lunes, 15 de mayo de 2017

Algunos antecedentes sobre La Charqueada

Enviados reales, contrabandistas, corsarios y hasta Garibaldi



                                                La pacífica y turística localidad de La Charqueada, enclavada a orillas del Cebollatí cumplió recientemente los 100 años de su fundación efectiva, pero su particular enclave natural y la buena profundidad que ahí adquieren las aguas de ese río, fueron desde los tiempos de la colonia factores fundamentales para que el lugar fuese testigo de muchos episodios históricos importantes.


                                      Ya en el año 1784, una delegación representando al Rey de España encabezada por el Teniente de Navío Diego de Alvear y otra de la corona portuguesa regida por el gobernador de Río Grande Xavier da Veiga Cabral, conjuntando un total de unos 300 hombres entre técnicos, soldados y esclavos, recorren minuciosamente la zona limítrofe compuesta por la Laguna Merin, la Laguna de los Patos y sus afluentes, optando por realizar su campamento principal  “al abrigo de altas barrancas del Cebollatí algunas millas aguas arriba de la desembocadura del Parao”, proporcionando coordenadas de ubicación que coinciden con apenas segundos de diferencia con las que hoy conocemos de La Charqueada, manteniendo su centro de operaciones activo por varios meses mientras duraban sus investigaciones.

                                            Años más tarde, en épocas de las luchas por nuestra independencia, existen menciones militares a “un profundo puerto natural a unas 15 millas” de la Laguna Merin sobre aguas del Cebollatí, que fue refugio para corsarios que luchaban a favor de la independencia. 
Poco tiempo después, durante la Guerra Grande, el propio Giusseppe Garibaldi hizo propia la zona como comando de la “Escuadra de la Laguna” de Rivera hasta su derrota en la Laguna de los Patos en agosto de 1839 a manos del portugués Grenfell. Su edecán, el navegante italiano Bernardo Ganduglia, optó por quedarse en la zona para siempre asegurando la tradición oral que siempre recorría las orillas del Cebollatí “como buscando algo escondido”.
                                      Una vez culminada la Guerra Grande y como consecuencia de una resignación de límites con Brasil, Uruguay se ve privado de navegar en toda su extensión las aguas tanto del Río Yaguarón como de la Laguna Merin, por lo cual el gobierno de Giró establece dos destacamentos para vigilancia del contrabando, uno en aguas del Cebollatí y otro en el Río Tacuarí, y aunque no se especifica su ubicación, no es de dudar que en el caso que nos refiere utilizaran el mismo emplazamiento ya acostumbrado.

                                Tampoco es extraño que en la misma época, algunos emprendedores comerciantes instalen graserías, saladeros y “charqueadas” en la proximidad de esos mismos puestos de vigilancia (Puerto Gómez, Passano, Cebollatí, las Charqueadas de Ramírez), empresas que fueron congregando trabajadores y troperos que debieron ser los primeros pobladores efectivos de la zona, y que finalmente resolvieron a don Joaquín Machado, propietario de las tierras en que hoy se yergue el Pueblo General Enrique Martínez, y a Lucas Techera fundador de Pueblo Cebollatí, ambos a principios del siglo XX, a lotear y fraccionar sus tierras para la implantación de poblados que seguramente ya eran incipientes.

Recuerdos de la política

De elecciones y campañas 


                                    Muy lejos en el recuerdo asoman en éstas épocas de campaña electoral, esporádicos detalles que quedaron en mi memoria de las que se celebraban en los años 60, y hasta la del 71, la última antes de la dictadura militar que sufrió nuestro país, y que no se volvieron a ver hasta 13 años más tarde, cuando a raíz del Pacto del Club Naval se acuerda celebrar elecciones aunque con candidatos excluidos, en agosto de 1984.
                                      
Tapa de revista olimareña de humor de 1984. Artemio Silva y Miguel Denis (Impresa en King Graf)
 Pocos recuerdos y sobre todo asociados directamente a mi entorno mantengo de aquellas primeras épocas, como por ejemplo los interminables desfiles de caballería de los “Cabildos Abiertos” organizados por el Partido Nacional a mediados de los sesenta, claro resabio de costumbres “heredadas” del sector ruralista de Nardone que marcó toda una época en la política nacional. Gauchos ataviados con sus mejores galas montando en pingos esmeradamente alhajados, de banderas y golilla blanca y haciendo escarcear los caballos al grito fervoroso de “¡Vivan los blancos!”, se entremezclan con el ruido ensordecedor de gritos y bocinas que colmaron Juan Antonio Lavalleja al conocerse el resultado de la elección de 1966 en la que triunfó el Partido Colorado imponiendo como presidente al Gral. Oscar Gestido.
                                  De niño, las campañas políticas se me asemejaban a un carnaval, reuniones, efervescencia, enojos. Aún sin mucha conciencia, ya en el años 1971 y en una época signada por disturbios y enfrentamientos que enrareció el clima electoral, se me presenta indeleble en la memoria el acto realizado por la fórmula nacionalista Wilson Ferreira Aldunate – Carlos Julio Pereira, que a pesar de todos los pronósticos que preveían un cómodo triunfo, pierde las elecciones a causa de la “Ley de Lemas” a pesar de haber sido la propuesta más votada individualmente, y entre acusaciones de fraude electoral. La presencia de ambos candidatos y sus encendidos discursos, que se llevó a cabo en el Teatro Municipal con un lleno completo, es, sin dudas, mi primer recuerdo concreto y vívido. El fervor que provocaban, el tenor de los discursos, la magia de los oradores, es algo que siempre llevaré en la memoria.
                                    Pero luego sobrevino la dictadura, la proscripción de los partidos y la actividad política, en años que coincidieron con mi adolescencia y primera juventud, y por ende un largo período en que al igual que toda una generación, la política era cuentos de viejos, sueños de utópicos y recuerdos aislados.
                              Hasta el año 80, la política era -en público- palabra prohibida y actividad indeseada. Pero entonces, una dictadura militar ensoberbecida, pagada de sí misma y retroalimentada con mutuas aprobaciones, pero a su vez muy desgastada, comienza a dar pautas de su deseo de entregar el poder, y decide realizar un plebiscito para aprobar una nueva Constitución en la que se imponían condiciones de contralor de la actividad política entre otras modificaciones. En esos momentos, se enciende nuevamente, aunque muy débilmente, la llama de la actividad política, y aún subrepticiamente, se extiende la actividad política (aún subversiva, perseguida y proscripta) que habían mantenido algunos dirigentes que habían permanecido en el país sin exiliarse en el exterior, y comienza a contagiarse boca a boca, palabra a palabra, al punto que al llegar el día de la votación la mayoría le dijo NO a la reforma por una abrumadora mayoría. Aunque sin embargo nuestro departamento cuenta con el triste mérito de haber sido el departamento donde ganó el SI con la mayor cantidad porcentual de votos.


