jueves, 17 de noviembre de 2016

El Señor Feudal de la campaña olimareña

José Saravia y el "Crimen de la Ternera"



                  Sin ningún lugar a dudas, el “Crimen de La Ternera”, que refiere al asesinato de la esposa de José Saravia, uno de los hermanos de Aparicio, sucedido en los primeros años del siglo pasado en nuestro departamento, en las cercanías de la ciudad de Santa Clara de Olimar, es uno de los hechos de sangre de la crónica policial más conocidos de nuestro país, por varios motivos.

                La estancia “La Ternera” está ubicada en la 8ª sección de nuestro departamento, a escasos 15 kilómetros de la localidad de Santa Clara, cuya casa principal en la época de los hechos de referencia, era la morada principal de su propietario, José Saravia, y formaba parte de una extensión de casi 30 mil hectáreas en posesión del mismo, dividida en varias estancias contiguas.
              En la mañana del día 28 de abril de 1929, estando de yerra el dueño de casa junto a una decena de invitados y todos los peones a su mando en las cercanías del casco principal donde solamente habían quedado las mujeres, dos hombres se apersonan en la estancia y asesinan brutalmente a la esposa de Saravia, doña Jacinta Correa, sin motivo aparente, casi sin mediar palabra y sin ánimo de robo, tras lo cual se dan a la fuga desapareciendo en un monte cercano. Enterado el marido, hace la correspondiente denuncia policial, y en el marco de la investigación del caso, van surgiendo detalles que concluyen con la captura de los culpables del hecho, los hermanos Orcilio y Octacilio Silvera, pero que además involucran como cómplices del hecho a un tío de estos, Antonio Silvera, a una doméstica de la casa, y al propio José Saravia como instigador del crimen.
               A partir de ese momento, da comienzo a unos de los expedientes penales más extensos de los anales judiciales uruguayos, que culminará recién 8 años más tarde, en 1937, con la escandalosa absolución de Saravia, y que es sin dudas la causa principal de la repercusión que este caso ha tenido en la historia nacional.

El asesinato y las primeras actuaciones

             El domingo 28 de abril todo parecía normal en la estancia. Temprano a la mañana los hombres de la casa, el patrón José Saravia y algunos invitados, acompañados por todos los peones, los puesteros y el capataz que habían juntado los ganados el día anterior, ensillaron y partieron con rumbo a las mangueras donde se iría a realizar la yerra, distante unos dos kilómetros de la casa principal. En ella, quedaron solo las mujeres; la dueña de casa, Jacinta Correa, tres jovencitas invitadas de ella (una sobrina de Saravia de 22 años y dos amigas de ella que hacía un mes ya que estaban de visita), la esposa del capataz de la estancia, Martina Silva, quien oficiaba de sirvienta principal, y dos menores más auxiliares de servicio.


             Sobre las ocho de la mañana, según consta en el parte policial, dos sujetos “aindiados, de mala facha”, habían llegado diciéndose portadores de una misiva para entregar en mano propia a Saravia o a su esposa, y cuando la señora fue a recibirles en el comedor, fue sujetada y arrastrada hasta el galpón adyacente a la casa, donde se la estranguló, abandonando su cuerpo en el patio al frente del mismo. Según testimonios relevados en el mismo parte policial, al ver la violencia de ambos sujetos, las demás mujeres se encerraron en una habitación no atreviéndose a salir por temor a las consecuencias, por lo cual tan sorpresivamente como llegaron, los desconocidos desaparecieron.                   A media mañana fue avisado Saravia de lo sucedido, que inmediatamente manda un chasque a dar cuenta a la policía del deceso de su mujer y se apersona en la casa, preparándose para velar a su esposa. Un detalle importante confirmado por el comisario Larrosa de Olimar, quien realizó las primeras actuaciones, es que solo se mandó comunicar la muerte de la señora, y no la causa de la misma.
                      Una crónica de la época escrita pocos días después de ocurridos los hechos, destaca muy especialmente la rápida actuación de la policía, que enseguida de arribar al escenario de los hechos, descartan la muerte natural y catalogan lo sucedido como homicidio. No se encontraban motivos para el crimen, pues nada se había robado y la occisa era una persona mayor, bienquerida de todos.
                     En el marco de los primeros interrogatorios a los ocupantes de la vivienda descubren sagazmente inconsistencias en las declaraciones de la empleada Martina Silva, que estaba en la cocina cuando llegaron los desconocidos de a caballo, a quienes franqueó la entrada, incurrió en contradicciones y terminó por confesar que el instigador del crimen había sido el propio José Saravia. Según sus declaraciones, primero la indujo a que envenenara a la señora para evitar que se divorciara o separara de bienes, pero como ella no lo hiciera, contrató a dos sicarios, los hermanos Octalivio y Orcilio Silvera -sobrinos de Antonio Silvera, uno de sus puesteros- para que le dieran muerte, aprovechando que el personal se retiraba para la yerra.
                      A los pocos días éstos son capturados por la policía y tras sendos interrogatorios acaban por admitir su culpabilidad, declarándose Octacilio el matador de la señora Correa, pero además adjudicándole al propio José Saravia la responsabilidad de la instigación del crimen, admitiendo que habían sido contratados para este fin, narrando que algunos días antes, mediante la intervención de su tío Antonio Silvera, puestero de La Ternera y candidato de Saravia para Comisario de Olimar, se habían entrevistado con el estanciero quien les encomendó el “trabajo” a cambio de una promesa de pagarles mil pesos a cada uno.
                   En las declaraciones y careos sucesivos, Saravia negó terminantemente la responsabilidad que se le atribuía, expresándose con violencia contra sus acusadores a quienes tildó de “bandidos y asesinos”.
              Cumplidas estas actuaciones, José Saravia, a la sazón de 69 años de edad, es detenido acusado de planificar el asesinato de su esposa, dando inicio así a un juicio que se extendería por más de ocho años y que a la vista de la absolución del acusado, fue el último que se realizó en el país con el sistema de jurados quienes decidieron que las pruebas presentadas no eran suficientes para inculpar al imputado.

Culpabilidad y absolución

               Aún antes que se sindicara a Saravia como instigador del crimen, ya el rumor popular sugería la culpabilidad del marido de la occisa. No era más que un secreto a voces en la zona el hecho que el estanciero mantenía una relación extra matrimonial desde hacía muchos años con Rosa Sarli, vecina de la zona, y que doña Jacinta vivía más tiempo en Montevideo que en casa de su esposo en el campo. Desde hacía algún tiempo previo a los hechos, corría además el rumor que Correa estaría preparándose para solicitar el divorcio, hecho que disgustaba sobremanera a Saravia, quien no quería ver reducidos sus bienes por tal motivo.
                  El Juez instructor decretó el procesamiento con prisión  de los implicados confesos, los hermanos Silvera, Martina Silva y también de José Saravia y Antonio Silvera, que continuaron negando las acusaciones de que eran objeto.
                    El caso, por sus características, alcanzó una inmediata y gran repercusión en los medios de prensa de la época y provocó una fuerte reacción en la opinión publica, mayormente contraria a José Saravia,  ya que se le consideraba, de acuerdo a los trascendidos, responsable de la muerte de su esposa.
Soldados gauchos de las huestes de Aparicio en épocas de Revolución

               Este juicio se convertiría durante ocho años en un verdadero enfrentamiento entre el abogado defensor de Saravia, Raúl Jude y el fiscal acusador, Luis Piñeyro Chain. Sin lugar a dudas, en un entorno muy infuenciado  por las implicaciones políticas tanto del acusado como de los juristas actuantes.
                      Es de tener en cuenta que el país estaba todavía muy dividido a causa de la revolución de 1904 y el principal acusado y figura fundamental de la historia era un hermano nada menos que del General Aparicio Saravia, figura referencia, pese a su muerte, del Partido Nacional. Además este hecho cobró gran notoriedad porque en el proceso, el jurado que al final lo absolvió, fue acusado de estar comprado, y a raíz de esto por una ley posterior se derogaron los juicios orales en el país. Es decir que este fue el último juicio oral que se llevó a cabo en el Uruguay.


