viernes, 23 de agosto de 2013

La Luz Mala

Un jabón de aquellos!!!


¡Que lindo había pasado aquel día de primavera, visitando en la campaña treintaitresina un par de docenas de productores rurales, en lo que era una tarea habitual para mi en aquel entonces!
Tenía poco más de 17 años, y a pesar que hacía poco tiempo que realizaba esa tarea, había creado lazos de amistad con la mayoría de los clientes habituales a quienes visitaba regularmente.
En esa época, hace más de 30 años, ni los caminos eran los mismos que ahora, ni los vehículos en los que andábamos eran iguales. Para recorrer zonas rurales remotas, se demoraba mucho tiempo, y eran habituales las pinchaduras de ruedas en zonas altas, y las patinadas en los barros pegajosos en las bajas.
Al filo de la tardecita, llegué a la que sería la última casa del día, el pequeño establecimiento de Sixto Pereira, enclavado en el lomo de la cuchilla grande, en la cuarta sección de Treinta y Tres, lugar de difícil acceso, pero donde siempre encontraba una cálida bienvenida del dueño de casa, dueño de una prosa amena, pausada, que mágicamente me hipnotizaba con su mezcla de conocimiento e inocencia expresada con la riqueza característica de los hombres de campo uruguayos.
Al trasponer la desvencijada portera del guardapatios, seguramente llamados por el ruido del motor de la camioneta que rompía el silencio de la tardecita primaveral, asomaron varias personas al portón del galpón de fajina que se levantaba a la derecha de la casa principal, entre los cuales fácilmente reconocí la regordeta figura del dueño de casa, y hasta ellos me dirigí.
Tras los saludos y presentaciones de rigor, me invitaron a acompañarles en el improvisado fogón que habían armado al abrigo de un enorme ceibo, donde se calentaban no menos de media docena de calderas de lata, y chirriaba gota a gota en las brasas la grasita de un ovino desparramado como descuidadamente en una parrilla que en algún tiempo había sido el elástico de alguna cama.
Había llegado justamente al fin de la esquila, que don Sixto festejaba de esa manera junto a la comparsa. Nos sentamos alrededor del fogón, y mientras alguien me pasaba un mate y se generalizaban las conversaciones, y a pesar de la hora, el dueño de casa me comprometió a acompañarles a cenar, a lo cual no opuse resistencia, ya que no tenía más nada que hacer en la jornada, y ningún apuro por llegar a mi casa.
Al poco rato, aparecieron una botella de espinillar y un par más de la más famosa caña brasilera de entonces, la “4 pipas”, que comenzaron a correr entre los contertulios, y mientras algunos se corrieron unos metros para adentro del galpón a jugar al truco, los que quedamos quedaron comentando un hecho que había sucedido una noche anterior, cuando parece que tras haberse “desvelado”, uno de los cancheros de la comparsa para no molestar a sus compañeros que estaban descansando, salió del galpón y en la noche oscura, escuchó como un gemido atrás del mismo, y cuando fue a mirar qué era, lo único que vió fue como una sombra más oscura que la noche, que se alejaba a medida que se le acercaba, hasta que –prudentemente- el hombre dio vuelta en sus pasos y volvió al galpón mientras el aullido sofocado se estiraba hasta desaparecer.
A respuesta de esta anécdota del canchero, comenzaron los cuentos de aparecidos y luces malas tan característicos entre los trabajadores de la campaña, a los cuales en ese momento, no les di mayor trascendencia a pesar de escucharlos con más curiosidad que credibilidad.
Tras cenar y tener en un “aparte” la conversación con el dueño de casa sobre el motivo de mi visita, me despedí anunciando mi regreso “al pueblo”, al filo de las 9 de la noche.
Salí lentamente en la vieja Peugeot 403 doble cabina a nafta atravesando campo en rumbo al camino, un poco arrepentido de haberme demorado tanto, ya que me enfrentaba a un par de horas más de viaje en un camino difícil.
Pocos quilómetros antes de llegar a la Ruta 8 desde donde ya sería mucho más fácil el retorno, me enfrenté con una cañada profunda y un paso que sabía traicionero, pero que había vadeado tantas veces, que confiadamente intenté superar sin darme cuenta que me había desviado un poco de la parte donde se había construido una “calzada” de piedras, por lo cual la camioneta cayó en un pozo profundo y quedó “colgada”, casi en mitad de la cañada; las ruedas giraban inútilmente, y ya me di cuenta que no sería fácil salir de esa situación.
No tuve más remedio que apagarla, y se hizo el silencio y la oscuridad en medio de la noche. Obviamente, eran épocas sin celulares ni otra forma de comunicarme con alguien que viniera a buscarme o a auxiliarme, por lo que puse manos a la obra para intentar destrabar la camioneta. No voy a detallar todo lo que intenté hacer para nivelarla y que las ruedas traseras se apoyaran para agarrar tracción, pero seguramente entre varios intentos que se me ocurrieron pasaron un par de horas.
Cansado y desilusionado, me decidí a intentar dormir en el asiento y esperar el nuevo día, para ver que hacía. Lo intenté, bien dije. El rumor del agua de la cañada, los sonidos de grillos y sapos y pájaros a los que no estaba acostumbrado, la imponente soledad en la noche del campo, se juntó casi sin quererlo a los cuentos escuchados rato antes, que me hacían no solamente no poder conciliar el sueño, sino sobrecogerme nerviosamente ante cualquier variación de los ruidos que ya se iban haciendo habituales.
Serían como las 12 de la noche cuando a pesar de no contar ni con una linterna,  y no se si armado de valor o a causa del susto que confieso tenía, decidí acercarme a una casa que parecía no muy lejana, en la cresta de un cerro un poco más adelante, y que claramente recortaba su silueta en el horizonte.
Comencé a caminar siguiendo el camino de trillo marcado, y al cabo de un rato ya me encontraba en las proximidades de la casa, extrañándome que a pesar de estar a un par de cuadras de la misma, no se escuchara el ladrido de perros tan característico en esas circunstancias. Mi cabeza volaba a mil, y todo me parecía raro, sospechoso, y les juro que cada vez caminaba más lentamente. Me paré para mirar más atentamente, y alcancé a ver un atisbo de luz en una ventana, casi un reflejo, como una vela encendida, y ahí como que me dio un ataque de valor y dí un gran suspiro de alivio, y ya mucho más alegre y confiado, me animé a tocar las manos, gritando un saludo y avisando que necesitaba ayuda mientras seguía acercándome a la casa.
Vi que en respuesta a mi presencia, se abrió una puerta, en la que apareció en el resquicio la luz de una vela apenas a medio metro del suelo… ¡¡ que no la sostenía nadie y empezó a acercárseme!!
Sin mirar más ni un segundo, a oscuras y trastabillando, pegué un grito y dando media vuelta, corrí por la bajada del cerro que había subido y no paré hasta llegar a la camioneta, donde me trepé cerrando las ventanillas y trancando las puertas y agitado y temblando prendí la radio aún a riesgo de agotar la batería,  solamente para ahuyentar cualquier pensamiento respecto a lo que me había pasado, hasta que casi sin darme cuenta, me quedé dormido.
Me despertó temprano de la mañana el ruido de un motor cercano: era un tractor que se acercaba de frente, que conducía un muchacho joven, quien me ayudó a sacar la camioneta para que pudiera seguir viaje. Una vez sacada del pozo y después que me ayudó a arrancarla, quedamos conversando unos instantes, en los cuales me contó que a su tío le había extrañado mi reacción de noche cuando salió a recibirme y era quien lo había mandado a ayudarme, cuando vio la camioneta “de trompa” en la cañada. Le conté la verdad, que me había asustado la luz de la vela, y el muchacho se reía a carcajadas cuando me explicó que el tío de él que me atendió usaba una silla de ruedas, y para manejarse con independencia de noche, como tiene que girar la silla con las manos, tiene una tabla con un candelabro que lleva delante de las rodillas y que solo alumbra para adelante porque tiene una pantalla para que no le moleste ni la luz ni el calor en la cara.
Y yo, pasé uno de los sustos más grandes de mi vida. Por descontado que pasé por la casa a agradecerle a hombre, y a presentarle mis disculpas.

