Derechos de abasto, permisos para edificar, rentas locales y presupuesto, entre otras.



                                        En lo que tiene que ver con la sociedad, la vida social y pública, hay capítulos referidos a la agricultura, al abigeato, a las Boticas, a médicos, vacunación y salud, Correos y comunicaciones, haciendo un verdadero estudio sociológico de la actualidad de entonces en la novel villa.

                                        En lo que sería la segunda parte, el autor detalla exhaustivamente en seis “anexos”, muy bien explicados y documentados, los aspectos más importantes de los temas que considera esenciales, y es –sin dudas- la parte más destacada del documento.

 

Informe de la comisión Fundadora y estadística

 

                                        Al iniciar este capítulo, Urrutia realiza una reseña pormenorizada de “todos mis trabajos en el delicado pero honroso cargo que mis coasociados me habéis conferido” –vale aclarar que era entonces el Gerente de la mencionada Sociedad Fundadora-, informando del ordenamiento de los libros de la sociedad, la consecución de la escritura de propiedad de la legua cuadrada adquirida originalmente, y el otorgamiento de títulos escriturados a todos los propietarios de terrenos que pudieran justificar la propiedad, mediante el canje de los recibos originales extendidos por la Comisión.  Hace mención también, en este apartado, de los reglamentos de ordenamiento territorial realizados, donde obliga a cercar los terrenos, guardar distancia de construcción respecto a las calles, y homogeneizar el tipo de construcción en algunos lugares, especificando por ejemplo que “la población (casa o comercio) que se construya sobre la línea de la calle no se permitirá que tenga techo de paja, ni pared que no sea de ladrillo”, ya desde el año 1866.

                                        Acto seguido informa de un error en la primer mensura de la legua cuadrada medida por Travieso en 1855, que se rectificó con la mensura de Amorín y Brum realizada en 1861, que además modificó la cantidad de manzanas destinadas a solares. Ambos detalles, el error en exceso del primer plano, y el aumento del área de solares, dieron lugar a una serie de disputas y acuerdos, muchos de los cuales fueron zanjados por las buenas, pero en algunos casos, como por ejemplo sucedió con la Chacra de Palacios, debió llegarse a una decisión judicial tras un largo juicio de varios años de duración.

 


Algunas Estadísticas

 

                                        Presentando este apartado, Urrutia sostiene que presenta las siguientes estadísticas “para dar una exacta idea de la importancia actual de esta localidad, cuyos datos he recogido yendo personalmente casa por casa”.

                                    En lo que refiere a la población de entonces, afirma:

                                    El número de habitantes que residen en la legua cuadrada asignada a este pueblo por ley, asciende a 1.804.

                                    Viven en el terreno de solares 1.186 almas, en 106 casas de material y 53 ranchos de paja.

                                    En el terreno de chacras, viven 618 almas, en 21 casas de material y 62 ranchos.

                                    Acto seguido, indica que “son 242 poblaciones que contiene en promedio 7 pesonas y media”, de las cuales saben leer y escribir 529, saben solamente leer 282 y ni leen ni escriben más de la mitad del total, 993 personas.

                                    Con respecto a la nacionalidad de los habitantes de entonces, Urrutia publica la siguiente tabla:

Orientales       1506

Españoles        128

Brasileros        76

Franceses        29

Italianos          27

Africanos        16

Argentinos      12

Portugueses    4

Alemanes        4

Paraguayos     2

Total    1804

                                    Asimismo, especifica que “son de color, es decir, negros y pardos  267, mientras que los blancos y mestizos de indio suman 1537.

                                    Refiere que hay 183 niños y 207 niñas de 7 a 14 años de edad que pueden recibir educación: total 390 niños.

                                    De éstos hay matriculados en la escuela de niños municipal 61, además de 1 adulto y 11 menores de 7 años (total 73), siendo la asistencia media en el mes de 45.

                                     Hay en la escuela de niñas, también municipal, matriculadas 51 y además 2 adultas y 8 menores de 7 años, total 61, con una asistencia media de 39.

                                    Reciben educación es escuela particular 13 varones y 21 niñas.

                                    El total de matriculados de 7 a 14 años es de 134, es decir, una tercera parte del total.

                                        En lo que tiene que ver con las profesiones y comercios existentes en momentos de la elaboración del informe, el detalle es el siguiente:

Casas de Giro e industria

Tienda y Pulpería       17

Herrerías         2

Carpinterías    2

Zapaterías       2

Platerías          2

Confiterías      1

Sastrería          1

Billares            2

Retratistas       2

Tahonas          1

Hornos de Ladrillo     3

 

                                            De estas 36 casas de comercio, 23 pertenecen a españoles, 5 a franceses, 2 a brasileros, 1 a un alemán, y solamente 5 de ellas están en manos de propietarios orientales, razonando en este punto Urrutia que “tristes frutos de nuestras guerras civiles” son los que llevan a que casi la totalidad del comercio esté en manos extranjeras.

