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lunes, 15 de junio de 2026

Curiosidades en la creación del departamento

 

Un par de años de tratamiento parlamentario de la ley modificaron los  límites del pedido original

 

Al igual que en el enunciado de la conocida “Ley de la conservación de la materia” de Antoine Lavoisier, que en su forma más conocida afirma que “Nada se gana, nada se pierde, todo se transforma”, la evolución histórica de la división geopolítica del país, sufrió una constante transformación desde el inicio de la colonización hasta finales del siglo XIX, cuando con la creación del departamento de Flores, se completan los 19 departamentos que hasta la fecha constituyen nuestro división administrativa nacional.

Para llegar ello, se sufrió un largo proceso que podríamos valorar comenzó junto a las distintas demarcaciones de límites de la época de la conquista entre las posesiones españolas y lusitanas, que serían muy largas y tediosas de detallar. Pero lo cierto es que al inicio del camino institucional como república independiente, nuestro país contaba con tan solo diez departamentos: solito Paysandú al norte del Río Negro, dos enormes al este: Cerro Largo y Maldonado, tres más al centro: Durazno, San José y Canelones y dos al oeste, Soriano y Colonia, que junto al capitalino Montevideo completaban el mapa nacional.

Pocos años más tarde, en 1837, al norte del Negro se divide Paysandú para crear los departamentos de Salto y Tacuarembó, mientras que al sur, nace el departamento de Minas, generado con tierras tomadas de Maldonado y Cerro Largo, que por primera vez ve achicado su territorio. En esa partición, cabe señalar, el departamento de Minas “le roba” a Cerro Largo una generosa porción de terreno, desde el Cebollatí, antiguo límite con Maldonado, hasta el Olimar en toda su extensión, desde las nacientes hasta la barra, un área aproximada a las 625 mil hectáreas.

Veinte años después, en 1856, nace Florida, partido de tierras maragatas. Más de otros 20 años pasarán para una nueva división administrativa: en 1880 se crean Río Negro, escindido de Paysandú, y Rocha, dividiendo terrenos con Maldonado. Algunos pocos años después, en 1884, ocurre la creación de tres departamentos más: al norte Artigas, con área suprimida a Salto y Rivera con parte de las tierras de Tacuarembó, y al este Treinta y Tres, que toma territorios de dos “donantes”, Minas y Cerro Largo. La cuenta, se completará al año siguiente, con el fraccionamiento de San José para el nacimiento de Flores.

 

Un poco de historia

 

En efecto, el 20 de setiembre de 1884, el entonces presidente de la República General Máximo Santos, tras haber culminado un par de días antes (el 18) un largo camino legislativo de casi dos años para la aprobación de la Ley N.º 1754, que se hace por medio de la Asamblea General, promulga la misma estampando al pie su firma.

El camino fue largo y tuvo en su devenir muchas discusiones y modificaciones a la aspiración primaria de los vecinos que propiciaron la idea de crear el nuevo departamento.

Una extensa misiva con un pedido para la conformación de un nuevo departamento que había sido enviada al presidente Santos por vecinos de la Villa de Treinta y Tres, habría sido el puntapié inicial para la iniciativa remitida al parlamento por el Poder Ejecutivo.

Ese pedido, redactado por una autodenominada “Comisión de Segregación” que se había conformado a instancias de la entonces autoridad vecinal de la Villa, la Comisión Auxiliar de la Junta Económico-Administrativa de Cerro Largo, conteniendo -según asegura el doctor José Luciano Martínez en un artículo publicado en 1953- más de dos mil firmas además de una extensa argumentación destacando las ventajas de la creación de esta nueva división administrativa.

Al respecto, el doctor Martínez (también general del Ejército), explica en esa publicación mencionada que ya en épocas cuando Máximo Santos era Ministro de Guerra durante la primera presidencia de Francisco A. Vidal (1880-1882) éste habría recibido un telegrama solicitando “su valiosa protección para (…) la creación de un departamento en esta jurisdicción tanto más útil y necesario que los últimamente creados por su situación topográfica y recursos…”, y explica además que Santos contestó que se ocuparía del tema.

