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viernes, 6 de enero de 2017

Robo de esclavos

La campaña olimareña en épocas de la fundación
Secuestro de esclavos a mediados del siglo XIX

El desolado paisaje del este uruguayo, concretamente en los vastos territorios que hoy componen el departamento de Treinta y Tres, fue escenario durante el siglo XIX de múltiples episodios de sangre, ya sea en el marco primero de la gesta artiguista, en las luchas por la independencia luego, en los confrontamientos internos o en las sucesivas invasiones luso brasileñas más adelante, hablando concretamente del plano militar, pero también en el plano civil ocurrieron hechos que narrados hoy, cualquier lector desprevenido podría tomarlos como sucedidos en alguna novela de la conquista del Lejano Oeste norteamericano, cambiando gauchos por “cow-boys”.

Partidas de malhechores más o menos numerosas, “matreros” solitarios o en conjunto, milicias de cualquiera de ambos bandos en conflicto coyuntural, eran dueños y señores de las amplias praderas y serranías, a pesar de -o quizá a consecuencia- de la reducida cantidad de poblaciones establecidas en la zona, sumado a los muy pocos establecimientos o estancias existentes, ya que eran pocos latifundistas los propietarios de tan vasto territorio.
Tal como se menciona en los argumentos para la fundación de nuestra ciudad, en el extenso trecho desde Minas hasta la incipiente   Melo, o hasta la fronteriza ciudad hoy denominada Río Branco, de casi 60 leguas, a mediados de siglo no existía ninguna población digna de ese nombre, tan solo algunos caseríos más o menos desperdigados: algunas postas de diligencia que servían asimismo de parada a las caravanas de carretas tiradas por bueyes que traían los productos de primera necesidad a la zona, y algunas estancias y “puestos” que apenas salpicaban intermitentemente el paisaje.
Por ejemplo, uno de los grandes problemas que acuciaban a la campaña uruguaya una vez terminada la “Guerra Grande”, en octubre de 1851, lo constituían las bandas y partidas formadas como consecuencia de la desmovilización de la soldadesca, y el estado calamitoso en que había quedado luego de más de una década de guerra la campaña oriental, diezmada de ganados y pobladores.  Centenares de brasileros fundamentalmente venidos de Rio Grande, se venían instalando en los departamentos fronterizos, sobre todo en los del norte y este del país ya desde los tiempos de la Guerra de los Farrapos (1835-1845), al punto que en 1851, cuando las únicas poblaciones fronterizas del Norte uruguayo eran Tacuarembó y Melo, y en el Este, la hoy Río Branco y la villa de Rocha los territorios de la frontera norte eran estancias en su mayoría propiedad de brasileños.

Un censo de los propietarios brasileños en la frontera ordenado en 1850 por el gobierno imperial reveló la situación: frontera del Chuy, 35 hacendados con 342 leguas cuadradas, 154 propietarios en Cerro Largo y Treinta y Tres, en el distrito de Cerros Blancos 87 estancieros con 331 leguas, en Arapey grande y chico, cuchilla de Haedo y Cuareim 281 propietarios. La lista general de propietarios brasileños en la frontera revelaba la existencia de 1.181 propietarios que sumaban 3.403 leguas de campo, es decir casi 8 millones y medio de hectáreas. (DA COSTA FRANCO, Sergio. 2001. Gentes e coisas da fronteira sul. Porto Alegre)  ¡¡¡Más de la mitad de las 16 millones de hectáreas que componen el territorio nacional!!!
En nuestro país, ya desde la propia constitución de 1830 se proclamaron los primeros intentos abolicionistas, luego en  1841 el gobierno de Rivera había aprobado la primera liberación de esclavos, hecho que se complementó desde el gobierno del Cerrito con la emancipación decretada por Oribe. A pesar que esta última declaraba que “desde 1814 nadie pudo nacer esclavo en el territorio nacional” y que “desde la Jura de la Constitución no estaba permitida la introducción de esclavos”, no todos los afrodescendientes en nuestro país fueron liberados.
La mayoría de estancieros brasileños habían traído gran cantidad de esclavos y los avatares de la guerra y las concesiones que hubieron de hacerse a los “vencedores” brasileños, hacían que en la práctica, la esclavitud negra no había prácticamente cambiado su situación en la zona.
Sin embargo, existían en el territorio nacional al final de la Guerra Grande, gran cantidad de afrodescendientes libres, ocupando puestos de trabajo asalariado o viviendo en pequeñas poblaciones “de negros” o minifundios desparramados por casi toda la campaña. A ellos se sumaban, casi constantemente, decenas de esclavos que aprovechaban las coyunturas bélicas para fugar a territorio oriental , principalmente de Río Grande del Sur donde aún persistía la esclavitud colonial en todo su apogeo (en Brasil recién fue abolida en mayo de 1888).

