lunes, 17 de febrero de 2025

Fructuoso Del Puerto

 

Un nombre, dos hombres de prestigio e influencia regional

 

                                Nuestras tierras treintaitresinas han sido, sin dudas, aun desde antes de ser un departamento constituido, hogar de una estirpe de hombres destacados que el tiempo se ha ocupado de relegar al pasado, y a lo sumo la memoria de la historia les recuerda con el nombre de alguna calle, nombre que la mayor parte de las veces ni siquiera quienes transitan por esa vía de tránsito asiduamente, tenemos cabal conocimiento de quién fue esa persona y que méritos generó en vida.

                                El hecho de realizar una nominación de este tipo sin dudas contiene además del

Fructuoso del Puerto Silveira

homenaje en si, el propósito de inmortalizar una persona, y no merece ese olvido ni ese desconocimiento. Esta es una de las razones que me impulsó a realizar algunas investigaciones respecto a personas del nomenclátor capitalino, hijos de estos suelos o de destacada participación en hechos del viejo Treinta y Tres.

                                Uno de esos casos, posiblemente el más emblemático, es el de quien le da nombre al bulevar de ingreso a nuestra ciudad cuando atravesamos el Olimar por el “puente nuevo”, Fructuoso del Puerto, que sin dudas se refiere al caudillo nacionalista fallecido en 1914, pero que también recuerda a su padre, del mismo nombre, de trágico final en circunstancias aún no esclarecidas.

                                Fructuoso del Puerto Silveira, el padre, fue asesinado mientras ocupaba el cargo de Alcalde Ordinario de nuestra ciudad, en el año 1873, en un episodio confuso, cuando en medio de un clima político departamental muy tirante entre dos bandos, uno de los cuales tenía precisamente a Del Puerto como uno de sus cabecillas, y el otro a Lucas Urrutia y al cura Ramón Rodríguez, se produce un tiroteo en pleno centro treintaitresino, con el saldo de varias personas heridas y el mencionado Del Puerto, muerto.

                                El incidente según escribe Luciano Obaldía Goyeneche en su libro “El Solar Olimareño” (Montevideo, 1970, Imp. Don Bosco), basado en un testimonio escrito del testigo presencial del hecho don Faustino Hoz Rigada, da comienzo cuando Elías Uriarte, amigo del Del Puerto y contrario de Urrutia, pide permiso al Comisario Domingo Ferreira para realizar una manifestación por las calles de la Villa, permiso que se niega por el mencionado jerarca policial, que sospechaba que ese acto podría acarrear consecuencias no deseadas. La situación entre los dos bandos políticos era muy tensa. Recientemente había asumido una nueva Comisión Auxiliar encabezada por Del Puerto que sustituyó a la anterior, que presidió Ramón Rodriguez y de la que fue secretario Lucas Urritia, y Del Puerto y sus compañeros de gobierno, Dionisio Vaco, Anselmo Basaldúa y el mencionado Uriarte, inciaron su período pidiendo las cuentas y los archivos a la comisión anterior, con lo cual se había alejado aún más las posiciones entre los grupos.

                                En definitiva, a pesar de la negativa policial, la manifestación se realizó, reuniéndose según la crónica unas 300 personas encabezadas por Del Puerto y Uriarte, que recorrieron algunas calles céntricas, hasta llegar frente a la plaza frente a la comisaría, el Comisario que esperaba con sus policías “en el cordón de la vereda, armados con fusil y de bayoneta calada”, increpó a los manifestantes acusándoles de desacato, y mientras se realizaba la discusión a gritos, uno de los guardiaciviles con la punta de su bayoneta levantaba los ponchos de los paisanos, ante lo cual Brígido Lago, indignado, le tiró un tiro de revólver sin dar en el blanco. Fue, según cuenta Hoz, el detonante para un intenso tiroteo que terminó con las consecuencias antes mencionadas.

                                    Nunca se supo, ni se sabrá, quién disparó el arma que mató a Del Puerto. El relato se ha contado por años, con distintos posibles culpables del tiro en la nuca que le quitó la vida. Algunos afirmaban que la policía tenía orden de matar a Del Puerto, otros hablaron de algún enemigo político infiltrado en la manifestación, y hubo también quienes afirmaban que había sido un tiro infeliz disparado por algún amigo, una trágica confusión en el fragor de la lucha desatada, e incluso hubo quien acusó al propio cura Rodríguez de haberse asomado a la parroquia y realizar el disparo mortal con su rifle. Años más tarde, cuando se realizó la reducción de los restos de Del Puerto para ser trasladados desde el cementerio de La Soledad próximo a desmantelarse, se comprobó que el proyectil que le causó la muerte, a juzgar por el calibre, podría haber pertenecido a ese conocido rifle, aunque no es muy creíble que haya sido Rodríguez.

En tiempos modernos nunca se pudo localizar el lugar de descanso en el cementerio nuevo, a donde suponíamos había sido trasladado. Pistas recientes, entre ellas un documento donde consta la compra y tenencia de un sitio y sepulcro por parte de su viuda, doña Faustina Pimienta en el llamado "Cementerio de los Téliz", próximo a sus posesiones rurales y situado actualmente en la décima sección de Lavalleja, permiten pensar que el traslado de la urna con sus restos haya sido realizado hasta ese panteón que su esposa había adquirido, hecho que no se ha podido comprobar por falta de documentos que lo certifiquen, y por es estado totalmente deteriorado en que se encuentra el sitio de referencia.

 

Fructuoso del Puerto Pimienta

Fructuoso del Puerto Pimienta

                                 Apenas poco más de un año contaba el hijo homónimo del occiso Del Puerto Silveira y de doña Faustina Pimienta Molina cuando quedó huérfano, siendo el tercer hijo del matrimonio.

                                Según narraciones de la época, Fructuoso se crió en el establecimiento rural familiar, bajo el ojo atento y severo de doña Faustina, donde aprendió desde niño las tareas agropecuarias con los trabajadores del establecimiento. Cuando contó con edad suficiente, concurrió en nuestra ciudad a la escuela de Jaime Pedrerol Vall, completando los seis años escolares y volviendo a su hogar en campaña. Según una de sus biógrafos, su familiar Viterba Del Puerto, al oponerse su madre a permitirle continuar sus estudios en Montevideo, se dedica a las faenas rurales y muy jovencito se hace cargo del enorme establecimiento rural ubicado en la costa del arroyo Corrales, entonces departamento de Minas.

                                Es en esa etapa, sin dudas, que se forja su férreo carácter, se tiempla su voluntad, y comienzan a vislumbrarse sus dotes de caudillo, acostumbrándose a dirigir hombres en el trabajo, y nutriendo su intelecto y su opinión con influencias como la de su abuelo Basilio Pimienta o la de su pariente Constancio C. Vigil, y la memoria de honestidad y rectitud moral de su padre.