Ferreira Aldunate en el Teatro Municipal


                                       El paso siguiente, luego del porrazo que significó para el gobierno de facto su fracaso en este intento, se comenzaron a vislumbrar algunas luces más en el camino a la democracia. Aún con muchos de los políticos relevantes proscriptos, se habilitan los partidos tradicionales  (Blancos y Colorados) y la Unión Cívica, convocándose a elecciones internas para elegir las autoridades de los partidos, en el año 1982, y aún con la Frente Amplio y otros partidos sin poder actuar. Esa fue, a pesar de sus limitaciones, la primer campaña política propiamente dicha que conocimos toda una generación. A diferencia del anterior plebiscito, se instalaron comités, se efectuaban reuniones y discursos públicos, propaganda, mítines, etcétera, aunque aún persistían resabios de persecución, que llevaron a que no pocos fueran “demorados” por horas en alguna comisaría simplemente por el hecho de manifestar una opinión que no le hubiera gustado al “milico espía” que siempre estaba en todas las ocasiones, y que –además-, todos sabíamos quienes eran.
                                      Pero la primer campaña electoral, la de 1984, la que marcó el retorno de nuestro país a la democracia que finalmente impuso a Julio María Sanguinetti en la Presidencia de la República, de la que hace por estos días ya más de 30 años, esa fue la más relevante: a nivel departamental, por ejemplo, volvieron las caballerías gauchas y las caravanas, de mano fundamentalmente de Wilson Elso quien a la postre resultara electo intendente en su primer período, y los actos en la plaza de las fórmulas presidenciales.



                                        Desde entonces hasta ahora, varias instancias electorales se han cumplido: algunos recordados plebiscitos, cinco elecciones nacionales y tres departamentales (recuérdese que se cumplen instancias separadas desde 1999) y son decenas las anécdotas y vivencias que cada una de ellas ha dejado. La mayoría, las de militantes que se siguen contando y reiterando en cada elección, y de las otras, de los dirigentes o candidatos, de situaciones graciosas o diferentes.
                                    Sin dudas, una de las que más gracia me causó sucedió en los momentos previos a recibir la fórmula Jorge Batlle – Luis Hierro en el año 1999. Heriberto Caraballo, connotado dirigente y candidato a la intendencia Muncipal era también el primer suplente de Numa Faliveni en la lista 15, y habían marcado claramente distinto perfil con su rival más directa, la lista 958 encabezada por la escribana Diana Saravia, y que llevaba como primer titular a la Corte Electoral a su correligionario Ramón Caraballo. Durante todo el día se habían estado embanderando los vehículos cada cual con su numero identificatorio en los distintos comités, y previamente habían llegado a un acuerdo de participar de la caravana con los vehículos de cada lista separados. A nivel de militantes, como casi siempre pasa, habían algunos más fanáticos de cada una de las listas. Estaban la mayoría de los autos prontos para salir, haciendo fila, y de repente aparece en segunda fila un Volkswagen escarabajo con un gran armazón en su techo, lleno de banderas coloradas y emblemas de la lista 958, y un enorme cartel que decía textualmente: “La gente de Caraballo vota a Diana”. Cuando venía superando la mitad de los autos de la lista 15 hacia el lugar que le correspondía, el pequeño auto se vio rodeado por simpatizantes de Heriberto Caraballo increpando al conductor a que retirara el cartel, en medio de gritos y amenazas. El chofer se bajó tranquilamente y con su mejor sonrisa les mostró su documento, diciéndoles: “Miren esto: soy Ramón Caraballo y el cartel no miente: toda mi gente vota a Diana”!!!  Dicho esto, volvió a arrancar el coche y prosiguió su marcha hasta el lugar que le correspondía.


Caballería gaucha previa a un desfile ruralista en los años 60


                             Otra de las anécdotas “electorales” que recuerdo haber oído contar al propio protagonista, es mucho anterior en el tiempo. Eran las “primeras armas” de un más tarde popular dirigente del departamento, hombre ocurrente como pocos, que en su especial manera de contarla me hacía estallar en risas. Según recuerdo su relato, decía que recientemente conformado el Movimiento Por la Patria a nivel nacional (yo por esos datos supongo que sería por el año 1962), él junto a un muy reducido grupo de amigos se adhirieron al mismo, y devenidas las elecciones todos integraban la lista, tocándole a él ocupar el primer lugar en la departamental. Eran épocas aún de los votos observados y como buen militante se hizo cargo de atender varios circuitos de la zona de Las Chacras el día de la votación. Durante todo el día, el novel dirigente cumplió sus funciones de delegado, y minutos antes de cerrarse las mesas, ejerció el sufragio en una de ellas. Contaba que de tanto hablar con la gente de utilizar el voto a conciencia, en el momento de poner las listas dentro del sobre le entró un “ataque” de responsabilidad, y considerando que su voto en lo departamental sería más beneficioso para el candidato mayoritario, cambió la lista, sin votar la que él mismo encabezaba. “Yo había visto, me comentaba, varios que me habían prometido votar por mi hacerlo en esa mesa, así que pensé: ¡quién se va a dar cuenta!”.
                                 Una vez realizado el escrutinio, la lista departamental que él encabezó no obtuvo un solo voto, y ya que le había contado a todos sus amigos en qué mesa lo había hecho, no tuvo más remedio que ser el centro de bromas y chanzas durante mucho tiempo. 

domingo, 14 de mayo de 2017

Notas policiales del T. y Tres aldeano

Robo, abigeato y violencia a principios del siglo XX
 


                              Los hechos delictivos, los comportamientos humanos alejados de la moral y las buenas costumbres de acuerdo a los cánones establecidos por la sociedad en que vivimos, han sido desde siempre, a lo largo de la historia, objeto de curiosidad, motivo de preocupación y tierra fértil para escándalos públicos, comentarios y exageraciones.

