domingo, 3 de septiembre de 2017

Albores del futbol treintaitresino...

1906: Los inicios del balompié olimareño

                                                 Apenas comenzado el siglo XX, el fútbol hizo su aparición en nuestro medio. Impulsado en sus orígenes por “muchachos” de la época al influjo conjunto de la “novedad de moda” proveniente de la capital del país, y de la llegada de un dos grandes contingentes de hombres jóvenes, trabajadores de las obras del Ferrocarril y del Puente Viejo, y el asentamiento del Regimiento 4º de Caballería, que encontraron en el juego un camino eficaz para socializar e integrarse rápidamente a una sociedad joven.


                                               En una publicación realizada por Camilo Urueña en los años 40, el autor cuenta que en una conversación mantenida con el señor José Acevedo, éste le realizó un relato vivo y fiel de los comienzos del fútbol en Treinta y Tres, que el autor recogió y transcribió como testimonio de esos noveles tiempos, procurando, según sus propios conceptos, “conservar todo el sabor de sano entusiasmo y constructiva curiosidad que del relato emana”.
                                             Según contó Acevedo, “era un día de setiembre de 1906, que conversando con Amaranto Carrasco, cuando me interrogó si me gustaba el fútbol y al contestarle que no lo conocía, me explicó más o menos como era el juego. Unos días después y ya varios entusiasmados, a falta de pelota, conseguí en el matadero de “Juan Chico” una vejiga que inflada, sirvió para que diéramos los primeros puntapiés y tuviéramos las primeras nociones del juego”.
                                            Esa práctica, naciente, primeriza del deporte local, se realizó en un terreno baldío propiedad de la señora Sara Ferrer, del que la crónica no establece ubicación exacta. Según otra documentación de la época consultada, la señora María S. Ferrer tenía una propiedad en la intersección de las calles Dionisio Oribe y Pablo Zufriartegui, siendo la única que pudimos encontrar a nombre de Ferrer.
                                          “Para amenizar la “breg” –continúa el relato de Acevedo transcripto por Urueña-, compramos en el boliche de Nicola, por ocho vintenes, un litro de vino francés. Amaranto Carrasco, que estaba empleado en una farmacia y era por lo tanto apegado a las reglas de higiene, hizo una ranura en el tapón y por allí tomábamos. La vejiga resistió unos pocos puntapiés, pero nos divertimos bastante y tuvimos un atisbo de lo que era el juego”.
                               
         “Entonces se pensó en adquirir una pelota de futbol verdadera, pero como el encargo a Montevideo demoraría, compramos una pelota de goma de colores en la casa de Santiago Esquerra, donde hoy está “Macedo y Tomatti. Costó $ 0.90 y con ella se realizó la segunda práctica de fútbol, pero la goma estaba reseca y sirvió menos que la vejiga. Entonces, los noveles aficionados reunimos la suma de $ 5 y los enviamos a Montevideo por intermedio del mayoral Juan Mieres, para comprar una pelota, pasa tientos e inflador. La pelota vino y esa fue la base del comienzo del fútbol”.
                                         Siempre según los recuerdos de Acevedo recogidos por Urueña, los primeros “jugadores” de esas instancias fueron además del propio Acevedo y el ya nombrado Amaranto Carrasco, Casto Herrera, Emilio Zabalegui, Pancho Ungo, Esteban Marchelli, Tomás Grejo, y otros más que escapaban a la memoria del narrador, quien sí recordó que “los primeros palos para los arcos de aquella primer cancha, los hizo Domingo Setra, de la carpintería de Francisco Casañes, y costaron 5 pesos que también se pagaron por medio de una colecta”.


Primera crónica del fútbol local

                                      Algunos meses después de la primavera relatada anteriormente, en el invierno de 1907 y en el marco de las conmemoraciones del aniversario de la Jura de la Constitución, el recientemente formado “Centro Atlético Treinta y Tres” anuncia en la prensa local que inaugurará “su sección fútbol” organizando un “gran partido que se llevará a cabo entre su primer team (cuadro) y otro formado con elementos del Regimiento 4º de Caballería”, estipulando que el mismo tendrá lugar “a las dos y media en el campo que el Centro Atlético tiene arrendado frente a la Plaza General Artigas, donde se ha delineado una hermosa cancha y se ha construido un cómodo tablado para que el público pueda seguir las alternativas del viril deporte”
                                   Publicaciones subsiguientes de los medios locales, dan cuenta de la adhesión a la fiesta deportiva de la Jefatura Política y al tiempo que se aplaude “la actitud de las autoridades locales que estimulan y ayudan a difundir los nobles juegos olímpicos”, anuncian que el juego será inaugurado oficialmente con un palabras del señor Fermín Hontou, quien dará además “el primer impulso a la pelota”.
Foto tomada de internet

                                  La prensa local, además, coincide en destacar el interés que ha concitado en el sociedad el encuentro “sobre cuyos resultados se han hecho tantos comentarios y hasta se han cruzado apuestas”. “El Progreso”, al respecto, aclara “nosotros no comentamos nada porque consideramos que los teams son dignos adversarios uno del otro, y que si el cuadro del Regimiento tiene en su favor el vigor y la resistencia de sus hombres, el Centro Atlético cuenta con una excelente estrategia que puede darle el triunfo. Su capitán Mármora que ha actuado con brillo en Montevideo se encontrará fuera de su rol porque su reciente enfermedad le impide figurar en la línea de ataque, pero aún en la defensa creemos que se desempeñará discretamente”.