En otro pasaje de su publicación, Martínez anota que ya siendo presidente Santos, en marzo de 1883, en una visita que le realizó el escribano Lucas Urrutia, le comunicó que había enviado al Parlamento el proyecto, noticia que trasladó Urrutia a los habitantes de la zona siendo recibida en la villa y sus alrededores con una explosión de alegría. En este párrafo debemos afirmar que si bien Urrutia no figuró en ningún documento que hayamos accedido al respecto de la creación del departamento, no hay dudas que fue él el verdadero impulsor y el primer batallador de la idea del departamento propio. Lo reconocen -años después en el cincuentenario del departamento- sus propios coterráneos incluso algunos de los sobrevivientes de la época que en su momento eran “antiurrutistas”.

Efectivamente, el 21 de marzo de 1883 se presenta el proyecto en la Cámara de Representantes, la que lo pasa a estudio de la Comisión de Legislación, en el seno de la cual permaneció más de un año, ya que se extendieron los debates ya no debido a la conveniencia o no de la creación del nuevo departamento, sino en lo que tiene que ver con su extensión y límites.

 

Cuestión de límites: 14 meses de idas y venidas

La solicitud original de los lugareños, exponía “razones de origen geográfico que impiden el desplazamiento de los vecinos de la “zona comprendida entre los arroyos Cebollatí, Parado, Otazo y Cuchilla Grande”, para llevar a cabo toda la actividad administrativa, policial y judicial que tomó incremento a partir de la fundación del pueblo; asimismo, expone las ventajas económicas que reportaría al país, y los recursos con que se contaba para el mantenimiento de la administración departamental a crearse” , y proponía como límites del nuevo departamento el área comprendida entre el río Cebollatí desde sus nacientes hasta la desembocadura del “Arroyo Parao”, este último hasta sus nacientes, a continuación la Cuchilla Grande hasta llegar a las nacientes del Arroyo Tupambaé y por este último hasta su desembocadura en el Río Negro. La propuesta bajaba el límite por el Rio Negro al sur hasta la barra con el “Arroyo El Cordobés”, por éste hasta sus nacientes en la Cuchilla Grande, y nuevamente por ella hasta encontrar la naciente del Cebollatí.

 

Finalmente en Comisión se llega al acuerdo de realizar un cambio de límites corriendo el límite sur del nuevo departamento hasta el arroyo Corrales y el Olimar Chico desde sus nacientes en el espacio territorial que se le segregaría al departamento de Minas en favor de Treinta y Tres y en mayo de 1884 se informa a la cámara favorablemente, y se espera una rápida resolución favorable al respecto.

Pero no fue así. En el marco de la discusión se desatan varios debates, fundamentalmente y de nuevo, en lo que a cuestión de límites se trata, y en el devenir de varias sesiones se argumentan posiciones de dos grupos antagónicos: uno liderado por el diputado de Cerro Largo, Federico Demartini, y el otro por el de Minas, Isaac de Tezanos.

La argumentación principal de Demartini establecía que con estos límites proyectados, el departamento de Treinta y Tres quedaba como un departamento mediterráneo, sin ninguna intervención en la vigilancia de las fronteras con el Brasil, uno de los puntos importantes de la sucesión de divisiones políticas de la época. Pero además Demartini argumentó sobre el hecho de asignar al nuevo departamento la parte de Cerro Largo comprendida entre el Tupambaé, el Río Negro y el Cordobés, señalando que “presentan muchos inconvenientes al vecindario por sus largas distancias; pero también por estar en relación directa a aquel comercio con el de Cerro Largo y por buena accesibilidad vial del Río Negro a Treinta y Tres.