viernes, 31 de agosto de 2012

Cabito

Publicado en Panorama, el 31/8/12

Cabito: el personaje aún presente en la memoria olimareña






Treinta y Tres aún recuerda su andar pausado y cabizbajo, su estampa de hombre vencido y abandonadas esperanzas, con su infaltable jarro en la mano, sus pertenencias en un bolsa que cargaba cada vez con más esfuerzo al pasar de los años, y su inconfundible silbido, imperturbable...



Tomás Acosta Silvera, “Cabito” para todos los que le conocimos, fue desde siempre un personaje conocido, respetado -y ¿por qué no? - apreciado por la mayoría de los vecinos.

Recordarlo y evocar las estrofas aquellas de Alberto Cortés, aquellas que dicen: “era callejero por derecho propio/ fiel a su destino y a su parecer/ sin tener horario para hacer la siesta/ ni rendirle cuentas al amanecer “, es una cosa sola. Aunque fueron escritas para un perro callejero, se amoldan indudablemente a mis recuerdos de “Cabito”: un hombre bueno, incapaz de provocar ningún daño, absorto en su mundo y concentrado en su supervivencia, a pesar de su abandono personal, de su indigencia.

Poca gente hoy -quizá nadie- lo recuerda de otra manera, con otra vida, con otras costumbres: “Cabito” fue, la mayor parte de su vida, una leyenda, un misterio.

Según su documento de identidad, reliquia que se conserva en el Museo Histórico Departamental y que publicamos en esta misma página, Tomás Acosta Silvera había nacido el 18 de setiembre de 1915 en nuestra ciudad, y su deceso ocurrió una noche de octubre de 1998, a los 83 años de edad. La muerte lo encontró como tantas madrugadas lo habían visto antes, durmiendo en un portal, abrazado a sus pertenencias, y se lo llevó mansamente, casi sin molestarlo... tan calladamente como había vivido.

Poco se sabe de sus años mozos. Se han tejido en torno a su personaje, decenas de especulaciones. Casi todas las versiones coinciden en que “Cabito” fue un estudiante brillante. Se sabe con certeza que concurrió a la escuela Nº 1 “de varones”, y también existen versiones muy bien fundadas que cuentan que fue un “Brillante alumno de matemáticas” en su etapa de liceal, afirmación que aseguran fue realizada en ocasión de celebrarse un acto conmemorativo en el marco del centenario de Treinta y Tres, por quien fuera director del liceo, don Héctor Cuttinela, instituto al que concurrió seguramente en los años 30, cuando éste funcionaba en la esquina que hoy ocupa el edificio del Club Democrático,.

