viernes, 1 de febrero de 2019

Coronel Marcelo Barreto


Soldado de la patria, fundador de Treinta y Tres



                                                       El Coronel Marcelo Barreto fue sin dudas uno de los protagonistas del nacimiento de nuestra ciudad, aunque no está su participación fehacientemente probada y su deceso se haya producido cuando seguramente recién se construían las primeras poblaciones de la villa. Ya en su calidad de cónyuge de Teodora, una de las herederas de Juan Francisco Medina a quienes se le adquirió gran parte de la legua cuadrada en que se fundó nuestra ciudad, o en el papel protagónico que le asignan algunas tradiciones orales que ya hemos narrado en estas mismas páginas, o simplemente en su carácter de hombre de connotada influencia en la zona, su nombre está ligado a nuestra historia, además, como tronco de una vasta familia de la que muchos descendientes transitan aún hoy calles olimareñas.
                                 Es propósito de estas líneas tan solo poner en conocimiento algunos documentos poco conocidos, que sirvan como un aporte más al conocimiento de su historia.

                                             Josef Marcelino Barreto Herrera o Ferreira, hijo de Eleuterio Barreto, paraguayo y Ana Herrera, nativa de Rio Pardo, nació el 26 de abril de 1795, según consta en el acta de bautismo ubicada en el Libro I, folio 126 de la parroquia de Minas.
Camilo Barreto Medina y su esposa, foto del Bco de Imagen
El mismo, a la edad de 19 años y ya siendo vecino del “Partido del Olimar” el 3 de noviembre de 1814 contrae matrimonio con Petrona Medina Baldenegro, quién en los libros parroquiales de Melo donde se encuentra el testimonio de casamiento (libro I Fº 109), figura también como vecina del mismo Partido. En este documento, Barreto es anotado ya como José Marcelino, y el párroco actuante anotó que era “hijo de José Eleuterio Barreto, natural del la Villa Rica en el Paraguay y de doña Ana Ferreyra, natural del Portugal” y vecinos también en el Partido de Olimar.
                                   Según algunos datos biográficos que relata Obaldía Goyeneche en su obra “El Solar Olimareño”, pocos registros quedan de su foja de servicios en el archivo militar. Dice el autor que “en la carpeta Nº 24 del Legajo 8” que se encuentra en el Estado Mayor del Ejército, sección Biblioteca, Historia y Archivo, solamente figura la anotación del grado de Coronel, una comunicación por la cual se le destina “un indiecito de los que toca el clarín” al ya Comandante de la Guardia Nacional de Cerro Largo, y un petitorio de una nieta para acceder a una pensión graciable por los méritos de su abuelo.
                                              A pesar que no he encontrado aún documentos que lo demuestren, hay muchas posibilidades que en sus años mozos, Barreto haya participado de la campaña de los Andes, aunque algunos prestigiosos estudiosos opinen en forma contraria. A favor, por ejemplo, está entre otros el profesor Homero Macedo que así lo afirma en su obra “Treinta y Tres en su historia”, señalándole a Marcelino Barreto como “capitán en las campañas transandinas” especificando que “cruzó los Andes en los ejércitos de San Martín, ganando galones de guapeza y bizarría”, explicando luego que era llamado “el indio Barreto”
                                             Por su parte, Obaldía en su libro ya mencionado, también lo inmortaliza como “batallador incansable por el ideal republicano, que se asoció a la campaña heroica del Paso de los Andes”.
                                             Tampoco consta documentalmente en nuestro conocimiento, su casi segura participación en los distintos episodios de la gesta libertadora, ni en época artiguista, cuando contaría a lo sumo con 15 ó 16 años, edad en la que ya muchos se sumaban a las milicias en esas épocas, ni específicamente es nombrado en las siguientes.                                               Sin embargo, en los anales de la Correspondencia Militar de 1825, publicada por el ejército en el centenario de la cruzada libertadora, en los meses de mayo y junio se registran movimientos voluntarios en nuestra zona: Matías Lazarte con una partida de 12 hombres poniéndose a las órdenes de Lavalleja desde “Costa de Gutiérrez”, el Capitán Pancho Morales “con gente la mayor parte vecinos de entre Olimar y Parado”, y otra partida de vecinos de la Costa de Olimar que “esperan reunirse a la brevedad” estando “con las armas empuñadas en defender nuestra libertad”. Es de suponer muy razonablemente, que Marcelino Barreto formara parte de alguna de estas dos últimas mencionadas.
                                                      Lo concreto, sin dudas, es que Barreto fue un soldado de la patria. Ya era militar destacado y con grado en el ejército nacional durante los primeros años de la institucionalidad; hay comunicaciones que lo avalan firmados por el primer  presidente General Fructuoso Rivera y otras altas autoridades. También más tarde, cuando la Guerra Grande lo encuentra al lado de Oribe, enfrentando a los colorados de Rivera, hay constancia de su participación.
                                                       Entre los documentos originales que se conservan en la Sala de Materiales Especiales de la Biblioteca Nacional, hay notas enviadas y recibidas por Barreto, o referidas a él, que avalan esas afirmaciones.
                                                       Algunas, por ejemplo una en Puntas del Yi en setimbre del 1833, le comunica al Presidente de la República General Fructuoso Rivera haber cumplido sus órdenes de licenciar y disolver la compañía a su mando y expresa que luego “marché hacia el Durazno a recibir nuevas órdenes”. Algunos meses más tarde otra nota, esta vez una firmada por el General José Augusto Pozolo jefe del Mando General de la Frontera, desde la Villa de Melo, propone al entonces Ministro de Gobierno Santiago Vázquez, “se expidan las patentes que corresponden a los oficiales de las dos compañías de milicias de este departamento y son de Sargento Mayor graduado y Capitán de Línea de la 1º Compañía D. Agustín Muñoz y de la 2º D. Marcelo Barreto”.