El propio diputado cerrolarguense, propone el cambio de límites extendiendo al este la jurisdicción del nuevo departamento hasta la Laguna Merin, o sea todo el terreno conocido como Rincón de Ramírez, el área comprendida entre el Cebollatí desde el Parao hasta su barra en la Laguna, la costa de ésta hasta la desembocadura del Tacuarí, ascendiendo aguas arriba por éste hasta la Azotea de Ramírez, acercando una línea hasta el Parao y siguiendo por éste hasta sus nacientes y desde allí seguir la cuchilla grande hasta la naciente del Olimar Chico, o sea los límites actuales de nuestro departamento, como finalmente fue aprobado, y se estipula en el artículo primero de la ley donde  se establecen los límites departamentales:

AL NORTE el Arroyo Parao desde sus nacientes hasta el límite exterior del llamado “rincón de Ramírez”; desde dicho límite hasta el Río Tacuarí; este río aguas abajo hasta su desembocadura en la Laguna Merín.

AL ESTE. La ribera de la Laguna Merín desde la barra del Tacuarí hasta la barra del río Cebollatí, y siguiendo el curso de este río aguas arriba hasta la barra del Arroyo Corrales.

AL SUR: el Arroyo Corrales desde su barra con el río Cebollatí hasta sus nacientes, un rumbo desde dichas nacientes hasta la barra del Arroyo Averías en el río Olimar Chico, y desde dicha barra de Averías, siguiendo el mismo Olimar Chico hasta sus nacientes en la Cuchilla Gran-de.

AL OESTE: la Cuchilla Grande en toda su extensión desde las nacientes del Olimar Chico hasta las nacientes del Arroyo Parao.

  En el artículo segundo, se establece una contribución especial de los pobladores del nuevo departamento por el espacio de 3 años para solventar los gastos de instalación, y el tercero establece la obligatoriedad del nuevo departamento de contar en las elecciones con dos Representantes Nacionales y sus respectivos suplentes.

 

Tierras que forman el departamento

                               

Es normal, a partir de los límites establecidos por la mencionad ley, no cuantificar cuales fueron las resignaciones de territorio que debieron realizar por orden superior los departamentos de Minas y Cerro Largo para la conformación de Treinta y Tres.

Más allá de caseríos informales, más o menos aglomerados, generalmente situados en torno a escuelas, puestos policiales o algunas grandes concentraciones de trabajo zafrales, el territorio adjudicado al nuevo departamento no tenía más centro poblado que la villa de Treinta y Tres.

De las 953 mil hectáreas que conforman nuestro departamento, más de las dos terceras partes, fueron desmembradas de Cerro Largo, unas 680 mil hectáreas, que comprenden el área limitada por el Olimar y Cebollatí al suroeste y sur, la Laguna Merín al Este hasta la desembocadura del Tacuarí, por éste aguas arriba hasta la punta del Rincón de Ramírez desde donde continúa al arroyo Parao siendo el límite hasta sus nacientes, y desde allí hasta las nacientes del Olimar, la demarcación recorre la cima de la Cuchilla Grande. En ese territorio, estaban comprendidas, por ejemplo, una media docena de escuelas rurales, y al menos cuatro puestos policiales, sin contar los de la zona urbana.

                            De las casi 275 mil hectáreas segregadas del departamento de Minas, acotadas entre los ríos Olimar Grande, Cebollatí, arroyo Corrales, Olimar Chico y desde sus nacientes hasta las del Olimar Grande recorriendo la Cuchilla homónima, no hay registros que se hayan heredado ni escuelas ni comisarías. Si en los hechos, por la cercanía con la nueva capital que ya estaba establecida como villa desde unos treinta años antes, los pobladores de esa vasta zona ya tenían contacto comercial asiduo, y muchos de ellos o sus familias radicaban en la urbe de la confluencia del Olimar y el Yerbal.

