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domingo, 1 de diciembre de 2019

1911: llegó el ferrocarril!!!!





El largo camino del tren a Treinta y Tres y los festejos en su inauguración




                                                      Como es reiterativo en la historia nacional de la que por supuesto Treinta y Tres no es ajeno, entre fines del siglo XIX y  los comienzos del XX, a pesar de las guerras civiles y revoluciones que enfrentaban vecinos, hermanos y parientes en luchas a muerte y sin cuartel, en épocas de paz las rencillas y diferencias políticas y partidarias quedaban relegadas a un segundo plano, y blancos y colorados mancomunadamente impulsaban y participaban en emprendimientos de progreso y mejoras para la localidad y el departamento.
                                                   Claro ejemplo de ello son, sin dudas, algunos de los logros de esa época, entre los que podemos destacar desde la propia creación del departamento, la concreción de obras edilicias de importancia y destaque, como la actual Jefatura de Policía, o la sede municipal, la creación de la biblioteca pública de la época, la constitución del Club Centro Progreso, las primeras exposición de la Fomento, el proyecto y concreción del hoy “Puente Viejo” sobre el Olimar, y otros tantos emprendimientos de fuste, logrados con la influencia y participación de gente de ambos partidos “cinchando parejo” en pos del progreso del departamento.

                                                    A fines de 1908, apenas se acallaban en nuestro medio los grandes festejos llevados a cabo en oportunidad de la inauguración del Puente sumergible sobre el Olimar, que constituyó sin dudas en una de las fiestas populares más grandes que había conocido la zona hasta entonces, cuando otra noticia golpea fuertemente la esperanza de un futuro prometedor: el comienzo de las obras de extensión de la vía férrea desde Nico Pérez a Treinta y Tres constituyó sin dudas una nueva inyección de optimismo respecto al convencimiento de la época que nuestra ciudad estaba llamada a ser una urbe de destaque en la zona.
                                                      Recordemos que hasta hacía poco tiempo, absolutamente todos los materiales y mercancías que llegaban a la novel ciudad, lo hacían tras un largo y penoso viaje en carretas, al principio de muchos días de duración desde la capital del país, y desde la llegada del tren a Nico Pérez, con un viaje que se había acortado a poco menos de un par de semanas en épocas de buen tiempo. Para los viajes personales, pasaba algo similar: las diligencias y su lento avance hacían “sufrir” un largo viaje de medio día desde esa localidad hasta la nuestra, por lo cual sin dudas la llegada del tren, con la posibilidad real de obtener mejores precios y más rapidez en los fletes, y  una muchísima mejor comodidad en los viajes, era una noticia que revolucionaba a la villa.

                                                     A tal punto las expectativas eran de urgencia pública, que cuando la construcción de la vía estaba a mitad de camino aproximadamente, en estación Retamosa, gestiones de las autoridades locales procuraron y consiguieron que la empresa del ferrocarril extendiera hasta ese punto los viajes regulares, acortando  notablemente  aún más los viajes en “tracción a sangre” de carretas y diligencias.
                                                      Pero la obra continuaba su paso firme hacia Treinta y Tres. Cuentan las crónicas de la época, que seguían con interés superlativo las instancias de la construcción de vías y puentes, que llegaron a trabajar unos dos mil obreros al mismo tiempo, haciendo terraplenes nivelados, alambrando, colocando rieles y durmientes, erigiendo estaciones, demarcando pasos a nivel, construyendo pozos, aljibes, andenes, tanques, galpones y desvíos y mucho más.
                                                        No he podido encontrar registros escritos en diarios de la época – que los debe haber con seguridad-, referente a la fecha exacta que llegó la vía y tras ella los primeros trenes con materiales de construcción y personal, a la margen derecha del Olimar, aunque es de suponer que haya llegado a fines de 1909 o principios del 10. Ante el imponente escollo a superar que significaba el Olimar, se instaló una estación de trabajo en lo que hoy es Villa Sara, en el punto marcado como el kilómetro 330 de la vía, y que se constituyó en punto terminal de la línea por algún tiempo, mientras duró la construcción del puente sobre el río. A este respecto, cabe destacar, que se construyó un primer puente sobre el Olimar que el río se llevó, ya que los proyectistas al parecer habían menospreciado el pequeño cauce sin conocer que se convertía en furioso torrente en las grandes crecientes. Esto lo he podido confirmar, ya que está publicado en la prensa de la época, donde inclusive hay una fotografía publicada de ese puente, la que se conserva en muy mal estado, como se puede apreciar en la imagen de ella que acompañamos estas líneas. De la vieja estación del Km 330 apenas quedan rastros hoy: una fila de ladrillos a la orilla de la vía en lo que fue el andén y un solitario aljibe que cual mojón marca el lugar exacto.