Lo cierto es que “Cabito” nunca olvidó algunas de las enseñanzas recibidas, a pesar de -seguramente- haberlas aplicado muy poco. Aún en sus años finales, cualquiera que se le acercara y le preguntara las tablas de multiplicar, recibía la respuesta correcta... excepto con la inquisición clásica de 3 x 2, que él contestaba con su tono neutro: -”dos por tres, llueve...”, y se alejaba silbando entre dientes su melodía favorita. De su caligrafía dice mucho su cédula, donde se aprecia su nombre claramente escrito, cuando ya contaba con más de 80 años y seguramente sin haber practicado la escritura muchas veces en sus últimos 60 años.

Pero, ¿qué le sucedió a este muchacho aplicado, para convertirse en lo que fue?

En el correr de los años, muchas historias se contaron en voz baja sobre los orígenes de su abandono. La versión más popular, la más aceptada, cuenta que -proveniente de familia de pocos recursos, hijo de un cabo militar o policial y de dónde heredó su sobrenombre-, muy joven comenzó a trabajar en una panadería, donde cumplía tareas y además le habían proporcionado un lugar para vivir, apenas un cuartucho donde pernoctar. Cuenta la leyenda, además, que Tomás joven, trabajador, serio y responsable, se enamoró y comenzó relaciones con una señorita con quien además fabricó planes y construyó ilusiones, y a la que un día al ir a visitarla descubrió con otro hombre, hecho que le rompió el corazón y a raíz del cual abandonó trabajo, amigos y sueños.

Algunos viejos memoriosos, quizá influidos por esta leyenda romántica, van más lejos en la narración, adjudicándole a este hecho uno de los dichos particulares y más comunes por él esgrimidos. Cuando quería evadirse de alguna situación difícil o alejarse de algún lugar que le molestaba, “Cabito” se susurraba a sí mismo: “...shhh, disimulá, cabito”, y se alejaba con su característico caminar de pasos cortitos y rápidos.

Pero lo cierto es que nadie tiene certeza de los motivos que le llevaron a elegir el cielo por techo y algún portal o garaje por dormitorio.

Desde entonces, “Cabito” tranqueó despacio, silbando bajito, luciendo su indiferencia por el mundo, las cosas y la gente.

Blanco de pullas y mofas, casi siempre portador de una sonrisa afable que iluminaban sus ojos picarones, “Cabito” supo ser también motivo de preocupación y temor para varias generaciones de pequeños olimareños cuyos padres les asustaban con el pretexto de hacerlos llevar por el “viejo de la bolsa” en caso de no cumplir con sus deberes, o por portarse mal o simplemente por no tomar la sopa. Cuando esos gurises crecíamos, ya de túnica y moña, éramos los mismos que le rodeábamos donde le encontráramos para bullangueramente preguntarle las tablas.

Pese a sus características de mendigo vagabundo, a su soledosa figura barbuda y desaliñada, “Cabito” contó durante casi toda su vida, con vecinos que le ofrecían su desayuno o un almuerzo digno. Tenía su “ronda” alimentaria acudiendo a casas donde se le esperaba con un café con leche caliente y un buen trozo de pan en las mañanas, que nunca aceptaba si no era servido en la jarra o lata que portaba. Incluso en sus últimos años, cuando algún anónimo compadecido le había tramitado una pensión del estado que cobraba religiosamente y tenía al menos los primeros días para pagarse su propio desayuno, iba a buscarlo al “London” y se lo hacía servir en su taza esmaltada.

Desde joven, entonces, comenzó a deambular el centro olimareño. En los lugares que usualmente frecuentaba, los alrededores de la Plaza 19 de Abril, las agencias de ómnibus, las inmediaciones de las Escuelas 1 y 2 y la iglesia, iba acompañando de su clásico y respetuoso: “¿no tendría un peso o dos?” o “¿un peso o dos?” simplemente. Según un recuerdo de don Julio Da Rosa, escrito poco después de enterarse de la muerte de Cabito, la pregunta proviene de muchos años atrás, cuando comenzó pidiendo un “vintén” o dos. No todos ni siempre le dábamos, por supuesto. Pero nunca se le vio reaccionar con violencia o desprecio. Si en alguna ocasión se le negaba la limosna justificando la actitud con un “no hay”, él repetía el “no hay” y continuaba su camino; si se le quería inducir a pensar que pedía mucho dinero contestando a su requerimiento con un irónico “¿nada más, Cabito?”, él respondía muy seguro: “ni nada menos”. y cuando se le recriminaba que pidiera monedas, el siempre contestaba que eran para devolver con intereses.

Era práctica común también, como forma de inocentada, ofrecerle trabajo a cambio de las monedas, previo a dárselas. “Cabito” tenía muy ensayadas las ocurrentes respuestas para estos casos:

- “No puedo trabajar, estoy de licencia” ó “ahora no puedo, ando apurado”.