                                                       En 1834, Fructuoso Rivera, Presidente de la República en su calidad de General en Jefe del Ejército lo ratifica a cargo de la 2º Compañía de Cerro Largo, documento que también se encuentra en esa ubicación.
                                                       En agosto del año 1834, cuarenta y nueve efectivos entre soldados y oficiales, componían la fuerza de la 2º Compañía de Milicia del Cerro Largo, comandada por el Sargento Mayor Marcelo Barreto, y apostada en el campamento de Durazno a las órdenes del General  Julián Laguna, según documentos manuscritos originales que se conservan en la Sala de la Biblioteca Nacional, como ya comentamos.
También hay otra serie de notificaciones giradas a otros superiores, como por ejemplo al General Julián Laguna y al Coronel y “Jefe de la Banguardia” Ignacio Oribe. Algunas tan banales como un comunicado fechado en “Olimar” en Julio de 1835 donde informa que solo se le han entregado 8 caballos y no se le han reunido partidas como se le había anunciado, indicando que se dispone a “ponerse en marcha sin esperar mayores razones de los tenientes alcaldes”.
                                                      Una vez comenzada la Guerra Grande, apoyando la institucionalidad de Oribe, participa en varias escaramuzas y se gana el aprecio y la confianza del General Justo José de Urquiza, por cuenta de quien persigue a Rivera informando de sus movimientos, en una misión que culmina con la Batalla de India Muerta (1845) aunque no entró en batalla en forma directa.  En comunicación de Urquiza a Oribe, al comunicarle el resultado favorable de la batalla mencionada, escribe: “El Coronel Barreto, a quien tengo a mi lado, me parece será de mucha utilidad al señor Presidente General Oribe en las operaciones, porque además de ser un hombre de buen crédito, es valiente y de grandes conocimientos prácticos en los enunciados departamentos…”

                                                       Una vez culminada la guerra grande, licenciadas las milicias y vuelto a la paz de sus campos a orillas del Olimar, en un lugar muy próximo a donde hoy se encuentra la conocida por “Estancia del Banco”, fallece “de una parálisis” el 20 de abril de 1855, sepultado en el Campo Santo de la Villa de Melo, donde se expide el acta de defunción en la que consta, además, que le supervivían su viuda, Teodora Medina y seis hijos, dos mujeres y cuatro varones, quienes son los ascendientes de muchos de nuestros vecinos de hoy.




Por ser sumamente interesante, a mi juicio, transcribo a continuación la nómina de los integrantes del escuadrón comandado por Barreto, y acompaño estas líneas con el documento que grafica la remuneración de los mismos, según su escalafón.




Compañía 2ª de Milicia del Departamento de Cerro Largo

Lista de los Integrantes que tiene la expresada hoy día de la fecha

Sargento mayor                   Marcelo Barreto
Teniente                               Juan de la Cruz Pisarro o Pisano
Alférez                                  Carmelo Alvarez
Sargento Primero                Manuel Acosta
Sargentos Segundos           Basco  de Olivera
                                             Manuel Díaz
Cabo Primero                       Jacinto Ruiz
Cabos Segundos                 Firminiano Bergara
                                            José Mariano Ocampos
Soldados                              Zacarías Olivera
                                               Lorenzo Otaso
                                               Gabriel de los Santos
                                               Vicente Cayetano
                                               Feliciano Romero
                                               Alvaro Pereyra
                                               Manuel Pereyra
                                               Tiburcio Cabrera
                                               José María Medina
                                               José María Garagorte
                                               Julián Cardona
                                               José Barreto
                                               Francisco Alvarez
                                               Antonio Méndez
                                               Saturnino Ximénez
                                               Rafael Télis
                                                Bentura Cabrera
                                               Anastasio Martínez
                                               Tomás Cardozo
                                               Julián Ramírez
                                               José Santana
                                               Antonio Moreno
                                               Saturno Moreno
                                               Simplicio de Sosa
                                               Juan Altes
                                               Candido Martínez
                                               Juan Pereyra
                                               Domingo Bueno
                                               José Flores
                                               Pedro Antonio López
                                               Leonardo Sobera
                                               Marcos Carnales
                                               Juan Astudillo
                                               Pedro Rïos
                                               José Vicente Lucero
                                               Teles Correa
                                               José Rosario Patiño
                                               Nicolás Ortis
                                               Juan Tomás Laguna
                                               Rafael Villará




Resumen General

Sargento Mayor Gdo. Capitán             1
Teniente                                               1
Alférez                                                  1
Sargentos                                             3
Cabos                                                   3
Soldados                                             40



Durazno, mayo 11 de 1834

Sto Myor. Marcelo Barreto


sábado, 19 de enero de 2019

Coronel Manuel M. Rodríguez


Un viejo guerrero colorado, veterano de cien batallas, primer Jefe Político del departamento…






                       Cuando se crea nuestro departamento de Treinta y Tres, como es sabido por medio de la ley firmada por el presidente Máximo Santos el 20 de setiembre de 1884, una  de las tareas inmediatas del gobierno nacional al respecto fue proveer de nuevas autoridades al departamento, como ya lo desarrollaremos más detalladamente en otro artículo, empezando por el Jefe Político y de Policía.
                  A pesar de la notable e indiscutida participación del escribano Lucas Urrutia, reconocido dirigente del Partido Constitucionalista en la concreción de la aspiración lugareña de “independizarse” administrativamente de los lejanos gobiernos del área de influencia territorial (Melo y Minas respectivamente), las nuevas autoridades fueron personas de confianza del ejecutivo nacional, de probada filiación colorada, y en el caso concreto del nuevo Jefe Político y de Policía de Treinta y Tres, se nombró al coronel Manuel M. Rodríguez, compañero de armas a quien ya Santos había comisionado misiones de destaque.
                       

   Rodríguez era al momento de acceder al nuevo cargo, poco menos que un desconocido para la sociedad treintaitresina, característica quizá elegida a propósito a la vista de la enorme tarea de encabezar la organización política respondiendo a los intereses del partido Colorado, del nuevo departamento que en ese entonces estaba bajo la indudable ascendencia del partido Constitucionalista, encabezado como mencionamos por Urrutia y de su enorme influencia, así como de los “acérrimos anti urrutistas”, mayoritariamente pertenecientes al partido Nacional.
                        Desde el comienzo mostró, según algunas crónicas de la época, gran capacidad de trabajo, un vasto conocimiento castrense, e imprimió a su mandato una impronta de ejecutividad tal que en ocasiones sus decisiones inconsultas acerca de temas administrativos municipales generó algunas rispideces con la Junta Económico Administrativa (JEA) de turno, como por ejemplo sucedió en el caso concreto de la erección de la estatua a Lavalleja en el centro de la Plaza 19 de Abril, obra que fue propulsada por el Coronel Rodríguez sin contar con la opinión siquiera de la JEA.
Rodríguez permaneció en su puesto hasta diciembre de 1886 cesando en su cargo al cambiar el gobierno nacional al ser nombrado Presidente de la República, Francisco Antonio Vidal quien luego renunciaría para que volviera a asumir la presidencia Máximo Santos, pero eso es cuestión de otra oportunidad. Fue subrogado por Lino Arroyo durante algunos meses, quien luego dejó su posición al Coronel Agustín de Urtubey, en julio del 87.