Cabe destacar, además, como dato anecdótico las modificaciones de límites durante la larga discusión parlamentaria “achicaron” el área original solicitada para el departamento de Treinta y Tres en algo menos de la cuarta parte, más de 250 mil hectáreas que, en lenguaje coloquial, nos “sacaron del buche”.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Carlos Alonso: sueños y legados

La vida novelesca de un creador incansable

Alonso y su hija Laura en un alto en la filmación de su documental "Madre Tierra"


                                                Tema de una novela sería, quizá, la vida y obra de Carlos Alonso, personaje de suma importancia en el desarrollo del Treinta y Tres de la primera mitad del siglo XX, que al igual que otros impulsores del progreso local, han sido olvidados y relegados por la historia regional.
Poco se sabe de sus orígenes, más allá de lo que cuenta su partida de nacimiento, ocurrido en Montevideo el 26 de junio de 1886, hijo de Encarnación Alonzo, soltera, planchadora, española. Tampoco de su infancia, adolescencia o primera juventud, aunque podemos especular que recibió una buena educación para la época, que le convirtió en un hombre cultivado y buen lector, que sin dudas modeló su carácter y su impronta, impulsándole a emprender, innovar y concretar sueños.
                                                    De las primeras noticias que tiene Treinta y Tres de Alonso, es de alrededor de 1910 cuando concreta su matrimonio con Laura Fernández, conocida joven de la sociedad olimareña, con su propio bagaje historial a cuestas, ya que era una de las hijas no reconocidas de escribano Lucas Urrutia, y se instalan en el paraje Cañada de las Piedras “en la vecindad de la Primera Sección rural”, en un campo cercano a la comisaría y a corta distancia del molino de los Perinetti y su entorno, poblando su estancia “La Mimosa”, e irrumpiendo en la vida social treintaitresina, gracias a su simpática y extrovertida forma de ser.
"La Mimosa" actualmente


              Al poco tiempo, ya en 1914, muere su esposa en el parto de su segunda hija quien llevará también el nombre de la madre, Laura. Su primer hija, María Carmen, apenas tenía tres años en ese momento; y Alonso asume responsable y cariñosamente su rol de padre único, adecuando sus actividades a las necesidades de atención de sus hijas.
                 En su establecimiento, Alonso comienza a realizar emprendimientos que le permitan pasar más tiempo en casa, y pronto se inicia en la arboricultura, siendo junto al doctor Francisco Oliveres y la campaña de la Sociedad Fomento, uno de los más tenaces propulsores en favor de la plantación de eucaliptus y otras especies en los campos de la región. Aun se ven en el camino, en los alrededores de su antigua hacienda, antiguos árboles de la original plantación realizada por él y que daba sombra y abrigo a un largo trecho del entonces camino real.
                                                            Criador de la raza Durhan, fue también protagonista del movimiento ruralista treintaitresino que buscaba el mejoramiento genético de las haciendas, introduciendo en la zona la raza Shorthorn, de la cual instaló cabaña. Pero sin lugar a dudas, su actividad principal a la cual dedicó esos años, fue a la cría de aves, tornando la avicultura en el centro de su actividad centrado en la crianza de gallinas de la raza Rhode Island, y convirtiéndose en un verdadero especialista y conocedor de esa actividad.

               En este sentido, promovió la venta de sus productos de todas las maneras que pudo, con una inusitada campaña de márquetin para la época, publicando en los periódicos avisos de tono jocoso, y organizando incluso una “exposición avícola” de repercusión nacional, que duró todo un fin de semana y se llevó a cabo en el local más céntrico de Treinta y Tres donde había funcionado el “Café La Pirámide” (en la esquina de la Plaza, donde después fue el Plaza, Las Brisas, Yaro´s, etc., y que hoy está vacío y casi abandonado).

 

La “Escuela Industrial Femenina”

                                                                        Corren los años y junto al tiempo que comienzan los estudios en nuestra localidad sus hijas, Alonso va descubriendo las casi nulas posibilidades de estudio y trabajo de las muchachas treintaitresinas una vez que terminan sus estudios iniciales. Atento a su impronta “dinámica y progresista”, como lo calificó un periodista de la época, Alonso emprende la tarea de crear una escuela de oficios dirigida a esa cantidad de jovencitas, y tras algunas reuniones  que no ofrecen resultados, asume personalmente el desafío de hacerla realidad, y para eso recorre durante semanas, día a día, todas las casas de la localidad, haciendo conocer la idea, pidiendo ayuda para concretarla y comprometiendo posibles alumnas y profesoras. Un artículo del periódico La Actualidad, años después, destaca ese hecho indicando que “solo tres amigos le acompañaron en sus esfuerzos desde la primera época: el doctor Francisco N. Oliveres, Teodoro Viana y Agustín Bilbao”, quienes integraron junto a él la primera Comisión de la Escuela creada.