Breve biografía de Saravia

                   Jose Saravia nació un 15 de agosto de 1858, siendo el quinto hijo del matrimonio brasilero compuesto por Don Francisco Saraiva y Doña Propicia Da Rosa. José fue en extremo laborioso desde su más tierna infancia, y a pesar de que sus estudios fueron limitados, en negocios de campo y transacciones rurales fue una persona muy entendida y habil. Su vida se redujo a vender ganado, cuero y lanas y a comprar campo. En esta sencilla tarea, se paso su vida entera.
                         Hombre sumamente austero y dedicado por entero al trabajo y los negocios, se puede considerar que fue uno de los más ricos de la familia y si bien tuvo activa participación política en beneficio del Partido Colorado, no participó activamente en ninguna de las guerras que tuvo el país en esas épocas y donde participaron sus hermanos (Aparicio, “Chiquito”, Basilicio y los demás).  Sin embargo conservaba una ferviente devoción y sentimiento de compromiso hacia su Partido. Mostraba su sentir político de un modo acentuado en mil detalles de su vida privada. La estancia en que vivía estaba toda pintada de colorado vivo. Puertas, ventanas, frisos, portones, depósitos, etc. Los peones y agregados usaban boina de vasco y golilla colorada. José montaba siempre un brioso caballo de pelo colorado, y usaba una gran golilla colorada, que sólo se quitaba a la hora de acostarse. El pañuelo de manos era igualmente colorado. Ni el duelo, por sus hermanos muertos, lo hizo despojarse de esta costumbre. Los terneros de sus rodeos que salían de pelo blanco, se los mandaba a su hermano Camilo y este a su vez le enviaban los suyos que salían de pelo colorado. Camilo pretendía ser más blanco que Oribe, no obstante no haber participado nunca en ninguna revolución.
                           A pesar de no tener hijos, al llegar a su estancia se veía un enjambre de chicos, pues afirmaba que con sólo el trabajo no bastaba, que había que compenetrarse de las inmensas ventajas de la educación y fundó la escuela José Saravia sostenida con su peculio privado. Hizo construir las instalaciones y las dotó de todo lo necesario para su funcionamiento y en ella se instruían los hijos de sus puesteros, peones y agregados.
Hijos de Basilicio Saravia, hermano y correligionario de José Saravia

                           El costo de funcionamiento era de 1500 pesos al año, trabajando las distintas clases 5 horas diarias. No obstante el acentuado partidarismo que se exigía para asistir a ella, aquella escuela perdida entre los espesos chircales de la Barra de la Ternera, en un rincón solitario de la República, era un verdadero santuario del saber y de bien entendida caridad, pues José vestía, calzaba y daba alojamiento, alimentos, libros, cuadernos, a los alumnos que eran pupilos de tiempo completo, y en total sumaban en el colegio unos cincuenta.
                          Los sábados de tarde, los chicos se marchaban a caballo, por caminos diversos, a pasar el domingo con sus respectivos padres, luciendo siempre sus golillas rojas, mientras que todo el Departamento, estaba sometido a la administración de Aparicio y el Partido Nacional que irradiaba blancura desde la costa del Cordobés.
                     
      Durante la campaña de 1897, su estancia fue un consulado. Su hermano Aparicio era el comandante en jefe de la revolución y su otro hermano, Basilicio, era el comandante militar de la División Treinta y Tres, vanguardia del ejército gubernista. De manera que su casa y bienes, fueron respetados por los dos bandos beligerantes, siendo el asilo obligado y neutral de gente, que pretendía permanecer libres de sobresaltos. Fue respetado como sagrado quien se cobijó bajo el ala protectora de José Saravia.

                            Todos los descendientes de Don Chico Saravia, eran dueños de enormes extensiones de tierras que estaban distribuidas por los departamentos de Rivera, Cerro Largo, Tacuarembó, y Treinta y Tres. Pero de todos ellos el único que actuaba como un verdadero señor feudal era José debido a que a su poderío económico sumaba una fuerte influencia política, dado que su establecimiento se había convertido en tiempos de conflictos en un recinto inexpugnable respetado por todo el espectro político, en una especie de territorio extranjero.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Camino de hierro hacia el este

Razones, gestiones y trazado del tren

de Treinta y Tres a Rio Branco



                 A pesar de que el tren llegó a Melo, en 1909, y a nuestra capital en 1911, la extensión de la vía férrea hasta la frontera este brasileña, no se realizó sino hasta casi un cuarto de siglo después, ya que se concreta en el año 1935 cuando finalmente sobre el puente Barón de Mauá que une Yaguarón (Brasil) con Río Branco, se produce el encuentro simbólico la unión de las vías de ambos países.

                 Muchas razones hubieron para la demora en concretar esta línea, y la principal de ellas fue el debate virulento planteado entre los partidarios de dos diferentes trazados: uno que unía Melo con “Artigas”, como se había denominado por años la localidad fronteriza, apoyado por la fuerte influencia arachana, o el trazado actual, que finalmente fue el que se concretó, impulsado por las fuerzas vivas de la novel ciudad de Treinta y Tres, que logró también el importante apoyo de la también nueva localidad de Vergara y de las seccionales del sur este del departamento de Cerro Largo.
                Los largos años de litigio entre ambos proyectos, motivaron que a principios de la década de 1920, se realizara en nuestra ciudad una “extraordinaria asamblea” para “apadrinar” el proyecto del tren Treinta y Tres – Río Branco, constituyéndose una comisión de apoyo conformada por el entonces presidente del Consejo de Administración Municipal escribano Bernardino Real, el Juez Letrado doctor Carlos Pittamiglio, el director del Liceo José Pereira Rodríguez, el Presidente de la Asamblea Representativa escribano Joaquín J. Amilivia, el gerente de Banco de la República Manuel Bentancur, el Jefe de Policía capitán Ciriaco Saravia, el vicepresidente de la Sociedad Fomento Valentín Olivera Ortuz y los concejales departamentales escribano Carlos Hontou Aguiar y Guillermo Terra, quienes procuraron además en la capital del país el concurso de una serie de influyentes personas vinculadas a nuestro departamento para mediar ante las autoridades a favor del mencionado proyecto. Estas personas fueron el Senador Esteban Toscano, los diputados Mario S. Barbé, Juan Ramasso, Olavo Amaro Macedo, el ex presidente de la República doctor Baltasar Brum, los
Consejeros Nacionales Pedro Aramendía y Nicolás Inciarte, el doctor Francisco N. Oliveres, doctor Juan M. Lago, doctor Alfredo Furriol, Fermín Hontou, Ricardo J. Areco, Pedro Manini Ríos y doctor Julio Mº Sanz, quienes conformaron la Comisión Delegada en Montevideo conjuntamente con el destacado doctor Joaquín Villegas Suarez, autor de un esclarecedor libro titulado “Hacia el Este”, en el cual narra con lujo de detalles no solo los pasos que se siguieron para la concreción del proyecto, sino las argumentaciones técnicas y comerciales que sostenían el mismo.

