miércoles, 12 de octubre de 2016

Espisodio de la independencia nacional

A más de 200 años de la Proclama del Avestruz

En tierras hoy olimareñas, Ramón Villademoros intenta resistir la invasión lusitana

               Las propiedades de Romualdo de la Vega - uno de los primeros adquirientes de las heredades de Bruno Muñoz- ocupaban casi 50 mil hectáreas del hoy departamento de Treinta y Tres, en los albores de la revolución en 1811. Concretamente, el territorio comprendido entre el río Olimar Grande, el arroyo Avestruz Grande y la Cuchilla Grande, en ese entonces el principal camino para acceder desde el sur de la Banda Oriental al recientemente fundado pueblo de Melo (1795).
La inmensidad de las sierras, campos de De La Vega

                 En Melo, precisamente, vivía desde principios de siglo don Ramón Antonio Rodríguez Villademoros Carbajal y Candamo, un asturiano que había arribado a América veinteañero para trabajar como dependiente en la tradicional casa de Ramos Generales Durán de la Quadra. Abraza la carrera de las armas sumándose a la defensa ante las dos Invasiones Inglesas, y tras contraer matrimonio en 1805 con la montevideana Josefa Palomeque, se muda a la incipiente ciudad del Cerro Largo, donde nacen sus hijos (entre ellos Carlos, abogado, escritor y político blanco, estrecho colaborador de Oribe), continuando con su actividad castrense a las órdenes del Virreinato español, en la Guardia de Melo.
                   Corre el año de 1810 y se asoman tiempos de revolución. Comienzan desde Buenos Aires los enfrentamientos armados entre patriotas y realistas, los que paulatinamente se trasladan hacia nuestro territorio. A comienzos de 1811, Montevideo se convierte en sede del Virreinato del Río de la Plata con la radicación del novel virrey Francisco Javier de Elío; y día a día aumenta cada vez más la simpatía de los criollos de la Banda Oriental a favor de la revolución, estimulada por la acción represiva de Elío.
               Días después del Grito de Ascencio del 28 de febrero de 1811, cuando todavía Villademoros formaba parte de las fuerzas realistas, cae prisionero de un grupo de insurgentes criollos, y es trasladado a un cuartel de Mercedes. Ahí conoce al General José Rondeau, de quien se convierte en ferviente admirador y seguidor, y se pasa al bando revolucionario, donde militaba además el caudillo oriental José Artigas.
                Participa activamente de la Batalla de Paso del Rey, y en la Toma de San José del 25 de abril ya era subteniente de caballería a las órdenes del capitán Manuel Artigas. Por aquel entonces ya era solamente Ramón Villademoros. Había perdido la extensión de los apellidos. Pese a no tomar parte directamente de la Batalla de Las Piedras, el 21 de mayo está junto a Rondeau cuando se instala el Primer Sitio a Montevideo.
Otra imagen de las sierras

                   Al verse sitiado, el Virrey Elío acepta la ayuda ofrecida por el Rey de Portugal, que envía un ejército de 4 mil soldados al mando del general Diogo de Souza.  Apenas ingresado a nuestro territorio el jefe del ejército lusitano publicó un manifiesto a los habitantes de la Banda Oriental, sobre las puras y leales intenciones de su Majestad Real que era pacificar las tierras de Su Majestad Católica y no conquistarlas. “No es con intención de conquistar vuestro país, que me determino a entrar en él, el objetivo de mis operaciones tendrá solamente en vista apaciguar las querellas de una revolución que desgraciadamente os inquieta y os obliga a derramar sangre de vuestros propios compatriotas”.
             Al mando de una partida de una decena de soldados y cumpliendo órdenes de Rondeau, Villademoros vuelve a su Melo familiar, a prestar ayuda en la defensa de la ciudad, pero cuando llega se encuentra con que el comandante de Cerro Largo, Joaquín de Paz, había rendido la villa al enemigo “para evitar su destrucción”.
              Los patriotas no creen en esas “puras” intenciones expresadas por De Souza, y Villademoros, actuando en la campaña próxima a Melo, se aboca a reunir fuerzas consiguiendo adeptos para la causa patriota, estando en constante contacto epistolar con su jefe admirado Rondeau, quien en una carta escrita en el Cuartel de Arroyo Seco, le confirma que las marchas y operaciones observados a los invasores “son de enemigos” y le insta a  observar e informar de los movimientos del ejército portugués, recoger ganado y caballadas que pudieran servir, y continuar reclutando paisanos para enfrentar al invasor, “les procurará Ud. hacer los daños q.e pueda, dirigiéndose con la prudencia y pulso q.e exigen las circunstancias. Dios guíe á Ud. M.s años. José Rondeau”.
               Villademoros obedece al pie de la letra, hostigando con guerrillas a simpatizantes realistas y a fuerzas lusitanas.

            Y es en las vastas tierras de Romualdo de la Vega, patriota de las primeras horas, donde Ramón Villademoros instala su campamento y se aboca rápidamente a cumplir las órdenes recibidas.
El grueso del ejército portugués que había tomado Melo y acampado en sus inmediaciones, parte a fines de agosto hacia Santa Teresa, quedando en la villa una fuerza portuguesa al mando de Manuel Alvares Guimaraens. Enterado en los primeros días de setiembre que en Melo había quedado tan solo esa pequeña fuerza defendiendo la plaza, y contando ya con una tropa cercana al centenar de hombres aunque con muy poco armamento, planea un ataque para recuperar la ciudad. Rondeau reconociéndole ya el grado de Capitán le anuncia el envío de refuerzos para facilitar la reconquista. Villademoros entonces elabora y dirige una memorable proclama, que transcribimos a continuación:

Campamento en el Avestruz, setiembre 15 1811.

Valientes Americanos. Después de tantas fatigas, para recobrar vuestra libertad ¿podréis mirar con indiferencia, que una nación extranjera, venga a poner sobre vuestros cuellos un yugo de bronce? ¿Permitiréis que los portugueses, bajo el fingido pretexto de pacificar entren soberbiamente en vuestros campos, insulten vuestras personas, logren el fruto de vuestros sudores, violen vuestras mujeres y vuestras hijas, dejándoos a un tiempo sin honor, sin libertad y sin bienes? NO. Tenéis un corazón esforzado y al oír estas palabras, me parece ver impreso en vuestros semblantes el furor, la rabia y el espíritu de la más cruel venganza, pues ¿Qué hacemos? Los portugueses que atropellando injustamente vuestros derechos, han entrado en este país, nada más han hecho que violencias, robos, insultos, con el orgullo más insufrible.
  Si cuando dicen que vienen solo a pacificar nos hacen sufrir tanto oprobio; ¿cuál será nuestra suerte, al ser tardos en manifestarles nuestros esfuerzos, si consiguen dominarnos? Mi corazón tiembla con tan triste recuerdo:
Unámonos pues, hagamos ver que somos libres y valientes; caigan hechos pedazos a nuestros pies y vayan tan escarmentados que ni aun acierten la senda que guía a su país, sufran las cadenas que nos labran y confiesen envueltos en miserias y despedazados de un arrepentimiento inútil, que nada es capaz de resistir al hombre cuando defiende sus derechos y la Libertad de su Patria.
  Son muy débiles sus armas: el desprecio con que nos tratan y el concepto que habían formado de que somos cobardes, aseguran mejor nuestra victoria: estoy bien cierto, de que hasta en sueños están ocupados con mil peligros, que ven en una retirada, que aunque es vergonzosa, es el único medio triste de salvar sus miserables vidas. Ya comienzan a temernos y han probado mucho en todas partes los efectos de su locura y de nuestro valor.
 Tiemblen pues, tiemblen al oír el nombre que nos distingue, si prosiguen insultando a unos hombres que han decretado morir con honor a vivir libres.
Ramón Villademoros. 