                                 El territorio que hoy ocupa Treinta y Tres, como ya hemos visto en algunas notas anteriores, aun desde antes de su delimitación como departamento, fue testigo de acontecimientos (bandidaje, robo de esclavos, ataques a comercios y viajeros) que fueron motivo fundamental para la decisión de las autoridades de conformar nuestra ciudad.
                                 Pocos registros se encuentran en nuestro medio de aquellas primeras épocas de la recién fundada villa de los Treinta y Tres, por dos principales motivos: por un lado, cabe recordar que según la zona en que se cometieran los delitos, las actuaciones correspondían a las autoridades de Minas o de Cerro Largo; por otro lado, aún no había medios de prensa que constituyeran testimonio y relato de esos casos.
                                 Se sabe, si, por referencias en la bibliografía histórica de casos muy sonados, como la muerte de Ramos a manos de la gavilla del Paraguay, los crueles asaltos a los comercios de Lapido, Basaldúa y otros en la campaña cercana, o desmanes de “caudillitos” o desmovilizados por las revoluciones.
                              A partir del año 1884, luego de haberse creado el departamento, los archivos judiciales de le época muestran esporádicamente actuaciones penales relevantes, relacionadas casi en su totalidad con homicidios, peleas con armas (duelos incluidos), hurtos y abigeatos. En los primeros medios de prensa, a pesar que admito no he realizado una búsqueda exhaustiva de la temática, son pocas las referencias a este tipo de noticias.

                                   Si comienzan a aparecer cada vez con mayor asiduidad, en los primeros años del siglo XX, y en su mayoría son comentarios o sueltos periodísticos, con referencias a accidentes o desgracias (incendios –seguramente el más grande de esa época en nuestra ciudad haya sido el incendio de la Panadería y Molino de Dellepiane-, accidentes con carros o caballos disparados), o a delitos contra la propiedad, o publicaciones destinadas a denunciar situaciones problemáticas.
                                  Además de los muy publicitados casos de muertes de principios de siglo en nuestro medio, como lo fueron los conocidos como “la tragedia de Dionisio Díaz” y “el asesinato de La Ternera”, hubieron muchos casos “menores” que concitaban la atención de la población local. A continuación, transcribimos algunas de estas publicaciones de principios de siglo pasado, cuidadosamente elegidas para intentar cubrir el espectro total del tipo de publicaciones, pero que en si resultan sumamente interesantes de leer. Cada una de ellas, transcriptas textualmente hasta en su título, está acompañada por una aclaración entre paréntesis del medio de prensa y el año en que fueron publicadas, y en el caso de estar firmadas, el nombre de su autor.


Un robo audaz
(El Comercio, 1911)

         De una timidez apenas concebible han resultado unos buenos muchachos peones del estimado don Clodomiro Rodríguez.
Bien podía creerse que los dos podrían constituir el emblema de la mansedumbre cristiana.
Resolvieron apoderarse de los bultos más chicos que en el Hotel Oriental existían y al efecto una buena mañana llevaron una cama de fierro, dos colchones y seis sillas.
Pero nosotros los perdonamos porque el que se casa, “casa quiere” y ellos la instalaron uniéndose en matrimonio breve y disoluble con unas “respetables” niñas que “misia” María la Colorada tenía consigo.
Y don Clodomiro pagó el pato.

Captura de desertores
(Acción, 1915)

La policía de la primera sección tuvo conocimiento que en los montes del Olimar y en el lugar conocido por la laguna de Arnaud, se encontraban dos individuos desconocidos.
Puesto el hecho en conocimiento de la Jefatura, esta ordenó se trasladara a aquel lugar el escribiente de la 1º sección Sr. Hoz Carreras con el fin de averiguar la veracidad de la denuncia.

Trasladóse a Olimar el empleado referido, registrando el monte en todas direcciones sin encontrar a los individuos en cuestión, obteniéndose noticias que aquellos seguían rumbo a Artigas.
En efecto, el señor Hoz Carreras siguióles la pista aprehendiéndolos en los Ceibos.
Del interrogatorio a que fueron sometidos, resulta que eran desertores del 4º de infantería. Hoy fueron remitidos a Montevideo requeridos por el Ministro de Gobierno.


Robos
(La Campaña, 1926)

El comisario de la 1º sección urbana y personal a sus órdenes, han dado con los autores de los siguientes robos, efectuados en perjuicio de las personas que a continuación se expresan:
A Felipe García le sustrajeron masas y una cuchilla; a Alfredo Irigoyen, un reloj Longine con cadena; a Ramona Lima, una bombilla y un libro; a Damián Saiz una navaja de afeitar, una canana para revolver y un trozo de carne, a Martín Gabriel $108, una tenaza, un hacha, una caldera y un tarrito de brillantina; a Nicolás Ferré un revolver S.W., una caja de balas, un cuchillo cabo de plata, una lapicera fuente, un alcancía bancaria sin dinero y un frasco de perfume; a Pedro Dellepiane $20, dos salames y una caja con balas, y a Oficina de Saneamiento un farol “indicador” de calles levantadas.
Estos robos fueron hechos entre los días 13 al 23, todos con violación de domicilio y con llaves que los autores llevaban a tal efecto. Los artículos recuperados en su mayoría fueron devueltos a sus propietarios, con excepción del dinero, las masas, la carne y los salames.