                   En el mencionado informe, Villegas hace una larga exposición de la necesidad de concretar en el menor plazo posible la integración de las líneas ferroviarias del Este con las de Rio Grande del Sur fundamentalmente por un tema de intercambio comercial, recordando que planear un “corto ramal secundario, un apéndice de apenas 30 kilómetros” desde la línea planificada hasta el puerto de La Charqueada en el Río Cebollatí encarecería en muy poco una línea que contaría con la innegable ventaja de tener un doble camino de tránsito de mercaderías: la vía férrea propiamente dicha y una combinación con el transporte fluvial ya establecido en la zona. Al respecto, también los argumentadores a favor de este trazado, opinaban que en materia de defensa nacional contar con esta desviación con ingreso rápido a las aguas internacionales es también una importante ventaja a tener en cuenta.
               El debate, se originaba por la menor distancia “de obra” o sea de via nueva a construirse entre la ciudad de Melo y Rio Branco, menos de 100 kilómetros, un 30% menos que la planificada desde nuestra ciudad, aunque un argumento valedero a nuestro favor era también el de la menos distancia de flete desde Rio Branco a Montevideo por nuestra ciudad que por Melo, por donde se alarga en unos 70 kilómetros el viaje y por lo tanto sube ostensiblemente los costos de transporte de las mercaderías.

La producción de Treinta y Tres en 1922


                        Asimismo, el libro de referencia realiza una pormenorizada descripción de la situación comercial y productiva de nuestro departamento en la época, que Villegas considera “que su suelo oculta riquezas inexplotadas por falta de población, de adecuadas vías de comunicación y de transporte barato y rápido”.

                       Comienza recordando que en la superficie de las 950 mil hectáreas del departamento, la población ascendía en 1922 a 44.415 personas, la mayor parte de las cuales se dedica a las actividades principales de ganadería y agricultura. En cuanto a la ganadería, se indica que es esa fecha el stock de animales del departamento, en cantidad de cabezas, se dividía de la siguiente manera:
-          Bobinos     372.664
-          Ovinos      510.143
-          Equinos       20.833
-          Porcinos      11.039

                       Cifras que sostiene marcan un descenso  importante sobre dotaciones de años anteriores, donde llegaron a haber casi medio millón de vacunos en el departamento.
                       En lo que refiere a la agricultura, los datos indican que también se ha retrocedido ante temporadas anteriores, ya que se han disminuido las áreas sembradas por los principales plantaciones, de acuerdo a los siguientes comparativos (en hectáreas):

Años                           Trigo   Avena Maiz    Maní
1919/20                       2084    464      7990    93
1922/23                       1014    170      6820    10

                    Se destaca que no se registran sembrados de lino, cebada, apiste, centeno y sorgo, que en años anteriores había en razonables áreas. Villegas, sostiene que “el período de crisis se suma al elevado precio de la producción y de los arrendamientos, y a la escasez y carestía de los medios de transporte para colocar la producción” como motivo principal de esta disminución registrada.
                   A continuación, en este mismo capítulo, el informe prosigue estableciendo que la cantidad de tierras dedicadas a la labranza en nuestro departamento en el año 1922 fue de 13.134 hectáreas que representan menos del 1.5% de la extensión territorial, con un total de personas dedicadas a las tareas agrícolas de 3.950. Estos últimos se dividen en un total de 1.315 establecimientos, de los cuales 847 pertenecen a sus propietarios, 279 son manejados en calidad de arrendatarios, y los restantes 189 se explotan en régimen de medianería. Según los registros de Estadística Agrícola del año 1919/20, último disponible al momento de confeccionar el informe al que nos referimos, en ese año se registraron1448 establecimientos agrícolas, 1316 de ellos en manos de orientales, 69 a cargo de personas de nacionalidad brasilera, 31 españoles, 19 italianos, 9 franceses y 4 de otras latitudes.

                     Finalmente, el completo informe incluido en el libro como parte de la argumentación para aprobar el trazado a la frontera partiendo desde nuestra capital, consigna el resumen de las cargas despachadas desde la estación 33 durante el ejercicio 1922/23, lo que sin dudas es un documento histórico interesantísimo que da una idea cabal de la economía del departamento en la época, y de la cual transcribimos solo los totales del período, indicados en kilogramos:

Trigo                                       22.500
Maiz                                       27580
Lino                                        1000
Avena                                     1000
Cereales varios                       2400
Papas                                      4700
Afrecho y Afrechillo              38900
Harina                                     113.520
Pasto y Alfalfa                       4280
Leña (trozos y astillas)           23500
Carbón de leña                       21900
Lana en bolsas                        1.280.504
Cueros lanares                        141.435
Cueros vacunos                      314.550
Madera                                   3.000
Fruta                                       42600
Mercaderías generales            171.440

Haciendas (cabezas)
Caballos                                        36
Vacunos                                 22.531
Lanares                                   25.112
Aves                                       3.695

Los detalles del trazado elegido


                             El trazado, que finalmente se concretó a mediados de la década del 30, arribando a la localidad de Yaguarón el primer tren uruguayo en el año de 1935, constituye además el primer ramal de las líneas férreas uruguayas encargado al ejército nacional. El entonces canciller uruguayo Baltasar Brum, apenas acordado con sus pares brasileños la  construcción de un puente internacional sobre el río Yaguarón, encomienda a un grupo de militares encabezados por el Capitán Ingeniero Adolfo S. Quintana los estudios para el trazado.

                  Quintana conformó un equipo que se abocó de inmediato a recorrer el terreno diagramando en menos de seis meses el trazado que presentó a consideración de sus superiores, y que es apenas 9 kilómetros más largo que la línea recta que une las localidades de Treinta y Tres y Río Branco.
                        La línea férrea que sale del punto terminal de la estación capitalina, contornea la ciudad de Treinta y Tres, atraviesa las cañadas de Las Piedras y la de Membrillos, para luego de atravesar el arroyo Los Ceibos y las cañadas de Cigales y Eduviges. Más adelante, atraviesa Los Porongos, El Oro y Corrales del Parao, tomando una línea recta hacia Vergara tras pasar la Cañada Grande, atraviesa el Arroyo del Parao y desviando bañados y pantanos busca cruzar el arroyo Sarandí para seguir luego hasta el Tacuarí y después pasar por las cañadas Santos, Sauce y Grande hasta llegar a la localidad de La Cuchilla, en la parte alta de Río Branco. El trazado del Capitán Quintana, tiene una longitud de 128 kilómetros y medio, y la línea recta es de 119 kilómetros, lo que constituye la línea férrea más recta del país.

