viernes, 20 de abril de 2018

Las primeras decadas del siglo XX


El Puente y el tren cambiaron la fisonomía de 33




Desde su fundación, como es harto sabido ocurrida a mitad del siglo XIX, y hasta principios del siglo XX, nuestra ciudad tuvo mayores dificultades de crecimiento, debido a que su localización geográfica la mantenía incomunicada durante muchas semanas en invierno, y aún muchos días más en las crecientes de las restantes estaciones. El Olimar y el Yerbal hacia el suroeste cortaban los caminos hacia Montevideo y la ruta de la Cuchilla Grande; el mismo Olimar y algunos afluentes, el Cebollatí y los suyos aliados además con el Tacuarí, cegaban en las crecientes las rutas rumbo a Rocha por el “Paso de Techera”, y lo mismo pasaba con el camino a Artigas, hoy Rio Branco. Hacia el Norte, el camino hacia Melo usado en aquel entonces, solo cortaba parcialmente y por poco tiempo en el Convoy o el Yerbalito, según el paso elegido, y algunos días más en el Guazunambí, pero el tránsito por el lomo de la Cuchilla de Dionisio primero y de la Cuchilla Grande después, le hacía un camino sumamente lento.

En los primeros años del 1900, la culminación del primer puente de madera sobre el Olimar, y poco tiempo después el arribo del ferrocarril, cambiaron significativamente las comunicaciones, lo que sin dudas trajo un impulso multiplicador apreciable a simple vista y en poco tiempo. Como se recordará, a pesar que el tren llega por primera vez a nuestra capital en 1911, ya desde que había comenzado la construcción del tramo “Nico Pérez – Treinta y Tres”, alrededor de 1905, el acercamiento paulatino de la vía relacionaba cada vez más nuestra ciudad al resto del mundo, comenzando por la capital del país.
Cuando aún el Puente era tan solo un sueño en la cabeza de pocos emprendedores, y el tren solo llegaba hasta Nico Pérez, a más de 20 leguas de Treinta y Tres, los viajes eran de muchas horas a caballo o en diligencias para los pasajeros, y las mercaderías tenían hasta más de una semana de viaje en carretas de varias yuntas de bueyes.
En aquellos años, en esa situación narrada, al periodista Luis Hierro se le convocó desde la revista montevideana “Rojo y Blanco” para retratar a su localidad en algunas líneas, escribiendo éste una página de primorosa factura, muy detallada, que transcribimos a continuación:

Si la vida de los pueblos es comparable á la vida de los hombres, permítaseme decir que Treinta y Tres aún no ha abandonado los andadores de la infancia; pero permítaseme decir igualmente que, en las manifestaciones de la vida nacional, pertenece á los hombres que no tienen barba.
Sin medio siglo de vida todavía, sin ferrocarriles que la aproximen á los centros del progreso, olvidada siempre y siempre trabajada por las discordias que compendia aquella frase: “pueblo chico, infierno grande”,  Treinta y Tres debe sus progresos únicamente al esfuerzo de sus hijos.
La incomparable belleza de su suelo, haría de ella una de las más importantes poblaciones de tierra adentro, si al mérito de su situación topográfica, llevara unida la simetría de su edificación.
Distante mil quinientos metros del Paso Real del Olimar, cuyo río no tiene tanta
nombradía como corresponde á su poesía agreste, al sahumerio de sus auras, á la nitidez de sus aguas y á la espesura del bosque que lo rodea, tiene á veces en los grandes temporales del invierno, á menos de quinientos metros el invencible antemural de su desborde.
Separada por menos de mil metros del arroyo Yerbal (que hace barra en Olimar en frente de nosotros) disfruta también en las épocas de creciente, del panorama que le brinda este pequeño, que pretende circundarla con sus brazos acuáticos.
La edificación de Treinta y Tres es una serie de atentados contra la estética, aunque el buen gusto contemporáneo viene subsanado los defectos anteriores. Con escasas excepciones, casi todas las casas son bajas, con grandes barrotes en las ventanas, que hacen pensar á los viajeros en la proximidad del calabozo. Sin embargo, entre los hierros abruptos de estas rejas asoma frecuentemente más de un rostro femenino de perfiles irreprochables y con ojos sonadores. Y entonces, la presencia del Edén reemplaza al calabozo en la imaginación de los visitantes.
Nuestras calles tienen los nombres de los treinta y tres orientales de Lavalleja; y una
de las nuevas, perdida en el extremo sud de la villa lleva el nombre del legendario general Rivera.
Esfuerzos generosos tendentes á hacer más fácil la lucha por la vida á la clase proletaria, son los originarios de la fundación del barrio General Artigas, cual si quisiera decir que el que fué padre de la patria en la tierra de su cuna y padre de los menesterosos entre las frondosidades de las selvas paraguayas, había de prestar su nombre para servir de consuelo á muchos pobres en el pueblo de Treinta y Tres.
Tenemos un edificio público que cuesta á las arcas nacionales treinta y siete mil pesos, en el cual tienen asiento la Jefatura Política y todas sus dependencias y el Juzgado de Paz, la Administración de Rentas y Correos y la Junta Económico Administrativa. Otro edificio público está ocupado por la escuela mixta que cuenta como asistencia regular más de cien niños, en esta población que tiene varias escuelas de niñas y de varones (aparte de los establecimientos particulares de enseñanza) y que no alcanza a cuatro mil habitantes según el último censo.

