122 años del combate de Paso de los Carros de Olimar Grande
El próximo 20 de mayo, se cumplirán 122 años de la fecha de la denominada
Batalla de los Olimares – ocurrida en el marco de la Revolución Saravista de
1904-, y que culminara con el Combate del Paso de los Carros, donde el ejército
oficialista alcanza a las tropas de Aparicio Saravia, quien venía realizando
una de sus clásicas maniobras evasivas. Ese día, el 20 de mayo, desde que la
espesa niebla otoñal lo permite, se inicia una intensa jornada de tiroteos,
enfrentamientos cuerpo a cuerpo y persecuciones.
No soy especialista en el tema, ni siquiera me corresponde tampoco analizar estrategias, ni decisiones y mucho menos juzgar con ojos del presente las acciones de los bravos combatientes de ambas facciones. Como todos los episodios, existen “dos campanas a escuchar” según de qué lado de los contrincantes provenga el relato, y es por esa razón que hoy traemos a estas páginas las dos versiones resumidas de actores y testigos presenciales de ambos bandos.
En mi opinión, se trata uno de los pocos casos de la historia donde ambos bandos de una batalla pueden desde su propio punto de vista considerarse vencedores. En el caso del bando oficialista, la ventaja de poder bélico y logístico dio su fruto con un enfrentamiento que logró conquistar posiciones y abatir un mayor número de enemigos, viéndose al final de la jornada dueños del campo de batalla.
Desde filas revolucionarias, sin embargo y a pesar de la alta cantidad de
bajas, se logró el propósito de defender en retaguardia al grueso del ejército
y ganar tiempo para su marcha hacia los pagos de Cerro Largo. Una vez rota la
defensa del Paso, los comandados por Basilio Muñoz siguen evitando la persecución
de las demás divisiones de Saravia, retirándose por otro camino distinto (al
oeste) al que había tomado el ejército blanco que siguió al norte, con quienes
después se reunirían.
Una Comisión conformada por particulares y por integrantes del Centro de Estudios Histórico Culturales de Treinta y Tres (CEHC-33), de la Sociedad de Amigos de la Tradición Uruguaya (SATU) y de alguna otra agrupación como Amigos del Patrimonio Histórico, abocados a conmemorar este episodio y darle la visualización que merece, lograron el pasado año erigir un monolito que permite la identificación del epicentro de la batalla y la señalización correspondiente para de esa manera colocar el sitio en el lugar histórico que se merece.
La idea, tuvo por objeto también no solo contribuir a la trascendencia
histórica de este episodio poco divulgado de la guerra civil que para nuestra
localidad en especial fue muy significativo, no solamente porque las dos
divisiones de ambos ejércitos conformadas con ciudadanos treintaitresinos
participaron en la misma y ambas tuvieron bajas dolorosas, sino además porque
el fragor de la batalla hacía que en la ciudad se escucharan con relativa
claridad los estampidos de los cañonazos, con los nervios consiguientes de los
pobladores.
La versión contada por un integrante del ejército nacional
Una de las versiones oficialistas más completas, sin dudas, es la
desarrolla Enrique Rodríguez Herrero en su “Versión histórica documentada de la
Campaña Militar de 1904” (Montevideo,1934) que transcribe la narración del general
Enrique Patiño, aduciendo que considera que es “la fiel expresión de como
ocurrieron los hechos con respecto a las tropas legales”, en un largo relato
que intentaremos resumir a continuación.
Continúa detallando las acciones tomadas por el ejército del Sur: se
ordena ensillar a las 3 de la mañana, “pero una densa neblina malogró la
intención de atacar al amanecer el Paso de Palo a Pique”, lo que no se pudo
realizar sino hasta la media mañana: “Recién a las 10 se disipó la neblina y el
ejército empezó a marchar ya preparado para el combate.
A las 12 y 45 se intentó forzar el pasaje, siendo sus esfuerzos
vigorosamente contestados por los revolucionarios apostados sobre la margen
derecha; después de un breve combate la infantería atacó vadeando el paso a pie
y con el agua por la cintura, “El enemigo se puso en retirada sin defender una
posición naturalmente fuerte y cuyo forzamiento, en caso de obstinada defensa
lo hubiera conseguido indudablemente la infantería pero a costa de valiosas
pérdidas”.
El abandono de posiciones y el repliegue de la retaguardia mostraron la
intención del adversario de concentrar sus fuerzas en el paso de los Carros del
Olimar Grande, detener allí la marcha del ejército legal y burlar la acción.