             El 22 de setiembre, Villademoros recibe la orden esperada: atacar Melo. Un oficio de Rondeau de esa fecha, exhorta a … “emprender esta acción”, extendiéndose en augurios y consideraciones, agregando que “he visto la preciosa Proclama de VM. digna de elevarla al conocimiento de la Exma. Junta”, y señalando por último que asegure al “Vecino D.- Romualdo de Vega a más de su patria se le done desembolsos y se tendra müi precénte el servisio que hace como un particular merito qué contrae”.
              Al mismo tiempo, el enemigo no permanecía estático. Una de las cartas de Rondeau había sido interceptada por los portugueses, y estaban en conocimiento de las intenciones de los criollos encabezados por Villademoros.
Recuerdo a Villademoros y su proclama, en la Escuela 69
           Con el propósito de evitar que se le unieran los 250 hombres de refuerzo comandados por Manuel Francisco Artigas, hermano del prócer, que había enviado Rondeau, aúnan esfuerzos tres partidas portuguesas, una de 73 hombres al mando de Manuel Joaquim de Carvalho, 30 comandados por Bento Lopes, y una tercera de 60 efectivos encabezados por Antonio Pinto de Fontoura, que el 29 de setiembre atacan inesperadamente el campamento revolucionario “en el rincón de la Avestruz, estancia de Romualdo Vega”, según el parte oficial portugués, diezmando las tropas de Villademoros (murieron 37 de los 110 hombres que la componían y le toman muchos prisioneros), escapando perseguido y herido el capitán con una pequeña escolta. Notifica luego a sus superiores su derrota desde “Puntas del Yerbal”. Días después, es capturado y enviado prisionero a Río Grande, donde permaneció en la cárcel hasta ser liberado tras el armisticio de octubre, que dio lugar además al levantamiento del Primer Sitio de Montevideo y al inicio del Éxodo liderado por Artigas.

               Una vez en libertad, vuelve a ponerse a las órdenes del ejército comandado por Rondeau: participa en el Segundo Sitio a Montevideo en octubre de 1812; y más tarde, en setiembre del 13, cruza el río de la Plata para asumir como Teniente de Cazadores en Santa Fe. Acompañó al Ejército del Norte de Belgrano, y cuando Rondeau asume el comando del Alto Perú, Villademoros ahí está. Se encuentra en la vanguardia y es capturado por los españoles en la localidad boliviana de Oruro, y fusilado el 20 de octubre de 1815, por ser español combatiente contra el imperio.
Desfile en conmemoracion de los sucesos, en la Escuela de Avestruz Chico
Foto de los años 70, gentileza de la maestra Adriana Caraballo

             Su retrato, según fuentes de internet no comprobadas, cuelga a la derecha del de Simón Bolívar en el Museo Bolivariano de Lima y sendas calles en Melo y Montevideo le recuerdan por su valiente actuación en defensa de la independencia americana. La escuela N° 69, de Avestruz Chico, también lleva su nombre.

martes, 4 de octubre de 2016

115 años de historia e historias

Sociedad Fomento de Treinta y Tres, más que una agremiación rural centenaria



La Sociedad Fomento de Treinta y Tres, que está celebrando su centenario el presente año, ha conquistado en su tiempo de vida un singular espacio en la colectividad olimareña, siendo desde su creación un punto de referencia y un espacio de desarrollo, de emprendimientos, en impulso de toda la comunidad.

Cuando nuestra ciudad contaba con apenas escasos cincuenta años de fundada, y el departamento había sido creado pocos años antes, a fines del siglo XIX, y a pesar que no existen datos concretos de la cantidad de ganaderos y productores agropecuarios en la zona, había ciertamente un nutrido grupo de grandes estancieros quienes siguiendo con las líneas generales de la época, estaban afines a mejorar su producción por medio del mejoramiento de razas.
En ese marco, apenas culminada la revolución del 97, el doctor Juan Antonio Escudero, destacado hijo de estos pagos que mucho hizo por el futuro de Treinta y Tres , promueve en la creación de un grupo de personas interesadas en participar y concurrir a la Exposición de Rocha a adquirir reproductores, en lo que constituye el primer indicio de un movimiento gremial pecuario en nuestro medio.
Según Obaldía Goyeneche, en esa fecha se reúnen en un comercio de la calle Juan Antonio Lavalleja Nº 97, a instancias de Escudero, los señores Bernardo G. Berro, Luciano Macedo, Ricardo J. Areco, Alfredo Aguiar, Isidoro J. Amorín, Braulio Tanco, el coronel Agustín Urtubey, Bautista y Fermín Hontou, Luis Hierro, Andrés Ferreirós, Aureliano Berro, Federico Escudero, Arturo Crovetto, Pedro Aguiar, José R, Gómez, Regino Ipar, Indalecio Rodríguez Rocha, Angel Cal y Domínguez y Pedro Buenafama, acordando constituirse en comisión con tres propósitos bien definidos: participar en la Feria Ganadera de Rocha a celebrarse en marzo de 1900; promover la fundación de un centro social en Treinta y Tres “con fines de instrucción y de propaganda rural, buscando el concurso del vecindario y de la juventud sin exclusiones ni distinción de creencias políticas o religiosas”, y finalmente promover la celebración de un Concurso Feria Ganadera en nuestro medio “en fecha más o menos breve”.
Más tarde, se suman entre otros Fructuoso Del Puerto, Tomás Jefferies, Ramón Lago, José F. Lucas, Julio María Sanz, Carlos Hontou, el coronel Basilicio Saravia, Urbano Mederos, y a medida que los trabajos avanzan, se agregan el doctor Francisco N. Oliveres, Plácido Rosas, Cándido Gordillo, el juez letrado Alejandro Furriol y otros.

Se concretan los tres propósitos: se concurre a Rocha, se funda el Club Progreso y ya a comienzos de 1902, la misma comisión entonces presidida por Bernardo Berro, concreta la realización de la Primera Exposición Ganadera de Treinta y Tres, que se lleva a cabo a principios de 1903 en los terrenos de la “Plaza de Carretas”, predio que actualmente ocupan la Plaza Colón, el Parque Colón y las instalaciones de OSE y del MTOP, con singular éxito, y que merece es si misma ser objeto de otra nota más extensa.
Vienen luego nuevos tiempos de revolución, en 1903 y 1904, y un par de años después de finalizados los enfrentamientos, en 1906, a instancias del nuevo Jefe Político Coronel Basilicio Saravia, algunos vecinos conforman una sociedad llamada Fomento, para celebrar una segunda Exposición en el mismo local donde se llevó a cabo la primera, aprovechando la buena experiencia previa y las obras que permanecían intactas desde la primera. Esta segunda comisión presidida por el Dr. Francisco N. Oliveres, aunque mucho más formal que la primera y con mayor contacto con otras gremiales del país, tuvo una duración bastante corta, ya que tampoco prosperó de la manera esperada, concluyendo con su disolución en el año 1915. No obstante ello, sin dudas, también fue parte importante e influente en el Treinta y Tres aldeano de principios de siglo. Valga para muestra señalar que en ocasión de la llegada del tren a la ciudad cuando la inauguración de la estación, en 1911, fue esa sociedad la que organizó a su costo el banquete popular y el “arco de flores” que recibió a los visitantes.
Por la misma época, también en 1915, a instancias del nuevo Jefe Político, Marcos Bodeán, se constituye una nueva comisión, mucho más formal, adoptando un sistema de sociedad por acciones, en cuya primer asamblea presidida por el Dr. Braulio Tanco, se aprueban los estatutos que regirán la misma, y se realiza la elección de la primer Comisión Directiva, integrada por los doctores Carlos María Uriarte, Oscar Ferrando y Olaondo, Carlos A Larrosa, Marcos Bodeán, Ricardo Barba, Alejo Gorosito, Manuel Buenafama, Salvador Ferrer y Carlos Hontou Aguiar, y que es entonces la sociedad que actualmente celebra su centenario.
Proyecto original del año 20