                       Según una versión escrita del puño y letra del escribano Lucas Urrutia en 1894 respecto a Rodríguez, a quien calificó como “nuestro distinguido amigo de grato recuerdo, porque hizo una de las administraciones más progresistas que hemos atravesado desde que se decretó nuestra segregación” fue bajo su orden y mandato que se adquirieron dos de los tres terrenos que ocupa hoy la Jefatura de Policía de Treinta y Tres, cuya construcción también dio comienzo (al menos en su etapa administrativa) en ese período. Hasta entonces, de acuerdo a una información muy bien detallada por Néstor Faliveni Moreno en su libro Treinta y Tres en sus 155 años, la sede de la Jefatura Política y de Policía funcionó en una casa situada en la esquina enfrente a donde está hoy el edificio principal, en la intersección de las calles Manuel Oribe y Manuel Lavalleja.

                                    Faliveni en su mencionada obra, narra las peripecias que enfrentaron a Lucas Urrutia, entonces propietario de la casa existente en ese entonces en esa ubicación y al estado uruguayo representado por el coronel Rodríguez para lograr concretar el arrendamiento de dicha propiedad, que el autor explica no es la misma que existe actualmente. La información consignada indica además que el predio “ocupaba cuarta manzana,  es decir cincuenta varas por Lavalleja hasta lindar con terrenos de Ignacio García” y otras tantas por Oribe  “hasta lindar con la propiedad de Genaro López”. Al respecto, asimismo, la referencia indica que posteriormente fue vendida años después a doña Virginia Coronel de Oribe (madre del conocido poeta y hombre de letras Emilio Oribe, y nieta del fundador de Treinta y Tres Dionisio Coronel), quien demolió la casa existente y mandó construir la que aún hoy se encuentra en esa esquina.

Un guerrero de cien batallas


                          Algunos años después de haber dejado su cargo y nuestro departamento, el periódico local “La Paz”, propiedad de Urrutia y gerenciado por Ricardo Hierro, publica una detallada reseña de la actividad política y militar del coronel Rodríguez, cuyo resumen nos parece interesante compartir a continuación.
                           El artículo, publicado en la tapa de la edición del 24 de noviembre de 1889 bajo el extenso título de “Foja de servicios del Señor Coronel de Infantería de Línea Don Manuel M. Rodríguez”, comienza señalando que “en nuestro departamento no ha faltado quien haya supuesto que este Gefe sería uno de tantos que no puede hacer ostentaciones de sus galones por los pocos sacrificios que hayan empleado a favor de la patria”, asegurando que “esta suposición está desmedida con la publicación que hoy hacemos, suponiendo que sea leída con interés, muy particularmente por los numerosísimos amigos que el Coronel Rodríguez tiene en nuestro departamento”.
 Rodríguez comenzó su carrera castrense al anotarse en el batallón “Voluntarios por la Libertad” que marchó hacia Paraguay al inicio de la guerra denominada de la “Triple Alianza” en el año de 1865, al mando del Brigadier General Venancio Flores encontrándole la Batalla del Yatay (Entre Ríos, Argentina, 17 de agosto de 1865) ya ascendido a Alférez en el mes de julio. Participó luego en la rendición de Uruguayana en tierras brasileñas el 18 de setiembre y también en el combate de Estero Bellaco, el 2 de mayo del 66, ya revistando como sub teniente en el nuevo batallón fusionado que se denominó “Voluntarios Independientes”.
                        

           La “Batalla de Tuyutí”, considerada hasta el día de hoy como la más sangrienta de toda la historia de América del Sur, con más de 15 mil muertos, el 24 de mayo de 1866, le encuentra tomando el mando en acción como oficial de mayor rango, ante la muerte del jefe del cuerpo y las bajas por heridas del resto de los oficiales. Vuelve combate en los enfrentamientos siguientes en tierras paraguayas, y durante un servicio de avanzada en noviembre es herido de bala en la pierna derecha, circunstancia que le obliga a “bajar” a Montevideo a asistirse. Retorna al servicio activo en Paraguay en mayo del 67, y se destaca en el combate de “Parecué” el 13 de agosto de ese mismo año, ya ascendido a Teniente 2º.  Siempre en el marco de este conflicto, participa luego en la toma de Humaitá, en la ocupación de “Tebicuarí” y en la de “Angostura”, en la toma de Asunción y en la definitiva batalla del 16 de agosto del 69 cuando 20 mil efectivos de las fueras de Brasil, Argentina y Uruguay enfrentan a 500 soldados y 3500 niños paraguayos en una masacre sin precedentes.
                                 Finalizada la guerra, Rodríguez regresa a casa con la División Oriental al mando del General Enrique Castro, esperándole en Montevideo el ascenso a Capitán, siendo destinado al Batallón “24 de Abril”, destinado a Salto donde se incorpora al Ejército del Norte al comienzo de la Revolución de las Lanzas, siendo nombrado Jefe interino de la Guardia Nacional e Instructor de todas las infanterías que guarecían dicha plaza. Participa luego en varias guerrillas durante el sitio de Montevideo y se incorpora a las fuerzas del general Gregorio “Goyo” Suárez que bajan desde el norte a romper el sitio capitalino y que provoca la retirada de los revolucionarios de Timoteo Aparicio. En el 71 se hace cargo del batallón “Santa Rosa”, participando en la batalla de Manantiales, en el 72 es nombrado 2º Jefe del Batallón Resistencia hasta su disolución al término de la revolución de Aparicio, cuando pasa a integrar el 4º de Cazadores, del que es nombrado Jefe interino hasta que en 1875 entrega el mando al Coronel Farías y continúa como 2º Jefe hasta 1880, cuando es nombrado Jefe del 1º de Cazadores y destinado a la guarnición de los departamentos de Salto y Paysandú, regresando a Montevideo 1883. En esos años, del 75 al 83, por méritos de servicio, había ascendido en 5 oportunidades, revistando entonces con el grado de Coronel, y en esa fecha pasa a servir como Fiscal e Inspector de Policías de la República, y en calidad de tal ocupó interinamente la Jefatura Política de Durazno primero y de Paysandú después, culminando su carrera como Jefe Político titular de nuestro departamento.