                                                       En los primeros días de octubre de 1911, la inminencia de la inauguración oficial del la línea acaparaba las noticias del pueblo, planificándose actividades y festejos para tan magna ocasión, a pesar que en los mismos periódicos se anunciaba que “desde el 1º de los corrientes quedó librado al servicio público el ferrocarril a Montevideo”, aclarando que “esto que podemos llamar inauguración provisoria dio lugar a que el pueblo demostrara su contento concurriendo una cantidad enorme de gente a presenciar la salida del primer tren”.



Los festejos oficiales de la inauguración del servicio

  
                                                               La inauguración oficial se llevó a cabo con bombos y platillos durante dos días de festejos, a un costo enorme para la época, pagado como era costumbre entonces, mayoritariamente, por suscripción popular, donde las autoridades, comerciantes y estancieros de la época fueron los mayores aportantes.
Foto del público en el Viaje Inaugural con viajeros estudiantiles desde Treinta y Tres hasta "Estación Corrales", conservada en la Sala de Materiales Especiales de la Biblioteca Nacional.

                                                             La crónica de los referidos festejos es extensísima, tal como lo era el programa de actividades previsto, que intentaremos resumir en algunas pocas líneas:
                                                                 El primer día, al llegar el tren a  la mañana, unos “800 alumnos de las escuelas de la “villa”, entonaron el Himno Nacional acompañados por la Banda de Música. Se recibió la Comitiva Oficial que viajaba en él, integrada entre otros por el Ministro de Obras Públicas, Vìctor Sudriers y el Ministro del Interior, Pedro Manini Ríos, el Administrador del Ferrocarril Central (The Central Uruguay Railway Co, Ltd., C.U.R.) y primero el doctor Francisco N. Oliveres en nombre de la comisión organizadora de los festejos presidida por Julio R Gómez y luego el Intendente en nombre del municipio, dieron sendos discursos de bienvenida, que fueron contestador por el Ministro Manini Ríos. En ese acto, además, se distribuyeron cientos de medallas conmemorativas de la ocasión.
                                                            Algunos momentos después de la parte oratoria, la actividad se dividió en dos: los escolares, sus maestros y preceptores y algunos padres, se acomodaron “en los trece o catorce vagones” del recién llegado tren para realizar un viaje de excursión conmemorativo a la estación Corrales (foto) donde fueron recibidos por una multitud expectante y regresaron cerca de las tres y media de la tarde, siendo obsequiados todos con cajitas con bombones.