El partido

                                         Tal como había sido anunciado con bombos y platillos, el jueves 18 de julio de 1907 tuvo lugar lo que fue el primer partido oficial de futbol registrado en Treinta y Tres.
En la oportunidad, en la cancha ya mencionada, tuvo lugar el encuentro concertado, y la crónica de la prensa local destacó  “la numerosísima concurrencia que superó toda esperanza, pues además de hallarse allí las autoridades se congregaron muchas familias de lo más selecto y el pueblo en masa”
                                        La jornada se inició con las también anunciadas palabras de Hontou, y tras una breve introducción a cargo de la banda del 4º Regimiento que amenizó también el entretiempo, dio comienzo el esperado partido.
                                      “Los teams se presentaron vistosamente vestidos, luciendo el Centro Atlético Treinta y Tres blusa tricolor y el team del regimiento camiseta negra, pantalón blanco y faja roja”, destacaba “Vida Nueva”, que además advertía que “los adversarios se portaron caballerosamente a pesar de haber habido algunos inconvenientes que nosotros atribuimos a la incompetencia en las leyes del juego, no conocido perfectamente por los jugadores ni aún por el mismísimo juez”.
                                       “Vida nueva”, además, recoge la nómina de jugadores de aquel primer cuadro olimareño, el Centro Atlético, que según este periódico estaba integrado por “J. Sanna como Goal keeper; backs Mariano Berro y Miguel Mármora; half backs: Torres España, Grejo y J.M. Suárez; forwards: J. V. Doldán, Macedo, Marchelli, Amaranto Carrasco y A. M. Vallejo”. No pude encontrar en ninguna publicación los nombres de los integrantes del equipo contrario, supongo por el hecho que en su mayoría deberían ser soldados recién llegados a la ciudad y bastante desconocidos.
10 años más tarde, también en Vergara ya había fútbol

                                           La crónica del partido en sí publicada por el periódico “El Progreso” el 25 de julio, transcripta textualmente a continuación, demuestra a las claras el poco conocimiento del juego que existía en el medio, ya que entre paréntesis el narrador explica el significado de cada palabra nueva referente al juego que utiliza.
                                           “Los teams (cuadros) vistiendo vistosos trajes hicieron proezas mostrando habilidad y resistencia; el entusiasmo de los jugadores se traslucía por la cantidad de golpes que se propinaron, produciendo la consiguiente hilaridad en el público que siguió con interés creciente el desarrollo del torneo.
                                           Comenzó atacando con bríos el Regimiento produciendo el primer escrimage (entrevero) delante del goal (valla) del Centro Atlético, pero la defensa del cuadro local conjuró el peligro y desde entonces empezó a desplegar un juego excelente de combinación que le dio el triunfo.
                                           Durante el primer half (mitad) el Centro Atlético consiguió tres goals (tantos), el último de los cuales dio lugar a discusiones debido a la incompetencia del referee (juez) y de algunos jugadores, incompetencia que no se subsana ni con buena fe, ni con la buena voluntad que los guiaba.
                                            El segundo half se llevó a cabo con la misma fineza que el primero, y en él obtuvo el Centro su cuarto y último goal. En nuestro concepto los vencedores tuvieron mejor disposición, llevando varios ataques a la valla contraria. Los dos teams en general demostraron habilidad y resistencia, pero el Centro Atlético tiene más estrategia tanto para el ataque como para la defensa”.
                                            Otras fuentes, señalan que “entre los jugadores del Centro Atlético merecen atención especial el joven Amaranto Carrasco que hizo repetidos dribles (regateos) muy eficaces, y el goalkeeper (arquero) José Sanna que detuvo un penalty-kic (tiro directo) el cual implica un goal hecho, el más difícil de defender, y lo detuvo al pretender pasar la pelota medio metro por encima de su cabeza. Por esto mereció una ovación general. La derrota del team del Regimiento se debe en exclusividad a su goalkeeper que por falta de aptitud dejó pasar el goal por tres veces sin ofrecer ninguna oposición. Del team referido se destacaron los dos backs, que hicieron una defensa brillante, y el capitán señor Cabral”.
                                            A pesar de esta reluciente victoria, algunos días después de este partido, se anuncia la escisión de un grupo de integrantes del Centro Atlético, que deciden formalizar la creación de otra institución llamada Olimar Futbol Club, en cuyas filas formó Amaranto Carrasco, quien tiene así una calidad de triple fundador en el deporte olimareño: del fútbol en sí, del Centro Atlético Treinta y Tres, y del Olimar Futbol Club. Vale destacar que según he podido constatar, ninguna de estas dos instituciones nombradas son los antecesores directos de los actuales clubes Treinta y Tres ni Olimar.


jueves, 17 de agosto de 2017

TVOHoy ... retornos y recuerdos

40 años después...





                                                  TVohoy fue de esas cosas característicamente olimareñas. Un grupo de muchachos embarcados en la casi quijotesca tarea de hacer humor en vivo, sin más experiencia que las payasadas desarrolladas en asados y reuniones de amigos, sin estudios artísticos que avalaran el intento, sin estructura ni fondos ni respaldo: solo ideas, ganas, entusiasmo y la cuota necesaria de temeridad que otorga la juventud y el desconocimiento de la magnitud del proyecto que se encaraba.
                                             Fue así que un 6 de octubre de 1980, en un Teatro Municipal repleto de gente que había concurrido para colaborar con el Liceo Departamental (el único por entonces en Treinta y Tres) que sería la institución beneficiada con lo recaudado, debutó el grupo con un éxito arrollador. 


                                    A la luz de este resultado y a pesar que TVohoy se había conformado con ese único objetivo, para esa única función, se decidió continuar con la actividad, desarrollando nuevos espectáculos, al principio sin variar mucho el repertorio, pero más tarde ampliándolo y si se quiere de alguna manera “profesionalizándolo, con actuaciones en el propio Teatro Municipal,  otras más en el Club Centro Progreso, e incluso exportándolo fuera de fronteras departamentales, en Montevideo, Minas, Chuy, las más recordadas.
                                     El espectáculo consistía en “sketchs”, obras cortas de poca duración, que satirizaban algunos programas de televisión de aquellos días, con libretos propios, armados “a pulmón” en interminables reuniones de ensayos, risas y diversión. Así nacieron, por ejemplo “Morumbí Pregunta”, acto que satirizaba el recordado programa de preguntas y respuestas “Martini Pregunta” que hacía furor en aquellos días. O “Pescado en Carnaval”, sátira de la telenovela brasileña “Pecado Capital”, o “Chicos valores del Tango”, licenciosa versión del afamado programa que por años dirigió Silvio Soldán, e inclusive una versión de un informativo.

