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viernes, 20 de abril de 2018

Las primeras decadas del siglo XX


El Puente y el tren cambiaron la fisonomía de 33




Desde su fundación, como es harto sabido ocurrida a mitad del siglo XIX, y hasta principios del siglo XX, nuestra ciudad tuvo mayores dificultades de crecimiento, debido a que su localización geográfica la mantenía incomunicada durante muchas semanas en invierno, y aún muchos días más en las crecientes de las restantes estaciones. El Olimar y el Yerbal hacia el suroeste cortaban los caminos hacia Montevideo y la ruta de la Cuchilla Grande; el mismo Olimar y algunos afluentes, el Cebollatí y los suyos aliados además con el Tacuarí, cegaban en las crecientes las rutas rumbo a Rocha por el “Paso de Techera”, y lo mismo pasaba con el camino a Artigas, hoy Rio Branco. Hacia el Norte, el camino hacia Melo usado en aquel entonces, solo cortaba parcialmente y por poco tiempo en el Convoy o el Yerbalito, según el paso elegido, y algunos días más en el Guazunambí, pero el tránsito por el lomo de la Cuchilla de Dionisio primero y de la Cuchilla Grande después, le hacía un camino sumamente lento.

En los primeros años del 1900, la culminación del primer puente de madera sobre el Olimar, y poco tiempo después el arribo del ferrocarril, cambiaron significativamente las comunicaciones, lo que sin dudas trajo un impulso multiplicador apreciable a simple vista y en poco tiempo. Como se recordará, a pesar que el tren llega por primera vez a nuestra capital en 1911, ya desde que había comenzado la construcción del tramo “Nico Pérez – Treinta y Tres”, alrededor de 1905, el acercamiento paulatino de la vía relacionaba cada vez más nuestra ciudad al resto del mundo, comenzando por la capital del país.
Cuando aún el Puente era tan solo un sueño en la cabeza de pocos emprendedores, y el tren solo llegaba hasta Nico Pérez, a más de 20 leguas de Treinta y Tres, los viajes eran de muchas horas a caballo o en diligencias para los pasajeros, y las mercaderías tenían hasta más de una semana de viaje en carretas de varias yuntas de bueyes.
En aquellos años, en esa situación narrada, al periodista Luis Hierro se le convocó desde la revista montevideana “Rojo y Blanco” para retratar a su localidad en algunas líneas, escribiendo éste una página de primorosa factura, muy detallada, que transcribimos a continuación:

Si la vida de los pueblos es comparable á la vida de los hombres, permítaseme decir que Treinta y Tres aún no ha abandonado los andadores de la infancia; pero permítaseme decir igualmente que, en las manifestaciones de la vida nacional, pertenece á los hombres que no tienen barba.
Sin medio siglo de vida todavía, sin ferrocarriles que la aproximen á los centros del progreso, olvidada siempre y siempre trabajada por las discordias que compendia aquella frase: “pueblo chico, infierno grande”,  Treinta y Tres debe sus progresos únicamente al esfuerzo de sus hijos.
La incomparable belleza de su suelo, haría de ella una de las más importantes poblaciones de tierra adentro, si al mérito de su situación topográfica, llevara unida la simetría de su edificación.
Distante mil quinientos metros del Paso Real del Olimar, cuyo río no tiene tanta
nombradía como corresponde á su poesía agreste, al sahumerio de sus auras, á la nitidez de sus aguas y á la espesura del bosque que lo rodea, tiene á veces en los grandes temporales del invierno, á menos de quinientos metros el invencible antemural de su desborde.
Separada por menos de mil metros del arroyo Yerbal (que hace barra en Olimar en frente de nosotros) disfruta también en las épocas de creciente, del panorama que le brinda este pequeño, que pretende circundarla con sus brazos acuáticos.
La edificación de Treinta y Tres es una serie de atentados contra la estética, aunque el buen gusto contemporáneo viene subsanado los defectos anteriores. Con escasas excepciones, casi todas las casas son bajas, con grandes barrotes en las ventanas, que hacen pensar á los viajeros en la proximidad del calabozo. Sin embargo, entre los hierros abruptos de estas rejas asoma frecuentemente más de un rostro femenino de perfiles irreprochables y con ojos sonadores. Y entonces, la presencia del Edén reemplaza al calabozo en la imaginación de los visitantes.
Nuestras calles tienen los nombres de los treinta y tres orientales de Lavalleja; y una
de las nuevas, perdida en el extremo sud de la villa lleva el nombre del legendario general Rivera.
Esfuerzos generosos tendentes á hacer más fácil la lucha por la vida á la clase proletaria, son los originarios de la fundación del barrio General Artigas, cual si quisiera decir que el que fué padre de la patria en la tierra de su cuna y padre de los menesterosos entre las frondosidades de las selvas paraguayas, había de prestar su nombre para servir de consuelo á muchos pobres en el pueblo de Treinta y Tres.
Tenemos un edificio público que cuesta á las arcas nacionales treinta y siete mil pesos, en el cual tienen asiento la Jefatura Política y todas sus dependencias y el Juzgado de Paz, la Administración de Rentas y Correos y la Junta Económico Administrativa. Otro edificio público está ocupado por la escuela mixta que cuenta como asistencia regular más de cien niños, en esta población que tiene varias escuelas de niñas y de varones (aparte de los establecimientos particulares de enseñanza) y que no alcanza a cuatro mil habitantes según el último censo.

La plaza pública tiene un nombre adecuado para este pueblo de rememoraciones patrióticas, 19 de abril. En el centro y mirando al sud se levanta la silueta de Lavalleja, con botas granaderas, dolmán militar, la espada al cinto y la diestra en la espada. La base del monumento es de unos catorce metros de elevación; en ella están inscriptos los nombres de los héroes de la cruzada del 25. Esta plaza es nuestro único paseo público.
Existen dos instituciones sociales y una biblioteca pública que cuenta con más de mil volúmenes. Una cultura correctísima es la nota resaltante en este pueblito, porque consuena la belleza de sus hijas con la hidalga deferencia de sus hijos.
Pueblo tumultuario en años ya pasados y que –como las golondrinas de Becquer-  ya no volverán, produjo un día una “pueblada” que ensangrentó las calles del “chozaje” embrionario. A todas nuestras contiendas civiles de brazo armado ha concurrido sino con talentos preclaros y guerreros estratégicos, por lo menos con ciudadanos serenos y denodados.
(…)
Este es mi Treinta y Tres, la novia de mis cariños intensos, la que ha llenado mi alma con el santo perfume de nuestras leyendas, la que ha sido cuna de todas mis ilusiones, de todos mis ensueños y también de mis canas prematuras.
Luis Hierro. Rojo y Blanco, 1902

Pocos años después, a tan solo algunas semanas de la inauguración de la línea de ferrocarril hasta nuestra ciudad, pero que a la actual Villa Sara había llegado alrededor de 1909 organizado una parada en el kilómetro 330 de la que aún quedan vestigios, la misma publicación realizaba una nota destacando este hecho, y significando los cambios más visibles sobre todo en la arquitectura de la ciudad, cuya parte medular compartimos a continuación, acompañando en esa ocasión la nota con las fotografías que también compartimos hoy en esta página, identificadas con el año 1910, y a las que se les ha mantenido en la mayoría de los casos, su pie de texto original.
Decían entonces:
Bastante distanciada de otras por la falta casi absoluta de vías rápidas de comunicación, la Villa de los Treinta y Tres, capital del departamento del mismo nombre, vivía una vida precaria vegetando en su vida aldeana, en tanto que las demás capitales de departamento progresaban visiblemente.
Elevada en el centro de una de las zonas más ricas de la República, la falta de comunicaciones le impedía dar salida a sus productos y vivir con el contacto diario con la capital, pero, felizmente, la hora el progreso ha sonado ya para Treinta y Tres con la iniciación de las obras del ferrocarril, que en breve quedará librado al servicio público. La sola iniciación de la obra ferroviaria bastó para que la pintoresca villa que bordean el Yerbal y el Olimar, despertase de su letargo y comenzara a ataviarse para bien recibir al mensajero del progreso que en breve espacio de tiempo la transformará por completo, llevándola a ocupar un puesto entre las ciudades más florecientes de la República.
Primera vez que corrió el Ferrocarril entre estación Corrales y la "Parada del 330" (Hoy Villa Sara) 


Una mirada del 900


Descripción y anécdotas del viejo 33





                                             El Treinta y Tres aldeano fue desde sus inicios tierra de oportunidades, una especie de “tierra prometida” para emprendedores, comerciantes y –¿porqué no?- aventureros que sumándose a las familias de las zonas adyacentes que paulatinamente fueron poblando la ciudad, componían una sociedad particular, cargada de extranjeros (franceses, italianos, españoles, brasileños en su mayoría), salpicada de caudillos y rodeada de estancias e incipientes industrias.
                                             Sin dudas en ese crisol que conformaba la sociedad olimareña, por iniciativa y oportunidad, por tesón o azar o tan solo por personalidad y suerte, se destacaron decenas de hombres que desde sus propias improntas personales o haciendo causa común con otros en innumerables sociedades y emprendimientos, legaron a la segunda mitad del siglo XX un Treinta y Tres de pié, pujante, próspero, moderno, culto y solidario.
                                            Muchos de esos hombres deberían ser recordados con mayor frecuencia. Muchos de ellos, aún ilustres desconocidos en los tiempos que corren: Miguel Palacios, Lucas Urrutia, los Del Puerto, Agustín Urtubey, Juan Antonio Escudero, Bautista Perinetti, Salvador Ferrer, los hermanos Baudean, los Hontou, los Berro, los Del Puerto, los Tanco, los Oliveres, los Macedo, los Gorosito, los Olivera, los Saravia, y tantos otros.
                                              Apenas poco más de 3 mil personas vivían en la primera sección del departamento de Treinta y Tres en el año 1900, de acuerdo a un censo de la época. No solo en la ciudad, sino, ciudad, chacras y alrededores. Y apenas superaban los 20 mil los habitantes en la totalidad del territorio departamental. Y esos 3 mil y pico, en épocas muy difíciles, sin maquinaria pesada, sin automóviles, sin comunicaciones, sin electricidad, con ideas, esfuerzo, tesón y trabajo, le dieron a nuestra ciudad la impronta de localidad próspera, moderna y segura, que trascendió fronteras y puso a nuestra ciudad, a escasos 30 años de su fundación, como capital de un nuevo departamento creado especialmente a impulso y mérito de actores locales.