Hombre enfurecido comete crimen sorprendente
(Acción, 1938)

El jueves se homenajeaba con una fiesta campestre en campos de Carlos Milani, 5ª sección, a don Atilio G. Ventimiglia, despidiéndolo de la vida de soltero, cuando los pacíficos vecinos y público concurrente se vió sorprendido por ímpetus furiosos de Carlos Milani.
Los hechos, según datos policiales, se desarrollaron asi: Después del almuerzo se inició un animado baile; fue en estos momentos que el citado Milani, al parecer algo “alegrón”, invitaba a todas fuerzas a una señora que estaba en compañía de la suya, a que bebiera, negándose a hacerlo y dándole la explicación también su esposa de que no lo hacía por encontrarse en asistencia médica y estar por tal causa impedida de hacerlo por serle perjudicial. Decirle esto su esposa y enfurecerse Milani, todo fue uno. Procedió a insultarla soezmente intimándole se retirar inmediatamente para las casas. La señora permaneció breves momentos allí dándose a la tarea de arreglar a sus niños para retirarse según el mandato de su marido. Milani, que observó esto, no sabemos por qué causa, redobló sus ímpetus feroces, lanzándose sobre la señora con un cuchillo de grandes dimensiones en la mano, lo que hizo que ésta disparara alrededor del público que bailaba, el que lleno de espanto logró contener al agresor, desarmándolo.
Al ver esto los familiares asistentes se retiraron llevando a la señora Milani a casa del vecino María Barcelo donde se refugió. Varios de los vecinos asistentes quedaron allí con Milani, conduciéndolo más tarde a su domicilio, que dista de allí unas 20 cuadras. Al llegar a su casa Milani como notó que la puerta estaba al parecer cerrada la violentó destrozándola. Al notar sus acompañantes su actitud y por haber cumplido ya su cometido, regresaban a sus domicilios cuando fueron sorprendidos nuevamente por la presencia de Milani que en ademán violento empuñaba un winchester desafiándolos a todos a pelear y amenazando a su señora que se refugiaba en una casa vecina.
Los vecinos le hablaban en amable forma para apaciguarlo pero no lo consiguieron. Milani se dirigió rápidamente al lugar donde se encontraba su señora en medio de amenazas, dando lugar a que en estos momentos pretendiera cortarle el paso el vecino don Isabel Barcelo, recibiéndolo a tiros Milani y dando uno de ellos en el blanco cuyo proyectil le interesó los pulmones ocasionándole la muerte casi instantáneamente. Con ánimos de calmar los ímpetus furiosos del agresor y desarmarlo, el vecino León Rodríguez se le acercó, pero aquel lejos de calmarse perfiló el cuerpo y le hizo fuego con el arma empuñada hiriéndolo en una pierna. En esos momentos llega el menor Hugo Barcelo, de 15 años de edad, sobrino de la víctima, quien venía provisto de una escopeta con la que hizo fuego sobre Milani hiriéndolo y obligándolo con ello a que fugase de allí y evitando como se supone a que ocurriesen mayores desgracias, pues el agresor decía que iba a terminar con su señora, hijos y con todos los que se interpusiesen a su defensa.
El hecho ha sido muy lamentado y se califica de un asesinato; tomaron la debida intervención en él autoridades judiciales y policiales, habiendo aprehendido al criminal quien se encuentra hospitalizado y a cargo de la justicia. Se encuentran detenidos también el vecino Rodríguez y el menor Barcelo, éste último el que vino a evitar, con su oportuna intervención, quizá mayores desgracias.


Pavoroso
(J. Paseyro y Monegal, 1940)

“Marcus” colaborador de un diario local en una serie de atinadas preguntas que pone en boca del Turista visitante a Treinta y Tres, formula la siguiente: “¿Por qué el 90% de los establecimientos comerciales de esta Capital son boliches de caña y grappa?”
Nosotros que hemos condenado toda la vida el denigrante vicio del alcoholismo contestaremos a “Marcus”: la derogación de una sabia y previsora ley de represión al alcoholismo reglamentando severamente el funcionamiento de esos “boliches” donde se incuba el delito y ronda la desvergüenza y el deshonor es la causa de ese incremento pavoroso que toma día a día el establecimiento de esas “borracherías”.
Por otra parte la “Ancap”, institución oficial que vende alcohol o sea el terrible veneno de efectos rápidos y funestos, es el vehículo por donde se va a la degeneración de la raza, a la locura, a la epilepsia y otras dolencias gravísimas.
El alcoholismo y el juego oficializado son dos cánceres que gravitan en forma incurable sobre nuestro pueblo

Es lo inaudito! De qué podemos asombrarnos en un país donde el Estado fortalece los medios de fomentar el vicio en todas sus formas? Los boliches están atestados noche y día de parroquianos que beben hasta perder el sentido. En esos antros se gestan crímenes, se reúnen los vagos y los hampones, los guapos y los matones. Hasta los niños van a los bares a tomar el aperitivo! Nadie se percata del peligro que corre la salud, ni el porvenir de la raza.
Una indiferencia criminal rodea esas cuevas donde se bebe alcohol para olvidar los malos recuerdos o curar heridas del corazón. Y no es solo la clase baja la que bebe. Se bebe en los salones donde concurren de frac los aristócratas. Allí no se “emborrachan”. Los parroquianos se “indisponen” solamente…
Así va la raza camino de su completa degeneración!!


viernes, 17 de marzo de 2017

Traición y heroísmo entre Yaguarón y Río Branco

Sucesos de la Revolución del 97 en la frontera 

HECHOS EN LA VILLA DE ARTIGAS, NARRADOS POR EL PATRIOTA DN. ISMAEL VELAZQUEZ.


1.
En octubre de 1896, vino el comandante Antonio Mena, al Departamento de Cerro largo, a invitar a los correligionarios para el movimiento que debía producirse desde Buenos Aires. Con ese motivo fui a Melo, á indicación de Navarrete y para evitar que la venida de Mena á Artigas llamase la atención de las autoridades.