                                                          Paralelamente, la multitud presente se encaminó “a pie” encabezada por los señores Ministros, el Jefe Político Basilicio Saravia, los diputados Fermín Hontou de nuestro departamento y Martín Suárez de Cerro Largo, el Coronel Etanislao Mendoza jefe del Regimiento Nº 4 de nuestra ciudad y “otras autoridades, jefes y edecanes de los ministros”. Según “El Comercio” del 4 de noviembre de 1911, a su paso “distinguidas damas arrojaban flores”, destacando que con la escolta de la Banda de músicos y cohetes y bombas “aquella columna era inmensa”  no solamente por la multitud que había esperado en la estación el convoy oficial, sino que “en cada esquina se sumaban infinidad de personas y jinetes que luego ocupaban la retaguardia”.  Relata el cronista que al llegar a la Jefatura ya estaban colmados los salones de gente que había decidido esperar allí la comitiva, incluido el Senador Ricardo Areco, “quién había venido en automóvil desde la estación”.  Una vez en el patio de la Jefatura, el Jefe Político Basilicio Saravia dio la bienvenida de los ministros nombrados destacando que era la primera vez que integrantes del Poder Ejecutivo visitaban la capital departamental, y tras palabras de agradecimiento esbozadas por el Ministro Sudriers y por el administrador ferroviario, se realizó un brindis por el éxito del emprendimiento, pasando luego a servirse un lunch para todos los presentes.
                                                           A media tarde ese mismo día, y como parte de los festejos, se llevó a cabo la inauguración de una nueva Exposición Feria organizada por la Sociedad Fomento de la época, para culminar ese primer día con un baile de gala en los salones del Club Centro Progreso “con una concurrencia tan numerosa que no se había visto jamás congregada en nuestra historia social”, graficaba “El Comercio”.
                                                          Al segundo día de celebraciones, uno de los momentos destacados por el periódico citado fue el reparto de carne, pan y alimentos a los pobres que en número de varios centenares fueron convocados frente a la Jefatura, y conjuntamente –además, señalaron-, se obsequiaron muñecas a las niñas y a los niños flautas, espadas, guitarras y trompos, todo ello, raciones y juguetes, costeados por el diputado Hontou, así como ropas de abrigo a los necesitados.

                                                          En horas de la tarde, los Ministros Manini Ríos y Sudriers, acompañados del Jefe Político y otras autoridades viajaron en automóvil hasta la localidad de Vergara asegurando que el objeto del viaje era conocer el estado de los caminos: según el cronista, “se habrán dado cuenta porque los “peludos” fueron muchos y de buen tamaño.
                                                             Como complemento de la jornada de festejos, se realizaron otra serie de actividades en horas de la tarde: un par de partidos de fútbol organizados por el club “Atlético Treinta y Tres” con un cuadro montevideano también arribado en el tren, carreras de caballos en la pista del Olimar (organizadas por Isidoro J. Amorín, Marcelino Torres España, Ramón Menchaca, Carlos Berro Antuña y Taurino Larrosa), la colocación de la “piedra fundamental” del Club Progreso. A la nochecita, se ofreció una velada literaria - musical en esa misma sede, y a continuación actuación de la “Retreta” en la plaza 19 de abril y una sesión de “biógrafo” en la misma plaza, hasta culminar con un previsto “numero de iluminación y fuegos artificiales en la plaza 19 de abril y en Juan Antonio Lavalleja”, que el cronista de referencia no vaciló en calificar de “una verdadera burla al pueblo” concebida por un forastero que no cumplió las expectativas ya que “no se encendieron más que la centésima parte de los faroles y los fuegos artificiales se limitaron a cuatro ruedas”, que constituyeron “la nota discordante a la jerarquía y calidad de los demás números” de los extensos festejos.


jueves, 7 de noviembre de 2019

Las comunicaciones


Por la época de las diligencias...







                                        Durante los primeros 50 ó 60 años de nuestra ciudad, prácticamente el único medio de transporte colectivo que se usaba para el tránsito de pasajeros y correspondencia, eran las diligencias, que a medida que se fue poblando la zona y fueron emergiendo villas y poblados a lo largo de su ruta, fueron agregando frecuencias y combinaciones que constituían una intrincada red de transporte.
                                        Cuando se fundó nuestra ciudad, como es sabido en la década de 1850, ninguna población quedaba cerca, pero a su vez la nueva villa estaba en un importante cruce de caminos “natural”  para la comunicación entre las ciudades de la zona este del país: Melo, Artigas (hoy Río Branco), Rocha,  Minas, San Carlos y Maldonado, únicas localidades de la época en el este del territorio. Las distancias desde nuestra localización, eran en casi todos los casos un poco más extensas que las actuales, debido a que las rutas en uso en ese tiempo evitaban en lo posible la mayor parte de los cruces de vías de ríos y arroyos caudalosos, pero también los grandes bañados que eran tan o más difíciles de cruzar en tiempos lluviosos que un paso crecido. Melo, Artigas y Rocha, quedaban a unas 30 leguas aproximadamente, Minas a unas 40 y era mayor la distancia aún a San Carlos y Maldonado.