                                Apenas con 19 años de edad, se enrola en las filas nacionalistas comandadas por el Coronel Agustin Urtubey, ante el rumor de revolución que corría en la primavera de 1891, que secretamente venía liderando, entre otros Duvimioso Terra. En los días previos a la fecha fijada, su proximidad al entorno de Urtubey le permite demostrar su valentía y viveza criolla. La revolución del 11 de octubre de 1891 muere prácticamente antes de nacer, cuando las fuerzas del gobierno en una maniobra coordinada desactivan el peligro apresando a sus cabecillas y organizadores. A raíz de este hecho, se ordena la detención del Coronel Urtubey y la del delegado de la Junta de Guerra que estaba de visita en la estancia del jefe blanco, Antonio Gotuzzo, quien era la verdadera presa deseada por el ejército gubernista. En un despliegue de coraje y baquía, Del Puerto logra “sacar” al perseguido del pueblo a pesar de la vigiancia a que estaba sometido, y llevarlo por caminos poco transitados hasta Nico Pérez, donde Gotuzzo pudo tomar el tren de incógnito a Montevideo, para luego exiliarse a salvo en Buenos Aires. Este hecho, sin dudas, marca el inicio del prestigio de Del Puerto, y el comienzo de su carrera política y de armas al servicio del Partido Nacional.

                                Un año más tarde, a sus 20 años, se cuenta entre los fundadores del periódico “La Verdad”, junto a Javier de Viana y con el patrocinio de Urtubey, defendiendo las ideas nacionalistas y enfrentando a Joaquín Suarez, entonces Jefe Político de Treinta y Tres.

                                Algunos años más tarde, en la revolución del 96, nuevamente se suma a las fuerzas
del veterano Urtubey que se habían reunido en Yaguarón para invadir en la fecha anunciada, aunque ni siquiera llegan a marchar cuando la asonada se acalla. La del 97, contando tan solo con 25 años, lo encuentra integrando las fuerzas treintaitresinas del Coronel Francisco Saravia, hermano de Aparicio, quien a su vez estaba a las órdenes del jefe arachán Alejandro Borche, comandante de la División Cerro Largo. Luego del inicio de las hostilidades, y habiéndose incorporado al ejército revolucionario la División Treinta y Tres al mando primero de Urtubey y luego del coronel Bernardo Berro, Del Puerto pide pase a la misma, y ya figurando como teniente es herido en la pierna derecha en la batalla de Cerros Blancos.

                                Finalizada la revolución del 97 con el Pacto de la Cruz en setiembre, vuelve a la paz de su estancia con el grado de comandante, donde lo aclaman y se destaca como persona leal, ecuánime, y justiciero.  Cuenta la tradición que en su casa nunca miró credos políticos, recibiendo y tratando por igual a unos y otros, afirmando aún más su fama de bondad y rectitud.

                                Al tiempo que en épocas de paz continúa ascendiendo su personalidad en la consideración popular, el prestigio como conductor de hombres y dirigente político de valía también persiste en ascenso. Fue presidente de la Junta Económico Administrativa (JEA) en la que actuó junto a los doctores Furriol, Oliveres, Braulio Tanco, Luciano Macedo y Fermín Hontou, entre otros, donde conforma una comisión popular con el proyecto de construir un puente sobre el Olimar, que culminaría años más tarde con la inauguración del puente sumergible.

                                Y llega la revolución de 1904, donde es convocado por su antiguo Jefe Francisco “Pancho” Saravia para ungir como segundo jefe de la División Cerro Largo, puesto que ocupó siendo depositario de la total confianza de su jefe, reemplazándole a satisfacción en varias etapas importantes, reafirmando de esa manera su prestigio de caudillo. Saravia es herido en Illescas, y la división queda a cargo de Del Puerto, quien enfrenta con éxito a la vanguardia de Muniz en el Paso del Conventos, en Melo y lleva a buen término otras acciones menos relevantes.

                                 El mismo día que fue herido mortalmente el General Aparicio Saravia, en el mismo campo de batalle es herido nuevamente Fructuoso del Puerto, ve morir varios de sus jefes y compañeros más apreciados, como Yarza, Antonio Mena o Guillermo García, también de la División 33, y es trasladado a curarse a tierras brasileñas.

                                Vuelto a la paz, en 1905, triunfa nuevamente en las luchas cívicas resultando electo otra vez para la JEA, propugnando siempre por el progreso y futuro de la localidad, hasta que nuevamente en 1910 el partido lo llama a revolución, esta vez como Jefe de la División N° 10, tras la muerte de “Pancho” Saravia. A su convocatoria, junta unos 600 hombres, con quienes concurre a reunirse con el grueso del ejercito comandado por Basilio Muñoz y Nepomuceno Saravia. Tras algunas escaramuzas, y ya con las tratativas de paz en marcha, le toca defenderse del ataque gubernista en el Cerro Copetón, en Rivera, que consistirá en la última batalla de esa fracasada revolución.

Testimoniando su importancia política, en 1925 la lista 3 del Partido Nacional se presentaba con las fotos de 5 importantes caudillos blancos desaparecidos: Agustón Urtubey, Bernardo G. Berro, Aparicio y Francisco (Pancho) Saravia y Fructuoso del Puerto. 

                                Otra vez en tiempos de paz, vuelto a su estancia y a su actividad política. estando en la cúspide de su prestigio ya a nivel nacional, enferma y muere en Montevideo a la edad de 42 años, en 1914, ante la consternación de todo el nacionalismo que reconoce esa pérdida como “uno de los mejores servidores”, calificándole como “apóstol de la verdad, de las nobles acciones e integridad”.

                                    Treinta y tres fue su cuna, a la que amó, mezclando los afectos del terruño y de la patria con el amor de la familia  y del hogar. Al decir de su amigo Javier De Viana, en su discurso de despedida en el cementerio: “ciudadano de puras virtudes, enseña inmaculada del nacionalismo.”

 

 

domingo, 16 de febrero de 2025

Entre mitos y mojones: teorías y realidades

                    En los confines del Barrio Libertad, entre el Camino de las Tropas que va a la Laguna de Arnaud y la vía férrea, hace muchos años ya se estableció una plazoleta para jerarquizar y conservar el antiguo mojón existente en el lugar. La misma, que además de contener una serie de juegos infantiles, conforma un muy lindo entorno de descanso y pasaje peatonal, cuenta además con un monumento en hormigón con la representación grabada del primer plano de la ciudad de Treinta y Tres mesurado por el Agrimensor Travieso en el que se destaca la leyenda que dice “Plano Fundacional de Treinta y Tres” 
                 
   
El mojón propiamente dicho, una construcción de ladrillo que escasamente se levanta más de un metro sobre el piso, tiene desde entonces en una de sus caras una placa de bronce que dice escuetamente “Homenaje a los fundadores – 1853 – 10 – 3 -1978”, aludiendo inequívocamente a la fecha de fundación de nuestra ciudad y la fecha de 1978 (cumpliendo los 125 años exactos de la fundación), me animan a suponer con seguridad aunque no lo he confirmado documentalmente, que haya sido en esa fecha que se realizó el diseño y parquización de la mencionada plazoleta. 


