lunes, 11 de mayo de 2026

Entre Cerritos y Barcazas

Antecedentes y futuro de La Charqueada



             La localidad Gral Enrique Martínez, más y mejor conocida como “La Charqueada” en una urbanización del departamento de Treinta y Tres enclavada junto al río Cebollatí a muy poca distancia de la desembocadura del arroyo Parao. Por vía fluvial, está a similar distancia de los puertos brasileños de Santa Vitoria do Palmar y Jaguarâo (unas 55 millas náuticas, el equivalente a unos 100 kms) y con comunicación directa con los puertos de Pelotas (100 millas/190 kms) y Río Grande (150-160 millas o unos 250 kms. aproximadamente.

                Por vía terrestre, dista 60 kilómetros de la capital olimareña por la Ruta 17, 35 de Vergara por la ruta 91, y unos 175 kms. a Rocha, pasando por Cebollatí y con cercanías a Lascano. Esta situación geográfica, como veremos, cobra relevancia e tiempos presentes, pero también ha sido muy relevante para su concepción y desarrollo.

                De hace 4500 años atrás, o más quizá han sido datados algunos de los más antiguos y grandes cerritos de indios de la costa baja del Cebollatí; tanto la que forma rinconada con el Parao en su barra, y la del sur, donde se extienden los humedales camino al mar y a la laguna.

           Los montículos, que han sido y son estudiados permanentemente, han permitido en sus excavaciones arqueológicas recuperar esqueletos de animales domésticos, instrumentos de piedra y hueso, vasijas de cerámica, restos orgánicos y de alimentos y ocasionalmente algún resto humano.

                La existencia de estas construcciones y sus hallazgos, nos permiten afirmar que hace mucho tiempo que pobladores originarios, de manera permanente o transitoria, poblaban y vivían en este territorio.

                Pero lo que tiene que ver con registros escritos por nuestra civilización occidental, tienen su comienzo, muchísimo tiempo después, hace alrededor de 300 años atrás, con algunas referencias a la zona, sin mucha descripción específica del lugar, en algunos diarios de los religiosos jesuitas que regularmente recorrían la zona de la “Vaquería del Mar”, centro criador de los vacunos que eran necesidad y riqueza de los pueblos guaraníes “cristianizados”.

                Posteriormente, ya en épocas de la expansión de los reinos conquistadores de España y Portugal, en los registros de ambos contingentes existen referencias de la zona relacionadas -sobre todo- con partidas de corambreros acumulando cueros para comerciar del lado de la frontera que más les conviniese, partidas de piratas de río o grupos de forajidos, rancheríos indígenas o simplemente troperos y comerciantes contrabandistas 

                En 1784, concretamente, en el marco de la Segunda Demarcación de Límites entre los reinos de España y Portugal, titánica tarea que llevaron a cabo dos partidas de peritos, soldados marineros y personal de logística, una delegación representando al Rey de España encabezada por el Teniente de Navío Diego de Alvear y otra de la corona portuguesa regida por el gobernador de Río Grande Xavier da Veiga Cabral, con un total de unos 300 hombres entre ambas. Estas partidas, de acuerdo con los tratados de la época, realizaron durante meses una minuciosa recorrida por la Laguna Merín, por cada curso de agua que desembocara en ella, y dentro de éstos, recorriendo cada uno de sus afluentes hasta sus nacientes. Muchas de las peripecias de este trabajo, quedaron registradas para la posteridad en sendos Diarios de Viaje que la delegación española fue llevando, uno del propio Alvear y el otro del Piloto Oyarbide, y en anotaciones de la delegación portuguesa.

  Ahí se relata la situación al adentrarse en el Río Cebollatí desde la Laguna, el que comienzan a recorrer optando por realizar su campamento principal  “al abrigo de altas barrancas del Cebollatí algunas millas aguas arriba de la desembocadura del Parao”, proporcionando coordenadas de ubicación que coinciden con apenas segundos de diferencia con las que hoy conocemos de La Charqueada, manteniendo su centro de operaciones activo por varios meses mientras duraban sus investigaciones. 

                Dice Alvear: “la tarde del 26 entramos en el río Cebollaty, una de las más considerables vertientes de la Laguna Merín, no solo por el gran caudal de sus aguas, que trae de larga distancia, sino también por el confuso y complicado laberinto de multitud de brazos que se le agregan no menos cortos que el tronco principal, formando la configuración de un gran árbol con muchas ramas, y regando de este modo vastas porciones de terrenos capaces de formar una muy dilatada y fértil provincia. (…)” al tiempo que testimonian del frecuente encuentro de viviendas, chozas o tolderías que denotaban al menos la habitación pasajera de humanos en esas tierras. 

                Y continúa “tiene el Cebollaty a su entrada tres islas muy pequeñas y después otras dos mayores a las 4 y 6 millas; y en este corto trecho que gira al OSO, forma por una y otra orilla muchos sacos o bocas falsas que internan bastante y engañan a los poco prácticos del verdadero canal. (…) todos nos vinimos a juntar en el paso de la Cruz, como a 10 millas de la barra, y en la latitud de 33º 13' 26". El arroyo Parado que viene del NNO, entra a las 8 millas sobre la punta austral de la isla mayor, que tiene de largo cerca de 1 legua.


                    Por consejo de los baqueanos, se pasó toda la hacienda a la banda septentrional, siendo la opuesta muy pantanosa, sucia y de mal camino, para lo que convidaba una hermosa y ancha picada, abierta de mucho tiempo antes, y bien usada en el monte espeso de las dos orillas, (…) por indígenas, bandoleros y contrabandistas.”

                La latitud exacta tomada con medios modernos y satelitales de la zona del muelle es de 33º 12’ y 32’’; la de la explanada de la hoy casa de la familia Valiño, es 33º 12’ 48’’, y la del camino de la balsa La Quemada (estancia La Gloria), 33º 13’ 54”. En vista que él habla de un “paso” que denomina “de la Cruz” (seguramente porque hace una cruz con el río), me inclino a pensar que se trate más de un error mínimo en la medida en atención a las herramientas de mensura que utilizaban en esa época.

                Sería, entonces, la primera mención específica a este lugar que permaneció escrita.