Revolucionarios del 97

En Melo tuve una conferencia con el Sr. Mena y en ella nos manifestó que venía mandado por la Junta de Guerra que allí se había organizado y había resuelto producir el movimiento: que esa Junta prescindía del Directorio, porque, éste no creía aún oportuno dicho movimiento: que. venía por tanto a ver si los correligionarios estábamos dispuestos, si teníamos elementos, etc. Le contesté, que yo y mis amigos, no entrábamos en nada que no revistiera seriedad y fuera ordenado por los hombres principales del partido y que me extrañaba no figuraran muchos de esos hombres, ni el Directorio, que nada por ellos sabíamos y que no teníamos elementos ningunos, ni a nadie habíamos visto; pero que trataríamos de ponernos al habla con el Directorio y otros amigos.
En seguida se le escribió de Melo al Directorio y yo en seguida de regresar a ésta, telegrafié hasta por tercera vez, -por el Brasil- al Dr. Terra sin obtener contestación.
También, nos dijo, el Sr. Mena, que iba a entenderse con el general Saravia, pues no lo daba aún como resuelto a la empresa, y que nos avisaría.
Nada más sé nos comunicó, hasta el 20 de noviembre en que vino el Sr. Dalmiro Coronel a decirnos que el movimiento sería el 24, sin dar explicaciones ni adelantar nada. Vino el 22 el telegrama circular del Directorio y como era consiguiente, por él y lo irregular del procedimiento con que se había procedido, nos abstuvimos. N o sé si haber procedido así, fue causa de que nada se nos comunicase respecto al segundo movimiento que se preparaba.
En el deseo, por mi parte, de conocer lo que hubiera, para prestar mi concurso y el de mis amigos si así lo creían, pedí a D. Pedro Nones fuese á Bagé y se informara del mismo general Saravia; fue entonces cuando supimos que efectivamente se trataba de invadir.
Entonces pensé ir personalmente a Bagé a entenderme con el General; pero exigiéndoseme de Montevideo que debía con urgencia bajar allí para una comisión que creía el presidente del Directorio y otros amigos que yo podría desempeñar, resolví ir yo a Montevideo y que fuese el comandante Borche á Bagé, como efectivamente se hizo, saliendo Borche el 31 de Enero para Bagé y yo el 3 de Febrero para Montevideo, donde llegué el 5, día precisamente en que parece había quedado organizado en Buenos Aires el Comité, según comunicación del Dr. D. Juan José de Herrera al Dr. Berinduague.
Era mi propósito ir a Buenos Aires, pero se nos exigió a mí y otro amigo regresar inmediatamente al Departamento, á objeto de llenar la misión para que se nos había llamado, lo que no dio resultado.
En mi estadía en Montevideo, tuve una conferencia con el coronel Saura á objeto de que él viniera a Yaguarón para organizar los elementos que allí debíamos reunir, pues de eso habíamos hablado ya antes con el Dr. Terra, cuando se trató de otro movimiento el 95. El coronel Saura me manifestó que le habían ya indicado otro puesto, pero que, si le ordenaban, vendría; pero otros amigos entendieron que era preciso ahí. Yo lo había indicado desde antes al coronel Saura, porqué veía la falta de un jefe superior para nuestros elementos aquí y porque sabía que sería bien aceptado.
A mi regreso a ésta, tratamos con Borche y Navarrete de ir organizando y proporcionándonos los elementos precisos. Estaba de comisario aquí, el mayor Angel Muniz, quién desde el primer momento se manifestó resueltamente dispuesto a la revolución; pero a mediados de febrero, el general Muniz le ordenó que entregara la Comisaría al coronel Estomba y se incorporara a la División, mandando al coronel Aguiar para que diera posesión a Estomba. El mayor Muniz desacató la orden y pasó esa noche para el Brasil Con veinte hombres armados, incidente que no me fue posible evitar y de ello resultó que tuve también que emigrar ese día y nos desconcertó, como era consiguiente nuestros trabajos aquí.  En esos días, el general Saravia mandó a los comandantes Noblía y Tomás Borche á objeto de indicar que los elementos de aquí, debían subir a San Luis, por el Brasil, para pasar allí; pero se observó que había inconvenientes, porque existía gente que había que hacerla emigrar primero para seguir después por la frontera. Además, que la gente que debía invadir aquí tenía que incorporarla a la que estaba en estas inmediaciones y seguir a reunirse a los coroneles Berro y Jara en el Departamento de 33.
El 3 de marzo, se recibió orden de estar prontos y el 4 de invadir.  En la noche del 4, mismo, se hizo pasar al mayor Muniz con 30 hombres, emboscándose en el monte de Yaguarón, dónde fue descubierto de mañana por las fuerzas del coronel Estomba, la que fue batida por el mayor Muniz, tomado herido al oficial, algunos prisioneros, caballos, etc. El coronel Estomba, creyendo que ya estaban todos los revolucionarios en el país se retiró· precipitadamente hacia Tacuarí. El mismo día 5, pasó el resto de la gente con el comandante Borche, Navarrete y Saavedra, con 300 hombres. En vista de haber sido abandonado Artigas se resolvió entrar el 6, no con el propósito de dejar guarnición pues, la división debía seguir inmediatamente a buscar la incorporación de otras partidas e ir al encuentro del general Saravia pues el coronel Berro ya se sabía que estaba en 33.
Cómo se supo que Estomba había seguido precipitadamente retirándose, se acordó formar una ligera guarnición con la gente que había quedado en Yaguarón por falta de recados y armas.
Marchó pues la división y se hizo pasar el 8; algunos de Yaguarón se consiguieron 3 armas, y ese fue el plantel que estuvo así algunos días, hasta que se fueron consiguiendo más armas en vista de que los del gobierno que había en Yaguarón no intentaban nada.
Se nombró recaudador de Rentas a Don Rodolfo Paseyro y se fue aumentando la guarnición así que se obtenían armas, lo que era difícil, puesto que no las había en Yaguarón, porque se habían comprado todas para la división.