                      Estos dos elementos de conmemoración histórica antes mencionados, la placa en el mojón y el cartel de hormigón, y –porqué no- una cuota de desinformación de las autoridades que realizaron esa obra, han llevado que mucha gente tenga el convencimiento que ese antiguo mojón es uno de los “mojones fundacionales” que se habrían erigido durante las mensuras y delimitación del pueblo de Treinta y Tres, lo que no es correcto. Como se demuestra en la foto satelital que ha sido sobre escrita y que acompaña estas líneas, ninguno de los dos planos “fundacionales” cuyas copias también se adjuntan, ni el levantado por Joaquín Travieso en 1855 (la legua cuadrada y 63 manzanas) ni el de Amorín y Brun de 1862 (que demarca las chacras y aumenta el amanzanamiento a casi el doble, 121 manzanas), coinciden en ninguno de sus puntos de referencia con la ubicación del mojón que nos ocupa. 
                    A pesar de que existe alguna versión de la tradición oral que indica que el mismo estaría marcando el límite de las propiedades de los Teliz y los Medina, a cuyas sucesiones como es sabido la Sociedad Fundadora les adquirió la legua cuadrada donde se erigió el pueblo, sin dudas la explicación más razonable de la existencia del elemento de demarcación, es la sentencia judicial definitiva del largo juicio favorable a “el pueblo de Treinta y Tres” contra Lucas Urrutia y otros por la posesión de las tierras del Ejido, que en su enunciación devuelve los derechos de propiedad a la sociedad olimareña, obligando a quienes se habían adueñado de las casi 150 hectáreas y que lo habían alambrado para uso propio (Lucas Urrutia, Domingo Ferreira, Claudio Arnaud y Domingo Goyenola), dejarlo libre para el uso popular. Según informa Francisco N. Oliveres en su libro titulado “Los pleitos sobre el ejido”, de 1929, a pedido del Fiscal de la época, se mandaron construir mojones que delimitaran en toda su extensión el terreno del Ejido al oeste de la población “en el paraje denominado Los Ceibos”. El mismo límite que en su mensura de 25 años atrás, Amorín y Brun había hecho coincidir con el punto máximo de la creciente del Olimar.

                    Por otra parte, Luciano Obaldía Goyeneche en su obra “El solar olimareño” de 1970, también menciona el mojón que nos ocupa, señalando que “fue colocado por orden judicial en el pleito que seguían varios vecinos de ese entonces contra Lucas Urrutia. 
                    En mi opinión, con estas dos pruebas testimoniales y la demostración gráfica de la ubicación de los planos, queda demostrado sin dudas razonables, que el mojón de la plazoleta no es de ninguna manera un “mojón fundacional”, sino una demarcación construida 35 años después de la fundación de nuestra ciudad. En definitiva, un mito urbano que es falso. 

  El Mojón “del centro” 


                     En un predio particular, enfrente a la Plaza 19 de abril, concretamente en el patio de la casa lindera al edificio de la Jefatura de Policía, existe otra construcción de tipo mojón, que no guarda similitudes de ningún tipo con el que veníamos describiendo anteriormente: es más fino, más alto, y en una de sus caras está recubierto con losas de piedra laja, y en esa misma cara se aprecia claramente en su diseño, una inscripción con el Nº 33, y los dibujos de una cruz y una espada cruzadas entre sí, y que ha dado pie para crear opinión en el sentido que ese sí sería un mojón fundacional. 


                    Circulan versiones que inclusive aseguran que desde ese punto comenzaron las mensuras de la cuadrícula de manzanas para conformar el pueblo los agrimensores que, como ya mencionamos anteriormente, realizaron los planos originales. 
                    Hay un par de razones que en principio hacen dudar del origen fundacional de este elemento, y considerar esa versión como otro mito urbano. La primera de ellas, es que no está en el centro de las demarcaciones realizadas por los agrimensores delineantes: está a unos 80 metros al este y 12 metros al sur del punto donde se cruzan las diagonales de las manzanas que figuran en los planos de Travieso y Amorín y Brun, hecho que fue comprobado a mi solicitud por un par de agrimensores radicados en nuestra ciudad. La segunda, es que –como se puede apreciar en una de las fotos que acompaña estas líneas-, un par de metros más atrás del mismo hay otro, prácticamente del mismo tamaño pero sin recubrir, lo que hace pensar que originariamente fueron construidos ambos a la vez con un propósito que no es el de servir de punto de mensura. 
                    Sin embargo, la dueña de la casa que se crió allí y algunas vecinas que acompañaban juegos infantiles en el mencionado patio, nos han asegurado fehacientemente que –al menos el recubrimiento ornado, fue obra del recordado escultor olimareño Ramón Rubiños, reconocido por la utilización de la piedra laja en sus obras, quién realizó el trabajo por cuenta del dueño de casa en el entorno de los años 60. Una de las personas informantes, además, recuerda tener foto de un día de juegos en torno a la construcción, cuando aún no había sido recubierta. Los testimonios tampoco aseguran el significado del trabajo, aún cuando cabe suponer que el número Treinta y Tres alude a la ciudad, y la espada y la cruz entrecruzadas estarían simbolizando la unión del militar Dionisio Coronel con el párroco José Reventós, para la fundación de nuestra ciudad. Hay, incluso, quienes le dan una simbología relacionada con la masonería, de la cual no tengo ningún testimonio valido en ese sentido.
                    Confirmando estos datos, en la grabación en video de una entrevista realizada por la periodista Daniela Lemes al propio artista Rubiños, ésta le interroga acerca del referido mojón, y Rubiños sostiene que él lo hizo a requerimiento del escribano Isabelino Suárez, que ignora el significado exacto del diseño pedido, y que se encontraba sin finalizar porque Suárez así lo dispuso. 

El mojón de la cuchilla 


                        Existe un tercer mojón, éste ya lejos de la ciudad, a escasas cinco leguas en las estribaciones suroeste de la Cuchilla de Dionisio, perdido solitariamente en medio del campo y junto al camino que lleva a la escuela Nº 23, al que también se le atribuyen varios orígenes. 
                        La versión más confiable, sin dudas, es la que teoriza que ésta construcción data de finales de la década de 1870, en ocasión de la visita de monseñor Jacinto Vera, primer obispo de Montevideo, que en el marco de su recorrido por la zona este del país, realizó en ese lugar una misa, efectuando casamientos y bautizos entre los pobladores de la zona. 
                            Algunos veteranos pobladores de la zona consultados, han sido coincidentes en afirmar que el mojón que hoy existe durante muchos años tuvo en su vértice superior, una cruz de madera, de la que dieron cuenta el tiempo y la intemperie, y que al menos en una ocasión durante el siglo XX, fue restaurado con revoque nuevo para procurar su buena conservación. 
                            Las otras versiones, una que lo señala como determinando el límite entre las posesiones de Juan Francisco Medina y Antonio De La Quintana a principios del siglo XIX, y otra que establece un origen más moderno, como mojón de mensura de un trabajo de fotografía aérea realizado por el ejército nacional a mediados de los años 60 del siglo pasado, no parecen tener mayor veracidad.                                     Quizá haya en algún otro lugar del departamento otros mojones cuyo origen esté tan mitificado como en el caso de estos tres que mencionamos, pero en el caso de este último, por ejemplo y aunque no les conozco personalmente, tengo datos de la existencia de al menos otro muy similar en la 13ª sección de Cerro Largo, en las proximidades de Cañada Grande.

viernes, 14 de febrero de 2025

Tras un tiempo de abandono...

