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domingo, 27 de septiembre de 2020

Carlos Alonso: sueños y legados

La vida novelesca de un creador incansable

Alonso y su hija Laura en un alto en la filmación de su documental "Madre Tierra"


                                                Tema de una novela sería, quizá, la vida y obra de Carlos Alonso, personaje de suma importancia en el desarrollo del Treinta y Tres de la primera mitad del siglo XX, que al igual que otros impulsores del progreso local, han sido olvidados y relegados por la historia regional.
Poco se sabe de sus orígenes, más allá de lo que cuenta su partida de nacimiento, ocurrido en Montevideo el 26 de junio de 1886, hijo de Encarnación Alonzo, soltera, planchadora, española. Tampoco de su infancia, adolescencia o primera juventud, aunque podemos especular que recibió una buena educación para la época, que le convirtió en un hombre cultivado y buen lector, que sin dudas modeló su carácter y su impronta, impulsándole a emprender, innovar y concretar sueños.
                                                    De las primeras noticias que tiene Treinta y Tres de Alonso, es de alrededor de 1910 cuando concreta su matrimonio con Laura Fernández, conocida joven de la sociedad olimareña, con su propio bagaje historial a cuestas, ya que era una de las hijas no reconocidas de escribano Lucas Urrutia, y se instalan en el paraje Cañada de las Piedras “en la vecindad de la Primera Sección rural”, en un campo cercano a la comisaría y a corta distancia del molino de los Perinetti y su entorno, poblando su estancia “La Mimosa”, e irrumpiendo en la vida social treintaitresina, gracias a su simpática y extrovertida forma de ser.
"La Mimosa" actualmente


              Al poco tiempo, ya en 1914, muere su esposa en el parto de su segunda hija quien llevará también el nombre de la madre, Laura. Su primer hija, María Carmen, apenas tenía tres años en ese momento; y Alonso asume responsable y cariñosamente su rol de padre único, adecuando sus actividades a las necesidades de atención de sus hijas.
                 En su establecimiento, Alonso comienza a realizar emprendimientos que le permitan pasar más tiempo en casa, y pronto se inicia en la arboricultura, siendo junto al doctor Francisco Oliveres y la campaña de la Sociedad Fomento, uno de los más tenaces propulsores en favor de la plantación de eucaliptus y otras especies en los campos de la región. Aun se ven en el camino, en los alrededores de su antigua hacienda, antiguos árboles de la original plantación realizada por él y que daba sombra y abrigo a un largo trecho del entonces camino real.
                                                            Criador de la raza Durhan, fue también protagonista del movimiento ruralista treintaitresino que buscaba el mejoramiento genético de las haciendas, introduciendo en la zona la raza Shorthorn, de la cual instaló cabaña. Pero sin lugar a dudas, su actividad principal a la cual dedicó esos años, fue a la cría de aves, tornando la avicultura en el centro de su actividad centrado en la crianza de gallinas de la raza Rhode Island, y convirtiéndose en un verdadero especialista y conocedor de esa actividad.

               En este sentido, promovió la venta de sus productos de todas las maneras que pudo, con una inusitada campaña de márquetin para la época, publicando en los periódicos avisos de tono jocoso, y organizando incluso una “exposición avícola” de repercusión nacional, que duró todo un fin de semana y se llevó a cabo en el local más céntrico de Treinta y Tres donde había funcionado el “Café La Pirámide” (en la esquina de la Plaza, donde después fue el Plaza, Las Brisas, Yaro´s, etc., y que hoy está vacío y casi abandonado).

 

La “Escuela Industrial Femenina”

                                                                        Corren los años y junto al tiempo que comienzan los estudios en nuestra localidad sus hijas, Alonso va descubriendo las casi nulas posibilidades de estudio y trabajo de las muchachas treintaitresinas una vez que terminan sus estudios iniciales. Atento a su impronta “dinámica y progresista”, como lo calificó un periodista de la época, Alonso emprende la tarea de crear una escuela de oficios dirigida a esa cantidad de jovencitas, y tras algunas reuniones  que no ofrecen resultados, asume personalmente el desafío de hacerla realidad, y para eso recorre durante semanas, día a día, todas las casas de la localidad, haciendo conocer la idea, pidiendo ayuda para concretarla y comprometiendo posibles alumnas y profesoras. Un artículo del periódico La Actualidad, años después, destaca ese hecho indicando que “solo tres amigos le acompañaron en sus esfuerzos desde la primera época: el doctor Francisco N. Oliveres, Teodoro Viana y Agustín Bilbao”, quienes integraron junto a él la primera Comisión de la Escuela creada.