En pocos años, una nueva directiva presidida por Tanco adquiere el primer campo de la sociedad, 73 hectáreas en las que se realizan las primeras instalaciones necesarias para realizar ferias, que empiezan a celebrarse a partir de 1920 y que alcanzaron sumas de verdadera importancia. En ese mismo año se adquieren otras 118 hectáreas para ampliar el local.  La bancarrota de 1922 arruinó también a esta sociedad: las ferias no producían y no había recursos para atender las deudas, pero la voluntad y tesón de directivos y socios muchas veces utilizando recursos propios personales, hicieron frente a la situación hasta concretarse, en 1930, el arrendamiento de local de feria, con propósitos comerciales, a la forma Izmendi, González y Aramendi. Uno de sus principales, el martillero Isidro V. Izmendi, y sus descendientes, mantuvieron esta relación de arrendamiento hasta entrados los años 90, por más de 60 años, en los cuales se consolidó el local con obras y trabajo que le convirtieron sin dudas en uno de los mejores del país.

La Sociedad Fomento de Treinta y Tres, a lo largo de su historia, ha celebrado ferias y exposiciones ganaderas, que han sido parte fundamental en su misión de propender al desarrollo de la ganadería, pero además ha sido pionera en expandir esos eventos a muchísimas ramas menores de la actividad rural, como concursos avícolas, de razas suinas, de lana, de esquila, de vellones, de arboles, de jardines, de actividades agrícolas, de lechería, en fin, concursos que en su momento nuclearon a quienes se dedicaban con preferencia a esos rubros y que luego fueron derivando cada uno en sus propias agremiaciones de productores.
Pero no solamente en el ámbito rural se destacó la Fomento: en el ámbito educativo, por ejemplo, ha sido benefactor de muchas escuelas rurales (desde la donación de las 5 hàs de la escuela 28 de Villa Sara hasta otorgamientos de fuertes sumas para obras a otras de la séptima), del liceo departamental, con importantísimas donaciones en metálico, o de la Escuela Industrial, que la institución luchó tanto por conseguir para el medio. La fomento, incluso, desde mediados del siglo pasado y por lo menos hasta la última década, otorgaba distintas becas de estudio técnico y universitario a estudiantes destacados de secundaria en las ramas asociadas con el campo.
A nivel social, mucho debe también nuestra ciudad y departamento a la Fomento y sus directivos de las primeras épocas: desde múltiples obras de caminería departamental y nacional (las rutas 8 en los años 30, su continuación a Melo, la ruta a Passano, la ruta 18, la construcción de puentes y alcantarillas, la fuerte defensa de la construcción de la vía a Río Branco, etc. Son acciones que han contribuido eficazmente, con iniciativa y actuaciones y muchas veces hasta con importantes sumas, al progreso departamental en sus más amplios intereses.

Sin lugar a dudas, fue una institución netamente localista, comprometida con los intereses sobre todo del departamento, pendiente de sus problemas y atentos a discutir y propender soluciones o paliativos. Podríamos destacar decenas de ocasiones, como aquella en 1923 cuando se declara una epidemia de Carbunco y la Fomento a su costo manda vacunar todos los bovinos de las áreas urbanas y “de los pobres que no puedan pagarlo”, o en los años 40 cuando se arrecia en la lucha contra la sarna ovina y la garrapata vacuna, que la institución contrata dos funcionarios y los pone a la orden de la Policía Sanitaria del departamento “durante el tiempo que sea necesario”, como consta en actas.
Ha sido también, en su doble función de sede de remates feria y locación para los deportes hípicos que se llevan a cabo en su pista desde los años 20, el motor impulsor y de crecimiento del entonces Pueblo Lavalleja, hoy Villa Sara. En ella misma, han trabajado y prosperado directa o indirectamente la mayoría de las familias de la zona.
Ha sido sin dudas intérprete gremial de un nutrido núcleo de productores y ha procurado además favorecer la educación y mejoramiento de la campaña y sus pobladores, con innumerables acciones educativas, culturales, recreativas y comerciales a lo largo de su fecunda existencia, y al decir de su actual presidente durante la inauguración de la última exposición celebrada días pasados, comprometida a continuar en la senda de ser en todo tiempo, parte importante del presente y el futuro de Treinta y Tres.

Escarbando la memoria..

Una feria en el recuerdo




Las ferias ganaderas han sido fundamentalmente a partir de fines del siglo XIX, una actividad común a prácticamente todos los pueblos del interior del país, y el Treinta y Tres de entonces también se realizaban periódicamente.

En sus comienzos, los remates eran realizados en campo abierto. Se convocaba a los vendedores para una fecha y un lugar específicos por parte de los organizadores, y llegada la fecha se recorrían los lotes rematador y compradores montados a caballo o en carro, y se iban vendiendo los animales ofertados.

A principios del siglo XX, la mejora en las comunicaciones que significó la llegada del tren y de los primeros automóviles que obligaron a la mejora de las carreteras y la construcción de puentes, entre otros motivos, provocó que cada vez más se buscara realizar las ferias en lugares donde compradores venidos de pagos lejanos tuvieran más facilidad de llegada, por lo cual los lugares donde se efectuaban las ventas se fueron concentrando en ciudades y lugares poblados. Eso hizo, además, que se debieran acondicionar espacios con comodidades para tal fin, lo que dio lugar al nacimiento de los “locales feria”, que prácticamente no han cambiado sus características básicas hasta nuestros días: un “pista” donde se muestran y ofrecen los ganados a la venta, “mangas” de encierre para encerrarlos una vez vendidos, “calles” de entrada y salida de la pista, un palco para observar el transcurrir del evento con comodidad, y la tribuna del rematador.

En nuestra ciudad, sin temor a equivocarme, el más viejo y conocido de ellos es el de la Sociedad Fomento de Treinta y Tres, situado en Villa Sara.
Por los años setenta, desde algunos días antes de cada feria, comenzaban a llegar al “Fomento” las primeras tropas de ganado que se remitían para la venta.
Yo conocí esta actividad y viví ese entorno desde mis primeros años: mi padre llevaba más de 20 años trabajando en el escritorio Izmendi, y en épocas de vacaciones, no lo dejaba en paz hasta que accedía a llevarme a la que quedaba más cerca, la feria mensual que hacían en la Sociedad Fomento de Treinta y Tres, en Villa Sara. Era una fiesta para mí: el “Canela” Medina, que era el cantinero principal y siempre me recibía con un “crush” aquella de la botella ámbar que en mi inocencia pensaba que era un regalo que me hacía, y después me corría hasta el “puesto” de dona “Flora” primero y al de “Don Sabino” después, donde nunca faltaban pasteles y tortas fritas recién hechas.
Eran épocas de una feria que duraba varios días, en las que se reunían miles de cabezas de lanares y vacunos y caballos, que se vendían en jornadas larguísimas que comenzaban a la mañana y solo se suspendían cuando ya la luz no era suficiente para ver correctamente.