La plaza pública tiene un nombre adecuado para este pueblo de rememoraciones patrióticas, 19 de abril. En el centro y mirando al sud se levanta la silueta de Lavalleja, con botas granaderas, dolmán militar, la espada al cinto y la diestra en la espada. La base del monumento es de unos catorce metros de elevación; en ella están inscriptos los nombres de los héroes de la cruzada del 25. Esta plaza es nuestro único paseo público.
Existen dos instituciones sociales y una biblioteca pública que cuenta con más de mil volúmenes. Una cultura correctísima es la nota resaltante en este pueblito, porque consuena la belleza de sus hijas con la hidalga deferencia de sus hijos.
Pueblo tumultuario en años ya pasados y que –como las golondrinas de Becquer-  ya no volverán, produjo un día una “pueblada” que ensangrentó las calles del “chozaje” embrionario. A todas nuestras contiendas civiles de brazo armado ha concurrido sino con talentos preclaros y guerreros estratégicos, por lo menos con ciudadanos serenos y denodados.
(…)
Este es mi Treinta y Tres, la novia de mis cariños intensos, la que ha llenado mi alma con el santo perfume de nuestras leyendas, la que ha sido cuna de todas mis ilusiones, de todos mis ensueños y también de mis canas prematuras.
Luis Hierro. Rojo y Blanco, 1902

Pocos años después, a tan solo algunas semanas de la inauguración de la línea de ferrocarril hasta nuestra ciudad, pero que a la actual Villa Sara había llegado alrededor de 1909 organizado una parada en el kilómetro 330 de la que aún quedan vestigios, la misma publicación realizaba una nota destacando este hecho, y significando los cambios más visibles sobre todo en la arquitectura de la ciudad, cuya parte medular compartimos a continuación, acompañando en esa ocasión la nota con las fotografías que también compartimos hoy en esta página, identificadas con el año 1910, y a las que se les ha mantenido en la mayoría de los casos, su pie de texto original.
Decían entonces:
Bastante distanciada de otras por la falta casi absoluta de vías rápidas de comunicación, la Villa de los Treinta y Tres, capital del departamento del mismo nombre, vivía una vida precaria vegetando en su vida aldeana, en tanto que las demás capitales de departamento progresaban visiblemente.
Elevada en el centro de una de las zonas más ricas de la República, la falta de comunicaciones le impedía dar salida a sus productos y vivir con el contacto diario con la capital, pero, felizmente, la hora el progreso ha sonado ya para Treinta y Tres con la iniciación de las obras del ferrocarril, que en breve quedará librado al servicio público. La sola iniciación de la obra ferroviaria bastó para que la pintoresca villa que bordean el Yerbal y el Olimar, despertase de su letargo y comenzara a ataviarse para bien recibir al mensajero del progreso que en breve espacio de tiempo la transformará por completo, llevándola a ocupar un puesto entre las ciudades más florecientes de la República.
Primera vez que corrió el Ferrocarril entre estación Corrales y la "Parada del 330" (Hoy Villa Sara) 


Una mirada del 900


Descripción y anécdotas del viejo 33





                                             El Treinta y Tres aldeano fue desde sus inicios tierra de oportunidades, una especie de “tierra prometida” para emprendedores, comerciantes y –¿porqué no?- aventureros que sumándose a las familias de las zonas adyacentes que paulatinamente fueron poblando la ciudad, componían una sociedad particular, cargada de extranjeros (franceses, italianos, españoles, brasileños en su mayoría), salpicada de caudillos y rodeada de estancias e incipientes industrias.
                                             Sin dudas en ese crisol que conformaba la sociedad olimareña, por iniciativa y oportunidad, por tesón o azar o tan solo por personalidad y suerte, se destacaron decenas de hombres que desde sus propias improntas personales o haciendo causa común con otros en innumerables sociedades y emprendimientos, legaron a la segunda mitad del siglo XX un Treinta y Tres de pié, pujante, próspero, moderno, culto y solidario.
                                            Muchos de esos hombres deberían ser recordados con mayor frecuencia. Muchos de ellos, aún ilustres desconocidos en los tiempos que corren: Miguel Palacios, Lucas Urrutia, los Del Puerto, Agustín Urtubey, Juan Antonio Escudero, Bautista Perinetti, Salvador Ferrer, los hermanos Baudean, los Hontou, los Berro, los Del Puerto, los Tanco, los Oliveres, los Macedo, los Gorosito, los Olivera, los Saravia, y tantos otros.
                                              Apenas poco más de 3 mil personas vivían en la primera sección del departamento de Treinta y Tres en el año 1900, de acuerdo a un censo de la época. No solo en la ciudad, sino, ciudad, chacras y alrededores. Y apenas superaban los 20 mil los habitantes en la totalidad del territorio departamental. Y esos 3 mil y pico, en épocas muy difíciles, sin maquinaria pesada, sin automóviles, sin comunicaciones, sin electricidad, con ideas, esfuerzo, tesón y trabajo, le dieron a nuestra ciudad la impronta de localidad próspera, moderna y segura, que trascendió fronteras y puso a nuestra ciudad, a escasos 30 años de su fundación, como capital de un nuevo departamento creado especialmente a impulso y mérito de actores locales.