Mientras tanto, los estancieros brasileños habían logrado evadir las leyes de abolición uruguayas, ingresando sus “negros” con formas de esclavización encubiertas bajo el genérico y amplio nombre de "contratos de trabajo" de 15, 20 y más años de plazo (Barrán y Nahum, 1971), que jurídicamente tenían validez pero que en la práctica era la continuidad del suplicio de  quienes volvían a su calidad de esclavos al retornar a tierras brasileras.
Así estaban las cosas en las épocas de la fundación de Treinta y Tres a este respecto. En 1853, el todavía presidente Giró, atento a esta situación, aprobó una ley limitando estos contratos, liberando a los niños nacidos de las personas ingresadas mediante ese sistema, y declarando piratería el tráfico de esclavos.
Como consecuencia de todo esto que hemos detallado, uno de los “negocios” de los bandidos fronterizos, era venir a tierras uruguayas a “cazar esclavos” y llevarlos a Río Grande para venderlos o retornarlos a sus “dueños” originales a cambio de una recompensa. Casi impunemente, bandas de estos “cazadores” recorrían leguas y leguas en busca de sus botines.
Registros de reclamos diplomáticos entre ambos países, dan cuenta con creces de lo común que era en una época esta práctica, inclusive destacando que había distintos grupos con diferentes “especializaciones”: estaban quienes capturaban a todas las personas de color que pudieran, los que solamente se dedicaban a “robar” niños y bebés nacidos libres por ley en nuestro país para anotarlos como hijos de esclavos en Brasil y así convertirlos en esclavos “legales” brasileros, o también los que secuestraban solamente hombres y mujeres en su plenitud laboral, despreciando a niños y ancianos y muchas veces abandonándoles a su suerte.
En su libro “Antes y después de la Triple Alianza”, Luis Alberto de Herrera da cuenta de varias de estas situaciones acaecidas en nuestro actual departamento.

En efecto, entre los múltiples reclamos que hace el gobierno de la época al de Brasil, se encuentra por ejemplo el caso de “Domingo Carvallo”, “negro libre de entre 50 y 60 años” arrebatado de un puesto de la estancia del coronel Marcelo Barreto el 24 de marzo de 1854, por una banda compuesta por los brasileros Feliciano do Povo Novo, Marcelino, Firminio y Albino. Según pudieron averiguar las autoridades uruguayas y que consta en la reclamación, Carvallo fue llevado a la ciudad de Río Grande, donde puso evadirse de sus captores para refugiarse en el Consulado uruguayo de esa ciudad, quienes elevaron el caso a la justicia brasileña. Ante ella, Carvallo narró sus peripecias, haciendo hincapié que sus raptores habían asesinado además a otro negro que se resistió a ser capturado. El reclamo de la cancillería uruguaya, finaliza pidiendo explicaciones, destacando que “los criminales plenamente identificados no habían sido ni eran perseguidos” y que “la Legación tiene conocimiento que Carvallo continuaba en su depósito de esclavitud, sin haberlo devuelto al territorio uruguayo”.
Otra de las reclamaciones mencionadas por Herrera referidas a sucesos acontecidos en esta zona, dice textualmente que: “El 4 de enero de 1850 fue salteada en la Costa del Olimar la casa de la mujer Anacleta Olivera, por José Saraiva (vecino de Moscardas) acompañado por Martín Chavarría y tres individuos de la familia Silveira vecinos de Carpiva. Se apoderaron de Anacleta Olivera, la amarraron y la colgaron de las manos de las maderas del techo de la casa, dejándole allí y robándose a sus tres hijos: Inés Josefa, de 13 años, Cleto Marcelino, de once e Higinio, de tan solo siete años”. “Apoderados de estas criaturas – continúa la reclamación-, se embarcaron en canoas y descendieron el Olimar y después el Cebollatí y entraron en la Laguna Merin viniendo a desembarcar con sus presas en la Capilla del Taulin. En ese lugar pusieron en venta a los tres infantes”.
Según prosigue relatando el documento, la propia madre tras librarse de sus ataduras siguió la pista de sus atacantes en pos de rescatar a sus hijos, pudiendo encontrar a uno de ellos, que rescató y trajo de retorno a su casa, conociendo por su relato no sólo todos los detalles de lo vivido por ellos, sino la filiación de los autores del crimen, a quienes denunció ante las autoridades brasileñas con el respaldo del Cónsul uruguayo. El escrito continúa reclamando “conocer el destino de los otros dos hijos de Anacleta y restituirlos a su madre” y además exige de las autoridades brasileras “el cabal cumplimiento de su deber, evitando que queden impunes los autores, bien conocidos, de esta barbarie”.

