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lunes, 11 de mayo de 2026

Entre Cerritos y Barcazas

Antecedentes y futuro de La Charqueada



             La localidad Gral Enrique Martínez, más y mejor conocida como “La Charqueada” en una urbanización del departamento de Treinta y Tres enclavada junto al río Cebollatí a muy poca distancia de la desembocadura del arroyo Parao. Por vía fluvial, está a similar distancia de los puertos brasileños de Santa Vitoria do Palmar y Jaguarâo (unas 55 millas náuticas, el equivalente a unos 100 kms) y con comunicación directa con los puertos de Pelotas (100 millas/190 kms) y Río Grande (150-160 millas o unos 250 kms. aproximadamente.

                Por vía terrestre, dista 60 kilómetros de la capital olimareña por la Ruta 17, 35 de Vergara por la ruta 91, y unos 175 kms. a Rocha, pasando por Cebollatí y con cercanías a Lascano. Esta situación geográfica, como veremos, cobra relevancia e tiempos presentes, pero también ha sido muy relevante para su concepción y desarrollo.

                De hace 4500 años atrás, o más quizá han sido datados algunos de los más antiguos y grandes cerritos de indios de la costa baja del Cebollatí; tanto la que forma rinconada con el Parao en su barra, y la del sur, donde se extienden los humedales camino al mar y a la laguna.

           Los montículos, que han sido y son estudiados permanentemente, han permitido en sus excavaciones arqueológicas recuperar esqueletos de animales domésticos, instrumentos de piedra y hueso, vasijas de cerámica, restos orgánicos y de alimentos y ocasionalmente algún resto humano.

                La existencia de estas construcciones y sus hallazgos, nos permiten afirmar que hace mucho tiempo que pobladores originarios, de manera permanente o transitoria, poblaban y vivían en este territorio.

                Pero lo que tiene que ver con registros escritos por nuestra civilización occidental, tienen su comienzo, muchísimo tiempo después, hace alrededor de 300 años atrás, con algunas referencias a la zona, sin mucha descripción específica del lugar, en algunos diarios de los religiosos jesuitas que regularmente recorrían la zona de la “Vaquería del Mar”, centro criador de los vacunos que eran necesidad y riqueza de los pueblos guaraníes “cristianizados”.

                Posteriormente, ya en épocas de la expansión de los reinos conquistadores de España y Portugal, en los registros de ambos contingentes existen referencias de la zona relacionadas -sobre todo- con partidas de corambreros acumulando cueros para comerciar del lado de la frontera que más les conviniese, partidas de piratas de río o grupos de forajidos, rancheríos indígenas o simplemente troperos y comerciantes contrabandistas 

                En 1784, concretamente, en el marco de la Segunda Demarcación de Límites entre los reinos de España y Portugal, titánica tarea que llevaron a cabo dos partidas de peritos, soldados marineros y personal de logística, una delegación representando al Rey de España encabezada por el Teniente de Navío Diego de Alvear y otra de la corona portuguesa regida por el gobernador de Río Grande Xavier da Veiga Cabral, con un total de unos 300 hombres entre ambas. Estas partidas, de acuerdo con los tratados de la época, realizaron durante meses una minuciosa recorrida por la Laguna Merín, por cada curso de agua que desembocara en ella, y dentro de éstos, recorriendo cada uno de sus afluentes hasta sus nacientes. Muchas de las peripecias de este trabajo, quedaron registradas para la posteridad en sendos Diarios de Viaje que la delegación española fue llevando, uno del propio Alvear y el otro del Piloto Oyarbide, y en anotaciones de la delegación portuguesa.

  Ahí se relata la situación al adentrarse en el Río Cebollatí desde la Laguna, el que comienzan a recorrer optando por realizar su campamento principal  “al abrigo de altas barrancas del Cebollatí algunas millas aguas arriba de la desembocadura del Parao”, proporcionando coordenadas de ubicación que coinciden con apenas segundos de diferencia con las que hoy conocemos de La Charqueada, manteniendo su centro de operaciones activo por varios meses mientras duraban sus investigaciones. 

                Dice Alvear: “la tarde del 26 entramos en el río Cebollaty, una de las más considerables vertientes de la Laguna Merín, no solo por el gran caudal de sus aguas, que trae de larga distancia, sino también por el confuso y complicado laberinto de multitud de brazos que se le agregan no menos cortos que el tronco principal, formando la configuración de un gran árbol con muchas ramas, y regando de este modo vastas porciones de terrenos capaces de formar una muy dilatada y fértil provincia. (…)” al tiempo que testimonian del frecuente encuentro de viviendas, chozas o tolderías que denotaban al menos la habitación pasajera de humanos en esas tierras. 