                    En principio, el proyecto de Quintana planteaba solamente la construcción de 4 estaciones intermedias en todo el trayecto, la primera en el “Verde Alto”, a 25 kms de nuestra ciudad y desde donde se desprendería un ramal secundario hacia “Puerto Gomez” y La Charqueada, la segunda en la localidad de Vergara,  la tercera en Rincón, y la cuarta en Tacuarí, en las cercanías del pueblo El Dragón. Sin embargo, luego en momentos de la construcción, la primer estación se efectivizó en los campos de Julio María Sanz quien donó el terreno a tales efectos además de colaborar pecuniariamente con la obra, y pocos kilómetros después se construyó otra en la zona conocida como Bañado de Oro, vecina de la antigua estancia del General Basilicio Saravia, y desde donde se agilizaban las comunicaciones de una amplia zona del departamento centrada en el Poblado El Oro, hoy Mendizábal. Ya en tierras del departamento de Cerro Largo, se agrega otra estación que llevará el nombre del presidente brasileño Getulio Vargas, que también es centro de comunicaciones de una vasta zona del este de nuestro departamento.
                            El ramal hacia Charqueada, aun está pendiente de construirse.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Espisodio de la independencia nacional

A más de 200 años de la Proclama del Avestruz

En tierras hoy olimareñas, Ramón Villademoros intenta resistir la invasión lusitana

               Las propiedades de Romualdo de la Vega - uno de los primeros adquirientes de las heredades de Bruno Muñoz- ocupaban casi 50 mil hectáreas del hoy departamento de Treinta y Tres, en los albores de la revolución en 1811. Concretamente, el territorio comprendido entre el río Olimar Grande, el arroyo Avestruz Grande y la Cuchilla Grande, en ese entonces el principal camino para acceder desde el sur de la Banda Oriental al recientemente fundado pueblo de Melo (1795).
La inmensidad de las sierras, campos de De La Vega

                 En Melo, precisamente, vivía desde principios de siglo don Ramón Antonio Rodríguez Villademoros Carbajal y Candamo, un asturiano que había arribado a América veinteañero para trabajar como dependiente en la tradicional casa de Ramos Generales Durán de la Quadra. Abraza la carrera de las armas sumándose a la defensa ante las dos Invasiones Inglesas, y tras contraer matrimonio en 1805 con la montevideana Josefa Palomeque, se muda a la incipiente ciudad del Cerro Largo, donde nacen sus hijos (entre ellos Carlos, abogado, escritor y político blanco, estrecho colaborador de Oribe), continuando con su actividad castrense a las órdenes del Virreinato español, en la Guardia de Melo.
                   Corre el año de 1810 y se asoman tiempos de revolución. Comienzan desde Buenos Aires los enfrentamientos armados entre patriotas y realistas, los que paulatinamente se trasladan hacia nuestro territorio. A comienzos de 1811, Montevideo se convierte en sede del Virreinato del Río de la Plata con la radicación del novel virrey Francisco Javier de Elío; y día a día aumenta cada vez más la simpatía de los criollos de la Banda Oriental a favor de la revolución, estimulada por la acción represiva de Elío.
               Días después del Grito de Ascencio del 28 de febrero de 1811, cuando todavía Villademoros formaba parte de las fuerzas realistas, cae prisionero de un grupo de insurgentes criollos, y es trasladado a un cuartel de Mercedes. Ahí conoce al General José Rondeau, de quien se convierte en ferviente admirador y seguidor, y se pasa al bando revolucionario, donde militaba además el caudillo oriental José Artigas.
                Participa activamente de la Batalla de Paso del Rey, y en la Toma de San José del 25 de abril ya era subteniente de caballería a las órdenes del capitán Manuel Artigas. Por aquel entonces ya era solamente Ramón Villademoros. Había perdido la extensión de los apellidos. Pese a no tomar parte directamente de la Batalla de Las Piedras, el 21 de mayo está junto a Rondeau cuando se instala el Primer Sitio a Montevideo.
Otra imagen de las sierras

                   Al verse sitiado, el Virrey Elío acepta la ayuda ofrecida por el Rey de Portugal, que envía un ejército de 4 mil soldados al mando del general Diogo de Souza.  Apenas ingresado a nuestro territorio el jefe del ejército lusitano publicó un manifiesto a los habitantes de la Banda Oriental, sobre las puras y leales intenciones de su Majestad Real que era pacificar las tierras de Su Majestad Católica y no conquistarlas. “No es con intención de conquistar vuestro país, que me determino a entrar en él, el objetivo de mis operaciones tendrá solamente en vista apaciguar las querellas de una revolución que desgraciadamente os inquieta y os obliga a derramar sangre de vuestros propios compatriotas”.
             Al mando de una partida de una decena de soldados y cumpliendo órdenes de Rondeau, Villademoros vuelve a su Melo familiar, a prestar ayuda en la defensa de la ciudad, pero cuando llega se encuentra con que el comandante de Cerro Largo, Joaquín de Paz, había rendido la villa al enemigo “para evitar su destrucción”.
              Los patriotas no creen en esas “puras” intenciones expresadas por De Souza, y Villademoros, actuando en la campaña próxima a Melo, se aboca a reunir fuerzas consiguiendo adeptos para la causa patriota, estando en constante contacto epistolar con su jefe admirado Rondeau, quien en una carta escrita en el Cuartel de Arroyo Seco, le confirma que las marchas y operaciones observados a los invasores “son de enemigos” y le insta a  observar e informar de los movimientos del ejército portugués, recoger ganado y caballadas que pudieran servir, y continuar reclutando paisanos para enfrentar al invasor, “les procurará Ud. hacer los daños q.e pueda, dirigiéndose con la prudencia y pulso q.e exigen las circunstancias. Dios guíe á Ud. M.s años. José Rondeau”.
               Villademoros obedece al pie de la letra, hostigando con guerrillas a simpatizantes realistas y a fuerzas lusitanas.

            Y es en las vastas tierras de Romualdo de la Vega, patriota de las primeras horas, donde Ramón Villademoros instala su campamento y se aboca rápidamente a cumplir las órdenes recibidas.
El grueso del ejército portugués que había tomado Melo y acampado en sus inmediaciones, parte a fines de agosto hacia Santa Teresa, quedando en la villa una fuerza portuguesa al mando de Manuel Alvares Guimaraens. Enterado en los primeros días de setiembre que en Melo había quedado tan solo esa pequeña fuerza defendiendo la plaza, y contando ya con una tropa cercana al centenar de hombres aunque con muy poco armamento, planea un ataque para recuperar la ciudad. Rondeau reconociéndole ya el grado de Capitán le anuncia el envío de refuerzos para facilitar la reconquista. Villademoros entonces elabora y dirige una memorable proclama, que transcribimos a continuación:

Campamento en el Avestruz, setiembre 15 1811.

Valientes Americanos. Después de tantas fatigas, para recobrar vuestra libertad ¿podréis mirar con indiferencia, que una nación extranjera, venga a poner sobre vuestros cuellos un yugo de bronce? ¿Permitiréis que los portugueses, bajo el fingido pretexto de pacificar entren soberbiamente en vuestros campos, insulten vuestras personas, logren el fruto de vuestros sudores, violen vuestras mujeres y vuestras hijas, dejándoos a un tiempo sin honor, sin libertad y sin bienes? NO. Tenéis un corazón esforzado y al oír estas palabras, me parece ver impreso en vuestros semblantes el furor, la rabia y el espíritu de la más cruel venganza, pues ¿Qué hacemos? Los portugueses que atropellando injustamente vuestros derechos, han entrado en este país, nada más han hecho que violencias, robos, insultos, con el orgullo más insufrible.
  Si cuando dicen que vienen solo a pacificar nos hacen sufrir tanto oprobio; ¿cuál será nuestra suerte, al ser tardos en manifestarles nuestros esfuerzos, si consiguen dominarnos? Mi corazón tiembla con tan triste recuerdo:
Unámonos pues, hagamos ver que somos libres y valientes; caigan hechos pedazos a nuestros pies y vayan tan escarmentados que ni aun acierten la senda que guía a su país, sufran las cadenas que nos labran y confiesen envueltos en miserias y despedazados de un arrepentimiento inútil, que nada es capaz de resistir al hombre cuando defiende sus derechos y la Libertad de su Patria.
  Son muy débiles sus armas: el desprecio con que nos tratan y el concepto que habían formado de que somos cobardes, aseguran mejor nuestra victoria: estoy bien cierto, de que hasta en sueños están ocupados con mil peligros, que ven en una retirada, que aunque es vergonzosa, es el único medio triste de salvar sus miserables vidas. Ya comienzan a temernos y han probado mucho en todas partes los efectos de su locura y de nuestro valor.
 Tiemblen pues, tiemblen al oír el nombre que nos distingue, si prosiguen insultando a unos hombres que han decretado morir con honor a vivir libres.
Ramón Villademoros. 