viernes, 15 de junio de 2018

casos curiosos del nomenclátor olimareño

Urrutia, Oliveres y Escudero: vaivenes, injusticias y ninguneo


                                                               
                                                            Sin ningún lugar a dudas, el escribano Lucas Urrutia fue un hombre de una personalidad fuerte y que al cabo de su vida cosechó tanto amigos incondicionales como enemigos irreconciliables, y esto no es novedad para nadie que se haya asomado a la historia treintaitresina, de la que Urrutia fue protagonista y referencia ineludible.
                                                                  Son múltiples los episodios de los cuales es centro principal el mencionado Urruria, ya como indudable gestor y motor del progreso y crecimiento treintaitresino en los primeros 45 años de vida de nuestra población, así como arte y parte en negocios y comercios, y –no podía ser de otra manera- en lo que tiene que ver con una nutrida actividad política y de gobierno.
                                                              Llegó a Treinta y Tres joven (17 años) y pobre en 1855, a trabajar como dependiente del comerciante Miguel Palacio, y apenas 7 u 8 años más tarde, en 1863, año en que se casó, además, ya era propietario de varias acciones de la Sociedad Fundadora del pueblo, como él mismo afirma en su testamento, lo que supone que en ese corto lapso había logrado la independencia económica y los fondos suficientes para comenzar a capitalizarse. Se recibe de Escribano Público en 1866 y con la obtención del título se intensifica su meteórico enriquecimiento, al tiempo que también crecían proporcionalmente su poder político e influencia. Además de sus actividades comerciales y profesionales, desempeña varios cargos públicos, ya como actuario del juzgado, o como funcionario de la administración municipal. Es muy recordado a nivel local,  cuando en la época que se dependía administrativamente del departamento de Cerro Largo, redacta el “Informe a la JEA de Cerro Largo”, donde hace un somero racconto de las actividades realizadas por la administración municipal a su cargo, cargo que ostenta en varios períodos, siendo el último de ellos ejercido a partir de 1894, en que preside la Junta Económico Administrativa (JEA) del novel departamento de Treinta y Tres, del que sin dudas es uno de los principales impulsores, ya que sin su insistencia e influencia con seguridad nuestro departamento no existiría.
                                                                     Fue también como decíamos al principio adorado y odiado por la población: sumamente combatido, sobre todo por sus enemigos políticos y por los muchos descontentos que cosechó en su periplo de negociados y ambiciones, casi tanto como venerado y adulado por sus correligionarios y “amigos”, al punto que aún en la plenitud de sus vida, cuando apenas había cumplido los 50 años de edad, se nomina una calle con su nombre: la paralela a la actual Gregorio Sanabria, que era donde terminaba la cuadrícula urbana en esa época, designando con el nombre de Lucas Urrutia la siguiente demarcada hacia el sur fuera de esos límites.
                                                                    Pocos meses después, según un expediente encontrado en el Archivo General de la Nación, fechado en  junio de 1893, el entonces presidente de la Junta Económica Administrativa, Gabriel Trelles, solicita permiso del gobierno central para sustituir su por el aún no usado de “General Rivera”, que es el que se designa y hasta hoy permanece. El planteamiento habla por si mismo, cuando expresa textualmente, dirigiéndose al Ministro Bauzá: 

                             La H. Corporación municipal que tengo el honor de presidir, ha facultado al infrascrito para recabar del Ministerio de V.E. la superior autorización tendiente a variar el nombre indebidamente colocado a una calle extra perimetral. Dicha calle, por una anomalía propia del señorío local y personal que viene desde hace tiempo soportando este departamento, con mengua de todos sus inalienables derechos lleva el nombre de “Lucas Urrutia”, que forma una nota del todo discordante en la escala de los próceres de nuestra independencia cuyas calles perennizan sus augustos nombres.
                              Siendo las vías públicas una propiedad absolutamente nacional cuya nomenclatura debe sujetarse a las disposiciones legales que en ningún caso pueden amparar el hecho de eternizar nombres oscuros para que la memoria venerada de nuestros abuelos se confunda en las mistificaciones vergonzosas de nuestros errores; siendo por otro lado que el señor Urrutia no está rodeado de esos merecimientos patrióticos que solo por actos meritorios y sacrificios se conquista la  luciente aureola de ciudadanos beneméritos de la Patria, es deber imprescindible de  esta Junta, relegar el nombre del Sr. Urrutia al fallo de la posteridad, quitarlo del medio de nuestros amados patricios, y sustituirlo brevemente por el del General Fructuoso Rivera o D. Venancio  Flores.

                                                                               Y le quitaron la calle a Urrutia, que a pesar que en la siguiente legislatura (1894) gana la elección municipal y preside la J.E.A. , no vuelve atrás esa decisión.

                                                                       Urrutia fallece sorpresivamente en 1897, aunque sus fanáticos y detractores no le olvidarán fácilmente.
                                                                       Muchos años después, en el marco de la conmemoración del cincuentenario del departamento, en 1934, como parte de los festejos las autoridades municipales nominan con el nombre de Lucas Urrutia al camino llamado “de la Agraciada”, que llevaba desde la ciudad hasta el cementerio “nuevo” a través de una alameda de eucaliptus (ambos impulsado por Urrutia). Algunos años después, nuevamente fue cambiado el nombre de esa vía de tránsito, que pasó a llamarse en su total longitud con el nombre del General Aparicio Saravia. Y nuevamente Urrutia quedó sin calle.
                                                                           Finalmente, sin seguridad de la fecha exacta, pero con certeza en el marco de las celebraciones del centenario de la ciudad, en 1853, nuevamente otra calle es nominada con el nombre de Lucas Urrutia, como se llama aún hoy la calle que pasa por el frente de la Escuela Nº 65 y por la Plaza de las Américas.