                Y continúa “tiene el Cebollaty a su entrada tres islas muy pequeñas y después otras dos mayores a las 4 y 6 millas; y en este corto trecho que gira al OSO, forma por una y otra orilla muchos sacos o bocas falsas que internan bastante y engañan a los poco prácticos del verdadero canal. (…) todos nos vinimos a juntar en el paso de la Cruz, como a 10 millas de la barra, y en la latitud de 33º 13' 26". El arroyo Parado que viene del NNO, entra a las 8 millas sobre la punta austral de la isla mayor, que tiene de largo cerca de 1 legua.


                    Por consejo de los baqueanos, se pasó toda la hacienda a la banda septentrional, siendo la opuesta muy pantanosa, sucia y de mal camino, para lo que convidaba una hermosa y ancha picada, abierta de mucho tiempo antes, y bien usada en el monte espeso de las dos orillas, (…) por indígenas, bandoleros y contrabandistas.”

                La latitud exacta tomada con medios modernos y satelitales de la zona del muelle es de 33º 12’ y 32’’; la de la explanada de la hoy casa de la familia Valiño, es 33º 12’ 48’’, y la del camino de la balsa La Quemada (estancia La Gloria), 33º 13’ 54”. En vista que él habla de un “paso” que denomina “de la Cruz” (seguramente porque hace una cruz con el río), me inclino a pensar que se trate más de un error mínimo en la medida en atención a las herramientas de mensura que utilizaban en esa época.

                Sería, entonces, la primera mención específica a este lugar que permaneció escrita.

                A principio del siglo XIX, el brasilero Joao de Souza Avila instala, en el mismo sitio, una factoría de charque, o “Charqueada”, donde produce el cotizado alimento y sus subproductos, los que son en su mayor parte embarcados y despachados para las localidades portuarias brasileñas: Río Grande, Pelotas y el hasta mismo Porto Alegre.

La “Escuadrilla de la Laguna” y la primer victoria naval republicana

                  Algunos años más tarde, en épocas de las luchas por nuestra independencia, en el entorno sobre todo de los tiempos de la Cisplatina (1816/28) hay nuevas menciones que le identifican como puesto estratégico militar.

                En un completo artículo escrito Juan Enrique Kenny y publicado en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay titulado “La escuadrilla republicana en la Laguna Merín”, el autor sostiene que ya en 1816 los portugueses habían paseado por aguas del Cebollatí y la Laguna el estandarte de la familia real portuguesa, sin encontrar fuerzas enemigas, asegurando un puesto de vigilancia en la zona, sin especificar el lugar.


                En 1826, la dirigencia militar de los orientales valora la importancia de dominar la Laguna Merín, en el marco de la guerra con el Brasil. En esa fecha, se arma una flota de botes para interrumpir el paso de buques comerciales portugueses, con moderado éxito.

                Kenny indica que “al puerto de la Charqueada de Avila” llegaron en los últimos días de diciembre de 1827, por tierra, dos lanchones enviados personalmente por Lavalleja desde el Santa Lucía para hacerse cargo de la vigilancia de las desembocaduras del Tacuarí y Cebollatí y las costas de la Laguna en la Charqueada de Ramírez. Hay un relato muy interesante sobre el traslado de las misma en carreta, por tierra.

                    El 4 de enero se produce el primer combate naval, entre los lanchones patriotas y la cañonera portuguesa “19 de octubre”, victoria revolucionaria, y el parte del episodio que se publicó en un diario de Durazno, estaba fechado en “La Charqueada de Avila”.

                    Mas de 20 años después, durante la Guerra Grande, el propio Giusseppe Garibaldi hizo propia la zona como comando de la “Escuadra de la Laguna” de Rivera hasta su derrota en la Laguna de los Patos en agosto de 1839 a manos del portugués Greenfell. Su edecán, el navegante italiano Bernardo Ganduglia, optó por quedarse en la zona para siempre asegurando la tradición oral que siempre recorría las orillas del Cebollatí “como buscando algo escondido”.



                    Una vez culminada la Guerra Grande y como consecuencia de una resignación de límites con Brasil, Uruguay se ve privado de navegar en toda su extensión las aguas tanto del Río Yaguarón como de la Laguna Merín, por lo cual el gobierno de Giró establece dos destacamentos para vigilancia del contrabando, uno en aguas del Cebollatí y otro en el Río Tacuarí, y aunque no se especifica su ubicación, no es de dudar que en el caso que nos refiere utilizaran el mismo emplazamiento ya acostumbrado.