                A principio del siglo XIX, el brasilero Joao de Souza Avila instala, en el mismo sitio, una factoría de charque, o “Charqueada”, donde produce el cotizado alimento y sus subproductos, los que son en su mayor parte embarcados y despachados para las localidades portuarias brasileñas: Río Grande, Pelotas y el hasta mismo Porto Alegre.

La “Escuadrilla de la Laguna” y la primer victoria naval republicana

                  Algunos años más tarde, en épocas de las luchas por nuestra independencia, en el entorno sobre todo de los tiempos de la Cisplatina (1816/28) hay nuevas menciones que le identifican como puesto estratégico militar.

                En un completo artículo escrito Juan Enrique Kenny y publicado en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay titulado “La escuadrilla republicana en la Laguna Merín”, el autor sostiene que ya en 1816 los portugueses habían paseado por aguas del Cebollatí y la Laguna el estandarte de la familia real portuguesa, sin encontrar fuerzas enemigas, asegurando un puesto de vigilancia en la zona, sin especificar el lugar.


                En 1826, la dirigencia militar de los orientales valora la importancia de dominar la Laguna Merín, en el marco de la guerra con el Brasil. En esa fecha, se arma una flota de botes para interrumpir el paso de buques comerciales portugueses, con moderado éxito.

                Kenny indica que “al puerto de la Charqueada de Avila” llegaron en los últimos días de diciembre de 1827, por tierra, dos lanchones enviados personalmente por Lavalleja desde el Santa Lucía para hacerse cargo de la vigilancia de las desembocaduras del Tacuarí y Cebollatí y las costas de la Laguna en la Charqueada de Ramírez. Hay un relato muy interesante sobre el traslado de las misma en carreta, por tierra.

                    El 4 de enero se produce el primer combate naval, entre los lanchones patriotas y la cañonera portuguesa “19 de octubre”, victoria revolucionaria, y el parte del episodio que se publicó en un diario de Durazno, estaba fechado en “La Charqueada de Avila”.

                    Mas de 20 años después, durante la Guerra Grande, el propio Giusseppe Garibaldi hizo propia la zona como comando de la “Escuadra de la Laguna” de Rivera hasta su derrota en la Laguna de los Patos en agosto de 1839 a manos del portugués Greenfell. Su edecán, el navegante italiano Bernardo Ganduglia, optó por quedarse en la zona para siempre asegurando la tradición oral que siempre recorría las orillas del Cebollatí “como buscando algo escondido”.



                    Una vez culminada la Guerra Grande y como consecuencia de una resignación de límites con Brasil, Uruguay se ve privado de navegar en toda su extensión las aguas tanto del Río Yaguarón como de la Laguna Merín, por lo cual el gobierno de Giró establece dos destacamentos para vigilancia del contrabando, uno en aguas del Cebollatí y otro en el Río Tacuarí, y aunque no se especifica su ubicación, no es de dudar que en el caso que nos refiere utilizaran el mismo emplazamiento ya acostumbrado.

                Las empresas de graserías, saladeros y “charqueadas” en la proximidad de esos mismos puestos de vigilancia (Puerto Gómez, Passano, Cebollatí, las dos Charqueadas de Ramírez), fueron congregando trabajadores y troperos que debieron ser los primeros pobladores efectivos de la zona, y que finalmente resolvieron a don Joaquín Machado, propietario de las tierras en que hoy se yergue el Pueblo General Enrique Martínez, y a Lucas Techera fundador de Pueblo Cebollatí, ambos a principios del siglo XX, a lotear y fraccionar sus tierras para la implantación de poblados que seguramente ya eran incipientes.


                La historia de la propiedad de la tierra del poblado, tiene su origen como “salida fiscal” la compra que hace Bruno Muñoz al Virreinato, que uno de sus herederos vende a Francisco Bauzá, luego adquiere el brasilero De Souza Avila que pone la charqueada y prosiguen diferentes dueños, perteneciendo en el último tercio del siglo XIX a la familia compuesta por el brasilero Joao Pereira de Medeyros y su esposa Paulina Lagos Vaz y a su fallecimiento, en el plano de división sucesoria, aparece la adjudicación de una fracción Joaquín Machado, que es donde finalmente él proyecta y lleva adelante este pueblo.

            Allí encontraron su lugar los jornaleros y sus familias, la gente trabajadora y emprendedora, pescadores, oleros y monteadores, peones de arroceras y de campo, una variada gama de personas entre las que se destacaba un nutrido grupo de lavanderas que llenaban las barrancas de colores y de flameantes banderas de crea con su sufrido trabajo de hacer un pozo en la orilla y lavar los atados de ropa que les encargaban.

                A partir del loteo y la venta de los solares, comienza paulatinamente el propio poblado a escribir su historia, de cara al río, de pesqueros y “furaos”, de yates y contrabandistas, de aventureros y puerto cosmopolita. A los trabajos zafrales, en todas épocas se les complementaba con pesca artesanal, explotación de leña en montes ribereños, o facturas de carbón y ladrillos, en cantidades tales que hasta se embarcaban normalmente a Brasil… sin exportar, claramente.

             La comunicación depende mucho de el río y la Laguna. Los caminos son anegadizos y precarios, y son épocas en que -como aún sigue pasando en un par de lugares-, los boteros que realizan el servicio de cruce de bienes y personas, tanto en el Cebollatí como en los cercanos Parao (hacia el Este) y Olimar (hacia Passano) se constituyen en un elemento aglutinador de comercio y familias. En el caso del Cebollatí, el cruce del curso de agua evolucionó con los años primero con una balsa en La Quemada y luego con otra en la propia localidad de Charqueda, y en el cruce del Parao se instaló el servicio de balsa que aún continúa, aunque modernizado. El cruce del Olimar frente a Passano, aún sigue dependiendo del servicio de botes.

                Entre 1926 y 27, la empresa Compañía Industrial de Productos Alimenticios (CIPA), comienza a desarrollar un gran proyecto agroindustrial en la cercanía de la localidad, l que le da un nuevo impuso a la misma con la inyección de muchas familias que se radican junto a la nueva fuente de trabajo. A su vez, ese emprendimiento mueve el tráfico de mercaderías y personas fundamentalmente por el Cebollatí, llegando a fundarse un pequeño poblado satélite del que aún se conservan vestigios.