Por otra parte, existen también casos en los que nunca más se supo nada de las víctimas, como por ejemplo el del secuestro el 20 de abril de 18 58, de la afrodescendiente oriental, Emilia, de 30 años, y sus dos hijos menores que solo se supo que fueron trasladados a Jaguarón, al igual que el del “moreno” Juan Vicente, nacido en Cerro Largo de vientre libre, soldado en el ejercito oriental al mando del capitán Gutiérrez, y que sirviendo como policía fue capturado por una partida del ejército brasileño que se retiraba en 1852 (al finalizar la Guerra Grande) y conducido por el capitán Oroño a una casa también situada en Jaguarón.

Estos son solamente algunos ejemplos bien documentados de este tipo de hechos, aunque la prensa nacional denuncia decenas de casos similares en toda la frontera uruguayo-brasileña hasta por lo menos la década de 1860.

jueves, 17 de noviembre de 2016

El Señor Feudal de la campaña olimareña

José Saravia y el "Crimen de la Ternera"



                  Sin ningún lugar a dudas, el “Crimen de La Ternera”, que refiere al asesinato de la esposa de José Saravia, uno de los hermanos de Aparicio, sucedido en los primeros años del siglo pasado en nuestro departamento, en las cercanías de la ciudad de Santa Clara de Olimar, es uno de los hechos de sangre de la crónica policial más conocidos de nuestro país, por varios motivos.

                La estancia “La Ternera” está ubicada en la 8ª sección de nuestro departamento, a escasos 15 kilómetros de la localidad de Santa Clara, cuya casa principal en la época de los hechos de referencia, era la morada principal de su propietario, José Saravia, y formaba parte de una extensión de casi 30 mil hectáreas en posesión del mismo, dividida en varias estancias contiguas.
              En la mañana del día 28 de abril de 1929, estando de yerra el dueño de casa junto a una decena de invitados y todos los peones a su mando en las cercanías del casco principal donde solamente habían quedado las mujeres, dos hombres se apersonan en la estancia y asesinan brutalmente a la esposa de Saravia, doña Jacinta Correa, sin motivo aparente, casi sin mediar palabra y sin ánimo de robo, tras lo cual se dan a la fuga desapareciendo en un monte cercano. Enterado el marido, hace la correspondiente denuncia policial, y en el marco de la investigación del caso, van surgiendo detalles que concluyen con la captura de los culpables del hecho, los hermanos Orcilio y Octacilio Silvera, pero que además involucran como cómplices del hecho a un tío de estos, Antonio Silvera, a una doméstica de la casa, y al propio José Saravia como instigador del crimen.
               A partir de ese momento, da comienzo a unos de los expedientes penales más extensos de los anales judiciales uruguayos, que culminará recién 8 años más tarde, en 1937, con la escandalosa absolución de Saravia, y que es sin dudas la causa principal de la repercusión que este caso ha tenido en la historia nacional.

El asesinato y las primeras actuaciones

             El domingo 28 de abril todo parecía normal en la estancia. Temprano a la mañana los hombres de la casa, el patrón José Saravia y algunos invitados, acompañados por todos los peones, los puesteros y el capataz que habían juntado los ganados el día anterior, ensillaron y partieron con rumbo a las mangueras donde se iría a realizar la yerra, distante unos dos kilómetros de la casa principal. En ella, quedaron solo las mujeres; la dueña de casa, Jacinta Correa, tres jovencitas invitadas de ella (una sobrina de Saravia de 22 años y dos amigas de ella que hacía un mes ya que estaban de visita), la esposa del capataz de la estancia, Martina Silva, quien oficiaba de sirvienta principal, y dos menores más auxiliares de servicio.