                                            Una vez comenzado el siglo XX, con la escasa población que hemos mencionado, nuestra ciudad es vertiginosamente transformada. Abundan los prósperos comerciantes y ricos hacendados que aportan ideas, trabajo y capital. Se hacen puentes y caminos, se prevén plazas y paseos públicos, se planifica la ciudad y sus necesidades, se mejoran servicios. Circulan periódicos, se realizan reuniones y tertulias culturales, se fundan clubes sociales (Progreso y otros) y deportivos (Club Atlético Treinta y Tres, Olimar).

                                           Cuando iniciaba el siglo, en 1901, llega a nuestra ciudad, proveniente de su España natal, Marcelino Torres España, otro de los personajes comarcanos que la historia le debe un recuerdo más profundo y detallado, persona muy influyente social y comercialmente a lo largo de toda su vida, que se extendió en nuestro suelo por más de 40 años.
                                            Y es justamente Marcelino Torres España quien, muchos años después de su llegada, nos cuenta en un esclarecedor artículo publicado en el periódico “La voz del Batllismo”, que reproducimos a continuación, cómo era el Treinta y Tres del 900.

El pueblo en el 900


                                                                      El Treinta y Tres del año uno,  visto desde el alto de Barreto (Camilo Barreto Medina), del otro lado del Olimar, era un caserío terroso pegado al suelo, del cual sobresalían, resaltando, la espadaña de la iglesia parroquial, un edificio de altos -la Jefatura- con una protuberancia en el centro cuya utilidad no se advertía a la distancia, y dos o tres caserones más: la casa del cura don Ramón Rodríguez, el Molino de Lago -hoy Panadería Central- y el Hotel de Sotelo y Ron. Algunas manchas de verde oscuro y un grupo de grandes eucaliptos a la izquierda, cerca del Yerbal, chacra de Urrutia.
                                                                     La zona edificada, con grandes baldíos en la periferia, comprendía las cinco manzanas a cada lado de la Plaza 19 de Abril, siendo los límites de la planta urbana las calles Joaquín Artigas por el Norte, Gregorio Sanabria por el Sur, Juan Ortiz por el Este y Juan Rosas por el Oeste.
                                                                     Cuando el viajero llegaba a la intersección de las calles Sanabria y Lavalleja, podía apreciar el conjunto mejor edificado de la población, marginando la vía principal de tránsito urbano. Mencionaré como principales las fincas de Idígoras, Javier Hontou, Oliveres, Zabalegui, Buenafama, Novoa, Carlos Hontou, Sucesores de Urrutia, Juan Hontou (de altos), Ungo, Rodríguez Rocha, Tanco, y llegando a la calle Pablo Zufriategui, los comercios de Oliveras y Zabalo y Tanco. En la Plaza: la Iglesia, el convento, algunas casas comerciales, la Jefatura, casas de Luciano Macedo, Bautista Hontou, Sucesores de Vaco y el Hotel.

                                                                     Contrastaba con la solidez y buena apariencia de algunas construcciones la pobreza de sus linderas, en las cuales abundaban las casas bajas con techo de teja. Citaré el caso de la finca señorial de Urrutia que tenía pegada a su costado, como una lapa, una vieja casita de material del ex comisario don Domingo Ferreira y el de las casuchas de la Sucesores Olmos -hoy Centro Progreso- adosadas al Hotel de Sotelo y Ron. Constituían la nota exótica los altillos de del Puerto -antes Percibal- en Juan A. Lavalleja y Atanasio Sierra, hoy Banco de la República, y el de don Juan Acosta en la calle Pablo Zufriategui y Andrés Spikerman. La calle Real -Juan Antonio Lavalleja- se prolongaba por el Norte hacia la antigua Picada de Arocha y por el Sur hacia la Laguna de Arnaud.
 