                                                                            El 14 de enero de 1929 se inician las clases en un local alquilado en la esquina de las calles Gregorio Sanabria y Juan Antonio Lavalleja de la denominada entonces Escuela Industrial Femenina, que con una matrícula inicial de 520 alumnas impartió sin apoyo público, ni municipal ni nacional, cursos de Corte, Cestería, Bordado a máquina, tejidos a máquina, Confección de sacos, pantalones y chalecos, Blanco, Lencería y Dactilografía, en salones equipados con maquinarias donadas conseguidas por Alonso con las propias empresas distribuidoras en el país, y profesoras del medio, muchas de ellas al principio actuando de forma honoraria.

                                                                            Alonso continuó algunos años al frente del instituto que fue creciendo, aceptando varones y agregando oficios “masculinos”, hasta que logró que la Escuela fuera absorbida por el Ministerio de Instrucción Pública, institucionalizándose y profesionalizándose.

 

Poblado Alonso y la película de Dionisio

 

                                                                            Cuando en mayo de 1929 se produce el múltiple crimen del Oro y como consecuencia el acto heroico de Dionisio salvando a su pequeña hermana para fallecer


después en el camino hacia Treinta y Tres, a poca distancia de la estancia La Mimosa, obviamente Alonso queda sumamente impresionado, al punto que el hecho le ocupará por muchos años.

                                                                        Una vez acallados los primeros ecos de la resolución judicial del suceso y habiendo adquirido tiempo libre al ceder la administración de la Escuela Industrial al estado, el progresista empresario enfoca todo su esfuerzo en filmar una película que recuerde por siempre el hecho, y que inmortalice la heroicidad del pequeño niño. Y pone manos a la obra.

                                                                            Para financiar su emprendimiento, realiza durante 1929, un primer fraccionamiento en tierras de su propiedad, vendiendo terrenos de chacra de 3 y 4 hectáreas frente a su propia casa. Algunos años después, en 1935, algunas de esas chacras no vendidas, las vuelve a parcelar esta vez en 68 terrenos de entre 800 y 1200 metros, que conforman el centro poblado que lleva su nombre: Poblado Alonso.


                                                                      En aras de cumplir su propósito de realizar una película, consigue del cronista del diario El País que primero narró los hechos el permiso para usar su relato como base para su guión; obtiene permisos, aprende a utilizar material filmográfico, realiza un contrato con la entonces poderosa productora Max Glucksman, elije los actores y en corto plazo, queda pronta la película “El héroe del Arroyo del Oro”, una de las primeras películas de ficción nacionales, por supuesto muda y en blanco y negro, de la cual se conserva una copia restaurada por Cinemateca a fines del siglo pasado.

                                                                        El film se exhibe en sesión privada en el Cine Rex Theatre de Montevideo el domingo 13 de marzo de 1932, con singular éxito de taquilla y crítica, y llega a nuestra ciudad, al Teatro Municipal, el 15 de abril del mismo año, dando inicio a varios años de gira ininterrumpida por la mayoría de las salas nacionales.


                                                                    En oportunidad de filmar “en el lugar de los hechos” la historia del crimen, Alonso aprovechó para filmar un documental sobre nuestro departamento, que también fue presentado en la misma ocasión, y que tituló “El Departamento de Treinta y Tres” y que según se anunciaba contenía una “visión grandiosa de esta región del Este, insuperables paisajes de los ríos Olimar, Yerbal, Cebollatí y la maravillosa Quebrada de los Cuervos”

                                                                Este documental, años después, se convirtió en parte de un largometraje que Alonso compuso con imágenes de todos los departamentos, que fueron tomadas mientras acompañaba la gira de su película por todo el país. El film titulado “Mi madre Patria”  se exhibió en todas las salas nacionales a partir del año 37, y de él, lamentablemente, no quedan más que registros de prensa.