                                            Con respecto al aspecto social, y tomando el cuenta no solo el pueblo sino el área de influencia de la iglesia, el informe asegura que desde la fundación “se han contraído 63 matrimonios, se han bautizado 779 niños, y en el cementerio se han realizado 68 inhumaciones.

 


Curiosidades, datos e historia

 

                                            Además de los temas detallados precedentemente, el extenso informe se ocupa también de hacer un pormenorizado relato de la situación y solución propuesta para los principales problemas de interés público de la entonces novel “Villa de los Treinta y Tres”. Recuérdese que en la época, nuestra ciudad contaba con menos de 20 años de fundada.

                                             Uno de los problemas que más preocuparon a la Comisión Auxiliar entonces, fue sin dudas el del Cementerio público, tema al que se le dedica especial atención. En este apartado comienza explicando el aspecto económico de la construcción del nuevo cementerio realizada por el Cura Vicario Ramón Rodríguez según contrato realizado con la Junta Económico Administrativa de Cerro Largo de la cual dependía administrativamente esta ciudad. Se refiere al segundo cementerio que tuvo nuestra ciudad, que fue llamado “De La Soledad”, estaba situado en la zona de la Cruz Alta, y funcionó hasta finales del siglo XIX

                                                Al respecto, el informe destaca en primer lugar las cuentas, haciéndose constar con números que omitiremos, que la deuda de entonces con el constructor “quedará amortizada en tres años más”, afirmando más adelante que “a fin de 1874 el Cementerio pertenecerá exclusivamente al Municipio”. Luego, informa que el primer cadáver supultado fue el de María Jesús Carballo, esposa de Pedro Méndez, vecino de Los Corrales en la 2º sección de Minas, el 31 de agosto de 1865, aunque la bendición del Cementerio no se realizó sino hasta mayo del 1867 durante la visita del Obispo de Megara y Vicario Apostólico de Estado, Monseñor Jacinto Vera.

                                                En el marco de este informe, además, Urrutia elabora y eleva un proyecto de reglamento para el funcionamiento del Cementerio, donde además de regular las prácticas habituales comunes a todos las necrópolis de la época en materia de venta y arrendamiento de panteones, nichos y espacios en tierra, incorpora obligaciones para la revisación y autopsia de los casos dudosos, así como el intento de prohibición de enterramientos sin control en la campaña, práctica habitual de entonces. A este respecto, argumenta: “en los pueblos de nueva creación y en las condiciones de este, cuesta infinito extinguir los resabios encarnados en las masas de nuestra extensa campaña, y es así que todavía conservamos la práctica de dar sepultura a los cadáveres sin averiguar debidamente si para su fallecimiento ha mediado alguno de los tantos crímenes que no deja de haber, o si la muerte ha sido natural. He visto con alguna frecuencia que cadáveres que necesitaban una inspección científica o al menos judicial muy prolija para averiguar tal vez un horroroso crimen, han sido sepultados sin formalidad alguna. Si esto sucede aquí en el pueblo, presentes las autoridades y aun debido a ellas mismas ¿Cuántos crímenes se ocultarán en la campaña, donde cada cual parece estar autorizado para sepultar un cadáver allí donde mejor le plazca y que no está al alcance de la acción judicial?  Es tiempo ya que desaparezca este espectáculo que nuestros campos presentan de ser un vasto cementerio, en los que a cada paso se hallan cadáveres sepultados” 

                                                    El reglamento, sin modificaciones, es aprobado al año siguiente por la Junta Económico Administrativa, con una disposición transitoria que conminaba a trasladar los restos del “cementerio viejo” hacia el nuevo a más tardar el 2 de noviembre de 1873 “con la formalidad y respeto que esto requiere”, apercibiendo que tras esa fecha, de los restos existentes “dispondrá esta Corporación que inmediatamente procederá a extinguir completamente todo vestigio que revele para lo que aquel lugar ha servido”. Cabe recordar que el primer cementerio de la ciudad, estaba ubicado en terrenos del ejido, a la derecha del camino que va hacia el parque del Río Olimar.

 


De la Iglesia y sus imágenes

 

                                                La Iglesia, su historia, construcción y alhajamiento, ocupan también un lugar preponderante en el detallado informe de Urrutia.  Comienza el apartado dedicado al tema, realizando un “racconto” de sus inicios, cuando ante la fundación de la ciudad, el Cura Vicario José Reventós, además por entonces presidente de la Junta Económico Administrativa de Cerro Largo, mandó construir el primer Oratorio en el año 1857 (aproximadamente en el lugar que hoy el Sanatorio, en Basilio Araújo casi Juan A. Lavalleja) y donde se celebró misa por primera vez el 25 de diciembre de 1858. Previamente, según reza el informe, en el mes de julio de 1855, se había empezado a construir en el local que hoy ocupa la iglesia, frente a la plaza 19 de abril, una serie de construcciones que se destinarían a templo la principal, y las demás a casa rectoral y escuela y oficinas públicas.