                                                                       El pavimento de las calles era de lo más rudimentario y, en muchos lugares, el suelo natural. Las rentas municipales no permitían otra cosa. Ese magnífico arbolado que hoy constituye una nota agradable que da cierto carácter a la ciudad, se inició el año uno comenzando por la Plaza 19 de Abril, siendo Presidente de la Junta don Fructuoso del Puerto. Las veredas, donde las había, estaban construidas con los materiales más diversos, predominando las de ladrillo con bastante anarquía en cuanto a líneas y niveles.
                                                                         El alumbrado público se hacía a base de kerosén, con una muy escasa visibilidad para el transeúnte nocturno, observándose al pie de la letra las fases de la luna, suspendiéndose la luz artificial de acuerdo con el calendario. Ello ofrecía serios inconvenientes, pues no siempre la luna brilla, pero solía proporcionar a la población el encanto de los poéticos paseos a la luz de la pálida viajera, alrededor de la Plaza o hacia el Paso Real. Durante tales «pro ménades», la gente joven debía dragonearse a cierta distancia, ya que las conversaciones no se permitían mientras no se cumplieran ciertos requisitos de consentimiento familiar.
                                                                            La entrada de las diligencias ponía en el ambiente una nota de momentánea animación, fuera de la cual, el silencio aldeano solo era turbado por el paso de alguna carreta o los carros de carniceros, lecheros y repartidores de pan. Y a propósito, recuerdo una anécdota que paso a referirles.
                                                                            Don Francisco Ungo, ciudadano español, comerciante, tenía por aquel tiempo una panadería. Recordando una costumbre muy española, dotó a los caballos de sus jardineras de sendos collares de cascabeles. Pero aquel barullo no gustaba al vecindario porque el reparto se hacía muy temprano. Menos aún lo toleraban los repartidores, quienes, además, alegaban que el cascabeleo les impedía oír cuando eran llamados por los clientes. En la porfía hubo de ceder el señor Ungo, pese a su loable esfuerzo por combatir de algún modo aquel silencio pampeano.
                                                                           


     Constituía otra nota de ambiente local la curiosidad inquisita de los vecinos. Había personas especialmente dedicadas a la misión de averiguar la vida y milagros de cuanto forastero caía al pago. No se descansaba en la tarea, pasándose unos a otros el resultado de sus indagaciones. De dónde procedía, a qué venía, quien lo conocía, si era blanco o colorado, soltero o casado. Esto último interesaba especialmente al elemento femenino. He aquí un caso.
                                                                                Un hombre joven, recién llegado, hizo su paseíto vespertino por la calle Real. A cierta altura hubo de pasar, como quien dice, entre dos fuegos. Casi frente a frente se encontraban asomadas al balcón dos muchachas casaderas que aparentaron no haber notado el paso del forastero, cuando este oyó tras si el siguiente diálogo.
                         - ¿Qué te parece?
                         - Que tiene cara de casado.

* * *

                                                                        Para terminar esta nota les contaré lo que sucedió en el entierro de Jorge. Giorgio di Paulo, conocido por Jorge el albañil, vino al país como tantos otros extranjeros, a trabajar, con la aspiración de crearse una posición. Pero Jorge murió pobre. Tanto, que sus amigos tuvieron que pagarle el cajón y llevarlo a pulso al camposanto. Había llovido mucho y las calles estaban convertidas en verdaderos lodazales. Cerca de la cancha de Ferreira había un gran barrial y, como si Jorge no hubiera querido dar más trabajo a sus amigos, allí, precisamente, se desclavó su ataúd. Con bastante dificultad, Jorge fue levantado del barro, dándosele piadosa sepultura.




Publicado originalmente en Panorama, noviembre de 2016

domingo, 18 de marzo de 2018

Lucas Urrutia

Influyente odiado o adorado...

y le sacaron la calle nomás...



                                 Que el escribano Lucas Urrutia fue un hombre de una personalidad fuerte y que al cabo de su vida cosechó tanto amigos incondicionales como enemigos irreconciliables, no es novedad para nadie que se haya asomado a la historia treintaitresina.
                                 Son múltiples los episodios de los cuales es protagonista principal el mencionado Urruria, ya como indudable actor y motor del progreso y crecimiento treitaitresino de sus primeros 45 años de vida, así como arte y parte en negocios y comercios, y –no podía ser de otra manera- en lo que tiene que ver con una nutrida actividad política y de gobierno.
                                   En lo que tiene que ver con su actividad gubernativa a nivel local, ya en la época que se dependía administrativamente del departamento de Cerro Largo, redacta el recordado “Informe a la JEA de Cerro Largo”, donde hace un somero racconto de las actividades realizadas por la administración municipal a su cargo, cargo que ostenta en varios períodos, siendo el último de ellos a partir de 1894, en que preside la Junta Económico Administrativa (JEA) del novel departamento de Treinta y Tres.
                                     Rebuscando en cajas de papeles en el Archivo General de la Nación, hace unos días, me llamó la atención un pequeño expediente fechado en  junio de 1893, mediante el cual el entonces presidente de la Junta Económica Administrativa, solicita permiso del gobierno central para sustituir el nombre de una calle denominada Lucas Urrutia, por el aún no usado de “General Rivera” o “General Flores”.
                                     A continuación, sin agregar ni quitar una sola coma, transcribo el planteamiento por considerar que habla por si mismo.