Francisco N. Oliveres


                                                                                 Nacido en Treinta y Tres en 1872 y bautizado en la parroquia lindera a la casa de comercio de su padre, “La Barcelonesa”, frente a la plaza 19 de abril, Francisco Nicasio Oliveres Queraltó fue no solamente un abogado exitoso, sino que también un productor rural de vanguardia, filántropo sin límites, historiador e investigador de primer nivel en el ámbito nacional y local, y partícipe e impulsor de los principales proyectos locales de principios de siglo XX. Presidente histórico de la sociedad Fomento y del Club Centro Progreso, lideró movimientos culturales de las más variadas disciplinas, y publicó diversas obras literarias y folletos. Integró y presidió en alguna ocasión el Instituto Histórico y Geográfico Nacional, integró la Sociedad de Historia y fue también activo agente en el rescate de la historia departamental. Su obra más importante en el área de la Numismática, aún se considera por los especialistas como material de consulta ineludible.
                                                                           Durante las primeras décadas del siglo XX, su quinta de frutales “Las Delicias”, luego fraccionada para formar el actual barrio del mismo nombre, fue paseo obligado de la sociedad olimareña, y la  avenida de ingreso a la casa habitación, totalmente plantada de palmeras, se convirtió en la Avenida de las Palmas recientemente designada con el nombre del General Líber Seregni.
                                                                          Oliveres, al fallecer sin descendencia en el año 1944, legó por testamento su establecimiento situado en la Quebrada de los Cuervos en parte(365 hás) para la Intendencia Municipal para la creación de la actual Zona Protegida, y el resto de unas mil hectáreas a Salud Pública (hasta hace poco Campo Huija, en manos del Ejército) Dejó legados importantes también en dinero y propiedades para el Hospital, Liceo Departamental y  Educación Primaria, dejando además todos sus documentos históricos al Archivo General de la Nación que mantiene un colección con su nombre, y su colección de monedas al Museo de la Moneda administrado por el Banco de la Republica.
                                                               Gracias a toda su importancia y el destaque de sus actuaciones, el Dr. Oliveres fue homenajeado por las autoridades municipales de Treinta y Tres, nominando por decretos aprobados en la Junta departamental tres calles en todo el departamento que llevarían su nombre: una en la localidad de María Albina, de la que fuera impulsor y de los primeros propietarios de terrenos, otra en Villa Sara, sustituyendo el nombre de calle Roma (la calle de ingreso a la Sociedad Fomento) por el de Francisco N. Oliveres, y en la propia ciudad, decretando que la calle Juan Antonio Lavalleja al norte de Joaquín Artigas se llamase con su nombre, como se puede ver en las copias de los decretos que acompañan estas páginas.

                                                                               A pesar que esos decretos existen y están vigentes, dos de ellos no se han cumplido nunca por parte de la Intendencia, ni siquiera para confeccionar correctamente los planos. La calle Roma de Villa Sara sigue siendo Roma y Lavalleja es siempre Lavalleja y no cambia nunca de nombre. Solo en María Albina se respeta su nombre en el nomenclátor.

Dr. Juan Antonio Escudero


                                                                                Menos conocido, seguramente, pero no por ello menos importante para la historia departamental es el doctor Juan Antonio Escudero, abogado de orígenes olimareños con su actividad profesional centrada en Montevideo, que resultó pieza fundamental en todos los proyectos de progreso de fines del siglo XIX y comienzos del XX.  Dueño de gran parte de lo que hoy es el Barrio Artigas, tiene entre sus multiples méritos, por ejemplo, ser el donante de la Plaza de Deportes. 
                                                                                        Fue un incansable luchador por la evolución genética de las haciendas nacionales, formando parte de la Asociación Rural del Uruguay y en su calidad de representante para la zona, fue el impulsor de la reunión de productores y comerciantes que dieron lugar luego a la concreción de la mayor parte de los adelantos de la época: el Club Progreso, la primera biblioteca: la primera exposición Agropecuaria e industrial, el puente sobre el Olimar, la llegada del tren, etc.

                                                                                     La calle que comienza en Juan Antonio Lavalleja y termina en la plazoleta frente al Cuartel, durante mucho tiempo se llevó el nombre del prohombre olimareño, que fue cambiado para nombrarla con el actual nombre de Manuel Antonio Ledesma, que por entonces se creía que era el nombre del “Negro Ansina”. Hace años que se sabe que ese nombre no es correcto, que no pertenece a nadie, pero aún así se mantiene la injusticia de haber olvidado del nomenclátor a uno de los grandes hombres de la historia treintaitresina.

lunes, 28 de mayo de 2018

La otra versión de la fundación



La penca que creó a Treinta y Tres



                                                         Hay una historia que no es historia, anécdotas que toman vuelo y que quedan en cuento, una quimera devenida en mito, una ilusión convertida en esperanza…
                                                         Para muchos, Treinta y Tres y su crónica es un constante repetir de fechas y personajes. La “historia oficial” – y verídica, sin dudas,- cuenta de la fundación de la ciudad, de las razones políticas, económicas y sociales de las que emanó la decisión propuesta por quien sabe quién, apoyada desde sus diferentes tribunas por los embanderados de la empresa Dionisio Coronel y José Reventós y hecha realidad por el gobierno nacional de la época encabezado por Giró.
                                                          La que también habla del decreto del 10 de marzo de 1853 como fecha oficial, de la previamente existente casa de comercio del español Miguel Palacios que se cuenta tomó como referencia el agrimensor Joaquín Travieso en la primera demarcación del terreno donde se erigiría el pueblo, que está cumpliendo oficialmente 171 años.
                                                          Pero hay otra historia, como en casi todos los aconteceres del pasado. Hay una historia “chiquita”, de tradiciones orales, de cuentos incomprobables, de tantas versiones como contadores tenga, que a mi –a veces-, me gusta recordar, para que no se apague esa llamita, en la que muchos no creen, en la que a muchos no les importa, pero que en mi opinión, tiene todo lo necesario para reflejar algunos aspectos de la idiosincrasia de este pueblo que hoy, muchos años después, conjuga modernidad con reminiscencias de su origen campesino, y empieza casi, casi, como un cuento de hadas…