                                            Una vez comenzado el siglo XX, con la escasa población que hemos mencionado, nuestra ciudad es vertiginosamente transformada. Abundan los prósperos comerciantes y ricos hacendados que aportan ideas, trabajo y capital. Se hacen puentes y caminos, se prevén plazas y paseos públicos, se planifica la ciudad y sus necesidades, se mejoran servicios. Circulan periódicos, se realizan reuniones y tertulias culturales, se fundan clubes sociales (Progreso y otros) y deportivos (Club Atlético Treinta y Tres, Olimar).

                                           Cuando iniciaba el siglo, en 1901, llega a nuestra ciudad, proveniente de su España natal, Marcelino Torres España, otro de los personajes comarcanos que la historia le debe un recuerdo más profundo y detallado, persona muy influyente social y comercialmente a lo largo de toda su vida, que se extendió en nuestro suelo por más de 40 años.
                                            Y es justamente Marcelino Torres España quien, muchos años después de su llegada, nos cuenta en un esclarecedor artículo publicado en el periódico “La voz del Batllismo”, que reproducimos a continuación, cómo era el Treinta y Tres del 900.

El pueblo en el 900


                                                                      El Treinta y Tres del año uno,  visto desde el alto de Barreto (Camilo Barreto Medina), del otro lado del Olimar, era un caserío terroso pegado al suelo, del cual sobresalían, resaltando, la espadaña de la iglesia parroquial, un edificio de altos -la Jefatura- con una protuberancia en el centro cuya utilidad no se advertía a la distancia, y dos o tres caserones más: la casa del cura don Ramón Rodríguez, el Molino de Lago -hoy Panadería Central- y el Hotel de Sotelo y Ron. Algunas manchas de verde oscuro y un grupo de grandes eucaliptos a la izquierda, cerca del Yerbal, chacra de Urrutia.
                                                                     La zona edificada, con grandes baldíos en la periferia, comprendía las cinco manzanas a cada lado de la Plaza 19 de Abril, siendo los límites de la planta urbana las calles Joaquín Artigas por el Norte, Gregorio Sanabria por el Sur, Juan Ortiz por el Este y Juan Rosas por el Oeste.
                                                                     Cuando el viajero llegaba a la intersección de las calles Sanabria y Lavalleja, podía apreciar el conjunto mejor edificado de la población, marginando la vía principal de tránsito urbano. Mencionaré como principales las fincas de Idígoras, Javier Hontou, Oliveres, Zabalegui, Buenafama, Novoa, Carlos Hontou, Sucesores de Urrutia, Juan Hontou (de altos), Ungo, Rodríguez Rocha, Tanco, y llegando a la calle Pablo Zufriategui, los comercios de Oliveras y Zabalo y Tanco. En la Plaza: la Iglesia, el convento, algunas casas comerciales, la Jefatura, casas de Luciano Macedo, Bautista Hontou, Sucesores de Vaco y el Hotel.

                                                                     Contrastaba con la solidez y buena apariencia de algunas construcciones la pobreza de sus linderas, en las cuales abundaban las casas bajas con techo de teja. Citaré el caso de la finca señorial de Urrutia que tenía pegada a su costado, como una lapa, una vieja casita de material del ex comisario don Domingo Ferreira y el de las casuchas de la Sucesores Olmos -hoy Centro Progreso- adosadas al Hotel de Sotelo y Ron. Constituían la nota exótica los altillos de del Puerto -antes Percibal- en Juan A. Lavalleja y Atanasio Sierra, hoy Banco de la República, y el de don Juan Acosta en la calle Pablo Zufriategui y Andrés Spikerman. La calle Real -Juan Antonio Lavalleja- se prolongaba por el Norte hacia la antigua Picada de Arocha y por el Sur hacia la Laguna de Arnaud.
 
                                                                       El pavimento de las calles era de lo más rudimentario y, en muchos lugares, el suelo natural. Las rentas municipales no permitían otra cosa. Ese magnífico arbolado que hoy constituye una nota agradable que da cierto carácter a la ciudad, se inició el año uno comenzando por la Plaza 19 de Abril, siendo Presidente de la Junta don Fructuoso del Puerto. Las veredas, donde las había, estaban construidas con los materiales más diversos, predominando las de ladrillo con bastante anarquía en cuanto a líneas y niveles.
                                                                         El alumbrado público se hacía a base de kerosén, con una muy escasa visibilidad para el transeúnte nocturno, observándose al pie de la letra las fases de la luna, suspendiéndose la luz artificial de acuerdo con el calendario. Ello ofrecía serios inconvenientes, pues no siempre la luna brilla, pero solía proporcionar a la población el encanto de los poéticos paseos a la luz de la pálida viajera, alrededor de la Plaza o hacia el Paso Real. Durante tales «pro ménades», la gente joven debía dragonearse a cierta distancia, ya que las conversaciones no se permitían mientras no se cumplieran ciertos requisitos de consentimiento familiar.
                                                                            La entrada de las diligencias ponía en el ambiente una nota de momentánea animación, fuera de la cual, el silencio aldeano solo era turbado por el paso de alguna carreta o los carros de carniceros, lecheros y repartidores de pan. Y a propósito, recuerdo una anécdota que paso a referirles.
                                                                            Don Francisco Ungo, ciudadano español, comerciante, tenía por aquel tiempo una panadería. Recordando una costumbre muy española, dotó a los caballos de sus jardineras de sendos collares de cascabeles. Pero aquel barullo no gustaba al vecindario porque el reparto se hacía muy temprano. Menos aún lo toleraban los repartidores, quienes, además, alegaban que el cascabeleo les impedía oír cuando eran llamados por los clientes. En la porfía hubo de ceder el señor Ungo, pese a su loable esfuerzo por combatir de algún modo aquel silencio pampeano.
                                                                           


     Constituía otra nota de ambiente local la curiosidad inquisita de los vecinos. Había personas especialmente dedicadas a la misión de averiguar la vida y milagros de cuanto forastero caía al pago. No se descansaba en la tarea, pasándose unos a otros el resultado de sus indagaciones. De dónde procedía, a qué venía, quien lo conocía, si era blanco o colorado, soltero o casado. Esto último interesaba especialmente al elemento femenino. He aquí un caso.
                                                                                Un hombre joven, recién llegado, hizo su paseíto vespertino por la calle Real. A cierta altura hubo de pasar, como quien dice, entre dos fuegos. Casi frente a frente se encontraban asomadas al balcón dos muchachas casaderas que aparentaron no haber notado el paso del forastero, cuando este oyó tras si el siguiente diálogo.
                         - ¿Qué te parece?
                         - Que tiene cara de casado.

* * *

                                                                        Para terminar esta nota les contaré lo que sucedió en el entierro de Jorge. Giorgio di Paulo, conocido por Jorge el albañil, vino al país como tantos otros extranjeros, a trabajar, con la aspiración de crearse una posición. Pero Jorge murió pobre. Tanto, que sus amigos tuvieron que pagarle el cajón y llevarlo a pulso al camposanto. Había llovido mucho y las calles estaban convertidas en verdaderos lodazales. Cerca de la cancha de Ferreira había un gran barrial y, como si Jorge no hubiera querido dar más trabajo a sus amigos, allí, precisamente, se desclavó su ataúd. Con bastante dificultad, Jorge fue levantado del barro, dándosele piadosa sepultura.




Publicado originalmente en Panorama, noviembre de 2016

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Cuadros policiales del 95

Nombramientos y detalles

Apenas comenzado su mandato, en el otoño de 1894. El Jefe Político y de Policía de Treinta y Tres, Antonio Pan, dispone la remoción de algunas jerarquías policiales, con el fin de sustituirles con personal de su confianza.


Con tal motivo, y justificando su decisión además de buscar el beneplácito del gobierno nacional para los nuevos nombramientos, en  abril de ese año remite una extensa misiva dirigida al Ministro de Gobierno de turno, que creo merece ser transcripta en su totalidad porque ilustra usos y costumbres de la época, y que expresa textualmente:

Treinta y Tres, abril 24 de 1894.-

Exmo. Señor Ministro de Gobierno
Dr. Dn. Miguel Herrera y Obes

Exmo. Sr.:
Tengo el honor de comunicar a Ud. que habiendo los comisarios de algunas secciones  de éste Departamento elevado sus renuncias a ésta Jefatura del cargo de los puestos que desempeñan, vengo a proponer a VE para llenar esas vacantes, a las personas siguientes:
Para Sub Comisario de la 1º Sección Urbana al ciudadano Dn. Valentín S. Rigos en reemplazo del Alférez Dn. Esteban Carrasco que lo desempeñaba interinamente; para Comisario de la 1º Sección Rural al ciudadano Dn. Gabriel Muniz en reemplazo del Alférez  Dn. Francisco Barboza; para Comisario de la Policía Volante al ciudadano Dn. Eduardo Cosse, en reemplazo del Capitán Dn. Pedro Guevara; para Sub Comisario de la 1º sección Urbana al ciudadano Dn. Sixto Macedo en reemplazo del alférez Dn. José Antonio Alcarraz.
Esta Jefatura, Exmo Sr., se ve también en la imperiosa necesidad de pedir el cese también de los comisarios de la 2º y 6º Sección  por mantener éstos el habito de ebriedad; los de la 3º y 7º por ser completamente nulos para desempeñar sus puestos.
En virtud de las razones indicadas, esta Jefatura, Sr. Ministro, no puede ni debe mantener en sus puestos a empleados que no saben o no quieren cumplir con sus deberes, olvidando el decoro que su propio carácter les impone, por cuya razón se hace necesario para el orden de la buena administración que VE se digne aceptar las referidas propuestas y el cese de aquellos comisarios por las causas ya expresadas.
Propongo para sustituir al comisario de la 2º Sección al  Teniente Dn. Ramón Santellán en reemplazo del Teniente Dn. Antonio Prieto, para sustituir al comisario de la 3º Tte. Dn. Marcos Bodean al Sargento Mayor Dn. Bernardo Berro, para sustituir al comisario de la 6º sección Tte. Dn Pantaleón Rodríguez al ciudadano Dn Galo Fernández, y para sustituir al comisario de la 7º sección Sargento Mayor Dn. Manuel Vica, al Teniente 1º Dn. Eduardo M. Avegño.
Esperando de VE la aprobación que corresponde         para las propuestas hechas, saluda VE a quien Dios Gde Ms Años