                Las empresas de graserías, saladeros y “charqueadas” en la proximidad de esos mismos puestos de vigilancia (Puerto Gómez, Passano, Cebollatí, las dos Charqueadas de Ramírez), fueron congregando trabajadores y troperos que debieron ser los primeros pobladores efectivos de la zona, y que finalmente resolvieron a don Joaquín Machado, propietario de las tierras en que hoy se yergue el Pueblo General Enrique Martínez, y a Lucas Techera fundador de Pueblo Cebollatí, ambos a principios del siglo XX, a lotear y fraccionar sus tierras para la implantación de poblados que seguramente ya eran incipientes.


                La historia de la propiedad de la tierra del poblado, tiene su origen como “salida fiscal” la compra que hace Bruno Muñoz al Virreinato, que uno de sus herederos vende a Francisco Bauzá, luego adquiere el brasilero De Souza Avila que pone la charqueada y prosiguen diferentes dueños, perteneciendo en el último tercio del siglo XIX a la familia compuesta por el brasilero Joao Pereira de Medeyros y su esposa Paulina Lagos Vaz y a su fallecimiento, en el plano de división sucesoria, aparece la adjudicación de una fracción Joaquín Machado, que es donde finalmente él proyecta y lleva adelante este pueblo.

            Allí encontraron su lugar los jornaleros y sus familias, la gente trabajadora y emprendedora, pescadores, oleros y monteadores, peones de arroceras y de campo, una variada gama de personas entre las que se destacaba un nutrido grupo de lavanderas que llenaban las barrancas de colores y de flameantes banderas de crea con su sufrido trabajo de hacer un pozo en la orilla y lavar los atados de ropa que les encargaban.

                A partir del loteo y la venta de los solares, comienza paulatinamente el propio poblado a escribir su historia, de cara al río, de pesqueros y “furaos”, de yates y contrabandistas, de aventureros y puerto cosmopolita. A los trabajos zafrales, en todas épocas se les complementaba con pesca artesanal, explotación de leña en montes ribereños, o facturas de carbón y ladrillos, en cantidades tales que hasta se embarcaban normalmente a Brasil… sin exportar, claramente.

             La comunicación depende mucho de el río y la Laguna. Los caminos son anegadizos y precarios, y son épocas en que -como aún sigue pasando en un par de lugares-, los boteros que realizan el servicio de cruce de bienes y personas, tanto en el Cebollatí como en los cercanos Parao (hacia el Este) y Olimar (hacia Passano) se constituyen en un elemento aglutinador de comercio y familias. En el caso del Cebollatí, el cruce del curso de agua evolucionó con los años primero con una balsa en La Quemada y luego con otra en la propia localidad de Charqueda, y en el cruce del Parao se instaló el servicio de balsa que aún continúa, aunque modernizado. El cruce del Olimar frente a Passano, aún sigue dependiendo del servicio de botes.

                Entre 1926 y 27, la empresa Compañía Industrial de Productos Alimenticios (CIPA), comienza a desarrollar un gran proyecto agroindustrial en la cercanía de la localidad, l que le da un nuevo impuso a la misma con la inyección de muchas familias que se radican junto a la nueva fuente de trabajo. A su vez, ese emprendimiento mueve el tráfico de mercaderías y personas fundamentalmente por el Cebollatí, llegando a fundarse un pequeño poblado satélite del que aún se conservan vestigios.

                    Cuando comienza la automatización del proceso de siembra, cosecha e industrialización del arroz, se mueven nuevos rubros zafrales que ocupan mano de obra: los años de la importación de Café Brasilero fundamentalmente para Bracafé tras la puesta en marcha de su novedoso sistema de tratamiento del café para ofrecer un producto soluble e instantáneo. Llegan casi semanalmente lanchas repletas de bolsas de café importado que debían ser bajadas y cargadas en camiones para ser envidas a la capital del país. Al tiempo, habitual en la frontera, venía una lancha con papeles y dos sin ellos, ya que así la ganancia era más grande. Los estibadores no pedían papeles: para ellos una bolsa bajada eran 50 pesos más para ayudar a parar la olla. Hasta que un día que llegaron tres embarcaciones, La Gauchita, la Fronterista y la Palmeirante, apareció la autoridad de Aduanas y se decomisó el alijo: fue el último viaje de café que ingresó.

                Concomitantemente por esa época había llegado al pueblo un religioso de visión amplia, voluntad férrea y pujanza ejecutora, el Padre Monteleone. En poco tiempo, ausculta las difíciles condiciones de la población y promueve la organización de una cooperativa de pescadores que con su padrinazgo, crece y se afianza comercialmente desde principios de los años 60, constituyéndose no solo en una fuente de trabajo sino también en un modo de vida.