COMBATE PASO DE LOS CARROS
Los adversarios son perseguidos por la división 33 del coronel Basilicio
Saravia hasta el propio paso frente al cual apostó sus fuerzas,
Los enemigos posesionados de la margen izquierda del Olimar comenzaron a
batir el paso con fuegos de frente y oblicuos, llevando sobre las tropas
legales la ventaja de la posición: alta y cubierta y en excepcionales
condiciones de defensa, habiendo desplegado desde el primer momento a lo largo
del monte.
“A las 14 y 30 de la tarde la acción se generalizó siendo el fuego tan
nutrido y vigoroso que era imposible oír el sonido de un clarín a cinco pasos
de distancia,
El enemigo reforzaba constantemente sus líneas de tiradores posesionados
de las barrancas y el monte y de varias casas situadas en alturas dominantes,
trayendo sin cesar nuevos refuerzos para mantener la solidez del frente
amenazado por el certero fuego de las fuerzas legales.
A las 3 y 30 la artillería emplazada sobre la cuchilla más próxima al
paso comenzó a desarrollar su acción enérgica, tirado por encima del monte
sobre las reservas enemigas que se presentaban en orden cerrado y a las que
pronto dispersó, sacándolas de la zona de donde podían proteger eficazmente sus
líneas respectivas. La intensidad siempre creciente del fuego hecho a través
del monte, prolongaba peligrosamente el período de desarrollo”.
Entonces se decide forzar el pasaje llevando tropas al asalto al Paso,
cubriendo siempre de proyectiles el frente, y así comenzó la acción decisiva en
el Paso a las 16 horas.
Los infantes vadearon a nado bajo el fuego del adversario, y tras ellos
la tropa del 2º de caballería y otros. La línea de batalla se forma sobre la
margen izquierda del Olimar; los insurrectos intentaron llevar una carga
parcial a lanza, pero el peligro fue rechazado con pérdidas para el enemigo.
“Fracasado el intento, los insurrectos tendieron una extensa línea de
batalla que, apoyando la derecha en la margen del río Olimar llegaban hasta los
contrafuertes de la sierra de igual nombre en un frente de 2 y 1/2 a 3 kilómetros,
pero combatieron en retirada, ya a caballo ante el avance impetuoso de nuestras
tropas victoriosas”, escribe Patiño.
“La acción estaba terminada, sólo faltaba la persecución”. La línea se
reorganizó y “la persecución hecha en terreno descubierto y propicio para la
terrible puntería de nuestros infantes fue encarnizada y sangrienta. Un bañado
de difícil paso obstaculizó la rápida marcha de los tiradores insurrectos que
allí pagaron un: fuerte tributo de sangre. La infantería tirando a una
distancia que varió de 200 a 400 metros, les hizo multitud de bajas,
dispersándoles y. a no haber oscurecido, la retirada angustiosa de los revolucionarios
se hubiera tornado en el desastre final.
A las 18.15 ya cerrada la noche el Cnel. Pablo Galarza dio por concluida
la jornada y replegó su vanguardia acampando sobre el Olimar Grande.
La versión de un revolucionario blanco: Carlos Roxlo
En su relato que forma parte del libro “El Uruguay en 1904. La guerra
civil” (Buenos Aires 1904) Carlos Roxlo al respecto comienzo apuntando sobre el
día 19: “Al anochecer se vieron, en la costa del Olimar Chico, los fogones de
Basilio Muñoz. Eran las siete y media cuando nos tendimos, sin carpas ni fuego,
para dormir un poco. Se ejerció una vigilancia especial sobre los caballos. Las
guardias se colocaron lejos, pero escalonadas y apoyándose las unas en las
otras. Marín no descansó. A la hora 7 marchamos lentamente en busca del Olimar,
al medio día, atravesábamos el paso de los Carros, quedando en el Olimar Chico,
la división del Durazno y la división de la Florida. Allí y poco después,
empezó el combate.
El enemigo, después de una ligera
escaramuza, suspendió sus fuegos. Entonces, el general ordenó que se retiraran
todos nuestros tiradores, menos los acantonados en la azotea, con los que
bastaba para contener cualquier tentativa de avance. El ayudante no dio bien la
orden o la interpretaron mal los que la recibieron, porque todas nuestras
guerrillas se retiraron y el enemigo avanzó sin estorbos, cayendo casi
conjuntamente con los nuestros en el paso de los Carros.