                          Antonio Pan

Esta comunicación, cuyo original se encuentra en el Archivo General de la Nación, está acompañada en el expediente archivado junto a un telegrama mediante el cual Pan intenta “apurar” la decisión ministerial.
El telegrama del Telégrafo Oriental –cuya copia fotográfica adjuntamos- , dice:
“Ruego a VE se sirva designar a la brevedad posible las propuestas hechas por esta Jefatura, a fin de poder organizar el personal policial. Entre los propuestos, va el joven Gabriel Muniz, recomendado de VE. Como ignoro donde vive, ruego a VE le ordene se venga.
                                        Lo saluda
                                                                           Jefe Político”

El raconto de este episodio, quizá menor para muchos, viene al caso con el motivo central de esta nota, que es confirmar la integración del cuerpo policial de Treinta y tres en el año 1895, según la Memoria publicada por Antonio Pan en 1895.
 En sus últimas páginas, el libro publica un cuadro donde figuran “Personal actual de la Jefatura Política del Departamento de Treinta y Tres y sus dependencias”
En la Oficina Central:
·         Jefe Político                Don Antonio Pan
·         Oficial 1º                                Don Blas C. Martínez
·         Auxiliar                                  Don Leónidas Braga
·         Auxiliar 2º                              Don José María Bas
·         Comisario de órdenes            Don Olegario Sánchez
·         Médico de Policía                  Dr. Don Manuel Cacheiro
·         Capitán – Ayudante               Don Raymundo Labraga
·         Alcaide – Escribiente             Don Aníbal Cordero
·         Maestro Banda de Musica     Tte. 1º Don. Justino Klein
·         Sargento de órdenes               Don Gregorio V. Más de Ayala
·         Portero                                               Don Andrés Vazquez

En la Compañía Urbana:
·         Sargento Mayor                     Don Adolfo F. Amen
·         Capitán                                   Don Augusto B. Pirez
·         Subteniente                            Don Alfredo Rovira
·         Subteniente                            Don Juan P. Amen
·         Subteniente                            Don Alfredo Gómez
Tropa: 1 Sargento 1º
            2 Sargentos 2º
            2 Cabos 1º
            3 Cabos 2º
            2 Clarines
            2 Tambores
            38 Guardiaciviles

En las Comisarías Seccionales:
            PRIMERA URBANA
·         Comisario de la 1º Sección Don Gregorio M. Ayala
·         Comisario Volante Don Eduardo Cosse
·         Subcomisario Don Gerardo Rosano
·         Subcomisario Don Nicolás Acosta
·         Subteniente 2º Don Pablo Pearse
1 Sargento 1º, 2 Sargento 2º y 14 guardiaciviles

PRIMERA RURAL
·         Comisario Don Emilio Arteaga
1 Sargento 2º, 1 Cabo 2º y 6 guardiaciviles

            SEGUNDA SECCION RURAL
·         Comisario Teniente 1º Don Ramón Santellán
·         Subcomisario Don Damacio Acosta
·         Escribiente Don Teodoro Viana
1 Cabo 1º y 11 guardiaciviles
TERCERA SECCION RURAL
·         Comisario Sargento Mayor Don Bernardo G. Berro
·         Subcomisario Don Francisco Bodean
10 guardiaciviles

CUARTA SECCION RURAL
·         Comisario Don Garibaldi Rodríguez
1        Sargento 1º, 1 Cabo 1º, 10 guardiaciviles

QUINTA SECCION RURAL
·         Comisario Don Maximiliano Taborda
1 Sargento 1º, 1 Cabo 1º y 10 guardiaciviles

SEXTA SECCION RURAL
·         Comisario Interino Don Félix Solano
1 Sargento 1º, 1 Cabo 1º y 11 guardiaciviles

SEPTIMA SECCION RURAL
·         Comisario Teniente 1º  Don E. M. Avegno
·         Escribiente Don Aurelio Amorín
1 Sargento 1º, 1 Cabo 1º y 10 guardiaciviles

Así estaba constituida en definitiva la Policía departamental de fines del siglo XIX, según las fuentes nombradas.





miércoles, 20 de septiembre de 2017

133 de 33

Ante un nuevo aniversario de nuestro departamento

                                                                Un día como hoy, 20 de setiembre, pero hace 133 años, en 1884, el entonces Presidente de la República General Máximo Santos, cumpliendo una perseguida aspiración de lugareños encabezados por Lucas Urrutia, firmó el decreto de creación del Departamento de Treinta y Tres, tomando tierras de los vecinos departamentos de Lavalleja (entonces Minas) y Cerro Largo, y designando a nuestra ciudad como su capital.

                                                               En el artículo primero del mencionado decreto, se establecen los límites departamentales: AL NORTE el Arroyo Parao desde sus nacientes hasta el límite exterior del llamado “rincón de Ramírez”; desde dicho límite hasta el Río Tacuarí; este río aguas abajo hasta su desembocadura en la Laguna Merín.
Presidente Máximo Santos
                            AL ESTE. La ribera de la Laguna Merín desde la barra del Tacuarí hasta la barra del río Cebollatí, y siguiendo el curso de este río aguas arriba hasta la barra del Arroyo Corrales.
                           AL SUR: el Arroyo Corrales desde su barra con el río Cebollatí hasta sus nacientes, un rumbo desde dichas nacientes hasta la barra del Arroyo Averías en el río Olimar Chico, y desde dicha barra de Averías, siguiendo el mismo Olimar Chico hasta sus nacientes en la Cuchilla Grande.
                           AL OESTE: la Cuchilla Grande en toda su extensión desde las nacientes del Olimar Chico hasta las nacientes del Arroyo Parao.

                                                              En el artículo segundo, establece una contribución especial de los pobladores del nuevo departamento por el espacio de 3 años para solventar los gastos de instalación, y el tercero establece la obligatoriedad del nuevo departamento de contar en las elecciones con dos Representantes Nacionales y sus respectivos suplentes.
                                                                Al tiempo de la fundación, según el libro del Presupuesto Nacional para ese período que se conserva en el acervo de la Jefatura de Policía de Treinta y Tres  y al que tuvimos acceso gracias a los buenos oficios y el esfuerzo mancomunado en la búsqueda de material del comando y personal encabezado por el Jefe de Policía Inspector Víctor Sánchez, el departamento contaba con un personal público, que entre jefes y subordinados superaba los dos centenares de personas.

                                                                Según el mencionado libro, en el ámbito policial, era donde revistaban la mayoría, según el siguiente detalle:
                                 Un Jefe Político y de Policía –que lo fue el Coronel Manuel M. Rodríguez-, un Oficial 1º, un Oficial 2º, un Comisario de órdenes e Inspector de Policía, un Auxiliar, un Alcaide Escribiente, un Médico de Policía y un Portero, en Jefatura, totalizando 8 plazas.
                                  En lo que tiene que ver con el personal de las seccionales, se establece que existían dos Sub Delegados, seis Comisarios de seccional, un Comisario Volante, tres Escribientes, nueve Vigilantes de 1º, once Vigilantes de 2º y noventa y cinco guardiaciviles, o se que en total se empleaban 127 personas.
                                                               En el área administrativa del departamento, la recientemente creada “Junta Económica Administrativa”, (de carácter honorario presidida por Pedro Aguiar),  heredó los cargos rentados de la anterior Comisión Auxiliar que le rendía cuentas a Melo, a saber: un secretario, un escribiente, un Inspector de Salubridad, un portero, un jardinero, y un sepulturero.
                                                                En lo que tiene que ver con la Educación Pública, cuyo Inspector Departamental fue Saturnino Roldán, el Presupuesto de Gastos indica los siguientes cargos, además del nombrado Roldán: un Secretario/Tesorero, un maestro de 2º grado, una maestra de 2º grado, un ayudante para la escuela de varones y una ayudante para la escuela de niñas, en lo que tiene que ver con la capital, mientras que en el área rural, se crean seis cargos de escuelas rurales, entre ellas para las ya establecidas en Isla Patrulla, Yerbalito y Cuchilla de Dionisio , y cuatro cargos apartes para “maestros de frontera”
                                                              Por último, en el plano impositivo, se nombra un Administrador de Rentas – que fue el Capitán Alejandro G. González-, a quien acompañarían tres auxiliares.


                                                              Por su parte, en el plano del Poder Judicial a pesar de que como poder aparte no figura en ese entonces el Presupuesto de Gastos del Estado, cabe recordar que
 el Juez Letrado era el Dr. Pedro Garzón, actuando en la actuaría el escribano Indalecio Rodríguez y Rocha.

lunes, 15 de mayo de 2017

Algunos antecedentes sobre La Charqueada

Enviados reales, contrabandistas, corsarios y hasta Garibaldi



                                                La pacífica y turística localidad de La Charqueada, enclavada a orillas del Cebollatí cumplió recientemente los 100 años de su fundación efectiva, pero su particular enclave natural y la buena profundidad que ahí adquieren las aguas de ese río, fueron desde los tiempos de la colonia factores fundamentales para que el lugar fuese testigo de muchos episodios históricos importantes.


                                      Ya en el año 1784, una delegación representando al Rey de España encabezada por el Teniente de Navío Diego de Alvear y otra de la corona portuguesa regida por el gobernador de Río Grande Xavier da Veiga Cabral, conjuntando un total de unos 300 hombres entre técnicos, soldados y esclavos, recorren minuciosamente la zona limítrofe compuesta por la Laguna Merin, la Laguna de los Patos y sus afluentes, optando por realizar su campamento principal  “al abrigo de altas barrancas del Cebollatí algunas millas aguas arriba de la desembocadura del Parao”, proporcionando coordenadas de ubicación que coinciden con apenas segundos de diferencia con las que hoy conocemos de La Charqueada, manteniendo su centro de operaciones activo por varios meses mientras duraban sus investigaciones.