Pero, como mencioné antes, la actividad no se limitaba a los días específicos del remate y venta de las haciendas, sino que el singular movimiento comenzaba algunos días antes, con el arribo de las primeras tropas, generalmente de grandes lotes de lanares, que caminan mas lento y con más dificultad, provenientes de campos de todos los pagos del departamento. Más tarde, pero aún en días previos, comenzaban a llegar las tropas mixtas, luego las de vacunos.

Muchas de las tropas, eran conducidas por los propios patrones y sus empleados, o sea los productores dueños de las haciendas, aunque las más venían a cargo de “troperos”, profesionales del transporte de ganado por tierra, sabios ejecutantes de una profesión que el tiempo y la modernización se encargaron de desaparecer. Como en todas las profesiones, existían tipos distintos de troperos. Estaba el “capataz” de tropa, persona de amplio conocimiento de caminos, pasos y pastoreos, con amplia capacidad en manejo del personal y hombre de honestidad a carta cabal, ya que era depositario y responsable no solo del ganado a su cargo, sino de los dineros y gastos que implicaban la tropeada. Luego estaban los “peones” y entre ellos distintos “especialistas”: punteros, laderos, el encargado del campamento, etc.
Y cuando las tropas empezaban a caer a la Fomento, los “patrones” y capataces de tropa, luego de dejar sus respectivos animales “bien acomodados”, asegurándose que contaran con agua y pasto suficiente dentro de las condiciones de la época del año, dejaban algunos peones “haciendo ronda” (cuidando que los animales no se dispersaran y se entreveraran con los de otros dueños) a la espera de las órdenes del capataz de feria, máxima autoridad incontestada de los movimientos de los ganados dentro del local.
Acomodada la tropa los troperos “pueblereaban”, ataviados con sus mejores pilchas y pingos, hasta el día del remate, ya fuera a visitar amigos y parientes, realizar trámites o simplemente a pasear o de compras, que daban vida y movimiento a restaurantes, pensiones y hospedajes.
Llegado el día de la feria, tempranito de la mañana el lugar era un hervidero de actividad, con decenas de gauchos rondando los animales vacunos haciendo “fila” para entrarlos a la pista a venderse, en una larga secuencia de tropas y jinetes que se perdían en la distancia mirándolos desde lo alto de la tribuna.

Los lanares, encerrados en los bretes o corrales situados al correr de la línea de la vía férrea, tenían que ser también muy bien vigilados por sus propietarios o encargados, ya algunas veces al día, cuando pasaba algún tren de los entonces habituales, el ruido asustaba muchísimo a los animales y se producían escapes y entreveros.
Normalmente, en épocas de zafra, las ferias duraban dos y tres días, con miles de animales a la venta. El primer día, las ventas en sí comenzaban luego del mediodía con los grandes lotes de ganados seleccionados, dando tiempo de llegar cómodamente a los compradores venidos de lejos; ya en esa época habían empezado a venir fuertes “invernadores” que llegaban en sus avionetas y aterrizaban en el propio predio del local, aunque la mayoría venían en auto. Los días siguientes, se comercializaban el resto de los animales.

En mi lo que despertaba más curiosidad, era indudablemente la personalidad y forma de vida de los gauchos. Ese peculiar estilo, esa forma de ser del hombre de campo y sus costumbres. Cuando caía la nochecita, tras terminar las tareas, decenas de ellos se juntaban en torno a fogones  repletos de calderas de lata y presas de carne puestas a asar, y tras aprontar el consabido mate, se producían jugosas charlas que yo escuchaba absorto. Las experiencias de los troperos en el camino, las anécdotas de “bandideadas” en tal o cual pago, las muchas veces subidas de tono discusiones sobre su pingo o su perro, los datos de un buen “guasquero” o un mejor domador, todos temas cotidianos que se misturaban con alguna “mentirilla” que todos sabían que lo era pero la dejaban pasar con una sonrisa o la respondían con otra un poquito más grande. Ahí salían a relucir los distintos caracteres; estaban los bromistas, los taciturnos, los pensativos, los orgullosos, los más pudientes y los más menesterosos confraternizando en un ambiente donde lo principal y tangible era el respeto. En años de compartir muchas de estas tertulias, obviamente que si vi algún enojado, pero nunca presencié ningún lío, a pesar que todos portaban un facón y cuanto más grande, mejor.

Luego de finalizada la feria, se producía la partida de las tropas que se repartían para todo el país, pero principalmente hacia el sur, y además el regreso a casa de estancieros y peones, cabalgando hacia sus hogares, llevando en sus maletas y en caballos de carga el surtido que debía durar hasta la próxima feria, y portadores de nuevas historias para contar en su pago y a sus familias, trasmitiendo las novedades conocidas en el importante acontecimiento.

martes, 17 de mayo de 2016

El Leoncho, del "doctor" Agustín Yza

Oasis de actividad social en el Treinta y Tres rural del siglo XX

El Club de Leoncho

Pese a que quedan poco más que paredes de un metro de alto delimitando el recuadro donde otrora se erigió el Club Armonía de Leoncho, en la novena sección de nuestro departamento, su breve pero fecunda existencia ha dejado una huella indeleble en todos y cada uno de quienes de una manera u otra fueron partícipes de esa experiencia, casi con toda seguridad única en los parajes rurales olimareños, y me animaría a decir quizá de todo el país.
Apenas algunas ruinas del otrora fastuoso club...

En efecto, en el alto de la Cuchilla de Olmos, en plena zona de Leoncho, a una distancia de unas 5 leguas de Vergara y aproximadamente 4 de la ruta 8 a la altura de los Cerros de Amaro, funcionó durante unos cuarenta años de forma ininterrumpida un club social rural, que fue testigo de la mayor parte de los acontecimientos sociales de ese paraje por entonces numerosamente poblado, que extendió sus influencias a zonas adyacentes un poco más lejanas.
El Club Social Armonía de Leoncho, también conocido popularmente como el “Club de Leoncho” o el “Club de Yza”, fue fundado precisamente a instancias de un destacado poblador de la zona, don Agustín Yza Pérez, y construido por él mismo personalmente con la ayuda de algunos de sus hijos y unos pocos vecinos. El propio Yza, según narraron distintas fuentes consultadas, nucleó alrededor del año 1929 a algunos vecinos con familias numerosas y les convenció de la necesidad de contar con un lugar donde poder desarrollar una actividad social periódica que estrechara lazos en la comunidad y facilitara la buena vecindad y armonía y de esa convocatoria nació el club que según los mismos narradores citados, juntaba entre 5 o 6 familias vecinas varias decenas de personas que fueron el núcleo inicial del mismo: los propios Yza, que tenían 9 hijos, los Batista, que eran otros tantos, los Chaves, los Pimienta, los Piñeyro, los Sosa, también familias de muchos descendientes y otros que con el tiempo se fueron sumando, los Cardozo, Alderete, Salvarrey, Ferreira Chavez, Cuello, Lucas, Quiroga, De León y tantos otros. Fue una verdadera pena enterarnos que hace muy pocos años, los libros de actas y registros de socios del club fueron destruidos por una fatalidad climática, cuando tras volarse el techo de la vivienda donde se les conservaba celosamente resultaron arruinados por el agua y no hubo más opción que desecharlos. Pero sin dudas, de acuerdo a las decenas de testimonios recaudados, en su apogeo el club alcanzó fácilmente el centenar de familias asociadas, la gran mayoría de la zona. El profesor Ferreira Chavez, uno de los consultados, recordó que su padre fue durante algún tiempo el cobrador de las cuotas sociales, tarea que realizaba recorriendo a caballo las distintas estancias de la zona en una tarea que le insumía varias jornadas.