                                              Por lo general, del mismo modo, esos caminos eran también los usualmente usados por las carretas de carga, por los viajeros jinetes en sus cabalgaduras o los carruajes o carros particulares.
                                              Por lo menos hasta la década de 1890, las excesivas distancias referidas implicaban que tan difíciles viajes, que duraban generalmente y como mínimo para esas distancias dos o tres días, se realizaran con frecuencias que en la mayoría de los casos eran marcadas preferentemente por el envío de las sacas de correspondencia, ya que el transporte de correo constituía, para las diligencias y sus empresarios, uno de los principales y más seguros rubros de ganancia asegurada, y a pesar de existir rutas más o menos habituales, cada diligencia, de acuerdo a sus preferencias de “posta” y a sus decisiones personales, tomaban rutas alternativas buscando mejorar fundamentalmente el flujo de pasajeros.
                                             Por ejemplo, en una publicación de Minas realizada con motivo del cambio del siglo XIX al XX, publicada en 1900, se detallan no menos de 6 rutas posibles que se usaban para el trayecto Minas – Treinta y Tres unido por diligencias. La mayoría de esas rutas, eran saliendo de Minas hacia el norte: algunas pasaban por Espuelitas, Polanco y Manguera Azul hasta Zapicán, de ahí a Cuchilla de Olascuaga, la actual María Albina hasta llegar por el camino de los Molles a Treinta y Tres; otras salían por el Cerro Arequita hasta pasar el Santa Lucia, ascendiendo por el mismo camino a veces, y otra cortando por el Paso del Rey (barra del Arroyo Malo con el Cebollatí), subiendo por Retamosa, Gutiérrez, y derivando a María Albina, o saliendo a Aiguá por el camino de los Tapes o el de Marmarajá, para luego virar hacia el Olimar costeando el Cebollatí y subiendo en el Paso Ramón Techera, por ejemplo. Todos esos caminos, además, tenían sus variantes o desvíos, motivados la mayoría de las veces por las “combinaciones” con otras diligencias que realizaban rutas perpendiculares, o simplemente por el “arreglo” o grado de amistad que tuvieran con los pulperos, comerciantes o puesteros establecidos en la ruta, o simplemente la residencia de los clientes habituales.

                                         A partir de la década del novecientos ochenta, se hizo más popular –por más corto y rápido, seguramente- el trayecto desde las terminales del tren, que en rápida construcción se acercaba cada vez más a la zona. Viejas publicaciones de periódicos de la zona, concretamente un aviso encontrado en el órgano de prensa menlense “La Verdad”, en un ejemplar de 1891, publicita el “Itinerario de Invierno” de las diligencias de Gadea y Diogo “que hacen la carrera de la Estación Reboledo a Treinta y Tres y a Artigas”, explicando que las salidas son todos los miércoles a Treinta y Tres, continuando desde ahí hasta Artigas los viernes, desde donde regresa el domingo y parte nuevamente hasta Reboledo los días martes. El aviso,  que indica además que la agencia en Treinta y Tres estaba ubicada en el Hotel El Peral de Sotelo y Ron,  también informa de las tarifas, aunque lo hace solo en el tramo desde la estación de tren hasta nuestra ciudad, que nos da la pauta de las “paradas o postas” que hacían en ese trayecto.

De Reboledo a Cerro Colorado     $ 2
De Reboledo a Mansavillagra        $ 3
De Reboledo a Illescas                  $ 4
De Reboledo a Nico Pérez             $ 5
De Reboledo a Zapicán                 $ 6
De Reboledo a Gutiérrez               $ 7
De Reboledo a T. y Tres                $ 8      

                                              Ya a mediados de la última década del siglo XIX, (La Paz, 1897) otro aviso anuncia el calendario con el que a partir del 1º de junio, José Goyoaga hará “la carrera” entre Nico Pérez y “esta Villa” asegurando que se realizaban “en combinación con el ferrocarril a la capital”.  Este anuncio incluía un viaje de ida y vuelta cada 10 días aproximadamente: por ejemplo, decía que en Julio iba a salir hacia Treinta y Tres los días 6, 17 y  27, regresando hacia Nico Pérez el 10, 20 y 31 del mismo mes.
                                               El Heraldo, de Melo, en 1898, al año siguiente, anunciaba el horario más completo de los movimientos de una serie de diligencias desde nuestra ciudad a diferentes destinos, bajo el título “Itinerario de Verano”, y estudiando este aviso se puede concluir que para la mayoría de las diligencias, nuestra ciudad era solamente agencia “de paso”.