             Sobre las ocho de la mañana, según consta en el parte policial, dos sujetos “aindiados, de mala facha”, habían llegado diciéndose portadores de una misiva para entregar en mano propia a Saravia o a su esposa, y cuando la señora fue a recibirles en el comedor, fue sujetada y arrastrada hasta el galpón adyacente a la casa, donde se la estranguló, abandonando su cuerpo en el patio al frente del mismo. Según testimonios relevados en el mismo parte policial, al ver la violencia de ambos sujetos, las demás mujeres se encerraron en una habitación no atreviéndose a salir por temor a las consecuencias, por lo cual tan sorpresivamente como llegaron, los desconocidos desaparecieron.                   A media mañana fue avisado Saravia de lo sucedido, que inmediatamente manda un chasque a dar cuenta a la policía del deceso de su mujer y se apersona en la casa, preparándose para velar a su esposa. Un detalle importante confirmado por el comisario Larrosa de Olimar, quien realizó las primeras actuaciones, es que solo se mandó comunicar la muerte de la señora, y no la causa de la misma.
                      Una crónica de la época escrita pocos días después de ocurridos los hechos, destaca muy especialmente la rápida actuación de la policía, que enseguida de arribar al escenario de los hechos, descartan la muerte natural y catalogan lo sucedido como homicidio. No se encontraban motivos para el crimen, pues nada se había robado y la occisa era una persona mayor, bienquerida de todos.
                     En el marco de los primeros interrogatorios a los ocupantes de la vivienda descubren sagazmente inconsistencias en las declaraciones de la empleada Martina Silva, que estaba en la cocina cuando llegaron los desconocidos de a caballo, a quienes franqueó la entrada, incurrió en contradicciones y terminó por confesar que el instigador del crimen había sido el propio José Saravia. Según sus declaraciones, primero la indujo a que envenenara a la señora para evitar que se divorciara o separara de bienes, pero como ella no lo hiciera, contrató a dos sicarios, los hermanos Octalivio y Orcilio Silvera -sobrinos de Antonio Silvera, uno de sus puesteros- para que le dieran muerte, aprovechando que el personal se retiraba para la yerra.
                      A los pocos días éstos son capturados por la policía y tras sendos interrogatorios acaban por admitir su culpabilidad, declarándose Octacilio el matador de la señora Correa, pero además adjudicándole al propio José Saravia la responsabilidad de la instigación del crimen, admitiendo que habían sido contratados para este fin, narrando que algunos días antes, mediante la intervención de su tío Antonio Silvera, puestero de La Ternera y candidato de Saravia para Comisario de Olimar, se habían entrevistado con el estanciero quien les encomendó el “trabajo” a cambio de una promesa de pagarles mil pesos a cada uno.
                   En las declaraciones y careos sucesivos, Saravia negó terminantemente la responsabilidad que se le atribuía, expresándose con violencia contra sus acusadores a quienes tildó de “bandidos y asesinos”.
              Cumplidas estas actuaciones, José Saravia, a la sazón de 69 años de edad, es detenido acusado de planificar el asesinato de su esposa, dando inicio así a un juicio que se extendería por más de ocho años y que a la vista de la absolución del acusado, fue el último que se realizó en el país con el sistema de jurados quienes decidieron que las pruebas presentadas no eran suficientes para inculpar al imputado.

Culpabilidad y absolución

               Aún antes que se sindicara a Saravia como instigador del crimen, ya el rumor popular sugería la culpabilidad del marido de la occisa. No era más que un secreto a voces en la zona el hecho que el estanciero mantenía una relación extra matrimonial desde hacía muchos años con Rosa Sarli, vecina de la zona, y que doña Jacinta vivía más tiempo en Montevideo que en casa de su esposo en el campo. Desde hacía algún tiempo previo a los hechos, corría además el rumor que Correa estaría preparándose para solicitar el divorcio, hecho que disgustaba sobremanera a Saravia, quien no quería ver reducidos sus bienes por tal motivo.
                  El Juez instructor decretó el procesamiento con prisión  de los implicados confesos, los hermanos Silvera, Martina Silva y también de José Saravia y Antonio Silvera, que continuaron negando las acusaciones de que eran objeto.
                    El caso, por sus características, alcanzó una inmediata y gran repercusión en los medios de prensa de la época y provocó una fuerte reacción en la opinión publica, mayormente contraria a José Saravia,  ya que se le consideraba, de acuerdo a los trascendidos, responsable de la muerte de su esposa.
Soldados gauchos de las huestes de Aparicio en épocas de Revolución

               Este juicio se convertiría durante ocho años en un verdadero enfrentamiento entre el abogado defensor de Saravia, Raúl Jude y el fiscal acusador, Luis Piñeyro Chain. Sin lugar a dudas, en un entorno muy infuenciado  por las implicaciones políticas tanto del acusado como de los juristas actuantes.
                      Es de tener en cuenta que el país estaba todavía muy dividido a causa de la revolución de 1904 y el principal acusado y figura fundamental de la historia era un hermano nada menos que del General Aparicio Saravia, figura referencia, pese a su muerte, del Partido Nacional. Además este hecho cobró gran notoriedad porque en el proceso, el jurado que al final lo absolvió, fue acusado de estar comprado, y a raíz de esto por una ley posterior se derogaron los juicios orales en el país. Es decir que este fue el último juicio oral que se llevó a cabo en el Uruguay.