Sin embargo, ocasionalmente “Cabito” -vaya uno a saber a razón de qué- aceptaba barrer algunas veredas. Pero no cualquier vereda. No eran muchas las dignas de su sudor. Yo personalmente recuerdo (como bien lo plasma una foto que acompaña esta nota) que barría la de la casa del Dr. Cossio, la de la bicicletería del “negro” Gándaro y la de la fotografía de Hilario Favero. Quizá hubiera más, yo no recuerdo otras.

Dueño de su larga barba blanca, inviernos y veranos vestía cual constante uniforme su gorra gris de visera, su saco grande y roto, sus pantalones siempre cortos y sus alpargatas en chancleta con el talón al aire. “Cabito” fue, sin dudas, para varias generaciones de olimareños, un personaje que no pasó indiferente por la vida a pesar de su condición de indigente. Nunca fue atrevido ni irrespetuoso con grandes y chicos. Con la honestidad de los que poco necesitan, usó su indiferencia para no ser ni feliz ni infeliz con lo que tenía, nunca robó ni necesitó robar, y nunca se le vio borracho.

Hombre de exteriorizar poco sus sentimientos, recuerdo especialmente un día que le ganó la impotencia. Temprano de la mañana un día de otoño me lo encontré parado en la esquina de Pablo Zufriategui y Manuel Freire, descompuesta su cara, airada su expresión, un par de rebeldes lágrimas escurriéndose en sus sucias y curtidas mejillas y agitando inútilmente un papel y mascullando palabras entrecortadas. Me acerqué a quienes estaban reunidos a su alrededor tan sorprendidos como yo de su actitud, y ahí me enteré que se había despertado y estaba contando su dinero para ir a buscar el desayuno, cuando atinaron a pasar dos muchachos que violentamente le quitaron el dinero de las manos, dejándole únicamente el recibo de la pensión donde guardaba sus billetes. No tenía consuelo, y con razón.

Esa misma esquina, tiempo después, vería levantar su cuerpo ya sin vida, en una muda despedida de un tiempo que se fue, pero que aún se recuerda vívidamente.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Recuerdos y reencuentro


Mi viejo Fiat enfiló casi sin esquivar los pozos por la corta entrada de balasto hacia el lugar donde habíamos quedado de reunirnos, siguiendo los pasos de un desconocido coche gris que instantes antes había ingresado.
Llegamos casi a la vez, nos reconocimos al instante y nos apretamos en un fuerte abrazo con Carlitos, mientras su esposa, con una amplia sonrisa que le iluminaba el rostro y sin decir una sola palabra, expresaba en sus ojos toda la ilusión para él significaba que aquella reunión de antiguos compañeros explicada en el apretado abrazo de su marido.
Allí, cerquita, estaba también Carolina, la única que había llegado instantes antes que nosotros, quien también estampó en su cara la felicidad del primer reencuentro.
Tras los saludos de rigor, hicimos una improvisada rueda al fresco de la nochecita treintaitresina, hilvanando recuerdos y desgranando pequeñas anécdotas, en la espera que llegara el resto de los participantes.
Poco a poco, fueron llegando más amigos: Cecilia con Carlitos, Olga y Bea, creo que fueron los siguientes. Nuevos abrazos y ampliación de anécdotas se fueron sumando. Ya entonces nos servimos la primera copa, mientras el chirriar de la brasas de los coronillas contagiaba su calor al tradicional asado, y seguían arribando: el “Lobo” Anastasía con Virginia Sosa y Olga; Graciela y Paul, Elo, Claudia y Mariana, Silvana, Manuel, Camilo, Marcelo, Virginia y el “Caba”. No me acuerdo el orden de llegada, ni importa. El hecho es que la rueda se fue haciendo más grande y más cálida, pese a la lamentable ausencia de una cantidad de “gurises” que hoy sé están bastante arrepentidos de no haber estado. Pero bueno, sus motivos tendrían.
No había llegado la medianoche aún, cuando tras algunas “picadas” de chorizo, preparamos con Luis Pedro y tras una serie de pequeños inconvenientes rápidamente solucionados, una improvisada discoteca, en la que comenzaron a sonar los primeros temas que –como no podía ser de otra manera- fueron aquellos de moda en las viejas épocas compartidas, si se quiere para ahondar más en los recuerdos, como el famoso baile “en una baldosa” que varios nos quisieron mostrar que aún le recordaban y practicaban.
Y se armó el baile, que rápidamente se transformó de “lentas añoranzas” a ritmos alegres, donde no faltaron ni la música brasilera ni las cumbias, y del que participamos todos, manos al cielo y sonrisas en la cara.
Fue una noche feliz, una instancia memorable, estupenda e irrepetible, que quedará para siempre en mis mejores recuerdos.
Por eso, y quizá porque no tuve la oportunidad de decírselos a todos y cada uno de ustedes personalmente, quise guardar en estas breves líneas un pedacito de mi memoria, para tenerlos presente, para de vez en cuando, en esos momentos que todos tenemos de inseguridades y bajones, siempre me hagan recordar que cuento con gente como ustedes, compañeros de algún tramo de mi vida a quienes cuento entre mis afectos más entrañables. Seguramente nos veremos pronto con algunos y más luego con otros, pero está expuesto que todo sigue intacto.
En definitiva, amigos, muchas gracias por todo, pero por sobre todo, por demostrarme una vez más que el tiempo no pasa en vano, sino que afirma las cosas buenas de la vida, y que no hemos vivido al pepe…

lunes, 23 de agosto de 2010

En época de Festival


¡Que recuerdos del "Chupypasse" !!!