                                                                            El 14 de enero de 1929 se inician las clases en un local alquilado en la esquina de las calles Gregorio Sanabria y Juan Antonio Lavalleja de la denominada entonces Escuela Industrial Femenina, que con una matrícula inicial de 520 alumnas impartió sin apoyo público, ni municipal ni nacional, cursos de Corte, Cestería, Bordado a máquina, tejidos a máquina, Confección de sacos, pantalones y chalecos, Blanco, Lencería y Dactilografía, en salones equipados con maquinarias donadas conseguidas por Alonso con las propias empresas distribuidoras en el país, y profesoras del medio, muchas de ellas al principio actuando de forma honoraria.

                                                                            Alonso continuó algunos años al frente del instituto que fue creciendo, aceptando varones y agregando oficios “masculinos”, hasta que logró que la Escuela fuera absorbida por el Ministerio de Instrucción Pública, institucionalizándose y profesionalizándose.

 

Poblado Alonso y la película de Dionisio

 

                                                                            Cuando en mayo de 1929 se produce el múltiple crimen del Oro y como consecuencia el acto heroico de Dionisio salvando a su pequeña hermana para fallecer


después en el camino hacia Treinta y Tres, a poca distancia de la estancia La Mimosa, obviamente Alonso queda sumamente impresionado, al punto que el hecho le ocupará por muchos años.

                                                                        Una vez acallados los primeros ecos de la resolución judicial del suceso y habiendo adquirido tiempo libre al ceder la administración de la Escuela Industrial al estado, el progresista empresario enfoca todo su esfuerzo en filmar una película que recuerde por siempre el hecho, y que inmortalice la heroicidad del pequeño niño. Y pone manos a la obra.

                                                                            Para financiar su emprendimiento, realiza durante 1929, un primer fraccionamiento en tierras de su propiedad, vendiendo terrenos de chacra de 3 y 4 hectáreas frente a su propia casa. Algunos años después, en 1935, algunas de esas chacras no vendidas, las vuelve a parcelar esta vez en 68 terrenos de entre 800 y 1200 metros, que conforman el centro poblado que lleva su nombre: Poblado Alonso.


                                                                      En aras de cumplir su propósito de realizar una película, consigue del cronista del diario El País que primero narró los hechos el permiso para usar su relato como base para su guión; obtiene permisos, aprende a utilizar material filmográfico, realiza un contrato con la entonces poderosa productora Max Glucksman, elije los actores y en corto plazo, queda pronta la película “El héroe del Arroyo del Oro”, una de las primeras películas de ficción nacionales, por supuesto muda y en blanco y negro, de la cual se conserva una copia restaurada por Cinemateca a fines del siglo pasado.

                                                                        El film se exhibe en sesión privada en el Cine Rex Theatre de Montevideo el domingo 13 de marzo de 1932, con singular éxito de taquilla y crítica, y llega a nuestra ciudad, al Teatro Municipal, el 15 de abril del mismo año, dando inicio a varios años de gira ininterrumpida por la mayoría de las salas nacionales.


                                                                    En oportunidad de filmar “en el lugar de los hechos” la historia del crimen, Alonso aprovechó para filmar un documental sobre nuestro departamento, que también fue presentado en la misma ocasión, y que tituló “El Departamento de Treinta y Tres” y que según se anunciaba contenía una “visión grandiosa de esta región del Este, insuperables paisajes de los ríos Olimar, Yerbal, Cebollatí y la maravillosa Quebrada de los Cuervos”

                                                                Este documental, años después, se convirtió en parte de un largometraje que Alonso compuso con imágenes de todos los departamentos, que fueron tomadas mientras acompañaba la gira de su película por todo el país. El film titulado “Mi madre Patria”  se exhibió en todas las salas nacionales a partir del año 37, y de él, lamentablemente, no quedan más que registros de prensa.

 






























Vida política: propuestas y concreciones

 

                                                            Tras los éxitos obtenidos con sus emprendimientos cinematográficos, Alonso retorna a Treinta y Tres y comienza una nueva etapa de intenso trabajo social, eligiendo para ello la actividad política. Resulta electo edil departamental en el año 1946 por la lista 1010 del partido Nacional que llevó de intendente al doctor Valentín Cossio, labor a la que dedica toda su impronta pujante y ejecutiva, encargándose de promover desde el seno de la Junta Departamental muchos emprendimientos sociales (carroza fúnebre, higiene y administración del matadero municipal, creación del vivero, entre otros) y culturales centrados en la reivindicación y homenaje a Dionisio Díaz. A su instancia se nomina la calle del Barrio España que aún lleva su nombre, la nominación de escuelas y se inicia a nivel nacional la campaña para la erección del monumento que aún hoy –aunque no en su emplazamiento original- forma parte del acervo  treintaitresino, construido por Bellini ante la personal insistencia y requerimiento de Alonso.