                                                Con respecto a la construcción del tempo, que demandó años y aún a la fecha del informe estaba inconcluso, Urrutia detalla, planos, solares, precios, proveedores y trabajadores de la obra, que en ese momento era dirigida por Nicolás Pomata, así como materiales y avance de obra, que fue bendecida aún sin culminar en marzo de 1871.

                                                Por otra parte, además, individualiza las imágenes existentes, aunque resalta que son escasas para su envergadura, resaltando que una imagen de la Soledad y dos grandes cuadros que adornan el altar mayor las ha concedido en préstamo él mismo, explicando luego que la imagen del Señor Crucificado, de 6 palmos de altura, es tallada en madera de laurel del monte del Olimar, colocada en la capilla del lado izquierdo, mientras que “la de Nuestra Señora de los Remedios, en el lado derecho, es la que trajo Reventós para esta iglesia”. Aclara además, que se mandaron pedir a Europa donadas por la familia Oliveres, las imágenes de los patronos San Vicente y San Salvador, y establece también que “el señor Cura tiene también una de San Antonio, de la misma madera, del monte del Yerbal, obra también en escultura pero que le falta aún la pintura”.

 

Otros planteamientos municipales

 

                                            Tal como señaláramos en la primera parte de esta síntesis son abundantes los ítems que desarrolla el informe que nos ocupa, del cual hemos resaltado, a nuestro juicio, los aspectos más relevantes, aunque no podemos dejar de resumir muchos otros que quizá despierten la curiosidad de los lectores.

                                            Por ejemplo, hay todo un capítulo dedicado a la educación, detallando escuelas, maestros y preceptores y relatando además muy pormenorizadamente el resultado de los exámenes escolares del año de referencia, habiéndose examinado separadamente varones y niñas, en 7 materias. Las materias para los varones fueron Lectura, Escritura, Gramática, Arimética, Geografía, Doctrina Cristiana y Catecismo; para las niñas, las mismas excepto Geografía, la que era sustituída por “Labores de adorno”

                                                Otro de los temas que por su extensión y desarrollo aparecen como de cabal importancia para los gobernantes de la época y para Urrutia en particular, es lo referente a lo que él llama una Policía Municipal, independiente de la Policía Miliar existente entonces, y que “se encargaría del cuidado de todo lo que corresponde a garantías vecinales”, actuando además como “brazo ejecutor de los impuestos y de todo lo que esencialmente corresponde al municipio”. Urrutia planteó y obtuvo la creación de tres puestos de trabajo con esta denominación, que básicamente estaban encargados de conducir oficios, citaciones y demás diligencias actuando como ordenanza y alguacil de los juzgados; revisar toda clase de patentes, pesas y medidas, derechos de abasto, contribuciones y demás rentas  municipales; vigilar alumbrado público, animales sueltos, garantía del agricultor o otras funciones de injerencia públicas.

                                                Con respecto a las individualizaciones de otro tipo de actividades municipales, Urrutia mostró preocupación por el abigeato, la agricultura, el tema de médicos y vacunaciones, los permisos para edificar, el estado de vías y caminos, los derechos de abasto, la construcción de una cárcel, lo referente a correos y comunicaciones, así como reveló su preocupación sobresaliente por el correcto funcionamiento de los pasos y balsas aledaños a la ciudad, que considera “actualmente mal servidos”, tanto el de Olimar, a cargo de Dionisio Vaco, como el de Yerbal, bajo responsabilidad de José Rodríguez.

                                                Para finalizar este resumen, y como corolario curioso, transcribiremos unos párrafos que se le dedican al agua potable y los baños, donde dice textualmente: “Está rodeado este pueblo de magníficas aguas procedentes de los arroyos Olimar y Yerbal y dos grandes lagunas. Por su proximidad al pueblo y por sus cualidades potables, estaba sabiamente establecido que se usase la de la laguna llamada de Ferreira para tomar, sin perjuicio de que cada vecino pudiera proveerse de donde mejor se le antojara. Es por estas poderosas razones que hasta ahora estaba prohibido que la gente fuera a bañarse en ella, dejando para este objeto al gran laguna Etchepar y los dos arroyos en toda su extensión. Desgraciadamente, este año la Policía se entrometió en el asunto y autorizó que la laguna Ferreira fuese profanada por los bañistas, con perjuicio de la población pobre y con escándalo del público.”