                La mejora en las comunicaciones y las mejores posibilidades estudiantiles y de futuro, ya en el último tercio del siglo XX, junto con la escasez de trabajos y el paulatino abandono de la actividad fluvial con los puertos, causa una merma importante en la población.

                A finales del verano de 62, una delegación de más de 25 veleros y yates brasileños llegan al puerto instaurando así una tradición deportiva y turística que se extendería por varios años. Todo el pueblo los esperaba cada año, como una oportunidad de vender servicios, pero también como quien espera a un querido amigo. Por esas épocas, también, dan comienzo las primeras Regatas Internacionales, que con el tiempo se convertirían en la más relevante prueba deportiva fluvial del país, y una de las más prestigiosas de Sudamérica.

             Desde entonces, la actividad turística y sus servicios conexos se convierten en una nueva e importante zafra para los charqueadenses.

                Ya entrado el siglo XXI, la realidad de la construcción del puente que atraviesa el Cebollatí acercando las poblaciones hermanas de Cebollatí y General Enrique Martínez, abre otras expectativas de comercio y turismo que recién al cabo de pocos años se están empezando a evaluar con un poco más de objetividad.

                Ahora, a mediados de 2026, la noticia que finalmente se ha comenzado por parte de las autoridades brasileñas al dragado necesario para habilitar la hidrovía comunicante de esta zona con grandes ciudades y puertos, impregna al poblado de la nueva esperanza, que sea finalmente un empuje portuario e industrial que restablezca las viejas líneas de pasajeros, pero que también se construya en la zona una moderna terminal de cargas con los beneficios que ello acarrearía en generación de puestos de trabajos directos e indirectos.

                    Probablemente, pronto se comience a reactivar también la caminería que permita llegar mayor capacidad de carga transportada por tierra, con la refacción de la ruta 17 y la bituminización de la ruta 91. Y ojalá, en el marco de la anunciada recuperación del tren hacia estos pagos, finalmente se pueda construir la extensión ya planificada en el año 1937 por el ingeniero Quintana que proyectó junto a la extensión del tren desde Treinta y Tres a Río Branco, un desvío desde la estación de Bañado de Oro hasta el viejo puerto de La Charqueada, tal como había soñado a fines del siglo XIX y principios del XX, el agrimensor y político Francisco J. Ross desde su trabajo “La Vialidad del Este”.

                Las acciones parecerían que dan razón a pensar que falta poco tiempo para ver las aguas del Cebollatí surcadas por convoyes de barcazas transportando granos, minerales, maderas y quien sabe cuantos productos más, pero sobre todo portando la esperanza certera de un crecimiento efectivo para la zona.



miércoles, 23 de mayo de 2018

Las balsas y los transportes en el siglo XIX


Cruzar una carreta cargada equivalía en precio a 20 hombres a caballo
Los pasos, sus peajes y funcionamiento en 1895, según nuevo informe de Urrutia



En el Treinta y Tres aldeano de fines del siglo XIX, época en la que se publicaron -como los atentos lectores recordarán hemos comentado en anteriores ediciones-, los informes y memorias de los gobernantes departamentales de 1994, sin dudas una de las problemáticas acuciantes de la administración pública, de las muchas que se tratan en ambas publicaciones referidas, es el del transporte de personas y mercaderías.

                                                                            En efecto, Lucas Urrutia, en su calidad de presidente de la Junta Económico Administrativa (J.E.A.) de Treinta y Tres, y redactor de la Memoria de dicha repartición, ya a principios de año realiza una precisa descripción de la situación de cada uno de los pasos importantes del departamento que influyen directamente en las comunicaciones de nuestra ciudad capital con el resto del país.
                                                                            Al respecto, Urrutia comienza su reseña realizando algunas consideraciones generales de la situación en la época, que nos ilustra detalladamente la problemática, señalando que “desgraciadamente no existe todavía en este departamento puente de clase alguna, sin embargo de ser sin duda alguna, el que está cruzado por más ríos y arroyos que ningún otro de toda la república, como que limita con la Laguna Merín a donde desaguan todas las vertientes del lado Este de la Cuchilla Grande donde estamos situados.
                                                                            Tenemos el río Olimar y el arroyo Yerbal a inmediaciones de este pueblo cuyo pasaje se hace en balsas y en botes. El Paso del Dragón de Tacuarí, camino de esta Villa a Artigas, donde también se usan iguales medios de transporte. El Paso de Techera en Cebollatí, camino de aquí al departamento de Rocha donde hay un solo bote, lo mismo que en el Paso de la Laguna de Olimar, y Paso de Vergara en el Parado; pues unas chatas viejas que existen en estos tres últimos pasos no pueden dar servicio en razón de hallarse en pésimo estado. Y por último tenemos el insignificante Paso de Carpintería en Olimar chico, cuyo pasaje se hace en bote.”
                                                                                 Tras esta somera enumeración de los pasos, el informe de la J.E.A. pasa a detallar las problemáticas y situaciones particulares de cada uno, deteniéndose en detalle y extensión en el paso real frente a esta ciudad, sin lugar a dudas por ser el que influye más directamente en la vida cotidiana de la Villa de la época.