                                                                        Asimismo, los diarios de la época informan, además, que el proyecto de pavimentación de nuestra ciudad, fue presentado conjuntamente por el Intendente Cossio y Alonso, en una alocución donde el primero reconoció la iniciativa al respecto de edil que le acompañaba.

                                                                    Aun así, en medio de tanta actividad, tuvo tiempo para otra de sus pasiones, y en su propio domicilio, en el incipiente caserío que él mismo había impulsado, instituye un “Costurero Vecinal”, que enseña “Corte, confección, bordado y tejido a más de 30 niñas y señoritas de ese entorno rural”. Un par de años más tarde, con ayuda de una comisión de apoyo y autoridades departamentales, construye en uno de sus terrenos, que dona, un nuevo edificio para el Costurero, donde hoy es la Policlínica Municipal.


                                                                Terminado su período como edil en 1951, por razones particulares Alonso vuelve a radicarse en Montevideo, aunque nunca deja de colaborar con cuanta iniciativa se le plantaba desde nuestro medio. Allí fallece en 1953, a la edad de 67 años, rodeado de hijos y nietos y habiendo concretado la mayoría de los sueños que persiguió.

                                                                Sin dudas, don Carlos Alonso fue una persona extraordinaria, polifacético, emprendedor, filántropo, un verdadero hacedor, poco conocido, que merecería un recuerdo más tangible de su pueblo. Gracias a uno de sus nietos, Juan Carlos Silveira Alonso y a la conservación amorosa de un álbum de recortes de prensa y documentos referentes a su abuelo que su madre había reunido con el profundo amor y admiración que les unió, y que amablemente me compartió en imágenes desde la lejana Canadá, donde actualmente reside, pude resumir en estas pocas líneas los aspectos más sobresalientes de la vida y obra de este prohombre olimareño., de cuyo legado oportunamente nos iremos a referir con mayor detalle.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Las balsas y los transportes en el siglo XIX


Cruzar una carreta cargada equivalía en precio a 20 hombres a caballo
Los pasos, sus peajes y funcionamiento en 1895, según nuevo informe de Urrutia



En el Treinta y Tres aldeano de fines del siglo XIX, época en la que se publicaron -como los atentos lectores recordarán hemos comentado en anteriores ediciones-, los informes y memorias de los gobernantes departamentales de 1994, sin dudas una de las problemáticas acuciantes de la administración pública, de las muchas que se tratan en ambas publicaciones referidas, es el del transporte de personas y mercaderías.

                                                                            En efecto, Lucas Urrutia, en su calidad de presidente de la Junta Económico Administrativa (J.E.A.) de Treinta y Tres, y redactor de la Memoria de dicha repartición, ya a principios de año realiza una precisa descripción de la situación de cada uno de los pasos importantes del departamento que influyen directamente en las comunicaciones de nuestra ciudad capital con el resto del país.
                                                                            Al respecto, Urrutia comienza su reseña realizando algunas consideraciones generales de la situación en la época, que nos ilustra detalladamente la problemática, señalando que “desgraciadamente no existe todavía en este departamento puente de clase alguna, sin embargo de ser sin duda alguna, el que está cruzado por más ríos y arroyos que ningún otro de toda la república, como que limita con la Laguna Merín a donde desaguan todas las vertientes del lado Este de la Cuchilla Grande donde estamos situados.
                                                                            Tenemos el río Olimar y el arroyo Yerbal a inmediaciones de este pueblo cuyo pasaje se hace en balsas y en botes. El Paso del Dragón de Tacuarí, camino de esta Villa a Artigas, donde también se usan iguales medios de transporte. El Paso de Techera en Cebollatí, camino de aquí al departamento de Rocha donde hay un solo bote, lo mismo que en el Paso de la Laguna de Olimar, y Paso de Vergara en el Parado; pues unas chatas viejas que existen en estos tres últimos pasos no pueden dar servicio en razón de hallarse en pésimo estado. Y por último tenemos el insignificante Paso de Carpintería en Olimar chico, cuyo pasaje se hace en bote.”
                                                                                 Tras esta somera enumeración de los pasos, el informe de la J.E.A. pasa a detallar las problemáticas y situaciones particulares de cada uno, deteniéndose en detalle y extensión en el paso real frente a esta ciudad, sin lugar a dudas por ser el que influye más directamente en la vida cotidiana de la Villa de la época.