Los inicios

                                               Corría el invierno de 1980 cuando comenzamos los ensayos, a veces en casa de alguno de los integrantes, a veces en el salón de actos del Liceo, y otras veces en una casa vacía que se había conseguido a esos efectos, casi en la esquina de Simón del Pino y Felipe Carapé, que luego fue la casa del Partido Colorado.
Fue ahí que se fue afianzando el grupo, integrado en esos inicios por Carlos Facet, Carlos Moreira, Jorge “Corto” Quintana, Miguel “Ratón” Denis, Luis “Flaco” Tabarez, Gustavo “Moroco” Fernández, Nilo Costa y yo, casi que de "agregau".

                                                A medida que iban surgiendo ideas para nuevos “sketchs”, y se acercaba la fecha del debut, también se iba tomando conciencia del esfuerzo que supondría la puesta en escena del espectáculo y de la multitud de detalles que había que afinar. Se fueron convocando amigos y conocidos, generándose una “movida” de algunas decenas de muchachos que se fueron involucrando con la idea. La base fue del grupo de servicios “Cadetes de Interact”, pero además fue necesaria la participación de otra cantidad de gente, además de los “actores” y, nobleza obliga, fue decisiva la participación como coordinador de todos estos esfuerzos la destacada labor de “Carlitos” Facet.
                                        Hacía falta “extras” que cubrieran las necesidades de ambientación de algunos actos, iluminadores para manejar las luces, sonidistas para las cortinas musicales, maquilladoras, utileros, vestuaristas. La ambición de perfección, a medida que se acercaba la fecha, era importante, y los esfuerzos en tal sentido se multiplicaban.

                                                       El sonido quedó entonces a cargo de Sergio “el gordo” Almeida, la iluminación la manejó Ruben Melgarejo; algunas de las chiquilinas de la época oficiaron de maquilladoras y vestuaristas (recuerdo particularmente a Nancy Medina, Mabel Isaza, Marjorie Isaza, Charito de Castro, pero eran algunas más), una veintena de “gurises” tomó parte como extras, y otros tantos fueron los encargados de la utilería para ambientar los distintos actos.

                                                     La utilería fue un capítulo aparte, al menos en lo previo. Quien más o quien menos trajo algo de su casa, pero además hubo que conseguir “por todos lados” desde alguna prenda de ropa hasta los más variados instrumentos musicales que se usaron tanto para conformar una orquesta sinfónica para el sketch que se denominó “Sinfónica Jazz”, como los necesarios para la orquesta del “Chicos Valores”: violines, viola, violonchelo, tubas, trombones, saxos, percusión, bandoneón, etc. Hasta hubo alguno, como el “Ratón”, que trajo el propio living de la casa para el sketch de la novela.
                                                     Y llegó el momento del debut tan ansiado y temido. La tarde previa, en un caótico “ensayo general” se intentó ultimar detalles, y quedó todo aceptablemente pronto, hasta unos impecables “programas” que se entregaron con la entrada, confeccionados en serigrafía por el recientemente fallecido Sergio Denis. 

                                                    Pero los imprevistos existen y por motivos particulares, Nilo Costa se vio impedido de participar, y sobrevino una pequeña crisis, que se subsanó rápidamente con el reparto de sus personajes y recuerdo muy especialmente los nervios del “Corto” que casi sin ensayo, tuvo que hacerse cargo del presentador del primer sketch de la noche.

                                                      Ya en este primer acto, se generó la primer anécdota de tantas. El sketch se trataba básicamente de la parodia de un conocido programa musical de televisión donde fallaba el artista principal y aparecía sorpresivamente el comedido de siempre que sobre la marcha conseguía un reemplazo. El “Corto” oficiaba de presentador del programa, y el “Ratón” era el encargado de solucionarle el problema. Para crear un golpe de efecto en el ingreso a escena de este último, la idea original era que se lanzara en una cuerda desde bambalinas en el piso superior, pero la altura era tal que se temió un accidente, y hubo que cambiar de idea, decidiéndose que el “Ratón” se ocultara en el sitio reservado para el “apuntador”, que tiene una trampilla por la cual se accede al escenario, y que en el momento justo se abriría sorpresivamente y de ella emergería el actor, que se tuvo que esconder antes que empezara a ingresar la gente a la sala. Todo transcurrió por los carriles previstos, lográndose un buen golpe de efecto, pero la falta de experiencia o una distracción hicieron que nadie volviera a cerrar la trampilla. El “espectáculo salvador” que se ofreció en el sketch, era una versión del grupo musical “Village People”, que se caracterizaban por el vestuario de sus integrantes, que se vestían uno como indio, otro policía, un obrero de la constricción, un cow-boy, un soldado y un motoquero, este último el líder del grupo, papel que interpretaba “Moroco” Fernández. Cuando éste irrumpe en el escenario, caracterizado y portando sendos lentes oscuros, un poco encandilado por las potentes luces de frente y hablándole a la platea, repentinamente se sumerge en el pozo que había quedado abierto, casi desapareciendo de escena y provocando un estallido de carcajadas del público. Consciente que “el show debe continuar”, se incorpora como puede y continúa el acto, dolorido y bailando al son de la música.

                                          Tampoco puedo olvidar de aquella primera actuación, la participación de Julio García con su personificación de “Palito Ortega” acompañado por la orquesta “Sacramento”, integrada en ese entonces por “Nito” Orique, Wellington Martínez, Sergio Nuñez, Sergio Sampayo y Roberto “Tortugo” Avila. Originalmente, “Palito” iba a cantar solamente un tema, pero al verse frente a tanto público, enganchaba una canción tras otra al punto que prácticamente hubo que cerrarle el telón para que parara.

                                                     ¡Habría tanto y tanto para detallar de esa primer jornada! Tantas anécdotas y vivencias. Desde la “pelea” de boxeo presentada en el informativo entre el “Corto” y el “flaco” Luis Tabárez, Carlitos Moreira respondiendo preguntas en “Morumbí”, Facet totalmente poseído por sus personajes de charro mejicano interpretando la canción de los mariachis de Les Luthiers o de Soldán en Chicos Valores; “Moroco” y el “Ratón” con su histrionismo innato, hasta los apurones “tras bambalinas” por los cambios de vestuario o de escenografía.