Breve biografía de Saravia

                   Jose Saravia nació un 15 de agosto de 1858, siendo el quinto hijo del matrimonio brasilero compuesto por Don Francisco Saraiva y Doña Propicia Da Rosa. José fue en extremo laborioso desde su más tierna infancia, y a pesar de que sus estudios fueron limitados, en negocios de campo y transacciones rurales fue una persona muy entendida y habil. Su vida se redujo a vender ganado, cuero y lanas y a comprar campo. En esta sencilla tarea, se paso su vida entera.
                         Hombre sumamente austero y dedicado por entero al trabajo y los negocios, se puede considerar que fue uno de los más ricos de la familia y si bien tuvo activa participación política en beneficio del Partido Colorado, no participó activamente en ninguna de las guerras que tuvo el país en esas épocas y donde participaron sus hermanos (Aparicio, “Chiquito”, Basilicio y los demás).  Sin embargo conservaba una ferviente devoción y sentimiento de compromiso hacia su Partido. Mostraba su sentir político de un modo acentuado en mil detalles de su vida privada. La estancia en que vivía estaba toda pintada de colorado vivo. Puertas, ventanas, frisos, portones, depósitos, etc. Los peones y agregados usaban boina de vasco y golilla colorada. José montaba siempre un brioso caballo de pelo colorado, y usaba una gran golilla colorada, que sólo se quitaba a la hora de acostarse. El pañuelo de manos era igualmente colorado. Ni el duelo, por sus hermanos muertos, lo hizo despojarse de esta costumbre. Los terneros de sus rodeos que salían de pelo blanco, se los mandaba a su hermano Camilo y este a su vez le enviaban los suyos que salían de pelo colorado. Camilo pretendía ser más blanco que Oribe, no obstante no haber participado nunca en ninguna revolución.
                           A pesar de no tener hijos, al llegar a su estancia se veía un enjambre de chicos, pues afirmaba que con sólo el trabajo no bastaba, que había que compenetrarse de las inmensas ventajas de la educación y fundó la escuela José Saravia sostenida con su peculio privado. Hizo construir las instalaciones y las dotó de todo lo necesario para su funcionamiento y en ella se instruían los hijos de sus puesteros, peones y agregados.
Hijos de Basilicio Saravia, hermano y correligionario de José Saravia

                           El costo de funcionamiento era de 1500 pesos al año, trabajando las distintas clases 5 horas diarias. No obstante el acentuado partidarismo que se exigía para asistir a ella, aquella escuela perdida entre los espesos chircales de la Barra de la Ternera, en un rincón solitario de la República, era un verdadero santuario del saber y de bien entendida caridad, pues José vestía, calzaba y daba alojamiento, alimentos, libros, cuadernos, a los alumnos que eran pupilos de tiempo completo, y en total sumaban en el colegio unos cincuenta.
                          Los sábados de tarde, los chicos se marchaban a caballo, por caminos diversos, a pasar el domingo con sus respectivos padres, luciendo siempre sus golillas rojas, mientras que todo el Departamento, estaba sometido a la administración de Aparicio y el Partido Nacional que irradiaba blancura desde la costa del Cordobés.
                     
      Durante la campaña de 1897, su estancia fue un consulado. Su hermano Aparicio era el comandante en jefe de la revolución y su otro hermano, Basilicio, era el comandante militar de la División Treinta y Tres, vanguardia del ejército gubernista. De manera que su casa y bienes, fueron respetados por los dos bandos beligerantes, siendo el asilo obligado y neutral de gente, que pretendía permanecer libres de sobresaltos. Fue respetado como sagrado quien se cobijó bajo el ala protectora de José Saravia.

                            Todos los descendientes de Don Chico Saravia, eran dueños de enormes extensiones de tierras que estaban distribuidas por los departamentos de Rivera, Cerro Largo, Tacuarembó, y Treinta y Tres. Pero de todos ellos el único que actuaba como un verdadero señor feudal era José debido a que a su poderío económico sumaba una fuerte influencia política, dado que su establecimiento se había convertido en tiempos de conflictos en un recinto inexpugnable respetado por todo el espectro político, en una especie de territorio extranjero.