                                                                                  En ese sentido, se informa que cuando la Junta actuante entonces asumió, había un pleito pendiente entre la administración popular y don Dionisio Vaco, “propietario principal de las balsas” que realizaban el paso de bienes y pasajeros. Urrutia puntualiza en el informe que en aras de solucionar el diferendo, se convocaron las partes en cuestión (Vaco, el fiscal y representantes de la propia J.E.A.) y tras algunas negociaciones “en ese comparendo se acordó que quedaba rescindido el contrato, dejando a salvo los derechos de terceros que se considerasen perjudicados con el procedimiento”, aclarando que “esto ocurría en el mes de abril y quedaba la Junta en estado de poder contratar libremente el derecho de peaje con cualquier persona”.                                                                                        Más adelante, el informe explica que “se hicieron todas las gestiones posibles para conseguir que alguien hicieses el servicio por el impuesto de peaje establecido en la Ley del 27 de junio de 1881, pero no fue posible”. Continua luego señalando que “en este paso hay tres balsas de diferentes dueños, pero todos ellos están en perfecto acuerdo, y por más llamados que se hagan a propuestas para hacer el servicio, ni los dueños de esas balsas ni ningún otro se presentará a hacerlo con el arancel que determinan las leyes vigentes, y cada día nos encontraremos con mayores dificultades para dicho servicio: la estación de invierno se aproxima y de un momento a otro nos veremos en serias dificultades”
                                                                                      Las diferencias entre el arancel que estipulaba la ley debería cobrarse en los pasos nacionales para el servicio de balsas y barcazas, y las pretensiones de los balseros del Olimar, se subsanó elaborando de mutuo acuerdo una tabla de precios que contemplara todas las posiciones en pugna, que quedó finalmente confeccionada de la manera que se transcriba a continuación:

Arancel del servicio de peaje en Paso del Olimar
Por cada carreta con hasta 5 yuntas de bueyes, el conductor,
su caballo y 1.500 kilos carga............................................................... $ 2.00
Por cada carreta con todo lo dicho sin carga....................................... $ 1.00
Por cada carreta, con productos agrícolas y frutos del país................. $ 1.20
Por cada carro, el conductor y caballos con 700 kilos de carga.......... $ 0.80
Por cada carro con todo lo dicho, sin carga......................................... $ 0.40
Por cada carruaje con 3 o más caballos con pasajeros........................ $ 0.80
Por cada carruaje con 3 o más caballos sin pasajeros......................... $ 0.40
Por cada breack con 3 o más caballos con pasajeros........................... $ 0.60
Por cada breack con 3 o más caballos sin pasajeros............................ $ 0.30
Por cada carro tirado por 1 ó dos caballos, con carga........................ $ 0.30
Por cada carro tirado por 1 ó dos caballos, sin carga......................... $ 0.20
Por cada pasajero y su caballo............................................................. $ 0.10
Por cada pasajero a pie........................................................................ $ 0.06
Por cada cabalgadura con carga......................................................... $ 0.10
Por cada animal vacuno, caballar o porcino........................................ $ 0.06
Por cada 100 animales lanares o cabríos............................................. $ 1.50
Por cada 100 kilos que se transporten de peso sin vehículo................. $ 0.20

El servicio extraordinario cuando el rio está fuera de caja o de
cauce, se hará mientras puedan funcionar las balsas sin peligro,
por doble precio, exceptuando los rodados que pagarán siempre
lo mismo mientras no haya peligro.
Cuando el río tenga mil metros o más de anchura, el servicio
se hará en grandes botes y se cobrará:

Por cada pasajero con su caballo ensillado.......................................... $ 1.00
Por cada pasajero a pie........................................................................ $ 0.50
Por cada 25 kilos de peso..................................................................... $ 0.20
El servicio será solo obligatorio desde la salida hasta la puesta
del sol. Fuera de estas horas, se cobrará el 50% más de lo establecido.



                                                                                                  Las mencionadas diferencias, además, llevaron a que el propio Jefe Político Antonio Pan, que se había visto directamente involucrado en la confección de este arancel junto a un grupo de transportistas, comerciantes y demás autoridades de la Villa, realizara la propuesta de adquirir una balsa en propiedad de la Junta y explotarla con recursos propios cumpliendo el tan necesario servicio, lo que ameritó una tajante respuesta del Urrutia, quien argumentando en contra historió que “la Junta ya ha sido propietaria de la balsa del Paso del Olimar.                                                                                                   En el año 1868 se le concedió a Dionisio Vaco el derecho a la explotación del paso hasta mayo de 1879, en que lo entregó con una balsa que quedaba siendo propiedad de la Comisión Auxiliar. Entonces se ensayó la explotación del peaje con aquella balsa y botes por cuenta de la referida Comisión y se vio que no daba resultado alguno”. Los principales argumentos esgrimidos por Urrutia, eran la dificultad de “encontrar  persona idónea y competente que se encargue de esa clase de trabajos y que de cuenta exacta de lo que recauda”, y el hecho que “el paso se badea sin hacer uso de balsas ni botes lo menos ocho meses en el año” y por lo tanto solo se generaría ganancias durante cuatro mese en el año, debiendo mantener el servicio a la orden todo el tiempo.
                                                                                                  Finalmente, completando el capítulo referente al paso del Olimar, Urrutia afirma que una vez llegado a acuerdo con los balseros de explotar el servicio con el arancel acordado, y habiéndose arreglado el derecho de explotación con un 10% para las arcas de la J.E.A., en tres meses y medio transcurridos de la temporada invernal, ingresaron por ese concepto a las arcas municipales $ 233,05, “evitando pleitos y disgustos que no hacen sino postergar el progreso local y aumentar el malestar”.