El grueso del ejército revolucionario se hallaba a cinco leguas y la
división de Guillermo García en la capital de Treinta y Tres. Todas las fuerzas
de que el general disponía en aquellos momentos eran 600 tiradores de Basilio;
400 de Antonio María Fernández, 60 de Marín y como unos 25 de Martirena. (…)
El paso de los Carros empieza por una picada angosta, bordeada por un
monte espesísimo. Sigue a la picada, un trozo de río, ancho, profundo y
dividido en dos por una línea de árboles, A la izquierda de esa línea, los
caballos nadan, y a la derecha, el agua casi moja los cojinillos. Se sale a una
esplanada de arena fina y crujiente, de algunos metros, con fondo de árboles y
que concluye en una barranca fangosa y medio vertical. Sobre esta barranca, ya
en campo llano, se colocó la división floridense, que sufría por su gran
escasez de municiones, estacionándose en la esplanada arenosa, los valientes
fusileros de Basilio Muñoz. El fuego pronto se hizo terrible. El cañón arrasaba
la arboleda del fondo del cuadro y una ametralladora llovía balas sobre el
arenal. Las guerrillas del gobierno estaban defendidas por lo espeso del monte
de la picada. Su fuego era seguro y mortífero. Dos cañones, dirigidos sobre la
esplanada, resonaban incesantemente. El enemigo embestía cada vez con más
furia. Entonces se le dejó pasar, atrayéndole a campo abierto. Se precipitó lo
mismo que un goloso a una caja de dulces; pero los dulces eran de plomo y le
supieron mal. Apenas coronó la altura de la barranca, los nuestros tomaron un
ruidoso desquite, precipitándolo de nuevo en el agua del paso. Para algunos,
aquella fue una zambullida mortal. Sintiéndose cada vez más numerosos,
volvieron a la altura, que regaron con sangre, extendiéndose hacia el lado del
este, en una infructuosa tentativa de flanqueo. Cada vez que nuestras
guerrillas montaban a caballo, las suyas avanzaban entre alaridos y con
frenesí, para retroceder tumultuosamente, cada vez que nuestras guerrillas se
detenían y echaban pie a tierra. La munición escaseaba mucho. El parque, como
ya hemos dicho, estaba a cinco leguas. A las dos y media se había abandonado el
paso. A las cuatro, aún se batían tranquilamente, a pesar de ser cada vez mayor
el número de las fuerzas gubernistas, las divisiones del Durazno y de la
Florida, secundadas por los tiradores de Martirena, ¡Y muchos de los nuestros
tenían quince tiros al empezar la acción! A las cuatro y media salieron, a las.
órdenes de Garat y de Cardoso, los tiradores de San José, tendiéndose en
guerrilla, con los caballos á retaguardia, como á cuatrocientos metros del
enemigo y entre un chircal. Se rompió el fuego con entusiasmo. A las cinco, se desplegó
un pequeño pelotón de lanceros en una altura. Es lo bastante. A las 5 y 20 ya
no se pelea. Las fuerzas gubernistas han retrocedido nuevamente hasta la misma
garganta del paso, y nosotros marchamos hacia el grueso de nuestro ejército,
acampando, aun distantes de él y cerca del arroyo del Yerbal, a las ocho de la
noche de aquel fatigosísimo 20 de mayo.
(…)
Finaliza este comentario Roxlo afirmando que “El gobierno presentó el
combate de los Carros como una gran victoria. Mil doscientos tiradores apenas,
mil doscientos voluntarios, escasísimos de munición, habían jugado, durante
toda una tarde, con sus cañones y sus cuerpos de línea. Parece mentira que se
burlase, con tanto desprecio, de la pública credulidad, y que apelase a esos
expedientes para entretener las públicas impaciencias. Se le abandonó el paso
de los Carros por evitar sangre y porque para nada lo queríamos ya, puesto que
había pasado, desde el día antes, todo nuestro ejército, —y se paralizó, por el
espacio de un larguísimo mes, la actividad de los gubernistas, con un combate
sostenido por mucho menos de la duodécima parte de nuestras fuerzas. -Y ni
siquiera quedaron dueños del campo de batalla. Durmieron en montón, sobre el
paso y junto al Olimar. ¡Nosotros, en cambio, ocupábamos todas las sierras
cercanas a Treinta y Tres!”