Viento en la camiseta

                                                El éxito de ese primer show, y la satisfacción por haber logrado además de brindar un buen espectáculo, el divertirnos increíblemente, facilitó la voluntad de seguir adelante con el grupo, como se dice normalmente, TVohoy había agarrado “viento en la camiseta”. Se hicieron un par de espectáculos más en ese mismo año, siguiendo con el repertorio original, y después en el transcurso de los siguientes tres o cuatro años se siguieron sucediendo actuaciones, en las que además de producirse nuevos “sketchs”, se fueron incorporando nuevos actores y participantes, manteniendo siempre la base fundamental integrada por los dos Carlitos, el “Ratón”, el “Corto”, el “Flaco” y el “Moroco”. 

                                                     Pronto el teatro quedó chico, y los shows se trasladaron al Progreso, donde se llegó al cenit tanto en cantidad de espectadores, como en calidad del espectáculo: ya no eran los muchachos inexpertos, se había ganado en confianza y experiencia, y eso se notaba tanto en la comunicación con el público como en la seguridad e improvisación que también marcó una impronta.
                                                Montevideo (especialmente recuerdo una actuación en el Automóvil Club), Minas y Chuy en varias oportunidades también fueron testigos del empuje y calidad logrados por el grupo. Tiempo después, si mal no recuerdo por allá por el año 90, se realizó la última función: el festejo de los 10 años de TVohoy tras algunos años de inactividad, que nuevamente conjuntó gran cantidad de público ávido por participar y contemplar el show que sin dudas marcó una época y una generación en nuestra ciudad.
                                         Hoy, casi 40 años han pasado y los veinteañeros somos sesentones. Probablemente -aunque muchos lo recuerden-, las nuevas generaciones solo hayan escuchado hablar a algún nostalgioso de esa época. Ya confirmado que se habrá de concretar el regreso de la barra a las tablas a modo de recuerdo nostálgico, para revivir momentos como aquellos y volver a ver un espectáculo inolvidable, que quizá pueda servir de agente motivacional para que nuevas generaciones agarren la posta y transiten por el camino de la creatividad y compañerismo que ese grupo logró recorrer.

lunes, 10 de julio de 2017

Recuerdos y fotos

Coronaciones y Reinas 


Una de las tradiciones que durante mucho tiempo esperaban los jóvenes olimareños con excitante ansiedad, durante muchísimos años arraigadas en la actividad social de nuestro medio y a la fecha prácticamente desaparecidas, eran las “Coronaciones”, serie de  


Elección liceal en los años 70

actividades bailables casi siempre primaverales, donde cada institución social y educativa del medio reunía sus más conspicuas bellezas, elegía con distintos métodos cuál era la más bella del año, y con pompa y glamour se le otorgaba el reinado de la correspondiente institución por el siguiente período, siendo “coronada” por la saliente “Miss”.

Sin dudas que habría que rebuscar mucho en los primero años de la historia Treintaitresina para indicar con certeza dónde se realizó la primera de estas actividades y a que club o centro de enseñanza le corresponde el honor de ser el creador de esa tradición, aunque es dable suponer que se haya instaurado en el seno del Club Centro Progreso a principios del siglo pasado, haciéndose extensiva luego a la mayor parte de las instituciones del medio.

Lo cierto es que, al menos desde finales de los años 60 y durante muchos años más, quizá hasta mediando los 90, año a año se realizaban no solamente en el mencionado Progreso, sino que también en el Centro Democrático, la UTU, el Liceo y algo más acá en el tiempo se sumaron algunas instituciones privadas, como la Alianza Cultural Uruguay – EEUU, y se aprovechaba prácticamente cualquier ocasión para celebrar ese tipo de eventos, como las “Reinas del Carnaval”, la “Reina del Sol” que se llevó a cabo durante muchos años en el parque del Río Olimar, o la “Reina de la Primavera” que en su cenit organizativo supo convocar multitudes a la Plaza 19 de Abril. No escaparon a esta contagiosa tradición tampoco, durante muchos años, los Centros de Barrio de nuestra ciudad, sobre todo los tres primeros que funcionaron, en los barrios Nelsa Gómez, Sosa y 25 de Agosto respectivamente.

Sin ningún lugar a dudas, los más pomposos y significativos para la población en general eran los organizados por el Centro Progreso, el Democrático y el Liceo (en ese entonces el único), seguramente por ser las instituciones que contaban con mayor cantidad de público. Recuérdese que en el caso de los clubes sociales, en su auge de participación, alcanzaron a registrar ambos más de mil asociados, y teniendo en cuenta que solo se asociaba el “cabeza de familia”, tenían posibilidad de participar de estas actividades no menos de  tres o cuatro mil personas, mientras que el Liceo alcanzó la friolera de más de 2000 alumnos en tres turnos antes que se inaugurara el liceo Nº2.

Había en aquellos tiempos, además, una especie de “guerra fría” o competencia con regla no establecidas entre las tres grandes coronaciones, primero y antes que nada intentando elegir a la más bella primero que los demás, ya que no se consideraba correcto que la misma joven fuera elegida como Reina de más de una institución. Pero además, cada una de ellas no escatimaba esfuerzos ni dinero para intentar que su fiesta fuera superior a las demás en todos los detalles: desde los vestidos de las integrantes del “cortejo” que acompañaba las elegidas, las orquestas y amenizantes de las fiestas hasta la
preparación de las escenografías y tronos donde se llevaba a cabo la coronación. Recuerdo nítidamente, de mis años mozos, por ejemplo, a Alma Helal y a “Pocha” De Craviotto a cargo de estos menesteres, preocupándose por todos los detalles, desde el peinado y maquillaje de las “señoritas” hasta la especie de coreografía ensayada con que se llevaba a cabo la “entrada” de las reinas y su cortejo.





Llegaron a ser eventos tan populares y que concitaban tanto la atención, que apenas el canal 11 local contó con la tecnología suficiente, se ocupaba de transmitir en directo los eventos, en un alarde de producción que sin dudas debió significar mucho esfuerzo para la época, donde había que trasladar pesados equipos y no era tan solo como lo permite la actual tecnología, llevar una cámara y transmitir inalámbricamente.