Volvemos hoy con un par de nuevas entradas al blog que teníamos abandonado en su cotidaneidad desde hace poco más de dos años, cuando estando en plena pandemia debí optar en utilizar mi tiempo de una manera más productiva económicamente, relegando la continuidad de las publicaciones en esta página. Este verano del 25, superadas ya las contingencias que provocaron esa decisión comentada, intentaré ponerme al día paulatinamente con algunos de los artículos más relevantes publicados en la prensa local, y otras aún inéditos, escritos simplemente para formar parte de esta recopilacion de historias y noticias "e ainda mais", al decir de los vecinos del nordeste... Esperemos pues, que esta continuidad que pretendemos, a partir de ahora, tome vuelo y nos permita retomar el contacto anhelado. Saludos a todos

viernes, 8 de septiembre de 2023

Puente sumergible sobre el Olimar

 Ya no es el de madera, pero para los olimareños sigue siendo el Puente Viejo



Desde antes de la fundación de nuestra ciudad, en 1853, atravesar el río Olimar en el Paso Real se hacía relativamente fácil en épocas de sequía, pero sumamente dificultoso en las demás, a pesar de la existencia durante muchos años de balsas y botes que cumplían el servicio del pasaje de pasajeros y mercaderías, obviamente a cambio del pago de un peaje.

Esta situación, que antes del establecimiento de la villa complicaba a los viajeros que en los distintos medios de comunicación de la época transitaban por el camino de la Cuchilla en su paso hacia Melo o Artigas pero tan solo a algunos vecinos que vivían en las cercanías, se generalizó y se tornó un verdadero entorpecimiento para el tránsito y el comercio a medida que se fue poblando la nueva localidad. Con el correr de los años se fueron mejorando los servicios de paso, con botes más grandes y balsas de diferentes tamaños y calados, hasta que entonces que al alumbrar la ciudad sus primeros 50 años de vida, un grupo de vecinos emprendedores y comprometidos con el futuro, se organizan para lograr construir un puente que facilitara las comunicaciones con el sur del país, idea que si bien ya había sido planteada muchos años antes por Lucas Urrutia, constituyéndose en uno de los pocos proyectos que no logró concretar, desde esa época no había pasado de ser una aspiración de unos pocos, que veían poco posible su concreción.

Sin embargo,   frente al empuje de algunos vecinos progresistas,  reunidos en el recientemente fundado “Centro Progreso”, se constituyen comisiones para trabajar en tal sentido, correspondiéndole la presidencia de la misma al Dr. Francisco N. Oliveres. Entre otros, integraban además ese movimiento Braulio Tanco, Fructuoso del Puerto, Fermín Hontou, Luciano Macedo, el Dr. González Hackembruch, Manuel Cacheiro, José Mª Lete, Luis Hierro y Javier de Viana.

Realizadas las primeras gestiones, se envían representantes a la capital del país a plantearle la idea personalmente al entonces Presidente José Batlle y Ordóñez, quién aprobó el emprendimiento, comprometiéndose a que el estado contribuiría pecuniariamente y con logística del entonces Ministerio de Fomento (hoy MTOP), condicionado a que un gran porcentaje de los recursos necesarios fueran integrados por los vecinos de Treinta y Tres.


Conseguidos los recursos necesarios y aprobado el proyecto técnico correspondiente, luego de los enfrentamientos civiles de la revolución de 1904, se pone en marcha la obra que se finalizó en el verano de 1908.

Para la inauguración, que según el propio Oliveres en su libro se llevó a cabo el 8 de marzo pero de acuerdo con algunas publicaciones de la prensa de la época tuvo lugar el día 15, se convocó a la población a una fiesta popular donde no faltó ni la música ni el tradicional asado con cuero, y se realizó un acto protocolar en el que hicieron uso de la palabra varios de los propulsores de la idea.

El puente inaugurado en aquella ocasión, estaba construido con madera dura importada de Paraguay, que llegó hasta la estación de Nico Pérez en tren para ser trasladada luego en carretas hasta nuestra ciudad, madera de la que aún se conservan algunos ejemplares siendo los más apreciables aquellos que conforman una escultura realizada por el olimareño Díaz Valdés enclavada junto a la Ruta 8 actual.

El viejo puente soportó estoicamente el embate de cientos de crecientes durante muchísimos años, pero al final el río lo venció culminando el siglo, llevándose palo a palo en su corriente, hasta que no pudo ser más transitado, a pesar de un par de ambiciosas “reparaciones” que alargaron su final hasta la gran creciente de abril de 1998, que le rompió definitivamente.


Años más tarde, el municipio asumió la construcción de un nuevo puente, que aunque fue erigido con las más modernas técnicas y materiales, conservó el estilo, medidas y otras características de su antecesor, completando nuevamente la postal olimareña de los tres puentes que tan orgullosamente nos representa en el mundo entero.




Francisco Oliveras, treintaitresino

  Pionero de la arqueología nacional y donante del Museo Nacional de Antropología



                        “Pancho” Oliveras fue un treintaitresino extraordinario. Otro más de tantos y tantos hijos de estas tierras que el devenir del tiempo y la corta memoria ciudadana que nos caracteriza como comunidad ha olvidado.

                        Francisco Oliveras Acosta, nacido en Treinta y tres el 10 de mayo de 1896, tuvo una larga y fecunda vida dedicada a sus tres aficiones; los libros, la docencia y las ciencias naturales, pasión que englobaba desde botánica y zoología a geología, arqueología, etnología, paleontología, sin las rigurosas limitaciones de la especialización moderna y que desde muy niño manifestó recolectando piedras, bichos y otros elementos que llamaban su atención en largas caminatas en el campo.

                        Ya adolescente, su familia se traslada a Montevideo y su padre funda la Librería Oriental, instalada en la ciudad vieja, lugar que pronto se convierte en el lugar donde “Pancho” pasa la mayor parte de sus horas libres, leyendo y asimilando conocimientos.

                            Apenas cumplida su mayoría de edad, convierte esa primera pasión, los libros, en profesión, pasando a trabajar junto a su hermano y su padre en la atención del negocio familiar. Pese a esta actividad, su inclinación por las ciencias siempre le llevó a desarrollar actividades paralelas, en los primeros tiempos dedicadas preferencialmente a la arqueología, al punto que, en el año 1926, con apenas 30 años, se le considera pionero de la arqueología nacional, fue socio fundador de la Sociedad Amigos de la Arqueología, y ya completamente integrado al entorno científico capitalino de principios del siglo pasado.

                            Desde sus primeras salidas de campo, Oliveras recolectaba anotando el hallazgo de cada pieza con rigor científico, ya fuera hueso, piedra, cerámica, animal, etc., los que llevaba semana a semana a la trastienda de la librería, lugar que fue poco a poco convirtiéndose en una especia de museo desordenado y ecléctico, pero habitualmente punto de reunión de catedráticos, alumnos  y simpatizantes del tema, a quienes el propio Oliveras relataba orígenes y circunstancias de los hallazgos, y le imponía de su importancia y características. En poco tiempo fue creciendo el acervo, al punto que en pocos años hubo de destinarse una habitación especialmente para ellos, coincidente con la mudanza de la librería al centro de Montevideo, cambiando su nombre y pasando a llamarse Librería, imprenta y encuadernación Francisco Oliveras, y estaba situada esquina de 18 de Julio y Yi.