Paso del Yerbal
                                                                   El lo que tiene que ver con el Paso sobre el arroyo Yerbal, el informe indica que “este paso que se encuentra también frente a nuestro pueblo apenas estará crecido 60 días en el año. Lo recibimos contratado por el término de tres años a contar desde el 12 de junio del 93, don Doroteo Mota, con la garantía de don Juan A. Acosta, a pagar 80 pesos mensuales que fueron pagados los de la primer anualidad a la firma del contrato”

                                                                   Acto seguido relata que “el señor Mota, acusado de un homicidio, fue remitido a la Penitenciaría y su fiador Acosta propuso retirar la fianza y se aprovechó la oportunidad para concluir con don Félix Olivera, propietario de la ribera derecha del Yerbal, en el paso de que se trata, un pleito que también había iniciado la Junta Anterior, por supuesta obstrucción del paso. El señor Olivera, interesado en el contrato que se había celebrado con Mota, prohibía a éste el uso de la rivera más allá de lo que la ley le obliga a dar en el paso; renunciado Mota y su fiador a favor del señor Olivera, como lo hicieron a pedido de esta junta, se arregló el diferendo y el uso de la rivera de una manera perfecta y conveniente para el servicio público”.
                                                                     Con respecto a los demás pasos de relevancia donde existían en aquella época servicios de peaje de paso, el informe señala:

Paso Vergara en el Parado

                                                                   El día 1º de Julio de 1893, la Junta saliente enajenó el derecho de peaje de este paso en favor de don Alfredo Arnaud, por espacio también de tres años, a razón de $61.56 anuales.

Paso de la Laguna en Olimar
                                                                  Según contrato de 1º de Setiembre de 1893, la junta anterior enajenó el derecho de la explotación de este paso a favor de Manuel Acosta por espacio también de tres años, a razón de $ 33.70 anuales, siendo las otras condiciones iguales a las precedentes.

Paso de la Carpintería en Olimar Chico
                                                                  Este paso de insignificante importancia, donde apenas hay una canoa, lo tienen contratado por la Junta anterior los señores Izmendi y Saiz, a razón de 8 pesos al año. Vence ese contrato el 1º de Setiembre, y para esa fecha se volverá a llamar a propuestas.

Paso de Techera en Cebollatí
                                                                  Como este paso se halla en el límite con el departamento de Rocha, la Junta de aquel departamento lo tiene contratado desde el 1º de enero de 1903 por tres años, y los tres subsiguientes le corresponderán a esta Junta.

Paso del Dragón en Tacuarí

                                                                  “Este paso se halla bajo la jurisdicción de la Junta de Cerro Largo, según resolución del Poder Ejecutivo de Abril 28 de 1885”. A este respecto informa que en desde esa fecha “se encuentra contratado con don Plácido Rosas, por medio de escritura pública autorizada por el Escribano de Gobierno y Hacienda por 8 años, que vencieron en 1892. Desde que ese contrato venció no hay razón alguna para que aquella Junta tenga el uso y derecho exclusivo de aquel paso, sino que debe distribuirse por partes iguales entre uno y otro departamento limítrofes, como se resolvió al respecto con el Paso de Techera, limítrofe con el departamento de Rocha. Es lo justo y equitativo”, concluye, anunciando gestiones para obtener el aprovechamiento para Treinta y Tres “por los próximos once años”.

lunes, 9 de mayo de 2016

Las leyendas de Dionisio

Dionisio Díaz: la leyenda del Héroe del Arroyo El Oro cumplió 87 años



     Cuenta la leyenda que nunca lloró.
      Según la mayoría de los testigos que le vieron, las lágrimas no existieron para Dionisio ni aquella mañana del 10 de mayo cuando llegó al pequeño poblado “El Oro”, herido y cargando penosamente a su hermanita de casi 15 meses, ni cuando el doctor en horas de la tarde “agrandó” su herida para practicarle los primeros auxilios, y ni siquiera aún cuando, delirante ya en su postrer viaje rumbo a Treinta y Tres al otro día, falleció reclamando que cuidaran a “la hijita”.