Quienes ya doblamos el codo de los 50 años, y descartando que seguramente cada cual tenga más vívidos los recuerdos de sus propias participaciones en este tipo de actividades, cada vez que surge el tema no conseguimos escapar de la fascinación que produjo en Treinta y Tres que varias de estas “Misses” en el entorno de los años 70, hayan participado y conquistado lauros importantes en eventos nacionales, como cuando Rossana Pintos obtuvo el cetro de Miss Juventud y si no me equivoco al año siguiente también la representante olimareña fue seleccionada finalista del mismo prestigioso concurso que se llevaba a cabo en el balneario de Piriápolis.

Las coronaciones eran una fiesta de todos. Eran, por aquellas épocas de los años 70, una de las pocas actividades bailables del año de carácter “oficial” de los Clubes, donde hombres y mujeres, muchachos y chiquilinas, nos vestíamos de etiqueta para estar a tono con la importancia de la ocasión.





Como testimonio gráfico de ello, han quedado decenas de registros fotográficos muy interesantes, algunos de los cuales es posible publicar aquí gracias a la amabilidad del Archivo Fotográfico del Museo.
Sería muy lindo y gratificante que además de mis propios recuerdos tan sucintamente narrados, se animaran a dejar sus remembranzas en los comentarios de esta nota, que quizá entre todos podamos traer a la luz una época añorada por muchos.


martes, 20 de junio de 2017

El Clinudo: matrero de 20 años, terror del este

Historia corta en tiempo, pero larga en crímenes



                                        El Clinudo fue un matrero uruguayo, apenas conocido hoy, pero que allá por las épocas en que Treinta y Tres era apenas una aldea de Cerro Largo con poco más de 20 años de vida, conmovió profundamente la zona con el coraje loco y las crueldades innumerables que se le atribuían, y mucho más cuando se le acusó de los crímenes de la pulpería de Basaldúa y del establecimiento de Menchaca, de los cuales informamos detalladamente en una anterior entrada de este blog.


                                             Durante algún tiempo sus andanzas y su crueldad fueron motivo de comentarios escalofriantes en las ruedas de mate y fogón, en la zona nordeste del país, principalmente en los parajes que fueron escenario de sus andanzas y crímenes en los departamentos de Cerro Largo, Lavalleja (comprendiendo el hoy Treinta y Tres, y Rocha).

Quién era El Clinudo


                                 Sus orígenes no son fáciles de rastrear.
                                 Según revela Cédar Viglietti en su documentado libro “El Clinudo” éste habría nacido entre 1855 y 1860 en la zona de El Valle (en las inmediaciones de la actual Villa Serrana), departamento de Minas. Según sus propias palabras en declaraciones judiciales, dijo que había nacido en Punta de las Sierras de Illescas, en el departamento de Florida, alrededor de 1860.  En esta misma instancia, reconoció que apenas conoció a su padre Francisco Artigas, un pequeño propietario de tierras pobres que alimentaban a ochenta vacas. Este murió, al parecer, en la defensa de la ciudad de Paysandú, el dos de enero de 1865, después de pasar mucho tiempo, acaso dos años, luchando en la guerra civil. De su madre El Clinudo, en sus confesiones, sólo recordaba que se llamaba Carolina y desconocía su apellido. De esos tiempos de felicidad agreste, ensombrecidos por el recuerdo de la muerte de su padre y los trabajos y asedios a que fuera sometida su madre, solo quedaban leyendas y diatribas.
                                          En definitiva, El Clinudo quien fue también conocido como “Panta Artigas” y “Manta Ruana” o simplemente “Manta”, se llamó Alejandro Rodríguez, con la imprecisión frecuente en la época, aunque el apellido de su padre fuera Artigas y el de su madre Carolina, ignorado.
                                         Los datos recabados por Viglietti lo ubican en la década de los setenta del siglo xix como integrante de las huestes del militar y caudillo de Minas “Manduca Carbajal” quien tenía estancia en Pirarajá, lo que es confirmado por El Clinudo, quiñen admitió que  estuvo en la estancia de Carbajal en carácter de agregado, condición que militares estancieros de la época consentía en su casa a aventureros y bandoleros, con el propósito principal de evitarse perjuicios y de evitarlos a los vecinos, pues si no hubiera sido admitidos en ninguna parte, hubieran tenido que vivir siempre a monte, atentando continuamente contra los intereses de estancieros y vecindarios desprotegidos.
                                         Manuel de Brun Carabajal, conocido como Manduca Carabajal, fue un militar de carrera que participó del alzamiento de 1857 contra Gabriel Antonio Pereira. Fracasada la intentona conservadora se exilió en Brasil, desde donde regresó en 1859.  Hombre fiel a Venancio Flores, prestó su concurso a la invasión de 1863 con un grupo de seguidores reclutados en Minas, Cerro Largo, Rocha y Maldonado. Luego del triunfo de la “revolución libertadora” fue designado jefe político de Minas en 1865 y hasta 1868, cuando quedó al mando de la región militar que comprendía Cerro Largo, Treinta y Tres, Maldonado, Minas y Rocha. Falleció el 22 de octubre de 1879.
                                          Y es justo en este período, alrededor de 1880, quizá sin haber cumplido aún sus 20 años, cuando Rodríguez inició su carrera delictiva y comenzó a ganar “sus mentas de matrero”. Algunas sustracciones de caballos de las estancias vecinas, participante asiduo en cuadreras y timba en las pulperías de la amplia zona dominada por su protector, joven y enérgico bailarín y con éxito con las mujeres, no demoró en mantener altercados y riñas donde fue templando su coraje. Una discusión por problemas de faldas, motiva su primer homicidio, un hombre de apellido Gordillo, pariente de un comisario de Cerro Largo que a partir de entonces fue su principal perseguidor.