                    Cuando comienza la automatización del proceso de siembra, cosecha e industrialización del arroz, se mueven nuevos rubros zafrales que ocupan mano de obra: los años de la importación de Café Brasilero fundamentalmente para Bracafé tras la puesta en marcha de su novedoso sistema de tratamiento del café para ofrecer un producto soluble e instantáneo. Llegan casi semanalmente lanchas repletas de bolsas de café importado que debían ser bajadas y cargadas en camiones para ser envidas a la capital del país. Al tiempo, habitual en la frontera, venía una lancha con papeles y dos sin ellos, ya que así la ganancia era más grande. Los estibadores no pedían papeles: para ellos una bolsa bajada eran 50 pesos más para ayudar a parar la olla. Hasta que un día que llegaron tres embarcaciones, La Gauchita, la Fronterista y la Palmeirante, apareció la autoridad de Aduanas y se decomisó el alijo: fue el último viaje de café que ingresó.

                Concomitantemente por esa época había llegado al pueblo un religioso de visión amplia, voluntad férrea y pujanza ejecutora, el Padre Monteleone. En poco tiempo, ausculta las difíciles condiciones de la población y promueve la organización de una cooperativa de pescadores que con su padrinazgo, crece y se afianza comercialmente desde principios de los años 60, constituyéndose no solo en una fuente de trabajo sino también en un modo de vida.

                La mejora en las comunicaciones y las mejores posibilidades estudiantiles y de futuro, ya en el último tercio del siglo XX, junto con la escasez de trabajos y el paulatino abandono de la actividad fluvial con los puertos, causa una merma importante en la población.

                A finales del verano de 62, una delegación de más de 25 veleros y yates brasileños llegan al puerto instaurando así una tradición deportiva y turística que se extendería por varios años. Todo el pueblo los esperaba cada año, como una oportunidad de vender servicios, pero también como quien espera a un querido amigo. Por esas épocas, también, dan comienzo las primeras Regatas Internacionales, que con el tiempo se convertirían en la más relevante prueba deportiva fluvial del país, y una de las más prestigiosas de Sudamérica.

             Desde entonces, la actividad turística y sus servicios conexos se convierten en una nueva e importante zafra para los charqueadenses.

                Ya entrado el siglo XXI, la realidad de la construcción del puente que atraviesa el Cebollatí acercando las poblaciones hermanas de Cebollatí y General Enrique Martínez, abre otras expectativas de comercio y turismo que recién al cabo de pocos años se están empezando a evaluar con un poco más de objetividad.

                Ahora, a mediados de 2026, la noticia que finalmente se ha comenzado por parte de las autoridades brasileñas al dragado necesario para habilitar la hidrovía comunicante de esta zona con grandes ciudades y puertos, impregna al poblado de la nueva esperanza, que sea finalmente un empuje portuario e industrial que restablezca las viejas líneas de pasajeros, pero que también se construya en la zona una moderna terminal de cargas con los beneficios que ello acarrearía en generación de puestos de trabajos directos e indirectos.

                    Probablemente, pronto se comience a reactivar también la caminería que permita llegar mayor capacidad de carga transportada por tierra, con la refacción de la ruta 17 y la bituminización de la ruta 91. Y ojalá, en el marco de la anunciada recuperación del tren hacia estos pagos, finalmente se pueda construir la extensión ya planificada en el año 1937 por el ingeniero Quintana que proyectó junto a la extensión del tren desde Treinta y Tres a Río Branco, un desvío desde la estación de Bañado de Oro hasta el viejo puerto de La Charqueada, tal como había soñado a fines del siglo XIX y principios del XX, el agrimensor y político Francisco J. Ross desde su trabajo “La Vialidad del Este”.

                Las acciones parecerían que dan razón a pensar que falta poco tiempo para ver las aguas del Cebollatí surcadas por convoyes de barcazas transportando granos, minerales, maderas y quien sabe cuantos productos más, pero sobre todo portando la esperanza certera de un crecimiento efectivo para la zona.



martes, 12 de agosto de 2025

Un sentir olimareño

José María Obaldía, el maestro narrador 

                José María Obaldía Lago, el “Tronco” como le apodaban cariñosamente sus amigos desde su adolescencia fue y es sin dudas uno de los máximos referentes de la cultura comarcana, no solamente por su nutrido trabajo literario, sino también porque pese a sus más de 70 años de desarraigo, en la mayor parte de su obra y en su propio accionar cotidiano, a lo largo de su vida demostró permanentemente su amor por el pago olimareño y su recuerdo, pertenencia e identificación con Treinta y Tres. 

                Obaldía nació en nuestra ciudad capital el 16 de agosto de 1925, donde transcurrió su primera infancia. Concurrió a la escuela Nº 1 y una vez finalizada la misma abandona sus estudios, como él mismo lo explica en una brillante entrevista concedida al periodista Cesar Di Candia: “... a los trece o catorce años ya tenía unas ganas bárbaras de trabajar. Yo tenía mis gastos y precisaba dinero. Fumaba a escondidas, jugaba al billar que costaba no me acuerdo cuanto la hora y alquilaba bicicletas que estaba muy de moda en el pueblo. Por eso trabajé en mucha cosa. Cuando estuve pasando una temporada en Montevideo, agarré como repartidor de una farmacia y luego de una panadería y de un almacén. Después estuve meses trabajando de ayudante de camionero en la zona de Rio Negro donde estaban haciendo la represa.” 

                 Siguiendo su propio relato, posteriormente se vino a trabajar a Vergara en la estación de tren, donde tenía parientes que le consiguieron como “meritorio”, lo que significaba trabajar sin remuneración a la espera de ser contratado, pero le convencieron, en 1943, de ingresar al liceo a terminar sus estudios, así que vuelve a Treinta y Tres a sus 18 años, con ese propósito, período en el cual se desempeña además como ayudante de notario, teniendo por esta razón que viajar regularmente por la campaña olimareña, tomando contacto con el paisaje y su gente. 

                     Ya finalizando el secundario, Obaldía obtiene una beca económica para continuar sus estudios de preparatorios en Montevideo, y a la finalización de los mismos a pesar de sus aspiraciones por estudiar medicina, se decide por hacer la carrera de magisterio. 