                                                Nos informa, por ejemplo de siete líneas de diligencia que llegaban “desde Montevideo”, todas en días distintos, a cargo de los conductores Patricio Pereira, Juan Mieres, José Goyoaga, J. Rodríguez, Juan Maldonado, Alejandrino Guevara y Paulino Silveira; de ellos, cuatro (Mieres, Guevara, Pereira y Silvera) seguían su viaje hacia “Artigas”, otro, Juan Maldonado, proseguía hacia Melo, y dos (Goyoaga y Rodríguez) usaban a nuestra ciudad como su terminal. El mismo aviso, además, informa que Francisco Sosa hacía únicamente el viaje entre Artigas y Treinta y Tres ida y vuelta (más adelante en el tiempo, también se suma Serapio Téliz a este trayecto); Baldomero Martínez iba tres veces por mes a Picada de Techera (salía por Corrales del parao, cruzaba Olimar por el Paso de la Laguna y llegaba a destino, desde donde regresaba);  Guillermo Herrera también viajaba la misma cantidad de veces a Charqueada, mientras que Julián Plá realizaba con la misma frecuencia un viaje que le llamaban “circunvalación”, que salía y llegaba a nuestra ciudad insumiendo una semana en recorrer el interior del departamento por las hoy seccionales quinta, octava y sexta (Yerbalito, Yerbal, Isla Patrulla, Avestruces, El Carmen, Averías y Olimar Chico regresando a 33.


                                                     Luego de la llegada del tren a nuestra localidad a principios de siglo XX, el sistema de diligencias vio mucho más acotadas sus rutas, ya que no podían competir ni con la rapidez, ni con los precios ni con la comodidad que significaba para la época el viaje en tren, y es entonces que comienzan a tener mayor relevancia los viajes más cortos y a lugares de difícil comunicación o a los que el tren aún no llegaba. En 1905, Pedro Moreira en el diario treintaitresino                                                           El Progreso, anunciaba sus viajes a Nico Pérez “en combinación con la diligencia de Lascano del mayoral Santana Fernández, tomando la combinación en Gutiérrez”, al tiempo que anunciaba sus tarifas desde Nico Pérez: a Zapicán $1,50, a “Salaverri” $2, a “Echave” u Oficina Telegráfica $2,50, a Gutiérrez $3, a “Palacio” $4 y a Treinta y Tres $5. (Salaverri, Echave y Palacio obviamente eran estancieros en donde esta diligencia hacía posta)
                                                        Otra curiosidad de este aviso, que comunicaba que la agencia en nuestra ciudad era en la casa de comercio de Francisco Ungo, es que se da a conocer que cada pasajero tiene derecho a 20 kilos de equipaje, y que por exceso de peso, se cobrará 4 centésimos por kilo.


                                                          Por último, para cerrar este pequeño racconto sobre las diligencias y sus rutas, tenemos dos avisos de quien sin duda fue uno de los últimos mayorales en los caminos olimareños: Angel Muniz. En La Razón de 1902, anuncia sus viajes hacia Melo, especificando las paradas que realizaba en el trayecto. La primera era en los Higuerones (comercio de Juan Sala e hijo), la segunda en la estancia de Antonio Ubilla, la tercera en lo de Florencio Ortiz, en el Parao, la cuarta en Guazunambí, la siguiente en el Paso de la Cruz, llegando posteriormente a Melo. Seis pesos en total costaba el viaje completo, y las encomiendas se cobraban a razón de 3 centésimos por kilo. En El Comercio de 1912, un suelto periodístico señalaba que  “nuestros correligionarios Tomás Alzugaray y Angel Muniz acaban de establecer una nueva empresa de diligencias cuya línea a recorrer es de la Charqueada del Cebollatí a Santa Clara de Olimar”, afirmando que se auguraba que “reportará grandes beneficios al departamento” ofreciendo un “medio fácil de comunicación entre las zonas referidas”.