Treinta y Tres, 12 de junio de 1892

Exmo. Señor Ministro de Gobierno
D. Francisco Bauzá

                                                         La H. Corporación municipal que tengo el honor de presidir, ha facultado al infrascripto para recabar del Ministerio de V.E. la superior autorización tendiente a variar el nombre indebidamente colocado a una calle extra perimetral.
                                                        Dicha calle, por una anomalía propia del señorío local y personal que viene desde hace tiempo soportando este departamento, con mengua de todos sus inalienables derechos lleva el nombre de “Lucas Urrutia”, que forma una nota del todo discordante en la escala de los próceres de nuestra independencia cuyas calles perennizan sus augustos nombres.
                                                       Siendo las vías públicas una propiedad absolutamente nacional cuya nomenclatura debe sujetarse a las disposiciones legales que en ningún caso pueden amparar el hecho de eternizar nombres oscuros para que la memoria venerada de nuestros abuelos se confunda en las mistificaciones vergonzosas de nuestros errores; siendo por otro lado que el señor Urrutia no está rodeado de esos merecimientos patrióticos que solo por actos meritorios y sacrificios se conquista la  luciente auréola de ciudadanos beneméritos de la Patria, es deber imprescindible de  esta Junta, relegar el nombre del Sr. Urrutia al fallo de la posteridad, quitarlo del medio de nuestros amados patricios, y sustituirlo brevemente por el del General Fructuoso Rivera o D. Venancio  Flores.

                                                        En este sentido me dirijo a V.E. solicitando la expresada facultad que en honor a nustras más gloriosas tradiciones abrigo la firme confianza que el Superior Gobierno deferirá a tan justo pedido.
                                                      Con tal motivo mes es grato saludar a V.E. atte a quien Dios gde. ms. as.

Gab
riel Trelles Presidente 
  Bernardo Machado Secretario

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Cuadros policiales del 95

Nombramientos y detalles

Apenas comenzado su mandato, en el otoño de 1894. El Jefe Político y de Policía de Treinta y Tres, Antonio Pan, dispone la remoción de algunas jerarquías policiales, con el fin de sustituirles con personal de su confianza.


Con tal motivo, y justificando su decisión además de buscar el beneplácito del gobierno nacional para los nuevos nombramientos, en  abril de ese año remite una extensa misiva dirigida al Ministro de Gobierno de turno, que creo merece ser transcripta en su totalidad porque ilustra usos y costumbres de la época, y que expresa textualmente:

Treinta y Tres, abril 24 de 1894.-

Exmo. Señor Ministro de Gobierno
Dr. Dn. Miguel Herrera y Obes

Exmo. Sr.:
Tengo el honor de comunicar a Ud. que habiendo los comisarios de algunas secciones  de éste Departamento elevado sus renuncias a ésta Jefatura del cargo de los puestos que desempeñan, vengo a proponer a VE para llenar esas vacantes, a las personas siguientes:
Para Sub Comisario de la 1º Sección Urbana al ciudadano Dn. Valentín S. Rigos en reemplazo del Alférez Dn. Esteban Carrasco que lo desempeñaba interinamente; para Comisario de la 1º Sección Rural al ciudadano Dn. Gabriel Muniz en reemplazo del Alférez  Dn. Francisco Barboza; para Comisario de la Policía Volante al ciudadano Dn. Eduardo Cosse, en reemplazo del Capitán Dn. Pedro Guevara; para Sub Comisario de la 1º sección Urbana al ciudadano Dn. Sixto Macedo en reemplazo del alférez Dn. José Antonio Alcarraz.
Esta Jefatura, Exmo Sr., se ve también en la imperiosa necesidad de pedir el cese también de los comisarios de la 2º y 6º Sección  por mantener éstos el habito de ebriedad; los de la 3º y 7º por ser completamente nulos para desempeñar sus puestos.
En virtud de las razones indicadas, esta Jefatura, Sr. Ministro, no puede ni debe mantener en sus puestos a empleados que no saben o no quieren cumplir con sus deberes, olvidando el decoro que su propio carácter les impone, por cuya razón se hace necesario para el orden de la buena administración que VE se digne aceptar las referidas propuestas y el cese de aquellos comisarios por las causas ya expresadas.
Propongo para sustituir al comisario de la 2º Sección al  Teniente Dn. Ramón Santellán en reemplazo del Teniente Dn. Antonio Prieto, para sustituir al comisario de la 3º Tte. Dn. Marcos Bodean al Sargento Mayor Dn. Bernardo Berro, para sustituir al comisario de la 6º sección Tte. Dn Pantaleón Rodríguez al ciudadano Dn Galo Fernández, y para sustituir al comisario de la 7º sección Sargento Mayor Dn. Manuel Vica, al Teniente 1º Dn. Eduardo M. Avegño.
Esperando de VE la aprobación que corresponde         para las propuestas hechas, saluda VE a quien Dios Gde Ms Años