                    Culmina la misma y desarrolla toda su carrera docente en la capital del país hasta que en épocas de la dictadura, es destituido, no volviendo a ejercer el magisterio desde ese momento. En esas oscuras épocas de la historia de nuestro país, trabaja redactando las páginas de historia de la revista “Charoná” (aunque sin firmarlas, obviamente), y comienza su actividad radial, en Radio Sarandí, en un programa en el que contaba cuentos, a consecuencia del cual nace un trabajo editado por Sondor, en 1982, denominado “De los pagos de Obaldía”, con una selección de cuentos narrados en el que se destaca, sin dudas, la versión del Descubrimiento de América según Felipe González, y que tuvo también un éxito inmediato. 

La veta literaria 

                     Obaldía llega a la literatura, según sus propias palabras, a causa de su profesión. En los primeros años de docencia, utiliza la narración oral de cuentos y anécdotas de su infancia y de historias oídas en su adolescencia y primera juventud, como instrumento didáctico y forma de concitar la atención de sus alumnos. 

                    A este respecto, señala en una entrevista que “la clase quedaba en un silencio total, y eso llamó la atención de otros maestros que me fueron pidiendo que contara los cuentos también para sus clases, lo que finalmente sucedió, y uno de esos maestros fue quien me impulsó a que los escribiera y publicara un libro”. 

                    Ese primer libro, conocido seguramente por todos, titulado “Veinte mentiras de verdad”, fue editado por primera vez en 1971 y se convirtió en un éxito inmediato, que ocasionó que Obaldía iniciara sus charlas y conferencias en las escuelas, actividad que con las limitaciones propias de la edad mantuvo hasta edad muy avanzada. 

                    Después vinieron otros libros y canciones, algunas de las cuales incluso fueron cantadas por renombrados artistas como Los Olimareños, cuyo primer disco incluía una zamba de Obaldía titulada “Zamba del Olimar” y Teresita Minetti, Los del Yerbal, Los Hidalgos, Wilson Prieto, Ricardo Comba, etc. Su obra, mayormente de temática rural, abarca la poesía, el cuento, la novela y la literatura infantil.

                     El privilegió en su trayectoria el rescate de los narradores orales, esos hombres tan cercanos a los fogones de los payadores como lejanos a la literatura, recrean el mundo con libertad equivalente a la del creador. 

                     Se destacó como ya vimos como narrador oral, gracias a su experiencia acumulada en sus primeros años de vida en las zonas rurales del departamento de Treinta y Tres. Julio da Rosa decía de él que era capaz de “contar sabrosamente como pocos hemos sentido”. 

                    Incursionó además en otras corrientes, emanando de su pluma fértil más de una docena de libros y cientos de páginas publicadas en revistas y periódicos, sonetos y ensayos. Mediados los años 80, es invitado por la Academia Nacional de Letras a trabajar en la Comisión de Lexicografía, convocado en principio para “explicar” algunas palabras incluidas en su primer libro, que se tratan de vocablos o expresiones usadas particularmente en nuestra zona. Los trabajos se extienden por un tiempo, y en textos de otros autores de la zona van surgiendo nuevas palabras que ameritan su estudio, lo que desemboca en un muy interesante trabajo que Obaldía publica luego bajo el nombre de “El habla del pago” y que se convierte en su segundo libro más veces editado. 

                    Ingresa como miembro de la Academia en 1994, recibido por su coterráneo y amigo Julio C. Da Rosa, y ocupa la presidencia de la misma durante dos períodos, desde 1999 a 2003. Fue Académico Honorario de la Academia de la Cultura de Curitiba (Brasil) y Miembro Correspondiente de las Academias: Chilena de la Lengua, Argentina de Letras, Norteamericana de la Lengua Española y Real Academia Española. Recibió varios premios en concursos literarios dentro y fuera del país, y actuó como jurado en muchos de ellos, auspiciados por Intendencias Municipales, Ministerio de Educación, Club Banco de Seguros, Cámara del Libro, Fundación Lolita Rubial, etc. 

 Recibió la “Guitarra Olimareña” en el marco del Festival del año 2001, en un reconocimiento justo y merecido que su pueblo le debía a quien ha sido testigo y contador de las cosas de Treinta y Tres.

                    Falleció pocos días antes de cumplir un siglo. Con noventa y nueve años a cuestas, dueño todavía de una lucidez envidiable, Obaldía pensaba en volver a Treinta y Tres en cada ocasión posible.

                     Hablando al respecto, en una entrevista del año 2001, el maestro expresaba que “Treinta y Tres tiene un identidad propia. La vinculación con el medio, con el paisaje, los gratos recuerdos de infancia, el Olimar y el Yerbal van entrando en la personalidad y crean un perfil muy particular. En Treinta y Tres siempre han ocurrido hechos que permitieron que eso se mantuviera latente y con un latir muy cálido. Uno piensa en los escritores, los poetas, en los guitarreros, los acordeonistas que uno escuchó de gurí y todo eso integra una realidad que bien puede llamarse identidad comarcana, una sustancia del pago, un sentir olimareño”.

lunes, 17 de febrero de 2025

Fructuoso Del Puerto

 

Un nombre, dos hombres de prestigio e influencia regional

 

                                Nuestras tierras treintaitresinas han sido, sin dudas, aun desde antes de ser un departamento constituido, hogar de una estirpe de hombres destacados que el tiempo se ha ocupado de relegar al pasado, y a lo sumo la memoria de la historia les recuerda con el nombre de alguna calle, nombre que la mayor parte de las veces ni siquiera quienes transitan por esa vía de tránsito asiduamente, tenemos cabal conocimiento de quién fue esa persona y que méritos generó en vida.

                                El hecho de realizar una nominación de este tipo sin dudas contiene además del

Fructuoso del Puerto Silveira

homenaje en si, el propósito de inmortalizar una persona, y no merece ese olvido ni ese desconocimiento. Esta es una de las razones que me impulsó a realizar algunas investigaciones respecto a personas del nomenclátor capitalino, hijos de estos suelos o de destacada participación en hechos del viejo Treinta y Tres.

                                Uno de esos casos, posiblemente el más emblemático, es el de quien le da nombre al bulevar de ingreso a nuestra ciudad cuando atravesamos el Olimar por el “puente nuevo”, Fructuoso del Puerto, que sin dudas se refiere al caudillo nacionalista fallecido en 1914, pero que también recuerda a su padre, del mismo nombre, de trágico final en circunstancias aún no esclarecidas.