2.
Días, después, se presentó el coronel F. Jara con 20 y tantos hombres a quienes se les proporcionó algunos recursos; como se suponía la División ya incorporada por el Rio Negro, acordamos que él, reuniese algunas partidas que estaban por Yerbales y Parado, resolviendo seguir Jara al Rincón de Ramírez para reunirlas, pero; en esa circunstancia, recibió aviso de Borche que había retrocedido e hicieron conjunción por Arroyo Malo. Las causas que se dieron para no incorporarse al general Saravia era la de haberse éste internado y falta de caballadas, conservándose éste por Centurión, Melo y otros puntos. En esas circunstancias, hubo la pelea de Arbolito y enseguida de ella, el 20, vino aquí, el mayor Derquin, como con cien hombres perfectamente armados, manifestándonos que venía con el propósito de quedar de guarnición y disgustado por todo lo ocurrido. Al darme cuenta por él y todos los oficiales que lo acompañaban, de cómo se había separado del Ejército el día de la pelea, le hice ver lo imposible que era su estadía aquí, pues el general Saravia, debía conceptuarlo desertor: además se hizo público que él se había dirigido al Gobierno desde Yaguarón.
Le aconsejé que se dirigiera al general Aparicio o coronel Lamas, que yo también lo haría para explicar su conducta, en lo que insistí, pidiéndole en vista de su no conformidad que se retirase de la Guarnición hasta tanto yo daba cuenta, como lo hice por telegrama al Comité, de donde vino un telegrama para él, pidiéndole se incorporase, ese telegrama me dijo el Dr. Terra se lo había enviado. Nada dio resultado, pues, se conservó por la frontera y pasó después para el Brasil entregando su gente al comandante Alonso según se dijo.
Entre tanto, se había organizado aquí, una guarnición de 50 a 60 hombres de infantería con armamento variado, pero bueno, Comblein, Remington, Maulincher; también se había organizado un escuadrón de caballería al mando del hacendado capitán J. Perdomo y tres piquetes más a órdenes de Rolin, Alonso y Lorenzo, era todo como 160 hombres, con lo que se debía guarnecer la frontera una vez que desapareciese la amenaza de las fuerzas del general Muniz, que estaba cerca de Melo y las que habían en 33, que entraban hasta el Rincón de Ramírez.

3.
Vino enseguida la persecución del general Saravia al general Muniz y la vuelta para Melo del Dr. Terra y coronel Núñez.  El Dr. Terra antes de llegar a Melo mandó aquí al Sr. A. Paseyro con una escolta a hacerme saber su carácter de Delegado del Comité, cuyo nombramiento e instrucciones me enseño el Sr. Paseyro y para que yo bajase á Melo, lo que no efectué por mi mal estado de salud y otros inconvenientes como manifesté a mi amigo Paseyro con intención de ir después.
Yo había resuelto ir a Rio Grande y hasta 'Porto Alegre si era preciso, pues tenía orden del Comité de obtener toda la munición posible. 'En esto estaba, cuando supe que el Dr. Terra y Núñez se retiraban de Melo en dirección a ésta, por la aproximación de Arribio.
Esa noticia me contrarió tanto que enseguida hice chasque al Dr. Terra haciéndole ver lo inconveniente de la marcha hacia Artigas, por ser éste, un rincón sin salida una vez que viniese un ejército fuerte siguiéndolos. A los dos días vino el Dr. Terra con su escolta y me dijo, que el coronel Núñez quedaba en Corral de Piedra y que de allí no se adelantaría. A pesar de eso le reiteré lo anterior e hice ver que aquí, no podría resistirse si venía Arribio y que no, había salida a no ser para emigrar. El Dr. Terra convencido indudable1nente de que así era, hizo chasque en el acto a Núñez observándole cuanto le dije y Núñez parece prometió no continuar.
 El 14 de abril entonces resolví mi viaje al Brasil: a las diez y media pasé a Yaguarón para aprontarme y tonar el vapor a las 12; á esa hora efectivamente me embarqué y estaba allí, el Dr. Terra, que había resuelto también, seguir y entonces me dijo, que el coronel Núñez había llegado a Artigas con su escolta, que había conferenciado con él y acordado no pasar del Corral de Piedra y que Núñez regresaba enseguida a su campo, lo que no hizo, pues al día siguiente de nuestra salida al llegar a Pelotas ya supimos que la división seguía su marcha hacía Artigas, dando el Sr. Paseyro otras noticias desagradables.


4.
Seguimos el 16 a Porto-Alegre, donde enseguida nos ocupamos de nuestro cometido; yo debía tomar allí el tren para ir a San Gabriel, pero el 17 recibimos nuevos y alarmantes telegramas de Yaguarón del Sr. Paseyro y otros amigos en que se nos decía que Núñez estaba con toda su división en Artigas y hacia todo género de exigencias al Sr. Paseyro, que era el jefe interino del punto. Empezaban no los síntomas, sino los arreglos, para la disolución de las fuerzas. A mi no me sorprendieron ya esas noticias, porqué, no suponía otra cosa desde que habían venido a Artigas. Yo le pedí al Dr. Terra que se viniese en seguida, pues, a mi juicio solo él podría remediar algo. El Dr. Terra estuvo conforme en regresar debiendo seguir yo al mismo tiempo á San Gabriel, para de allí, venir a San Luis llenando así en una buena parte nuestro cometido, pero a la mañana siguiente resolvió el Dr. Terra no seguir para esperar una persona que no estaba en Porto Alegre  entonces le dije que yo no seguiría a San 'Gabriel y tomaría el vapor para Artigas pues, si bien creía que en nada podría influir yo ante el Coronel Núñez y sus  jefes a quienes no conocía siquiera, tenía el deber de proveer lo que las circunstancias aconsejasen respecto a la Guarnición de Artigas que dependía de mí.


Me embarqué, pues, el 18 en Porto Alegre, llegando a Yaguarón el 22 a la 1 p. m. En el momento de llegar a Yaguarón fui informado por mis amigos allí -y algunos comerciantes de Artigas que se habían visto obligados a emigrar por las exigencias del coronel Núñez-de todo lo que ocurría.
En seguida pasé a Artigas, dónde ya no encontré al Sr. A. Paseyro que era el encargado durante mi ausencia: este amigo se había retirado con el coronel Martirena y otros temiendo las amenazas del coronel Núñez, procedimiento muy oportuno como se verá.
Fui enseguida a ver al coronel Núñez a su campo; en el camino, el Sr. Garat –ex jefe político de Flores- me dijo: «Núñez le va a exigir dinero para comprar municiones, diciendo que le han propuesto cantidad, pero no crea por qué es la misma nuestra- la que él hará aparecer como otra.». Aunque no conocía entonces yo al Sr. Garat, así lo creí porque sabía perfectamente que no había munición en Yaguarón fuera de la que yo había mandado y traído. El coronel Núñez me recibió bien, preguntándome en seguida por el Dr. Terra, le dije que había· quedado en Porto Alegre pero que vendría enseguida; no le pareció bien y sin dejarme decir más me dijo la resolución que de acuerdo con sus jefes había· adoptado de disolver la división de su mando, pues que la revolución estaba vencida y sin recursos; que á él se le había ofrecido cuanto recurso fuera preciso al llegar al Departamento y que no tenía más intención que 8 tiros para cada soldado y que él no haría guerra de montoneras por no ser patriótico eso: que el partido no había respondido porque en 40 días de campaña no había habido incorporaciones, que todo estaba perdido.