Había una vez, en un tiempo muy lejano…

                                                                          Doña Teodora y don Frutos Medina Valdenegro eran dos de los hijos de don Juan Francisco Medina, quién ya en 1811 figura con extensa propiedad en lo que hoy es nuestro departamento, incluyendo, según un prestigioso libro, todo el territorio al noreste de la confluencia del Yerbal y el Olimar y hasta la Cañada de las Piedras.
Camilo, otro de los Barreto Medina

                                                                         Tras el alejamiento que suponemos por razones “amorosas” de don Francisco Medina (quien queda viudo alrededor de 1824 y se vuelve a casar y se radica en pagos de su nueva esposa) hemos de suponer que legado o testamento mediante, sus hijos heredan sus posesiones, y la pauta nos las dan algunas pruebas innegables: el Presidente Giró y su comitiva, en noviembre de 1852 al pasar por estas tierras en su viaje desde Minas a Melo, “hacen noche” en la casa “de D. Frutos Medina en las caídas del Yerbal”; y Doña Teodora es una de las integrantes de la “Suc. Medina”, que junto con la sucesión de Téliz fueron los vendedores de la “legua cuadrada” que se compra para la efectiva fundación de la ciudad.
                                                                         Ambos hermanos Medina, son casados con dos también hermanos Barreto. La esposa de Frutos, Graciana y el marido de Teodora, Marcelo.
                                                                         José Marcelino Barreto Ferreira, militar y estanciero, hombre de su época, había nacido en la ciudad de Minas un 26 de abril de 1795, y casado con  Teodora hizo casa en terreno de los Medina donde criaron a sus diez hijos, algunos de cuyos descendientes aún transitan en las calles olimareñas.
                                                                         En las cercanías de la llamada “Estancia del Banco”, a poco menos de una legua aguas abajo del “Paso Real” del Olimar, quedan vestigios de algunas ruinas de lo que se dice era su casa a mediados del siglo XIX. Marcelino (o Marcelo, que también así le llamaban) había seguido desde joven la carrera militar, según algunas versiones  en las luchas por la independencia criolla, alcanzó a cruzar los Andes con San Martín, y sus cualidades le permitieron  ganar prestigio al punto de constituirse en un caudillo de referencia en el pago,  cuando ya había ascendido a Coronel. Había ganados sus más recientes galones en la cruenta guerra civil que la historia ha designado como Guerra Grande, integrando las fuerzas oribistas, como también lo hizo el también entonces Coronel Dionisio Coronel, quien a su vez, también caudillo de amplio prestigio, llegó a ser jefe militar de la zona y político de amplia trayectoria.

Entre colorados y tordillos

                                                                               Cuenta la leyenda, que comienza a entremezclarse con la realidad, que Dionisio Coronel y Marcelino Barreto se conocieron en tiempos de guerra, cuando uno de ellos andaba solo y era perseguido por una patrulla de enemigos, y el otro, no importa cual, sin saber quién era y viendo la despareja persecución, fue rápidamente en su ayuda, enfrentando sorpresivamente a los perseguidores y logrando que éstos, al ver llegar ayuda, desistieran de sus propósitos, consiguiendo ambos salvar sus vidas, pero con el alto costo de la pérdida de una de las monturas de los caudillos, un “colorado mala cara” del que su dueño estaba muy orgulloso de su calidad y rapidez, y que se comentaba que era el caballo más corredor de la zona. El lamentarse de esta pérdida y las chanzas del otro sobre la lentitud del animal siniestrado poniendo énfasis en que un “colorado” no le podía ganar a un “tordillo” como el de él, se cuenta, fue el detonante para que los dos amigos se retaran a una carrera donde se demostrara la clase y sangre de los “créditos” de cada criador.
Colección Besnes e Irigoyen - Biblioteca Nacional



                                                                           Tras la primer penca que se corrió a los pocos meses entre el tordillo sobreviviente y una potranca colorada hija del colorado perdido en la contienda, el ganador otorgó la revancha para el año siguiente en la casa de su contrario, lo que dio inicio a algunos años de carreras anuales, que según algunas versiones coincidentes, terminaron de consolidar una amistad “de fierro”, incuestionable, entre ellos, pero que por la misma personalidad de ambos caudillos, no escapaba a una cruda competitividad, que canalizaron mediante una esas carreras anuales de pingos de los que ambos eran fanáticos y orgullosos criadores y compositores.
Año a año, entonces, una vez en la estancia de Dionisio Coronel en las cercanías de Melo y al año siguiente en la casa de Marcelino Barreto y Teodora, enfrentaban sus mejores pingos, entre chanzas, tomaduras de pelo, apuestas y festejos. Con el tiempo, estas ocasiones fueron concitando cada vez más público, y anunciadas con tiempo se convirtieron en motivo de reunión popular, congregando vecinos, amigos y curiosos…
                                                                           Las carreras, se hacían en primavera. Concretamente en octubre,
                                                                           Un año que era el turno de Barreto de organizar la carrera en la pista de sus campos a orillas del Olimar, parece ser que se empezó a juntar gente desde mucho antes de la fecha pactada, y se iban acomodando en campamentos improvisados, a la espera de la esperada competencia en las proximidades de la “cancha” que no era otra que la senda que llevaba al Paso del Olimar.
                                                                           Pocos días antes de la fecha fijada, llegaron los huéspedes, el Coronel Dionisio Coronel con su comitiva integrada por la familia, empleados y su cuerpo de guardia, acompañado además de algunos amigos entre ellos el cura Reventós.
Dionisio Coronel en 1864