                                Fructuoso del Puerto Silveira, el padre, fue asesinado mientras ocupaba el cargo de Alcalde Ordinario de nuestra ciudad, en el año 1873, en un episodio confuso, cuando en medio de un clima político departamental muy tirante entre dos bandos, uno de los cuales tenía precisamente a Del Puerto como uno de sus cabecillas, y el otro a Lucas Urrutia y al cura Ramón Rodríguez, se produce un tiroteo en pleno centro treintaitresino, con el saldo de varias personas heridas y el mencionado Del Puerto, muerto.

                                El incidente según escribe Luciano Obaldía Goyeneche en su libro “El Solar Olimareño” (Montevideo, 1970, Imp. Don Bosco), basado en un testimonio escrito del testigo presencial del hecho don Faustino Hoz Rigada, da comienzo cuando Elías Uriarte, amigo del Del Puerto y contrario de Urrutia, pide permiso al Comisario Domingo Ferreira para realizar una manifestación por las calles de la Villa, permiso que se niega por el mencionado jerarca policial, que sospechaba que ese acto podría acarrear consecuencias no deseadas. La situación entre los dos bandos políticos era muy tensa. Recientemente había asumido una nueva Comisión Auxiliar encabezada por Del Puerto que sustituyó a la anterior, que presidió Ramón Rodriguez y de la que fue secretario Lucas Urritia, y Del Puerto y sus compañeros de gobierno, Dionisio Vaco, Anselmo Basaldúa y el mencionado Uriarte, inciaron su período pidiendo las cuentas y los archivos a la comisión anterior, con lo cual se había alejado aún más las posiciones entre los grupos.

                                En definitiva, a pesar de la negativa policial, la manifestación se realizó, reuniéndose según la crónica unas 300 personas encabezadas por Del Puerto y Uriarte, que recorrieron algunas calles céntricas, hasta llegar frente a la plaza frente a la comisaría, el Comisario que esperaba con sus policías “en el cordón de la vereda, armados con fusil y de bayoneta calada”, increpó a los manifestantes acusándoles de desacato, y mientras se realizaba la discusión a gritos, uno de los guardiaciviles con la punta de su bayoneta levantaba los ponchos de los paisanos, ante lo cual Brígido Lago, indignado, le tiró un tiro de revólver sin dar en el blanco. Fue, según cuenta Hoz, el detonante para un intenso tiroteo que terminó con las consecuencias antes mencionadas.

                                    Nunca se supo, ni se sabrá, quién disparó el arma que mató a Del Puerto. El relato se ha contado por años, con distintos posibles culpables del tiro en la nuca que le quitó la vida. Algunos afirmaban que la policía tenía orden de matar a Del Puerto, otros hablaron de algún enemigo político infiltrado en la manifestación, y hubo también quienes afirmaban que había sido un tiro infeliz disparado por algún amigo, una trágica confusión en el fragor de la lucha desatada, e incluso hubo quien acusó al propio cura Rodríguez de haberse asomado a la parroquia y realizar el disparo mortal con su rifle. Años más tarde, cuando se realizó la reducción de los restos de Del Puerto para ser trasladados desde el cementerio de La Soledad próximo a desmantelarse, se comprobó que el proyectil que le causó la muerte, a juzgar por el calibre, podría haber pertenecido a ese conocido rifle, aunque no es muy creíble que haya sido Rodríguez.

En tiempos modernos nunca se pudo localizar el lugar de descanso en el cementerio nuevo, a donde suponíamos había sido trasladado. Pistas recientes, entre ellas un documento donde consta la compra y tenencia de un sitio y sepulcro por parte de su viuda, doña Faustina Pimienta en el llamado "Cementerio de los Téliz", próximo a sus posesiones rurales y situado actualmente en la décima sección de Lavalleja, permiten pensar que el traslado de la urna con sus restos haya sido realizado hasta ese panteón que su esposa había adquirido, hecho que no se ha podido comprobar por falta de documentos que lo certifiquen, y por es estado totalmente deteriorado en que se encuentra el sitio de referencia.

 

Fructuoso del Puerto Pimienta

Fructuoso del Puerto Pimienta

                                 Apenas poco más de un año contaba el hijo homónimo del occiso Del Puerto Silveira y de doña Faustina Pimienta Molina cuando quedó huérfano, siendo el tercer hijo del matrimonio.

                                Según narraciones de la época, Fructuoso se crió en el establecimiento rural familiar, bajo el ojo atento y severo de doña Faustina, donde aprendió desde niño las tareas agropecuarias con los trabajadores del establecimiento. Cuando contó con edad suficiente, concurrió en nuestra ciudad a la escuela de Jaime Pedrerol Vall, completando los seis años escolares y volviendo a su hogar en campaña. Según una de sus biógrafos, su familiar Viterba Del Puerto, al oponerse su madre a permitirle continuar sus estudios en Montevideo, se dedica a las faenas rurales y muy jovencito se hace cargo del enorme establecimiento rural ubicado en la costa del arroyo Corrales, entonces departamento de Minas.

                                Es en esa etapa, sin dudas, que se forja su férreo carácter, se tiempla su voluntad, y comienzan a vislumbrarse sus dotes de caudillo, acostumbrándose a dirigir hombres en el trabajo, y nutriendo su intelecto y su opinión con influencias como la de su abuelo Basilio Pimienta o la de su pariente Constancio C. Vigil, y la memoria de honestidad y rectitud moral de su padre.

                                Apenas con 19 años de edad, se enrola en las filas nacionalistas comandadas por el Coronel Agustin Urtubey, ante el rumor de revolución que corría en la primavera de 1891, que secretamente venía liderando, entre otros Duvimioso Terra. En los días previos a la fecha fijada, su proximidad al entorno de Urtubey le permite demostrar su valentía y viveza criolla. La revolución del 11 de octubre de 1891 muere prácticamente antes de nacer, cuando las fuerzas del gobierno en una maniobra coordinada desactivan el peligro apresando a sus cabecillas y organizadores. A raíz de este hecho, se ordena la detención del Coronel Urtubey y la del delegado de la Junta de Guerra que estaba de visita en la estancia del jefe blanco, Antonio Gotuzzo, quien era la verdadera presa deseada por el ejército gubernista. En un despliegue de coraje y baquía, Del Puerto logra “sacar” al perseguido del pueblo a pesar de la vigiancia a que estaba sometido, y llevarlo por caminos poco transitados hasta Nico Pérez, donde Gotuzzo pudo tomar el tren de incógnito a Montevideo, para luego exiliarse a salvo en Buenos Aires. Este hecho, sin dudas, marca el inicio del prestigio de Del Puerto, y el comienzo de su carrera política y de armas al servicio del Partido Nacional.