 






























Vida política: propuestas y concreciones

 

                                                            Tras los éxitos obtenidos con sus emprendimientos cinematográficos, Alonso retorna a Treinta y Tres y comienza una nueva etapa de intenso trabajo social, eligiendo para ello la actividad política. Resulta electo edil departamental en el año 1946 por la lista 1010 del partido Nacional que llevó de intendente al doctor Valentín Cossio, labor a la que dedica toda su impronta pujante y ejecutiva, encargándose de promover desde el seno de la Junta Departamental muchos emprendimientos sociales (carroza fúnebre, higiene y administración del matadero municipal, creación del vivero, entre otros) y culturales centrados en la reivindicación y homenaje a Dionisio Díaz. A su instancia se nomina la calle del Barrio España que aún lleva su nombre, la nominación de escuelas y se inicia a nivel nacional la campaña para la erección del monumento que aún hoy –aunque no en su emplazamiento original- forma parte del acervo  treintaitresino, construido por Bellini ante la personal insistencia y requerimiento de Alonso.

                                                                        Asimismo, los diarios de la época informan, además, que el proyecto de pavimentación de nuestra ciudad, fue presentado conjuntamente por el Intendente Cossio y Alonso, en una alocución donde el primero reconoció la iniciativa al respecto de edil que le acompañaba.

                                                                    Aun así, en medio de tanta actividad, tuvo tiempo para otra de sus pasiones, y en su propio domicilio, en el incipiente caserío que él mismo había impulsado, instituye un “Costurero Vecinal”, que enseña “Corte, confección, bordado y tejido a más de 30 niñas y señoritas de ese entorno rural”. Un par de años más tarde, con ayuda de una comisión de apoyo y autoridades departamentales, construye en uno de sus terrenos, que dona, un nuevo edificio para el Costurero, donde hoy es la Policlínica Municipal.


                                                                Terminado su período como edil en 1951, por razones particulares Alonso vuelve a radicarse en Montevideo, aunque nunca deja de colaborar con cuanta iniciativa se le plantaba desde nuestro medio. Allí fallece en 1953, a la edad de 67 años, rodeado de hijos y nietos y habiendo concretado la mayoría de los sueños que persiguió.

                                                                Sin dudas, don Carlos Alonso fue una persona extraordinaria, polifacético, emprendedor, filántropo, un verdadero hacedor, poco conocido, que merecería un recuerdo más tangible de su pueblo. Gracias a uno de sus nietos, Juan Carlos Silveira Alonso y a la conservación amorosa de un álbum de recortes de prensa y documentos referentes a su abuelo que su madre había reunido con el profundo amor y admiración que les unió, y que amablemente me compartió en imágenes desde la lejana Canadá, donde actualmente reside, pude resumir en estas pocas líneas los aspectos más sobresalientes de la vida y obra de este prohombre olimareño., de cuyo legado oportunamente nos iremos a referir con mayor detalle.

domingo, 20 de septiembre de 2020

A 139 de la creación del departamento

                               .

 Treinta y Tres, 1884: terrenos arachanes y minuanos pasan a ser treintaitresinos por decreto

 

                         Al igual que en el enunciado de la conocida “Ley de la conservación de la materia” de Antoine Lavoisier, que en su forma más conocida afirma que “Nada se gana, nada se pierde, todo se transforma”, la evolución histórica de la división geopolítica del país, sufrió una constante transformación desde el inicio de la colonización hasta finales del siglo XIX, cuando con la creación del departamento de Flores, se completan los 19 departamentos que hasta la fecha constituyen nuestro división administrativa nacional.

                        Para llegar ello, se sufrió un largo proceso que podríamos valorar comenzó junto a las distintas demarcaciones de límites de la época de la conquista entre las posesiones españolas y lusitanas, que serían muy largas y tediosas de detallar. Pero lo cierto es que al inicio del camino institucional como república independiente, nuestro país contaba con tan solo diez departamentos: solito Paysandú al norte del Río Negro, dos enormes al este: Cerro Largo y Maldonado, tres más al centro: Durazno, San José y Canelones y dos al oeste, Soriano y Colonia, que junto al capitalino Montevideo completaban el mapa nacional.