                                                                                  En ese sentido, se informa que cuando la Junta actuante entonces asumió, había un pleito pendiente entre la administración popular y don Dionisio Vaco, “propietario principal de las balsas” que realizaban el paso de bienes y pasajeros. Urrutia puntualiza en el informe que en aras de solucionar el diferendo, se convocaron las partes en cuestión (Vaco, el fiscal y representantes de la propia J.E.A.) y tras algunas negociaciones “en ese comparendo se acordó que quedaba rescindido el contrato, dejando a salvo los derechos de terceros que se considerasen perjudicados con el procedimiento”, aclarando que “esto ocurría en el mes de abril y quedaba la Junta en estado de poder contratar libremente el derecho de peaje con cualquier persona”.                                                                                        Más adelante, el informe explica que “se hicieron todas las gestiones posibles para conseguir que alguien hicieses el servicio por el impuesto de peaje establecido en la Ley del 27 de junio de 1881, pero no fue posible”. Continua luego señalando que “en este paso hay tres balsas de diferentes dueños, pero todos ellos están en perfecto acuerdo, y por más llamados que se hagan a propuestas para hacer el servicio, ni los dueños de esas balsas ni ningún otro se presentará a hacerlo con el arancel que determinan las leyes vigentes, y cada día nos encontraremos con mayores dificultades para dicho servicio: la estación de invierno se aproxima y de un momento a otro nos veremos en serias dificultades”
                                                                                      Las diferencias entre el arancel que estipulaba la ley debería cobrarse en los pasos nacionales para el servicio de balsas y barcazas, y las pretensiones de los balseros del Olimar, se subsanó elaborando de mutuo acuerdo una tabla de precios que contemplara todas las posiciones en pugna, que quedó finalmente confeccionada de la manera que se transcriba a continuación:

Arancel del servicio de peaje en Paso del Olimar
Por cada carreta con hasta 5 yuntas de bueyes, el conductor,
su caballo y 1.500 kilos carga............................................................... $ 2.00
Por cada carreta con todo lo dicho sin carga....................................... $ 1.00
Por cada carreta, con productos agrícolas y frutos del país................. $ 1.20
Por cada carro, el conductor y caballos con 700 kilos de carga.......... $ 0.80
Por cada carro con todo lo dicho, sin carga......................................... $ 0.40
Por cada carruaje con 3 o más caballos con pasajeros........................ $ 0.80
Por cada carruaje con 3 o más caballos sin pasajeros......................... $ 0.40
Por cada breack con 3 o más caballos con pasajeros........................... $ 0.60
Por cada breack con 3 o más caballos sin pasajeros............................ $ 0.30
Por cada carro tirado por 1 ó dos caballos, con carga........................ $ 0.30
Por cada carro tirado por 1 ó dos caballos, sin carga......................... $ 0.20
Por cada pasajero y su caballo............................................................. $ 0.10
Por cada pasajero a pie........................................................................ $ 0.06
Por cada cabalgadura con carga......................................................... $ 0.10
Por cada animal vacuno, caballar o porcino........................................ $ 0.06
Por cada 100 animales lanares o cabríos............................................. $ 1.50
Por cada 100 kilos que se transporten de peso sin vehículo................. $ 0.20

El servicio extraordinario cuando el rio está fuera de caja o de
cauce, se hará mientras puedan funcionar las balsas sin peligro,
por doble precio, exceptuando los rodados que pagarán siempre
lo mismo mientras no haya peligro.
Cuando el río tenga mil metros o más de anchura, el servicio
se hará en grandes botes y se cobrará:

Por cada pasajero con su caballo ensillado.......................................... $ 1.00
Por cada pasajero a pie........................................................................ $ 0.50
Por cada 25 kilos de peso..................................................................... $ 0.20
El servicio será solo obligatorio desde la salida hasta la puesta
del sol. Fuera de estas horas, se cobrará el 50% más de lo establecido.