                                Un año más tarde, a sus 20 años, se cuenta entre los fundadores del periódico “La Verdad”, junto a Javier de Viana y con el patrocinio de Urtubey, defendiendo las ideas nacionalistas y enfrentando a Joaquín Suarez, entonces Jefe Político de Treinta y Tres.

                                Algunos años más tarde, en la revolución del 96, nuevamente se suma a las fuerzas
del veterano Urtubey que se habían reunido en Yaguarón para invadir en la fecha anunciada, aunque ni siquiera llegan a marchar cuando la asonada se acalla. La del 97, contando tan solo con 25 años, lo encuentra integrando las fuerzas treintaitresinas del Coronel Francisco Saravia, hermano de Aparicio, quien a su vez estaba a las órdenes del jefe arachán Alejandro Borche, comandante de la División Cerro Largo. Luego del inicio de las hostilidades, y habiéndose incorporado al ejército revolucionario la División Treinta y Tres al mando primero de Urtubey y luego del coronel Bernardo Berro, Del Puerto pide pase a la misma, y ya figurando como teniente es herido en la pierna derecha en la batalla de Cerros Blancos.

                                Finalizada la revolución del 97 con el Pacto de la Cruz en setiembre, vuelve a la paz de su estancia con el grado de comandante, donde lo aclaman y se destaca como persona leal, ecuánime, y justiciero.  Cuenta la tradición que en su casa nunca miró credos políticos, recibiendo y tratando por igual a unos y otros, afirmando aún más su fama de bondad y rectitud.

                                Al tiempo que en épocas de paz continúa ascendiendo su personalidad en la consideración popular, el prestigio como conductor de hombres y dirigente político de valía también persiste en ascenso. Fue presidente de la Junta Económico Administrativa (JEA) en la que actuó junto a los doctores Furriol, Oliveres, Braulio Tanco, Luciano Macedo y Fermín Hontou, entre otros, donde conforma una comisión popular con el proyecto de construir un puente sobre el Olimar, que culminaría años más tarde con la inauguración del puente sumergible.

                                Y llega la revolución de 1904, donde es convocado por su antiguo Jefe Francisco “Pancho” Saravia para ungir como segundo jefe de la División Cerro Largo, puesto que ocupó siendo depositario de la total confianza de su jefe, reemplazándole a satisfacción en varias etapas importantes, reafirmando de esa manera su prestigio de caudillo. Saravia es herido en Illescas, y la división queda a cargo de Del Puerto, quien enfrenta con éxito a la vanguardia de Muniz en el Paso del Conventos, en Melo y lleva a buen término otras acciones menos relevantes.

                                 El mismo día que fue herido mortalmente el General Aparicio Saravia, en el mismo campo de batalle es herido nuevamente Fructuoso del Puerto, ve morir varios de sus jefes y compañeros más apreciados, como Yarza, Antonio Mena o Guillermo García, también de la División 33, y es trasladado a curarse a tierras brasileñas.

                                Vuelto a la paz, en 1905, triunfa nuevamente en las luchas cívicas resultando electo otra vez para la JEA, propugnando siempre por el progreso y futuro de la localidad, hasta que nuevamente en 1910 el partido lo llama a revolución, esta vez como Jefe de la División N° 10, tras la muerte de “Pancho” Saravia. A su convocatoria, junta unos 600 hombres, con quienes concurre a reunirse con el grueso del ejercito comandado por Basilio Muñoz y Nepomuceno Saravia. Tras algunas escaramuzas, y ya con las tratativas de paz en marcha, le toca defenderse del ataque gubernista en el Cerro Copetón, en Rivera, que consistirá en la última batalla de esa fracasada revolución.

Testimoniando su importancia política, en 1925 la lista 3 del Partido Nacional se presentaba con las fotos de 5 importantes caudillos blancos desaparecidos: Agustón Urtubey, Bernardo G. Berro, Aparicio y Francisco (Pancho) Saravia y Fructuoso del Puerto. 

                                Otra vez en tiempos de paz, vuelto a su estancia y a su actividad política. estando en la cúspide de su prestigio ya a nivel nacional, enferma y muere en Montevideo a la edad de 42 años, en 1914, ante la consternación de todo el nacionalismo que reconoce esa pérdida como “uno de los mejores servidores”, calificándole como “apóstol de la verdad, de las nobles acciones e integridad”.

                                    Treinta y tres fue su cuna, a la que amó, mezclando los afectos del terruño y de la patria con el amor de la familia  y del hogar. Al decir de su amigo Javier De Viana, en su discurso de despedida en el cementerio: “ciudadano de puras virtudes, enseña inmaculada del nacionalismo.”

 

 

domingo, 16 de febrero de 2025

Entre mitos y mojones: teorías y realidades

                    En los confines del Barrio Libertad, entre el Camino de las Tropas que va a la Laguna de Arnaud y la vía férrea, hace muchos años ya se estableció una plazoleta para jerarquizar y conservar el antiguo mojón existente en el lugar. La misma, que además de contener una serie de juegos infantiles, conforma un muy lindo entorno de descanso y pasaje peatonal, cuenta además con un monumento en hormigón con la representación grabada del primer plano de la ciudad de Treinta y Tres mesurado por el Agrimensor Travieso en el que se destaca la leyenda que dice “Plano Fundacional de Treinta y Tres” 
                 
   
El mojón propiamente dicho, una construcción de ladrillo que escasamente se levanta más de un metro sobre el piso, tiene desde entonces en una de sus caras una placa de bronce que dice escuetamente “Homenaje a los fundadores – 1853 – 10 – 3 -1978”, aludiendo inequívocamente a la fecha de fundación de nuestra ciudad y la fecha de 1978 (cumpliendo los 125 años exactos de la fundación), me animan a suponer con seguridad aunque no lo he confirmado documentalmente, que haya sido en esa fecha que se realizó el diseño y parquización de la mencionada plazoleta. 