                                            Años más tarde, en épocas de las luchas por nuestra independencia, existen menciones militares a “un profundo puerto natural a unas 15 millas” de la Laguna Merin sobre aguas del Cebollatí, que fue refugio para corsarios que luchaban a favor de la independencia. 
Poco tiempo después, durante la Guerra Grande, el propio Giusseppe Garibaldi hizo propia la zona como comando de la “Escuadra de la Laguna” de Rivera hasta su derrota en la Laguna de los Patos en agosto de 1839 a manos del portugués Grenfell. Su edecán, el navegante italiano Bernardo Ganduglia, optó por quedarse en la zona para siempre asegurando la tradición oral que siempre recorría las orillas del Cebollatí “como buscando algo escondido”.
                                      Una vez culminada la Guerra Grande y como consecuencia de una resignación de límites con Brasil, Uruguay se ve privado de navegar en toda su extensión las aguas tanto del Río Yaguarón como de la Laguna Merin, por lo cual el gobierno de Giró establece dos destacamentos para vigilancia del contrabando, uno en aguas del Cebollatí y otro en el Río Tacuarí, y aunque no se especifica su ubicación, no es de dudar que en el caso que nos refiere utilizaran el mismo emplazamiento ya acostumbrado.

                                Tampoco es extraño que en la misma época, algunos emprendedores comerciantes instalen graserías, saladeros y “charqueadas” en la proximidad de esos mismos puestos de vigilancia (Puerto Gómez, Passano, Cebollatí, las Charqueadas de Ramírez), empresas que fueron congregando trabajadores y troperos que debieron ser los primeros pobladores efectivos de la zona, y que finalmente resolvieron a don Joaquín Machado, propietario de las tierras en que hoy se yergue el Pueblo General Enrique Martínez, y a Lucas Techera fundador de Pueblo Cebollatí, ambos a principios del siglo XX, a lotear y fraccionar sus tierras para la implantación de poblados que seguramente ya eran incipientes.

lunes, 23 de enero de 2017

De letra propia del Jefe: la División Blanca de 33 en el '97

Actuación de la 3ª División Revolucionaria en la Campaña del 97

Narrada por su Jefe Coronel Bernardo G. Berro



Publicada originalmente en 10 entregas en el semanario “La Revista Uruguaya” Mayo/Julio 1905, dirigida por el Dr. Luis Santiago Botana. Transcripción que intenté fuera lo más fiel posible...


Treinta y tres, marzo 17 de 1898
 Doctor Don Luis Santiago Botana, Montevideo.
 Querido Luis:
Van los apuntes que me pides. Si alguna injusticia se cometiera en ellos, lo que no creo, sería hija de mi mala memoria, nunca de falta de voluntad para mis compañeros de la 3ª División, tan valientes y sobre todo tan sufridos, tan honrados, tan patriotas que en el Estado Mayor no se tendrá conocimiento, por faltas cometidas en el ejército y fuera de él, más que del arresto pasajero de un teniente.
Debido al valor y sufrimiento de esos compañeros se ha reflejado en mi, algo de su valor y sus virtudes. Para ellos el honor y la gloria, para mí, el grato recuerdo de haber hecho poco, muy poco por la patria, pero todo lo que podía…
 Tengo a la vista tu carta de fecha 28 de febrero próximo pasado. Empiezo por decirte que no me parece correcto el tratamiento de “V.S.” y “Señor Jefe” que me das. Yo no debiera ser para ti más que el Bernardo querido y distinguido por tu padre, como tú no eres, ni serás nunca, más que “mi querido Luis”.
Me pides planos de una batalla y yo no te los puedo dar, porque mí tiempo lo empleo en pelear y cuidar a mis soldados: no tengo la doble vista, ni la de águila que poseen algunos. Te relacionaré a la ligera -porque no tengo tiempo ni secretario, como tu crees, para escribir, largo, tendido y correctamente-, algo de lo que se refiere al proceder de la 3ª División que tuve la honra de mandar.
Tuyo, Bernardo G. Berro

1

Era el 12 de marzo de 1897, y el que estas líneas escribe, jefe de la escolta de su amigo el Coronel don Atilio Pigurina.
A las 11 de la noche, llegó al campo el mayor Urán, trayendo la orden de replegarme a la plaza. Pregunté a Urán que noticias particulares tenía y me contestó: “lo que se dice en el pueblo es que Aparicio ya ha invadido y que viene por la Cuchilla Grande, en dirección a Nico Pérez”.
Hice formar, ordené a Urán fuese a buscar algunos blancos que hubiese en lo de Quintela, y, como el comandante y los oficiales del primer escuadrón eran colorados y ese escuadrón estaba armado a máuser, hice formar mis lanceros a pie en el flanco izquierdo y me fui a buscar una guardia de doce hombres, los únicos de mi confianza que tenían arma de fuego. Le di orden al teniente Baudean de que, cuando yo volviese con la guardia, si aquellos hombres no me obedecían después de yo hacerles una descarga, los cargase a lanza que nosotros, descargadas las armas, cargaríamos a sable.
Volví con la guardia, formé al frente del primer escuadrón y llamé a su comandante, teniente 1º don Ramón Etchart, mientras yo me adelantaba solo a recibirlo, cuando llegué a donde estaba él, que venía desconfiado y de mala gana, me tiré del caballo, lo tomé fuertemente por una mano, y le dije: “Soy blanco y me voy con los míos, pero en atención a las distinciones que el coronel Pigurina ha tenido conmigo, voy a permitir a Ud. y a todos aquellos que no quieran seguirme que se retiren con sus armas”. Mandé dar dos pasos al frente a los colorados, e hice desfilar a la izquierda por retaguardia a los que se resolvieron a acompañarme.
Coronel Bernardo Berro

Entonces el teniente Etchart y todos los colorados que lo acompañaban prorrumpieron en vivas al comandante Berro y mueras a la canalla. Dejé a Etchart con 18 hombres en atención a mi amistad con el coronel Pigurina.
Al otro día, 13, estaba, al salir el sol, en la estancia de Urtubey. El coronel se resolvió a marchar con unos 10 o 12 hombres que tenía reunidos, y ese mismo día nos incorporamos al general Saravia, con 80 hombres que yo llevaba y más los doce de Urtubey. El General me dio un cariñoso abrazo, recordando mi vieja y estrecha amistad con su malogrado hermano Gumersindo. Me dijo que sentía que les hubiese dejado las armas a los 18 soldados, y después que le hice conocer los motivos, aprobó mi conducta. Presente el Coronel Urtubey, quiso el General darme algunas órdenes; entonces, dije a este último: “Señor General, desde este momento me pongo a órdenes del Coronel Urtubey, que es un patriota y una bandera para nuestra causa”. Desde ese momento, el Coronel Urtubey fue el Jefe de la 3ª División y yo su segundo.
El día 18, aumentada la 3ª División a 200 hombres, mandó el General en comisión a Tomás Borches, Antonio Mena y un cuñado del general, a cortar a Derquin y Gumersindo Collazo, que habían salido de Melo el día antes, buscando la incorporación de Muniz.

2

El día 19, marchamos de mañana temprano en dirección al Arbolito, y como una legua antes me mandó llamar el general y me dijo: “Coronel, ahí está el enemigo; pero Derquin se ha entregado con un carro de municiones y la fuerza de su mando: saque todos los tiradores de su división, que este día va a pelear con el coronel Mena”. Entonces le dije: “Pero, señor general, ¿voy a órdenes del coronel Mena?” – “No señor, me dijo: va usted a desplegar por retaguardia de la cabeza, apoyando la derecha de sus tiradores en la izquierda del coronel Mena”.
Di cumplimiento a lo ordenado, llevando 15 lanceros a órdenes de los oficiales Juan Francisco Ferrer y Teodoro Berro. Marchamos en dirección al Este, dejando la casa de Amilivia a la derecha: al enfrentar a ella, variamos a la derecha e hicimos alto un momento; seguimos con rumbo al Sur y atamos los caballos en un alambrado, adonde ya llegaban las balas del enemigo. Allí quedaron los oficiales Ferrer y Berro con los quince lanceros de referencia para cuidar los caballos, ponchos, etc., y alcanzarlos después su fuese conveniente. Haciendo fuego, dimos un medio cuarto de conversión a la derecha y vi caer al viejo y valiente mayor Floro Sabattel, gravemente herido. El fuego enemigo en ese momento era muy nutrido. Los soldados de mi izquierda flaquearon algo, sin avanzar con la decisión que yo les requería. Mandé a mi ayudante Barrios que lancease a unos que se escondían detrás de unas piedras en vez de seguir el movimiento de avance, acometiéndolos yo con la espada para volver a media rienda sobre la derecha de mis tiradores, que desde ese momento pelearon como bravos: fue un bautismo de fuego que honraría a verdaderos veteranos.
Avanzamos al Oeste bajo un fuego mortífero y casi agotadas nuestras municiones, cuando el valiente coronel Mena me gritó: “Coronel Berro, se me ha concluido la munición”, y, dirigiéndose a sus soldados, les dijo: “desgraciados, corran a tomar sus caballos porque se han agotado las municiones”. A mí ya no me quedaban más que ocho o diez hombres que las tuviesen: con ellos inicié la retirada, cuando ya iban huyendo muchos soldados y algunos jefes y oficiales, que en vez de protegernos y llevarse por delante al enemigo que flaqueaba, nos abandonaban cobardemente. Allí me balearon el caballo cuando me retiraba haciendo fuego con un wínchester, y después de haber marchado unas tres o cuatro cuadras, empezó a temblar y cayó. Salí yo con el freno en la mano, y fui hasta donde estaba el coronel Urtubey, a la cabeza de 80 lanceros que no prestaban ni siquiera el servicio de alcanzar un caballo al segundo jefe de la división, quien anduvo enancado en el caballo de su ayudante hasta encontrar un jamelgo miserablemente enalbardado, y así fue a buscar a su general y a sus hijos Pedro y Carlos, que venían en retirada hacia la casa de Amilivia, y Teodoro, que andaba con el alférez Ferrer allegando caballos a nuestros pobres compañeros que bajo un fuego vivísimo se retiraban muertos de cansancio, en tanto que el valiente oficial Cirilo Garrido me dijo en presencia del coronel Urtubey y sus lanceros: “Coronel, mándeme un caballo, porque me muero de cansado, no puedo más” Puedes figurarte lo que le contestaría quien estaba a pie y pidiendo al coronel Urtubey, su superior, que le hiciese llevar el recado hasta la caballada.