             El 22 de setiembre, Villademoros recibe la orden esperada: atacar Melo. Un oficio de Rondeau de esa fecha, exhorta a … “emprender esta acción”, extendiéndose en augurios y consideraciones, agregando que “he visto la preciosa Proclama de VM. digna de elevarla al conocimiento de la Exma. Junta”, y señalando por último que asegure al “Vecino D.- Romualdo de Vega a más de su patria se le done desembolsos y se tendra müi precénte el servisio que hace como un particular merito qué contrae”.
              Al mismo tiempo, el enemigo no permanecía estático. Una de las cartas de Rondeau había sido interceptada por los portugueses, y estaban en conocimiento de las intenciones de los criollos encabezados por Villademoros.
Recuerdo a Villademoros y su proclama, en la Escuela 69
           Con el propósito de evitar que se le unieran los 250 hombres de refuerzo comandados por Manuel Francisco Artigas, hermano del prócer, que había enviado Rondeau, aúnan esfuerzos tres partidas portuguesas, una de 73 hombres al mando de Manuel Joaquim de Carvalho, 30 comandados por Bento Lopes, y una tercera de 60 efectivos encabezados por Antonio Pinto de Fontoura, que el 29 de setiembre atacan inesperadamente el campamento revolucionario “en el rincón de la Avestruz, estancia de Romualdo Vega”, según el parte oficial portugués, diezmando las tropas de Villademoros (murieron 37 de los 110 hombres que la componían y le toman muchos prisioneros), escapando perseguido y herido el capitán con una pequeña escolta. Notifica luego a sus superiores su derrota desde “Puntas del Yerbal”. Días después, es capturado y enviado prisionero a Río Grande, donde permaneció en la cárcel hasta ser liberado tras el armisticio de octubre, que dio lugar además al levantamiento del Primer Sitio de Montevideo y al inicio del Éxodo liderado por Artigas.

               Una vez en libertad, vuelve a ponerse a las órdenes del ejército comandado por Rondeau: participa en el Segundo Sitio a Montevideo en octubre de 1812; y más tarde, en setiembre del 13, cruza el río de la Plata para asumir como Teniente de Cazadores en Santa Fe. Acompañó al Ejército del Norte de Belgrano, y cuando Rondeau asume el comando del Alto Perú, Villademoros ahí está. Se encuentra en la vanguardia y es capturado por los españoles en la localidad boliviana de Oruro, y fusilado el 20 de octubre de 1815, por ser español combatiente contra el imperio.
Desfile en conmemoracion de los sucesos, en la Escuela de Avestruz Chico
Foto de los años 70, gentileza de la maestra Adriana Caraballo

             Su retrato, según fuentes de internet no comprobadas, cuelga a la derecha del de Simón Bolívar en el Museo Bolivariano de Lima y sendas calles en Melo y Montevideo le recuerdan por su valiente actuación en defensa de la independencia americana. La escuela N° 69, de Avestruz Chico, también lleva su nombre.

martes, 4 de octubre de 2016

115 años de historia e historias

Sociedad Fomento de Treinta y Tres, más que una agremiación rural centenaria



La Sociedad Fomento de Treinta y Tres, que está celebrando su centenario el presente año, ha conquistado en su tiempo de vida un singular espacio en la colectividad olimareña, siendo desde su creación un punto de referencia y un espacio de desarrollo, de emprendimientos, en impulso de toda la comunidad.

Cuando nuestra ciudad contaba con apenas escasos cincuenta años de fundada, y el departamento había sido creado pocos años antes, a fines del siglo XIX, y a pesar que no existen datos concretos de la cantidad de ganaderos y productores agropecuarios en la zona, había ciertamente un nutrido grupo de grandes estancieros quienes siguiendo con las líneas generales de la época, estaban afines a mejorar su producción por medio del mejoramiento de razas.
En ese marco, apenas culminada la revolución del 97, el doctor Juan Antonio Escudero, destacado hijo de estos pagos que mucho hizo por el futuro de Treinta y Tres , promueve en la creación de un grupo de personas interesadas en participar y concurrir a la Exposición de Rocha a adquirir reproductores, en lo que constituye el primer indicio de un movimiento gremial pecuario en nuestro medio.
Según Obaldía Goyeneche, en esa fecha se reúnen en un comercio de la calle Juan Antonio Lavalleja Nº 97, a instancias de Escudero, los señores Bernardo G. Berro, Luciano Macedo, Ricardo J. Areco, Alfredo Aguiar, Isidoro J. Amorín, Braulio Tanco, el coronel Agustín Urtubey, Bautista y Fermín Hontou, Luis Hierro, Andrés Ferreirós, Aureliano Berro, Federico Escudero, Arturo Crovetto, Pedro Aguiar, José R, Gómez, Regino Ipar, Indalecio Rodríguez Rocha, Angel Cal y Domínguez y Pedro Buenafama, acordando constituirse en comisión con tres propósitos bien definidos: participar en la Feria Ganadera de Rocha a celebrarse en marzo de 1900; promover la fundación de un centro social en Treinta y Tres “con fines de instrucción y de propaganda rural, buscando el concurso del vecindario y de la juventud sin exclusiones ni distinción de creencias políticas o religiosas”, y finalmente promover la celebración de un Concurso Feria Ganadera en nuestro medio “en fecha más o menos breve”.
Más tarde, se suman entre otros Fructuoso Del Puerto, Tomás Jefferies, Ramón Lago, José F. Lucas, Julio María Sanz, Carlos Hontou, el coronel Basilicio Saravia, Urbano Mederos, y a medida que los trabajos avanzan, se agregan el doctor Francisco N. Oliveres, Plácido Rosas, Cándido Gordillo, el juez letrado Alejandro Furriol y otros.

Se concretan los tres propósitos: se concurre a Rocha, se funda el Club Progreso y ya a comienzos de 1902, la misma comisión entonces presidida por Bernardo Berro, concreta la realización de la Primera Exposición Ganadera de Treinta y Tres, que se lleva a cabo a principios de 1903 en los terrenos de la “Plaza de Carretas”, predio que actualmente ocupan la Plaza Colón, el Parque Colón y las instalaciones de OSE y del MTOP, con singular éxito, y que merece es si misma ser objeto de otra nota más extensa.
Vienen luego nuevos tiempos de revolución, en 1903 y 1904, y un par de años después de finalizados los enfrentamientos, en 1906, a instancias del nuevo Jefe Político Coronel Basilicio Saravia, algunos vecinos conforman una sociedad llamada Fomento, para celebrar una segunda Exposición en el mismo local donde se llevó a cabo la primera, aprovechando la buena experiencia previa y las obras que permanecían intactas desde la primera. Esta segunda comisión presidida por el Dr. Francisco N. Oliveres, aunque mucho más formal que la primera y con mayor contacto con otras gremiales del país, tuvo una duración bastante corta, ya que tampoco prosperó de la manera esperada, concluyendo con su disolución en el año 1915. No obstante ello, sin dudas, también fue parte importante e influente en el Treinta y Tres aldeano de principios de siglo. Valga para muestra señalar que en ocasión de la llegada del tren a la ciudad cuando la inauguración de la estación, en 1911, fue esa sociedad la que organizó a su costo el banquete popular y el “arco de flores” que recibió a los visitantes.
Por la misma época, también en 1915, a instancias del nuevo Jefe Político, Marcos Bodeán, se constituye una nueva comisión, mucho más formal, adoptando un sistema de sociedad por acciones, en cuya primer asamblea presidida por el Dr. Braulio Tanco, se aprueban los estatutos que regirán la misma, y se realiza la elección de la primer Comisión Directiva, integrada por los doctores Carlos María Uriarte, Oscar Ferrando y Olaondo, Carlos A Larrosa, Marcos Bodeán, Ricardo Barba, Alejo Gorosito, Manuel Buenafama, Salvador Ferrer y Carlos Hontou Aguiar, y que es entonces la sociedad que actualmente celebra su centenario.
Proyecto original del año 20