                               Eramos la mayoría veinteañeros. Estaba cerquita el regreso a la democracia. Hacía unos meses que había sido la primer elección presidencial que muchos vivimos, y después vino el verano. Calor y libertad sin estudios… ¿Qué mejor etapa?

                               Pero se venían las clases. Era marzo. Recién habían asumido Sanguinetti la presidencia y Wilson Elso la intendencia. Y entonces, sentados en la “quinta de los nabos”, alguien largó la noticia:
                              - Che… dicen que este año el festival se va a hacer a todo candombe. Lo organiza la Intendencia, y van a venir todos los artistas de canto popular, y todos los políticos porque quieren hacer un festejo del reencuentro con la democracia. Va a estar buenazo.
                               Yo no se de quien partió la idea, pero me acuerdo que fue allí y entonces. Estaba Oscar Freddy Rodríguez, Javier Pena, el “Tololo” García, el “Negrito” José Ruben Fernández entre otros que la memoria me borró. Y ahí inventamos hacer un campamento con varias carpas, pa pasar todos juntos y divertirnos sin pausa.
                                A partir de ese momento, varias noches de madrugadas planificadoras beberaje de por medio, determinaron que cada vez fueran más los que se iban sumando a la idea, fueran o no de la “barra”, y sin distinción de ningún tipo.
Juntamos plata. Todos pusimos algo. En aquel momento, para acampar no se cobraba, la luz te la daban gratis igual que el agua, y lo único que necesitábamos era para las comidas, la leña, y el “chupe”, que no podía faltar y era preocupación de primera necesidad. Y juntamos un lote de pesos, poniendo poquito cada uno. Tanto así, que en vista del capital que teníamos, decidimos ir al Chuy a buscar lo más barato y rendidor: caña blanca como pa que no faltara en los tres días de festival. Y dicho y hecho; conseguimos una chevrolet C-10 y nos pelamos subrepticiamente a la madrugada, Javier, el "Ratón" Denis, Oscar Freddy y yo al volante. Volvimos a medio día del día previo al festival, con la pick up hasta el borde de las barandas de Velho Barreiro, y un lechón que cazamos en el camino y que nos costó la careta de la camioneta.

                                Descargamos en una carpa de lona verde, tipo militar, que fue el inicio del campamento; fuimos a buscar el resto de las otras carpas y nos dedicamos en la tarde a armar todo. En el correr de la tarde, además, iban cayendo los acampantes con todo lo necesario para la aventura. Proliferaron las carpas, llegaron a haber diez o doce armadas en redondilla en torno a un fogón circular que armamos con piedras.
                                 A la tardecita estábamos tan cansados, que no nos dio ni para inaugurarlo. Uno a uno nos fuimos yendo cada cual para su casa a descansar, pero alguien tenía que quedarse a cuidar la caña. Esa tarea le tocó a Alfredo Bentancur, el “Fuya”, quien cumplió a satisfacción con su tarea excepto por una botella que “marchó” en la noche, pero era un riesgo calculado, porque era lo único que tenía para matar el hambre, además de una bolsa de galleta dura, que tampoco apareció.
Al otro día, tempranito, nos fuimos arrimando.
                                    Yo recuerdo que llevé una hamaca paraguaya machaza y un equipo de música que luego resultaría famoso; otros llegaban con las verduras y la carne. No faltaron ollas, parillas, cubiertos, sillas, colchones y todo lo que tengan idea que se pueda necesitar. Y apareció el “Tololo” con un pasacalle, que colocamos visiblemente, el que decía: CHUPYPASSE. Y así nació el nombre del campamento más divertido del festival del Olimar del año 85.
                                    Ese primer día, y como estábamos instalados detrás del escenario principal y éramos una pequeña multitud joven y divertida, fueron muchísimas las personas que se acercaron, de todas las edades. Sé que me voy a olvidar de una cantidad, pero no puedo dejar de acordarme de la vieja “Muñeca”, que con su nieta Silvia Alvarez y otras amigas armaron una carpa adyacente al campamento, pero que pronto se integraron. Y empezaron a caer gentes y barras completas, al punto que llegada la hora de dormir no daban las camas, y lo más grave, la caña duró mucho menos de lo previsto.
                                      Hoy, seguramente por haber pasado muchos años desde entonces, recuerdo generalidades y solo situaciones puntuales. Entre los asiduos concurrentes, estaban los Larrechea (Luis Pedro, Pablo, Cecilia), Jorge Zunino, el “Corto” Quintana, el “Ratón” Denis, Eduardo Canet, el “Corto” Fregueiro, el “Tachuela” Rodríguez, los hermanos Carnales (Ramón y Raimundo), el “Morrón” Moreno, y en este punto quisiera que me ayudaran con la memoria para recordarlos a todos....      La "barra" de las chiquitas... Kenia, la Mica, Bea, Elisa...  la "Gija", que con la disculpa de ir a hacernos tortas fritas mantenía vigilada a Isabel de las garras del "Gugú"...
                                      Aunque no crean, se nos terminó la caña. Es que eran interminables las tertulia en torno al fogón. Todos los artistas que pasaron por el escenario pasaron por el Chupypasse, y la mayoría de ellos se quedaban guitarreando. Y los políticos también. Como se había terminado la caña, a cada rato hacíamos viajes al pueblo a comprar. Y cuando ya no había más en el pueblo, seguimos con vino, que comprábamos en damajuanas, tras “pasar el sombrero” cuando había visitantes pudientes.