Encontré a mis hijos, pero no a mi valiente y querido general que, sabedor de la muerte de su hermano, se había corrido a la derecha y de allí me mandó decir que me retirase en dirección al paso del Tacuarí. Yo tenía todos mis tiradores reunidos y a caballo: yo mismo había mudado en la caballada y ensillado con mi recado que me lo trajeron los soldados Loreto Medina y Aurelio Martínez; ya los lanceros que habían estado en comisión se me habían reunido, cuando me encontré con el coronel Mena, que también ayudaba organizando su gente, y me dijo: “Coronel, traiga su gente organizada, porque si estos nos persiguen y usted piensa como yo, debemos darle una carga de lanza conforme salgamos a campo raso, y verá si vamos a llevar por adelante a esos maulas”. De acuerdo en un todo con mi compañero y amigo el coronel Mena, nos retiramos prontos y con opinión hecha de cómo deberíamos obrar, pero nadie nos persiguió, y a nuestra retaguardia, hasta una legua del campo, no se veían amigos ni enemigos, con excepción de uno que otro hombre bien montado, que nos siguieron unas cuadras haciendo algunos disparos. No es cierto que Derquin viniese a nuestra retaguardia hasta ese momento: después podrá haberla tomado en nuestra izquierda – derecha antes de nuestro cambio de frente en retirada, pero entonces no.



3

En esa acción se distinguieron por su valor y serenidad en la pelea el capitán Pedro J. Berro, el distinguido Carlos A. Berro, el teniente 2°. Garrido, el mayor Floro Sabattel, que salió gravemente herido, muriendo de resultas. Se portaron como buenos el sargento mayor don Manuel Urán, los tenientes 1os. Francisco Baudean é Isabelino Barrios, mi ayudante, que no se separó de mi más que para desempeñar las comisiones que le ordené, y los alféreces Teodoro Berro y Juan Francisco Ferrer, al primero de los cuales le hirieron tres caballos. Salieron heridos el capitán Pedro J. Berro, el mayor Floro Sabattel, el teniente Cirilo Garrido, el sargento Benjamín Serna y los soldados Antonio Cañas y Ramón Santurio.
 Pasamos el Tacuarí, y fuimos á campar del otro lado de Melo, siguiendo después hasta Aceguá, donde permanecimos varios días sin que nadie nos incomodara. El objeto principal era mandar nuestros heridos al hospital de Cuchilla Seca y hacernos de algunas municiones.
De allí mandó el general algunas personas con licencia y otras en comisión, pero tuvimos también muchas deserciones de jefes, oficiales y soldados. ¡Lástima que hubiesen formado con nosotros hombres indignos de ostentar nuestra divisa y de ser mandados por Aparicio Saravia!
¡Sí!; lástima grande que formaran con nosotros los desilusionados y pusilánimes que entonces se fueron; con nosotros, hombres humildes, ¡pero orgullosos ciudadanos que habíamos jurado morir por la patria antes que abandonar la causa santa por que luchábamos!
De Aceguá marchó en comisión el coronel Urtubey: iba, según me dijo el general, á influir con Derquin y Borches para que se incorporaran al ejército, y no llevaría más de doce hombres; pero lo cierto es con él se fueron esa noche más de treinta hombres, entre ellos algunos jefes y oficiales de verdadero mérito, y que, culpables ó no, el ejército perdía con ellos un importante concurso. Ese mismo día se me desertó el comandante.
Después tomamos rumbo al Río Negro, y cambiamos dirección hacia Tupambaé, por cuyas alturas se nos incorporó el coronel Lamas, siguiendo hasta las puntas del cerro Largo. El 1º de Abril alcanzamos á Otazo, y, habiendo ido á visitar yo al general bajo una lluvia torrencial y estando departiendo con él, vino un vecino á avisar que Muniz se hallaba cerca, carneando. Inmediatamente se tocó á ensillar; pero los vaqueanos eran malos, y nos llevaron á una picada por donde no podía pasar más que un hombre de frente. El general mandó de vanguardia al coronel Mena, valiente jefe y distinguido amigo mío, pero á quien no le correspondía esa comisión, porque no era él el jefe de la división del departamento donde se operaba; y a los jefes de división se nos había prometido que haríamos la vanguardia en nuestros respectivos departamentos.
Después pagué bien la falta de confianza ó el olvido de mi general. Perdimos de alcanzar á Muniz ese día, porque las descubiertas, fuese quien fuere el que las mandó, no se hicieron en forma. Habíamos campado á dos leguas de donde estaba Muniz campado y carneando, después nos llevaron á una picada por la que se necesitaban horas para pasar.
Llegamos tarde al campamento de Muniz en las puntas de Leoncho, encontrando reses carneadas y ranchos muy bien hechos que nadie había utilizado: el enemigo con su gente iba en marcha precipitada con rumbo al paso de los corrales.
El día 2 de Abril lo perseguimos sin descanso hasta los Ceibos; pero el hombre iba á marchas forzadas y se nos fue por el paso de la Laguna, del río Olimar, mientras nosotros vinimos a pasar el mismo río á las 11 de la noche en el paso real de la villa de Treinta y Tres. Seguimos a marchas forzadas hasta Retamosa.
Habíamos pasado el paso del Rey del Cebollatí y  lo repasamos en una picada para el Norte. Volvimos á repasarlo en el paso del Sarandí del mismo río y marchamos de noche hasta cerca de la Manguera Azul adonde llegó en comisión el comandante Juan José Muñoz, quien volvió con la noticia de que Vergara se nos había ido, ó, más bien dicho, lo habíamos dejado ir, y que un ejército numeroso venía en marcha sobre nosotros.
Esa misma noche retrocedimos, llena el alma de desencanto por el mal resultado de la operación.

4

Repasamos el Cebollatí y marchamos hasta las Pavas y allí se nos incorporó el coronel Lamas por segunda vez, con 380 hombres: el resto había quedado con el traidor Núñez y otros que no se llaman Núñez, pero que obraban de acuerdo con él.
A los pocos días estábamos en San Jerónimo, departamento de la Florida; tomamos unos cuantos prisioneros de una policía y Julio de Barros se tiroteó con la vanguardia de Muñoz. El general me ordenó proteger á Mena, que estaba en el paso de la Tranquera, de Santa Lucia chico; que marchara a trote y galope y forzáramos el paso, adonde, según le habían avisado, se dirigía una fuerza numerosa del gobierno. Marché á trote y galope y pasamos el paso sin encontrar el anunciado enemigo.
El día 16 de abril campamos en el cerro Colorado. A poco de haber desensillado, vi que algunas divisiones ensillaban, y en seguida vino el ayudante Rodolfo Ponce de León, y me dijo: “Coronel, ordena el general que marche inmediatamente á trote y galope al lugar del fuego” (ya se sentían algunos tiros. Di cumplimiento á la orden, dejando á retaguardia dos divisiones que estaban á mi vanguardia y tomé una posición magnifica detrás del terraplén de la vía férrea a Nico Pérez. A mi derecha entraron después el comandante Juan José Muñoz y el coronel Marín con gente de las divisiones de Minas y San José, más a la derecha estaba el coronel Lamas con poca gente y una ·partida de Juan José Muñoz en observación: y á la izquierda el general Saravia con las demás divisiones.

La infantería enemiga avanzó de frente hasta una cañada que había a nuestro frente y de allí nos hizo un fuego vivísimo, hasta que apareció una fuerza dé caballería, poca, que no era más que el estado mayor con Domínguez á la cabeza. Estos vinieron hasta la citada cañada, la vadearon, amenazaron una carga hacia donde estaba el general y cambiaron de dirección á la izquierda, esto es, hacia dónde yo me encontraba.
Pareciéndome que traían una bandera de parlamento, mandé suspender el fuego, subí al terraplén contra las súplicas de mi gente y enarbolé mi pañuelo blanco. Se me recibió á mi subidla al terraplén con una rociada de confites; mandé romper el fuego y la caballería enemiga repasó la cañada para el sur en dirección a unos ranchos, llevando cuando menos un herido o muerto que vimos caer a nuestro frente.
Ese día conocí que el comandante Juan José Muñoz era un buen compañero: desde entonces tomamos parte juntos en varias peleas, siendo siempre buenos amigos. ¡Que Dios dé á la patria muchos ciudadanos como el comandante Muñoz, modesto, de valor sereno, honrado y patriota! Esto es poco en relación a las ponderaciones que hacen personas autorizadas de otros que el comandante Muñoz y yo conocemos bien. Yo prefiero para mi patria ciudadanos como Muñoz a algunos que conocemos y han sido, por quien no debía, ponderados oficialmente.
De tarde recibí orden del coronel Lamas para retirarme en dirección a la estancia del cerro Colorado, dejándola á la izquierda, cuando ya se habían retirado algunas otras divisiones. Dimos cumplimiento á la orden marchando en batalla al tranco, dando frente al enemigo de trecho en trecho y en el más perfecto orden de escalonamiento. Al rato marchábamos en columna para el paso de Mansavillagra, que pasamos, y acampamos al Norte. Yo acampé á la derecha del paso, hice carnear tres vacas, di de comer á mis soldados, y después dormimos tranquilamente.
En Cerro Colorado no tuve más que un muerto y ningún herido: las posiciones eran inexpugnables.
Nos dirigimos al Norte del Río Negro, pasando en el paso de Pereira, y, después de algunas marchas y contramarchas, incorporado ya el coronel Jara con la división de Cerro Largo, Celestino Alonso, el comandante Vélez, Acevedo Díaz, mi hijo Pedro, que venía del hospital de Cuchilla Seca, y otros.
El 14 de Mayo por la mañana marchamos del arroyo de la Coronilla en dirección á Cerros Blancos, yendo mi división de servicio cubriendo la retaguardia del ejército. Cerca de Cerros Blancos recibí orden de hacer replegar las caballadas y no dejar salir a nadie por los flancos, porque el enemigo estaba cerca. Inmediatamente mandé dar cumplimiento a lo ordenado por el estado mayor y mandé á mi ayudante don Antonio Prieto á decirle á mi general que me permitiera entrar en línea con mi división, porque por retaguardia no había peligro y yo quería como siempre, entrar en pelea.
El general, accediendo á mi pedido, me contestó que podía replegarme, tomando el lugar que me correspondía en la columna. Para hacerlo, tuve que marchar á trote y galope hasta que alcancé la primer división, que había cambiado de dirección al Oeste para dar frente al Norte, y le dije al comandante Basilio Muñoz, hijo, que allí mismo debía dar frente al enemigo para yo apoyar mi derecha sobre su izquierda, porque faltaba la división 2ª y la 4ª venía á retaguardia. Inmediatamente de pasar al frente de la columna di frente á la izquierda y en orden de batalla avancé un par de cuadras para ocupar unas posiciones que me parecieron ventajosas, las que ocupé efectivamente bajo un fuego nutrido y sin advertir que las divisiones 1ª y 4ª, que debieran haber entrado á mi izquierda, habían quedado un par de cuadras á mi retaguardia, lo mismo que el primer escuadrón de mi división, que comandaba el teniente coronel don Francisco Ledesma.
Tuve, pues, que abandonar aquella posición bajo un fuego mortífero y con las bajas del valiente y leal capitán don Pedro Garat, del patriota teniente don Fructuoso del Puerto y soldado Eustaquio Cuello, que cayeron el primero mortalmente herido y los otros de alguna gravedad. Volví á entrar en línea, apoyando mi derecha en la 4ª división, mandada por mi valiente compañero Juan José Muñoz.