                      Estos dos elementos de conmemoración histórica antes mencionados, la placa en el mojón y el cartel de hormigón, y –porqué no- una cuota de desinformación de las autoridades que realizaron esa obra, han llevado que mucha gente tenga el convencimiento que ese antiguo mojón es uno de los “mojones fundacionales” que se habrían erigido durante las mensuras y delimitación del pueblo de Treinta y Tres, lo que no es correcto. Como se demuestra en la foto satelital que ha sido sobre escrita y que acompaña estas líneas, ninguno de los dos planos “fundacionales” cuyas copias también se adjuntan, ni el levantado por Joaquín Travieso en 1855 (la legua cuadrada y 63 manzanas) ni el de Amorín y Brun de 1862 (que demarca las chacras y aumenta el amanzanamiento a casi el doble, 121 manzanas), coinciden en ninguno de sus puntos de referencia con la ubicación del mojón que nos ocupa. 
                    A pesar de que existe alguna versión de la tradición oral que indica que el mismo estaría marcando el límite de las propiedades de los Teliz y los Medina, a cuyas sucesiones como es sabido la Sociedad Fundadora les adquirió la legua cuadrada donde se erigió el pueblo, sin dudas la explicación más razonable de la existencia del elemento de demarcación, es la sentencia judicial definitiva del largo juicio favorable a “el pueblo de Treinta y Tres” contra Lucas Urrutia y otros por la posesión de las tierras del Ejido, que en su enunciación devuelve los derechos de propiedad a la sociedad olimareña, obligando a quienes se habían adueñado de las casi 150 hectáreas y que lo habían alambrado para uso propio (Lucas Urrutia, Domingo Ferreira, Claudio Arnaud y Domingo Goyenola), dejarlo libre para el uso popular. Según informa Francisco N. Oliveres en su libro titulado “Los pleitos sobre el ejido”, de 1929, a pedido del Fiscal de la época, se mandaron construir mojones que delimitaran en toda su extensión el terreno del Ejido al oeste de la población “en el paraje denominado Los Ceibos”. El mismo límite que en su mensura de 25 años atrás, Amorín y Brun había hecho coincidir con el punto máximo de la creciente del Olimar.

                    Por otra parte, Luciano Obaldía Goyeneche en su obra “El solar olimareño” de 1970, también menciona el mojón que nos ocupa, señalando que “fue colocado por orden judicial en el pleito que seguían varios vecinos de ese entonces contra Lucas Urrutia. 
                    En mi opinión, con estas dos pruebas testimoniales y la demostración gráfica de la ubicación de los planos, queda demostrado sin dudas razonables, que el mojón de la plazoleta no es de ninguna manera un “mojón fundacional”, sino una demarcación construida 35 años después de la fundación de nuestra ciudad. En definitiva, un mito urbano que es falso. 

  El Mojón “del centro” 


                     En un predio particular, enfrente a la Plaza 19 de abril, concretamente en el patio de la casa lindera al edificio de la Jefatura de Policía, existe otra construcción de tipo mojón, que no guarda similitudes de ningún tipo con el que veníamos describiendo anteriormente: es más fino, más alto, y en una de sus caras está recubierto con losas de piedra laja, y en esa misma cara se aprecia claramente en su diseño, una inscripción con el Nº 33, y los dibujos de una cruz y una espada cruzadas entre sí, y que ha dado pie para crear opinión en el sentido que ese sí sería un mojón fundacional. 


                    Circulan versiones que inclusive aseguran que desde ese punto comenzaron las mensuras de la cuadrícula de manzanas para conformar el pueblo los agrimensores que, como ya mencionamos anteriormente, realizaron los planos originales. 
                    Hay un par de razones que en principio hacen dudar del origen fundacional de este elemento, y considerar esa versión como otro mito urbano. La primera de ellas, es que no está en el centro de las demarcaciones realizadas por los agrimensores delineantes: está a unos 80 metros al este y 12 metros al sur del punto donde se cruzan las diagonales de las manzanas que figuran en los planos de Travieso y Amorín y Brun, hecho que fue comprobado a mi solicitud por un par de agrimensores radicados en nuestra ciudad. La segunda, es que –como se puede apreciar en una de las fotos que acompaña estas líneas-, un par de metros más atrás del mismo hay otro, prácticamente del mismo tamaño pero sin recubrir, lo que hace pensar que originariamente fueron construidos ambos a la vez con un propósito que no es el de servir de punto de mensura. 
                    Sin embargo, la dueña de la casa que se crió allí y algunas vecinas que acompañaban juegos infantiles en el mencionado patio, nos han asegurado fehacientemente que –al menos el recubrimiento ornado, fue obra del recordado escultor olimareño Ramón Rubiños, reconocido por la utilización de la piedra laja en sus obras, quién realizó el trabajo por cuenta del dueño de casa en el entorno de los años 60. Una de las personas informantes, además, recuerda tener foto de un día de juegos en torno a la construcción, cuando aún no había sido recubierta. Los testimonios tampoco aseguran el significado del trabajo, aún cuando cabe suponer que el número Treinta y Tres alude a la ciudad, y la espada y la cruz entrecruzadas estarían simbolizando la unión del militar Dionisio Coronel con el párroco José Reventós, para la fundación de nuestra ciudad. Hay, incluso, quienes le dan una simbología relacionada con la masonería, de la cual no tengo ningún testimonio valido en ese sentido.
                    Confirmando estos datos, en la grabación en video de una entrevista realizada por la periodista Daniela Lemes al propio artista Rubiños, ésta le interroga acerca del referido mojón, y Rubiños sostiene que él lo hizo a requerimiento del escribano Isabelino Suárez, que ignora el significado exacto del diseño pedido, y que se encontraba sin finalizar porque Suárez así lo dispuso. 