5.
Entonces – con mucho cuidado- le manifesté mi extrañeza pues que el general Saravia se había internado al centro, que el coronel Lamas sabíamos había marchado de Olimar y que en cuanto a municiones él podía contar en ese momento con regular cantidad que yo había traído y esperaba más al día siguiente por el vapor, y más que se había conseguido –cantidad de armamento y más municiones que debía recibirse en la frontera San Luis y que yo creía posible aún salir con su división por la frontera hasta Aceguá: me preguntó si yo tenía la seguridad de que llegado a San Luis recibiría armas y municiones, le contesté afirmativamente y entonces me dijo: -“Bien, confiando en su palabra y siempre que se pueda comprar 25 mil tiros que me han ofrecido en Yaguarón, para lo que preciso mil pesos y entregándome usted alguna munición más, yo marcharé porque teniendo munición le daré una segunda lección a Arribio. Le observé que extrañaba hubiese esos 25 mil tiros en Yaguarón sin yo saberlo: me dijo que era un negocio muy reservado, pero que si conseguía el dinero, a la noche siguiente se lo llevaría a la margen del Rio –las municiones. Me di cuenta de que el quería el dinero y que él emigraría, pero me quedaba la esperanza de que él pudiera salir de Artigas y una vez afuera algunos jefes trataran de seguir con el coronel Jara y los demás que seguían. Quedé de ver si conseguía el dinero para el día siguiente –siempre que se pudiera realizar la compra y ser buena la munición que él iba a mandar inspeccionar y avisarme.
Jefes Blancos de la Revolución del 97
Al regresar a Artigas, varios amigos me pidieron que de cualquier modo se le diese la cantidad pedida, en la convicción de que no era para munición, pero su para librar al comercio de la imposición o contribución que se decía desde el día antes les iba a imponer, lo que yo no habría podido evitar. Referente a Antonio Paseyro, me dijo que debía haberlo fusilado y que eso aún podía suceder.
Al día siguiente volví a verlo: me dijo que esa noche le entregarían las municiones compradas y que en la madrugada marchaba con toda su gente y que tenía seguridad de salir muy bien si se encontraba con Arribio, pues tenía municiones y eso era todo. Entonces conseguí en Artigas 880 pesos que fueron a entregárselos personalmente D. Ruperto Coirolo y D. Rafael Medeiros, cuyo recibo dio. Esa madrugada marchó el coronel Núñez con las fuerzas que tenía, dejando el Batallón 4º que lo tenía en Artigas y lo dejó en la plaza a órdenes del comandante Chaves.


6.
En vez de llevar ese batallón como me había dicho, le ordenó –así que recibió el dinero-, que se hiciese cargo de la Receptoría y que si no era bastante ese batallón le mandaría otro. Yo había quedado esa noche en Yaguarón y muy temprano se me avisó que Chaves tenía orden de exigirme seis mil pesos, que si yo no los tenía los sacase del comercio como contribución. Yo me detuve en Yaguarón y di mis instrucciones al capitán Juan T. Martínez, encargado de la fuerza de la guarnición que estaba acantonada rigurosamente desde la noche antes, pues parece que se hablaba de saquear al pueblo: en esos momentos fue Chaves a Yaguarón a verme para que yo viniese y acordase la forma de él hacerse cargo de la Guarnición y Receptoría según lo ordenado por Núñez, pero yo ya sabía todo, hasta que Núñez estaba pasando gente en el Paso de las Piedras y había mandado buscar una gran tropa para pasar al Brasil. Le dije a Chaves que podía retirarse que yo había tomado las precisas medidas ente las autoridades de Yaguarón para quitarle los ganados a Núñez y hacerlo prender y que lo hacía responsable por los desórdenes que hubiese en Artigas, pues si se producían los que consiguiesen pasar a Yaguarón serían llevados a la cárcel. Chaves se fue y enseguida hizo pasar los soldados del 4º con sus armas ocultas para Yaguarón, donde continuó haciendo la venta que se venía haciendo desde días antes, y quedando en Artigas solo la Guarnición de allí.
El coronel Núñez seguía su pasaje precipitado en el Paso de las Piedras donde habíase apoderado de la balsa y botes, pasando sus caballos y gente preferida primero dejando desarmados a los demás. En estas circunstancias los encontró la vanguardia de Arribio, haciendo tirar a muchos al agua en la mañana del 25. La tropa de ganado, 400 novillos en su mayor parte del Sr. Galarraga, la abandonaron al llegar Arribio. Núñez enseguida y sabiendo que con interés se le buscaba para prenderlo se fue con dirección al Arroyo Grande siguiendo a Río Grande donde dio su manifiesto antes de irse a Buenos Aires.
El mismo día 25 se dio cuenta al Comité. El mismo 25 y en momentos que se trataba de hacer pasar la guarnición para Yaguarón por la balsa unos y otra parte con el armamento iba a una Isla inmediata, se presentaron precipitadamente el mayor Albarenque con 50 hombres completamente desarmados que no pudiendo pasar en las piedras y habiéndoles tomado las armas Núñez, tuvieron que retirarse a Artigas, tiroteados ya por los enemigos pasaron a Yaguarón con caballos y recados. En esa circunstancia fue que el capitán Labeque con Frutos Rivero, Juan S. Zamora, Santana y otros más salieron imprudentemente a descubrir si ya venían cerca los enemigos lo que no había duda, puesto que como queda dicho, el mayor Albarenque había llegado perseguido por ellos.