                                                                                                  Las mencionadas diferencias, además, llevaron a que el propio Jefe Político Antonio Pan, que se había visto directamente involucrado en la confección de este arancel junto a un grupo de transportistas, comerciantes y demás autoridades de la Villa, realizara la propuesta de adquirir una balsa en propiedad de la Junta y explotarla con recursos propios cumpliendo el tan necesario servicio, lo que ameritó una tajante respuesta del Urrutia, quien argumentando en contra historió que “la Junta ya ha sido propietaria de la balsa del Paso del Olimar.                                                                                                   En el año 1868 se le concedió a Dionisio Vaco el derecho a la explotación del paso hasta mayo de 1879, en que lo entregó con una balsa que quedaba siendo propiedad de la Comisión Auxiliar. Entonces se ensayó la explotación del peaje con aquella balsa y botes por cuenta de la referida Comisión y se vio que no daba resultado alguno”. Los principales argumentos esgrimidos por Urrutia, eran la dificultad de “encontrar  persona idónea y competente que se encargue de esa clase de trabajos y que de cuenta exacta de lo que recauda”, y el hecho que “el paso se badea sin hacer uso de balsas ni botes lo menos ocho meses en el año” y por lo tanto solo se generaría ganancias durante cuatro mese en el año, debiendo mantener el servicio a la orden todo el tiempo.
                                                                                                  Finalmente, completando el capítulo referente al paso del Olimar, Urrutia afirma que una vez llegado a acuerdo con los balseros de explotar el servicio con el arancel acordado, y habiéndose arreglado el derecho de explotación con un 10% para las arcas de la J.E.A., en tres meses y medio transcurridos de la temporada invernal, ingresaron por ese concepto a las arcas municipales $ 233,05, “evitando pleitos y disgustos que no hacen sino postergar el progreso local y aumentar el malestar”.

Paso del Yerbal
                                                                   El lo que tiene que ver con el Paso sobre el arroyo Yerbal, el informe indica que “este paso que se encuentra también frente a nuestro pueblo apenas estará crecido 60 días en el año. Lo recibimos contratado por el término de tres años a contar desde el 12 de junio del 93, don Doroteo Mota, con la garantía de don Juan A. Acosta, a pagar 80 pesos mensuales que fueron pagados los de la primer anualidad a la firma del contrato”

                                                                   Acto seguido relata que “el señor Mota, acusado de un homicidio, fue remitido a la Penitenciaría y su fiador Acosta propuso retirar la fianza y se aprovechó la oportunidad para concluir con don Félix Olivera, propietario de la ribera derecha del Yerbal, en el paso de que se trata, un pleito que también había iniciado la Junta Anterior, por supuesta obstrucción del paso. El señor Olivera, interesado en el contrato que se había celebrado con Mota, prohibía a éste el uso de la rivera más allá de lo que la ley le obliga a dar en el paso; renunciado Mota y su fiador a favor del señor Olivera, como lo hicieron a pedido de esta junta, se arregló el diferendo y el uso de la rivera de una manera perfecta y conveniente para el servicio público”.
                                                                     Con respecto a los demás pasos de relevancia donde existían en aquella época servicios de peaje de paso, el informe señala:

Paso Vergara en el Parado

                                                                   El día 1º de Julio de 1893, la Junta saliente enajenó el derecho de peaje de este paso en favor de don Alfredo Arnaud, por espacio también de tres años, a razón de $61.56 anuales.

Paso de la Laguna en Olimar
                                                                  Según contrato de 1º de Setiembre de 1893, la junta anterior enajenó el derecho de la explotación de este paso a favor de Manuel Acosta por espacio también de tres años, a razón de $ 33.70 anuales, siendo las otras condiciones iguales a las precedentes.

Paso de la Carpintería en Olimar Chico
                                                                  Este paso de insignificante importancia, donde apenas hay una canoa, lo tienen contratado por la Junta anterior los señores Izmendi y Saiz, a razón de 8 pesos al año. Vence ese contrato el 1º de Setiembre, y para esa fecha se volverá a llamar a propuestas.

Paso de Techera en Cebollatí
                                                                  Como este paso se halla en el límite con el departamento de Rocha, la Junta de aquel departamento lo tiene contratado desde el 1º de enero de 1903 por tres años, y los tres subsiguientes le corresponderán a esta Junta.