                                          Poco tiempo después, en una pulpería de Minas propiedad de Ignacio Fernández, hirió de muerte a un sujeto llamado Felipe Ledesma, con quien discutió por una partida de taba.
                                         Estos homicidios motivaron que El Clinudo, todavía a muy corta edad, se haya convertido en un “matrero viejo”, como llamaban los gauchos, independientemente de la edad real, a los que eran experimentados en las tareas propias del matrero: vivir a monte, pelear con coraje, huir con velocidad de las tenaces y temibles, aunque magras y esporádicas huestes policiales.

Crímenes y condena


                                                     Comenzó así un periplo de crímenes y desmanes, cuyas mentas fueron aumentadas por el rencor de sus víctimas, magnificadas por la vocación heroica de sus victimarios y por el temor, el asombro y pesadillas de mujeres y niños; Todos contaban con miedo y admiración, las leyendas de los gauchos alzados contra la autoridad sin más armas que algún revolver, un cuchillo afilado, los fletes veloces y un coraje insolente.

                                                   Sindicado como el jefe de una numerosa pandilla de bandidos que “le obedecían ciegamente”, se le consideraba partícipe de más de 50 delitos graves, además de los ya mencionados homicidios y los ataques a la casa de comercio de Basaldúa y la estancia de Menchaca, se le creía responsable “del asalto a la casa de don Zoilo Ramírez, en Lavalleja, robándole varias alhajas”; del asesinato “de un militar en los campos de la Mariscala”; de “haberle dado muerte a un brasilero en la costa del Cebollatí, solamente para robarle dos libras esterlinas”; la “muerte en casa de don Ángel Méndez, en Cebollatí, a un joven dependiente Delfín Silvera”, de haber matado” alevosamente en Santa Victoria a un cadete del ejército”, y además de su participación “en robos de vacas, en el  rapto de dos niñas menores de diez a doce años en Minas, se le tipificaba él y su pandilla de una larga historia criminal de no menos de 20  hechos de despojo violento de dinero, ropas y alhajas, efectuadas a campo abierto o asaltando poblaciones de campo.
                                             Durante mucho tiempo, fueron tenazmente perseguidos por la policía de todos los departamentos del noreste del país, e inclusive se destacaron partidas militares para colaborar en la búsqueda y captura de la banda.
                                                  En los primeros meses de 1882, viéndose perseguidos de cerca, los matreros se dividen y separan, diseminándose en la campaña, a pesar de lo cual, uno tras otro fueron cayendo en manos de la policía. En marzo, Alejandro Rodríguez hacia ya una semana que se había separado de sus compinches y junto a uno de sus cómplices, Tomás Corrales, se dirigía hacia Brasil, cuando fue sorprendido y alcanzado por una partida policial “de la comisaría de Arroyo Malo, al mando de Segundo Oxley”.

                                                   Sumados a la partida un grupo de vecinos voluntarios, lograron dar con los bandidos ocultos en “Cerros del Lago” sobre el río Olimar. El 2 de marzo de 1882 rodearon el escondite de los prófugos y los sitiaron durante ocho horas. Tomás Corrales se entregó a la policía al parecer de forma voluntaria, mientras que Rodríguez inició un tiroteo para escapar, sin embargo, solo pudo recorrer unos cien metros a caballo. Herido de muerte el animal, Rodríguez recibió dos impactos de bala en el tórax y en la mano derecha y fue inmovilizado con boleadoras”, según reza la comunicación oficial.
                                                  Higinio Vázquez, Jefe Político de Cerro Largo comunicó el apresamiento de Rodríguez al juez letrado departamental, Feliciano Carré Calzada y según Vázquez, Rodríguez en un interrogatorio realizado por el subdelegado de Treinta y Tres y luego en la comisaría departamental, en Melo, confesó espontáneamente “haberse hallado durante el asesinato de Menchaca y López, y ser ciertos todos los demás crímenes que se le imputan”,  espontaneidad difícil de creer si tomamos en cuenta que El Clinudo recibió al menos tres balazos y que su estado de salud era en extremo delicado.
                                                  El 19 de marzo, es trasladado a Montevideo para ser juzgado por sus crímenes, y se le nombra defensor de oficio al doctor Eduardo de Lapuente. Sus heridas seguían en mal estado y en abril lo llevaron al Hospital de Caridad. El año siguiente el sumario continúa, y se designó abogado sustituto al Dr. Pedro Sáenz de Zumarán tras la renuncia del anterior. El juicio oral y público, se inició el 29 de julio de 1884 en Juzgado de Crimen de Segundo Turno a cargo de Jorge H. Ballesteros. Estaban presentes los jueces de hecho sorteados para entender en la causa y los tres procesados, ya que a El Clinudo se agregaban Modesto Sosa y Tomás Corrales, dos de sus compañeros de correrías.

                                                   El Clinudo, según las crónicas, vestía bombacha y saco negro, sombrero blando del mismo color y un brazo aún herido. Cuatro horas se prolongó la lectura de los expedientes, ante no menos de cincuenta personas. El Clinudo negó haber cometido la mayor parte de los crímenes de que lo acusaban. Pero ante una pregunta del juez sobre si había matado a Ledesma (por una disputa de juego) y a Gordillo (por un asunto de mujeres) respondió: “No, señor; yo los maté, pero no soy culpable porque ellos me buscaron y los maté en defensa propia”. Le preguntaron si sabía firmar y El Clinudo respondió negativamente. El jurado pasó a deliberar y volvieron casi inmediatamente a sala con un veredicto de culpabilidad y al día siguiente se conoce la sentencia: condenando a Alejandro Rodríguez a la pena de muerte, mientras que los otros bandidos reciben penas menores: Modesto Sosa, diez años de. prisión y trabajos públicos; Tomás Corrales, seis años y trabajos públicos.
                                                      La condena a muerte del Clinudo fue apelada y finalmente sustituida por una condena a quince años de prisión, con los trabajos forzados ineludibles, gracias a la intervención de un nuevo abogado Juan Ximénez, quien logra modificar la sentencia inicial. La justicia lo había considerado culpable de por lo menos cuatro muertes, cuando presumiblemente aún no había cumplido 22 años.
                                                        Esta es en síntesis la triste historia de este gaucho malo, que a los 24 años fue condenado a muerte y después de pasar 15 años en las cárceles montevideanas, al cumplir su pena se encontró solo, literalmente sin ropas, sin armas ni trabajo y ni un vintén, y finalmente se suicidó en un cuarto de pensión, degollándose con su propio cuchillo, el único bien terrenal que le quedaba.

domingo, 4 de junio de 2017

Matreros en la campaña treintaitresina


Los crímenes del Avestruz




                                    El 30 de mayo de 1881 en el Avestruz (zona lindera entre Cerro Largo y el actual departamento de Treinta y Tres) tuvo lugar un triple asesinato y robo, en el que murieron Olegario Acosta, Dionisio Galeano y Aniceto Líbano, los tres dependientes de la pulpería de Anselmo Basaldúa.