En pocos años, una nueva directiva presidida por Tanco adquiere el primer campo de la sociedad, 73 hectáreas en las que se realizan las primeras instalaciones necesarias para realizar ferias, que empiezan a celebrarse a partir de 1920 y que alcanzaron sumas de verdadera importancia. En ese mismo año se adquieren otras 118 hectáreas para ampliar el local.  La bancarrota de 1922 arruinó también a esta sociedad: las ferias no producían y no había recursos para atender las deudas, pero la voluntad y tesón de directivos y socios muchas veces utilizando recursos propios personales, hicieron frente a la situación hasta concretarse, en 1930, el arrendamiento de local de feria, con propósitos comerciales, a la forma Izmendi, González y Aramendi. Uno de sus principales, el martillero Isidro V. Izmendi, y sus descendientes, mantuvieron esta relación de arrendamiento hasta entrados los años 90, por más de 60 años, en los cuales se consolidó el local con obras y trabajo que le convirtieron sin dudas en uno de los mejores del país.

La Sociedad Fomento de Treinta y Tres, a lo largo de su historia, ha celebrado ferias y exposiciones ganaderas, que han sido parte fundamental en su misión de propender al desarrollo de la ganadería, pero además ha sido pionera en expandir esos eventos a muchísimas ramas menores de la actividad rural, como concursos avícolas, de razas suinas, de lana, de esquila, de vellones, de arboles, de jardines, de actividades agrícolas, de lechería, en fin, concursos que en su momento nuclearon a quienes se dedicaban con preferencia a esos rubros y que luego fueron derivando cada uno en sus propias agremiaciones de productores.
Pero no solamente en el ámbito rural se destacó la Fomento: en el ámbito educativo, por ejemplo, ha sido benefactor de muchas escuelas rurales (desde la donación de las 5 hàs de la escuela 28 de Villa Sara hasta otorgamientos de fuertes sumas para obras a otras de la séptima), del liceo departamental, con importantísimas donaciones en metálico, o de la Escuela Industrial, que la institución luchó tanto por conseguir para el medio. La fomento, incluso, desde mediados del siglo pasado y por lo menos hasta la última década, otorgaba distintas becas de estudio técnico y universitario a estudiantes destacados de secundaria en las ramas asociadas con el campo.
A nivel social, mucho debe también nuestra ciudad y departamento a la Fomento y sus directivos de las primeras épocas: desde múltiples obras de caminería departamental y nacional (las rutas 8 en los años 30, su continuación a Melo, la ruta a Passano, la ruta 18, la construcción de puentes y alcantarillas, la fuerte defensa de la construcción de la vía a Río Branco, etc. Son acciones que han contribuido eficazmente, con iniciativa y actuaciones y muchas veces hasta con importantes sumas, al progreso departamental en sus más amplios intereses.

Sin lugar a dudas, fue una institución netamente localista, comprometida con los intereses sobre todo del departamento, pendiente de sus problemas y atentos a discutir y propender soluciones o paliativos. Podríamos destacar decenas de ocasiones, como aquella en 1923 cuando se declara una epidemia de Carbunco y la Fomento a su costo manda vacunar todos los bovinos de las áreas urbanas y “de los pobres que no puedan pagarlo”, o en los años 40 cuando se arrecia en la lucha contra la sarna ovina y la garrapata vacuna, que la institución contrata dos funcionarios y los pone a la orden de la Policía Sanitaria del departamento “durante el tiempo que sea necesario”, como consta en actas.
Ha sido también, en su doble función de sede de remates feria y locación para los deportes hípicos que se llevan a cabo en su pista desde los años 20, el motor impulsor y de crecimiento del entonces Pueblo Lavalleja, hoy Villa Sara. En ella misma, han trabajado y prosperado directa o indirectamente la mayoría de las familias de la zona.
Ha sido sin dudas intérprete gremial de un nutrido núcleo de productores y ha procurado además favorecer la educación y mejoramiento de la campaña y sus pobladores, con innumerables acciones educativas, culturales, recreativas y comerciales a lo largo de su fecunda existencia, y al decir de su actual presidente durante la inauguración de la última exposición celebrada días pasados, comprometida a continuar en la senda de ser en todo tiempo, parte importante del presente y el futuro de Treinta y Tres.

Escarbando la memoria..

Una feria en el recuerdo




Las ferias ganaderas han sido fundamentalmente a partir de fines del siglo XIX, una actividad común a prácticamente todos los pueblos del interior del país, y el Treinta y Tres de entonces también se realizaban periódicamente.

En sus comienzos, los remates eran realizados en campo abierto. Se convocaba a los vendedores para una fecha y un lugar específicos por parte de los organizadores, y llegada la fecha se recorrían los lotes rematador y compradores montados a caballo o en carro, y se iban vendiendo los animales ofertados.

A principios del siglo XX, la mejora en las comunicaciones que significó la llegada del tren y de los primeros automóviles que obligaron a la mejora de las carreteras y la construcción de puentes, entre otros motivos, provocó que cada vez más se buscara realizar las ferias en lugares donde compradores venidos de pagos lejanos tuvieran más facilidad de llegada, por lo cual los lugares donde se efectuaban las ventas se fueron concentrando en ciudades y lugares poblados. Eso hizo, además, que se debieran acondicionar espacios con comodidades para tal fin, lo que dio lugar al nacimiento de los “locales feria”, que prácticamente no han cambiado sus características básicas hasta nuestros días: un “pista” donde se muestran y ofrecen los ganados a la venta, “mangas” de encierre para encerrarlos una vez vendidos, “calles” de entrada y salida de la pista, un palco para observar el transcurrir del evento con comodidad, y la tribuna del rematador.

En nuestra ciudad, sin temor a equivocarme, el más viejo y conocido de ellos es el de la Sociedad Fomento de Treinta y Tres, situado en Villa Sara.
Por los años setenta, desde algunos días antes de cada feria, comenzaban a llegar al “Fomento” las primeras tropas de ganado que se remitían para la venta.
Yo conocí esta actividad y viví ese entorno desde mis primeros años: mi padre llevaba más de 20 años trabajando en el escritorio Izmendi, y en épocas de vacaciones, no lo dejaba en paz hasta que accedía a llevarme a la que quedaba más cerca, la feria mensual que hacían en la Sociedad Fomento de Treinta y Tres, en Villa Sara. Era una fiesta para mí: el “Canela” Medina, que era el cantinero principal y siempre me recibía con un “crush” aquella de la botella ámbar que en mi inocencia pensaba que era un regalo que me hacía, y después me corría hasta el “puesto” de dona “Flora” primero y al de “Don Sabino” después, donde nunca faltaban pasteles y tortas fritas recién hechas.
Eran épocas de una feria que duraba varios días, en las que se reunían miles de cabezas de lanares y vacunos y caballos, que se vendían en jornadas larguísimas que comenzaban a la mañana y solo se suspendían cuando ya la luz no era suficiente para ver correctamente.