Paso del Dragón en Tacuarí

                                                                  “Este paso se halla bajo la jurisdicción de la Junta de Cerro Largo, según resolución del Poder Ejecutivo de Abril 28 de 1885”. A este respecto informa que en desde esa fecha “se encuentra contratado con don Plácido Rosas, por medio de escritura pública autorizada por el Escribano de Gobierno y Hacienda por 8 años, que vencieron en 1892. Desde que ese contrato venció no hay razón alguna para que aquella Junta tenga el uso y derecho exclusivo de aquel paso, sino que debe distribuirse por partes iguales entre uno y otro departamento limítrofes, como se resolvió al respecto con el Paso de Techera, limítrofe con el departamento de Rocha. Es lo justo y equitativo”, concluye, anunciando gestiones para obtener el aprovechamiento para Treinta y Tres “por los próximos once años”.

lunes, 15 de mayo de 2017

Algunos antecedentes sobre La Charqueada

Enviados reales, contrabandistas, corsarios y hasta Garibaldi



                                                La pacífica y turística localidad de La Charqueada, enclavada a orillas del Cebollatí cumplió recientemente los 100 años de su fundación efectiva, pero su particular enclave natural y la buena profundidad que ahí adquieren las aguas de ese río, fueron desde los tiempos de la colonia factores fundamentales para que el lugar fuese testigo de muchos episodios históricos importantes.


                                      Ya en el año 1784, una delegación representando al Rey de España encabezada por el Teniente de Navío Diego de Alvear y otra de la corona portuguesa regida por el gobernador de Río Grande Xavier da Veiga Cabral, conjuntando un total de unos 300 hombres entre técnicos, soldados y esclavos, recorren minuciosamente la zona limítrofe compuesta por la Laguna Merin, la Laguna de los Patos y sus afluentes, optando por realizar su campamento principal  “al abrigo de altas barrancas del Cebollatí algunas millas aguas arriba de la desembocadura del Parao”, proporcionando coordenadas de ubicación que coinciden con apenas segundos de diferencia con las que hoy conocemos de La Charqueada, manteniendo su centro de operaciones activo por varios meses mientras duraban sus investigaciones.

                                            Años más tarde, en épocas de las luchas por nuestra independencia, existen menciones militares a “un profundo puerto natural a unas 15 millas” de la Laguna Merin sobre aguas del Cebollatí, que fue refugio para corsarios que luchaban a favor de la independencia. 
Poco tiempo después, durante la Guerra Grande, el propio Giusseppe Garibaldi hizo propia la zona como comando de la “Escuadra de la Laguna” de Rivera hasta su derrota en la Laguna de los Patos en agosto de 1839 a manos del portugués Grenfell. Su edecán, el navegante italiano Bernardo Ganduglia, optó por quedarse en la zona para siempre asegurando la tradición oral que siempre recorría las orillas del Cebollatí “como buscando algo escondido”.
                                      Una vez culminada la Guerra Grande y como consecuencia de una resignación de límites con Brasil, Uruguay se ve privado de navegar en toda su extensión las aguas tanto del Río Yaguarón como de la Laguna Merin, por lo cual el gobierno de Giró establece dos destacamentos para vigilancia del contrabando, uno en aguas del Cebollatí y otro en el Río Tacuarí, y aunque no se especifica su ubicación, no es de dudar que en el caso que nos refiere utilizaran el mismo emplazamiento ya acostumbrado.

                                Tampoco es extraño que en la misma época, algunos emprendedores comerciantes instalen graserías, saladeros y “charqueadas” en la proximidad de esos mismos puestos de vigilancia (Puerto Gómez, Passano, Cebollatí, las Charqueadas de Ramírez), empresas que fueron congregando trabajadores y troperos que debieron ser los primeros pobladores efectivos de la zona, y que finalmente resolvieron a don Joaquín Machado, propietario de las tierras en que hoy se yergue el Pueblo General Enrique Martínez, y a Lucas Techera fundador de Pueblo Cebollatí, ambos a principios del siglo XX, a lotear y fraccionar sus tierras para la implantación de poblados que seguramente ya eran incipientes.

lunes, 4 de abril de 2016

Casi donde termina el Olimar...

Passano: el italiano que dio nombre a un pueblo



                                             Generalmente cuando hablamos de los primeros pobladores de Treinta y Tres, nos referimos concretamente a los primeros habitantes establecidos en nuestra ciudad al momento de su fundación, en el año 1853, pero sin dudas, la zona que hoy ocupa nuestro departamento, desde mucho antes era habitada por pioneros, en una cantidad que nunca censada y de los cuales no han quedado prácticamente testimonios que les liguen a nuestros días.
                                          Distintos historiadores y estudiosos de la época de las luchas independentistas y de los primeros años del Uruguay independiente, coinciden en informar sobre escasas poblaciones en toda la campaña, pero especialmente pocas en las zonas como la que hoy ocupa nuestro departamento, de las más alejadas en ese entonces de los grandes centros poblados.
                                      Hacia 1830, la escasez de caminos y la gran distancia existente en la zona este del país entre sus ciudades (de Minas a Melo unos 270 kilómetros, o sea unas 54 leguas) hacía que “a pata de yegua”, o en los incipientes servicios de diligencia, se debiera recorrer en varias jornadas, siempre contando con el clima a favor, lo que era un impedimento más para la radicación en la zona.
                                             Abundaban, según los mismos cronistas, los “gauchos” errantes, los indios, matreros, contrabandistas y malvivientes, mucho más que las familias.
                                   Sin embargo, fueron no pocos los decididos aventureros que se lanzaron en ese entonces a la conquista de estas nuevas tierras, la gran mayoría dedicados a emprendimientos ganaderos, y algunos pocos, al comercio, a pesar que poco o nada ha quedado de las vicisitudes  y padecimientos de aquellos en nuestra historia.