                        Pocos años más tarde, en 1837, al norte del Negro se divide Paysandú para crear los departamentos de Salto y Tacuarembó, mientras que al sur, nace el departamento de Minas, generado con tierras tomadas de Maldonado y Cerro Largo, que por primera vez ve achicado su territorio. En esa partición, cabe señalar, el departamento de Minas “le roba” a Cerro Largo una generosa porción de terreno, desde el Cebollatí, antiguo límite con Maldonado, hasta el Olimar en toda su extensión, desde las nacientes hasta la barra, un área aproximada a las 625 mil hectáreas.

                        Veinte años después, en 1856, nace Florida, partido de tierras maragatas. Más de otros 20 años pasarán para una nueva división administrativa: en 1880 se crean Río Negro, escindido de Paysandú, y Rocha, dividiendo terrenos con Maldonado. Algunos pocos años después, en 1884, ocurre la creación de tres departamentos más: al norte Artigas, con área suprimida a Salto, Rivera con parte de las tierras de Tacuarembó, y al este Treinta y Tres, que toma territorios de dos “donantes”, Minas y Cerro Largo. La cuenta, se completará al año siguiente, con el fraccionamiento de San José para el nacimiento de Flores.

 

139 años del departamento de Treinta y Tres

 


                        El 20 de setiembre de 1884, el entonces Presidente de la República General Máximo Santos, cumpliendo una perseguida aspiración de lugareños encabezados por el escribano Lucas Urrutia, firmó el decreto de creación del Departamento de Treinta y Tres, tomando tierras de los vecinos departamentos de Lavalleja (entonces Minas) y Cerro Largo, y designando a nuestra ciudad como su capital.

                        En el artículo primero del mencionado decreto, se establecen los límites departamentales:

AL NORTE el Arroyo Parao desde sus nacientes hasta el límite exterior del llamado “rincón de Ramírez”; desde dicho límite hasta el Río Tacuarí; este río aguas abajo hasta su desembocadura en la Laguna Merín.

AL ESTE. La ribera de la Laguna Merín desde la barra del Tacuarí hasta la barra del río Cebollatí, y siguiendo el curso de este río aguas arriba hasta la barra del Arroyo Corrales.

AL SUR: el Arroyo Corrales desde su barra con el río Cebollatí hasta sus nacientes, un rumbo desde dichas nacientes hasta la barra del Arroyo Averías en el río Olimar Chico, y desde dicha barra de Averías, siguiendo el mismo Olimar Chico hasta sus nacientes en la Cuchilla Grande.

AL OESTE: la Cuchilla Grande en toda su extensión desde las nacientes del Olimar Chico hasta las nacientes del Arroyo Parao.

                        En el artículo segundo, se establece una contribución especial de los pobladores del nuevo departamento por el espacio de 3 años para solventar los gastos de instalación, y el tercero establece la obligatoriedad del nuevo departamento de contar en las elecciones con dos Representantes Nacionales y sus respectivos suplentes.

 

Las tierras que componen el departamento

 


                                Es normal, a partir de los límites establecidos por el decreto fundacional, no cuantificar cuales fueron las resignaciones de territorio que debieron realizar por orden superior los departamentos de Minas y Cerro Largo para la conformación de Treinta y Tres.

                                Más allá de caseríos informales, más o menos aglomerados, generalmente situados en torno a escuelas, puestos policiales o algunas grandes concentraciones de trabajo zafrales, el territorio adjudicado al nuevo departamento, no tenía más centros poblados que la ciudad de Treinta y Tres, y un reciente Santa Clara de Olimar (en 1878, apenas 6 años antes Modesto Polanco había pedido la autorización para fundar el pueblo Olimar, en Santa Clara, departamento de Minas)

                                De las 953 mil hectáreas que conforman nuestro departamento, más de las dos terceras partes, fueron desmembradas de Cerro Largo, unas 680 mil hectáreas, que comprenden el área limitada por el Olimar y Cebollatí al suroeste y su, la Laguna Merin al Este hasta la desembocadura del Tacuarí, por éste aguas arriba hasta la punta del Rincón de Ramírez desde donde continúa al arroyo Parao siendo el límite hasta sus nacientes, y desde allí hasta las nacientes del Olimar, la demarcación recorre la cima de la Cuchilla Grande. En ese territorio, estaban comprendidas, por ejemplo, una media docena de escuelas rurales, y al menos cuatro puestos policiales, sin contar los de la zona urbana.