Pero, como mencioné antes, la actividad no se limitaba a los días específicos del remate y venta de las haciendas, sino que el singular movimiento comenzaba algunos días antes, con el arribo de las primeras tropas, generalmente de grandes lotes de lanares, que caminan mas lento y con más dificultad, provenientes de campos de todos los pagos del departamento. Más tarde, pero aún en días previos, comenzaban a llegar las tropas mixtas, luego las de vacunos.

Muchas de las tropas, eran conducidas por los propios patrones y sus empleados, o sea los productores dueños de las haciendas, aunque las más venían a cargo de “troperos”, profesionales del transporte de ganado por tierra, sabios ejecutantes de una profesión que el tiempo y la modernización se encargaron de desaparecer. Como en todas las profesiones, existían tipos distintos de troperos. Estaba el “capataz” de tropa, persona de amplio conocimiento de caminos, pasos y pastoreos, con amplia capacidad en manejo del personal y hombre de honestidad a carta cabal, ya que era depositario y responsable no solo del ganado a su cargo, sino de los dineros y gastos que implicaban la tropeada. Luego estaban los “peones” y entre ellos distintos “especialistas”: punteros, laderos, el encargado del campamento, etc.
Y cuando las tropas empezaban a caer a la Fomento, los “patrones” y capataces de tropa, luego de dejar sus respectivos animales “bien acomodados”, asegurándose que contaran con agua y pasto suficiente dentro de las condiciones de la época del año, dejaban algunos peones “haciendo ronda” (cuidando que los animales no se dispersaran y se entreveraran con los de otros dueños) a la espera de las órdenes del capataz de feria, máxima autoridad incontestada de los movimientos de los ganados dentro del local.
Acomodada la tropa los troperos “pueblereaban”, ataviados con sus mejores pilchas y pingos, hasta el día del remate, ya fuera a visitar amigos y parientes, realizar trámites o simplemente a pasear o de compras, que daban vida y movimiento a restaurantes, pensiones y hospedajes.
Llegado el día de la feria, tempranito de la mañana el lugar era un hervidero de actividad, con decenas de gauchos rondando los animales vacunos haciendo “fila” para entrarlos a la pista a venderse, en una larga secuencia de tropas y jinetes que se perdían en la distancia mirándolos desde lo alto de la tribuna.

Los lanares, encerrados en los bretes o corrales situados al correr de la línea de la vía férrea, tenían que ser también muy bien vigilados por sus propietarios o encargados, ya algunas veces al día, cuando pasaba algún tren de los entonces habituales, el ruido asustaba muchísimo a los animales y se producían escapes y entreveros.
Normalmente, en épocas de zafra, las ferias duraban dos y tres días, con miles de animales a la venta. El primer día, las ventas en sí comenzaban luego del mediodía con los grandes lotes de ganados seleccionados, dando tiempo de llegar cómodamente a los compradores venidos de lejos; ya en esa época habían empezado a venir fuertes “invernadores” que llegaban en sus avionetas y aterrizaban en el propio predio del local, aunque la mayoría venían en auto. Los días siguientes, se comercializaban el resto de los animales.

En mi lo que despertaba más curiosidad, era indudablemente la personalidad y forma de vida de los gauchos. Ese peculiar estilo, esa forma de ser del hombre de campo y sus costumbres. Cuando caía la nochecita, tras terminar las tareas, decenas de ellos se juntaban en torno a fogones  repletos de calderas de lata y presas de carne puestas a asar, y tras aprontar el consabido mate, se producían jugosas charlas que yo escuchaba absorto. Las experiencias de los troperos en el camino, las anécdotas de “bandideadas” en tal o cual pago, las muchas veces subidas de tono discusiones sobre su pingo o su perro, los datos de un buen “guasquero” o un mejor domador, todos temas cotidianos que se misturaban con alguna “mentirilla” que todos sabían que lo era pero la dejaban pasar con una sonrisa o la respondían con otra un poquito más grande. Ahí salían a relucir los distintos caracteres; estaban los bromistas, los taciturnos, los pensativos, los orgullosos, los más pudientes y los más menesterosos confraternizando en un ambiente donde lo principal y tangible era el respeto. En años de compartir muchas de estas tertulias, obviamente que si vi algún enojado, pero nunca presencié ningún lío, a pesar que todos portaban un facón y cuanto más grande, mejor.

Luego de finalizada la feria, se producía la partida de las tropas que se repartían para todo el país, pero principalmente hacia el sur, y además el regreso a casa de estancieros y peones, cabalgando hacia sus hogares, llevando en sus maletas y en caballos de carga el surtido que debía durar hasta la próxima feria, y portadores de nuevas historias para contar en su pago y a sus familias, trasmitiendo las novedades conocidas en el importante acontecimiento.

martes, 17 de mayo de 2016

El Leoncho, del "doctor" Agustín Yza

Oasis de actividad social en el Treinta y Tres rural del siglo XX

El Club de Leoncho

Pese a que quedan poco más que paredes de un metro de alto delimitando el recuadro donde otrora se erigió el Club Armonía de Leoncho, en la novena sección de nuestro departamento, su breve pero fecunda existencia ha dejado una huella indeleble en todos y cada uno de quienes de una manera u otra fueron partícipes de esa experiencia, casi con toda seguridad única en los parajes rurales olimareños, y me animaría a decir quizá de todo el país.
Apenas algunas ruinas del otrora fastuoso club...

En efecto, en el alto de la Cuchilla de Olmos, en plena zona de Leoncho, a una distancia de unas 5 leguas de Vergara y aproximadamente 4 de la ruta 8 a la altura de los Cerros de Amaro, funcionó durante unos cuarenta años de forma ininterrumpida un club social rural, que fue testigo de la mayor parte de los acontecimientos sociales de ese paraje por entonces numerosamente poblado, que extendió sus influencias a zonas adyacentes un poco más lejanas.
El Club Social Armonía de Leoncho, también conocido popularmente como el “Club de Leoncho” o el “Club de Yza”, fue fundado precisamente a instancias de un destacado poblador de la zona, don Agustín Yza Pérez, y construido por él mismo personalmente con la ayuda de algunos de sus hijos y unos pocos vecinos. El propio Yza, según narraron distintas fuentes consultadas, nucleó alrededor del año 1929 a algunos vecinos con familias numerosas y les convenció de la necesidad de contar con un lugar donde poder desarrollar una actividad social periódica que estrechara lazos en la comunidad y facilitara la buena vecindad y armonía y de esa convocatoria nació el club que según los mismos narradores citados, juntaba entre 5 o 6 familias vecinas varias decenas de personas que fueron el núcleo inicial del mismo: los propios Yza, que tenían 9 hijos, los Batista, que eran otros tantos, los Chaves, los Pimienta, los Piñeyro, los Sosa, también familias de muchos descendientes y otros que con el tiempo se fueron sumando, los Cardozo, Alderete, Salvarrey, Ferreira Chavez, Cuello, Lucas, Quiroga, De León y tantos otros. Fue una verdadera pena enterarnos que hace muy pocos años, los libros de actas y registros de socios del club fueron destruidos por una fatalidad climática, cuando tras volarse el techo de la vivienda donde se les conservaba celosamente resultaron arruinados por el agua y no hubo más opción que desecharlos. Pero sin dudas, de acuerdo a las decenas de testimonios recaudados, en su apogeo el club alcanzó fácilmente el centenar de familias asociadas, la gran mayoría de la zona. El profesor Ferreira Chavez, uno de los consultados, recordó que su padre fue durante algún tiempo el cobrador de las cuotas sociales, tarea que realizaba recorriendo a caballo las distintas estancias de la zona en una tarea que le insumía varias jornadas.