5

Por nuestro frente desfilaron en retirada todas las infanterías de Villar, haciendo excelente blanco para nuestros tiradores: se dirigieron en marcha precipitada hacia una sierra que nos quedaba a la izquierda, cuyo rumbo ya habían tomado otras fuerzas enemigas, en columna algunas y en desorden otras.
El comandante Muñoz reservó los tiros de sus carabinas rémington, de acuerdo conmigo, para la retirada, que preveíamos obligada una vez que el enemigo se apercibiese del agotamiento de las municiones, en la izquierda mucho más, cuando ya se notaba que aflojaban nuestros fuegos en la derecha, que al principio eran nutridos. Sucedió lo que preveíamos: los fuegos de nuestra derecha fueron debilitándose hasta cesar completamente. Mis tiradores habían quedado a cuatro cartuchos, que les hice reservar como defensa personal, y, por consiguiente, ya no hacían fuego más que algunos hombres de Muñoz.
Recibimos orden de retirarnos en esos momentos, cuando el enemigo apercibido ya de la escasez de nuestras municiones, volvía sobre nosotros. El comandante Muñoz tomó nuestra retaguardia, tiroteándose con el enemigo un rato antes de anochecer. Íbamos en dirección al paso de hospital.
Ya cerrada la noche, alcancé mi general en las inmediaciones á una casa de comercio. Luego que me saludó, me dijo:
- Coronel, necesito que Vd., Mariano y Basilio Muñoz se encarguen esta noche del flanqueo y retaguardia del ejército, no sea que estos locos (se refería á la gente de Villar) les dé por hacernos una diablura, entonces, le respondí: 
- Voy a dar cumplimiento, general; pero para salvar responsabilidades, debo hacerle presente que mi división entró de servicio antes de ayer y por eso viene mal dormida y fatigada. 
- Bueno, coronel, tenga paciencia, repuso: Yo deseo que V d. preste ese servicio.
- Se cumplirá lo ordenado, señor general; buenas noches.
- Coronel, haga encender algunos fogones para que vean esos enemigos que no les tenemos miedo y para que no se nos extravíen algunos hombres.
La noche era obscura; marchábamos haciendo paradas y soportando una lluvia torrencial. Tenía que recorrer personalmente y hacer recorrer por mis ayudantes la línea de flanqueadores, porque, aunque iban a cargo del comandante Francisco Ledesma y de los sargentos mayores Marta y Denis, la gente se me dormía, perdía la distancia, se venía sobre la columna o se alejaba demasiado.
A retaguardia de mis flanqueadores traía un retén de gente de confianza. Fui así de servicio hasta las Tres Vendas, en la frontera, adonde llegamos al otro día lloviendo. Al rato de campar, se tocó a ensillar y el ejército se puso en marcha.
Al llegar a la Cerrillada, arroyo de Guaviyú, el general me mandó llamar, y me dijo: “Coronel, a la izquierda tenemos el ejército de Villar y al frente parte de ese ejército que nos ataja la puerta.
Le contesté, hallándose presente el estoico coronel Lamas: “General, mi gente está mal municionada: ayer salió a cuatro tiros; pero, con las municiones de los heridos y algunas que tenían los caballerizos, hoy está á diez tiros y, si hay que abrir la puerta, la abriremos, ó si no, quedaremos en la estacada para ejemplo de los cobardes que nos abandonan”.
-          “Bueno, coronel; saque, entonces, su gente; despliegue los tiradores en guerrilla en aquella cuchilla y protéjalos Vd. mismo con los lanceros”.
Ya habían marchado algunas fuerzas, que no acudieron al lugar donde se inició el fuego.
Yo iba con los lanceros inmediatamente detrás de los tiradores, donde iban mis hijos y otros seres todos queridos, porque todos eran valientes y buenos compañeros, pero eran pocos, muy pocos, 30, próximamente. El comandante Ledesma, de mi división, iba más a la izquierda con otros 3O hombres; en la extrema izquierda, el comandante Isidoro Noblía con veintitantos; por todos, con mis 36 lanceros, ciento veintitantos hombres.
A los de la derecha nos recibieron con un fuego nutrido que contestaron mis tiradores de la misma mano, dando vivas a nuestra causa y a nuestro general, que llegó momentos después. El fuego era tan vivo que mandé a los lanceros desmontar y echar cuerpo a tierra. Cuando llegó el General, el fuego enemigo aflojaba, las primeras guerrillas enemigas montaban a caballo y se ponían en retirada.


6

Entonces el general me dijo: “Vamos a amagarles una carga con los lanceros”, y nos pusimos en marcha.
El ordenó á mis 30 tiradores de la derecha, por intermedio del ayudante Rodolfo Ponce de León, que marcharan hasta ponerse á 200 metros del enemigo, cosa que trataron de efectuar y no pudieron, porque el enemigo se retiraba de ese lado.
Marchamos con el general y mis lanceros al galope, pero con unos caballos flacos y transidos como Rocinantes. Hicimos algunas cuadras, habiendo yo utilizado el clarín del general, haciéndole tocar á la carga y á degüello, cuando llegó un ayudante y dijo al general: “Comunica el coronel Saavedra que no puede cu1nplir la orden de protegerlo, porque no tiene ni munición ni caballos”.
Entonces me dijo el general: “Coronel, yo tengo que hacer en otra parte; queda V d. encargado de esta operación, pero creo que no debe pasar de aquella cuchilla”.
 Fui hasta donde el general me ordenaba, y aun me excedí: pasé aquella cuchilla, y otra, y otra, hasta que descubrí todo el ejército enemigo pasando el Guaviyú para el otro lado: es una vergüenza, porqué se componía de orientales. Estos parecían una majada: la mitad de un lado y la otra del otro.
Momentos después, viendo que yo no les llevaba la carga, desplegaban una fuerte guerrilla de tiradores sobre nuestra izquierda.  Había cumplido con exceso la orden del genera: había abierto la puerta, y puerta grande: había corrido a más de 600 hombres con ciento veintitantos; era casi de noche, y mandé orden al valiente comandante Isidoro Noblía de que se moviese al tranco, iniciando yo mismo la retirada á ese aire. Nadie más que Noblía con sus 30 hombres, el general algunos momentos con los ayudantes patriotas y buenos amigos Luís y Rodolfo Ponce de León y mi querido y valiente amigo el comandante Cabris, que andaba de voluntario, me acompañaron ese día.
Rodolfo y mi teniente Ladislao Moreno entraron por la derecha y sacaron una caballada flaca de cerca del campamento enemigo mientras yo llevaba al centro el amago de carga de lanza, al que mi distinguido jefe y excelente amigo el coronel Lamas, que nos miraba a la derecha por hallarse gravemente herido, dio el nombre de brillante. El mismo jefe me preguntaba algún tiempo después:  “Coronel ¿que oficial mandaba aquellos lanceros? ¡qué linda carga de lanza! Quiero tener los nombres del oficial y de los lanceros que lo seguían …”

Le dije que no sabía quién era el oficial, ni los soldados, pero que todos pertenecían á mi división: mi general estaba oyendo, y le dijo: “Son lanceros de la 3ª división, mandados por el coronel Berro”. - Gracias, mi coronel; gracias, mi general... con eso me han pagado mis humildes servicios á la patria.
Muy entrada la noche, llegué á la carpa del coronel Lamas, le di cuenta de la operación y me felicitó por ella. Eran las 9 pm, - y el general no había vuelto todavía.
Me pareció que mi querido jefe de estado mayor sufriera mucho esa noche, moral y físicamente. Comprendí la razón de aquel grande y noble dolor: la división de ......................... (en blanco en el original) con sus jefes a la cabeza, se había rehusado á protegerme y había desertado cobardemente.
Algunos días después estábamos en las puntas del Arapey chico, disminuido el ejército en más de mil hombres, entre éstos muchos jefes y oficiales: de unos y otros se habían improvisado en gran número, y, por consiguiente, había para todo, para héroes y para miserables.
¡Que Dios, y la  patria premien á los primeros y pidan cuenta á los segundos por su cobarde deserción...!
En los primeros días de Junio estábamos en el Salto, paso de las Piedras del Dayman, rio que pasamos al Sur por orden del coronel Lamas. Íbamos á inutilizar el telégrafo y la vía férrea hasta Chapicuí y  á observar el enemigo sobre el Guaviyú.  Se dio cumplimiento a esa orden de acuerdo con el comandante Juan José Muñoz que me acompañaba en esa comisión.
El día 10 de .Junio, al anochecer recibí orden del general para bajar esa misma noche al Hervidero, donde él me esperaría con algunas fuerzas para una operación importante. No llegué tan temprano como deseaba, porque el baqueano se perdió esa  noche; pero llegué á tiempo para divertirme.