                                       Además de degollar a los tres mencionados, los intrusos saquearon el negocio, robaron diversos objetos, como ropa hecha, armas, estribos y pasadores.  Del establecimiento comercial se llevaron “ponchos de verano, camisas, sombreros, bombachas, paletós de casimir, también algunos pares de estribos de competición y pasadores del mismo metal, cajas de artículos de tienda, géneros de vestidos, piezas de lienzo, barricas de azúcar, botellas con bebidas y muchos otros efectos, además de una pequeña suma de dinero”. Sin embargo, el propietario del establecimiento declaró a la policía desconocer el monto total del dinero robado y la cantidad de artículos sustraídos, ya que también robaron o incendiaron los libros contables del comercio.

                                        Para penetrar a la casa los criminales agujerearon las paredes de terrón y aunque solo con ingresar por dicho agujero bastaba para robar la pulpería, se dirigieron hacia la última habitación de la casa, en la que dormían los tres dependientes. Según el parte policial, los cuerpos “fueron encontrados en sus camas y no se encontró indicio que hubieran opuesto resistencia”. El examen forense determinó que el cadáver de Dionisio Galeano tenía tres heridas: una puñalada sobre la tetilla izquierda, otra en la espalda y otra en el cuello. Aniceto Líbano recibió dos balazos en diferentes partes del cuerpo y Olegario Acosta, un balazo en la cabeza y una puñalada en el cuello.

                                         Desde abril de 1881 la policía de Cerro Largo tenía noticias sobre la actuación de una “gavilla de matreros” en su jurisdicción “seguramente comandada por “El Clinudo”, y en las investigaciones para deducir quiénes habían cometido el crimen, fueron determinantes un poncho de verano viejo, unos pedazos de saco en el cual se nota un pedazo de corteza de árbol atado en un ojal y unas guascas que habían dejado los criminales, propiedad de uno de los matreros, por lo cual para la policía no quedaba duda alguna que los responsables eran Floro González, Manuel Menchaca, el “Pardo” Sosa y Floro Roldán, los cuales pocos días antes de cometerse el crimen en el Avestruz Chico habían sido corridos por el Comisario del departamento de Minas Hildebrando Vergara que los sorprendió y les quitó algunos caballos ensillados. 

                                             El 1º de julio, la subdelegación policial de Treinta y Tres detuvo en averiguación a ocho sospechosos de participar en el crimen, entre ellos a Gregorio González, de 26 años, hermano de Floro, que vivía en las cercanías del comercio asaltado. Este declaró que después de la corrida que el comisario Vergara había dado a los matreros estos habían estado en su casa y dejado unos caballos; y reconoció el poncho de verano encontrado como propiedad del matrero Manuel Menchaca.  Asimismo, declaró que la noche previa al crimen habían pasado por su casa su hermano Floro González (a) Indio, Manuel Menchaca y Juan Sosa Suárez, igual testimonio que brindó su “mujer” Epifania Sosa. En un allanamiento efectuado en las inmediaciones del domicilio de Gregorio se encontraron algunos objetos robados en la pulpería de Basaldúa que, según su testimonio, fueron escondidos por su hermano. 

                                                     Según las pistas de la policía González, Sosa y Menchaca habían escapado hacia la zona de Rincón de la Urbana, y en enero de 1882 fue apresado Floro Roldán (alias) Tabares o Rosa Tabares, de 25 años, quien confesó ser uno de los autores del bárbaro asesinato. Roldán también acusó de participar en los hechos otro individuo llamado Felipe Silvera.
                                                          De acuerdo al relato de Roldán, la casa de los González fue la base de operaciones para cometer el crimen en la pulpería de Basaldúa, era el punto de reunión desde donde se dirigieron para el negocio que encontraron cerrado y al parecer todos durmiendo. Dijo que entonces ocultaron los caballos en el monte, que queda allí cerca y entre Floro González, Juan Sosa y Gregorio González hicieron un agujero en la pared con los facones, con las consecuencias ya relatadas, del robo y triple homicidio.
                                                          En febrero de 1882, apresan a Felipe Silvera, quien admitió su participación. Silvera afirmó tener 27 años y ser desertor del 2.º de Caballería, y su relato sobre el crimen, del que también se confesó autor, coincide en lo general con el testimonio de los demás involucrados. Según la versión de Silvera, una vez consumado el robo se escondieron en la casa de un pardo de nombre Nicolás que vive allí próximo, donde estuvieron de jugada toda la noche.
                                                               En marzo de ese año también Manuel Menchaca fue apresado y rápidamente trasladado a la cárcel departamental, huyendo hacia Rocha los otros dos imputados como partícipes del crimen, los “pardos” Gregorio y Modesto Sosa y Pedro Larronda, matando a dos guardias civiles que los perseguían. La policía de Rocha informó a los departamentos linderos que los tres prófugos habían vuelto a Cerro Largo y se encontraban nuevamente merodeando en la zona del Avestruz. 
                                                           Los hermanos Sosa y Floro González y otros matreros más, se verían implicados, semanas después, en otro asesinato en el que también estuvo involucrado quien se consideraba el jefe de la gavilla, Alejandro Rodríguez, más conocido como “El Clinudo” o “Manta ruana”, quien contaba con al menos dos muertes conocidas y apenas unos 20 años de edad.