Los recuerdos se me entremezclan... Esta barra estoy casi seguro que fue la secuela de ese campamento, que se prolongó en años sucesivos.... ¡¡Qué tiempos aquellos!!!   Hasta se me despintan algunas caras!!!

                                     Hasta situaciones de alarma tuvimos. Una noche, se largó una tormenta imponente, con mucha lluvia y vientos potentes, que a los que estábamos “adobados” no nos molestó demasiado, pero volaron algunas carpas y en medio de la noche quedaron algunos desalojados obligatoriamente.
                                       Anécdotas de esos días hay a montones. Otra vez será el tiempo de ocuparnos de ellas.
                                       Como la madrugada que venían pasando unos gauchos a caballo, los invitamos a tomar algo, y después de un rato el “Morrón” y Ramón Carnales les robaron los caballos que habían dejado atados y se fueron pa’l baile del Centro de Barrio Nº 3, en el barrio 25, volviendo a la mañana siguiente cuando a los canarios ya no había quien los sujetara de malos.
                                         Pero esos, son temas de otros momentos. En próximas narraciones, con más detalle y más espacio, seguiremos desgranando recuerdos de estos sucesos...

miércoles, 7 de julio de 2010

¡Que lindo ser celeste!!!


Volvía anoche hacia mi casa con una desacostumbrada sensación agridulce en el ánimo. No importan los razonamientos, ni el orgullo por la entrega y la lucha, ni la bronca por lo que pudo haber sido, ni las presunciones confirmadas de las actitudes arbitrales. Igual perdió mi país un partido trascendental, y aún haya sido justo o injusto, yo sabía de antemano, al igual que todos los hinchas del combinado celeste, que nuestro destino estaba destinado a ser sellado con una “chanchada”, lo que no sabía es en que partido iba a ser.
En esas elucubraciones venía, cayendo la tardecita, manejando a escasa velocidad inmerso en mis pensamientos y sensaciones, por la ruta 19, la que une a Valentines, en la ruta 7, con Treinta y Tres. Había ido, haciendo caso de una de esas cábalas a las que somos tan afectos los uruguayos, a ver el partido en el mismo boliche en el que había presenciado el imponente partido contra Ghana, agónico, sufrido, pero ¡que lindo ganar así!. En fin, volvía a casa. Casi 80 kilómetros en un camino pedregoso y curvado, que significaban algo más de 90 minutos a solas.
Poca o mejor dicho, escasísima gente en una ruta habitualmente de mediano tránsito vehicular, pero de mucha “gente del pago” en moto, de a caballo o simplemente trabajando a la vera del camino.
De pronto, antes de llegar a la Sierra del Tigre, en una serie de curvas donde sale el camino vecinal a Los Noques, veo un par de caballos atados a un poste del alambrado, desensillados, y algo más adentrados en él, dos personas, un hombre y un muchachito. Uno de ellos se levanta de donde estaba sentado, saltando del su asiento agitando sus manos frenéticamente.
Casi sin pensarlo, como reacción natural, ingresé al trillo y me detuve junto a un improvisado campamento típico de tropero donde un fogoncito tímido acunaba una caldera de lata, rodeado de los aperos que servían de asiento.
Mi primera impresión cuando les había visto era que necesitaban algo, que algo había pasado para solicitar ayuda. Pero cuando llegué, vi dos caras pletóricas de felicidad: derrochaban la sencilla alegría que solamente la mezcla de picardía, humildad y tímida inocencia de nuestros hombres de campo y los niños son capaces de manifestar. Vi, además, dos ponchos blanco y celeste colgados del alambrado rodeando una no muy pulcra bandera nacional.
Tan curioso como asombrado, bajé del auto saludando y el menor de ellos, apenas un niño de unos siete u ocho años, me contestó con un ¡que lo parió a Uruguay!! , más que dicho, gritado desde el fondo de su garganta.
Obviamente le contesté algo en el mismo sentido –no recuerdo exactamente qué- y ya también entró en conversación el paisano viejo que le acompañaba, un setentón flaco y enjuto, con la cara y las manos curtidas por los soles y los fríos y trabajos de múltiples jornadas vividas.
Me invitaron a unos mates, que acepté haciéndome de un lugar al lado del fuego.
El hombre viejo me contó que el gurí era su nieto. Que en el lugar donde viven no llega la televisión, y la señal de la radio se pierde entre las sierras. Que en el 50, él siendo niño vivía en Zapicán y todavía recordaba haber escuchado junto a su padre la final del Maracaná en una vieja radio a lámpara que había en el Club de la localidad donde se habían juntado una cincuentena de personas a oir el relato. Que nunca pudo olvidarse de los sentimientos de ese momento, y que quiso compartir con su nieto este nuevo trascendental partido uruguayo. Que habían ido hasta allí, porque en el campamento que había elegido podían ver, aunque un poco lluviosa la imagen, el partido en una pequeña radio TV de esas a pila, la que yo no había notado antes y cuya antena estaba conectada con un alambre al alambrado, para lograr mayor señal.
Compartimos un ratito más de mates, anécdotas de sus vidas y opiniones acerca del partido, entre la mesurada parsimonia del veterano y la amplísima y vehemente euforia del gurí, hasta que decidí seguir viaje.
Cuando encendí el auto y apunté nuevamente hacia Treinta y Tres, ya no tenía ese sinsabor extraño que me había dejado la derrota. No me importaba que la celeste hubiera perdido.
Pensaba mucho más en la alegría y orgullo de ese gurí y ese viejo que les hizo parar un auto en la carretera para compartirlos.
Yo no sé lo que significa ver a mi país ganar una copa del mundo. Tengo casi 50 años, y era muy chico la última vez que la celeste tuvo un lugar destacado en un mundial. Y sé que a esta altura, ya no me importa.
Me quedo con el comentario de ese abuelo que quiso compartir con su nieto la consecución de una hazaña, de ese habitante de uno de los rincones más perdidos del país, que puso en mi boca una sonrisa que todavía me dura y que me va a durar por muchísimo tiempo.
-“Perder así, de esa manera, con garra, coraje y vergüenza, es casi, casi, mejor que haber ganado con ventaja como los gringos esos”!!!
¡Qué lindo es ser uruguayo en momentos como éstos!!!