Después de saludar al general, llegaron á avisarle que unos buques remontaban el Uruguay. Entonces me ordenó que pasase al Sur del arroyo inmediato a la casa del señor Amaro y esperase allí la escuadrilla. Me dijo el general: “Tenga mucho cuidado, porqué, conforme pueden ser enemigos, pueden ser amigos, pues esperamos á Smith y José Britos”.
De modo que los primeros que tenían que habérselas con la escuadrilla eran tu servidor y treinta y dos tiradores, que fueron los únicos que pude llevar por lo precipitado de la orden y porque en mi división ya éramos muy pocos, 90 próximamente.
Llegué al punto indicado por el general, cuando ya la escuadrilla venia cerca. Estábamos en un desplayado sobre el Uruguay, sin más defensa que un barquichuelo de sarandí, que más estorbaba que servía de parapeto. Al aproximarse los buques, Teodoro y el sargento Rodríguez me dijeron: “Son enemigos: Vi uno de kepis blanco en el castillo de proa del Vidiella y les dije: “Fuego al del kepis blanco; apunten bien...” Pensaba que fuese un caballero con quien tengo una cuenta pendiente, pero por desgracia no lo era, sino mi querido amigo José Carrasco, supongo, porque después supe que había salido herido.

7

La escuadrilla se componía del “Vidiella” y  dos chatas á vapor, una de las cuales huyó a los primeros disparos de nuestros tiradores: la otra y el Vidiella hicieron alto un poco más de cien metros de nosotros y nos empezaron á menudear fuego de cañón y fusilería, fuego que duró cerca de media hora, siendo muy nutrido.
Cuando pensaba que nos iban a concluir á todos, el vapor y la chata se pusieron en marcha, haciendo fuego al pasar bajo los disparos de nuestros compañeros, que con el general ocupaban la casa de don Nicanor Amaro y sus adyacencias. Momentos antes de ponerse en marcha el vapor, me pareció que la voz de mi hijo Teodoro, que daba vivas haciendo fuego a la derecha, no era su voz entera. Me corrí a ese costado y lo encontré que venía caminando con mucha dificultad: acababan de herirlo en un muslo. Teodoro me dijo: “Han muerto al comandante Ledesma mientras me retiraba del fuego, porque yo no podía caminar”.
Fueron heridos en esa acción, además de los nombrados, el capitán Gregorio Guevara, contuso, y el sargento 1º Francisco Rodríguez.
Allí se batieron como tiradores los capitanes: Modesto Morales, Pedro J. Berro, Pedro Pellejero y Gregorio Guevara, los tenientes Blanco, Luis Brun, Gregorio Barreto y Ladislao Moreno alféreces Teodoro Berro y Felipe Ledesma, cabos Bernabé y Fabián Malvárez y como veinte más entre clases y soldados.
En los primeros días de Julio llegamos á Aceguá, yendo yo de vanguardia y en marcha paralela con el comandante Basilio Muñoz. Allí encontré al coronel Fulión y a mi valiente y querido mayor De Anca, que con unos pocos hombres desde el día anterior se tiroteaban con el enemigo.
Busqué una buena posición y estuve haciendo fuego intermitente durante el día entero á la gente de Muniz; pero eligiendo blanco, porque nuestras municiones nunca sobraban. De noche me hizo retirar el general.
Al otro día, 8 de julio, vino el comandante Eladio Blanco y me dijo: “Coronel, ordena el general que ensille y marche a trote y galope á tomar la altura de los cerros”. Me pareció que la orden no estaba bien explicada y mandé pedir su rectificación, poniéndome en marcha inmediatamente.
Díjome mi ayudante: le ordena el general que marche hasta aquella altura en protección del coronel Imas que va á atacar al enemigo por nuestra izquierda; que deje los caballos á distancia conveniente y haga echar á sus hombres cuerpo á tierra para proteger la retirada que debe efectuar Imas.
Cumplí lo ordenado: pero es el caso que el coronel Imas seguía adelantando y yo tuve que combinar mi movimiento de avance, porque no podía ni debía abandonar a aquellos pocos hombres tan valientes, que llevaban a su cabeza a uno de los jefes más simpáticos que sirvieron en nuestro ejército. -Instruido, honrado, valiente y pundonoroso, el coronel Imas quería lavar la mancha que habían echado á su gente los jefes, oficiales y soldados que lo abandonaron, desertando miserable y cobardemente.

La lavó bien con su noble y generosa sangre, con la sangre y el denuedo de sus bravos compañeros, que pelearon como verdaderos orientales. Viendo batirse como se batían Imas y sus compañeros, se puede pelear, se puede morir contento y con orgullo.
Llegó el momento de protegerlo. La gente de Imas se retiraba, y se retiraba mal, peleando en desorden unos, disparando otros. Nosotros veníamos haciendo fuego en la derecha y vimos descolgarse como á cortar á los de Imas, por una quebrada que tiene nacimiento en la punta del cerro, frente á la manguera ó cerco de piedra de Garmendia, una fuerza de 200 hombres próximamente.
No se oían las voces de mando, porque las descargas producían un estrépito infernal. Marché á vanguardia de mi gente á paso de trote y con la espada y á gritos les indicaba que era necesario correr á morir peleando ó salvar á nuestros amigos. La carga fue recia: el momento de grande ansiedad: llegamos hasta el fondo de la quebrada del otro lado, y muy cerca desfilaba el enemigo, á quien hicimos remolinear y detenerse un momento, aunque se rehízo y siguió su movimiento de avance hacia nuestra izquierda, por donde ya había pasado en retirada la gente de Imas y donde peleaban como bravos los tiradores de la 1ª división á órdenes del comandante Basilio Muñoz...


8

Se habían agotado las municiones y había corrido sangre de mi sangre: mi valiente y querido hijo Teodoro había caído gravemente herido... Corrí adonde estaba; lo examiné ... Había recibido un balazo en la parte izquierda de la frente.; tenía cono un bulto en esa misma sien, y me pareció que allí estaba la bala, haciéndomelo creer así algunos compañeros, diciéndome que estaba atontado del golpe. ¡Pobre mi hijo tan valiente, tan noble y grande en su desinteresada y patriótica sencillez: ya tus labios no vivarían más á la santa causa que defendimos!; ¡ya no apostrofarían á los miserables acobardados, ni sonreirían ante los mayores peligros! Tuve esperanzas de que mi hijo viviría; busqué municiones y me preparé para continuar la pelea, cuando vino el general y apretándome la mano, me dijo, con los ojos llenos de lágrimas: “Lo acompaño en su dolor”.
Entonces recién me di cuenta de 1ni horrible, eterna desgracia, y pedí licencia para ir á ver á mi hijo. Es una página que no puedo continuar escribiendo ¡es tan triste!
Con nosotros iban algunos hombres de la división 4ª, nuestros queridos y valientes compañeros, el capitán Mesones, los dos Orique y dos ó tres más. El comandante Juan José Muñoz no estaba: vino más tarde con el malogrado Ramón Suárez, atribuyendo yo á eso el haber concurrido tan pocas personas de su división.
El distinguido y valiente capitán Alberto Maldonado estuvo con nosotros y con nosotros cargó cuando cayó mortalmente herido, Jo mismo que Orique. De los míos, además de mi hijo, cayeron heridos el teniente 1º Ladislao Moreno, el alférez Eulalio Espinosa, los sargentos Juan Roldán, Hipólito Franco, Juan Peña y Manuel Peña y algunos soldados cuyos nombres no recuerdo.
El 1º, después de haber velado á mi hijo en casa del señor Sanás, fuimos a dar cristiana y patriótica sepultura á sus restos queridos, al lado de las fosas de Imas, Maldonado, Teófilo Martínez y Sellanes, á media cuadra de la casa de comercio del señor Acuña. Al enterrarlo, pronuncié las siguientes palabras:
 ¡Sangre de mi sangre, que todos los que llevan tu nombre sepan honrarlo tan bien como tú lo has honrado y sirva á tu patria tan bien como tú la has servido!
 Después? ¡ay! después sufrir, llorar, orar... esconder en lo posible el dolor amargo que sentía.
Con el armisticio que se produjo y los preliminares de paz por iniciativa del patriota ciudadano Dr. Aureliano Rodríguez Larreta, vino un dolor más á apoderarse de mi alma. Y ese dolor patriótico era hijo en parte de la particular estimación que yo sentía por el jefe del estado mayor; era hijo de la estimación y verdadero cariño que tenía para mi jefe y uno de mis amigos más queridos, el general Aparicio Saravia. Parece mentira, pero es lo cierto: se había pactado, se había firmado el armisticio, se trataba de la paz, y para ello no se había consultado a los jefes de división. Un día no podía sufrir más y subí á caballo para ir al estado mayor á pedir mi retiro, no de la revolución, pero sí de aquel ejército, cuyos dos jefes superiores habían firmado un armisticio y trataban de mandar un memorándum al comité de guerra establecido en Buenos Aires, sin consultar a los jefes de división, al ejército, en una palabra.
Antes de llegar á la carpa del coronel Lanas, me llamó mi distinguido amigo el doctor Acevedo Díaz, que estaba en la puerta de la suya, y me dijo: “Bájese, coronel; tome asiento; aquí está mejor; ¿qué vamos á tomar'?”... y continuaba mi estimado amigo con el modo atencioso y lleno de cariño con que siempre me ha Tratado, cuando, de pronto, me preguntó:


“¿Qué tiene, coronel? ¿está enfermo? ¿qué le sucede?”
Le dije á qué iba al Estado Mayor, y el doctor repuso:
“No debe hacerlo, coronel; el coronel Lamas y más el general sienten gran estimación por Vd.  …Oiga, me repitió; y me empezó á contar cosas que no son para repetirlas aquí, respecto de opiniones que le había oído al general hablando de mí y del propósito que abrigaba de pedir un puesto importante para mí, siempre que se hiciese la paz.
“Eso, que puede valer mucho para mí, doctor, no vale nada, le dije, para los demás jefes de división, para el ejército, en una palabra”
“Bueno, me replicó; yo le prometo ver al coronel Lamas y al general, y eso, que no pasa de un olvido, se arreglará”.
Al otro día fuimos llamados los jefes de división. El coronel Lamas nos dio cuenta de haberse firmado el armisticio y de los trabajos que se hacían en favor de la paz. Era un día de triste recordación para nuestro partido y de baldón para nuestros adversarios: pero, aniversario considerado como fiesta cívica nacional.