7.
Cuando Labeque regresó la balsa llegó a Zager bajando los últimos hombres lo que se hizo apresuradamente para hacerla regresar como se efectuó gracias a la actividad y esfuerzo del gerente del paso capitán brasilero Juan B. Machado –a quien el comité agradeció por nota sus importantes y desinteresados servicios de ese día. Mientras la balsa volvía a Artigas, las fuerzas del gobierno, creo que al mando del comandante Cristi entraban por la calle principal; fue entonces que el valiente capitán Labeque formó sus compañeros al frente de la calle y los tiroteó hasta concluir sus municiones consiguiendo así desorganizarlos y detenerlos, haciéndoles algunas bajas.
En ese momento llegó la balsa, era ya tiempo, pues al cesar el fuego por falta de municiones, los atacantes entraban por otras calles y llegaron a la playa en el momento que la balsa se retiraba. El capitán Labeque fue muy felicitado al desembarcar en Yaguarón con sus compañeros.
Las armas de la guarnición fueron tomadas por la guarnición de Yaguarón debido a no haber procedido el capitán Martínez según las instrucciones que tenía, pues en el último momento hubo que llevarlas a una isla y allí las tomó un empleado de la policía de Brasil muy afecto al Bordismo. Se componía ese armamento de 47 Remington y Combleins de infantería, 4 Winchester, 3 Maubicher y un arma del capitán Basualdo y algunas espadas, habiendo quedado en Artigas como 20 armas descompuestas y 40 lanzas, todo lo que se habría salvado si se hubiese transportado en la noche antes, como se había indicado.
Benavente y su estado mayor en La Cruz

En Yaguarón ya, me ocupé con el correligionario Coirolo de acomodar la gente, alquilamos un gran almacén del Sr. Olivera donde se colocaron ciento y tantos hombres y otros en otras casas cedidas generosamente por el Sr. Coronel Díaz; suministrándoles carne, yerba, leña y fariña.
A los dos días llegó el Dr. Terra a Yaguarón. Impuesto por mí de todo lo ocurrido con Núñez, le indiqué la conveniencia de que él personalmente llevase a Aceguá, donde había también fuerzas emigradas con el coronel Trías, le gente que había emigrado con el armamento que se había recogido y estaba en poder de un amigo en el Paso de las Piedras y algunas que yo ya había comprado a las mismas fuerzas. El Dr. Terra estuvo de acuerdo y se hizo ese mismo día una reunión de jefes en casa del Sr. Coirolo y después de muchas dificultades que trató de allanar el Dr. Terra y repartir los recursos que pudo, se acordó mandar la gente a la estancia de Borche como se pudiese para de allí marchar, pero ese mismo día algunos jefes que estuvieron en la reunión parece que hicieron nuevas exigencias del Dr. Terra que creo no pudieron ser atendidas y resolvieron quedar. Acordamos que de cualquier modo siguieran Terra con Borche, Bastarrica, Orue, Labeque y otros oficiales y los soldados en número de ciento y tantos a los que se les compraron en su mayor parte los mismos recados que habían vendido, pero que iban al cuartel y de allí según decían aconsejados por sus antiguos jefes, volvían a irse. Esa noche se mandaron 95 armas de precisión, algunas espadas y como 30 mil tiros a una estancia donde debía pasar a recibirlas el Dr. Terra para seguir a Aceguá. Al siguiente día siguió Terra efectivamente con algunos oficiales y Borche también marchó con los que se habían mandado a la estancia donde estaban las armas: llegado allí el Dr. Terra resolvió, según lo manifestó Borche, no seguir en la expedición, tomando el tren para Río Grade de donde fue conducido después a Porto Alegre. Desde entonces no tuve comunicación con el Dr. Terra. El armamento quedó depositado, siguiendo Borche y Bastarrica a Aceguá, dejando allí el primero los hombres que llevaba y siguiendo el mayor Orue para la Argentina; el capitán Labeque creo siguió con Terra.
Poco después de esto vino el Sr. A. Arostegui siendo portador de una note del Sr. A Márquez dándome conocimiento de su nombramiento de Jefe de Fronteras y para que entregase al Sr. Arostegui las armas reunidas, las que puse a disposición de dicho señor.


8.
Tratábamos de organizar algunos hombres para que el Sr. Arostegui llevase al Ejército, conjuntamente con las armas, cuando fue llamado urgentemente de Bagé para donde salió enseguida por diligencia. Poco después vino el Sr. José Arostegui y el Sr. Bastarrica en busca de esas armas y municiones las que ordené entregar y fueron llevadas para ponerlas a disposición del Coronel Trías; ignoro a quien fueron entregadas las 95 armas y las municiones.
Foto cedida por Néstor Faliveni Moreno

Mi situación en Yaguarón era difícil, pues desde abril había orden de internarme y tenía que estar completamente oculto; pero eso no obstó a que pudiera ocuparme de algo. Seguí comprando las armas que me fue posible de las muchas que aún se vendían en Yaguarón y que habían pertenecido a la División Núñez, había también algunas de las obtenidas por mí en Pelotas, como también municiones. Me ocupaba de organizar algunas partidas que se habían conservado por Rincón y Parado y habían pasado el Mayor Olano y otros oficiales para hacer reunir todo y proceder como fuese de conveniencia, todo con orden y autorización del Comité. En esta circunstancia pasó el Ejército del Norte estacionándose en Aceguá durante el armisticio y enseguida una orden del Coronel F. Saravia para que esas fuerzas se le incorporasen, lo que les ordené hiciesen en la isla Patrulla donde creo no alcanzaron ya á Saravia.
Pactado el armisticio el General Saravia me ordenó por nota que mandase por el coronel Varela Gómez el armamento que hubiese disponible y municiones a lo que di cumplimiento entregando 42 fusiles con su munición correspondiente, quedando algún armamento para el que no había munición aquí ni en el Ejército según me manifestó el Coronel Varela Gómez que entendió debía dejarse.
Todo lo que decía en su parte el General Arribio referente a muertos y ahogados e] 25 cuando entró a Artigas es incierto, pues no hubo otro muerto que el sargento Isaac Vibla que estaba avanzado a 2 leguas afuera con 3 soldados y peleó sin querer rendirse porque todos los que lo rodeaban daban la orden de matarlo, y el otro muerto fue Cándido Esmeradeo, un español vecino que ese día, ebrio salía de la Villa y fue lanceado, degollado y robado a una cuadra de la Iglesia. No hubo ahogado ninguno, ni aquí, ni en el Paso de las Piedras.


Publicado originalmente en “La Revista Uruguaya”, editada en Mercedes en el invierno de 1905, en entregas mensuales que se transcribieron numeradas y lo más textual posible,