                        Con el paso de los años, su relacionamiento con el mundo científico le lleva a participar del Instituto de Investigaciones Biológicas fundado por el profesor Clemente Estable, con quien desarrolla una fuerte amistad, y forma parte de las primeras salidas de excursiones naturalistas a lugares agrestes y poco conocidos del país, haciendo hincapié en el estudio y exploración de la flora y fauna del país, oportunidades que “Pancho” Oliveras aprovechaba para también realizar otro tipo de recolecciones encontradas.



                        A principio de los años 40, la creación de una cátedra sobre el estudio de la naturaleza en el Instituto Normal María Stagnero de Munar motivó que las autoridades de la época le ofrecieron hacerse cargo de la misma, lo que aceptó con entusiasmo encendiendo la mecha de su tercera pasión manifiesta, la docencia, que ejerció ininterrumpidamente por un cuarto de siglo.

                        A mediados de esta misma década, en 1945, junto a otros científicos y alumnos funda el Centro de Estudios de Ciencias Naturales inaugurando excursiones de estudio y recolección a distintos puntos del país, generándose a partir de allí una actividad que estaría liderando por más de 40 años, ya que hasta sus ochenta y tantos sigue participando de campamentos y jornadas de trabajo de campo.

                        Es esta la etapa de trabajo más intenso del profesor Oliveras en todos los aspectos. Con el auspicio de su “Centro de Estudios” se dictan conferencia, se producen publicaciones, se elaboran muestrarios de geológicos o de fauna para ser donados a escuelas y museos; se patrocina la producción de documentales fílmicos. Los hallazgos empezaron a multiplicarse. De todas las excursiones y campamentos que organizaba en todo el país, se regresaba con verdaderos cargamentos de material geológico, paleontológico, zoológico y arqueológico.

                        Ya no alcanzaban los estantes de la librería Oliveras, y comenzaron a depositar los materiales en la sede social del Centro de Estudios, que llegó a alquilar la ex quinta de Máximo Santos para sede de la institución y facilitar la muestra de sus elementos, que se conoció desde entonces y durante mucho tiempo como el Museo Oliveras.

                            Cuando el profesor “Pancho” Oliveras comenzó a vislumbrar el ocaso de su existencia, una de las circunstancias que más le preocupaba era el destino de la enorme colección de materiales reunidos a lo largo de casi 60 años de trabajos, y se dispuso a a donar toda su colección con la intención que la misma no se desperdigara y se conservara junta en la creación de un museo oficial. 

                            Primero, resolvió ofrecerla entera al Instituto Normal, donde había dado clases durante más de 25 años, no obteniendo respuestas en algún tiempo. Se decidió entonces ofrecerla en donación a la intendencia montevideana y tras un par de años en que tampoco tuvo respuestas se inclinó a realizar la donación al Ministerio de Educación y Cultura, que sí la aceptó y se formalizó la misma en la fecha de su cumpleaños número 80, el 10 de mayo de 1976.

                        Culminaba así un largo periplo durante el cual su colección ascendió a más de 200 mil piezas, que hoy son la base del Museo Nacional de Antropología, al que no vio inaugurado.

                            Según cifras oficiales, la donación efectuada por el Prof. Francisco Oliveras sumaba un total de 182.262 piezas registradas. La colección, estaba catalogada en 17 tomos correspondientes a las piezas de arqueología, 102.432 elementos en total, otros 5 tomos relacionando 44.320 piezas correspondientes a paleontología, 4 tomos documentando 12.510 piezas de zoología y 30.000 piezas de geología, todo apoyado por un archivo fotográfico de primer orden y una colección de más de 18 mil diapositivas. Actualmente sus colecciones se ubican en el Museo Nacional de Antropología y en el Museo Nacional de Historia Natural. La colección de arqueología, que se ubica en el Museo Nacional de Antropología, cuenta con más de 117.000 piezas, todas ellas inventariadas.

                            Al cumplirse once años exactos de efectivizada su donación sin haberse inaugurado aún el Museo con sus obras, día coincidente además con la fecha de su cumpleaños número 91, el 10 de mayo de 1987, fallece en la ciudad de Montevideo, acompañado por quien fuera su segunda esposa y compañera de la mayor parte de su vida y aventuras, la maestra Bell Clavelli.


Su relación con Treinta y Tres


                    A pesar que no está específicamente documenta su relación con nuestra ciudad con posterioridad a su mudanza a la capital del país, hay varias menciones en el libro “Los pioneros de la naturaleza uruguaya”, del doctor Daniel Skuk (ediciones Torre del Vigía, febrero de 2007), permiten suponer que Oliveras tenía en mucho aprecio su pago natal, y hasta quizá se puedan inferir algunos visitas previas a las relatadas en el libro de referencia.

                        Concretamente, el capítulo de esa obra titulado “Quebrada de los cuervos (I) tras la planta de la Yerba Mate” nos revela que con sus las propias palabras don Pancho, en febrero de 1953 anunció a us grupo que “la próxima salida será a mis pagos. Acamparemos en la Quebrada de los Cuervos, en plena sierra y monte indígena, lugares casi vírgenes y apenas hollados por el hombre, donde en la espesa vegetación solo es posible abrirse paso a fuerza de machete”.

                    Según informa el autor a continuación ese viaje y esa propuesta tenía detrás una motivación especial: la de adherirse el Centro de Estudios de Ciencias Naturales a los festejos del centenario de la fundación de Treinta y Tres.

                            En esos pagos, acampó un gran grupo de personas, como acostumbraba hacer el Centro, fotógrafos, dibujantes, recolectores, biólogos, arqueólogos periodistas, etcétera, liderados por don Pancho Oliveras, con la misión principal de encontrar, identificar y relevar la existencia de árboles de Yerba Mate, lo cual no fue una tarea fácil los primeros días, según se documenta en el relato, hasta que la aparición en el campamento de un vecino de nombre Jesús Brun les proveyó un baqueano que les dirigió, tras recorrer largas distancias por senderos inexistente y roquedales inaccesibles, a un lugar donde pudieron constatar la presencia de muchos árboles en el llamado “Paso del Duraznero” sobre el Yerbal Chico.

                                En las jornadas siguientes, los paseos incrementaron su alcance a parajes cercanos, como las serranías del Otazo, Puntas del Parao y Cerro Largo, lugares en los que se concurría transportados en los lentos camiones de la época, sin toldos, en viajes que insumían varias horas.

                                Tras estas dos experiencias narradas, en el mismo libro hay registro de al menos una visita más a tierras treintaitresinas del grupo de exploradores liderado por Oliveras, que llegaron a la Charqueada al año siguiente, en 1954.

                                Articulistas relevantes de la época que en más de una ocasión acompañaros el grupo de exploradores de Oliveras, dejaron registros en revistas y diarios de la época de la gran fortaleza física y presencia de ánimo de “don Pancho”, además de su enorme sabiduría práctica que le permitía materialmente “adivinar” donde encontrar piezas líticas, o reconocer a primera vista alguna roca particular merecedora de atención. El Coronel Cédar Viglietti, por ejemplo, que en más de una ocasión participó en los campamentos con su pluma registrando hechos y su guitarra amenizando noches, escribió entre los años 1949 y 1953, sendas crónicas detalladas en el periódico “La Tribuna Popular” sobre las salidas de campo, sus costumbres y desarrollo.

                                Pero es en el moderno libro de Skuk ya citado donde se pintan un par de anécdotas sobre Francisco Oliveras que me parece importante resumir en estos párrafos.