                          Antonio Pan

Esta comunicación, cuyo original se encuentra en el Archivo General de la Nación, está acompañada en el expediente archivado junto a un telegrama mediante el cual Pan intenta “apurar” la decisión ministerial.
El telegrama del Telégrafo Oriental –cuya copia fotográfica adjuntamos- , dice:
“Ruego a VE se sirva designar a la brevedad posible las propuestas hechas por esta Jefatura, a fin de poder organizar el personal policial. Entre los propuestos, va el joven Gabriel Muniz, recomendado de VE. Como ignoro donde vive, ruego a VE le ordene se venga.
                                        Lo saluda
                                                                           Jefe Político”

El raconto de este episodio, quizá menor para muchos, viene al caso con el motivo central de esta nota, que es confirmar la integración del cuerpo policial de Treinta y tres en el año 1895, según la Memoria publicada por Antonio Pan en 1895.
 En sus últimas páginas, el libro publica un cuadro donde figuran “Personal actual de la Jefatura Política del Departamento de Treinta y Tres y sus dependencias”
En la Oficina Central:
·         Jefe Político                Don Antonio Pan
·         Oficial 1º                                Don Blas C. Martínez
·         Auxiliar                                  Don Leónidas Braga
·         Auxiliar 2º                              Don José María Bas
·         Comisario de órdenes            Don Olegario Sánchez
·         Médico de Policía                  Dr. Don Manuel Cacheiro
·         Capitán – Ayudante               Don Raymundo Labraga
·         Alcaide – Escribiente             Don Aníbal Cordero
·         Maestro Banda de Musica     Tte. 1º Don. Justino Klein
·         Sargento de órdenes               Don Gregorio V. Más de Ayala
·         Portero                                               Don Andrés Vazquez

En la Compañía Urbana:
·         Sargento Mayor                     Don Adolfo F. Amen
·         Capitán                                   Don Augusto B. Pirez
·         Subteniente                            Don Alfredo Rovira
·         Subteniente                            Don Juan P. Amen
·         Subteniente                            Don Alfredo Gómez
Tropa: 1 Sargento 1º
            2 Sargentos 2º
            2 Cabos 1º
            3 Cabos 2º
            2 Clarines
            2 Tambores
            38 Guardiaciviles

En las Comisarías Seccionales:
            PRIMERA URBANA
·         Comisario de la 1º Sección Don Gregorio M. Ayala
·         Comisario Volante Don Eduardo Cosse
·         Subcomisario Don Gerardo Rosano
·         Subcomisario Don Nicolás Acosta
·         Subteniente 2º Don Pablo Pearse
1 Sargento 1º, 2 Sargento 2º y 14 guardiaciviles

PRIMERA RURAL
·         Comisario Don Emilio Arteaga
1 Sargento 2º, 1 Cabo 2º y 6 guardiaciviles

            SEGUNDA SECCION RURAL
·         Comisario Teniente 1º Don Ramón Santellán
·         Subcomisario Don Damacio Acosta
·         Escribiente Don Teodoro Viana
1 Cabo 1º y 11 guardiaciviles
TERCERA SECCION RURAL
·         Comisario Sargento Mayor Don Bernardo G. Berro
·         Subcomisario Don Francisco Bodean
10 guardiaciviles

CUARTA SECCION RURAL
·         Comisario Don Garibaldi Rodríguez
1        Sargento 1º, 1 Cabo 1º, 10 guardiaciviles

QUINTA SECCION RURAL
·         Comisario Don Maximiliano Taborda
1 Sargento 1º, 1 Cabo 1º y 10 guardiaciviles

SEXTA SECCION RURAL
·         Comisario Interino Don Félix Solano
1 Sargento 1º, 1 Cabo 1º y 11 guardiaciviles

SEPTIMA SECCION RURAL
·         Comisario Teniente 1º  Don E. M. Avegno
·         Escribiente Don Aurelio Amorín
1 Sargento 1º, 1 Cabo 1º y 10 guardiaciviles

Así estaba constituida en definitiva la Policía departamental de fines del siglo XIX, según las fuentes nombradas.





domingo, 10 de diciembre de 2017

En Treinta y Tres, ante la revolución del 97...

144 hombres reforzaron la policía de las 7 seccionales 


                                   Desde los últimos meses de 1896, se venía preparando una nueva revolución blanca en el país.
                                   Ya habían corrido por todos los hogares del país los rumores de un nuevo levantamiento, encabezado por Aparicio Saravia, que ante el argumento del Directorio blanco de la falta de dinero, literalmente “les tiró” los títulos de sus campos y los de sus hermanos “Chiquito” y Mariano, expresando la consabida frase:  “Prefiero dejar a mis hijos pobres pero con patria y no ricos y sin ella”.
                               