     Hasta los hombres más valientes lloran en alguna oportunidad: cuando se quebranta su voluntad, cuando el dolor físico es intenso, cuando se le arrebatan los afectos, cuando se pierden las esperanzas o simplemente cuando se llega al límite de la resistencia física. Como dice el adagio popular, “el hombre cansado, o pelea o llora”. Pero Dionisio Díaz no era un hombre. Era apenas un niño de 9 años, un niño rural, “gaucho”, si se quiere, criado en la rusticidad de la campaña, del “interior profundo”. Un niño que según relata la leyenda, vio destrozada su voluntad, vio sus afectos y su mundo destruidos y tuvo sin dudas su resistencia física al límite, tras caminar más de una legua, gravemente lastimado, portando en brazos todo lo que le quedaba, su preciada hermanita, para regalarle el futuro. Su esperanza estaba intacta.
      Y seguramente fue esa esperanza que alimentó su voluntad, secó sus lágrimas, le otorgó las fuerzas necesarias para vencer el cansancio e hizo superar la tragedia y las perdidas, para concretar lo que hoy conocemos como la “hazaña del Oro o de Dionisio”, y que a continuación relatamos no solo como manera de mantener viva la memoria del hecho, sino también a modo de homenaje a la memoria, el heroísmo y valentía del protagonista del más claro ejemplo de amor fraterno en los anales históricos de nuestro país.

LEYENDA DEL NIÑO HÉROE



         Juan Díaz era un carrero venido a menos, que nació en Montevideo en 1855, se crió en Florida, y terminó mudándose en 1902 con su familia a un campito de 80 cuadras cercano al pueblo El Oro, que había adquirido, en compañía de su esposa María Rosa, cuatro hijos de ésta de un matrimonio anterior, ya adultos, y dos nietos de ella muy chicos: Eduardo Fasciolo y María Luisa, a quien Díaz había reconocido como su propia hija brindándole su apellido.
         Cuando Díaz enviudó, ya los cuatro hijos de su esposa habían abandonado el rancherío: los dos mayores heredaron el trabajo de carrero, el menor de los varones, Marcelo, arrendó un campito cercano y trabajaba por su cuenta y Felicia, la madre de Eduardo y María Luisa, se había casado con Quintín Núñez y formado su propio hogar.
         Durante mucho tiempo, reinó la paz en el rancherío de los Díaz.
         Siendo apenas una jovencita, María Luisa queda sorpresivamente embarazada, y el 8 de mayo de 1920 da a luz a su primogénito Dionisio, a quien su propio abuelo presenta en Vergara días después con indisimulable alegría, al decir posterior de los testigos del momento.
          No se sabe con certeza quién fue el padre de Dionisio. El libro de los maestros Pinho y Rivero, habla con claridad de Quintín Núñez, el marido de la madre de María Luisa; Serafín J García, quien conoció a los protagonistas, se refiere a un contrabandista "de bien ganada fama de valiente"; y Pedro de Santillana, el primer investigador periodístico de los hechos no se atreve a señalar a nadie.
         Pasan los años, la vida rural prosigue con su monotonía y continuidad, y mientras tanto Dionisio crece alegrando el rancherío. Tiempo después, María Luisa inicia amores con un vecino de la zona, Luis Ramos, de quien queda embarazada y tiene a su hija Marina, el 19 de febrero de 1928.
Juan Díaz no veía con buenos ojos la unión de su hija con Luis Ramos, hijo del Zurdo Ramos, su vecino y rival. Su carácter se había agriado con los años, a medida que había visto desaparecer su oficio por la llegada del tren y otros medios de transporte. Y de todas maneras, hay coincidencia en los testimonios en que siempre se trató de un hombre callado y de carácter introvertido. No se sabe bien alrededor de qué giraba la rivalidad entre estas dos personas, pero parece haber sido muy dura. Sumado esto al hecho de que el hijo de Ramos se metiera a vivir en su casa, y empezase a trabajar allí, casi contra su voluntad, habría generado en él un resentimiento muy grande.
Juan Díaz era un hombre callado, bastante bruto según lo pintan, pero bueno, de acuerdo a la mayoría de los testimonios. Luis Ramos –años más tarde- fue el único en definirlo como "un hombre de mala intención".
          La noche del 9 de mayo, al otro día del festejo de los nueve años de Dionisio, Juan Díaz arremetió sorpresivamente contra su hija, la apuñaló varias veces. Según narra la historia oficial, María Luisa se disponía a acostar en la misma habitación que su padre cuando se produce el ataque y Dionisio, intentando cubrirla, recibió un corte en el brazo derecho, uno en la ingle y otro en el abdomen. Llamando a gritos a su tío Eduardo al ver caer a su madre muerta, se hizo tiempo para tomar a su hermanita, y huyendo buscó cobijo en el otro rancho mientras su tío va a enfrentar a su abuelo. Eduardo era rengo. Apenas siendo un niño, le había mordido una víbora y se le debió amputar un pie, y a pesar que él utilizaba uno que él mismo se había hecho de ceibo, utilizaba una muleta para movilizarse.
         Fasciolo se traba en lucha con el atacante bajo un parral que separaba los dos ranchos principales del caserío, siendo gravemente herido. Se arrastra con sus últimas fuerzas hasta el rancho donde se cobijaba Dionisio con su hermanita, y ahí fallece, dejando a Dionisio y Marina solos e indefensos en medio de la oscura noche.
         Nadie más se acercó al rancho donde permanecían los niños. Inexplicablemente, la sed de sangre del matador había sido saciada.
          Seguramente se demora más en contar lo sucedido que el tiempo en que realmente sucedieron.             Si como expresa la leyenda sucedió todo aproximadamente a las 9 de la noche, es fácil suponer que ambos menores pasaron fácilmente 8 horas encerrados en la oscuridad, con frio, miedo, inseguridad, hambre e incertidumbre.
          A la madrugada, apenas asomaban las primeras luces del día que le permitieron armarse de valor para enfrentar el campo abierto y cuidarse del posible atacante, Dionisio opta por dirigirse hasta la seguridad del poblado donde encontraría quien le brindara ayuda. Tras haberse "cortado una grasita" que asomaba de su vientre (verificado por los médicos que lo atendieron después), el niño se envuelve unos trapos sostener la herida, abriga a su hermanita y con su hermanita Marina en brazos, recorre la legua y pico hasta El Oro, a campo abierto y atravesando alambrados, cañadas y cerros y bañados, para arribar cerca del mediodía a la comisaría donde informa de lo sucedido, no sin antes dejar en la casa de unos vecinos a su hermanita para ser cuidada.