En celeste, versión libre de la porción de Minas; en color crema, la de Cerro Largo

 

                             De las casi 275 mil hectáreas segregadas del departamento de Minas, acotados entre los ríos Olimar Grande, Cebollatí, arroyo Corrales, Olimar Chico y desde sus nacientes hasta las del Olimar Grande recorriendo la Cuchilla homónima, nohe encontrado registros que se hayan heredado ni escuelas ni comisarías, aunque es de suponer que si hubieran algunas establecidas. En los hechos, por la cercanía con la nueva capital que ya estaba establecida como villa desde unos cuarenta años antes, los pobladores de esa vasta zona minuana ya tenían contacto comercial asiduo, y muchos de ellos o sus familias radicaban en la urbe de la confluencia del Olimar y el Yerbal


Las autoridades del nuevo departamento


                            Al tiempo de la fundación, según el libro del Presupuesto Nacional para ese período que se conserva en el acervo de la Jefatura de Policía de Treinta y Tres  y al que tuvimos acceso gracias a los buenos oficios y el esfuerzo mancomunado en la búsqueda de material del comando y personal encabezado por el Jefe de Policía Inspector Víctor Sánchez, el departamento contaba con un personal público, que entre jefes y subordinados superaba los dos centenares de personas.

Lucas Urrutia, considerado Fundador del Dpto.

                            Según el mencionado libro, en el ámbito policial, era donde revistaban la mayoría, según el siguiente detalle:

                            Un Jefe Político y de Policía –que lo fue el Coronel Manuel M. Rodríguez-, un Oficial 1º, un Oficial 2º, un Comisario de órdenes e Inspector de Policía, un Auxiliar, un Alcaide Escribiente, un Médico de Policía y un Portero, en Jefatura, totalizando 8 plazas.

                            En lo que tiene que ver con el personal de las seccionales, se establece que existían dos Sub Delegados, seis Comisarios de seccional, un Comisario Volante, tres Escribientes, nueve Vigilantes de 1º, once Vigilantes de 2º y noventa y cinco guardiaciviles, o se que en total se empleaban 127 personas.

                            En el área administrativa del departamento, la recientemente creada “Junta Económica Administrativa”, (de carácter honorario presidida por Pedro Aguiar),  heredó los cargos rentados de la anterior Comisión Auxiliar que le rendía cuentas a Melo, a saber: un secretario, un escribiente, un Inspector de Salubridad, un portero, un jardinero, y un sepulturero.

                            En lo que tiene que ver con la Educación Pública, cuyo Inspector Departamental fue Saturnino Roldán, el Presupuesto de Gastos indica los siguientes cargos, además del nombrado Roldán: un Secretario/Tesorero, un maestro de 2º grado, una maestra de 2º grado, un ayudante para la escuela de varones y una ayudante para la escuela de niñas, en lo que tiene que ver con la capital, mientras que en el área rural, se crean seis cargos de escuelas rurales, entre ellas para las ya establecidas en Isla Patrulla, Yerbalito y Cuchilla de Dionisio , y cuatro cargos apartes para “maestros de frontera”

                            Por último, en el plano impositivo, se nombra un Administrador de Rentas – que fue el Capitán Alejandro G. González-, a quien acompañarían tres auxiliares, y  en el plano del Poder Judicial a pesar de que como poder aparte no figura en ese entonces el Presupuesto de Gastos del Estado, cabe recordar que el Juez Letrado era el Dr. Pedro Garzón, actuando en la actuaría el escribano Indalecio Rodríguez y Rocha.

Coronel Manuel M. Rodríguez, Primer Jefe Político