El mojón de la cuchilla 


                        Existe un tercer mojón, éste ya lejos de la ciudad, a escasas cinco leguas en las estribaciones suroeste de la Cuchilla de Dionisio, perdido solitariamente en medio del campo y junto al camino que lleva a la escuela Nº 23, al que también se le atribuyen varios orígenes. 
                        La versión más confiable, sin dudas, es la que teoriza que ésta construcción data de finales de la década de 1870, en ocasión de la visita de monseñor Jacinto Vera, primer obispo de Montevideo, que en el marco de su recorrido por la zona este del país, realizó en ese lugar una misa, efectuando casamientos y bautizos entre los pobladores de la zona. 
                            Algunos veteranos pobladores de la zona consultados, han sido coincidentes en afirmar que el mojón que hoy existe durante muchos años tuvo en su vértice superior, una cruz de madera, de la que dieron cuenta el tiempo y la intemperie, y que al menos en una ocasión durante el siglo XX, fue restaurado con revoque nuevo para procurar su buena conservación. 
                            Las otras versiones, una que lo señala como determinando el límite entre las posesiones de Juan Francisco Medina y Antonio De La Quintana a principios del siglo XIX, y otra que establece un origen más moderno, como mojón de mensura de un trabajo de fotografía aérea realizado por el ejército nacional a mediados de los años 60 del siglo pasado, no parecen tener mayor veracidad.                                     Quizá haya en algún otro lugar del departamento otros mojones cuyo origen esté tan mitificado como en el caso de estos tres que mencionamos, pero en el caso de este último, por ejemplo y aunque no les conozco personalmente, tengo datos de la existencia de al menos otro muy similar en la 13ª sección de Cerro Largo, en las proximidades de Cañada Grande.

viernes, 14 de febrero de 2025

Tras un tiempo de abandono...

Volvemos hoy con un par de nuevas entradas al blog que teníamos abandonado en su cotidaneidad desde hace poco más de dos años, cuando estando en plena pandemia debí optar en utilizar mi tiempo de una manera más productiva económicamente, relegando la continuidad de las publicaciones en esta página. Este verano del 25, superadas ya las contingencias que provocaron esa decisión comentada, intentaré ponerme al día paulatinamente con algunos de los artículos más relevantes publicados en la prensa local, y otras aún inéditos, escritos simplemente para formar parte de esta recopilacion de historias y noticias "e ainda mais", al decir de los vecinos del nordeste... Esperemos pues, que esta continuidad que pretendemos, a partir de ahora, tome vuelo y nos permita retomar el contacto anhelado. Saludos a todos

viernes, 8 de septiembre de 2023

Puente sumergible sobre el Olimar

 Ya no es el de madera, pero para los olimareños sigue siendo el Puente Viejo



Desde antes de la fundación de nuestra ciudad, en 1853, atravesar el río Olimar en el Paso Real se hacía relativamente fácil en épocas de sequía, pero sumamente dificultoso en las demás, a pesar de la existencia durante muchos años de balsas y botes que cumplían el servicio del pasaje de pasajeros y mercaderías, obviamente a cambio del pago de un peaje.

Esta situación, que antes del establecimiento de la villa complicaba a los viajeros que en los distintos medios de comunicación de la época transitaban por el camino de la Cuchilla en su paso hacia Melo o Artigas pero tan solo a algunos vecinos que vivían en las cercanías, se generalizó y se tornó un verdadero entorpecimiento para el tránsito y el comercio a medida que se fue poblando la nueva localidad. Con el correr de los años se fueron mejorando los servicios de paso, con botes más grandes y balsas de diferentes tamaños y calados, hasta que entonces que al alumbrar la ciudad sus primeros 50 años de vida, un grupo de vecinos emprendedores y comprometidos con el futuro, se organizan para lograr construir un puente que facilitara las comunicaciones con el sur del país, idea que si bien ya había sido planteada muchos años antes por Lucas Urrutia, constituyéndose en uno de los pocos proyectos que no logró concretar, desde esa época no había pasado de ser una aspiración de unos pocos, que veían poco posible su concreción.

Sin embargo,   frente al empuje de algunos vecinos progresistas,  reunidos en el recientemente fundado “Centro Progreso”, se constituyen comisiones para trabajar en tal sentido, correspondiéndole la presidencia de la misma al Dr. Francisco N. Oliveres. Entre otros, integraban además ese movimiento Braulio Tanco, Fructuoso del Puerto, Fermín Hontou, Luciano Macedo, el Dr. González Hackembruch, Manuel Cacheiro, José Mª Lete, Luis Hierro y Javier de Viana.

Realizadas las primeras gestiones, se envían representantes a la capital del país a plantearle la idea personalmente al entonces Presidente José Batlle y Ordóñez, quién aprobó el emprendimiento, comprometiéndose a que el estado contribuiría pecuniariamente y con logística del entonces Ministerio de Fomento (hoy MTOP), condicionado a que un gran porcentaje de los recursos necesarios fueran integrados por los vecinos de Treinta y Tres.


Conseguidos los recursos necesarios y aprobado el proyecto técnico correspondiente, luego de los enfrentamientos civiles de la revolución de 1904, se pone en marcha la obra que se finalizó en el verano de 1908.

Para la inauguración, que según el propio Oliveres en su libro se llevó a cabo el 8 de marzo pero de acuerdo con algunas publicaciones de la prensa de la época tuvo lugar el día 15, se convocó a la población a una fiesta popular donde no faltó ni la música ni el tradicional asado con cuero, y se realizó un acto protocolar en el que hicieron uso de la palabra varios de los propulsores de la idea.

El puente inaugurado en aquella ocasión, estaba construido con madera dura importada de Paraguay, que llegó hasta la estación de Nico Pérez en tren para ser trasladada luego en carretas hasta nuestra ciudad, madera de la que aún se conservan algunos ejemplares siendo los más apreciables aquellos que conforman una escultura realizada por el olimareño Díaz Valdés enclavada junto a la Ruta 8 actual.

El viejo puente soportó estoicamente el embate de cientos de crecientes durante muchísimos años, pero al final el río lo venció culminando el siglo, llevándose palo a palo en su corriente, hasta que no pudo ser más transitado, a pesar de un par de ambiciosas “reparaciones” que alargaron su final hasta la gran creciente de abril de 1998, que le rompió definitivamente.


Años más tarde, el municipio asumió la construcción de un nuevo puente, que aunque fue erigido con las más modernas técnicas y materiales, conservó el estilo, medidas y otras características de su antecesor, completando nuevamente la postal olimareña de los tres puentes que tan orgullosamente nos representa en el mundo entero.