sábado, 24 de octubre de 2009

Broma pesada

Esta me la contaron: yo no estaba. En realidad, conocí a todos los participantes, pero soy de una generación unos años menor, aunque siempre anduve enredado, por cuestiones de coincidencia de lugar y tiempo. Quienes cuentan esta anécdota habitualmente, y que fueron partícipes, seguro recuerdan muchos más detalles que yo, y ellos aseguran que es totalmente verídica. Lo que sigue a continuación, es el relato tal cual lo recuerdo.
El bichito del coronilla


Había una vez en tierras olimareñas una barra de ya no tan muchachos, que periódicamente y con asiduidad , salían a pescar en excursiones muy bien organizadas, a veces de hasta 3 y 4 autos repletos de gente y equipamiento. Era una barra que obviamente se llevaban muy bien, que se entendían perfectamente, donde prácticamente nunca –a no ser broma mediante- se generaban desavenencias, y de gente con mucho humor, con muchas ganas de vivir y pasarla bien. Y esas jornadas de pesca eran ideales para eso, sobre todos las de las cálidas jornadas veraniegas, con sus noches tibias y claras, perfectas para pasarse la noche “agarrado al piolín”, tomando alguna “caipirinha” y pitando un tabaquito pa espantar los mosquitos.
Había varios pesqueros preferidos por la barra. Sin dudas uno de los más populares en la época estaba en las tierras de “Yanguta” Machado, en la séptima baja de Treinta y Tres, aunque también iban mucho a la represa de Bonomo y Gigena (en esa época, no se si sigue siendo), y otros varios lugares en las costas del Olimar o del Cebollatí, preferidas mayormente para los campamentos largos por la ventaja de contar con los recursos de sus frondosos montes naturales para abrigo y leña.
Treinta y Tres, la ciudad, siempre fue muy generosa con los inmigrantes. Forastero que venía a radicarse acá, sin distinción, se le abrían las puertas sin desconfianzas previas no presuposiciones, tanto a nivel profesional o de trabajo, como a nivel de relacionamiento social y de aceptación amistosa.
Por aquella época que nos ocupa, cayó a nuestra ciudad un muchacho bien joven, ansioso de abrirse camino en la vida, de esos buscavidas simpáticos, de trato agradable. A los pocos meses, era conocido de todos, integrado como uno más, y que sin tardar fue invitado a participar de una de las mencionadas pesquerías, a la cual adhirió con la vehemencia y el empuje que le caracterizaba y gracias a que ya estaba trabajando con solvencia, se equipó completo desde casaca pescadora, gorro, botas y cuchillo, hasta los implementos de pesca más sofisticados, no accesibles a todos en la época.
Al momento de partir, cuando le vieron llegar a la concentración desde donde partirían portando sus estrenados enseres, cuatro o cinco de los participantes de la aventura, decidieron gastarle una broma. Destinaron al novato a otro auto que no fuera donde iban a ir ellos, y en el viaje, planificaron hasta el más mínimo detalle de la cachada.
Cuando llegaron al lugar donde pasarían los siguientes dos días con sus noches viviendo “a monte”, y tras organizar el campamento, los bromistas fueron aprovechando las oportunidades para avisar a los demás que iban en el otro auto de la broma programada. Uno de los puntos clave de la misma, era no contar con ningún vehículo en el campamento, por lo cual mientras uno de los choferes desarmó no recuerdo que parte de su auto simulando una avería que no permitía mover el coche, el otro dijo que al otro día a la noche volvería a Treinta y Tres a buscar un supuesto repuesto para poder arreglarlo.
La jornada transcurrió normalmente, pescando, tomando mate, charlando, conversando, etcétera, hasta que al llegar la noche, todos de acuerdo menos la víctima, comenzaron a conversar sobre el “bicho del coronilla”, un supuesto insecto que según las versiones era sumamente venenoso y para el cual no había más cura que una rápida internación en un centro asistencial, bajo riesgo de muerte segura si no se lograba atención médica inmediata. Se manejaron varios datos sobre el tal bicho, pero estaban todos de acuerdo con que los primeros síntomas comenzaban con un adormecimiento de la boca y la lengua, tras lo cual solo se contaba con apenas un par de horas para la atención de emergencia. Con ese tema traído a colación cada dos por tres durante toda la noche en las varias reuniones que se forman rodeando el fogón, y al otro día, cuando la sorpresa del novato dio paso a la credulidad, “tragándose” el cuento completito, llega el momento en que el chofer del auto “sano” sale rumbo al pueblo a buscar el repuesto, a la tardecita.
Al poco tiempo de esto, la barra se junta al lado del fogón a tomar mate, pero los cómplices de la broma cada vez que el porongo pasaba a manos del destinatario de la broma, a escondidas de éste untaban la bombilla con “Durasensil”, un anestésico potente muy en onda en épocas previas a la aparición del Viagra.
Y por supuesto que al cuarto o quinto mate, el producto comenzó a hacer efecto en el novato, quien comenzó primero medio disimuladamente, y a medida que tomaba más mates con mayor aspaviento, a mordisquearse los labios y recorrer la boca con su lengua, hasta que no aguantó más y con la voz quebrada de susto y alarma gritó hablando con la torpeza característica de quien tiene la boca adormecida por anestecia:
_ “Me picó el bichito del coronilla!!!... Me picó el bichito del coronilla!!! Me muero… me muero…!!!
La barra, conteniendo la risa al ver la desesperación de la víctima, pusieron cara de preocupados e intentaron varios remedios caseros desesperandolo aún más ante la pérdida de tiempo que esto significaba, recordándole que no tenían vehículo para irse, y que no quedaba nada por hacer.
Así lo tuvieron como media hora, hasta que ya no aguantaban más la risa ante la cruel broma. ¡Cómo sería el susto de ese cristiano que cuando le dijeron que era todo una broma, pensaba que se lo decían para que se muriera tranquilo ya que no tenían posibilidad de llevarlo a salvarse! Hubo que mostrarle la pomada y hacerle ver que también varios de la barra que habían compartido el mate tenían los labios y la lengua dormida, para que se tranquilizara.
Hoy, por suerte, solo queda esta anécdota que me pareció merecedora de ser compartida, más allá de algún error que pueda tener el relato y de que preferí no dar nombres, que los conozco, porque en realidad para la víctima fue una broma muy pesada.