9

Olvidé mi resentimiento para hacer justicia á dos grandes servidores de la patria, el coronel Lamas y el general Aparicio.  Solicité permiso al jefe de estado mayor, y, reseñando los servicios por ellos prestados á la patria, pedí un viva para tan esclarecidos patriotas, viva que fue contestado por todos los presentes...
¿Para qué continuar, recordando la temporada triste, horrible, que pasamos en Aceguá?
En Tarariras no me tocó pelear: desfilamos malísimamente montados por delante del ejército enemigo y cubrió nuestra retaguardia la gente del comandante Francisco Saravia, que dos días antes se había incorporado a nuestras filas; algunos de la 1ª división y el escuadrón de Serafín Da Rosa. Esa gente la mandó él general en persona, haciendo quemar bien á la de su hermano don Pancho.
Allí cayó herido mi querido amigo Rodolfo Ponce de León, a quien he tenido el gusto de recibir varias visitas en Treinta y Tres y Montevideo, encontrándolo la última vez que lo vi tan sano y robusto como deseo que siempre se halle.

Hacíamos tan poco caso del ejército de Benavente, que esa noche dormimos cuchilla por medio.
El 22 marchamos después de salir el sol. Pancho Saravia seguía de servicio y otros compañeros que no nombro, porque no tengo datos ciertos al respecto. Mientras ellos se tiroteaban á retaguardia, el ejército llegaba, marchando en columna, á la sierra del Carmen, en cuya boca tendimos línea de batalla y esperamos treinta y tantas horas al enemigo, que no se animó á traer el ataque.
El 26 encontramos en la sierra de Sosa á Manduquiña Caravajal con una fuerza que nos guerrilló un rato. El general destacó mi división y la 4ª para guerrillarlo y cuidar el flanco que daba á Nico Pérez.
Habíamos tendido línea con frente á ese pueblo y desalojado de una cañada con piedras y algunos árboles á Caravajal, cuando vimos dos que se retiraban.
El general que estaba á mi izquierda a retaguardia de la gente de Muñoz, picó el caballo, pasó por entre esa gente, alcanzó a uno, le dio un lanzazo y siguió al otro. Entretanto su hijo Aparicio cargó al herido y fue entonces que  éste  le quebró la pierna de un balazo, mientras el general rompía su lanza en el basto de su perseguido enemigo.
Más tarde, nos salió de vuelta la gente de Manduquiña: las divisiones 3ª y 4ª marchaban a retaguardia. Entonces el general nos ordenó a mí y a Muñoz atacarlo, resistiendo Manduquiña muy poco y huyendo para no volver más.
Seguimos marcha hacia el  Cebollatí. Mucha gente iba completamente a pié. En la manguera Azul tuvimos la confirmación de la noticia de la muerte de Borda, dando esto lugar a que todos hicieron proyectos más ó menos juiciosos. Yo también di mi opinión, que era la siguiente: “Si, como creo, Cuestas va al poder, hará mucho mal, ó mucho bien: es un hombre de condiciones y sobre todo, conoce mucho á nuestros hombres, si quiere, lo repito, hará mucho mal ó mucho bien, pero no dejará de hacer mucho”.

10

El 31 de agosto, el otro lado de Barriga Negra, se desprendieron del ejército las divisiones 3ª y 4ª, en dirección á la ciudad de Minas. De tarde el ejército nos alcanzó en las costas del Soldado, y nos pusimos en marcha, siguiendo hasta una portera que hay á la entrada del cerro de Arequita. Marchábamos en columna, la 4ª de vanguardia porque operaba en su departamento, siendo su gente, por lo tanto, más baqueana que la de la 3ª. Llevábamos una partida exploradora, compuesta de un oficial y ocho soldados, á vanguardia, pero muy cerca, porque la noche era muy oscura. De repente sentí un grito a vanguardia:
-” ¿Y ustedes quiénes son? “
- “Gente del gobierno”, contestaron.
Conjuntamente con la respuesta, sentí una descarga. Mandé formar los tiradores al frente y corrí á vanguardia. Todo estaba tranquilo: una guardia del gobierno nos había dado el “quién vive”; se les preguntó quiénes eran, dijeron la verdad: se les hizo fuego; cayeron dos para no levantarse más, y el resto huyó cobardemente.
Allí amanecimos con la línea tendida. Al aclarar fui personalmente á descubrir hasta la costa del Campanero, é hice ocupar por el teniente Blanco una posición muy buena en una casa existente á la derecha del paso de dicho arroyo.
Más tarde vinos venir al ejército y llevamos el ataque á las posiciones que ocupaba el enemigo en el paso mencionado y cercos de piedra del Campanero.
Los gubernistas hicieron poca resistencia: les quitamos los cercos de piedra, después el paso y toda la costa del arroyo, y los echamos por delante hasta la orilla de la ciudad. El comandante Arostegui les quitó una caballada: nosotros les matamos un sargento y les hicimos algunos heridos.
Al día siguiente, 2 de septiembre, nos tocó descansar, menos á mi amigo Muñoz, que todavía se tiroteó con el enemigo, cayendo herido el valiente y dignísimo ciudadano don Bernardino Orique.
De Minas marchamos en varias jornadas hasta el paso del Villar, de Solís Chico, donde fuimos llamados para conferenciar con el doctor don José Pedro Ramírez, que venía á ofrecernos la paz.
Una vez reunidos los dos jefes superiores y los de división, el señor Ramírez dijo, entre otras cosas bonitas, que su misión tenía por objeto proponernos una paz que él creía posible, aunque no había hablado personalmente con el señor Presidente; que esa paz se haría en las mismas condiciones propuestas por el doctor Berro al gobierno de Idiarte Borda, Después de los jefes superiores, contestamos todos los de división que aceptaríamos la paz sobre esas bases.
Entonces yo pedí la palabra al señor general, siéndome concedida, y dije estas ó parecidas palabras:
"Señores, cuando nos lanzamos á la lucha armada, fue con el patriótico propósito de combatir contra un orden de cosas, contra un gobierno corrompido y corruptor. Y para mí no hay nada más corrompido y corruptor que el general Muniz y los que lo acompañan llamándose blancos al servicio del gobierno colorado. Si de las seis jefaturas que se nos van á dar, una es para Muniz  ó sus amigos, para fomentar su influencia en Cerro Largo, nosotros, en vez de combatir la corrupción, habríamos venido á servirla, y esto sería ignominioso para un ejército, para un partido como el nuestro, que ama la paz, pero que está en guerra y preparado á continuarla contra un sistema odioso.”
Dijo don José Pedro Ramírez que efectivamente se deseaba que el jefe político para Cerro Largo fuese un amigo de Muniz, aunque también lo fuese nuestro, y que por consiguiente el no podía ofrecer nada al respecto. Entonces le repliqué: “Pero, doctor, que nos den otro departamento y les ofrezcan a Muniz y a los suyos lo que merecen, un jefe político colorado…”
“… O que lo borden en oro”, dijo mi ocurrente y querido general.


Soldados de Aparicio formando, 1904
Don José Pedro Ramírez me preguntó qué me parecía don Alejandro Bresque como candidato de transacción para el caso en que el gobierno lo aceptase; le contesté: que don Alejandro Bresque es un excelente ciudadano blanco, y lo creía revolucionario y capaz de hacer una buena administración. El doctor Ramírez me puso de testigo respecto de trabajos hechos por mi buen amigo Bresque en favor de la revolución y acerca de Muniz, y entonces le dijeron mis compañeros: Bresque no tomó parte en la revolución, porque no fue a ella Muniz: nombrarlo a él sería nombrar a Muniz.  Yo propuse a otro compañero que se descartó por enfermo, y a la verdad que fue desechado con razón. Por enfermo no fue á la revolución y cayó prisionero de Borda lo que en realidad importó una desgracia para nuestro partido.
Nosotros seguimos marcha para San Jacinto. Trias correteó á Melitón Muñoz, y don José Pedro se fue para Montevideo.
Recuerdo que entonces le dije al general: “antes de tres días vuelven á ofrecernos la paz.” Me equivoqué: fue a los cuatro días que, yendo con mi división sirviendo la retaguardia del ejército me alcanzaron el doctor Ramírez; don Pedro Echegaray y otros amigos que con ellos venían. Hicieron parar el carruaje, y, después de saludar á tan distinguidas personas nos retiramos á parte con el doctor Ramírez y le pregunté: « ¿Qué nos trae, doctor?  La paz como Vd. pedía; se les dio Cerro Largo y los demás departamentos exigidos, con excepción de la Florida en cambio del cual les acordarán el Durazno ó algún otro departamento: es la única duda.
Una hora después formábamos parte · de la rueda de jefes, que deliberaba respecto de la paz que se nos ofrecía. Allí pedimos que se nos diese la jefatura de Minas en vez de la de Maldonado que se nos ofrecía; pero no fuimos escuchados ni siquiera apoyados en nuestra opinión.
La pedía, no solo por lo bien representado que estuvo en el ejército aquel departamento; la pedía por la amistad que me ligaba á los queridos compañeros Juan José Muñoz, Celestino Corbo y por otras razones que desde la niñez me hicieron amar aquel departamento. Uno de mis recuerdos más gratos de entonces es el de mi patriota y santa madre, cuando me hablaba de Dios, de la patria y de su querido Minas; por eso mis plegarias a Dios, por la patria, por la familia querida o por el prójimo, van llenas siempre del verídico espíritu religioso, santo, purísimo, que les da el recuerdo de mi santa é inolvidable madre. Para mi amar a Dios es amar la Patria, amar el terruño donde nací, amar a mis padres, amar lo que ellos amaron… y ellos amaron a Minas…
El 10 se festejó la paz en nuestro ejército y el 11 le tocaba á la 3ª división correr á balazos á los gubernistas del paso de los Paraguayos de Santa Lucia chico, y á su jefe ser el último herido del ejército nacional.
Te saluda con el cariño de siempre.
BERNARDO G. BERRO.