         Una vez en la comisaría, se dispara el procedimiento policial, y se pide un médico para atender al pequeño, quien recién es atendido en horas de la tarde por el médico proveniente de Vergara, Antonio Pissano, quien tras practicarle las primeras curas ordena su traslado hasta Treinta y Tres, cosa que no se produce hasta la mañana siguiente. En el transcurrir del viaje, ya a la vista de la ciudad de Treinta y Tres, en las inmediaciones del molino de Perinetti, muere Dionisio a causa de sus heridas, según cuenta la leyenda, sin derramar una sola lágrima.
         Juan Díaz fue encontrado cuatro meses después, muerto en una laguna que alimentaba el arroyo, a pocas cuadras de su casa, sin haberse aclarado nunca en forma concreta la causa de su fallecimiento


Juan Díaz: ¿culpable o chivo expiatorio?

Las “leyendas negras” de la tragedia


         Muchos claroscuros tiene la “historia oficial” de la tragedia de El Oro, pese a que en ella víctimas y victimarios mueren todos, cerrando un círculo perfecto. No obstante, existen en los diferentes relatos diversidad de versiones fundamentalmente en lo que se refiere tanto a los motivos que llevaron al desenlace fatal de aquella noche del 9 de mayo, así como a la identidad del autor o autores de la matanza.
        Muchas anécdotas contadas en voz baja, algunas de contemporáneos y otras incluso provenientes de fuentes oficiales de la época o testigos, difieren en la narración de los hechos, en detalles a veces banales, a veces importantes, al punto que la verdad se convierte más en un acto de fe que en una afirmación contundente.
        Existen al menos un par de “leyendas negras” respecto a lo sucedido, que en realidad son tan sostenibles en su desarrollo como la “versión oficial”, y en ambas la pregunta que prevalece es si en realidad no habría habido más actores en la tragedia, y si la desaparición de Juan Díaz no fue solamente una manera crear un “chivo expiatorio”, de intentar cerrar el círculo sin involucrar a terceras personas en los sucesos.
        La versión oficial extraída de los anales policíacos y judiciales, de la que se han hecho eco la mayoría de los narradores de la leyenda, expone a Juan Díaz culpable de los asesinatos, a causa de haberse vuelto loco y se imputa ese cambio de conducta a diferencias del anciano con Luis Ramos, el padre de Marina, hijo de su “enemigo” el “Zurdo” Ramos, y aún los más maliciosos, presumen celos de Díaz respecto a su hija.
        Sin embargo, y a pesar de ser una de las menos creíbles, una de las versiones que cobró mayor notoriedad en épocas cercanas al hecho, relaciona a Juan Díaz (ex combatiente colorado de la revolución) con el sonado caso del “Crimen de la Ternera”, donde José Saravia contrata sicarios para asesinar a su esposa, hecho sucedido algunos días antes que los de El Oro. Esta versión cuenta que José Saravia habría mandado llamar a Díaz para encargarle del asesinato de su esposa, y al éste negarse y retornar a su casa, manda gente a matarlo para cerrarle la boca, y quienes vinieron a cumplir el encargo tuvieron además que matar a su hija y su entenado que salieron a defenderle. Uno de los argumentos utilizados por los defensores de esta versión, serían los días de ausencia de Juan Diaz de su hogar los días previos al hecho, que suponen se trató de la visita a Saravia, aunque tiene muy poco asidero en otras aristas de los sucesos.