El club, aunque apenas se puede apreciar en las notas gráficas que acompañan esta nota, era un edificio amplio, de aproximadamente 20 metros de largo por 15 de ancho, con su frente presidido por una magnífica puerta de madera de dos hojas y que contaba con dos amplios ventanales vidriados y de exquisito enrejado a cada lado de ella. Al cruzar el umbral, recibía a los visitantes un encerado y lustrado piso de tablas de pinotea amplísimo que tenía rodeado por una galería de bancos que cumplía funciones de pista de baile; unos metros más hacia el fondo se alzaba una alta tarima en dos niveles también de madera destinada a los músicos que amenizaban las reuniones, y sobre el flanco derecho, un prolijo mostrador oficiaba de cantina adyacente a una serie de mesas y sillas que nunca eran suficientes. A cada lado, o sea, en cada esquina del fondo, bien separados, los baños para damas y varones: el de damas, precedido por una amplia habitación usada como “toilette” poblada de espejos, y el de caballeros junto a otra habitación que funcionaba como ropería. Sobria pero completamente decorado, se destacaban amplios espejos en los rincones y una prolija pintura de las paredes le otorgaba la nota de color y prolijidad que su función merecía.
La institución que mantuvo su actividad, según hemos podido establecer, por lo menos hasta el año 1960, y se regía en base a unos estatutos que fueron redactados por su propio fundador Agustín Iza que además era el propietario del terreno donde estaba enclavado, bien pegado a su casa familiar, confiaba su administración y funcionamiento a una Comisión Directiva electa entre los socios, y nuestros entrevistados aún recuerdan con mucho cariño a varios de sus presidentes, Manuel Chaves, Santos Tomás Costa Barrios y Aristóbulo Ramos, entre otros.
Múltiples eran las actividades de la institución, ya que además de las actividades inherentes a este tipo de organizaciones, como la realización de bailes en fechas clave como feriados, fiestas patrias y Carnaval, su tradicional elección de la Miss (que dicho sea de paso tuvimos oportunidad de conocer dos de ellas que aún viven en nuestra ciudad), también eran usadas sus instalaciones para casamientos, cumpleaños, bautismos y confirmaciones, relatándonos algunos testigos que periódicamente concurría el cura de Vergara en su labor pastoral.

Los más populares músicos de la época, tanto de Vergara como de Treinta y Tres, eran contratados para amenizar las actividades bailables. Los más memoriosos recuerdan incluso la presencia en una oportunidad de una orquesta que no era de la zona.
Muchísimas más son, también, las anécdotas recordadas por los entrevistados. Desde testimonios de grandes “campamentos” donde ponían a dormir a los infantes en ponchos y mantas acomodadas en el suelo de algún sulky o de las piezas adyacentes a los baños, hasta la memoria sorprendida de quienes recuerdan a los encargados de darle “bomba” a los faroles a mantilla que iluminaban la noche de Leoncho. De las “montoneras” de sulkys, carros y “cachilas” formado largas filas frente al Club hasta el “piquete” de don Agustín lleno de caballos y el alambrado adornado por decenas de recados aguardando la madrugada y el largo retorno a casa. “Particularmente recuerdo una acerca del comportamiento de una pareja ya veterana que eran de los primeros en llegar al baile”, me confiaba uno de los entrevistados, “que siempre ocupaban una mesa en un rincón desde donde podían observar la actividad, y allí pasaban la noche “relojeando” el comportamiento de los muchachos y muchachas. A eso de las 3 de la mañana, cuando el baile estaba en lo mejor, la doña se perdía por unos minutos y aparecía de mate y termo y se cascaban a matear mientras todo el mundo seguía de bailongo”.

Agustín Yza: un hombre extraordinario

Sin dudas y a pesar que el tema central de estas líneas es dar un pantallazo del insólito Club descrito, es imposible no hacer una mención especial y detallada de don Agustín Yza Pérez, hombre que a medida que se comienza a conocer, destaca innegablemente

Agustín Yza Pérez, español de nacimiento, vino a nuestro país a la edad de 14 años, aproximadamente en el año 1889, con toda seguridad en busca de oportunidades, y contando con alguna parentela en el noroeste de nuestro departamento fue que arribó a tierras olimareñas. Si bien no ha quedado constancia ni siquiera oral de sus primeros años en nuestro país, se sabe con certeza que pocos años más tarde estuvo trabajando en el paraje de la Buena Vista, en las cercanías de Vergara, y todo hace suponer que fue en esos tiempos, ya alrededor de 1900, que conoció a quien sería su esposa, doña Rosa Batista Baudean, hija del también español venido de las Islas Canarias don Andrés Batista. Con ella tuvo sus primeros hijos en los albores del siglo XX, afincándose en un campo de pocas cuadras vecino a la casa de su suegro, comenzando una vida de trabajo intensivo e innovaciones que le permitieron con el paso de los años ampliar sus propiedades y sostener una numerosa familia sin grandes apuros económicos.

Fueron junto a su esposa Rosa padres de ocho hijos. Contando con corta edad, una de sus primeras hijas, Elena, sufrió una enfermedad (quizá poliomielitis) que le produjo invalidez, y el tenaz español sin dejarse vencer por la contrariedad, adquirió varios libros de medicina que hoy llamaríamos “alternativa”: cómo curar con agua, con plantas, con miel, con barro…  los estudió a fondo y confiado en su aprendizaje intentó (aunque sin éxito) curar a su hija. Sin amilanarse tampoco por ello, comenzó poco a poco ejerciendo el arte aprendido en beneficio de vecinos y amigos, ganándose con los años buena fama con sus prácticas curativas que se fue extendiendo hasta traspasar las fronteras de la zona al punto que venían a consultarle enfermos desde lejanos parajes.
Hombre de amplia visión, y convencido de las necesidades básicas del aprendizaje, fue el constructor de la escuela Nº 46 en uno de los límites de su propiedad a pocos metros de su casa, donando además el terreno a primaria en el lugar que hasta el presente ocupa la mencionada escuela, que supo contar con más de 50 alumnos en su época más floreciente.
Pocos años antes, había construido en piedra su domicilio, en el año 1925 tal como reza el cartel sobre la puerta principal de su casa y que se puede apreciar en la foto de esta misma página, e inmediatamente después que la escuela, erigió el Club.

En el transcurso de esos años, además de productor agropecuario tradicional, fue de los primeros apicultores de la zona, propietario de una extensísima quinta de árboles frutales, principalmente cítricos, de los que también pocos rastros quedan. Cuentan los testimonios que mediando los años 50, varios viajes de camión hacía hacia Treinta y Tres don Kapek en épocas de cosecha, cargando cajones y más cajones de fruta.
Ya en épocas cercanas al fin de las actividades en el Club, Yza y su esposa festejan en él sus bodas de oro, ocasión en la que posan junto a toda su familia, hijos, cónyuges y nietos para la única foto tomada en la institución que me fue posible conseguir, y que también publicamos a continuación.

Sin dudas, la historia y la obra de este hombre excepcional, fallecido hace casi 50 en setiembre de 1967, es un ejemplo más de la vida de otras épocas, de los ilustres desconocidos y olvidados trabajadores rurales que construyeron desde su pequeño mundo la grandeza de nuestro Uruguay actual. 


(Articulo publicado originalmente en "Panorama 33" en Mayo de 2014)

lunes, 9 de mayo de 2016

Las leyendas de Dionisio

Dionisio Díaz: la leyenda del Héroe del Arroyo El Oro cumplió 87 años



     Cuenta la leyenda que nunca lloró.
      Según la mayoría de los testigos que le vieron, las lágrimas no existieron para Dionisio ni aquella mañana del 10 de mayo cuando llegó al pequeño poblado “El Oro”, herido y cargando penosamente a su hermanita de casi 15 meses, ni cuando el doctor en horas de la tarde “agrandó” su herida para practicarle los primeros auxilios, y ni siquiera aún cuando, delirante ya en su postrer viaje rumbo a Treinta y Tres al otro día, falleció reclamando que cuidaran a “la hijita”.