                                                                           Y en eso empezó a llover… y la lluvia fue postergando la cosa, entre cancha pesada por el barro y crecientes, la cosa se fue dilatando un par de meses, y en ese tiempo algunos hicieron algún rancho de barro, otros, aripucas de fajina, algunas enramadas con reparo de cueros. Los mercachifles que habían venido a ofrecer sus mercancías pasajeras habían instalado “comercio” de venta y trueque, y hasta el cura Reventós, aprovechando que en la estancia de Marcelino y Teodora había un oratorio, hizo buena la oportunidad para extender su actividad pastoral, realizando casamientos, bautismos y misas, aprovechando la multitud concentrada.
                                                                          Según un magistral cuento del eximio narrador olimareño José María Obaldía, al cabo de algunos meses finalmente se realizó la esperada penca en la cual el zaino colorado de Dionisio Coronel le ganó con lo justo al tordillo de Barreto. Cuando éste un par de días  después fue a acompañar al melense y su comitiva, en la partida hacia sus pagos, cuenta Obaldía que al hacer una pausa en la cima de la cuchilla para abrazarse en la despedida, y mirando hacia el valle donde aún persistían las precarias construcciones de público y comerciantes,  Dionisio Coronel le dijo: 

- “No te podés quejar, Barreto… te pelé en las carreras pero te dejé un pueblo armado”…





miércoles, 23 de mayo de 2018

Las balsas y los transportes en el siglo XIX


Cruzar una carreta cargada equivalía en precio a 20 hombres a caballo
Los pasos, sus peajes y funcionamiento en 1895, según nuevo informe de Urrutia



En el Treinta y Tres aldeano de fines del siglo XIX, época en la que se publicaron -como los atentos lectores recordarán hemos comentado en anteriores ediciones-, los informes y memorias de los gobernantes departamentales de 1994, sin dudas una de las problemáticas acuciantes de la administración pública, de las muchas que se tratan en ambas publicaciones referidas, es el del transporte de personas y mercaderías.

                                                                            En efecto, Lucas Urrutia, en su calidad de presidente de la Junta Económico Administrativa (J.E.A.) de Treinta y Tres, y redactor de la Memoria de dicha repartición, ya a principios de año realiza una precisa descripción de la situación de cada uno de los pasos importantes del departamento que influyen directamente en las comunicaciones de nuestra ciudad capital con el resto del país.
                                                                            Al respecto, Urrutia comienza su reseña realizando algunas consideraciones generales de la situación en la época, que nos ilustra detalladamente la problemática, señalando que “desgraciadamente no existe todavía en este departamento puente de clase alguna, sin embargo de ser sin duda alguna, el que está cruzado por más ríos y arroyos que ningún otro de toda la república, como que limita con la Laguna Merín a donde desaguan todas las vertientes del lado Este de la Cuchilla Grande donde estamos situados.
                                                                            Tenemos el río Olimar y el arroyo Yerbal a inmediaciones de este pueblo cuyo pasaje se hace en balsas y en botes. El Paso del Dragón de Tacuarí, camino de esta Villa a Artigas, donde también se usan iguales medios de transporte. El Paso de Techera en Cebollatí, camino de aquí al departamento de Rocha donde hay un solo bote, lo mismo que en el Paso de la Laguna de Olimar, y Paso de Vergara en el Parado; pues unas chatas viejas que existen en estos tres últimos pasos no pueden dar servicio en razón de hallarse en pésimo estado. Y por último tenemos el insignificante Paso de Carpintería en Olimar chico, cuyo pasaje se hace en bote.”
                                                                                 Tras esta somera enumeración de los pasos, el informe de la J.E.A. pasa a detallar las problemáticas y situaciones particulares de cada uno, deteniéndose en detalle y extensión en el paso real frente a esta ciudad, sin lugar a dudas por ser el que influye más directamente en la vida cotidiana de la Villa de la época.


                                                                                  En ese sentido, se informa que cuando la Junta actuante entonces asumió, había un pleito pendiente entre la administración popular y don Dionisio Vaco, “propietario principal de las balsas” que realizaban el paso de bienes y pasajeros. Urrutia puntualiza en el informe que en aras de solucionar el diferendo, se convocaron las partes en cuestión (Vaco, el fiscal y representantes de la propia J.E.A.) y tras algunas negociaciones “en ese comparendo se acordó que quedaba rescindido el contrato, dejando a salvo los derechos de terceros que se considerasen perjudicados con el procedimiento”, aclarando que “esto ocurría en el mes de abril y quedaba la Junta en estado de poder contratar libremente el derecho de peaje con cualquier persona”.                                                                                        Más adelante, el informe explica que “se hicieron todas las gestiones posibles para conseguir que alguien hicieses el servicio por el impuesto de peaje establecido en la Ley del 27 de junio de 1881, pero no fue posible”. Continua luego señalando que “en este paso hay tres balsas de diferentes dueños, pero todos ellos están en perfecto acuerdo, y por más llamados que se hagan a propuestas para hacer el servicio, ni los dueños de esas balsas ni ningún otro se presentará a hacerlo con el arancel que determinan las leyes vigentes, y cada día nos encontraremos con mayores dificultades para dicho servicio: la estación de invierno se aproxima y de un momento a otro nos veremos en serias dificultades”
                                                                                      Las diferencias entre el arancel que estipulaba la ley debería cobrarse en los pasos nacionales para el servicio de balsas y barcazas, y las pretensiones de los balseros del Olimar, se subsanó elaborando de mutuo acuerdo una tabla de precios que contemplara todas las posiciones en pugna, que quedó finalmente confeccionada de la manera que se transcriba a continuación:

Arancel del servicio de peaje en Paso del Olimar
Por cada carreta con hasta 5 yuntas de bueyes, el conductor,
su caballo y 1.500 kilos carga............................................................... $ 2.00
Por cada carreta con todo lo dicho sin carga....................................... $ 1.00
Por cada carreta, con productos agrícolas y frutos del país................. $ 1.20
Por cada carro, el conductor y caballos con 700 kilos de carga.......... $ 0.80
Por cada carro con todo lo dicho, sin carga......................................... $ 0.40
Por cada carruaje con 3 o más caballos con pasajeros........................ $ 0.80
Por cada carruaje con 3 o más caballos sin pasajeros......................... $ 0.40
Por cada breack con 3 o más caballos con pasajeros........................... $ 0.60
Por cada breack con 3 o más caballos sin pasajeros............................ $ 0.30
Por cada carro tirado por 1 ó dos caballos, con carga........................ $ 0.30
Por cada carro tirado por 1 ó dos caballos, sin carga......................... $ 0.20
Por cada pasajero y su caballo............................................................. $ 0.10
Por cada pasajero a pie........................................................................ $ 0.06
Por cada cabalgadura con carga......................................................... $ 0.10
Por cada animal vacuno, caballar o porcino........................................ $ 0.06
Por cada 100 animales lanares o cabríos............................................. $ 1.50
Por cada 100 kilos que se transporten de peso sin vehículo................. $ 0.20