domingo, 11 de octubre de 2009

Adiós al Beco

Pal Beco ...


El “Beco” Macedo estará seguramente armando un pife con los Eguren Tapia, “Cololo”, el “Manso” y el “Mono”, o invitando al “Tio Viejo” Denis, a don Mariano Carbone, a Carlitos Gigena, a “Cacho” Bezón, al “Flaco” Ortiz y a Blanco Fernández para jugar una pifarola 5, 10 y 20… para pasar un rato de su eternidad recién estrenada.
Y con certeza -me parece verlo-, al poco tiempo ya estrá rezongando con los mirones cuando las cartas le sean esquivas, y matizando con sus agudos comentarios y su excelente humor el devenir del juego, o inventando alguna broma inteligente para “calentar” al contrario.
Con casi medio siglo de vida, un período enormemente largo si lo consideramos desde los años mozos, pero nada más que un chasquido de dedos para quienes hoy los llevamos a cuesta o venimos cerca, conservamos tantos recuerdos, de tanta gente que en tantos años ha marcado de manera indeleble en nuestra memoria múltiples episodios y vivencias cotidianas que con el paso del tiempo se han convertido en anécdotas memorables que conservamos con cariño.
Albérico Ipacio Macedo, el “Beco” Macedo, es sin dudas uno de ellos, a quien no pude despedir en su partida, pero del que conservo el mejor recuerdo; un hombre excelente, padre, compañero y amigo. En mi juventud, su casa fue nuestra casa, la de las barras de sus hijos, Ricardo y Gustavo, ambos adictos a la juntadera de gurises.
Inolvidables son las noches de guitarreadas en el fondo de la vieja casa al lado de la Onda, las tardes de timba en el garage, las madrugadas de charla cuando ya pelados nos quedábamos comentando los sucesos, y tantos momentos compartidos. Y siempre estaba “Beco”, veterano, pero uno más de nosotros. Sin hablar de las reuniones en el Progreso o en lo de Benito, donde se destacaba por su humor sin par y por su habilidad comunicativa que le llevaba a convertirse en el eje de las conversaciones.
Hace ya algunos años que teníamos poco contacto, más allá de algun saludo ocasional cuando aparecía por el centro y que nos encontrábamos, charlando fundamentalmente de cosas banales y de poca importancia, pero que sin mencionarlo dejaban entrever el afecto que nos profesábamos, con un abrazo, un apretón de manos, o un grito a las apuradas al cruzarnos.
Por eso y por mucho más, es que tenía la necesidad de escribir esto. Para decirles al Rulo, al Trucha, a Hilda y a los gurises todo lo que me apena que ya no esté. Pero para decirle a él, también, que siempre estará, con ellos y con nosotros, en nuestro recuerdo y en el lugar de nuestro corazón que se ganó no ahora cuando se fue, sino cuando nos abrió el suyo para brindarnos su amistad hace tantos años ya…
Nos vemos, Beco, nos vemos por ahí…