     Hasta los hombres más valientes lloran en alguna oportunidad: cuando se quebranta su voluntad, cuando el dolor físico es intenso, cuando se le arrebatan los afectos, cuando se pierden las esperanzas o simplemente cuando se llega al límite de la resistencia física. Como dice el adagio popular, “el hombre cansado, o pelea o llora”. Pero Dionisio Díaz no era un hombre. Era apenas un niño de 9 años, un niño rural, “gaucho”, si se quiere, criado en la rusticidad de la campaña, del “interior profundo”. Un niño que según relata la leyenda, vio destrozada su voluntad, vio sus afectos y su mundo destruidos y tuvo sin dudas su resistencia física al límite, tras caminar más de una legua, gravemente lastimado, portando en brazos todo lo que le quedaba, su preciada hermanita, para regalarle el futuro. Su esperanza estaba intacta.
      Y seguramente fue esa esperanza que alimentó su voluntad, secó sus lágrimas, le otorgó las fuerzas necesarias para vencer el cansancio e hizo superar la tragedia y las perdidas, para concretar lo que hoy conocemos como la “hazaña del Oro o de Dionisio”, y que a continuación relatamos no solo como manera de mantener viva la memoria del hecho, sino también a modo de homenaje a la memoria, el heroísmo y valentía del protagonista del más claro ejemplo de amor fraterno en los anales históricos de nuestro país.

LEYENDA DEL NIÑO HÉROE



         Juan Díaz era un carrero venido a menos, que nació en Montevideo en 1855, se crió en Florida, y terminó mudándose en 1902 con su familia a un campito de 80 cuadras cercano al pueblo El Oro, que había adquirido, en compañía de su esposa María Rosa, cuatro hijos de ésta de un matrimonio anterior, ya adultos, y dos nietos de ella muy chicos: Eduardo Fasciolo y María Luisa, a quien Díaz había reconocido como su propia hija brindándole su apellido.
         Cuando Díaz enviudó, ya los cuatro hijos de su esposa habían abandonado el rancherío: los dos mayores heredaron el trabajo de carrero, el menor de los varones, Marcelo, arrendó un campito cercano y trabajaba por su cuenta y Felicia, la madre de Eduardo y María Luisa, se había casado con Quintín Núñez y formado su propio hogar.
         Durante mucho tiempo, reinó la paz en el rancherío de los Díaz.
         Siendo apenas una jovencita, María Luisa queda sorpresivamente embarazada, y el 8 de mayo de 1920 da a luz a su primogénito Dionisio, a quien su propio abuelo presenta en Vergara días después con indisimulable alegría, al decir posterior de los testigos del momento.
          No se sabe con certeza quién fue el padre de Dionisio. El libro de los maestros Pinho y Rivero, habla con claridad de Quintín Núñez, el marido de la madre de María Luisa; Serafín J García, quien conoció a los protagonistas, se refiere a un contrabandista "de bien ganada fama de valiente"; y Pedro de Santillana, el primer investigador periodístico de los hechos no se atreve a señalar a nadie.
         Pasan los años, la vida rural prosigue con su monotonía y continuidad, y mientras tanto Dionisio crece alegrando el rancherío. Tiempo después, María Luisa inicia amores con un vecino de la zona, Luis Ramos, de quien queda embarazada y tiene a su hija Marina, el 19 de febrero de 1928.
Juan Díaz no veía con buenos ojos la unión de su hija con Luis Ramos, hijo del Zurdo Ramos, su vecino y rival. Su carácter se había agriado con los años, a medida que había visto desaparecer su oficio por la llegada del tren y otros medios de transporte. Y de todas maneras, hay coincidencia en los testimonios en que siempre se trató de un hombre callado y de carácter introvertido. No se sabe bien alrededor de qué giraba la rivalidad entre estas dos personas, pero parece haber sido muy dura. Sumado esto al hecho de que el hijo de Ramos se metiera a vivir en su casa, y empezase a trabajar allí, casi contra su voluntad, habría generado en él un resentimiento muy grande.
Juan Díaz era un hombre callado, bastante bruto según lo pintan, pero bueno, de acuerdo a la mayoría de los testimonios. Luis Ramos –años más tarde- fue el único en definirlo como "un hombre de mala intención".
          La noche del 9 de mayo, al otro día del festejo de los nueve años de Dionisio, Juan Díaz arremetió sorpresivamente contra su hija, la apuñaló varias veces. Según narra la historia oficial, María Luisa se disponía a acostar en la misma habitación que su padre cuando se produce el ataque y Dionisio, intentando cubrirla, recibió un corte en el brazo derecho, uno en la ingle y otro en el abdomen. Llamando a gritos a su tío Eduardo al ver caer a su madre muerta, se hizo tiempo para tomar a su hermanita, y huyendo buscó cobijo en el otro rancho mientras su tío va a enfrentar a su abuelo. Eduardo era rengo. Apenas siendo un niño, le había mordido una víbora y se le debió amputar un pie, y a pesar que él utilizaba uno que él mismo se había hecho de ceibo, utilizaba una muleta para movilizarse.
         Fasciolo se traba en lucha con el atacante bajo un parral que separaba los dos ranchos principales del caserío, siendo gravemente herido. Se arrastra con sus últimas fuerzas hasta el rancho donde se cobijaba Dionisio con su hermanita, y ahí fallece, dejando a Dionisio y Marina solos e indefensos en medio de la oscura noche.
         Nadie más se acercó al rancho donde permanecían los niños. Inexplicablemente, la sed de sangre del matador había sido saciada.
          Seguramente se demora más en contar lo sucedido que el tiempo en que realmente sucedieron.             Si como expresa la leyenda sucedió todo aproximadamente a las 9 de la noche, es fácil suponer que ambos menores pasaron fácilmente 8 horas encerrados en la oscuridad, con frio, miedo, inseguridad, hambre e incertidumbre.
          A la madrugada, apenas asomaban las primeras luces del día que le permitieron armarse de valor para enfrentar el campo abierto y cuidarse del posible atacante, Dionisio opta por dirigirse hasta la seguridad del poblado donde encontraría quien le brindara ayuda. Tras haberse "cortado una grasita" que asomaba de su vientre (verificado por los médicos que lo atendieron después), el niño se envuelve unos trapos sostener la herida, abriga a su hermanita y con su hermanita Marina en brazos, recorre la legua y pico hasta El Oro, a campo abierto y atravesando alambrados, cañadas y cerros y bañados, para arribar cerca del mediodía a la comisaría donde informa de lo sucedido, no sin antes dejar en la casa de unos vecinos a su hermanita para ser cuidada.

         Una vez en la comisaría, se dispara el procedimiento policial, y se pide un médico para atender al pequeño, quien recién es atendido en horas de la tarde por el médico proveniente de Vergara, Antonio Pissano, quien tras practicarle las primeras curas ordena su traslado hasta Treinta y Tres, cosa que no se produce hasta la mañana siguiente. En el transcurrir del viaje, ya a la vista de la ciudad de Treinta y Tres, en las inmediaciones del molino de Perinetti, muere Dionisio a causa de sus heridas, según cuenta la leyenda, sin derramar una sola lágrima.
         Juan Díaz fue encontrado cuatro meses después, muerto en una laguna que alimentaba el arroyo, a pocas cuadras de su casa, sin haberse aclarado nunca en forma concreta la causa de su fallecimiento


Juan Díaz: ¿culpable o chivo expiatorio?