                               Una de ellas, trata sobre una época en que Oliveras estaba pasando por un mal momento económico con su librería y debería decir entre las opciones de cerrarla o conseguir una inyección de dinero para pagar deudas y proveerse de nuevo material para continuar con el comercio funcionando. Según se narra sin muchos detalles en el libro pero que si se detalla en un artículo póstumo sobre don Pancho publicado en un Suplemento de El Día en 1989, en esa oportunidad un coleccionista norteamericano le ofreció un importantísima suma en dólares para comprarle algunas de las piezas más valiosas de su colección, entre ellas su temprano gran hallazgo, el ÑACURUTU, pieza ritual zoomorfa, descubierta en 1934 en el arroyo Sauce, cerca de Juan Lacaze (Depto. de Colonia), a lo que Oliveras contestó que las piezas por las que se ofertaba tanto dinero eran obras maestras del pasado aborigen y estaba fuera de discusión cualquier referencia a su valor comercial.

La otra anécdota, sucede con un pequeño Francisco treintaitresino de tan solo ocho años. En 1904, el país estaba embarcado en la guerra civil liderada por Aparicio Saravia y el hecho se refiere a un cruce fugaz de ambos. La versión recordada por Oliveras, narraba que en ocasión que las fuerzas saravistas pasaron por la ciudad, el formó parte de quienes salieron a ver el paso de los revolucionarios, jinete en su cabalgadura que se inquietó ante el resonar de los cascos desfilantes, y se movía nerviosamente, lo que llamó la atención al pasar Saravia, que dirigió la mirada hacia el niño. Pancho reaccionó a esa mirada sorprendido, llevándose la mano a la sien en militar saludo, que Aparicio, con una sonrisa, le respondió solemne. Ese recuerdo, según sus biógrafos, le acompañaría toda la vida.


Bibliografía consultada: 
“Los pioneros de la naturaleza uruguaya”. Daniel Skuk, 2007, Ediciones Torre del Vigía
Grupomultimedios.com, 12 de mayo 2022 “Nuevo aniversario del nacimiento y muerte del primer arqueólogo uruguayo”
Cedar Viglietti: extractos de artículos de La Tribuna Popular narrados por Cedar Viglietti (hijo) en su blog
Suplemento Crónicas Culturales de El Día, Nº 2872, 26 de febrero de 1989
Página oficial del Museo Nacional de Antropología





domingo, 24 de julio de 2022

El espacio de los muertos

 En 33, más olvido que patrimonio






                        Una especie de angustia respetuosa, con ingredientes de tristeza por la desolación y negligencia y algo de indignación por todo lo que implica su estado actual, son la mezcla de sensaciones que invade a los visitantes ocasionales de los abandonados y casi desconocidos cementerios rurales, que en un número no definido concretamente aún, pero que sin dudas supera  con creces la decena, aún resisten porfiados el paso del tiempo y la invasión de las fuerzas de la naturaleza, a todo lo largo y ancho del departamento.
                        De algunos, solo quedan mentas, como el que cuentan que existió en las cercanías de Passano sobre las costas del Cebollatí, a corta distancia de la hoy estancia Los Naranjos, del cual informantes de la zona aseguraron que contaba con varios panteones, algunos nichos, y muchas cruces señalando sepulturas en tierra, y que el cambio de curso del río en su devenir fue socavando hasta dejarlo bajo las aguas, totalmente perdido.
                        Otros, como el más conocido de todos, comúnmente denominado “Cementerio o Panteón de Menéndez”, (Foto principal) en las cercanías del paraje Piedra Sola, son un ejemplo de cuidado y conservación, a pesar de algunos intentos de vandalismo que ha sufrido en los últimos años. Es, sin dudas es el que se conserva más en condiciones y mejor estéticamente, a pesar que hace muchos años ya que no se llevan a cabo sepelios en el lugar.
                        Pero hay al menos una media docena, que están completamente abandonados del cuidado humano, invadidos por la vegetación que ha tomado cuenta en la mayoría de los casos de las construcciones. Son hogar de animales silvestres: víboras, zorrillos, comadrejas, tatúes y hasta zorros conviven con abejas, avispas y colonias de hormigas que se apoderan de panteones y sepulcros amparados en la paz de los camposantos, que solo es interrumpida ocasionalmente por vacunos en busca de sombra y abrigo, o humanos en procura de historias.
                                Un sitio tan relevante históricamente como el “cementerio de Urtubey”, en la costa del Olimar Chico a poca distancia del Paso Carpintería, está prácticamente destruido, sus tumbas y restos diseminados en un monte natural nacido con seguridad al influjo de la existencia de ese espacio donde se sabe que descansan los restos del propio coronel Agustín de Urtubey, ex Jefe Político y de Policía de los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres, Jefe de la División Treinta y Tres de los ejércitos nacionalistas en varias revoluciones, su esposa, Josefa Oribe y su hijo, el comandante Lasala, entre otros destacados forjadores de la historia regional.

                        Muchos otros de los cementerios patrimoniales a ojos vistas año a año van siendo invadidos por el monte natural. Son lugares que prácticamente no son visitados. Los deudos olvidaron a sus muertos queridos, o como sucede en algunos casos, trasladaron sus restos luego de reducidos a algún cementerio urbano, y el viejo lugar de reposo ya no recibe flores ni una mano que le arranque las malezas. Y eso pasa con el “Cementerio del Yerbalito o de los Antoria”, en costas del Yerbalito; con el “Cementerio de los Fleitas”, en Cerro Colorado; con el cementerio de las Averías, en la sexta sección, con el de los Moreira cerca del Avestruz, o el de los Pérez, más al norte en el camino a Tupambaé; con un par de cementerios en la “séptima baja”, el Cementerio de los Artigas, limítrofe a nuestro departamento a pesar que técnicamente está en Lavalleja, y ni restos quedan tampoco del “Cementerio de los Teliz”, en el camino a Leoncho, y quien sabe de cuantos más desperdigados por la campaña olimareña y que aún no conocemos.
                            Situación similar por lo disímil de los casos particulares, asimismo, la constituyen los “panteones”, monumentos funerarios que sin llegar a ser cementerios, suelen ser lugares de descanso eterno de familias muy arraigadas a las zonas donde están enclavados. Hay algunos que ya nadie se acuerda ni siquiera por tradición oral a que familia pertenecieron, y otros que a pesar que las familias directas ya hace años que no existen, los propietarios de los campos a lo largo de los años se han preocupado en mantenerlos razonablemente conservados. Sin dudas a consecuencia de las dificultades para el traslado hacia las ciudades que quedaban a grandes distancias, este tipo de construcciones se observan en toda la campaña del departamento. Hay algunos de los que solamente se conservan al arco de mediopunto que abrigaba la puerta de ingreso, y otros que mantienen intacto su señorío, sus inscripciones y su ornato muchas veces con gran influencia de la masonería.