                                 Haciendo caso omiso a las reticencias de los dirigentes del partido, encabezando una partida de apenas ochenta hombres, a fines de noviembre, el caudillo blanco lanzó una proclama llamando a las armas contra el gobierno, y aunque llegó a reunir un millar de hombres en poco más de una semana, el verse en clara desventaja ante algunas escaramuzas con fuerzas del gobierno y la demora en llegar apoyos y armamento, determinaron que se refugiara en Brasil a la espera de mejor oportunidad.
                                    En el país continuaba latente la amenaza de guerra civil, y los gobiernos departamentales recibieron instrucciones de reforzar sus policías a la espera de los acontecimientos.
                                    La de Treinta y Tres, no fue la excepción, y entre los papeles que se conservan en los anales del Archivo General de la Nación (AGN) del año1897, se encuentra la comunicación realizada por las autoridades treintaitresinas al Ministro de Guerra, conteniendo la nómina de ciudadanos movilizados al amparo de esa orden, que fueron en el mes de enero de 1897 un total de 144 personas, con un costo total de casi 2100 pesos mensuales.

                                      Los documentos de referencia, dividen los movilizados de acuerdo a la seccional donde prestarían funciones, y de acuerdo a ellos se contrataron 50 personas para la seccional 1º, 10 para la segunda, al igual que la quinta; 12 en la tercera, 18 en la séptima y 26 para la sexta, siendo la de menos personal contratado la seccional cuarta.
Las nóminas por seccional, son las siguientes, y seguramente más de uno de nosotros reconocerá el nombre de algún antecesor:


1º Sección Rural

Alférez Francisco Antúnez
Alférez Benigno Cabero
Alférez Eladio Eguren
Alférez Eustaquio Muniz
Sargento 1º Isidoro Juárez
Sargento 2º Luis Umpiérrez
Cabo 2º Quintín Goicochea
Cabo 2º José Casteriana
Cabo 2º José Peña

                        Eustaquio Medina
Bartolo Pintos
Marcelo Bas (hijo)
Leopoldo Medina
Ciriaco Suarez 
Manuel Castro
Isidro Cal
Alejandro Pintos
Victoriano Medina
Gregorio Larronda
Braulio Lapaz
Antolín Deleón
Malaquías Olivera
Octaviano Pintos
Anacleto Larronda
Modesto Rivero
Asención Ubaldo
Robustiano Arévalo
Concepción Méndez
Nicasio Alvarez
Maximino Castro
Andrés Miraballes
Dionisio Urán
Fabio Mier
Vicente Mier
Gabino Orsi
Indalecio Rivero
Santiago Nabeira
                        Pablo Mariños
                        Abel Plada
                        Rafael Plada
                        Elías Pallote
                        Doroteo Cabrera
                        Antonio Rodríguez
Añadir leyenda
                        Rafael Casteriano
                        Ramón González
                        Geraldo González
                        Justiniano Deleón
                         Manuel Cabrera
                         Vitalino Pereira
                        Emilio Arteaga


2º Sección Rural

                                Fernando Olivera
Ramón Aguilera
Felipe Sequeira
Juan Téliz
Sebastián Muñoz
Gil Viana
Cándido Pérez
Juan Mª Téliz
Edmundo Miraballes
Felipe López

3º Sección Rural

                                Casiano Taborda
Lorenzo Sosa
Juan Fernández
Casalio Santos
Adonis Dutra
Luciano Méndez
Luciano Gaitán
Marcos Hernández
Juan Silva
Juan Machado
Enrique Méndez
Benjamín Cano

4º Sección Rural

                         Marcelo Castro
Paulino Santellán
Manuel Pinetti
Mónico Pinetti
Manuel Olivera
Miguel Reyes
Manuel Duarte
P… Alvarez

5º Sección Rural

                            Ruperto Damián
Maximiano Franco
Modesto Oxley
Pedro López
Cayetano Lago
Valerio Medina
Gregorio Sosa
Eduardo Hoz
Caraciolo Villar
Isac Dominguez

6º Sección Rural

Teniente Juan Silva
Alférez Atanasio Pellejero
Alférez Melitón Gutiérrez

                  Jacinto Torres
Santos Torres
Martín Alaniz
Sixto Ramallo
José Perez
Eugenio Mieres
Eustaquio Gutiérrez
Benigno Gutiérrez
Hilario Gutiérrez
Fortunato Gutiérrez
Luis Molina
Isidoro Charquero
                                Cosme Soto
                                Agustín Píriz
                                Felipe Ramírez
                                Ignacio Anchorena
                                Lorenzo Mendieta
                                Anselmo Caldas
                                Juan Portillo
                                Juan Vega
                                Gil Segovia
                               Carlos Iturralde
                                Atanasio Lacuesta

7º Sección Rural

Alférez Gabino Puerto
Sargento 1º Ramón Escobal
Sargento 2º Agustín Madruga
Cabo 1º Juan L. Contrera