El servicio extraordinario cuando el rio está fuera de caja o de
cauce, se hará mientras puedan funcionar las balsas sin peligro,
por doble precio, exceptuando los rodados que pagarán siempre
lo mismo mientras no haya peligro.
Cuando el río tenga mil metros o más de anchura, el servicio
se hará en grandes botes y se cobrará:

Por cada pasajero con su caballo ensillado.......................................... $ 1.00
Por cada pasajero a pie........................................................................ $ 0.50
Por cada 25 kilos de peso..................................................................... $ 0.20
El servicio será solo obligatorio desde la salida hasta la puesta
del sol. Fuera de estas horas, se cobrará el 50% más de lo establecido.



                                                                                                  Las mencionadas diferencias, además, llevaron a que el propio Jefe Político Antonio Pan, que se había visto directamente involucrado en la confección de este arancel junto a un grupo de transportistas, comerciantes y demás autoridades de la Villa, realizara la propuesta de adquirir una balsa en propiedad de la Junta y explotarla con recursos propios cumpliendo el tan necesario servicio, lo que ameritó una tajante respuesta del Urrutia, quien argumentando en contra historió que “la Junta ya ha sido propietaria de la balsa del Paso del Olimar.                                                                                                   En el año 1868 se le concedió a Dionisio Vaco el derecho a la explotación del paso hasta mayo de 1879, en que lo entregó con una balsa que quedaba siendo propiedad de la Comisión Auxiliar. Entonces se ensayó la explotación del peaje con aquella balsa y botes por cuenta de la referida Comisión y se vio que no daba resultado alguno”. Los principales argumentos esgrimidos por Urrutia, eran la dificultad de “encontrar  persona idónea y competente que se encargue de esa clase de trabajos y que de cuenta exacta de lo que recauda”, y el hecho que “el paso se badea sin hacer uso de balsas ni botes lo menos ocho meses en el año” y por lo tanto solo se generaría ganancias durante cuatro mese en el año, debiendo mantener el servicio a la orden todo el tiempo.
                                                                                                  Finalmente, completando el capítulo referente al paso del Olimar, Urrutia afirma que una vez llegado a acuerdo con los balseros de explotar el servicio con el arancel acordado, y habiéndose arreglado el derecho de explotación con un 10% para las arcas de la J.E.A., en tres meses y medio transcurridos de la temporada invernal, ingresaron por ese concepto a las arcas municipales $ 233,05, “evitando pleitos y disgustos que no hacen sino postergar el progreso local y aumentar el malestar”.

Paso del Yerbal
                                                                   El lo que tiene que ver con el Paso sobre el arroyo Yerbal, el informe indica que “este paso que se encuentra también frente a nuestro pueblo apenas estará crecido 60 días en el año. Lo recibimos contratado por el término de tres años a contar desde el 12 de junio del 93, don Doroteo Mota, con la garantía de don Juan A. Acosta, a pagar 80 pesos mensuales que fueron pagados los de la primer anualidad a la firma del contrato”

                                                                   Acto seguido relata que “el señor Mota, acusado de un homicidio, fue remitido a la Penitenciaría y su fiador Acosta propuso retirar la fianza y se aprovechó la oportunidad para concluir con don Félix Olivera, propietario de la ribera derecha del Yerbal, en el paso de que se trata, un pleito que también había iniciado la Junta Anterior, por supuesta obstrucción del paso. El señor Olivera, interesado en el contrato que se había celebrado con Mota, prohibía a éste el uso de la rivera más allá de lo que la ley le obliga a dar en el paso; renunciado Mota y su fiador a favor del señor Olivera, como lo hicieron a pedido de esta junta, se arregló el diferendo y el uso de la rivera de una manera perfecta y conveniente para el servicio público”.
                                                                     Con respecto a los demás pasos de relevancia donde existían en aquella época servicios de peaje de paso, el informe señala:

Paso Vergara en el Parado

                                                                   El día 1º de Julio de 1893, la Junta saliente enajenó el derecho de peaje de este paso en favor de don Alfredo Arnaud, por espacio también de tres años, a razón de $61.56 anuales.

Paso de la Laguna en Olimar
                                                                  Según contrato de 1º de Setiembre de 1893, la junta anterior enajenó el derecho de la explotación de este paso a favor de Manuel Acosta por espacio también de tres años, a razón de $ 33.70 anuales, siendo las otras condiciones iguales a las precedentes.

Paso de la Carpintería en Olimar Chico
                                                                  Este paso de insignificante importancia, donde apenas hay una canoa, lo tienen contratado por la Junta anterior los señores Izmendi y Saiz, a razón de 8 pesos al año. Vence ese contrato el 1º de Setiembre, y para esa fecha se volverá a llamar a propuestas.

Paso de Techera en Cebollatí
                                                                  Como este paso se halla en el límite con el departamento de Rocha, la Junta de aquel departamento lo tiene contratado desde el 1º de enero de 1903 por tres años, y los tres subsiguientes le corresponderán a esta Junta.

Paso del Dragón en Tacuarí

                                                                  “Este paso se halla bajo la jurisdicción de la Junta de Cerro Largo, según resolución del Poder Ejecutivo de Abril 28 de 1885”. A este respecto informa que en desde esa fecha “se encuentra contratado con don Plácido Rosas, por medio de escritura pública autorizada por el Escribano de Gobierno y Hacienda por 8 años, que vencieron en 1892. Desde que ese contrato venció no hay razón alguna para que aquella Junta tenga el uso y derecho exclusivo de aquel paso, sino que debe distribuirse por partes iguales entre uno y otro departamento limítrofes, como se resolvió al respecto con el Paso de Techera, limítrofe con el departamento de Rocha. Es lo justo y equitativo”, concluye, anunciando gestiones para obtener el aprovechamiento para Treinta y Tres “por los próximos once años”.