Las “leyendas negras” de la tragedia


         Muchos claroscuros tiene la “historia oficial” de la tragedia de El Oro, pese a que en ella víctimas y victimarios mueren todos, cerrando un círculo perfecto. No obstante, existen en los diferentes relatos diversidad de versiones fundamentalmente en lo que se refiere tanto a los motivos que llevaron al desenlace fatal de aquella noche del 9 de mayo, así como a la identidad del autor o autores de la matanza.
        Muchas anécdotas contadas en voz baja, algunas de contemporáneos y otras incluso provenientes de fuentes oficiales de la época o testigos, difieren en la narración de los hechos, en detalles a veces banales, a veces importantes, al punto que la verdad se convierte más en un acto de fe que en una afirmación contundente.
        Existen al menos un par de “leyendas negras” respecto a lo sucedido, que en realidad son tan sostenibles en su desarrollo como la “versión oficial”, y en ambas la pregunta que prevalece es si en realidad no habría habido más actores en la tragedia, y si la desaparición de Juan Díaz no fue solamente una manera crear un “chivo expiatorio”, de intentar cerrar el círculo sin involucrar a terceras personas en los sucesos.
        La versión oficial extraída de los anales policíacos y judiciales, de la que se han hecho eco la mayoría de los narradores de la leyenda, expone a Juan Díaz culpable de los asesinatos, a causa de haberse vuelto loco y se imputa ese cambio de conducta a diferencias del anciano con Luis Ramos, el padre de Marina, hijo de su “enemigo” el “Zurdo” Ramos, y aún los más maliciosos, presumen celos de Díaz respecto a su hija.
        Sin embargo, y a pesar de ser una de las menos creíbles, una de las versiones que cobró mayor notoriedad en épocas cercanas al hecho, relaciona a Juan Díaz (ex combatiente colorado de la revolución) con el sonado caso del “Crimen de la Ternera”, donde José Saravia contrata sicarios para asesinar a su esposa, hecho sucedido algunos días antes que los de El Oro. Esta versión cuenta que José Saravia habría mandado llamar a Díaz para encargarle del asesinato de su esposa, y al éste negarse y retornar a su casa, manda gente a matarlo para cerrarle la boca, y quienes vinieron a cumplir el encargo tuvieron además que matar a su hija y su entenado que salieron a defenderle. Uno de los argumentos utilizados por los defensores de esta versión, serían los días de ausencia de Juan Diaz de su hogar los días previos al hecho, que suponen se trató de la visita a Saravia, aunque tiene muy poco asidero en otras aristas de los sucesos.

         Otra de las versiones, contada en voz aún más baja, supone de la presencia de alguien más en el rancho en momentos que Juan Díaz regresa a su casa la noche del jueves 9. Nombres se manejan muchos, incluso hasta por parte de historiadores que han escrito acerca de la tragedia: únicamente se coincide en exculpar a Luis Ramos, quien estaba lejos del pago y cuya ausencia en el Oro está fehacientemente comprobada por testigos de la época.
         Esta versión, de la que hay tantas variantes como presuntos culpables, se centra en supuestas costumbres licenciosas de María Luisa, de las que tampoco existen pruebas. Una variante habla que la fiesta de cumpleaños de Dionisio, la noche anterior y pese a la ausencia de Juan Díaz, se celebró con un concurrido baile en el que no faltaron vecinos, policías y parientes. ¿Qué habría pasado si a la noche siguiente, confiado en que María Luisa estuviera durmiendo sola sin saber que el viejo había regresado a su asa, hubiera llegado sorpresivamente un visitante con intenciones amorosas?, se preguntan los defensores de esta versión. Y se responden: muy posiblemente se hubiera “armado lío”, y el viejo peleado con el intruso, su hija que se interpone y cae herida, viene Eduardo y se mete en la pelea, ya en el patio, Dionisio sale y se entrecruza siendo herido, en el medio del entrevero de una noche que como se destaca en la versión oficial era muy oscura.
Víctor Prigue: el taximetrista que trasladó a Dionisio

        Esta misma versión sostiene que si el “visitante” era alguien influyente y con “buenas amistades”, la mejor justificación para ocultar su presencia es culpar al desaparecido Juan Díaz, máxime si, como creen quienes se afilian a esta interpretación, el viejo ya estaba muerto y “fondeado” en la laguna cercana. Esto explicaría, además, algunas “imperfecciones” y cabos sueltos tanto en el parte policial emitido por el Comisario Da Rosa al dar cuenta de los hechos, como en el informe que el Juez de Paz de Vergara Correa eleva al Juez Letrado departamental, donde –según se indica en el libro de Pinho y Rivero-, hasta se cambia el nombre de uno de los testigos que concurren a presenciar el sitio del crimen y se miente acerca que no pudo interrogar a Dionisio porque el doctor le administró “anestesia general” para curarle. Este aspecto está refutado por las declaraciones de varios testigos que Dionisio fue curado sin anestesia, ya que lo afirman tanto el propio médico como el policía Yelós que estaba con el.
        El Dr. Antonio Pissano, quién atendió a Dionisio en la comisaría y realizó las autopsias de los fallecidos, 22 años después de los hechos en un reportaje a la revista “Mundo Uruguayo”, cuenta su conversación con el niño mientras le realizaba la cura, narración que coincide en muy poco con el relato oficial. El médico cuenta que Dionisio aseguró que él estaba durmiendo en otra piza contigua a la de su madre cuando sintió gritos. Al entrar a la habitación vio a su madre en el suelo y sintió ruido de pelea en el patio. Se asomó a la puerta y en eso ve que el “rengo” se acerca al parral y cuando lo ve le pide que le alcance su cuchillo, y que cuando se lo estaba acercando ve que éste caía al tiempo que siente que lo hieren a él. Pissano afirma entre otras cosas que “le preguntamos si sabía quién era el matador y nos manifestó categóricamente que en la oscuridad no había visto, pero creía que era el abuelo”.
        Aún cuando existen muchos detalles más que darían para un amplio debate acerca de casi todos y cada uno de los puntos de la tragedia, sin lugar a dudas todas las versiones son concordantes con respecto a que más allá de los motivos que provocaron los sucesos y por encima de quién fue el culpable del doble o triple asesinato, la hazaña del “pequeño héroe del arroyo El Oro” es de proporciones épicas y está por fuera de toda discusión. Que un niño de apenas 9 años con una peritonitis doble por herida de arma blanca, tras haberse desangrado toda la noche o al menos parte de ella, haya caminado más de una legua con su pequeña hermanita en brazos, es sin dudas un hecho excepcional, y cuya evocación en nuestro país, es hoy sinónimo del amor fraternal en su máxima expresión.

sábado, 23 de abril de 2016

El Patio de la Morocha

El debut de Jorge


Doblando hacia el río desde Juan Antonio Lavalleja, casi al llegar al final de las construcciones existentes entonces, a mano izquierda, estaba el “Patio de la Morocha”.
Desde niño, aquella casa vieja, lugar vedado que no sé ni cuándo ni cómo supe lo era, ejerció en mi el irresistible atractivo de lo desconocido, la curiosidad de lo prohibido, la sospecha de seducciones novelescas.