                Juan María Rivero
Rosa Quináz
Cirilo Machado
Juan Bergara
Gabriel Carabajal
Victor Ruiz
Eduviges Colmán
Eleodoro Villalba
Sandalio Sigales
Antonio Nuñez
                                Atanasio Carabajal
                                Isabelino Silvera
                                Teodoro Nuñez 
                               Manuel Pereira

miércoles, 20 de septiembre de 2017

133 de 33

Ante un nuevo aniversario de nuestro departamento

                                                                Un día como hoy, 20 de setiembre, pero hace 133 años, en 1884, el entonces Presidente de la República General Máximo Santos, cumpliendo una perseguida aspiración de lugareños encabezados por Lucas Urrutia, firmó el decreto de creación del Departamento de Treinta y Tres, tomando tierras de los vecinos departamentos de Lavalleja (entonces Minas) y Cerro Largo, y designando a nuestra ciudad como su capital.

                                                               En el artículo primero del mencionado decreto, se establecen los límites departamentales: AL NORTE el Arroyo Parao desde sus nacientes hasta el límite exterior del llamado “rincón de Ramírez”; desde dicho límite hasta el Río Tacuarí; este río aguas abajo hasta su desembocadura en la Laguna Merín.
Presidente Máximo Santos
                            AL ESTE. La ribera de la Laguna Merín desde la barra del Tacuarí hasta la barra del río Cebollatí, y siguiendo el curso de este río aguas arriba hasta la barra del Arroyo Corrales.
                           AL SUR: el Arroyo Corrales desde su barra con el río Cebollatí hasta sus nacientes, un rumbo desde dichas nacientes hasta la barra del Arroyo Averías en el río Olimar Chico, y desde dicha barra de Averías, siguiendo el mismo Olimar Chico hasta sus nacientes en la Cuchilla Grande.
                           AL OESTE: la Cuchilla Grande en toda su extensión desde las nacientes del Olimar Chico hasta las nacientes del Arroyo Parao.

                                                              En el artículo segundo, establece una contribución especial de los pobladores del nuevo departamento por el espacio de 3 años para solventar los gastos de instalación, y el tercero establece la obligatoriedad del nuevo departamento de contar en las elecciones con dos Representantes Nacionales y sus respectivos suplentes.
                                                                Al tiempo de la fundación, según el libro del Presupuesto Nacional para ese período que se conserva en el acervo de la Jefatura de Policía de Treinta y Tres  y al que tuvimos acceso gracias a los buenos oficios y el esfuerzo mancomunado en la búsqueda de material del comando y personal encabezado por el Jefe de Policía Inspector Víctor Sánchez, el departamento contaba con un personal público, que entre jefes y subordinados superaba los dos centenares de personas.

                                                                Según el mencionado libro, en el ámbito policial, era donde revistaban la mayoría, según el siguiente detalle:
                                 Un Jefe Político y de Policía –que lo fue el Coronel Manuel M. Rodríguez-, un Oficial 1º, un Oficial 2º, un Comisario de órdenes e Inspector de Policía, un Auxiliar, un Alcaide Escribiente, un Médico de Policía y un Portero, en Jefatura, totalizando 8 plazas.
                                  En lo que tiene que ver con el personal de las seccionales, se establece que existían dos Sub Delegados, seis Comisarios de seccional, un Comisario Volante, tres Escribientes, nueve Vigilantes de 1º, once Vigilantes de 2º y noventa y cinco guardiaciviles, o se que en total se empleaban 127 personas.
                                                               En el área administrativa del departamento, la recientemente creada “Junta Económica Administrativa”, (de carácter honorario presidida por Pedro Aguiar),  heredó los cargos rentados de la anterior Comisión Auxiliar que le rendía cuentas a Melo, a saber: un secretario, un escribiente, un Inspector de Salubridad, un portero, un jardinero, y un sepulturero.
                                                                En lo que tiene que ver con la Educación Pública, cuyo Inspector Departamental fue Saturnino Roldán, el Presupuesto de Gastos indica los siguientes cargos, además del nombrado Roldán: un Secretario/Tesorero, un maestro de 2º grado, una maestra de 2º grado, un ayudante para la escuela de varones y una ayudante para la escuela de niñas, en lo que tiene que ver con la capital, mientras que en el área rural, se crean seis cargos de escuelas rurales, entre ellas para las ya establecidas en Isla Patrulla, Yerbalito y Cuchilla de Dionisio , y cuatro cargos apartes para “maestros de frontera”
                                                              Por último, en el plano impositivo, se nombra un Administrador de Rentas – que fue el Capitán Alejandro G. González-, a quien acompañarían tres auxiliares.


                                                              Por su parte, en el plano del Poder Judicial a pesar de que como poder aparte no figura en ese entonces el Presupuesto de Gastos del Estado, cabe recordar que
 el Juez Letrado era el Dr. Pedro Garzón, actuando en la actuaría el escribano Indalecio Rodríguez y Rocha.