El club, aunque apenas se puede apreciar en las notas gráficas que acompañan esta nota, era un edificio amplio, de aproximadamente 20 metros de largo por 15 de ancho, con su frente presidido por una magnífica puerta de madera de dos hojas y que contaba con dos amplios ventanales vidriados y de exquisito enrejado a cada lado de ella. Al cruzar el umbral, recibía a los visitantes un encerado y lustrado piso de tablas de pinotea amplísimo que tenía rodeado por una galería de bancos que cumplía funciones de pista de baile; unos metros más hacia el fondo se alzaba una alta tarima en dos niveles también de madera destinada a los músicos que amenizaban las reuniones, y sobre el flanco derecho, un prolijo mostrador oficiaba de cantina adyacente a una serie de mesas y sillas que nunca eran suficientes. A cada lado, o sea, en cada esquina del fondo, bien separados, los baños para damas y varones: el de damas, precedido por una amplia habitación usada como “toilette” poblada de espejos, y el de caballeros junto a otra habitación que funcionaba como ropería. Sobria pero completamente decorado, se destacaban amplios espejos en los rincones y una prolija pintura de las paredes le otorgaba la nota de color y prolijidad que su función merecía.
La institución que mantuvo su actividad, según hemos podido establecer, por lo menos hasta el año 1960, y se regía en base a unos estatutos que fueron redactados por su propio fundador Agustín Iza que además era el propietario del terreno donde estaba enclavado, bien pegado a su casa familiar, confiaba su administración y funcionamiento a una Comisión Directiva electa entre los socios, y nuestros entrevistados aún recuerdan con mucho cariño a varios de sus presidentes, Manuel Chaves, Santos Tomás Costa Barrios y Aristóbulo Ramos, entre otros.
Múltiples eran las actividades de la institución, ya que además de las actividades inherentes a este tipo de organizaciones, como la realización de bailes en fechas clave como feriados, fiestas patrias y Carnaval, su tradicional elección de la Miss (que dicho sea de paso tuvimos oportunidad de conocer dos de ellas que aún viven en nuestra ciudad), también eran usadas sus instalaciones para casamientos, cumpleaños, bautismos y confirmaciones, relatándonos algunos testigos que periódicamente concurría el cura de Vergara en su labor pastoral.

Los más populares músicos de la época, tanto de Vergara como de Treinta y Tres, eran contratados para amenizar las actividades bailables. Los más memoriosos recuerdan incluso la presencia en una oportunidad de una orquesta que no era de la zona.
Muchísimas más son, también, las anécdotas recordadas por los entrevistados. Desde testimonios de grandes “campamentos” donde ponían a dormir a los infantes en ponchos y mantas acomodadas en el suelo de algún sulky o de las piezas adyacentes a los baños, hasta la memoria sorprendida de quienes recuerdan a los encargados de darle “bomba” a los faroles a mantilla que iluminaban la noche de Leoncho. De las “montoneras” de sulkys, carros y “cachilas” formado largas filas frente al Club hasta el “piquete” de don Agustín lleno de caballos y el alambrado adornado por decenas de recados aguardando la madrugada y el largo retorno a casa. “Particularmente recuerdo una acerca del comportamiento de una pareja ya veterana que eran de los primeros en llegar al baile”, me confiaba uno de los entrevistados, “que siempre ocupaban una mesa en un rincón desde donde podían observar la actividad, y allí pasaban la noche “relojeando” el comportamiento de los muchachos y muchachas. A eso de las 3 de la mañana, cuando el baile estaba en lo mejor, la doña se perdía por unos minutos y aparecía de mate y termo y se cascaban a matear mientras todo el mundo seguía de bailongo”.

Agustín Yza: un hombre extraordinario

Sin dudas y a pesar que el tema central de estas líneas es dar un pantallazo del insólito Club descrito, es imposible no hacer una mención especial y detallada de don Agustín Yza Pérez, hombre que a medida que se comienza a conocer, destaca innegablemente

Agustín Yza Pérez, español de nacimiento, vino a nuestro país a la edad de 14 años, aproximadamente en el año 1889, con toda seguridad en busca de oportunidades, y contando con alguna parentela en el noroeste de nuestro departamento fue que arribó a tierras olimareñas. Si bien no ha quedado constancia ni siquiera oral de sus primeros años en nuestro país, se sabe con certeza que pocos años más tarde estuvo trabajando en el paraje de la Buena Vista, en las cercanías de Vergara, y todo hace suponer que fue en esos tiempos, ya alrededor de 1900, que conoció a quien sería su esposa, doña Rosa Batista Baudean, hija del también español venido de las Islas Canarias don Andrés Batista. Con ella tuvo sus primeros hijos en los albores del siglo XX, afincándose en un campo de pocas cuadras vecino a la casa de su suegro, comenzando una vida de trabajo intensivo e innovaciones que le permitieron con el paso de los años ampliar sus propiedades y sostener una numerosa familia sin grandes apuros económicos.

Fueron junto a su esposa Rosa padres de ocho hijos. Contando con corta edad, una de sus primeras hijas, Elena, sufrió una enfermedad (quizá poliomielitis) que le produjo invalidez, y el tenaz español sin dejarse vencer por la contrariedad, adquirió varios libros de medicina que hoy llamaríamos “alternativa”: cómo curar con agua, con plantas, con miel, con barro…  los estudió a fondo y confiado en su aprendizaje intentó (aunque sin éxito) curar a su hija. Sin amilanarse tampoco por ello, comenzó poco a poco ejerciendo el arte aprendido en beneficio de vecinos y amigos, ganándose con los años buena fama con sus prácticas curativas que se fue extendiendo hasta traspasar las fronteras de la zona al punto que venían a consultarle enfermos desde lejanos parajes.
Hombre de amplia visión, y convencido de las necesidades básicas del aprendizaje, fue el constructor de la escuela Nº 46 en uno de los límites de su propiedad a pocos metros de su casa, donando además el terreno a primaria en el lugar que hasta el presente ocupa la mencionada escuela, que supo contar con más de 50 alumnos en su época más floreciente.
Pocos años antes, había construido en piedra su domicilio, en el año 1925 tal como reza el cartel sobre la puerta principal de su casa y que se puede apreciar en la foto de esta misma página, e inmediatamente después que la escuela, erigió el Club.

En el transcurso de esos años, además de productor agropecuario tradicional, fue de los primeros apicultores de la zona, propietario de una extensísima quinta de árboles frutales, principalmente cítricos, de los que también pocos rastros quedan. Cuentan los testimonios que mediando los años 50, varios viajes de camión hacía hacia Treinta y Tres don Kapek en épocas de cosecha, cargando cajones y más cajones de fruta.
Ya en épocas cercanas al fin de las actividades en el Club, Yza y su esposa festejan en él sus bodas de oro, ocasión en la que posan junto a toda su familia, hijos, cónyuges y nietos para la única foto tomada en la institución que me fue posible conseguir, y que también publicamos a continuación.

Sin dudas, la historia y la obra de este hombre excepcional, fallecido hace casi 50 en setiembre de 1967, es un ejemplo más de la vida de otras épocas, de los ilustres desconocidos y olvidados trabajadores rurales que construyeron desde su pequeño mundo la grandeza de nuestro Uruguay actual. 


(Articulo publicado originalmente en "Panorama 33" en Mayo de 2014)