Apenas con poco más de diez años, un día, con la complicidad de un primo con el que regulábamos en edad, nos atrevimos a atisbar por los sucios vidrios de una de sus puertas exteriores, a media tarde de un frío invierno que invitaba a la siesta y nos amparaba de la vista de los vecinos.
La experiencia fue descorazonadora. Una habitación de tamaño normal, un pequeño y deslucido mostrador de madera, un par de desvencijados sillones, una mesa de hierro con tres sillas, fue la visión del descubrimiento. Nada demasiado raro, nada prohibido, ninguna referencia a nada que pudiera ser “malo” o “inconveniente” que eran dos de los calificativos con que la madre de uno de mis amigos había considerado el lugar, una vez que le habíamos preguntado sobre él.
Por algún tiempo, luego de ello, perdió el interés.
En los primeros años de liceo, un poco más de inocencia perdida en conversaciones con compañeros mayores y más experimentados, aquel retornó, con otras expectativas.
La curiosidad del sexo, en aquellas épocas, para los muchachos de 13 y 14 años, pasaba indefectiblemente, entre otros tópicos establecidos, por las “casas de cita”.
Las rabonas de algunos soleados días invernales, o de primaverales jornadas, se cumplían con safaris a la playa del Olimar, en pesquerías vanas o tan solo en pérdidas de tiempo en busca de diversión.
A la pasada hacia el río, siempre la curiosidad giraba mi cara hacia ese lugar. A veces, lo recuerdo bien, algunos niños chicos jugaban en la vereda de balastro, otras veces, alguna “señora” mataba el tiempo mateando en la vereda, mal vestidas y desaliñadas, al punto que – con candidez-, recuerdo haber pensado si sería cierto que eran “la perdición de los hombres”. No podía creerlo.
Fue en una de esas noches de la primer adolescencia cuando –habiendo pedido permiso en mi casa para ir a la fiesta de cumpleaños de uno de mis compañeros de clase, y luego de ella-, una “barrita” de cinco o seis gurises nos dimos valor mutuamente, y acompañados por Hugo, el “experimentado” hermano mayor de edad del cumpleañero Jorge, y con la complacencia y dinero de su padre, nos fuimos de “debut” al Patio de la Morocha.
Animarnos a entrar, fue toda una historia. Queríamos y no queríamos. Nos empujábamos unos a otros, nos apuraba Hugo, nos hundíamos en risas nerviosas e historias fantásticas, sin saber que íbamos a descubrir.
Yo aún conservaba en mi memoria la fotografía de aquel día, lejano ya, en que habíamos espiado a media tarde. Con el argumento de que era un lugar “normal”, que no inspiraba miedo, ayudé a convencernos para entrar, a pesar que los murmullos, las conversaciones, la música, íntimamente me decían que aquello, de noche, era otra cosa.
Hasta que al fin entramos, previo pedido de permiso; entramos.



El ingreso al local lo realizamos por la misma puerta desde la que había espiado y –básicamente- todo estaba igual que entonces. Solo que había gente. Mujeres que me parecieron viejas y nada sexy, hombres acodados en el mismo desgastado mostrador, una pareja bailando un tango al compás de una música que surgía de otra habitación adyacente. Poca luz. Mucho humo y un olor a encerrado y vicio que le ató un nudo a mi estómago y acentuó el temor y la intranquilidad.
Apretados como un rebaño de ovejas, tras un primer momento allí, se nos acercó una de las “pupilas” y previo un secreteo con Hugo, nos hicieron pasar a la pieza de donde provenía la música. Una sala un poco más grande que la primera, donde otro grupo de contertulios entretenía su noche, y, en un rincón, un guitarrero joven y un bandoneonísta viejo desgranaban su no muy afinada música. Otros sillones, un par de mesas, alguna otra mujer y una estufa a leña, completaban el paisaje, además de “aquello”. Aquello era algo que aún hoy –treinta años después- recuerdo con la claridad de ese primer día. Adjunto a la estufa, en la pared, sobresaliendo de ella, dominaba la habitación, a tamaño real, la silueta de una mujer desnuda, de frente, con sus manos a los costados, su pelo, largo, y sus senos a la vista coronados por unos pezones notorios, exagerados.
Debemos situarnos en el momento histórico. Corrían entonces los primeros años de la década del setenta. La televisión, de reciente advenimiento, ni por asomo dejaba entrever de las féminas más que algún pronunciado escote. Las revistas “verdes” existían, pero no eran de circulación habitual, las mujeres, grandes y chicas, en la calle y en nuestro círculo de actividad, eran de lo más pudorosas.
Así que la visión de esa “estatua”, a todos nos llamó la atención. Yo, personalmente, recuerdo que no podía sacarle la vista de encima.
Se me han perdido en las lagunas de la memoria muchas de las cosas que pasaron esa noche, pero otras, como toda primer experiencia, están muy claras.
Uno de los recuerdos recurrentes es que fue, también, mi primer borrachera. Nuestro amigo Hugo, tratando de cumplir su función de “hermano mayor” y –ahora mirándolo a la distancia, intentando y logrando impresionarnos-, pidió cerveza para todos. Tomamos una o dos, y la risa se hizo fácil, y el pudor y la timidez se fueron perdiendo.
Una de las trabajadores, ante un llamado de Hugo, vino a nosotros, y la rodeamos como un grupo de caranchos ante una vaca muerta. Curiosos, acercándonos cautelosamente, midiendo nuestras posibilidades, nerviosos, asustados, deseosos. Hugo le dio una palmada en la cola, y le preguntó a su hermano:
-                     ¿Te gusta? Se llama Marta.
Y dirigiéndose a ella, le dijo:
-                     Está cumpliendo 15 años. Te lo encargo.
La tal Marta, mujer que –calculo- no tendría más de veinte y algunos años, ocultaba su cara en una especie de máscara creada por un exagerado maquillaje colorido que la deformaba ante la escasa luz, y apenas cubría su cuerpo con una apretada blusa blanca que dejaba traslucir su oscuro sutién, y una pollera ni corta ni larga, pero con un tajo que llegaba casi hasta la cintura. Pelo a los hombros, suelto, chuzo, oscura de tez denunciando su origen mestizo y adornada con más chucherías de lo normal, su voz ronca y estropajosa, sus chanzas groseras, su vocabulario soez y desprejuiciado, nos hipnotizó.
Ella, fiel a su función, dedicaba su atención casi exclusivamente a Jorge, decidida a “ablandarlo” para lograr ganarse su paga.
Nosotros, ya más integrados, estirábamos nuestras manos para intentar tocarla, descubrirla, y ella reía, nos retaba, jugaba, se hacía la enojada, nos “paraba la mano”.
En un momento dado, abre la blusa, desliza la copa del sutién, toma la mano de Jorge se la lleva hasta su seno.
Todos nos alborotamos, todos quisimos tocar, y cuando logré hacerlo, me impactó la suavidad y turgencia de la carne femenina.
Fue entonces que decidí que yo también quería verla desnuda y descubrir las mieles que ella prometía brindar en su habitación.
También lo decidió Jorge, quién así se lo hizo saber y ella, tomándole de la mano, lo condujo hacia una puerta tapada con una sucia y raída cortina, desapareciendo ambos tras el floreado trapo.
Más cerveza, alguna ocasional “tanteada” a alguna de las otras mujeres que osaba acercársenos, un rato de espera, y retornó Jorge, con cara de satisfacción, la sonrisa de oreja a oreja y un aire de superioridad que nos molestó a todos.
Había cumplido.
Hugo, tropeándonos, nos fue sacando del lugar, y en el repecho, rumbo a mi casa, la más cercana del lugar, nos explicó detalles que le preguntamos: el cómo hacerlo, el precio, la ocasión, y otras cosas. Jorge no paraba de jugar su recién estrenado papel de “hombre” y los demás, todos, envidiábamos su oportunidad. Y entre charlas, risas y traspiés, llegamos a casa, me despedí y entré silenciosamente.
Esa noche, se imaginarán, me dormí soñando con Marta.