Asesinatos de Menchaca y López


                                                         El 23 de enero de 1882 dos vecinos de la misma zona en que tuvo lugar el triple crimen, de nombres Gregorio Menchaca y su peón Fortunato López murieron asesinados por una banda de matreros. Los hechos se habrían producido cerca de la casa que habitaban Menchaca y su familia, mientras construían un cerco. Después de asesinar a patrón y peón arremetieron contra el resto de la familia, sin embargo, algo sucedió que dejó sin efecto ese terrible intento y los criminales los cuales emprendieron la fuga hacia el departamento de Minas.
El testimonio de una cuñada de Menchaca que logró salvar su vida, junto a sus sobrinos facilitó la labor de la policía para responsabilizar a “los malignos bandidos Floro González, el moreno Tomás Corrales y los pardos Sosa”

                                                        Según el análisis forense, Gregorio Menchaca recibió quince puñaladas y una herida de arma de fuego, mientras Fortunato López murió degollado pese a recibir dos balazos.  La documentación oficial no avanza con relación al objetivo del crimen y menciona únicamente los asesinatos. Sin embargo, podríamos manejar como hipótesis el robo, pero también hay que tener en cuenta el intento de secuestro de las niñas que vivían en la casa, por lo que podría tratarse de un robo acompañado de una violación, y no hay que descartar tampoco motivos desconocidos.  Un diario de la época del crimen, afirmó que Corrales se había negado a que Modesto Sosa matara y secuestrara a la cuñada e hijos de Menchaca, salvándoles de esta forma la vida. 

                                                           El escritor treintaitresino Pedro Leandro Ipuche afirmó sobre Tomás Corrales que éste se crió en la estancia de Gregorio Menchaca y evitó la muerte de su hijo Guillermo. Según Ipuche, en la década de los 20, Guillermo Menchaca, a quien entrevistó, era un vecino de Treinta y Tres. 
                                                             En su declaración a la policía, un vecino de Menchaca, Feliciano Sosa, sostuvo que Mantas (otro de los apodos de El Clinudo) y los Sosa eran enemigos de Menchaca “a causa de unos caballos robados”.



                                   La persecución del grupo de bandidos comenzó de inmediato, aunque se dilató en el tiempo. A fines de enero, un destacamento policial se trasladó a la zona de Isla Patrulla, ya que varios vecinos denunciaron que los bandidos se escondían en esa zona de Cerro Largo (hoy perteneciente a la 5.ª sección de Treinta y Tres). En febrero, medio centenar de hombres pertenecientes al escuadrón 3.º de Caballería y una patrulla al mando del subdelegado de Policía de Treinta y Tres, Alejandro González, se movilizaron con la misión de perseguir al grupo de “bandidos”. Hasta comienzos de marzo las fuerzas policiales y militares, de forma infructuosa, buscaron a los integrantes de la banda a través de tupidos montes y sierras agrestes. Siguiendo la información proporcionada por los vecinos recorrieron la zona en varias direcciones. El 10 de febrero de 1882 el comisario de la 9.ª sección de Minas, Toribio Montes de Oca, informa a los perseguidores que encontró en la cercanía del arroyo Avestruz “un apero viejo, ropas ensangrentadas, caretas de cuero de carnero y una reliquia que por original les remito a V.E. encontrándose entre esta una falange de un dedo humano y una oración de puño y letra del asesino Floro González”. 

                                                           Finalmente, la policía de la comisaría de Arroyo Malo, al mando de Segundo Oxley, logró dar con dos de los bandidos que se encontraban ocultos en los Cerros del Lago sobre el río Olimar: era El Clinudo y Corrales.  El 2 de marzo la partida policial estrechó el cerco sobre el escondite de los prófugos y lo rodeó durante ocho horas. Tomás Corrales se entregó a la policía al parecer de forma voluntaria, mientras que El Clinudo inició un tiroteo para escapar, sin embargo, solo pudo recorrer cien metros a caballo. Herido de muerte el animal, Rodríguez recibió dos impactos de bala en el tórax y en la mano derecha y fue inmovilizado con boleadoras, capturado y enviado preso a Treinta y Tres, en un estado de salud en extremo delicado.
                                                    En su testimonio, tomado el 10 de marzo de 1882, Rodríguez, dijo que se hallaba presente cuando los hijos de un tal Juan Sosa asesinaron al tal Menchaca, pero que él no tomó participación alguna en esa muerte, pues lo único que hizo fue agarrar la pistola de aquel que se le había caído cuando lo persiguieron los Sosa y se la dio a un matrero de nombre Malaquías Acosta.
                                                      Al día siguiente de las declaraciones, El Clinudo y Corrales, junto con Floro Roldán, Felipe Silvera y otros detenidos, fueron trasladados a la Cárcel Pública de Montevideo y puestos a disposición del juzgado del Crimen. 
                                                       El 8 de abril de 1882 la policía de Rocha registró las casas vecinas de los montes del Cebollatí en busca de los demás responsables de los crímenes del Avestruz. En la casa del padre de Modesto y Gregorio Sosa, ubicada en el límite entre Rocha y Minas, encontraron a los dos hermanos, quienes pelearon con la policía “en camisa y calzoncillo con dos pistolas y una daga cada uno”. Finalmente, Modesto fue capturado herido de gravedad, mientras Gregorio, también herido, escapó con dirección a Cerro Largo. Floro González “fue visto en una isla próxima al lugar”, lo que inició una nueva persecución que finalizó el 1.º de mayo del mismo año cuando los guardiaciviles Amaro Olivera y Pedro Pintos persiguieron a González y Sosa; el primero fue ultimado y Sosa logró escapar e internarse en el Brasil.
                                                   Por estos crímenes y otros más, El Clinudo Alejandro Rodríguez, de quien nos ocuparemos particularmente en próximas notas, fue condenado a muerte, mientras que Modesto Sosa, Tomás Corrales, Felipe Silvera y Floro Roldan fueron remitidos a la cárcel con distintas sentencias.





Bibliografía Consultada no citada específicamente: 
Nicolás Duffau – 2013 - Armar al bandido
Viglietti, Cédar – 1955 - El Clinudo. Un gaucho alzao
José Ido del Sagrario – 1884 - Asesinos célebres (…) – El Clinudo
Jaque Nº 108 – 1986 – Historia de un gaucho de mal pelo.