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                                   Uno de estos personajes que en los primeros años del siglo XIX arribó a este territorio y dejó profunda huella fue, sin dudas, don Angel Passano, italiano originario probablemente del norte piamontés, que a muy corta edad abandonó su tierra natal desde el puerto de Génova junto a un hermano para probar suerte en el nuevo mundo.

                                          Una de sus descendientes directas, quien amablemente compartió datos, anécdotas, recuerdos y documentos invaluables aunque prefirió guardar el anonimato, relató que la historia familiar transmitida oralmente contaba que los hermanos se separaron al llegar al río de la Plata, y que nunca más volvieron a tomar contacto. Don Angel, según consta en su certificado de nacimiento Angelo Raffaelle Passano Raffo, nacido en Leira el 4 de diciembre de 1813, ya en el año 1830 contando con apenas 17 años, sacó un permiso ante el novel gobierno uruguayo, que le habilitaba para ejercer el comercio en todo el territorio nacional.



                                   Entre los innumerables documentos que conserva la entrevistada bisnieta, figuran algunos de los primeros años de la década de 1830 (1834/36) fechados ya en “Olimar”,  “Parado” y “Artigas” (hoy Río Branco) lo que denota, además su permanente movilidad en la zona concretando negocios. La mayor parte de los documentos, son pagarés emitidos a su favor, que cuentan la historia de un comerciante pujante, en buena relación de vecindad con los afincados en la zona, o relaciones de ventas de artículos de primera necesidad que obviamente eran una especie de “libreta de almacén” donde los clientes retiraban la mercadería y pagaban seguramente con el producido de las zafras ganaderas. Obviamente, Passano tenía una o varias pulperías.
                              Lo concreto es que a mediados de la década del 30, “a media legua de la barra del Olimar Grande con el Cebollatí, en la margen derecha del primer nombrado”, tal lo consigna Oscar Prieto en un completo trabajo de investigación, Angelo Passano se instala con lo que seguramente sea la primer industria de nuestro actual departamento: una grasería de yeguas, donde se producía además del mencionado producto destinado al consumo en el alumbrado público y a la fabricación de jabón, otros productos de exportación tales como cueros de caballos, cerda, huesos quemados para fertilizantes y los vasos de los caballos, en ese entonces muy demandados para la fabricación de botones, elementos todos que se “exportaban” para Brasil por vía fluvial.

                                     La vida de don Angelo Passano, en si misma, estuvo plagada de anécdotas que hoy a casi dos siglos parecen más cuestión de leyenda que espejo de la realidad.
                                 Por ejemplo, su bisnieta nos relató, además, que una vez se hubo establecido en la zona y tras lograr una relativa comodidad económica y estabilidad en sus negocios –recordemos que a la sazón Passano era un hombre joven, de no más de 30 años-, decidió formar una familia, y ante la escasez de candidatas de la zona, al regreso de uno de sus viajes al norte, retornó casado con una indígena, que según la tradición familiar era de origen guaraní.
                                         Con ella, Passano tuvo cuatro hijos, tres mujeres: Ana (casada con Becerra, radicados en Treinta y Tres y madre  –entre otros- del recordado maestro Becerra), Aurelia (casada con Nuñez, quien a principios de siglo XX era peluquero en Vergara) y Rita (quién nunca se casó, a consecuencia según la tradición familiar de haberse enamorado perdidamente del conocido matrero “El Paraguay” un día que casualmente se lo encontró sorpresivamente en el monte del Olimar), y un único hijo varón, Hermenegildo, quien falleció a edad avanzada pero sin dejar descendencia en la zona, lo que generó la desaparición del apellido en el medio.
                                   La industria que generó ese pionero en el primer tercio del siglo XIX que ocupaba sin dudas por lo menos algunas docenas de personas, y la influencia y poderío de su fundador, a pesar que no quedan de ellos más huellas que los recuerdos, fueron seguramente el origen del centro poblado que lleva su nombre, que cada vez más despoblado, aún palpita al sureste del departamento, sin industria, casi sin gente, y sin Passanos