                    Cementerios urbanos como los de María Albina e Isla Patrulla prácticamente puedan considerarse intermedios o casi rurales, ya que aunque son asimilados a una urbanización que los sostiene, atiende y mantiene en condiciones, el uso de sus instalaciones para nuevas inhumaciones es cada vez más escaso, en la mayor parte de los casos porque ha caído significativamente también la población que ocupan esas localidades.
                            Otro de porte más intermedios, como el de Charqueada, o más grandes aún como los de Santa Clara y Vergara, guardan en sus perímetros verdaderos monumentos funerarios, como el de Aparicio Saravia en Santa Clara o el muy documentado por el amigo e historiador local Jorge Muniz de Venancio Alves en Vergara, que está en camino a ser nominado justamente como “Patrimonio Histórico Nacional”.

 
Los tres cementerios de Treinta y Tres

 
                            Al igual que lo que sucede en el cementerio de la capital olimareña, que también tiene algunos ejemplos de magnificencia en sus esculturas y mármoles, como el Angel del marmolista Juan Azzarini cuya foto se adjunta, la riqueza constructiva e histórica que develan desde la más humilde tumba hasta el mausoleo más trabajado, tiene relevancia significativa en los nombres de quienes descansan en ellos, y la importancia que tuvieron para su región, su comunidad o tan solo su familia, que es también una pieza relevante en la cadena continua de los sucesos históricos. Es sin dudas lastimoso, que de los primeros dos camposantos treintaitresinos no se conserve ni una sola fotografía, ni un solo documento descriptivo, y tan solo referencias a su demolición o construcción complementen la tradición oral.
                          

 
La primer necrópolis que tuvo la entonces Villa de los Treinta y Tres, se ubicaba en la zona actualmente conocida como el “potrero de los burros” adyacente a la hoy avenida Ariel Pinho, más o menos a la altura donde se utilizaba hasta hace poco tiempo atrás para los juegos de “fútbol callejero”, patrocinados por el inolvidable gestor ya desaparecido “Tato” Silva. A él hacen referencia en sus trabajos históricos tanto Oliveres como Macedo, pero sin dudas el mejor documento existente relativo a su ubicación es la hijuela hereditaria de la chacra de Miguel Palacio, que se conserva en el Museo Histórico local, donde dice que el límite Sud oeste de la parcela adquirida era el predio del “cementerio viejo”, como se puede apreciar en la ilustración adjunta.
                            A pesar que algunos especuladores contemporáneos suponen que el origen de este primer camposanto sean más antiguo que la fundación de la ciudad de Treinta y Tres y se remonte a la época de la batalla del período artiguista cuando Gorgonio Aguiar intentó detener el avance del ejercito portugués sufriendo una derrota categórica con impo
rtante número de patriotas muertos, que cual costumbre de la época deben haber recibido sepultura, y deberían haber buscado para hacerlo una distancia lejana a donde se imaginaban llegaría la creciente. No debemos olvidar que eran gente de paso, ninguno conocedor de la magnitud de las crecientes del Olimar, pero además era el mes de enero y el río seguramente con poco cauce tampoco daba para sospecharlo.
                                De acuerdo a esta teoría, una vez asentado el pueblo en la demarcación acordada, a partir de 1855, sería lógico para el pensamiento de la época continuar usando lo que hasta entonces todos conocían por el lugar de enterramiento de la zona.
                                Este primer cementerio pronto mostró su pésima ubicación ante los furiosos embates de las crecidas del Olimar, que cada vez que llegaba hasta su emplazamiento dejaba al descubierto restos y osamentas, rompiendo estructuras y provocando la necesidad de arreglos y reparaciones. Y en poco tiempo, las autoridades municipales se pusieron en campaña de construir una nueva necrópolis, y debido a falta de fondos propios para encarar esa obra, se realizó un convenio con cura ese entonces, el padre Ramón Rodríguez, para que fuera construido con fondos eclesiásticos y administrado por Rodríguez hasta haber recibido el pago total de la inversión realizada.
                                    Es así que, en pocas palabras, por ese convenio se construye lo que sería el segundo cementerio de Treinta y Tres, que se llamó “De la Soledad” y estaba ubicado aproximadamente donde se erige hoy la Iglesia de la Cruz Alta y un par de manzanas adjuntas hacia el norte. Este camposanto comenzó a funcionar en el entorno de los años 70, y en la misma época se produce el vaciamiento del primero y traslado de los restos al segundo. El decreto municipal sugerido por la Comisión Auxiliar de Treinta y Tres dispuesto por la Junta Económico Administrativa de Cerro Largo con la firma de su Presidente Torcuato Marquez, indica en la parte medular de su artículo 28 que “ todos los restos humanos que están en el lugar denominado Cementerio Viejo se conducirán el día 2 de noviembre de 1873 al osario común del Cementerio nuevo con la formalidad y el respeto que esto requiere”, ordenando en el artículo siguiente que luego de ese día “se procederá a extinguir todo vestigio que revele para lo que aquel lugar ha servido.”

                                        El cementerio de la Soledad, entonces ubicado fuera de lo que eran los límites de la planta urbana, pronto se vio cercado por el crecimiento de la localidad, y se hizo nuevamente necesario su traslado en los alrededores de finales del siglo XIX, para lo cual se construyó esta vez con fondos municipales el tercer cementerio de Treinta y Tres, en la ubicación donde actualmente se encuentra, aunque obviamente de muy menores proporciones. Del segundo cementerio, en poco tiempo más, tampoco quedaron vestigios, solo recuerdos, anotaciones en los libros parroquiales y en algunos pocos documentos de traslado de restos que se conserva en archivos de la comuna.


lunes, 14 de junio de 2021

Pelicula sobre Dionisio Dïaz, de Carlos Alonso

Un hito en la cinematografía nacional


                                        La película “El pequeño héroe del arroyo del Oro”, calificada en perspectiva histórica como “el único gran éxito taquillero de la cinematografía uruguaya”, y por muchos críticos especializados además considerada “el primer éxito cinematográfico de la historia en el sur del continente”, constituye además el primer ejemplo fílmico nacional verdaderamente popular, ayudado indudablemente por la notoriedad del hecho que lo motiva, y según los críticos de épocas modernas, por ser también la primer película que a través de su sencillez y carencias técnicas, “encierra un hasta entonces no gustado sabor de tierra nativa”, comparándolo con los ejemplos fílmicos de la época, que se constituyen básicamente por documentales e informativas.

                                        Como vimos en forma muy genérica en un artículo anterior de este mismo blog, el film fue realizado por el incansable Carlos Alonso, emprendedor personaje radicado en nuestro medio desde hacía un par de décadas, quien fuertemente impresionado con el suceso, encaró el propósito de elaborar una obra con la cual pudiera dar a conocer a la mayor cantidad de gente posible, el acto de heroísmo del niño gaucho que falleciera trágicamente, en el camino a Treinta y tres casi frente mismo a su domicilio.

                                        Alonso, sin ninguna experiencia previa en cinematografía ni en artes escénicas, apenas acallados los primeros ecos de la tragedia, se abocó a la tarea de plasmar su idea de recoger en una película los detalles del acontecimiento, poniéndose en contacto con la casa “Max Glucksman”, empresa que se dedicaba a la parte técnica/industrial del proyecto.