         Otra de las versiones, contada en voz aún más baja, supone de la presencia de alguien más en el rancho en momentos que Juan Díaz regresa a su casa la noche del jueves 9. Nombres se manejan muchos, incluso hasta por parte de historiadores que han escrito acerca de la tragedia: únicamente se coincide en exculpar a Luis Ramos, quien estaba lejos del pago y cuya ausencia en el Oro está fehacientemente comprobada por testigos de la época.
         Esta versión, de la que hay tantas variantes como presuntos culpables, se centra en supuestas costumbres licenciosas de María Luisa, de las que tampoco existen pruebas. Una variante habla que la fiesta de cumpleaños de Dionisio, la noche anterior y pese a la ausencia de Juan Díaz, se celebró con un concurrido baile en el que no faltaron vecinos, policías y parientes. ¿Qué habría pasado si a la noche siguiente, confiado en que María Luisa estuviera durmiendo sola sin saber que el viejo había regresado a su asa, hubiera llegado sorpresivamente un visitante con intenciones amorosas?, se preguntan los defensores de esta versión. Y se responden: muy posiblemente se hubiera “armado lío”, y el viejo peleado con el intruso, su hija que se interpone y cae herida, viene Eduardo y se mete en la pelea, ya en el patio, Dionisio sale y se entrecruza siendo herido, en el medio del entrevero de una noche que como se destaca en la versión oficial era muy oscura.
Víctor Prigue: el taximetrista que trasladó a Dionisio

        Esta misma versión sostiene que si el “visitante” era alguien influyente y con “buenas amistades”, la mejor justificación para ocultar su presencia es culpar al desaparecido Juan Díaz, máxime si, como creen quienes se afilian a esta interpretación, el viejo ya estaba muerto y “fondeado” en la laguna cercana. Esto explicaría, además, algunas “imperfecciones” y cabos sueltos tanto en el parte policial emitido por el Comisario Da Rosa al dar cuenta de los hechos, como en el informe que el Juez de Paz de Vergara Correa eleva al Juez Letrado departamental, donde –según se indica en el libro de Pinho y Rivero-, hasta se cambia el nombre de uno de los testigos que concurren a presenciar el sitio del crimen y se miente acerca que no pudo interrogar a Dionisio porque el doctor le administró “anestesia general” para curarle. Este aspecto está refutado por las declaraciones de varios testigos que Dionisio fue curado sin anestesia, ya que lo afirman tanto el propio médico como el policía Yelós que estaba con el.
        El Dr. Antonio Pissano, quién atendió a Dionisio en la comisaría y realizó las autopsias de los fallecidos, 22 años después de los hechos en un reportaje a la revista “Mundo Uruguayo”, cuenta su conversación con el niño mientras le realizaba la cura, narración que coincide en muy poco con el relato oficial. El médico cuenta que Dionisio aseguró que él estaba durmiendo en otra piza contigua a la de su madre cuando sintió gritos. Al entrar a la habitación vio a su madre en el suelo y sintió ruido de pelea en el patio. Se asomó a la puerta y en eso ve que el “rengo” se acerca al parral y cuando lo ve le pide que le alcance su cuchillo, y que cuando se lo estaba acercando ve que éste caía al tiempo que siente que lo hieren a él. Pissano afirma entre otras cosas que “le preguntamos si sabía quién era el matador y nos manifestó categóricamente que en la oscuridad no había visto, pero creía que era el abuelo”.
        Aún cuando existen muchos detalles más que darían para un amplio debate acerca de casi todos y cada uno de los puntos de la tragedia, sin lugar a dudas todas las versiones son concordantes con respecto a que más allá de los motivos que provocaron los sucesos y por encima de quién fue el culpable del doble o triple asesinato, la hazaña del “pequeño héroe del arroyo El Oro” es de proporciones épicas y está por fuera de toda discusión. Que un niño de apenas 9 años con una peritonitis doble por herida de arma blanca, tras haberse desangrado toda la noche o al menos parte de ella, haya caminado más de una legua con su pequeña hermanita en brazos, es sin dudas un hecho excepcional, y cuya evocación en nuestro país, es hoy sinónimo del amor fraternal en su máxima expresión.