                                        En una nota de prensa del diario capitalino “El País” donde se anuncia “el próximo comienzo del proyecto de filme nacional”, el autor indica que “la aureola de gloria en que quedó envuelto Dionisio, aquel niño de destino trágico del Arroyo del Oro ha de tener dentro de poco una nueva exteriorización”, resaltando que “servirá de fundamento artístico para la obra la narración de la tragedia que hiciera nuestro compañero Pedro de Santillana”. Pedro de Santillana, aclaramos, era el seudónimo periodístico que usaba el periodista capitalino José Flores Sánchez, quien en una carta cuya copia adjuntamos, firmó en diciembre de 1931 la autorización correspondiente para que Alonso pudiera usar y adaptar “el relato del que soy autor” para la película que se filmará, renunciando además a “percibir remuneración alguna por derechos de autor”.


                                        Así, de esa manera, según los testimonios que se conservan en un completo libro de recortes de prensa de la época conservado por su nieto Juan Carlos Silvera Alonso, hoy residente en Canadá y quien amablemente nos lo compartió en forma virtual, comienza el intenso trabajo que significó la concreción del proyecto.

                                        Alonso se encargó personalmente, de la mayoría de los cientos de detalles que debían atenderse en un proyecto de esta magnitud. Consta también en el mencionado libro de recortes y recuerdos, por ejemplo, las boletas de préstamo y devolución correspondientes de elementos y uniformes policiales usados en la filmación, que fueron conseguidos en la Policía de Montevideo, procurando con cada detalle mantener la mayor rigurosidad estética posible. Como dato anecdótico, ese documento nos permite saber que para la filmación se usaron: dos gorras de gabardina verde, cuatro pares de botas caoba, cuatro uniformes de gabardina verde, y cuatro juegos de corretajes caoba.

                                        También los actores que protagonizaron el film interpretando los distintos personajes, fueron convocados personalmente por Alonso. Ariel Adonis Severino, de apenas 11 años de edad, fue el encargado de dar vida al personaje central de la historia, Dionisio, y la niña Hilda Quinteros es quien personifica a su hermana Marina. En otro de los papeles principales, estuvo el luego reconocido actor, director, escritor y gran locutor Alberto Candeau, entonces jovencísimo que representó a Eduardo Fasciolo, la bella Celina Sánchez en el papel de Luisa, la madre del protagonista y Vicente Rivero, encarnando al loco y malvado abuelo.

                                            La trama, en líneas generales, sigue fielmente el relato construido por Flores Sánchez, el primer cronista, autor del primer libro escrito sobre el tema, que sin duda se trata del hecho novelado por un periodista del crimen, que se convirtió en leyenda y no de la narración histórica y probada, de la cual después, en el correr del tiempo han aparecido nuevas luces y sombras.

                                            El film fue filmado -según las crónicas de la época-, en su mayor parte en nuestro departamento, ocasión que aprovechó Alonso, ya que contaba con los medios técnicos y con el personal indicado, para realizar tomas de muchos de los paisajes rurales y urbanos de Treinta y Tres, con cuyas imágenes, además, confeccionó una película documental que tituló “El Departamento de Treinta y Tres”, y que en las posteriores exhibiciones se presentaban como un programa completo, en primera función el documental y como broche la película.





                                            La película a nivel nacional fue estrenada en proyección privada por invitación en el cine Rex Theater el domingo 13 de marzo de 1932, mientras que en nuestro medio se realizó la presentación pública en la sala del Teatro Municipal, en la noche del viernes 15 de abril del mismo año, como lo anuncia el programa adjunto, sesión a la que concurrieron 273 espectadores a un costo individual de un peso la entrada, según se puede discernir del recibo de pago de los impuestos correspondientes, que también publicamos en esta misma página.

                                            En épocas de su estreno, “El niño héroe del Arroyo del Oro” fue una película muda, que a la usanza de entonces, en los momentos culmines de la trama, se publicaba una placa con los diálogos. Esta característica sin dudas destacaba la labor actoral del elenco, quienes debían hacer comprender a los espectadores todos los sentimientos por los que atravesaban los protagonistas, tanto en los momentos felices, como en los dramáticos, tristes o simplemente rayanos con la locura, en el caso del “viejo”. Muchos años después de su estreno, no se conoce la fecha a ciencia cierta, se le agregó sonido a la filmación original, anexando diálogos, música y sonidos ambiente que mejoraban notoriamente la producción, pero sufriendo como consecuencia la supresión de los letreros intercalados. La película se exhibió regularmente en todo el país, hasta los años cincuenta, cuando ante el fallecimiento de su gestor e impulsor, abandona el circuito de salas comerciales de todo el país, principalmente del interior, donde era programa habitual.


El periplo y su recuperación


                                            Tras el fallecimiento de Carlos Alonso, en 1953, según una crónica realizada por José Carlos Alvarez de Cinemateca Uruguaya, la familia del autor entrega el film para su comercialización a la empresa Remates Sarandí, junto a otras sesenta latas de películas que contenían el resto de su obra cinematográfica, entre la cual se destacan documentales de casi todos los departamentos del interior del país, filmados todos en la década de 1930, y la fusión de partes de ellos que conformaban una película de largometraje que Alonso había titulado “Mi madre patria”, y que también tuvo mucha aceptación del público, y recorrió en muchas oportunidades las salas cinematográficas nacionales.

                                                Siempre según la versión de Cinemateca, toda la obra desaparece de esa casa comercial en el año 1954 “sin dejar rastros”, habiéndose conocido versiones en el sentido que la película había sido traída a Treinta y Tres por su viuda, pero hoy sabemos que esto no es correcto, en primer lugar porque Alonso era viudo desde el nacimiento de su segunda hija, muchos años antes, y segundo porque un acervo de esa magnitud habría ameritado al menos una mención en alguno de os periódicos ocales de la época, y no hay registros de ello. 

                                                    Alvarez, además, sostiene que “trece años después, en la feria de Tristán Narvaja, se ubican algunas ajadas fotos de la película y por esa vía se llega hasta el Cerrito de la Victoria, donde en un rancho se descubren un par de rollos del negativo” de la versión muda, sin conseguirse más noticias de resto de la película ni de los demás rollos, ni siquiera otras pistas, y “por entonces e da por definitivamente perdido el resto del film”.

                                                    Más adelante en su relato, el jerarca de Cinemateca cuenta que a fines de 1974 tuvieron conocimiento que una de las hijas de Alonso, que vivía en Montevideo, probablemente tuviera una copia de la película, que se recupera a mediados de 1975, “prácticamente como una masa herrumbrosa de celuloide en proceso de descomposición, con latas perforadas y deterioradas y nitrato a punto de producir combustión espontánea”.

                                                    En este proceso de búsqueda y recuperación del film en la que colaboran Cinemateca Uruguaya y Cine Arte del Sodre, se logra finalmente recuperar la totalidad de la imagen, utilizando parte de negativos y parte de copia positiva. Se perdieron, sin embargo, la banda sonora (nunca se recuperó el negativo de sonido) y también los letreros de la primera versión muda original. “Milagrosamente, culmina el informe técnico, las imágenes así restauradas de la película, mantienen casi siempre la calidad fotográfica original salvo en los últimos diez minutos, cuya restauración en un primer momento pareció imposible de lograr”. 

                                                    En la Dirección de Cultura, seguramente cedida por Cinemateca Uruguaya, existe una copia de la película restaurada, que en su parte inicial tiene, además, imágenes de aquel primer documental que siempre le acompañaba en sus giras de exhibición en el interior del país.